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Berceo. Revista riojana de ciencias sociales y humanidades, Nº 168, Logroño, 2015, 301 págs., ISSN: 0210-8550

 

        Acabo de recibir el último número de la revista Berceo que me ha enviado un colaborador de la misma, el joven investigador Javier Ortiz Arza. Me ha sorprendido lo cuidada y costeada que está la edición, así como el contenido, con nueve artículos de fondo, además de algunas reseñas.

De entre esos trabajos merece destacarse el del citado Ortiz Arza sobre la participación en el comercio Atlántico de los riojanos, originarios de Nájera, Miguel Martínez de Jáuregui y de su hermano Jerónimo de Jáuregui, en el último cuarto del siglo XVI. Se trata de dos hidalgos de escasa fortuna que decidieron marchar a Sevilla en busca de unas oportunidades que su tierra natal les negaba. Conocíamos grupos de mercaderes vascos, burgaleses, genoveses, flamencos, pero cada vez se vislumbra más la existencia de mercaderes, comerciantes y prestamistas de otros lugares, como la Rioja, Navarra o Extremadura. Los Jáuregui tocaron casi todos los palos, pues lo mismo comerciaban con distintas mercancías, incluidos los esclavos, que prestaban dinero o firmaban seguros marítimos. El mundo indiano ofrecía entonces las posibilidades de ganar mucho dinero aunque también conllevaba riesgos, como prueban las numerosas quiebras que conocemos de compañías o de personas individuales. A los Jáuregui la aventura les salió bien y en menos de un cuarto de siglo consiguieron no solo amasar una gran fortuna, sino ennoblecer su estirpe. Compraron veinticuatrías –regidurías- en la ciudad de Sevilla, además de tierras y rentas, alcanzando el hijo de Miguel Martínez de Jáuregui un hábito de la Orden de Calatrava. El autor del artículo, aporta un ejemplo más de aquellos comerciantes que en breve plazo se enriquecieron y consiguieron dar lustre a sus linajes en una sola generación. Cuánta razón tenía Francisco de Quevedo cuando decía que “poderoso caballero era don dinero”. Con fortuna, uno podía comprar cargos y títulos, evidenciando que la frontera entre el primer estamento y el Tercer Estado era mucho más permeable de lo que creíamos. Casos como el de Antonio Corzo, señor de Cantillana, cada vez se nos muestran menos excepcionales. Asimismo, el autor confirma la existencia de un nutrido grupo de riojanos, quizás no tan potentes como los flamencos o los vascos, pero que tuvieron cierta influencia en el comercio indiano, con nombres como Alonso de Belorado, Juan de Ocón, Álvarez de Enciso y los hermanos Jáuregui.

El trabajo de Pilar Andueza sobre el palacio construido por el indiano Juan José de Ovejas, primer marqués de Casa Torre, en Igea, comarca de Cervera, es también muy representativo de la ascensión social de los peruleros. Usó su fortuna para construirse un palacete que sirviera como imagen o memoria viva de la ascensión social de su linaje. Curiosamente, igual que Hernando Pizarro se construyó un siglo y pico antes su palacio en Trujillo sobre las modesta morada de su padre, Gonzalo Pizarro, Juan José de Ovejas lo erigió sobre un antiguo corral y huerta de su padre. Y es que, como recuerda la autora, no bastaba con ser noble, también había que parecerlo.

Y finalmente, quiero destacar el documentadísimo texto de Guillermo Soriano sobre la influencia del humanista calagurritano Quintiliano, un escritor hispanorromano del siglo I d. de C. Una influencia que introdujeron personajes de amplia formación que pasaron por el Nuevo Mundo, como Alejandro Geraldini, obispo de Santo Domingo, Américo Vespuccio, Gaspar de Espinosa, Francisco Cervantes de Salazar, etc.

Otras contribuciones de materia histórica y literaria, firmadas por Alfonso Rubio, Carlos Villar, José López, Diego Téllez y Mario Ruiz, completan el contenido de este número que sin duda merece la pena leer pausadamente.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS