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LUDEÑA RESTAURE, Hugo: Francisco Pizarro, el símbolo secreto. Un estudio sobre su origen y significado. Lima, Editorial Universitaria, 2014. 214 págs.

 

        Acaba de caer en mis manos este pequeño librito del profesor peruano Hugo Ludeña. Una bonita edición, muy cuidada, con fotografías a color y un texto muy bien redactado y de ágil lectura. El autor, que es doctor en arqueología y profesor en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, lleva décadas investigando la cuestión de los restos del conquistador trujillano Francisco Pizarro. En esta ocasión cree haber descubierto el secreto mejor guardado del conquistador extremeño. Como es sabido, cuando en 1977 se exhumaron sus restos, apareció un osario en cuyo interior estaban los huesos por un lado y, en una caja de plomo, su cabeza. En su tapa superior aparecía esgrafiada una roseta de seis pétalos y la inscripción: “Aquí está la cabeza del señor marqués don Francisco Pizarro que descubrió y gano los reinos del Perú y puso en la real corona de Castilla”.

        En un primer momento, interpretó que la figura esgrafiada era meramente decorativa. Pero con posterioridad ha podido averiguar que dicho motivo fue usado de manera prolija por los judíos y que su presencia en la caja demuestra que el trujillano tenía alguna ascendencia hebrea. Sobre dicha idea fundamenta todo su estudio, apoyado además en un hecho tan circunstancia como su buena relación con otros personajes de ascendencia hebraica como Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa o el propio Pedrarias Dávila, gobernador de Castilla del Oro.

         Sin embargo, con todo mi respeto hacia el autor, me parece que su tesis es poco consistente. Cabría plantearle varias objeciones, a saber: primero, la roseta de seis pétalos estaba muy difundida desde la antigüedad, no solo entre los judíos. Se trataba de un tipo de decoración vegetal -y geométrica, pues se realizaba a compás- que usaron ampliamente diversos pueblos prerromános, romanos, visigodos y musulmanes. Rosetas de seis pétalos encontramos por doquier en muchos dinteles y jambas visigodas. Es decir, no hacía falta ser judío para esgrafiarla.

Segundo, desconocemos quién, cuándo, ni con qué objetivo fue esgrafiada. Alguien lo hizo con posterioridad a su muerte, pero pudo ser porque creyese –con fundamento o no- en un origen hebraico del difunto, o simplemente porque le pareció oportuno completar el exterior de la caja con ese motivo vegetal.

Y tercero, que dicha prueba por si sola es insuficiente no solo para verificar el origen judaico del conquistador del Perú, aunque bien se puede plantear como hipótesis.

        En definitiva, estamos ante un libro curioso, entretenido, muy bien escrito y bastante documentado, aunque no podamos suscribir, al menos de momento, sin la existencia de otras pruebas, su tesis fundamental, es decir, los orígenes hebraicos de alguna rama de su ascendencia familiar.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS