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EL PROBLEMA DE LA INCREDULIDAD EN EL SIGLO XVI

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FEBVRE, Lucien: El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais. Madrid, Akal, 1993, 362 págs.

 

         Estamos ante una obra maestra del historiador francés, uno de los fundadores de la Escuela de los Annales, publicada originariamente en 1947, pero no editada en castellano hasta casi medio siglo después. De acuerdo con su propia metodología, defendida en su célebre libro Combates por la Historia, el autor parte del planteamiento de un problema al que pretende dar respuesta. Su gran objetivo no fue otro que el estudio de la psicología colectiva, a través de la problemática de la incredulidad. Y se introduce en ella analizando un caso muy concreto, el del afamado humanista galo, François Rabelais. Este último nació en la última década del siglo XV, siendo inicialmente fraile –primero franciscano y luego benedictino-, y abandonando después la vida monástica para recorrer Francia y doctorarse en medicina. Nos dejó muchas obras importantes, como la vida de Pantagruel o el Gran Gargantua. Rabelais es un librepensador que, a partir de 1532, se planteó aspectos éticos y espirituales que durante siglos nadie se había cuestionado. Un pensamiento muy avanzado para su época que lucha abiertamente contra la superstición de esos pobres idiotas que le rodean, que sigue con apasionada curiosidad los dramas de la Reforma, pero cuya piedad está más cerca de la religión erasmiana, liberalmente interpretada, que de la reformista; sus ideas están más vinculadas a Erasmo de Rotterdam que a protestantes como Juan Calvino o Martín Lutero. Y ello a pesar de que algunos historiadores pasados y presentes le dieron el apelativo de reformado. Él reniega de las supersticiones y de los supersticiosos, especialmente de aquellos que creían en la influencia de los astros en el destino de los hombres. A su juicio, el mundo dependía única y exclusivamente de la voluntad de Dios, de un Dios bondadoso, cuyo único tributo del feligrés debía ser la lectura, la meditación y la praxis del evangelio.

La cuestión clave era saber hasta qué punto Rabelais fue un producto de su tiempo o un adelantado a él. En opinión de Febvre, responder a esta cuestión resultaba clave para entender realmente la mentalidad del quinientos. Obviamente fue lo segundo, es decir, un personaje excepcional, al igual que otros de su tiempo como Leonardo da Vinci o Miguel Servet. Por ello, su mentalidad no se puede ni mucho menos generalizar; fue un verdadero precursor de la libertad, varios siglos antes de que la proclamasen a los cuatro vientos los revolucionarios franceses. No olvidemos que en su época la fe lo iluminaba todo, y cualquier intento de interpretación razonada era cuanto menos tildada de impía o de blasfema. El cristianismo era, como dice el autor, el aire mismo que se respiraba en Europa. Entonces ser cristiano no era una opción sino una obligación. Todas las personas desde su nacimiento hasta su muerte, e incluso después de ésta, estaban condicionas por el credo institucionalizado por San Pedro. Con esa obsesión se inició el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, desde finales del siglo XV. Por eso hay que dice que la conquista de América fue la última cruzada de Occidente.

Me ha llamado la atención un dato marginal, pero muy interesante. A mí me había llamado siempre la atención que grandes personajes del quinientos, como Hernán Cortés, no supiesen su edad con exactitud. De hecho este último manifestó su edad en cinco ocasiones, ofreciendo cinco cifras diferentes. Pero como explica Febvre, lo celestial y lo terrenal estaban tan íntimamente ligados que las personas no sentían la necesidad de conocer su edad con precisión, pues el tiempo tenía una importancia muy relativa. No se celebraba el aniversario sino la onomástica, vinculada siempre al santoral católico. De ahí que muchas personas tan solo tuviesen una idea aproximada de su fecha de nacimiento.

 A medida que avanzamos en la lectura de sus páginas, salen al paso personajes diversos que Lucien Febvre tiene el acierto de revivir. Sus páginas están repletas de descripciones y retratos, y a través de todas esas imágenes sorprendentes aparece el perfil de una época, con su clima moral y su atmósfera. Consigue alcanzar así la realidad de un momento histórico, con toda su riqueza de matices y contradicciones, lo que le permite evitar, en sus propias palabras, el mayor pecado de los pecados, el más imperdonable de todos: el anacronismo. Este libro es una gran lección de método, pero también de prudencia y de modestia, pues el propio autor recuerda que ningún historiador está en posesión de la verdad absoluta. A su juicio jamás tenemos convicciones absolutas cuando se trata de hechos históricos… El historiador no es el que sabe. Es el que investiga.

Estamos ante un clásico de la historiografía, es decir, una obra que no pierde su valor con el paso de los años. Prueba de ello, es que sesenta y seis años después de su primera edición, sigue siendo igual de útil, igual de novedosa e igual de actual que cuando vio la luz justo dos años después del final de la II Guerra Mundial.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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