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ARAM, Bethany: Leyenda negra y leyendas doradas en la conquista de América. Pedrarias y Balboa. Madrid, Marcial Pons, 2008, 451 pp.

          Con un lustro de retraso he leído esta brillante obra sobre este dúo de conquistadores, el segoviano Pedrarias Dávila y el jerezano Vasco Núñez de Balboa. Constituye un acierto de la autora el estudio comparado de ambos personajes porque no se puede entender uno sin el otro. Aram intenta ofrecer un punto de vista objetivo, aunque también confiesa su creciente simpatía por ambos conquistadores, especialmente por el primero. No obstante, a mi juicio sí consigue romper con el maniqueísmo tradicional que asociaba a Balboa con el héroe del pueblo, frente Pedrarias que pasó a la historia como el intransigente cortesano que envió al patíbulo al primero. No en vano, Hugh Thomas llegó a escribir que Pedrarias fue la persona más odiosa de toda la conquista. Obviamente, esta visión tan radical entre el héroe y el tirano, favorecida por la rápida desaparición del primero, no se ajusta a la realidad. El hecho ya lo había puesto de relieve María del Carmen Mena en su magnífica biografía de Pedrarias, pero lo apuntala definitivamente Bethany Aram.
          Como ya hemos dicho, la autora no logra totalmente esa supuesta neutralidad porque, en ocasiones, se aprecia una gran simpatía personal hacia la figura del conquistador segoviano. Tanto es así que llega a justificar el ajusticiamiento de Balboa en Acla por su rebelión, no contra Pedrarias sino contra su sucesor Lope de Sosa. A mi juicio, no hay pruebas suficientes que sugieran que el jerezano tuviese en mente rebelarse contra el poder real sino que, como tantos otros, pretendía ignorar al gobernador, proseguir con sus descubrimientos y después solicitar a posteriori el reconocimiento real. El segoviano pudo haber mostrado un ápice de indulgencia, pero no lo hizo, ni siquiera tratándose del prometido de su hija. Lo cierto es que a esto mismo jugaron decenas de conquistadores, y a unos les salió bien y a otros mal. Balboa fue uno más de tantos que desgraciadamente fracasaron, entre otras cosas porque se encontró enfrente a una persona dispuesta a aplicar la ley hasta sus últimas consecuencias. No debe ser casualidad que a Pedrarias se le conociera como el gran justador. Sin embargo, el jerezano tuvo una muerte acorde con su forma de vida, por eso los cronistas de su época interpretaron que, con traición o sin ella, su ejecución fue un castigo divino por las atrocidades cometidas durante su vida. Pedrarias Dávila tuvo algo más de suerte, pero no mucha más, pues aunque le sobrevivió más de una década, murió en la pobreza, tras perder a dos de sus hijos, y sólo, lejos de su querida esposa, doña Isabel de Bobadilla.
          Pero, ¿quién provocó el enfrentamiento? Pues indirectamente la propia Corona que, con frecuencia, contraponía a dos personas con la intención de facilitar el control del territorio. Ocurrió con Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda, ahora con Balboa y Pedrarias y pocos años después con Diego de Almagro y Francisco Pizarro. Y todo ello en beneficio propio, pues conseguía que uno controlase el exceso de poder del otro y viceversa.
          La autora señala la desmedida ambición del jerezano, dispuesto incluso a convertir el Darién en un gran mercado exportador de indios esclavos. Sin embargo, es indudable que Pedrarias también exhibía grandes dosis de ambición, por lo que, al igual que Balboa, estaba dispuesto a cualquier cosa con tan de enriquecerse. De hecho, para cobrar sus emolumentos, dado que la tierra no proporcionaba rentas suficientes, permitió todo tipo de abusos contra los sufridos nativos.
          Tampoco comparto con la autora sus juicios de valor cuando compara la crueldad de la conquista con la de la reconquista. Y no la comparto porque aunque las razias, la destrucción y las muertes fuesen similares, las fuerzas musulmanas mantenían un cierto equilibrio con las cristianas. En cambio, los pobres indios no tuvieron la más mínima oportunidad de éxito; su mundo estaba condenado a la desaparición.
          Una de las cuestiones más novedosas de esta obra, sustentada en documentación inédita, es el interés de Pedrarias en la empresa que Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Fernando de Luque pretendían llevar al Levante y que acabó a medio plazo con la conquista del Tahuantinsuyu. Tradicionalmente, se pensaba que el segoviano puso muchas cortapisas a estas expediciones por la sangría de hombres y de esfuerzos que provocó en los primeros años. Sin embargo, la autora presenta un documento de 1525, en el que se pretendía cuantificar lo gastado desde 1524 en la campaña del Sur, confirmando la participación en la empresa a partes iguales de Almagro, Pizarro, Luque y Pedrarias. Toda la jornada dependía directamente del gobernador que se involucró en la jornada, repartiendo en cuatro partes la inversión y los futuros beneficios. Por tanto, queda claro, que las primeras expediciones en busca del Tahuantinsuyu gozaron de la bendición y la participación de la máxima autoridad de Castilla del Oro.  
          En general, algunos puntos de vista de la autora pueden ser discutibles, pero construye su argumentación sobre un aparato crítico impresionante, incontestable. Por un lado, sintetiza todo lo que sabíamos hasta la fecha sobre ambos personajes y, por el otro, aporta algunos documentos nuevos que nos permiten perfilarlos mucho mejor. Y además no se queda en la anécdota sino que trata de reconstruir a los personajes en su contexto histórico, lo que aporta singularidad a su estudio. Por tanto, huelga decir que estamos ante una obra valiosa que aporta novedades y nuevos puntos de vista a la historia de la colonización temprana de Castilla del Oro y a la biografía de sus protagonistas.

ESTEBAN MIRA CABALLOS