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TALADOIRE, Éric: D`Amérique en Europe. Quand les Indiens découvraient l`Ancien Monde (1493-1892). Paris, CNRS Éditions, 2014, 286 págs.

 

        Éric Tadaloire, profesor emérito de la Universidad de París y reconocido especialista sobre las civilizaciones mesoamericanas, nos sorprende ahora con este nuevo estudio sobre la presencia indígena en Europa. Como explica el autor, el Descubrimiento de América supuso un gran choque civilizatorio con consecuencias bidireccionales. De hecho, hubo una rápida adopción en el Viejo Mundo de determinados alimentos indianos, así como de plantas medicinales y de otros rasgos de su cultura material. Se produjeron de manera inmediata trasvases culturales en un doble sentido, muy a pesar de que a la postre la cultura inferior terminó sucumbiendo ante la invasora. Esto ha sido una dinámica frecuente en la historia de la humanidad, en la que reiteradamente las culturas más atrasadas desaparecieron ante el progreso de las más avanzadas.

Los europeos descubrieron América, pero también los nativos americanos descubrieron Europa. En este último aspecto, en el que la bibliografía es todavía escasa, se centra esta obra. Hasta finales del siglo XIX arribaron a Europa varios miles de indígenas y de mestizos por motivos extremadamente variados. La mayoría lo hicieron de manera forzada, como esclavos o sirvientes de los conquistadores y colonizadores, pero otros viajaron de manera voluntaria.

El autor habla de dos etapas: la primera abarcaría de 1493 a 1616, coincidiendo la primera fecha con el retorno de Colón con los primeros indios, y la segunda con la llegada a Londres de la bella Pocahontas. En esta etapa el flujo fue más intenso y, en general, la mayoría lo hicieron como esclavos, aunque desde 1542 se ralentizó por la expedición de las Leyes Nuevas en las que, en teoría, se abolió la esclavitud de los indios. A pesar de ello, en Lisboa y Zafra se siguieron vendiendo esclavos amerindios con total normalidad hasta bien entrado el siglo XVII. La segunda etapa, que incluiría desde 1616 a 1892, se caracteriza por un descenso del flujo y sobre todo por un cambio en las circunstancias por las que éste se producía. Las arribadas se relacionaban ahora con la política europea, dirigiéndose más a los países del norte de Europa, como Francia o Inglaterra.

        Como ya hemos afirmado, no solo llegaron aborígenes como mano de obra sino por motivos de lo más variados. Primero, fue frecuente traer naturales a España para que aprendiesen rápidamente la lengua castellana y que sirviesen de intérpretes en el proceso expansivo. Asimismo, se remitieron hijos de caciques y curacas en un intento de aculturar a la élite dirigente para así controlar al pueblo. De hecho, ya Cristóbal Colón trajo consigo en 1493 a los primeros indios que pisaron el continente europeo, siendo bautizados solemnemente en el monasterio de Guadalupe. Otros muchos fueron traídos como parte del espectáculo ostentoso de los peruleros. De hecho, muchos indianos adinerados regresaron a Europa con toda una corte de indios, causando auténtica sensación por allí donde pasaban. Sin ir más lejos, en 1519 Hernán Cortés envió a España a Portocarrero y Montejo con el quinto real con seis indios cempoaleses. Por citar otro ejemplo, en 1534 llegó a la capital del Guadalquivir Hernando Pizarro con una auténtica fortuna y una corte de llamas e indios, vestidos a su usanza, que provocaron el asombro de cientos de sevillanos que se congregaron en torno a la comitiva. Desde finales del siglo XVIII y sobre todo en la siguiente centuria se desarrolló en Europa, especialmente en Inglaterra, un interés por el indio como objeto de estudio antropológico.

        También nos consta el desembarco en la Península Ibérica de cientos de caciques, curacas y reyezuelos indígenas que fueron tratados en la Corte con las atenciones propias de su rango, hasta el punto de sufragar la propia Corona todos los gastos derivados de su estancia en tierras españolas. Como bien dice el profesor Taladoire, existe una extensa literatura sobre estas arribadas. Uno de los casos más conocidos es el del cacique don Franciscos Tenamaztle, llegado a la corte de Valladolid en mayo de 1554. Al parecer, llegó encadenado, procedente de la región de Jalisco de donde era señor y solicitando su libertad y la de su pueblo. También se han documentado casos similares en otros países europeos, como Francia o Inglaterra. Así, por ejemplo, el autor cita el caso de unos hijos de jefes iroqueses que en 1534 llegaron junto a Jacques Cartier a la corte gala. Aunque el caso más universalmente conocido es sin duda el de Pocahontas, la hija del jefe Powhatan de la confederación algonquina de Virginia, bautizada como Rebecca Lady y fallecida en Londres en 1617.

        Dedica el autor un capítulo completo -el VII- a la llegada de mestizos, muchos de ellos adinerados o descendientes de conquistadores y de estirpes reales prehispánicas. Sus motivos fueron muy diversos, en unos casos enviados por sus padres para que se educaran en la cultura hispana y en otros presionados por las autoridades por la inestabilidad que generaban en sus lugares de origen. Entre estos ilustres mestizos hay que citar a Martín Cortés, el Inca Garcilaso de la Vega, Melchor Carlos Inca o ya en el siglo XVIII a Bernardo Cano Moctezuma.

Ahora bien, se pregunta el autor sobre la sensación que debieron sentir al conocer la patria de los conquistadores. Es seguro que les impresionarían algunos avances tecnológicos y construcciones fastuosas, como palacios y catedrales. Sin embargo, también debieron sentirse horrorizados cuando contemplaron las enormes bolsas de mendicidad de las grandes urbes o las ejecuciones sangrientas de los tribunales civiles y eclesiásticos. Sensaciones contradictorias como las que experimentaron los conquistadores cuando contemplaron el templo-carnicería de Tenochtitlán o la fortaleza de Sacsahuamán.

Para concluir, debo decir que se trata de una obra importante, imprescindible, en una temática que hace más de tres lustros yo mismo comencé, cuando casi nadie la había abordado. Es cierto que el autor no ha realizado una investigación de archivo, pero eso no resta mérito a su texto que constituye una magnífica y necesaria síntesis de los aportes de investigadores españoles, portugueses, franceses y anglosajones. A mi juicio, la obra del profesor Eric Taladoire supone un salto cualitativo, al sintetizar prácticamente todo lo que sabemos sobre la temática, integrando los estudios de autores de muy diversas nacionalidades y escritos en español, francés, portugués e inglés. Por tanto, el mérito es doble: por un lado, desarrolla con una literatura fluida una visión global sobre el descubrimiento de Europa por los amerindios y, por el otro, supone un punto de partida necesario para aquellos investigadores que quieran aportar nuevos datos o nuevas interpretaciones.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS