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MARTÍN CASARES, Aurelia y PERIÁÑEZ GÓMEZ, Rocío (Eds.): Mujeres esclavas y abolicionistas en la España de los siglos XVI al XIX. Madrid, Iberoamericana, 2014, 265 págs.

 

        Este libro reúne una decena de trabajos relacionados con la esclavitud femenina entre los siglos XVI y XIX. Se estructura en dos grandes bloques: el primero dedicado a las mujeres esclavas y, el segundo, al análisis de la obra de las primeras mujeres comprometidas con la literatura antiesclavista.

        Carmen Fracchia y Luis Méndez Rodríguez se ocupan de la representación de las esclavas en la pintura española. Casos muy concretos porque éstas no fueron nunca, ni podían serlo, sujetos relevantes para los artistas que, en cambio, dedicaron su tiempo a pintar composiciones religiosas para las instituciones eclesiásticas y paisajes, bodegones y retratos para la élite. No obstante, nos han quedado algunos ejemplos excepcionales como el cuadro “La mulata” atribuido al célebre pintor de cámara de Felipe IV, Diego Velázquez. En él, como no podía ser de otra forma, aparece una mujer de color con mirada bondadosa y sumisa, como aceptando su condición. Y es que ésta era la mayor virtud que se esperaba de una aherrojada.

        Interesantísimo es el trabajo firmado por la Dra. Martín Casares sobre el mundo laboral de las esclavas. En unas páginas esclarecedoras demuestra que estas empleadas de hogar forzosas eran trabajadoras rentables para sus dueños, pues realizaban una multitud de trabajos, a veces especializados, como planchadoras, cocineras o lavanderas. También, dependiendo de las circunstancias, las encontramos ejerciendo de nodrizas, o cuidando enfermos. Otros servicios domésticos no siempre se producían dentro del hogar del dueño o de la dueña, pues con frecuencia la esclava acudía al mercado a comprar vituallas, actuaba de moza de recados o incluso de dama de compañía de su dueña.

También existía la posibilidad de alquilar sus servicios a otra familia percibiendo el dueño todo o parte del dinero obtenido por su esclava. Estos salarios por el alquiler del trabajo vuelven a verificar el alto valor económico del servicio domestico. Además, habría que sumar el repugnante uso sexual que algunos dueños hacían de sus aherrojadas así como la posibilidad de procrear nuevos esclavos. Todo ello, determinaba un mayor valor en el mercado que el esclavo de sexo masculino.

        Bernard Vincent analiza la devoción que profesaban a Santa Ifigenia y en menor medida a San Elesbán, dos santos negros. Estos, junto a San Benito de Palermo y a San Mateo –que predicó en Etiopía-, son algunos de las advocaciones más veneradas por los esclavos y libertos. La mayor parte de las imágenes de estos santos que se conservan en España eran propiedad de antiguas cofradías de negros, como la de los Negritos de Sevilla o la de Nuestra Señora de la Salud, San Benito de Palermo y Santa Ifigenia de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Cádiz.

        Sobre la liberación de esclavos tratan los trabajos de Alessandro Stella y Rocío Periáñez. Concederles la libertad –también llamada ahorría- dependía exclusivamente de la voluntad del propietario. En algunos casos fue totalmente altruista, bien por haberse criado la persona en cuestión en casa de su señor o por haberlos servido fielmente durante largo tiempo. Con cierta frecuencia se deja dispuesta su libertad en el testamento del dueño como un acto de caridad más. Sin embargo, esta caridad era limitada pues, como bien explica Rocío Periáñez, el esclavo era una inversión en una fuerza laboral a la que el dueño no quería renunciar. Por ello, hay muchos casos en que la libertad se concede después de haber pagado un “rescate”. Incluso, según la Dra. Periáñez, algunos amos inflaban el precio cuando sabían que había un marido enamorado o una madre empeñada en conseguir la libertad de su esposa o de su hija. Otras veces se les concedía la libertad pero con condiciones, que podían ir desde servirlos por un período de tiempo determinado, que no se pudiesen desposar o que sirviesen a la otorgante y a sus hijos mientras estos viviesen. Esta última era tan gravosa que probablemente el aherrojado moría antes de haber conseguido su libertad. Muchas, una vez conseguida la libertad, quedaban como criadas de sus antiguos dueños, desempeñando prácticamente el mismo trabajo. Eso lleva a la Dra. Periáñez a plantearse si les compensaba la obtención de la libertad, a lo que ella misma responde, que sí, pese a la penosa situación en la que se encontraban. Y es que ya lo decía Miguel de Cervantes: “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…”

        En el segundo bloque del libro se incluyen cuatro trabajos referidos a mujeres antiesclavistas y abolicionistas, firmados sucesivamente por Marie Christine Delaigue, Arturo Morgado, Carmen de la Guardia y Enriqueta Vila. Sin duda, la pionera fue Gertrudis Gómez de Avellaneda cuya novela “Sab”, publicada en 1841, se adelantó una década a la famosa obra de la norteamericana Harriet Beecher Stowe, “La Cabaña del Tío Tom”. Sorprende la crítica que hace de la situación de la mujer que a su juicio es peor que la de los esclavos porque ésta estaba siempre sometida a su marido, mientras que estos podían cambiar de dueño o comprar su libertad.

        En definitiva, estamos ante un libro valioso que aporta datos y reflexiones novedosas sobre las mujeres esclavas y las escritoras abolicionistas. Dos caras de una misma moneda, las sometidas y las que encontraron la posibilidad de luchar con su pluma en defensa de la libertad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS