Schwartz, Stuart B.: Cada uno en su ley. Salvación y tolerancia religiosa en el Atlántico ibérico. Madrid, Akal, 2010, 390 pp.

          Es bien sabido que dentro de la sociedad ibérica, y especialmente de la americana, hubo una cierta tolerancia religiosa. Precisamente por ello se creo la Inquisición, es decir, para velar por el cumplimiento del dogma, evitando relajaciones, contaminaciones protestantes o paganas y las temidas desviaciones de iluminados. El mérito de esta obra reside en que consigue aislar decenas de casos concretos donde se verifica esta tolerancia entre la población y todo ello con una base documental y bibliográfica abrumadora. En una edición muy cuidada y magníficamente redactada, se analizan decenas de juicios inquisitoriales desarrollados en España y Portugal así como en sus respectivas colonias, estableciendo puntos en común entre los testimonios de los encausados.
          El profesor Schwartz contabilizó un total de 116 casos en los que los sujetos fueron condenados por afirmar que cada uno podía salvarse en su ley, independientemente de que profesasen la religión de Yahvé, la de Alá o las politeístas de las grandes civilizaciones mesoamericanas o andinas. Los que más formación tenían, especialmente los religiosos, fundamentaban su afirmación en la ley natural, mientras que los demás utilizaron argumentos más rudimentarios o simplemente lo justificaban en el sentido común. Un inglés residente en Guatemala, Mariano Gordón, afirmó muy significativamente: crea usted en su ley que yo creeré en la mía y el día del juicio nos veremos. Una tolerancia religiosa que, por tanto, no podemos circunscribir específicamente al mundo ibérico.
          La tesis fundamental de su autor es que esta tolerancia hacia otros credos estuvo más generalizada de lo que se había creído, no sólo entre los conversos sino también entre los cristianos viejos de España y de América. Ahora bien, algunos de los casos sobre los que el profesor Schwartz fundamenta su hipótesis constituyen, en realidad, pura y llana disidencia. Ya Henry Kamen advirtió hace varios lustros que en España se desarrolló más una sociedad de la disidencia que de la tolerancia. Algunos sí se parecían a Menocchio, el viejo molinero de Friuli, pero la mayoría eran más bien locos, marginados sociales, crispados, resentidos o, en cualquier caso, personas que tenían muy poco que perder y que se la jugaron desafiando al más temido de los tribunales, el de la Inquisición. Estos disidentes llevaron sus ideas contracorriente hasta extremos insospechados. El autor cita el caso de Mateo Salado, un francés de 45 años que se ganaba la vida como huaquero –buscador de tumbas con ajuar áureo- en el Perú. Lo menos que dijo fue que no existía el purgatorio o que la Santísima Trinidad lo formaban en realidad dos personas y no tres. Asimismo se atrevió a acusar al mismísimo Papa de gastarse los dineros de la iglesia en prostitutas. Lógicamente, fue quemado en la hoguera en Lima en noviembre de 1573; pero a mí, el pobre de Mateo Salado, que probablemente estaba perturbado, no me parece un tolerante sino un disidente radical, casi tanto como sus verdugos. Otro extremista fue sin duda Francisco de Escobar, un hacendado mestizo de Lima quien, además de dudar de la virginidad de María, se acostaba con toda india o mestiza que pillaba, con la excusa de la famosa cita bíblica crecer, multiplicados y llenar el mundo. Fue condenado a muerte. Nuevamente se trataba de auténtico obseso sexual tan radical como los inmisericordes inquisidores que lo juzgaron. El caso de Bento Texeira, un joven de Oporto, radicado en Pernambuco no es menos significativo; asesinó a su esposa al sorprenderla con otro pero no fue condenado por eso sino por sostener ideas que se parecían peligrosamente a la predestinación calvinista, pues, en su opinión, cuando Dios había decidido el destino de una persona, de nada servían ya las buenas obras. Nuevamente, no parece que el portugués fuese un modelo de tolerancia religiosa sino de disidencia abierta y directa frente al catolicismo.
          Asimismo, se detiene el autor en los muchos casos de sincretismo religioso que desplegaron los indígenas y que, nuevamente, intenta presentar como claros casos de tolerancia entre religiones. Sin embargo, también en esta ocasión habría que hablar no tanto de tolerancia como de resistencia hacia una religión que durante mucho tiempo consideraron ajena.  
Pudo haber una cierta tolerancia entre los cristianos viejos y prueba de ello son los numerosos casos en los que encubrieron a familias moriscas para evitarles el cadalso. Pero, en cualquier caso, si estuvo más o menos generalizada entre la población, ésta debió quedar recluida en la más estricta de las intimidades familiares, dado el férreo control que ejercían las implacables autoridades inquisitoriales. Por cierto, sirva de aviso que todavía en pleno siglo XXI ninguno de los grandes credos monoteístas aceptan plenamente esta idea de que cada uno puede salvarse en su fe. Quizás sería oportuno mimetizar el sentido común que exhibían algunos de estos condenados por la Inquisición.
          Huelga decir que la obra encierra algunas de las mejores virtudes de todo buen libro de Historia: plantea nuevas hipótesis, apunta líneas de investigación alternativas e incita a la reflexión. Por tanto se trata de una excelente y bien documentada monografía, independientemente de que algunas de sus conclusiones puedan ser más que discutibles.

Esteban Mira Caballos

* Esta reseña saldrá publicada próximamente en la revista Iberoamérica, Berlín.