Esteban Mira Caballos: HERNÁN CORTÉS (EL FIN DE UNA LEYENDA). Badajoz, Palacio de los Barrantes-Cervantes, 2010, 590 pp. I.S.B.N.: 978-84-613-8066-4

 

En este nuevo libro intentamos desmitificar al conquistador. La visión apologética, como tendremos ocasión de demostrar, la iniciaron su primer biógrafo, Francisco López de Gómara, y el propio interesado en sus famosas Cartas de Relación. También Bernal Díaz del Castillo lo trata como a un héroe pero, claro, en interés propio extiende dicho calificativo a toda su hueste. Cientos de historiadores posteriores se situaron en esta misma línea. Así, por ejemplo, Dorantes de Carranza o Dávila Padilla lo presentaron como un ser magnánimo y valeroso, elegido por la providencia divina. En 1637 Baltasar Gracián comparó su heroísmo con el de Alejandro Magno y Julio César, repartiéndose entre los tres la conquista del mundo por sus partes. Igualmente, por aquellas fechas, Francisco de Quevedo lo ponderó como uno de esos grandes elegidos por Dios para expandir la fe:

¿Quién sino Dios, cuya mano es miedo sobre todas las cosas, amparó a Cortés para que lograse dichosos atrevimientos, cuyo premio fue todo un Nuevo Mundo?

 

Pero, lo verdaderamente sorprendente es que un buen número de historiadores contemporáneos, tanto mexicanos como españoles, hayan mantenido ideas similares, destacando al extremeño como el adalid de la cristiandad y de la civilización. Entre ellos, Vicente Barrantes, Manuel Orozco y Berra, Ángel Dotor, Jaime Delgado, Luis Torres, Raúl Martín Berrío, Joaquín García Izcalbaceta, Manuel Giménez Fernández o Salvador de Madariaga, por citar solo algunos. Escribió Vicente Barrantes, en 1875, que el alma gemela de Cortés fue el Cid Campeador, pues ambos, a través de los siglos se dan fraternalmente la mano para pedir a su patria iguales honores. El mexicano Orozco y Berra lo citaba como un colosal prohombre al que sólo se podía alzar los ojos para verle el rostro, mientras que Ángel Dotor lo llamaba el césar de la Hispanidad. Luisa Cuesta y Jaime Delgado sostuvieron que la conquista de México fue una gesta heroica, protagonizada por un jefe genial. Otro escritor, Luis Torres, era mucho más claro en cuanto a sus pretensiones, al comparar a Cortés y Colón y decir lo siguiente:

Son dos de los hombres que han colocado a España en la cumbre del mundo. Cuanto se escriba, cuanto se fantasee para glorificarlos, no estará de más.

 

Raúl Martín Berrío interpretó la conquista de México como una gesta libertadora, donde los indios fueron liberados del yugo al que le sometían los gobernantes mexicas, elevando a los indios a la condición de personas. Bastante más allá fue Manuel Giménez Fernández, ilustre historiador y político sevillano del siglo pasado, pues estaba convencido que el extremeño fue un elegido por la providencia para cumplir altos fines. El de Medellín no fue un conquistador más sino el conquistador, mientras que la Conquista de México constituyó una gesta sagrada, una obra de titanes, dedicada a cristianizar y a civilizar a bárbaros, caníbales y brutos. Su actuación abrió las puertas del cielo a muchas almas paganas y acrecentó los límites del imperio español de forma inimaginable. Por ello, a su juicio, nada tenía de particular que se le haya comparado con Alejandro Magno, con Aquiles, con Rómulo y hasta con Moisés. En 1947, en los actos conmemorativos del IV Centenario de su muerte, el director del Instituto de Cultura Hispánica terminó su discurso, excitando a todos a imitar el ejemplo de Hernán Cortés, para así preparar un futuro cada día más glorioso para nuestra estirpe. Cortés ha sido, como diría Miquel Izard, uno de esos miembros protegidos, por esa leyenda apologética y legitimadora.

Lo cierto es que su biografía está plagada de mitos, desde su propia descripción física a la quema de los buques en el puerto de Veracruz, pasando por sus extraordinarios conocimientos militares o su carácter mesiánico. Mera fábula, pues el extremeño fue ante todo un ser humano, un hombre de su tiempo, aunque eso sí, con un empuje verdaderamente singular. Es cierto que, a diferencia de la mayoría, y pese a los problemas y pleitos que tuvo en su vida, él sí fue un triunfador. Pero ello, no se debió a nada sobrenatural sino a aspectos tan humanos como su gran optimismo –que nadie le puede negar-, sus habilidades diplomáticas –que en eso sí destacó- y, sobre todo, su suerte que le acompañó siempre a lo largo de gran parte de su vida. Y digo que fue un hombre afortunado porque salvó milagrosamente su vida en varias ocasiones, a saber: de pequeño, cuando nació enfermizo y sobrevivió por los desvelos de su nodriza. Décadas después, poco antes de firmar la paz con Tlaxcala, su hueste estaba tan desanimada que, a decir de los cronistas, si la guerra hubiese durado más, los mismos españoles tenían por cierta su perdición. Estando ya en Tenochtitlán, Moctezuma lo pudo matar, pero la pasividad de éste le salvó. Luego, tras el desastre de la Noche Triste, a su llegada a Tlaxcala, estos pudieron haber acabado definitivamente con todos ellos. Lo curioso es que el mismo Cortés sospechó esa posibilidad que finalmente no se cumplió, probablemente porque las bajas tlaxcaltecas propiciaron la solidaridad entre los derrotados.

Mucha más suerte aún tuvo en la conquista ya de la ciudad en 1521, cuando su caballo se echó de cansancio y, estando acorralado, un tlaxcalteca lo ayudó, levantó su caballo y le salvó literalmente la vida. El español Cristóbal de Olea murió en su defensa mientras que otro miembro de su hueste resultó herido. Pero no fue, ni mucho menos, la última vez que estuvo prematuramente al borde del abismo. En la desgraciadísima expedición a las Hibueras regresó tan enfermo y con tantas calenturas que, al llegar a Cuba, ni tan siquiera lo reconocieron. Asimismo, la expedición que capitaneo al Mar del Sur en 1535 le costó nuevamente muchísimos esfuerzos y su nave estuvo a punto de zozobrar. Y finalmente, en la batalla de Argel de 1541 estuvo a punto de ahogarse, junto a dos de sus hijos, cuando el barco en el que viajaba naufragó.

Como ha escrito recientemente Matthew Restall, si Colón no hubiese llegado a América, otro navegante lo hubiera logrado en menos de una década. Y con Cortés se podría decir algo parecido: si hubiese muerto en su tierna infancia, ¿no se hubiese conquistado Tenochtitlán? Obviamente sí, pues pese a la existencia de grandes personajes, yo estoy convencido que la Historia la mueven básicamente los modos de producción y no los individuos. Tenochtitlán hubiese caído con o sin Cortés, aunque probablemente en otras circunstancias, con mayores tropiezos, con muchas más dificultades y quizás tras más años de lucha armada. Y no faltaban candidatos que, como el propio Cortés, aunaban empuje, inteligencia y ambición, como Hernando de Soto, Pedro de Alvarado, Rodrigo de Bastidas, Francisco Montejo, Cristóbal de Olid o Pánfilo de Narváez, por citar sólo algunos.

No cabe duda que en torno a Hernán Cortés y, en menor medida, a Francisco Pizarro se han forjado sendas leyendas que han tergiversado en parte la realidad. Nadie puede olvidar que casi todas las actuaciones de Cortés o de Pizarro, calificadas de genialidades, eran formas de proceder que tenían amplios precedentes en la Reconquista, en las exploraciones portuguesas del siglo XV, e incluso, más cercanamente en el tiempo, en la conquista de las Canarias y de las Grandes Antillas. Pero, desmontemos la leyenda paso a paso:

En cuanto a la quema de naves en Veracruz es una vieja idea sostenida durante siglos y que sorprendentemente ha sobrevivido en algunos casos al siglo XXI. Según Hugh Thomas, el error partió de Cervantes de Salazar que en un documento leyó quemando en vez de quebrando. El Marqués de Polavieja, ya en el siglo XX, continuó sosteniendo la tesis de la quema, aprovechando el dato para ensalzar su heroísmo, pues, según él, si otros capitanes actuaron así antes, nunca con un ejército tan pequeño. La fabulación de sus hagiógrafos hizo el resto, representando a Cortés con la tea en la mano, quemando sus buques. Pero, sorprende que este falso mito se haya perpetuado porque ya algunas cronistas de la época y el mismísimo Cortés advirtieron que no las quemó sino que simplemente dio con los barcos al través. De hecho, según relató Andrés de Tapia, los navíos estaban en tan malas condiciones que no eran aptos para navegar por lo que se encallaron en la costa para romperlos porque se excuse el trabajo de sostenerlos. Al parecer, tan sólo preservaron tres navíos que, a juicio de los pilotos y maestres, estaban en mejor estado. En teoría lo hizo para permitir el retorno de los desafectos a su causa. Una inteligente y perspicaz manera de enterarse de quiénes y cuántos eran. Cuando lo supo ajustició a los cabecillas, incorporó al resto y uso los buques para mejores menesteres. Concretamente, el que estaba en mejor estado sirvió para trasladar a España, en 1519, a sus procuradores Francisco de Montejo y a Hernández Portocarrero, con informes y presentes para el Emperador mientras que, los otros dos, se quedaron aderezados en el puerto de Veracruz para suplir cualquier eventualidad que pudiese surgir.

Ahora, bien, ¿por qué los hundió?, la versión oficial de los hechos fue que lo hizo para evitar que sus hombres diesen un paso atrás. Crónicas y documentos insisten en ello. Por ejemplo, Martín Vázquez declaró en 1525 que se desguazaron para mejor poblar y conquistar esta tierra. Cronistas como Pedro Mártir de Anglería explicaron igualmente que el principal motivo fue quitar a sus soldados toda esperanza de fuga, idea que se repite de forma parecida en la Real Provisión del 7 de marzo de 1525. En este último documento, en el que se le concedió a Cortés un escudo de armas, se mencionó que lo hizo para impedir el retroceso de las huestes.

Sin embargo, el objetivo real no era tan heroico; más bien pretendía evitar que algunos aprovecharan la primera ocasión que se les presentase para retornar a Cuba e informar a Velázquez de la defección de su capitán. Pero, obviamente esta explicación no era políticamente correcta por lo que el mismo Cortés se encargó, de difundir el falso motivo. De hecho, poco antes de proceder a su destrucción conoció la conspiración encabezada por Diego Escudero, Juan Cermeño, el piloto Gonzalo de Umbría y otros fieles a Velázquez para hurtar uno de los bergantines y volver a Cuba. Descubierta la trama ahorcó a los dos primeros y cortó el pie al tercero. A continuación, procedió a su desguace para evitar más motines. Transcurría el mes de agosto de 1519. Antonio de Herrera, en el siglo XVI, sí que captó perfectamente el motivo real, al escribir que los echo al través por quitar la esperanza a los amigos de Velázquez de volverse a Cuba.

Por tanto, en la misma época de la Conquista tuvieron claro que no los quemaron sino que más bien, dado su lamentable estado, los encallaron para luego desguazarlos, utilizando la jarcia para los bergantines que después construyó para la toma de Tenochtitlán. De paso, se aseguró que se cortaba toda relación entre su expedición y Diego Velázquez. En definitiva, ni ardieron las naves ni se hizo valerosamente para cortar el retroceso. Pero, es más, aunque lo hubiese hecho así, tampoco habría constituido un hecho excepcional, como una parte de la historiografía ha dado a entender. Existen decenas de precedentes, algunos muy lejanos en el tiempo pero otros sorprendentemente cercanos. Sin ir más lejos, en 1508, al llegar la expedición de Diego de Nicuesa a Veragua, rompieron los navíos en la costa, para que los hombres no confiasen en la partida. Y siete años después, es decir en 1515, el tristemente recordado conquistador Gonzalo de Badajoz quemó sus naves en el puerto de Nombre de Dios precisamente con el mismo objetivo, es decir, para evitar que sus hombres huyeran. También se ha destacado su visión excepcional a la hora de transportar los bergantines desde Veracruz al lago de Tenochtitlán. Sin embargo, ya advirtió hace décadas Georg Friederici que era una vieja táctica usada frecuentemente por Normandos, bizantinos y turcos.

En cuanto a su excepcional capacidad estratégica se trata de un argumento repetido una y otra vez por la historiografía. El propio Bernal Díaz lo comparó con otros grandes genios militares, nada menos que con Alejandro Magno, Julio César, Pompeyo, Aníbal y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Sus hagiógrafos se encargaron de magnificar su gesta, consagrándolo como un gran genio militar. Sin embargo, aunque tuvo unas excepcionales dotes diplomáticas nunca fue un estratega. De hecho ni sus tácticas fueron originales ni ideo una nueva forma de hacer la guerra. Y es que, a diferencia de algunos miembros de su hueste, no tenía experiencia militar previa a la conquista de México. Desde su más tierna juventud sus padres se empeñaron en que se convirtiera un hombre de letras, enviándolo con ese fin a Salamanca. Cuando llegó a La Española, la isla se encontraba totalmente pacificada por lo que no llegó a participar en acciones bélicas. En Cuba, la resistencia de los tainos fue escasísima y los hechos de armas mínimos. ¿De dónde procedían entonces sus escasos conocimientos militares?, pues, ya veremos en páginas posteriores que de su familia paterna, pues tanto su padre como su abuelo, ambos de nombre Martín, habían tomado parte en la guerra de Granada. La vena militar le venía, pues de familia. Además, tuvo la suerte de que los pocos conocimientos que tenía de la vieja caballería medieval le fueron muy útiles en la Conquista. No olvidemos que mientras en América, la tradicional caballería siguió siendo el sistema defensivo y ofensivo más eficaz, en Europa, desde principios del XVI, estaba triunfando la infantería.

Aunque los tercios se crearon en 1534, éstos no fueron fruto de la casualidad sino de una evolución en la forma de hacer la guerra bien patente desde finales del siglo XV y que afianzó a principios del XVI el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, en las guerras de Italia. Éste, en las batallas de Ceriñola (1502) y Garigliano (1503), desplazó a la caballería a un segundo plano, estructurando sus fuerzas en torno a una gran infantería, pertrechada con armas de fuego ligeras. Un ejército moderno que causó admiración en toda Europa y que dio la primacía a los Habsburgo en el campo de batalla, al menos hasta el primer cuarto del siglo XVII.

Puede que Hernán Cortés hubiese escuchado noticias de las victorias del Gran Capitán en los campos de batalla de europeos. Pero, pese a ello, era totalmente ajeno a muchos de estos avances militares de su tiempo. Sus huestes no se parecían en nada a los afamados tercios, ni a los escuadrones italianos. Él seguía primando la caballería y utilizando armas tan tradicionales como el trabuco o la catapulta. Este aparato lo usó en el asedio final a Tenochtitlán, con tan poco acierto que se vio obligado a disimular el espantoso ridículo. Al parecer, según su propio testimonio, unos carpinteros le propusieron su construcción y él aceptó. Una vez acabado, lo llevaron a la plaza del mercado mientras los indios aliados, sorprendidos por tan aparatoso artilugio, amenazaban a los mexicas, diciéndoles que los habíamos de matar a todos. Sin embargo, fue mal diseñado por sus inexpertos constructores, volando el proyectil en vertical de forma que casi mata a los propios españoles. Según William Prescott, el enorme peñasco destruyó el artilugio, extremo que los cronistas no confirman. Más bien, parece que decidieron retirar la fracasada máquina, después del chasco. Según Hernán Cortés, disimularon cuanto pudieron, intentando convencer a los asediados que lo retiraban porque, movidos de compasión, no los queríamos acabar de matar. En cuanto a la brillante idea de bloquear por tierra y por mar la ciudad de Tenochtitlán es posible, según declaro Andrés de Tapia, que se la sugiriese el carpintero y capitán de bergantín Martín López.

Por lo demás, es cierto que, algunas de sus victorias fueron muy llamativas porque derrotó a ejércitos más de cien veces superiores en número. Pero ello se debió más a la ingenuidad bélica de los mexicas que a la excepcional capacidad de sus enemigos. Caso evidente de lo que decimos fue la batalla de Otumba, donde situaron a su jefe en lugar visible, con un vistoso y colorido penacho de plumas. Le bastó a Cortés dirigirse hacia él, alancearlo y enarbolar el estandarte para que decenas de miles de indígenas huyeran en desbandada. Es cierto que derrotó a los mexicas con menos de un millar de españoles, pero no lo es menos que Francisco Pizarro conquistó el incario con muchos menos efectivos.

Pero no solo no mostró una excepcional capacidad sino que, incluso, cometió errores de peso como, por ejemplo, tomar Tenochtitlán al asalto, cuando bastaba con cercarla hasta que los defensores se rindieran por pura inanición. Esta decisión le costó no pocas bajas entre los suyos y un sufrimiento atroz para los asediados, incluida la destrucción de su ciudad. Está claro que pese a la pericia táctica que le han atribuido algunos historiadores, como el general José Gómez de Arteche, lo cierto es que no tuvo una formación militar, ni más graduación que la de capitán. Pero, además fue un grado que le otorgaron sus hombres en Veracruz, más cívico que militar. Como es bien sabido, no fue nunca el capitán de un ejército sino el de una hueste.

Así, cuando en 1541 tomó parte en la desastrosa campaña de Argel los demás militares de graduación se negaron a aceptarlo en el consejo de guerra, dando por fracasada la empresa y desoyendo la opinión del extremeño que seguía confiando en la victoria. Incluso se mofaron de él, porque al parecer, ante la insistencia del medellinense, uno de los capitanes comentó:

 

Este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil.

 

Como puede observarse, ni siquiera el mismo Cortés se consideró a sí mismo un militar. Él era un hombre de letras, con grandes dotes diplomáticas. Nada parecido al genio militar de Alejandro Magno, de Julio César, del Gran Capitán, o mucho después, de Napoleón Bonaparte. Pero, incluso, en el mismo siglo XVI hubo destacados capitanes, al servicio de la monarquía hispánica, que destacaron por su astucia y su ingenio militar, desde el Marqués de Pescara a Alejandro Farnesio, pasando por Hugo de Moncada o Antonio de Leyva. El primero de ellos, el Marqués de Pescara, que se consideraba a sí mismo un discípulo de Julio Cesar, fue un auténtico maestro en la táctica del asalto nocturno, diseñando asimismo una eficaz formación de arcabuceros que hicieron verdaderos estragos entre sus enemigos. Muchos de ellos luchaban victoriosamente en Italia, mientras Cortés tomaba Tenochtitlán. Y los enemigos mexicas, aunque muy superiores en número, no tenían ni un ápice de la capacidad de los capitanes franceses, italianos o turcos. No obstante, debemos decir en su defensa que supo rodearse de un grupo notable de capitanes, muchos de ellos con más experiencia militar que él, a los que siempre consultaba antes de entrar en combate. Y es que ingenio y capacidad no le faltaban, aunque no tuviese una formación militar.

Se ha destacado su capacidad diplomática así como su don de gentes. Y realmente debemos reconocer que se trató de su gran virtud, es decir, del rasgo más destacado de su personalidad. Tuvo siempre un enorme poder de convocatoria entre los hispanos y una capacidad extraordinaria para utilizar a su antojo a los aborígenes. Siempre conseguía que sus huestes hicieran piña en torno a su líder, hasta el punto que, según Bernal Díaz, todos pusiéramos la vida por él. Con respecto a los indios, firmó numerosos pactos guatiaos de amistad. Conocemos el caso del cacique de Clacupanalo que adoptó el nombre de Antonio Cortés y que recibió un escudo de armas por su colaboración con los hispanos en la conquista de México. Asimismo, tuvo una habilidad excepcional para captar rencillas entre sus enemigos y conseguir aliados. Según Las Casas, Cortés se holgó de hallar en aquella tierra unos señores enemigos de otros. Pero esta táctica de buscar alianzas era tan antigua como la guerra misma. Ya en la Reconquista, los reinos cristianos mantenían unas habilidosas relaciones con las distintas taifas, aprovechándose de las disputas internas entre unas y otras. Pero había precedentes mucho más cercanos, tanto en el tiempo como en el espacio. Recuérdese en La Española, la alianza de Cristóbal Colón con el cacique Guacanagarí en la última década del siglo XV, para derrotar a los demás reyezuelos de la isla.

También debemos destacar su habilidad psicológica, pues supo captar la mentalidad de los naturales de Nueva España para manipularlos a su antojo. Obviamente, desconocía los detalles de la cosmovisión indígena pero no tardó en percibir el tratamiento de dioses que muchos mexicas, y en especial su líder, Moctezuma, le rendían. Y supo aprovecharse inteligentemente de ello, reforzando la idea de su divinidad, es decir, confirmando o al menos no negando que se tratase efectivamente de Quetzalcoatl que retornaba a su reino. Y la táctica le sirvió para entrar en Tenochtitlán de forma pacífica. A la larga, este precioso tiempo que ganó fue determinante para la conquista final de la confederación. Pese a su clarividencia, debemos reconocer que tampoco era nueva esta táctica de la que existen amplios precedentes en el área caribeña, mucho antes de la Conquista de México. Asimismo, su recurrente decisión de aterrorizarlos con disparos de bombardas, eran estrategias ampliamente utilizadas desde que los primeros españoles pusieron pié en el Nuevo Mundo. En este sentido, escribió Pedro Mártir de Anglería que Colón ordenó disparar bombardas a los indios pero sin hacer diana deliberadamente porque, aterrorizados con el estruendo, caen todos a tierra, piden la paz y comercian mutuamente… Cortés, cada vez que llegaban embajadores de Moctezuma, improvisaba un teatro al aire libre en el que, lo mismo hacía trotar a un grupo de caballos repletos de cascabeles, que les ponía la aterradora sinfonía de las bombardas. Una verdadera guerra psicológica que, aunque no era nueva, le permitió entrar pacíficamente en Tenochtitlán.

Se ha destacado asimismo su pericia para buscar lenguas o intérpretes desde su misma partida de Cuba. Pero esta actitud, ni era nueva ni tampoco especialmente ingeniosa, entre otras cosas porque figuraba en las instrucciones que le otorgó Diego Velázquez. De hecho, entre la tripulación quiso contar con los servicios de Melchor, un intérprete indio que había ido en las expediciones previas de Francisco Hernández y de Grijalva y que utilizó apenas tocó tierra en la pequeña isla de Cozumel.

Ahora, bien, eso sí, Cortés fue siempre un ardoroso combatiente, como afirmó hace ya bastantes décadas el Marqués de Polavieja. Un combatiente que aunó al menos dos de las tres virtudes que las Siete Partidas señalaban como cualidades esenciales de todo buen capitán, es decir, sentido común y una gran capacidad de sufrimiento excepcional. Los nativos se resistieron, pero las diferencias eran abismales, no sólo estratégicas sino también armamentísticas. Aceros toledanos, ballestas y pólvora frente a frágiles espadas de madera con filos de obsidiana, flechas, piedras y mazas de madera o macanas.

Los indios confiaban en el gran poder de algunos de sus líderes semidivinos, como el temido y a la vez admirado Moctezuma. Prueba de esta confianza es que cuando los indios de Cholula eran masacrados, según el padre Las Casas, afirmaban:

 

¿Por qué nos matáis?, andad, que a México iréis, donde nuestro universal señor Moctezuma de vosotros nos hará venganza.

 

Sin embargo, para desgracia y desánimo de los nativos, el miedo o la excesiva precaución atenazó a su emperador, al único que tenía el poder suficiente como para frenar la ocupación, al menos temporalmente. Éste tenía cientos de espías que le informaban de cada una de las batallas que ganaba el de Medellín por lo que, a medida que se aproximaba a Tenochtitlán, sus inquietud se iba acentuando. Llama la atención la pasividad de una persona que, antes de ser nombrado el tlatoani o emperador, había sido un intrépido y cruel caudillo, vencedor en muchas batallas. Pero probablemente se dejó obsesionar por esos mitos indígenas que auguraban periódicamente el cambio de ciclo. Desde que escuchó hablar de las andanzas de los extranjeros en Tierra Firme, comenzó a sospechar que el final de su era se aproximaba. Un pesimismo crónico, auspiciado por la cosmovisión mexica, que contribuyó de manera considerable a su derrota final. Muy probablemente si Moctezuma hubiese presentado una resistencia militar inmediata, como lo hicieron otros líderes indígenas menores, la conquista de Tenochtitlán hubiese sido más dificultosa y, su caída se hubiese demorado bastante más tiempo.

Y finalmente, fue destacado por muchos cronistas por su carácter mesiánico, pensando que era un elegido de Dios para dirigir la cruzada contra los paganos y ampliar los dominios de la cristiandad. Según Bernal Díaz, el extremeño le confesó a Gerónimo de Aguilar que no había ido a las Indias a tan poca cosa como era conseguir oro sino para servir a Dios y al Rey. Pero, es más, el mismo Cortés sostuvo algo parecido cuando escribió que su verdadera intención fue siempre la de ensalzar nuestra fe o ampliar la corona de mi César. Fray Toribio de Motolinía también creyó que era un enviado de Dios para acabar con los vicios y sacrificios humanos que los aborígenes ofrecían a sus dioses. Por su parte, el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga O.F.M., en 1529, justificó su rebeldía con respecto a Velázquez, diciendo que actuó bajo inspiración divina. Varias décadas después, el cronista fray Gerónimo de Mendieta volvió a hacerse eco de esta misma idea, comparándolo con Moisés, pues, a su juicio, fue elegido por Dios para llevar la fe a los paganos. Prueba de ello, decía el religioso, era el celo que mostró en todo momento por su conversión:

 

Y verdaderamente para conocer muy a la clara que Dios misteriosamente eligió a Cortés para este su negocio, basta el haber él siempre mostrado tan buen celo como tuvo de la honra y servicio de ese mismo Dios y salvación de las almas…

 

El mesianismo Cortesiano se mantuvo a lo largo de los siglos. En 1794 fray Servando Teresa de Mier, precursor de la Independencia, en una homilía por el alma del metellinense, lo elogió por haber destruido la idolatría, los sacrificios humanos sangrientos y traído y comunicado la luz del evangelio a los que moraban en las tinieblas de Egipto. Más sorprendente aún es que, hace pocos años, se haya afirmado, siguiendo más o menos a Mendieta, que Cortés fue un cruzado, un abanderado de la fe… el libertador del indio a través de la fe como instrumento redentor y salvador… Pero, aunque lo jurara el propio Cortés, la realidad no era tan bonita, pues, de hecho se convirtió en una de las personas más ricas de su época.

Más recientemente, se ha hablado de la caridad heroica de Hernán Cortés, básicamente porque fundó en su testamento el hospital de Nuestra Señora de la Concepción de México. Sin embargo, la actitud de Cortés no tenía nada de excepcional, pues al fundar dicho sanatorio no hizo otra cosa que mimetizar lo que hacían las personas más pudientes de su época. Una caridad que se suponía era una virtud cristiana que debían practicar los nobles, los burgueses ricos y, sobre todo, el estamento eclesiástico, al que se le presuponía una especial humanidad. La beneficencia de los ricos es una constante en la historia que se ha prolongado prácticamente hasta la Edad Contemporánea.

Tampoco se le puede considerar, como se ha escrito, un bienhechor de indios, a los que supuestamente tuteló y amparó. Su actitud compasiva distó mucho de parecerse a la de un fraile, como Bartolomé de Las Casas, o a la de un pacifista, como Erasmo de Rótterdam, entre otras cosas porque de haber sido así nunca hubiese conquistado un imperio. No olvidemos que cuando debió actuar con crueldad lo hizo. En agosto de 1519 mandó cortar las manos a medio centenar de mujeres tlaxcaltecas que, con la excusa de llevarles comida, se habían introducido en el campamento para espiarlos. A continuación, las soltaron para que llevasen a sus pueblos el mensaje y supieran, en palabras de Bernal Díaz, quienes éramos. La famosa matanza de Cholula fue ordenada directamente por él, al igual que la pena de muerte que dictó contra el jefe tlaxcalteca Xicotencatl El Mozo, tras su traición, justo después del episodio de la Noche Triste. Claro está que ambas decisiones estuvieron bien medidas y le permitieron una obediencia ciega, primero de los cholutecas y luego de los tlaxcaltecas.

Pero, incluso, después de la Conquista, establecido ya como encomendero, tampoco les dispensó un trato especialmente compasivo. Aunque promulgó unas ordenanzas defendiendo su buen tratamiento, él mismo fue acusado por los suyos de hacer lo contrario. De hecho, los naturales de Cuernavaca, en el actual Estado mexicano de Morelos, en 1533, le imputaron un delito de malos tratos reiterados así como de cobrarles excesivos tributos y hasta servicios personales. Llegaron a testificar en el juicio que el Marqués del Valle no los trataba como a vasallos sino como a esclavos. En el inventario de sus bienes, que se realizó en Cuernavaca, el 26 de agosto de 1549, se contabilizaron 188 indios esclavos, una veintena de ellos naturales de Tlaxcala. No olvidemos que el metellinense no tuvo reparos en practicar el tráfico esclavista cuando las necesidades de mano de obra en su señorío le apremiaron. De hecho, en 1542, suscribió un contrató con el mercader genovés Leonardo Lomellino para que le enviase desde Cabo Verde 500 esclavos que pretendía vender en Nueva España a 66 ducados la pieza. Como casi todas las personas de su época aceptó la esclavitud como una institución legal y hasta legítima.

Sabía el extremeño tener mesura pero también era capaz de actuar con todo el rigor cuando las circunstancias así lo requerían. En 1521, no le tembló la mano cuando decretó la horca para Antonio de Villafaña. Éste, había protagonizado poco antes un levantamiento contra él con la intención de colocar en su lugar a Francisco Verdugo, cuñado del teniente de gobernador Diego Velázquez.