20150720175819-001.jpg

MANNIX, Daniel P. y M. COWLEY: Historia de la trata de negros. Madrid, Alianza Editorial, 1968, 283 págs.

 

        Hace la friolera de cuarenta y siete años que se editó esta obra en castellano, los mismos que ha tardado en caer en mis manos. Diego Parra, bibliotecario del Centro Cultural Santa Ana de Almendralejo, me advirtió hace unos días de la incorporación de un ejemplar a los fondos de la biblioteca, seguramente por donación fruto del descarte de alguna biblioteca pública. En cualquier caso no he sido el único despistado, pues he consultado obras clásicas del tráfico de esclavos como las de Hugh Thomas, Willian D. Phillips y Herbert S. Klein y tampoco la citan entre sus fuentes.

        La obra de Mannix y Cowley es un estudio de la trata de esclavos negros con destino a los mercados americanos desde la época del Descubrimiento. Me ha sorprendido la cantidad y la calidad de la información que manejan los autores, pese a que aún no habían aparecido estudios detallados sobre los asientos de esclavos y sobre la cuantificación del tráfico. Hay aspectos que lo analizan con mayor minuciosidad que otras obras más recientes. En particular dedican un capítulo a explicar las flotas esclavistas inglesas, con sede en Londres –a través del río Támesis-, Bristol y Liverpool. Y en dichas páginas se evidencia que la fortuna obtenida con el tráfico de seres humanos fue la base del desarrollo manufacturero y comercial de Inglaterra. Las demandas de bienes para el abasto de estas flotas, fueron un factor decisivo para el desarrollo económico no solo de estos puertos sino también de condados como Lancashire y Yorkshire y de otros del interior del país donde se fabricaban las manufacturas.

        La tripulación de estos barcos negreros estaba formada por lo peor de la sociedad inglesa. Aunque en general la navegación en la Edad Moderna era peligrosa, cuando se trataba de traficantes de esclavos, los riesgos se multiplicaban por dos o por tres. La travesía era verdaderamente comprometida, siendo atacados durante el trayecto por todo tipo de bandidos, al tiempo que ellos se reconvertían fácilmente en piratas o corsarios cada vez que las circunstancias lo aconsejaban. La frontera que separa el comercio lícito de esclavos con el bandidaje era extremadamente sutil.

        El tráfico de seres humanos en condiciones infrahumanas endurecía el corazón del más benevolente de los capitanes. Este inframundo conseguía que aflorara en las tripulaciones los peores instintos. El capitán tenía solo dos objetivos: sobrevivir y obtener los máximos beneficios; y si ello implicaba la muerte de aherrojados o de su propia chusma de subordinados no había ningún problema. Y si no disfrutaban más con el sufrimiento de estos esclavos era porque la pérdida de sus vidas podían suponerle un quebranto económico y la posibilidad de no cumplir con las expectativas de lucro. Era el único freno. Aún así, la mortalidad de esclavos en el trayecto desde las costas africanas a los mercados americanos se podía situar fácilmente entre el 15 y el 30 por ciento del total de embarcados. Ya lo tenían previsto por lo que embarcaban un tercio más de esclavos que el número de licencias de las que disponían, anticipándose a dicha mortalidad.

        El último capítulo lo dedican íntegramente al análisis de la abolición de la esclavitud en el mundo anglosajón que quedó prohibida en el tercer cuarto del siglo XIX. Por cierto que España, aunque en territorio peninsular la abolió en 1837, la mantuvo en Puerto Rico hasta 1873 y en Cuba nada menos que hasta 1880. Finalmente, la O.N.U. la abolió en teoría en todo el orbe el 2 de diciembre de 1949 –resolución 319 (IV)-, sin embargo, en pleno siglo XXI sigue siendo todavía una lacra, pues se sigue padeciendo en diversas latitudes de nuestro planeta.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS