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EL PESO DE LA SANGRE. LIMPIOS, MESTIZOS Y NOBLES EN EL MUNDO HISPÁNICO

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Böttcher, Nikolaus, Hausberger, Bernd y Hering Torres, Max S. (Comp.): El peso de la sangre. Limpios, mestizos y nobles en el mundo hispánico. México, El Colegio de México, 2011, 320 pp.

    La obra recoge un total de diez contribuciones sobre la temática, la mayoría presentadas en unos coloquios celebrados en El Colegio de México en diciembre de 2007. La primera de ellas, firmada por Max S. Hering Torres, constituye una excelente interpretación de la teoría y la praxis de la limpieza de sangre en España y en América. En la Península, las probanzas comenzaron a mediados del siglo XV y sirvieron para discriminar de los altos cargos de la administración a los conversos, es decir a los cristianos nuevos. Y ello porque se entendía, como se estableció en la Sentencia-Estatuto del cabildo de Toledo de 1449, que independientemente de su fidelidad al cristianismo, tenían un origen manchado y un linaje perverso. Dado que los apellidos sospechosos eran fácilmente sustituibles se hizo necesario establecer mecanismos para verificar el linaje de cada persona. Por tanto, las pruebas o probanzas de sangre no fueron más que un instrumento de investigación genealógica. A partir de la conquista de América, este mismo instrumento se utilizó para discriminar a las castas, es decir, a los mestizos, mulatos, zambos, cuarterones, etc.
     Por su parte Oscar Mazín analiza la nobleza española y establece los vínculos con la América española. Partiendo del análisis de los trabajos de Adelina Rucquoi, Manuel Hespanha y Juan-Paul Zúñiga, establece la evolución del concepto de pureza de sangre desde la metrópolis a sus colonias. De acuerdo con Rucquoi, el autor afirma que en sus orígenes las limpiezas de sangre no sólo se dirigieron contra los judeoconversos sino que tuvieron como fin principal la exclusión de todos aquellos que no fuesen blancos. En América, precisamente siguiendo este mismo mecanismo, la limpieza tuvo como objeto discriminar a las castas con respecto a los linajes de los conquistadores. De alguna forma se adoptó la vertiente nobiliar de la limpieza, por lo que, siendo consecuentes, respetaron y asimilaron a la nobleza indígena.
     Uno de los trabajos más brillantes del volumen es el que firma Bernd Hausberger sobre la limpieza de sangre en el caso concreto de los vasco. Los vizcaínos –como ellos mismos se solían llamar en la época- utilizaron la limpieza de sangre, para consolidarse como una minoría privilegiada dentro de la Península. Se enfrentaron al reto migratorio, reforzando sus vínculos regionales. Aunque este mecanismo de cohesión no fue exclusivo de los vascos, estos lo utilizaron de manera muy especial. Verificar estos orígenes les sirvió para mantener su cohesión en la diáspora, manteniendo algunos privilegios dentro de la monarquía de los Habsburgo. Y es que los vascos se consideraron a sí mismos –los demás no los veían exactamente así- como la extirpe más limpia de toda España. Obviamente, en ningún caso este discurso identitario tenía tintes independentistas, limitándose como dice el autor, a subrayar su particularidad histórica y política dentro del marco español.
     Javier Sanchiz, Norma Angélica Castillo Palma, Solange Alberro y Nikolaus Böttcher se ocupan por separado de la limpieza de sangre en el virreinato novohispano. Estudiando casos diferentes todos ellos llegan a conclusiones similares, a saber: uno, que la limpieza de sangre sirvió en Nueva España no sólo para excluir a los judeoconversos sino también a los indios y a las castas. Y otro que personas destacadas socialmente conseguían con cierta facilidad sortear las exigencias de la limpieza de sangre, accediendo sin problemas a altos cargos de la administración civil o eclesiástica. Solange Alberro analiza varios casos de personas de orígenes familiares judeoconversos que alcanzaron altos cargos, incluido el de calificador del Santo Oficio. Bien es cierto, que ya Ruth Pike detectó, hace varias décadas, un fenómeno similar en la Sevilla del Siglo de Oro, cuando numerosos mercaderes conversos, mantuvieron su patrimonio y sus privilegios merced a su poder económico.
     Por su parte Alexander Coello analiza el peso de la sangre en el virreinato limeño a través del enfrentamiento entre el Colegio de San Martín y el Real de San Felipe, en el siglo XVII. Se trataba de dos instituciones educativas muy influyentes en el Perú, que lucharon por la preeminencia. El de San Felipe era más selecto y rechazaba a todos aquellos que no dispusiesen de una genealogía familiar limpia, tanto desde un punto de vista fenotípico como relacionadas con el credo. Por ello, también reclamaba para sus colegiales la precedencia en todos los actos públicos con respecto a los alumnos de San Martín.
      Marta Zambrano extiende el análisis de la limpieza de sangre a Santa Fe, donde fueron discriminados de las altas jerarquías los mestizos y las demás castas. Hubo algunas excepciones en las que mestizos prominentes, ayudados por la influencia de sus progenitores, todos ellos conquistadores, consiguieron no sin dificultad alcanzar algunos puestos de relevancia.
      Y finalmente, Guillermo Zermeño establece las diferencias entre los conceptos de mestizo, que apuntaba sólo a un hecho racial, y de mestizaje que terminó convirtiéndose en el signo de identidad colectiva de muchas naciones hispanoamericanas surgidas tras la Independencia. El autor cita una frase de Simón Bolívar que resume bien esta idea: No somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles.
      En general, en esta obra se recalca la influencia que ejerció la sangre a ambos lados del océano. Un mecanismo que llevaba implícitas unas obvias connotaciones racistas –o si se prefiere, protorracistas- , aunque el concepto no tenga el mismo contenido que en la actualidad. Asimismo, su aplicación en las colonias presentó algunas particularidades: primero, se aplicó más en la discriminación de las castas que en la persecución de los judeoconversos. Por tanto dejó de ser un mecanismo de persecución del neófito para convertirse en un instrumento de limpieza fenotípica de negros, indios y sus híbridos. Segundo, que no siempre las informaciones contaron con las garantías necesarias para verificar lo que allí se decía. En aquella época la Península Ibérica parecía estar demasiado lejos como para conocer con detalle los orígenes del aspirante. Por eso no era de extrañar, como denunciaba la audiencia de Santo Domingo en 1572, que muchos, siendo descendientes de judíos, elaborasen informaciones falsas accediendo a puestos destacados de la administración. Un aspecto que ratifica Javier Sanchiz pues detectó varios casos de personas con tacha genealógica que consiguieron burlar los controles de limpieza y acceder a altos cargos. Y tercero que, a diferencia de lo que ocurría en la metrópolis, el peso de estas informaciones de limpieza no siempre fue decisivo para apartar a una persona del alto funcionariado. A veces, cuando el sujeto en cuestión disponía de suficiente influencia social, no había demasiada dificultad en alcanzar los altos cargos, pese a existir fundadas sospechas de su origen neófito.

   Esteban Mira Caballos

(Esta reseña está publicada en la revista Iberoamericana, Berlín, 2011)

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