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SANGRE LIMPIA, SANGRE ESPAÑOLA



Jesús Hernández Franco: Sangre limpia, sangre española. El debate de los estatutos de limpieza (siglos XV-XVII). Madrid, Cátedra, 2011, 300 pág.

 

            La temática cuenta ya con una larga trayectoria, que se inició con los pioneros estudios de Antonio Domínguez Ortiz y Albert Sicroff seguidos, algunos lustros después, por los de Gutiérrez Nieto. En los últimos años la temática ha despertado el interés de numerosos historiadores que han ido aportando puntos de vista novedosos, pero nada de la envergadura de la obra que ahora comentamos. Este libro constituye un nuevo hito historiográfico por dos motivos: primero, porque sintetiza magistralmente lo que sabíamos hasta la fecha, y segundo, porque aporta concienzudas reflexiones, fruto de un profundo conocimiento de la materia. Precisamente los planteamientos del autor poseen una gran solidez porque los fundamenta sobre un abanico de fuentes verdaderamente abrumador y sobre una reflexión serena fruto de años de trabajo.

Como es de sobra conocido, estos perniciosos estatutos dieron comienzo en 1449 con la famosa Sentencia pronunciada por Pedro Sarmiento para el concejo de Toledo por la cual los descendientes de conversos fueron privados de cualquier oficio en la ciudad. Al parecer, en un primero momento ni la realeza ni el papado los vieron con buenos ojos. Ello no impidió su desarrollo, haciéndose omnipresentes en los siglos XVI y XVII y prolongando sus tentáculos hasta la Edad Contemporánea. Los llamados cristianos viejos consiguieron discriminar de los altos cargos de la administración a todas aquellas personas teóricamente sospechosas de tener un pasado judío o converso. Y todo con una excusa falsa, es decir, que la mayoría de los cristianos nuevos no sólo no eran buenos cristianos sino que además conspiraban contra la monarquía cristiana. Así, pues, se presentó al neófito como un mal cristiano y un mal súbdito de la monarquía. Una generalización que no se ajustaba a la verdad, pues, aunque hubo algunos conversos que se mostraron inasimilables, la mayoría trató de integrarse felizmente en la sociedad cristiana.

Lo cierto es que los conversos fueron perseguidos por la Inquisición y sus descendientes marginados de la administración, de los más prestigiosos colegios mayores, de las ordenes militares, e incluso, de determinadas congregaciones religiosas, como la jerónima. Fueron considerados, al igual que los judíos, linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre. Además implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Los estatutos de limpieza sirvieron a los cristianos viejos para limitar la capacidad de los neófitos de acceder a las instituciones castellanas. En ellos había un componente racista, aunque el término no equivalga exactamente al contenido actual. Es por ello por lo que unos hablan de protorracismo y otros, como el profesor Columbus Collado, de racismo cultural.

Los afectados trataron de ocultar su pasado, recurriendo a diversas estrategias: cambio de apellido, mudanza de localidad, falsificación de su propia genealogía, e incluso, comprando testigos que aseverasen su pasado cristiano. Como indica el autor, esas estrategias permitieron al padre de Santa Teresa ocultar su origen converso.

Desde el siglo XVI estos estatutos habían tenido opositores, tan conocidos, como el arzobispo de Sevilla fray Diego de Deza, fray Luis de León, Domingo de Soto, Fernando Vázquez de Menchaca, Gerónimo Cevallos, el licenciado Martín de Cellorigo y el jesuita Fernando de Valdés, entre otros. Concretamente, el franciscano Uceda, en 1586, criticó los estatutos como un medio de los cristianos viejos para conseguir altos puestos de la administración con linaje, disimulando así su falta de méritos. No menos claro fue el licenciado Cellorigo cuando escribió, en 1619, que Jesús vino al mundo a reunir a todos los pueblos bajo las aguas del bautismo, eliminando el odio, justo lo contrario que los cristianos viejos hacían con los conversos. Y no menos elocuente se mostró Fernando de Valdés cuando negó las discriminaciones contra los neófitos alegando que los padres de la Iglesia fueron conversos y no por ello malos cristianos. En el segundo cuarto del siglo XVII, hubo un notable grupo de intelectuales, religiosos y políticos que se posicionó en contra de los estatutos a los que responsabilizaban de privar a la Monarquía de personas talentosas. El Conde Duque de Olivares, descendiente de conversos, intentó una reforma en profundidad para acabar con sus indeseables efectos, pues no hacían más que enfrentar a la sociedad entre cristianos viejos y nuevos, evitando que grandes talentos pudiesen acceder a los altos cargos de la administración. En 1623 expidió una reforma de estas probanzas por la que, entre otras medidas, se prohibían los memoriales anónimos y las murmuraciones, como pruebas acusatorias, como se había venido haciendo hasta ese momento.

Sin embargo, a juicio del autor, que se posiciona con Sicroff y frente a Henry Kamen, los apoyos al sistema estatutario fueron mucho mayores: primero, entre una parte de la intelectualidad -como Juan Martínez Silíceo-, y segundo, entre un amplio sector del Tercer Estado. Esta base social estatutaria terminó provocando el fracaso de lo todos los intentos de reforma, prolongándose estas prácticas nada menos que hasta el siglo XIX. Según el autor del libro, todavía en las Cortes de Cádiz hubo quien defendió la necesidad de mantenerlos para diferenciar a los neófitos de los cristianos viejos. El dato es tan elocuente que explica por sí solo el enorme retraso en todos los órdenes que acumulaba España a principios del siglo XIX.

Las consecuencias fueron nefastas tanto para la sociedad como para la economía del país. Por un lado, dividieron y enfrentaron a la sociedad y, por el otro, apartaron del poder a un buen número de personas meritorias. Miles de familias sufrieron la sospecha, mientras los cristianos viejos copaban los altos puestos de la administración sin exhibir más mérito que su supuesta sangre limpia. Todo ello contribuyó no sólo al progresivo retraso de España con respecto a sus competidores europeos, como Inglaterra, Holanda o Francia sino a ofrecer una imagen negativa de España en el contexto europeo.

Pocas críticas se pueden formular a un libro de esta solidez, no obstante, no me resisto a mencionar algunas pequeñeces: en el libro se alude en varias ocasiones al problema de la limpieza de sangre en Hispanoamérica pero, a mi juicio, hubiese sido oportuno dedicarle un epígrafe completo, sobre todo por las connotaciones especiales que en el espacio colonial tuvieron. Como es bien sabido, en las colonias se utilizó más como un mecanismo discriminatorio de las castas que para perseguir a los posibles judeoconversos. Asimismo, en una obra tan contundente donde se aglutinan infinidad de puntos de vista, hubiese sido oportuno incluir un capítulo de conclusiones en el que se recapitularan los principales aportes.

Pese a esas pequeñas objeciones, huelga decir que estamos ante una obra esencial no sólo para los estudiosos de la temática estatutaria sino para cualquier interesado en la historia social de España.

 

Esteban Mira Caballos

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