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IZARD, Miquel: Entre la ira, la inquietud y el pánico. La retirada de Cataluña, principios de 1939. Barcelona, Plataforma Editorial, 2013, 226 págs.

 

        Todo el libro transcurre en las dos semanas que mediaron entre la toma de Barcelona por las tropas franquistas, el 26 de enero de 1939, y la ocupación de la frontera con Francia entre el 10 y el 13 de febrero de 1939. Un capítulo casi olvidado, pues los libros de historia suelen concluir con la ocupación de Barcelona por las tropas llamadas nacionales.

        Desconocemos el número de personas que trataron de cruzar los Pirineos, en un desesperado intento por salvar sus vidas. Probablemente medio millón, de las que varios cientos, quizás miles, murieron por el camino, unos víctimas de los bombardeos fascistas y otros por estar heridos o enfermos y no resistir las duras condiciones del viaje. Ahora bien, ¿por qué huían si Cataluña había sido ocupada y la guerra había acabado? Pues está claro, todos conocían lo que ocurría después de que las tropas franquistas ocupaban una villa o ciudad; siempre el mismo patrón, el fusilamiento de todo aquel que hubiese tenido la más mínima vinculación con la República. El profesor Izard rescata del olvido el drama que vivieron estas personas, muchas de las cuales no habían tomado parte en ningún combate militar ni habían cometido más delito que vivir en la zona republicana durante el transcurso de la guerra. Y como reconoce el autor, la reconstrucción no ha sido fácil porque la propaganda fascista se encargó de inventar y difundir mentiras sobre esta columna de exiliados a los que acusaban de ser hordas rojas, que saqueaban lo que encontraban a su paso y que viajaban cargados de dinero para vivir lujosamente en el país galo. Nada parecido a la realidad, pues a través de cientos de testimonios personales el autor ha podido reconstruir el drama de aquellas personas que sufrieron el cadalso o murieron en su intento.

        Entre las páginas de esta obra se palpa, se vive, se sufre, el drama de miles de personas, que se atropellaban unas a otras, buscando simplemente su supervivencia. Una auténtica caravana de la muerte por donde transitaron soldados derrotados, políticos, intelectuales pero también niños, mujeres y ancianos, padeciendo todo tipo de calamidades. Muchas familias iban al completo, acarreando sus ropas y a veces hasta muebles, que abandonaban por el camino a medida que iban desfalleciendo. Es curioso los listados de enseres que portaban, que con frecuencia dependía de su condición social. Por ejemplo, el periodista y poeta Jaume Pla, redujo su equipaje a una maleta cargada con cajas de leche condensada, botes de pintura y la Historia Universal de Espasa Calpe, que debió ir abandonando por el camino. Evidentemente, muchos iban heridos o enfermos y se dejaron la vida por el camino, mientras que otros sufrieron los bombardeos de la aviación italiana. Era verdaderamente infame que ciudades y villas indefensas y derrotadas, así como la columna de huidos fuesen reiteradamente bombardeados, matando inútilmente a decenas de seres humanos.

        Esta columna de exiliados fue considerada por los franquistas como una amenaza que había que exterminar. O sea que lejos de aplicar el viejo refrán de “enemigo que huye puente de plata”, los acometieron, en un acto de barbarie más de los muchos que se cometieron en la guerra y en la postguerra. Por cierto, que el autor se muestra muy prolijo en bibliografía sobre la guerra en Cataluña pero omite referencias a otros episodios de la guerra y la postguerra en España que recuerdan claramente lo ocurrido en el paso pirenaico. Me estoy refiriendo a la “Columna de los Ocho Mil”, formada por mujeres, niños ancianos y milicianos mal armados de Huelva, Badajoz y Sevilla, que fueron huyendo de sus pueblos a medida que los tomaban las tropas franquistas. Esta bolsa, formada por personas famélicas y desesperadas que trataban de salvar su vida cruzando por la zona franquista hasta llegar a la zona republicana de la Serena, fueron atacados deliberadamente con armamento de repetición en el cerro de la Alcornocosa, muriendo muchos de ellos. La prensa franquista se hizo eco de la gran victoria sobre lo que ellos llamaban un “ejército rojo”, cuando en realidad no eran más que personas civiles, la mayoría desarmadas.

        Dedica el autor bastantes páginas a hablar, como siempre sin tapujos, de los excesos y errores que se cometieron en la Cataluña republicana. Hacía tiempo que había toda una lucha de clases entre los grupos dominantes, que solo funcionaban con la coerción, y la clase trabajadora. Esta tensión se había puesto de relieve en la Semana Trágica y en diversas huelgas, en especial la general de 1917. Hubo desmesuras, asesinatos, persecuciones contra la Iglesia, lo mismo de militantes de la F.A.I. que de la C.N.T., pero niega siguiendo a a Manuel Cruells, que se tratase de una campaña sistemática de exterminio del burgués sino de actos incontrolados o de venganzas personales. Se quemaron algunos conventos, que eran vistos como símbolos de la opresión capitalista, y aunque las autoridades republicana los condenaron, quizás no fueron todo lo contundentes que cabría esperar. También, como señala Izard, hubo traiciones y comportamientos poco ético de algunos dirigentes políticos. Muchos de ellos huían camino de Francia al tiempo que arengaban al pueblo a resistir. De hecho, en la propia ruta del exilio, aunque todos sufrían la contrariedad de abandonar su tierra, mientras la mayoría viajaban a pie, famélicos y al borde la inanición, algunos políticos y burócratas republicanos circulaban en coches privados o en autobuses. Asimismo, se produjeron muchas diferencias y enfrentamientos, tanto entre los propios políticos republicanos como entre los altos mandos militares, facilitando el triunfo a sus oponentes.

        Ahora bien, dicho esto y reconociendo que en la zona republicana se cometieron excesos, hay que señalar la forma de actuar mucho más metódica del bando nacional. Así, cuando los franquistas ocuparon Cataluña, hubo fusilamientos sistemáticos de todos aquellos que habían colaborado con la República o simplemente eran sospechosos de no estar con el nuevo régimen. Nuevamente, en esta cuestión hay estudios sobre otras partes de España que llegan a conclusiones similares. Por ejemplo, en Extremadura, los caídos del bando republicano fueron más de 6.900 mientras que en el bando nacional no superaron los tres centenares. Sostiene Francisco Espinosa, que una vez comenzada la contienda existió un plan de exterminio orquestado por el bando nacional que no tuvo parangón con los excesos puntuales que cometieron los republicanos. Y en este sentido afirma que la izquierda tuvo en las cárceles “a lo más granado de la derecha extremeña” –fascistas, grandes propietarios y curas- y la mayor parte de ellos salvaron la vida. Nada que ver con el exterminio llevado a cabo por la derecha, como lo prueba el hecho de que allí donde triunfaba el golpe, le seguía la represión, variando únicamente la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias.

        Hay que concluir diciendo que se trata de un libro muy meritorio, donde el autor ha reconstruido en base a decenas de testimonios este drama olvidado de nuestra historia. El rescate de la memoria es el único medio que tenemos los historiadores para tratar de redimir a estas víctimas de nuestro pasado reciente. Una obra bien escrita y magníficamente editada que se lee como si de una novela histórica se tratase, aunque por desgracia sus datos y sus dramas sean absolutamente ciertos y reales.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS