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EPIDEMIAS Y PODER

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WATTS, Sheldon: Epidemias y poder. Historia, enfermedad, imperialismo. Barcelona, Editorial Andrés Bello, 2000, 491 págs.

 

        Este libro, editado en inglés en 1997 y tres años después en castellano, constituye una obra sorprendente en la que su autor defiende, como indica el propio título, la relación entre la expansión de las epidemias y el imperialismo. Evidentemente, S. Watts posee un amplio conocimiento de las distintas sintomatologías, pero su formación como historiador social y cultural, hace que lo realmente valioso de su obra sea la interpretación de cada una de las epidemias en su contexto histórico. Además, dado que ha desarrollado su labor docente en distintos centros de África –Nigeria y Egipto-, conoce de primera mano las consecuencias que el imperialismo provocó en dicho continente, perceptibles, por supuesto, en la actualidad.

Se analizan pormenorizadamente las principales plagas que han azotado a la humanidad desde la Baja Edad media hasta nuestros días, es decir, la peste bubónica, la lepra, la viruela, la fiebre amarilla, el cólera, la malaria, la sífilis y, por último el SIDA.

La peste negra azotó el Viejo Continente y Asia a partir de 1347, matando en tan sólo cinco años a unos 24 millones de europeos, tres de cada diez. Ratas infestadas se colaron de polizonas en naves genovesas expandiéndola por amplias zonas ribereñas del Mediterráneo. Así, los egipcios que periódicamente se enfrentaban a malas cosechas, plagas de langostas, hambres y enfermedades, debieron afrontar la peste bubónica desde 1347. Solo los nómadas estuvieron en mejores condiciones para replegarse y evitar los peores efectos de la epidemia. Ya en ese siglo se puso de manifiesto una vez más la incapacidad de Occidente para frenar la expansión de las plagas que ella misma generaba. El autor se contradice en parte cuando afirma, por un lado, que la peste no respetaba a nadie y que lo mismo morían pobres vagabundos que ricos -p. 27-, y por el otro, lo contrario –p. 40-. Evidentemente, se refiere a que todos podían ser contagiados aunque es obvio que afectaba menos a los ricos que vivían en mejores condiciones y tenían menos contacto con ratas y pulgas –las transmisoras de la enfermedad-. También tenían la posibilidad de huir hacia el campo a los primeros síntomas del ataque epidémico. Por eso no extraña que se generalizara la máxima: huye pronto, huye lejos, vuelve tarde. Defiende el autor que esta enfermedad, como las demás estudiadas, sirvió para segregar socialmente a las personas, pues, se establecían cuarentenas para evitar los contagios. Se controlaban los desplazamientos, se sepultaba a los muertos en fosas comunes, calcinando sus efectos personales, y se aislaba a los afectados. Para los enfermos y sus familias, el hecho de ser aislados socialmente, de quemar los pocos enseres personales que poseían –a veces incluso sus propias casas- o enterrarlos en una fosa común como los apóstatas era difícil de asimilar. También la lepra, que ya causaba estragos en la antigüedad, implicaba el aislamiento atroz de los afectados en lazaretos, verdaderos morideros donde intentaban minimizar el riesgo de contagio. Y ello, no nos sorprende dada la discriminación que todavía, en pleno siglo XXI, sufren los enfermos de SIDA en nuestra propia sociedad.

Asimismo, desde el siglo XVI se produjo una enorme expansión de la sífilis que, en este caso, tuvo el flujo inverso, llegó de las colonias a la vieja Europa. Precisamente, un estudio reciente llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Emory, en Atlanta (Estados Unidos), y que por tanto el autor no pudo conocer, parece demostrar que la sífilis europea, aparecida desde 1495, pudo ser fruto de una mutación de la cepa original traída al Viejo Mundo por los hombres de Colón. En Europa se conocía un tipo de sífilis pero no la venérea que se inició en la última década del siglo XV y que se contagiaba por contacto sexual. Su difusión fue imparable, acentuada por la mentalidad de la época, que veía con normalidad el inicio de la vida sexual de los jóvenes con prostitutas de las mancebías. Además, esta enfermedad estigmatizaba a los afectados de manera similar a la lepra, hasta el punto que todo el que podía lo ocultaba, lo que no contribuía precisamente a su erradicación. El primer remedio llegó desde las mismas colonias; se usó el guayacán, un árbol que produce una madera actualmente muy apreciada –al igual que la caoba- por su dureza y calidad, pero que los amerindios la usaban para aliviar los síntomas de la sífilis. Su comercialización comenzó en 1521 cuando se remitieron a la Casa de la Contratación 2.429 quintales y dos arrobas. Gonzalo Fernández de Oviedo por un lado, y Andrés Laguna, en su traducción de la Materia Médica de Anazarbeo, editada en 1555, por el otro, elogiaron ampliamente sus virtudes para combatir la sífilis que por aquel entonces azotaba fundamentalmente a Europa. Dos décadas después fue el médico sevillano Nicolás Monardes quien volvió a defender el poder del guayaco no sólo frente a la sífilis, sino también contra otras enfermedades. Más adelante se usó otro método más efectivo a base de mercurio. Lo cierto es que esta nueva plaga afectó a las formas de socialización cerrándose, por ejemplo, los baños de vapor muy extendidos en la Europa de la época. Asimismo, cambió la percepción que la sociedad tenía de la prostitución.

Otra de las grandes plagas de la historia ha sido el cólera, en este caso mucho más selectiva que las anteriores ya que atacaba mucho más a personas débiles física o psíquicamente y mal alimentadas. La bacteria acuática que la produce se difundió por todo el orbe en los tanques de agua de los buques mercantes y en el transporte ferroviario. Se contagiaba a través de las aguas infectadas. En la época ni siquiera intuyeron el foco de transmisión. Así, por ejemplo, el médico Manuel de Aguilar Tablada explicaba el origen de la enfermedad en 1855 se la siguiente manera: la causa del mal se debe a la descomposición de algunas de las fuerzas terrestres o de su desequilibrio en un punto dado. En muchas colonias, como la India, el cólera había tenido una baja incidencia en la época pre-británica, volviéndose atroz y masiva desde mediados del siglo XIX. Por eso no duda el autor en hablar de una enfermedad sostenida por el imperialismo y que costó la vida a 25 millones de indios. Desde la India se propagó hasta la Rusia zarista y hacia el imperio Habsburgo hasta llegar a Inglaterra y Francia. Como en el caso de la lepra y otras epidemias, terminaron creándose asilos de afectados por el cólera, que eran verdaderos infiernos terrenales.La fiebre amarilla y la malaria también llegaron a América en los buques negreros causando graves estragos desde mediados del siglo XVII.

La expansión de todas estas enfermedades se difundió por todos los continentes a través de los buques mercantes y negreros de las potencias del viejo continente. Empezaron los pueblos ibéricos y lo continuaron con gran ímpetu los franceses, ingleses y holandeses principalmente. En el continente americano, los nativos sufrieron un sinfín de enfermedades que los diezmaron, empezando en 1493 por la influenza suina y continuando a partir de 1519 por la viruela, el sarampión, la gripe, el tifus exantemático, la sífilis, etc. Se estima que las enfermedades mataron entre el 80 y el 90 por ciento de la población aborigen de América, aunque posteriormente se recuperara en parte. La introducción de esclavos africanos para sustituir a la mano de obra indígena, modificó todo el panorama racial del Nuevo Mundo.

Por tanto, el imperialismo no sólo generó desigualdades económicas sino que extendió por extensas áreas del mundo plagas que diezmaron poblaciones que en muchos casos no habían tenido contacto previo con esos virus. De ahí que los estragos en las colonias americanas, africanas o asiáticas fuesen mucho más dramáticos que en la propia Europa. Por tanto, superpoblación, pobreza, consumismo, nacionalismo e imperialismo están en el origen de todos los males. Para Watts, la medicina occidental no sólo se mostró incapaz de curar las enfermedades que ella misma exportaba sino que éstas fueron a la vez agente e instrumento de dicha expansión imperialista. La creciente necesidad del mundo moderno de llegar a más partes del mundo en busca de potenciales consumidores ha tenido como consecuencia la creación de verdaderas líneas de penetración de las epidemias que se propagaron por todo el orbe. Todo ello fundamentado en el darwinismo social que entendía que los europeos eran una raza evolutivamente superior y, por tanto, con derecho a dominar al resto del mundo. Si a partir del siglo XIX se creó una medicina tropical para combatir las epidemias de las colonias, no se debió tanto al altruismo con las poblaciones aborígenes sino como el mejor medio de asentar la expansión imperialista. Esta es a grandes rasgos la tesis que defiende Watts y que en líneas generales compartimos.

Estamos ante una obra maestra, muy ambiciosa en el mejor sentido, ya que abarca un amplio espacio geográfico –prácticamente todo el mundo- y una amplia cronología que parte del siglo XIV y llega casi a la actualidad. En un trabajo de esta envergadura siempre es posible encontrar pequeños errores, como decir que Francisco Pizarro, conquistó el imperio inca en la década de 1520 –p- 131-. Asimismo, quiero advertir que la comprensión del texto se entorpece reiteradamente por la obsesión de Watts, siguiendo a Michel Foucault, de emplear conceptos muy abstractos como Constructo, Ideología del Orden o Desarrollo. Ello provoca que en más de una ocasión el lector más avezado tenga que releer un párrafo para entender lo que nos quiere decir. En cualquier caso, se trata de menudencias, detalles sin importancia que en nada pueden compararse con el aporte a la historia de la epidemiología y del imperialismo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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