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LA LENGUA DEL IMPERIO

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CONDE, José Luis: La lengua del Imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización. Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial, 2008, 230 págs.

 

          Esta obra, que obtuvo el II Premio Rosa María Calaf de Investigación Social 2008, plantea un análisis comparativo entre el imperialismo romano y el actual, liderado este último por los Estados Unidos. Sobre el influjo del imperialismo romano en los imperios modernos y contemporáneos existe una amplia bibliografía anglosajona. Sin embargo, en castellano, la literatura es mucho más parca por lo que este libro viene a cubrir ese vacío historiográfico, acercando la temática al lector hispano.

El autor establece interesantísimas conexiones ideológica entre los pensadores romanos imperialistas o antiimperialistas –Cicerón, Salustio, Cornelio Tácito, Tito Livio, etc.- y los estadounidenses –Miles, Chalmers, Badian, etc.- así como símiles sorprendentes en la evolución política de ambos imperios. Y como casi siempre, las estrategias que usan la comparación siempre ofrecen grandes y sorprendentes resultados, pese a que medien entre los elementos comparados dos milenios. Llaman la atención los paralelismos entre los defensores y sustentadores del imperialismo actual con los que, hace dos mil años, defendían y sostenían el de la Roma Imperial. Los romanos, crearon toda una corriente ideológica tendente a justificar su expansión. Ya en el siglo I d. C., Cornelio Tácito, en su obra Historias, afirmó que todas las anexiones territoriales se habían justificado en el falso pretexto de llevar la libertad a sus habitantes. Y es que, por paradójico que resulte, Roma justificaba sus guerras exteriores en motivos defensivos, para garantizar su seguridad y la de sus aliados. Algo tan absurdo como usar la guerra para preservar la paz. Pero lo realmente increíble que estos argumentos, esgrimidos hace cientos de años por escritores romanos, como Marco Tulio Cicerón, son absolutamente idénticos a los que sostienen una parte importante de la sociedad estadounidense, cuando alude a sus guerras preventivas. Asimismo, se someten países sin conquistarlos físicamente, siempre bajo la justificación de liberarlos o de democratizarlos. Estados Unidos, la mayor potencia bélica de nuestro tiempo, al igual que la Roma de los emperadores, hace la guerra por aquí y por allá, con la excusa de garantizar la paz, los derechos humanos y la libertad.

Conviene recordar, aunque no sea objeto de este libro, que estos mismos argumentos no saltaron en el tiempo dos mil años hasta llegar a nuestros días sino que han permanecido incrustados en el pensamiento de Occidente a lo largo de toda nuestra era. De hecho, en el siglo XVI también se alabó la expansión conquistadora, en nombre de Dios y de la cristiandad, en unos momentos donde cristiano equivalía a civilizado y pagano a bárbaro. La Conquista fue presentada como el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Para la mayoría de los europeos de la época los amerindios constituían sociedades degeneradas y salvajes, por lo que se imponía la necesidad caritativa de civilizarlos o de cristianizarlos. Los romanos justificaron su expansión en la necesidad de difundir la cultura grecolatina que consideraban superior, y más de quince siglos después, los españoles, defendieron su imperio ultramarino en la necesidad de trasladar la fe cristianas a los paganos que vivían en las tinieblas. Y es que toda campaña militar o imperialista, o más aún, toda actuación política, ha ido siempre ligada a su correspondiente justificación ética.

Pero volviendo a la comparativa entre Roma y Washington, hay que señalar que las élites estadounidenses han visto en aquella el espejo remoto en el que mirarse y fuente permanente de justificación de sus actuaciones. Y lo peor de todo, es que pese al sabor rancio de sus argumentos, estos han calado en buena parte de la opinión pública. La larga rivalidad entre Roma y Cartago la compara el autor con la que mantuvieron USA y URSS durante la guerra fría, aunque la primera durase varios siglos y la segunda menos de medio. Desde la destrucción de Cartago, Roma se mantuvo como líder mundial en solitario, de forma similar al liderazgo sin límites que ostentan los Estados Unidos desde la desaparición de la Unión Soviética. Roma estableció un protectorado sobre los territorios de sus aliados, similar al que ejerce en nuestros días Estados Unidos. Roma tomaba duras represalias contra aquellos amigos que se atrevían a actuar por su cuenta, justo lo mismo que hacen ahora los americanos con aquellos aliados, como Sadam Husein o los talibanes afganos, que dejan de obedecer sus consignas. Y si para ello hay que inventar pruebas que justifiquen la guerra, como la existencia de armas químicas de destrucción masiva –que en Irak nunca aparecieron-, pues se inventan, ante la indiferencia o la credulidad de la comunidad internacional. Una situación que el autor de este libro compara con la guerra que Roma emprendió contra Mitrídates, un aliado díscolo, que se atrevió a crear un reino poderoso en la frontera oriental del imperio e intentó apoderarse de territorios vecinos, lo que fue interpretado por Roma como una amenaza para su seguridad.

          Esta comparación entre el imperialismo estadounidense y el romano, entre el que median más de dos milenios, la utiliza el autor para aseverar, acertadamente, que en el mundo actual conviven elementos antiguos, medievales y contemporáneos. Es decir, subsisten y coexisten la brutalidad de la Edad de Piedra, las supersticiones medievales, los ideales de limpieza de sangre modernos y el racionalismo contemporáneo. Muchas sombras y algunas luces, todas mezcladas en la sociedad de nuestro tiempo, en un cóctel harto peligroso.

          El Imperio Romano duró cinco siglos, hasta su desaparición fruto de las invasiones de los bárbaros del norte y de su propia descomposición interna. El autor se plantea, si los Estados Unidos están actualmente en el comienzo, en la madurez o en el crepúsculo de su evolución para tratar de predecir la durabilidad de su liderazgo. Pero, en realidad, contrariamente a lo que opina el profesor Conde, creo que eso no se puede pronosticar, pues aunque los argumentos ideológicos para justificar el imperialismo son idénticos, la durabilidad de ambas estructuras imperiales no tiene por qué ser idéntica.

          Para finalizar diré que no he pretendido hacer una reseña exhaustiva de esta obra, limitándome a comentar algunos aspectos que han llamado más mi atención. El lector podrá encontrar en esta bien documentada y brillante obra de Juan Luis Conde, muchos otros matices, detalles y datos no reflejados en estas líneas y que le ayudarán a comprender mejor las estructuras de poder del presente y del pasado.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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