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FONTANA, Josep: El Siglo de la Revolución. Una historia del mundo desde 1914. Barcelona, Crítica, 2017, 803 págs. I.S.B.N.: 978-84-16771-50-9

 

El profesor Fontana traza en esta nueva obra un recorrido por la historia del mundo, desde 1914 a nuestros días. Los primeros capítulos, dedicados respectivamente a la I Guerra Mundial, al período de Entreguerras, a la II Guerra Mundial y a la Guerra Fría, parecen un manual al uso, aunque eso sí con la claridad expositiva a la que nos tiene acostumbrados el autor. A mi juicio, son los últimos cinco capítulos, de un total de diecisiete, los que convierten a este libro en una obra singular; en ellos describe e interpreta lo ocurrido en el mundo desde el final de la Guerra Fría hasta el año 2017. Todo lo anterior, incluida la Revolución Rusa, le sirven solo para exponer las bases de lo que realmente es el objetivo último de la obra: explicar porqué el mundo actual es como es y cómo hemos llegado hasta aquí.

La I Guerra Mundial, acogida con entusiasmo en muchos países de Europa, fue la primera gran atrocidad del siglo pasado. Los alemanes pensaban que la guerra duraría poco pues confiaban en ocupar sorpresivamente Francia, ante la pasividad de Gran Bretaña y de Rusia. Pero se equivocaron y tanto Gran Bretaña como Rusia declararon la guerra, acabando con el sueño germano de la guerra relámpago. Pero lo peor de todo fue que el gran avance técnico de la contienda, la ametralladora, acabó con la forma tradicional de hacer la guerra al tiempo que multiplicaba exponencialmente el número de víctimas. Los frentes se atrincheraron y la guerra se redujo a una cuestión de números; ganaría el que más gente consiguiese abatir del otro lado. Se produjeron batallas brutales como la de Verdún, de febrero a diciembre de 1916, en la que perecieron 700.000 personas o, peor aún, la del Somme, donde los caídos alcanzaron la cifra redonda del millón. Los estados, a través de sus generales, actuaban con total desprecio hacia la vida humana, hasta el punto que los jóvenes ya no querían ir al frente, a una muerte segura. Por ello, se contaron por centenares los fusilados por insumisos. Tras el armisticio de noviembre de 1918, los Tratados de Paz no fueron tales, pues fueron dispuestos por los vencedores, imponiendo a los alemanes pérdidas territoriales y cargas económicas inasumibles. En estos Tratados se comenzó a gestar el ascenso de los fascismos y a la postre de la II Guerra Mundial, al tiempo que los Estados Unidos de América se convertían en la primera potencia, desbancando definitivamente a Europa. Mientras tanto, en 1918 Rusia había salido de la guerra por estar inmersa en plena revolución. Lenin ofreció al pueblo lo que quería: paz, pan y tierra. La revolución triunfó en Petrogrado –San Petersburgo- y progresivamente se extendió al resto del país, no sin provocar antes una cruenta guerra civil que supuso ocho millones de muertos, poco menos que en la I Guerra Mundial.

El revulsivo definitivo de los partidos extremistas llegó tras el crack del 29, que radicalizó las posiciones tanto de la clase obrera, caladero de los partidos de izquierda, como de la clase media, inclinada más a los partidos fascistas. La II Guerra Mundial en parte fue el afán de revancha de Alemania, encabezada en esos momentos por Adolf Hitler, el Führeh del III Reich. Ningún país europeo quería declararle la guerra, pero tras la ocupación de Polonia no quedaron más opciones. Hitler interpretaba que la superpoblación de Alemania le obligaba a expandir su espacio vital por una mera cuestión de supervivencia. Asimismo, pensaban que los judíos eran los responsables de todos los males y además contaminaban a la raza aria. En los campos de concentración practicaron lo que el autor del libro llama un “holocausto industrial”. Las matanzas sistemáticas de judíos, además de polacos, gitanos, latinos, homosexuales y delincuentes comunes durante el III Reich, constituyen uno de los genocidios más flagrantes y conocidos de la historia. Los crímenes Nazis en la guerra fueron también inenarrables pues desde un primer momento practicaron una guerra de aniquilación. Un modelo brutal que para contrarrestarlo fue asumido también por los países aliados.

La batalla de Inglaterra fue un fracaso para los alemanes, al tiempo que los rusos con gran sufrimiento conseguían frenarlos en Stalingrado. Después comenzaría la ofensiva que a la postre acabaría con la caída del III Reich. Mientras tanto, Japón hacía lo propio en el Pacífico, perpetrando una verdadera orgía de sangre en China. Tras el fin de la guerra, decenas de miles de alemanes implicados directa o indirectamente en el genocidio, quedaron absueltos de toda culpa, en una amnistía general. Aunque eso sí, en Polonia y Checoslovaquia se tomaron la justicia por su mano y hubo asesinatos masivos de la minoría alemana.

Una vez asentada la paz, se creó un nuevo orden mundial que partía del equilibro militar de las dos grandes potencias: U.S.A. y U.R.S.S. Era la Guerra Fría, iniciada por el primero ante el temor, real o fingido, a un ataque del segundo o a una expansión de su revolución. Para evitar el avance del comunismo en Europa se ideo el plan Marshall, al tiempo que se ampliaba más y más el arsenal nuclear de ambas potencias. Y hubo notables daños colaterales de una barbarie extrema, como la inútil guerra de Vietnam, donde los aliados arrojaron cinco veces más bombas que en toda la II Guerra Mundial. Y aparte de eso, se jugó con fuego porque en varias ocasiones estuvieron a punto de desencadenar un enfrentamiento nuclear masivo. Hubo suerte y las cosas nunca pasaron a mayores.

A juicio del profesor Fontana, la revolución rusa, que justo este año cumple su centenario, ha tenido una importancia decisiva en el orden político del siglo XX, con sus aciertos, con sus errores y con su fracaso final. Tras la II Guerra Mundial, el mundo capitalista entendió que el comunismo representaba una grave amenaza para la democracia y la libertad en Occidente. Una peligro que posiblemente no se ajustaba a la realidad pero que sirvió para que Estados Unidos ayudase decidamente a la recuperación de Europa para frenar supuestamente el avance del comunismo. Más que a una improbable invasión u ofensiva soviética existía un verdadero terror a que se produjesen réplicas revolucionarias en otros países. Es decir, que el miedo a la expansión de la revolución sirvió para apuntalar el Estado del Bienestar, entendido como un antídoto para frenar la lucha obrera. De hecho, es bien conocido que la forma más plausible de evitar las revoluciones son las reformas. Por ello, dice el autor que, entre 1945 y 1975, se vivió un progreso social, es decir, un aumento cuantitativo y cualitativo de las clases medias y de la igualdad social. Sin duda, las políticas reformistas surtieron su efecto pues, desde los años sesenta, los partidos comunistas europeos perdieron apoyos, quedando sin posibilidades reales de acceder al poder. Progresivamente dejaron de ser una amenaza para el orden establecido.

Sin embargo, la caída del muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la U.R.S.S. en 1991, cambiaron totalmente ese equilibrio. Llegó a su fin la Guerra Fría, de manera que tras arriarse en el Kremlin la bandera de la U.R.S.S. el presidente americano George Bush, se apresuró a decir emocionado ante el Congreso El comunismo ha muerto este año… Ya no existía esa supuesta amenaza comunista y, por tanto, la oligarquía económica podía recuperar el terreno perdido, a costa de quitarle derechos y renta a las clases medias y trabajadoras. Desde 1990 se acabó definitivamente con el progreso, es decir, con la suma de crecimiento económico y aumento del Estado del Bienestar. Ello ha provocado la actual acentuación de las desigualdades sociales, al tiempo que los sindicatos han perdido fuerza y base social. Los países ricos cada vez lo son más mientras que los países pobres cada vez disponen de menos recursos, mientras que en esos mismos países desarrollados, la oligarquía cada vez es más pudiente y los trabajadores sufren peores condiciones laborales y salariales. Y el autor ofrece datos significativos; por ejemplo, según datos de 2015, los sesenta y dos individuos más ricos del mundo poseían una riqueza equiparable a los 3.600 millones de seres humanos más pobres. El paro aumenta en muchos países y buena parte del empleo es cada vez más precario. Una degradación laboral que se ha incrementado desde la crisis de 2008 pero que se sigue extendiendo en nuestros días, pese a la recuperación. Y los que más lo sufren son los jóvenes, que tienen altas tasas de paro y los que trabajan se ven obligados a aceptar unas precarias condiciones laborales. Forman un grupo nuevo el de los llamados trabajadores pobres. Nada tiene de particular, pues, que Warren Buffett haya escrito que los ricos han ganado la lucha de clases. A la par que sucede esto con el empleo, muchas empresas, sobre todo las multinacionales, están aumentado su margen de beneficio, merced a un descenso de los costes salariales y a una progresiva reducción impositiva. Y consiguen que los gobiernos les bajen los impuestos con la amenaza de marcharse a otros lugares o de llevarse el numerario a paraísos fiscales, como de hecho hacen.

Actualmente vivimos un proceso progresivo de empobrecimiento del pueblo que resulta imparable incluso para el propio capitalismo y que puede provocar su propia autodestrucción. Asimismo, afirma el profesor Fontana que el fenómeno migratorio desde los países pobres, especialmente desde el África Subsahariana, va ir aumentando paulatinamente por dos motivos: uno, por el aumento insostenible de la población, en paralelo a la disminución de su ya precario nivel de vida. Y otro, porque a través de medios como internet conocen el nivel de bienestar del primer mundo y aspiran a una vida mejor.

El autor cita a Rober J. Shiller, Premio Nobel de Economía, quien ha afirmado que este aumento de la desigualdad podría provocar a medio o largo plazo, una catástrofe. Pero Josep Fontana no quiere caer en el desánimo por lo que abre una pequeña ventana a la esperanza, el de la posibilidad de que un despertar colectivo pueda dar paso a un nuevo proyecto popular trasnacional. A medida que la clase media se empobrece y se reduce, aumenta la posibilidad de un nuevo proceso revolucionario que no será llevado a cabo por los partidos de izquierda, muy desacreditados, sino por movimientos ciudadanos que, en muchos casos, se organizan a través de las redes sociales. La cosa no pinta bien, pero como siempre, habrá que agarrarse a lo único que nos queda: la esperanza.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS