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VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Reflexiones de un escéptico. Villafranca de los Barros, Rayego, 2014, 196 págs.

 

        Buenas noches: es un placer para mí estar de nuevo en este Instituto Meléndez Valdés, donde hace ya una década impartí docencia en dos cursos académicos. Guardo un recuerdo imborrable; era entonces el director Juan Viera y el secretario Fernando Merino. Dos verdaderos personajes que a su manera siempre sabían resolver cada uno de los conflictos que se presentaban. Por ello, es muy grato para mí regresar a este centro y nada menos que para presentar el último libro de mi admirado amigo Juan Pedro Viñuela.

        Durante estos años, especialmente en los tres o cuatro últimos, hemos mantenido el contacto, intercambiando nuestras publicaciones y manteniendo debates en las redes sociales. Debo reconocer que el pensamiento de Juan Pedro me ha influido en mí forma de hacer historia. Ambos hemos llegado a conclusiones similares desde formaciones académicas muy diferentes. Él se define a sí mismo como un escéptico esperanzado, es más dice en el libro que todo escéptico por definición aúna la duda racional con la esperanza emocional. Yo en cambio, me defino a mí mismo como un ultra pesimista aunque también esperanzado. Ultra pesimista porque conocer la historia en profundidad me ha llevado a ese extremo; Desde la II Guerra Mundial, el pesimismo domina entre la intelectualidad. Miro al pasado igual que ese ángel de la historia divisaba espantado la barbarie de los tiempos. Cualquiera que conozca bien la historia, ese camino sembrado de cadáveres, llega a una convicción ultra pesimista. Y esperanzado porque no queda otra, todo historiador sabe que la esperanza es lo que han tenido millones de desheredados, de infelices, de hambrientos, de vencidos a lo largo de los tiempos. Antes la esperanza era la otra vida en el cielo ahora es mucho más mundana: la tecnociencia. Sin esperanza solo queda el suicidio por eso yo creo –de acuerdo con Juan Pedro- que la esperanza es innata, un mecanismo de supervivencia generado por la especie humana. Me pega a mí que el escéptico esperanzado y el ultra-pesimista esperanzado están muy próximos en sus convicciones.

        El caso de Juan Pedro es muy peculiar porque es un intelectual puro, sin bandera, eso le reporta mucha independencia pero también mucho aislamiento, mucho vacío. Juan Pedro lucha en su obra y en su vida contra la mentira y la hipocresía, proceda de quien proceda. El problema es que lo mismo ataca al neoliberalismo, que a los totalitarismos fascistas y marxistas o a los partidos políticos en general o a los sindicatos, sin distinción. Tampoco se libra el pueblo en general, es decir, la clase media que somos la inmensa mayoría que estamos a su juicio alienados y somos autoculpables –dice él- por nuestra indiferencia, cobardía y pereza. En ese sentido enlaza con La Boétie cuando hablaba de la servidumbre humana voluntaria. Eso confiere a su obra un valor extra, pues está bien claro que no se debe a nadie, sino sólo a sus ideas, algo que no deja de ser una rareza en los tiempos que corren. Para él todo pensamiento se hace como crítica al poder e implica siempre disidencia. Su crítica no se dirige contra un partido político concreto ni contra una tendencia ideológica sino contra el poder, lo ostente quien lo ostente. Ese es el verdadero trabajo intelectual del filósofo como afirma el autor, lo que a veces lleva aparejado un pernicioso aislamiento intelectual. Esa honestidad es un arma de doble filo porque le resta apoyos.

Entrando en el libro, quiero decir dos cosas:

 

Primero, que es un producto genuino de Juan Pedro, sus temas de siempre, de actualidad, comentado con su ingenio y su sentido crítico. También comparecen sus escritores favoritos, tanto clásicos como Platón, Séneca o Marco Aurelio o contemporáneos como Emil Ciorán, La Boétie.

Y segundo, hay una acumulación de reflexiones a veces inconexas, sin un hilo conductor, lo cual tiene su ventaja: se puede leer el libro salteado, de adelante atrás o a la inversa. Está plagado de máximas y de reflexiones, la mayoría referentes a problemas actuales y de una gran profundidad intelectual.

        Los temas tratados son tantos y tan variados que sería imposible ni tan siquiera relacionarlos en estas pocas líneas. Por ello, me centraré en algunos de los que me han llamado más la atención.

        Una de los grandes temas del libro es el del relativismo cultural en el que el autor abunda en varias ocasiones. Existe la idea generalizada que las personas somos libres para decir y hacer lo que queramos. Pero esto no es más que un tremendo error: no todo tiene el mismo valor epistemológico. Hay actuaciones y opiniones no sólo equivocadas sino también peligrosas y, por tanto, como indica el autor, deben ser combatidas. Por otro lado si todo es relativo y todo puede ser verdad se elimina la crítica, acabando a su vez con la dialéctica y ésta a su vez con la democracia. Sin pensamiento, sin crítica y sin disidencia, dice Juan Pedro, no existe la democracia. Para conseguirla es inexcusable que la Iglesia retorne al terreno de lo privado y haga suyo el discurso de la teología de la liberación que defiende que fuera de los pobres no hay salvación.

        El relativismo enlaza con el otro gran tema del libro que es el fracaso de la democracia actual y la existencia de lo que él llama una partidocracia oligárquica. Por ello, a su juicio urge reclamar un proceso constituyente para recuperarla.

De gran interés son sus reiterados comentarios sobre el sistema educativo, la LOGSE y la LOMCE son objetos de su crítica porque, a su juicio, conducen a la pérdida de la virtud y la excelencia, sustituida por el concepto unitario de la mediocridad. Según el autor, educación para todos no significa devaluación de los contenidos como ha ocurrido lo que unido a la falta de autoridad del profesor provoca un verdadero caos educativo. Aunque su argumento es básicamente cierto, sostengo cierta discrepancia, pues, a mi juicio tanto la LOGSE como las leyes educativas posteriores, pese a que en algunos aspectos pueden ser mejoradas, supusieron un salto adelante en la democratización de la enseñanza. Todavía recuerdo el elitismo de los años setenta donde los más desfavorecidos tenían muy escasas posibilidades de acceder al sistema educativo. Actualmente, aunque muchos jóvenes lo desaprovechen, nos queda la tranquilidad de que todos, tengan el origen social que tengan, pueden acceder sin dificultad a una educación de más o menos calidad. Se trata de uno de los grandes sueños de algunos pensadores y políticos del primer tercio del siglo XX que se ha visto, por fin, cumplido.

Pese a tanta lacra, el profesor Viñuela cree que habrá un cambio forzoso por el propio agotamiento del planeta así como la inviabilidad del capitalismo y del liberalismo. Una profunda transformación que finalmente hará triunfar los viejos valores ilustrados, incluyendo el más olvidado de todos, la fraternidad. El autor defiende el cosmopolitismo frente al nacionalismo pues este último siempre lleva implícito la exclusión. Todas las personas somos iguales en dignidad y todos tenemos los mismos derechos sobre el planeta en el que vivimos. A fin de cuentas el hombre no es ningún protagonista destacado del universo sino un ser vivo más. El universo existía antes que nosotros apareciéramos y seguirá existiendo después de nuestra extinción que, antes o después, llegará.

 

En definitiva, estamos ante un libro pequeño en extensión pero grande en compromiso social. Muy de agradecer es la claridad con la que se expresan todas sus ideas que contribuyen a la concienciación de sus lectores y seguidores, entre los cuales me incluyo. El pensamiento neoliberal –la nueva religión dice Juan Pedro- tiene como una de sus principales premisas que no existe vida más allá del capitalismo y que el sistema actual es insustituible. Lo más cómodo es pensar que las alternativas para crear un mundo más justo son utópicas. Pero no es cierto, yo como historiador sé que el mundo ha vivido durante millones de años sin capitalismo y puede sobrevivir al mismo. Sin embargo, que nadie olvide una frase del escritor chileno nacionalizado francés, Alejandro Jodorowsky, con la que quiero acabar mi intervención:

 

"Absolutamente todo lo que hoy nos parece imposible,

algún día será posible".

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Presentación del libro en el salón de actos del I.E.S. Meléndez Valdés de Villafranca de los Barros, 26 de noviembre de 2014).