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LA CONQUISTA DE LOS INCAS

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HEMMING, John: La conquista de los incas. México, Fondo de Cultura Económica, 2000, 687 págs.

        Esta obra fue publicada en inglés en 1970, siendo corregida y ampliada en 1993, coincidiendo con su traducción al castellano. Se trata de una densa y bien documentada historia de la conquista del incario, desde la llegada de los españoles hasta la caída de Vilcabamba la Vieja, en junio de 1572. Asimismo, incluye una breve biografía de los descendientes de la familia real inca, algunos de los cuales acabaron en España, abarcando hasta el primer tercio del siglo XVII. Estamos, sin duda, ante una obra cumbre sobre la conquista del Tahuantinsuyu que, a día de hoy, es todo un clásico, imprescindible para cualquiera que pretenda acercarse a la temática.

Como aclara el propio autor en el prefacio, no es una historia de la sociedad inca, ni tampoco una biografía de Francisco Pizarro. De ambos aspectos existen excelentes obras como las de María Rostworowski de Díez Canseco, José Antonio del Busto, Raúl Porras Barrenechea, etc., aunque ninguna de ellas puede considerarse definitiva.

Resumir el contenido de esta obra, implicaría una extensión inapropiada para una reseña. Y ello porque cada línea, cada párrafo, cada página, es fruto de la sosegada reflexión del autor, reforzada además por un denso aparato crítico. Todas sus aseveraciones cuentan con un amplio respaldo documental y bibliográfico. En ocasiones son fruto de deducciones realizadas a pie de campo, es decir, sobre unas ruinas y una topografía que Hemming conoce a la perfección.

Lo más destacado del texto que ahora comentamos es su aporte a la evolución de los incas desde su retiro a Vilcabamba, donde un grupo de naturales mantuvo por espacio de más de 40 años, un pequeño estado inca paralelo al español. Es decir, durante décadas convivieron el pequeño estado de Vilcabamba con el virreinato peruano, con sede en la Ciudad de los Reyes. Frente a lo que se había creído, Hemming demuestra la feroz resistencia de los incas a la conquista. La sorpresa inicial provocó la rápida caída de Atahualpa, excesivamente confiado en su superioridad numérica y, poco después, la de su ingenuo general Calcuchímac que se dejó arrestar sin oposición. Sin embargo, luego comenzó una feroz resistencia, iniciada por los generales quiteños Quizquiz y Rumiñahui, que prosiguió Manco Cápac en su reino de Vilcabamba. Inicialmente la rebelión pretendió aplastar a los pocos españoles que estaban en el Perú. Para ello planearon tomar la capital inca y ocupar después el resto de localidades en poder de los hispanos, como Jauja y la Ciudad de los Reyes. Probablemente faltó decisión, confiados de nuevo en su aplastante superioridad numérica. Ello les llevó a pensar que, antes o después, los hispanos capitularían. Pero se equivocaban, el tiempo concedido a sus oponentes permitió que estos planteasen una defensa eficaz del Cuzco, al tiempo que fueron llegando paulatinamente nuevos contingentes de europeos. Finalmente, los nativos comprendieron que era imposible acabar con los invasores por lo que, con buen criterio, Manco Cápac decidió retirarse, con sus más fieles seguidores, a las soledades selváticas de Vilcabamba, en la frontera nordeste del incario.

El autor, haciéndose eco de las últimas informaciones arqueológicas y aportando deducciones y datos propios, demuestra definitivamente el misterio de la ubicación del enclave en las ruinas hoy ubicadas en Espíritu Pampa. Por cierto, que confirma algo que ya sabíamos y es que no se puede identificar ni tan siquiera relacionar Vilcabamba con las ruinas de Machu Picchu, ciudad que seguramente fue una residencia real, abandonada después de la ocupación del Tahuantinsuyu por los hispanos. Lo cierto es que en Vilcabamba la Vieja consiguieron mantener durante casi cuatro décadas un pequeño estado indígena, en paralelo con el Perú español. Sus dimensiones eran muy modestas, apenas unas trescientas casas, controlando un territorio poco poblado de varias decenas de leguas a la redonda. Sin embargo, el virrey Francisco de Toledo, sorprendentemente creyó en la amenaza del pequeño reino, sobre todo por la posibilidad de que otros indios tomasen ejemplo y siguiesen el camino de la rebelión. Por ello, se empeñó en destruir dicho reducto, deportando de allí a los descendientes de la familia real incaica. Con ello, acababa el sueño de un puñado de personas que intentaron mantener su forma de vida, lejos de la tierra que los vio nacer. De haber sobrevivido, como indica el autor, hoy sería un pequeño reino indígena, probablemente reconocido por Naciones Unidas, de una extensión similar a la de algunos de los estados de Centroamérica.

Para acabar, destacaremos que el autor tiene un conocimiento detallado del Perú y de las ruinas incas. Eso, unido a la ingente documentación que manejó, le lleva a construir una narración de la conquista creíble, detallada, precisa y muy documentada. El texto consolida muchas de las ideas que ya teníamos sobre la conquista del incario y refuta otras. El minucioso estudio de la evolución de los orejones en su retiro de Vilcabamba es verdaderamente magistral. Tuvieron la capacidad de recrear la estructura política y religiosa del Tahuantinsuyu en un rincón alejado de los hispanos y de su propia tierra natal. Un verdadero exilio al que se adaptaron con éxito, pasando de ser una civilización andina a otra selvática.

        Los errores son pocos, casi todos relacionados con la biografía de Francisco Pizarro. Su desconocimiento del territorio de origen de los conquistadores induce al autor a escribir cosas como que los navíos que iban a Tierra Firme, pasaban primero por las islas Canarias y luego por las Azores, antes de tocar en las costas panameñas. Asimismo, afirma que Hernando Pizarro estuvo encerrado en Madrid, en el castillo de Medina del Campo –p. 611-, cuando como es bien sabido esta villa se encuentra en la provincia de Valladolid. Asimismo, afirma que Francisco Pizarro pasó a la Española en 1502, cuando la historiografía hace años que retrasa su llegada al menos a 1503 o 1505. Pese a esos errores e imprecisiones, propios de una obra monumental como ésta, estamos ante una obra singular, y yo diría, incluso, que insuperable, al menos en lo concerniente a la conquista del Tahuantinsuyu.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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