20160618183110-007.jpg

MARTÍNEZ PELÁEZ, Severo: La patria del criollo. Ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca. México, Fondo de Cultura Económica, 1998, 543 págs. I.S.B.N.: 968-16-5160-X

           Esta obra fue editada por la Universidad de San Carlos de Guatemala en 1970 y reeditada en México en 1998, poco después del fallecimiento del autor. Lo que quiero decir con ello es que, aunque yo lo haya leído y conocido ahora, estamos ante un trabajo clásico que se acerca al medio siglo de vida.

           Se trata de un trabajo ambicioso y denso, con más de medio millar de páginas apretadas, en el que se analiza la sociedad guatemalteca desde la formación de la colonia hasta el siglo XX. Es mucho más que un estudio del criollismo, aunque le dedique a éste una especial atención. En cuanto a las fuentes, aunque utiliza una gran variedad, gran parte de la información procede del análisis detallado de la obra “Recordación florida” del cronista guatemalteco del seiscientos Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. Un criollo que escribe a favor y en defensa de su clase, pero que aporta datos esenciales para el conocimiento de la sociedad colonial guatemalteca.

           Tras la conquista, la sociedad quedó configurada claramente en vencedores y vencidos. Los primeros eran los blancos y los segundos los indios; sin embargo esta simple estructura social se fue haciendo progresivamente más compleja con el paso de los años. Entre los blancos se fueron configurando dos clases sociales con intereses opuestos: los españoles peninsulares, y los criollos, descendientes de los primeros conquistadores y pobladores. Además aparecieron otros grupos sociales, como las clases medias urbanas, los esclavos negros y las castas, mestizos, mulatos y zambos, con circunstancias sociales e intereses muy variados.

           La Corona recompensó los esfuerzos de sus conquistadores, otorgándoles mercedes, es decir, tierras y encomiendas. Esta última constituyó en la praxis una forma encubierta de esclavitud, pues permitió a los encomenderos apropiarse de la fuerza productiva de los indios. Todos los indios en edades comprendidas entre los 16 y los 60 años debían prestar servicio a cambio de un real diario que, además de ser una cantidad ínfima, ni siquiera se le abonaba en la práctica. Pero estas concesiones fue un sistema hábil que le permitió a la monarquía ganar un imperio sin apenas ocasionarle gastos. Sin embargo, no tardó en aparecer la contradicción del sistema, es decir, los intereses contrapuestos entre los primeros pobladores y sus descendientes –criollos- y los peninsulares –llamados gachupines- que defendían los intereses de la Corona. Ese enfrentamiento se fue haciendo progresivamente más agrio y a largo plazo terminó desembocando en la Independencia. La clase criolla se autoafirmó justificando primero el sometimiento de los vencidos en su propio beneficio y en su defensa frente a los peninsulares que pretendían limitarles y recortarles su poder. Ellos se convirtieron en los verdaderos explotadores de la población indígena, mientras que los administradores llegados desde España adoptaron el papel, también interesado, de defensores de los indígenas. La pugna entre españoles peninsulares y españoles americanos, apareció poco después de la primera conquista. En toda la América Colonial hubo una virulenta enemistad que en algunos casos extremos, como el Perú, llegó a provocar una guerra civil. Los criollos admiraban a los conquistadores y su hazaña, pues era una forma de reivindicar sus merecimientos y derechos, frente a los peninsulares a los que veían como advenedizos. En cambio, estos últimos defendían los intereses reales y por tanto, tendían a proteger a los vasallos y tributarios del rey, es decir, a los indios. Además, su altivez y engreimiento provocaba la ira de los criollos, que se sentían discriminados socialmente y políticamente, pues no podían acceder a los altos cargos de la administración colonial.

Para los criollos un indio era un trabajador al que explotar en su propio beneficio, mientras que para los peninsulares eran tributarios del rey a los que había que preservar. En ese sentido fueron expedidas las Leyes Nuevas de 1542, pues pretendió sin éxito sacar a los indios de las manos de los conquistadores y convertirlos en tributarios de la Corona. En Guatemala fue el presidente de la audiencia, Alonso López de Cerrato, el encargado de aplicar las leyes de 1542, algo que hizo con eficiencia, pese a la indignación de los criollos. Pero digo que a la postre no hubo éxito porque los criollos se las apañaron para perpetuar las encomiendas y para obtener mano de obra gratuita para sus haciendas. Al final se prorrogaron las encomiendas para los descendientes hasta en cuarta y en quinta generación, y se disimularon los excesos a cambio de contribuciones extraordinarias la Corona. Los encomenderos compraron tierras, alrededor de sus encomiendas para usar a los nativos en ellas. El negocio era redondo, mano de obra gratis para sus haciendas, por lo que los criollos se convirtieron en una clase explotadora y parasitaria, pues vivía sin trabajar. Por eso, afirma con razón el Prof. Severo Martínez que la patria del criollo no era en absoluto la patria del indio.

           La nación india fue siempre vapuleada, sometida, esclavizada y pauperizada, primero por los conquistadores y luego por los criollos. Fueron reducidos a pueblos, después de 1542, para favorecer su protección frente a los encomenderos. Ellos, acostumbrados a una forma de vida más dispersa, no lo vieron con buenos ojos pero lo prefirieron a seguir en la esclavitud al lado de los criollos. En general, los indios rehusaban trabajar a cambio de nada y tendían a escaparse a los montes fuera del alcance de sus dominadores. Por eso, los cronistas criollos hablan de la holgazanería de aquellos, que no era tal, sino una mera resistencia legítima a la esclavitud. Ellos veían que su esfuerzo era en balde, por eso mostraban el desgano por el trabajo, siendo preciso obligarlos con amenazas y azotes. Existía la necesidad de someterlos mediante el terror y el castigo permanente para evitar que levantasen la cabeza. Unos castigos que podían recibir tanto de la élite o de sus corregidores como de los propios caciques que colaboraban con los blancos en su sistema de explotación.

También los esclavos negros, formaban otro grupo social dominado, en una situación casi tan mala como la de los indios. A diferencia de otras zonas americanas, como las Grandes Antillas, los esclavos de color nunca fueron un grupo numeroso ya que el grueso del trabajo en las haciendas recayó sobre el trabajo servil de los indios y mestizos.

           Entre la minoría dominante –peninsular y criolla- y la mayoría oprimida – indios y esclavos africanos- surgieron un amplio conglomerado social de capas medias o media alta, como los artesanos, los mestizos o los grupos medios urbanos y rurales. Los intereses de estos grupos no coincidían ni con los de los criollos ni con los de los peninsulares. De hecho, en el siglo XIX trataron de hacer su revolución de independencia propia, como la encabezada por el cura mestizo José María Morelos. Sin embargo, estos intentos independentistas fueron contrarrestados por la represión de los propios criollos que querían hacer una independencia a su medida. Y lo lograron, de forma que este grupo social se consiguió perpetuar en el poder hasta nuestros días.

           Sorprende la ecuanimidad del autor, cuando culpa de buena parte de los males de su país a la perpetuación de las estructuras coloniales por parte de la élite local. El culpable de la situación actual –afirma- no es España ni los españoles sino la élite guatemalteca que ha perpetuado sus intereses de clase y sigue tratando a los indios y a las castas como sus subordinados. La revolución de las estructuras coloniales no se ha producido aún y la mayoría social está sometida a la élite terrateniente dominante. La Independencia la hicieron los criollos no para acabar con la estructura social colonial sino al contrario, para perpetuarla y beneficiarse de ella sin tener que rendir cuentas a las autoridades españolas. La Ley de la Vagancia, aprobada en 1934, que permitía condenar a trabajos forzados a aquellos indígenas que no hubiesen cumplido cien jornales al año en las fincas de los terratenientes supuso la culminación de la explotación servil de la población indígena.

Asimismo, defiende que lo indio es una creación del periodo colonial. Por ello, es absurdo tratar de preservarlos en su atraso primigenio como si fuesen piezas de museo o especímenes para el trabajo antropológico. Deben evolucionar y sumarse a la sociedad del bienestar; su redención debe venir de la mano de la lucha obrera, que no distingue entre etnias sino entre explotadores y explotados. Una opinión discutible pero en cualquier caso valiente, pues defiende el indigenismo frente al indianismo, al tiempo que señala como culpables a la propia élite guatemalteca.

           Para finalizar, decir que se trata de un trabajo de referencia para el estudio del pasado y del presente de América Latina y, en particular, de Guatemala. Una obra muy bien razonada que destapa las mentiras de la historiografía oficial guatemalteca que ha tratado de buscar culpables externos cuando, en realidad, los tenía mucho más cerca, dentro de sus propias fronteras nacionales.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS