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ALONSO DE GÓNGORA MARMOLEJO. Historia de todas las cosas que han acaecido en el reino de Chile y de los que lo han gobernado (Miguel Donoso Rodríguez, ed.). Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2015. 578 pp.



         Con satisfacción hemos conocido esta nueva reedición de la obra del cronista Alonso de Góngora Marmolejo, magníficamente editada y anotada por el Dr. Miguel Donoso Rodríguez. Ya en el año 2010 apareció impresa en la prestigiosa editorial hispano-alemana, Iberoamericana/ Vervuert. Sin embargo, la publicación en el año 2011 de importantes datos sobre la biografía del cronista (Mira, 2011: 105-138), incitaron al Dr. Donoso a emprender una nueva reedición, ampliando y corrigiendo la semblanza del cronista. El resultado es una obra excelente, que aúna, por un lado, un estudio preliminar en el que se analiza con detenimiento la vida y la obra del cronista y, por el otro, una edición crítica del original, conservado en la Real Academia de la Historia de Madrid. En estas ediciones de 2010 y de 2015 el autor ha adoptado como criterio de transcripción las normas del GRISO-CEI, modernizando las grafías, aunque evitando en cualquier caso cualquier alteración fonética. El libro se cierra con un listado biográfico de los personajes citados en la crónica y con un índice de voces anotadas que resultan de una gran utilidad para el lector. Por cierto, que dicho listado de biografías, con ser útil y aclaratorio, contiene algunos datos erróneos y otros incompletos que habrá que perfeccionar en futuras investigaciones.

Alonso de Góngora, nacido en Carmona (Sevilla) el 20 de abril de 1523, empezó a escribir su obra al final de su vida, concretamente en 1572, después de haber leído la primera parte de La Araucana, acabándola el 16 de diciembre de 1575, según afirma él mismo en el colofón de su manuscrito. Dado que la narración empieza en 1536 y él debió llegar a Chile en torno a 1550, es obvio que la primera parte de la misma no es exactamente una crónica sino una historia, reconstruida en base a los testimonios orales y escritos que pudo recopilar.

El texto original fue remitido por su autor a España, dirigido y dedicado al presidente del Consejo de Indias, el extremeño Juan de Ovando, quien había incentivado la redacción de crónicas que perpetuasen la supuesta gesta conquistadora. Pese a consignarlo a la persona más indicada, permaneció inédito hasta la Edad Contemporánea. El primero en sacarlo a la luz fue el erudito sevillano Pascual Gayangos quien en 1852 lo publicó en el tomo IV del Memorial Histórico Español, siendo reeditado en 1862 en Santiago de Chile, concretamente en el tomo II de la Colección de Historiadores de Chile y documentos relativos a la Historia nacional. En el siglo XX fue reeditado sucesivamente en 1960, 1969 1990 y ya en el siglo XXI hemos conocido estas dos ediciones transcritas del original y prolijamente anotadas por el Dr. Miguel Donoso, en 2010 y 2015.

Gracias al cronista carmonense conocemos pormenorizadamente todos los sucesos ocurridos en el reino de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575. La historiografía contemporánea estima que esta obra, junto a las de Mariño de Lobera y Alonso de Ovalle, constituyen los pilares básicos para aproximarse a la conquista de este territorio.

Góngora se centró especialmente en la historia política, destacando todos los hechos de armas ocurridos en la conquista de Chile, de la que él fue un testigo de excepción. Narra los acontecimientos de forma secuencial, intentando no inmiscuirse en ellos. No obstante, no siempre lo consigue pues en algunas ocasiones se notan sus apreciaciones personales; por ejemplo, mientras compara reiteradamente al rebelde mapuche Lautaro con el demonio, en otras destacó su valentía y la de los demás aborígenes que habitaban la gobernación de Chile. Se aprecia, asimismo, esa agrupación tan generalizada en las crónicas de la Conquista entre indios-demonio frente a españoles- Dios. Así mientras los nativos estaban inspirados y ayudados por Satanás, los españoles estaban asistidos por el apóstol Santiago y por la Virgen María, por delegación expresa de Jesucristo.

El autor de la edición destaca la capacidad del cronista para trazar verdaderos retratos psicológicos de los personajes a los que describe. No tiene nada de particular que su obra resulte imprescindible para acercarse a las semblanzas de los principales conquistadores que se pasearon por el escenario chileno. Sirva de ejemplo el retrato físico y humano que hizo del gobernador Melchor Bravo de Saravia:

 

         "Era el doctor Saravia natural de la ciudad de Soria, de edad de setenta y cinco años, de mediana estatura… angosto de sienes; los ojos pequeños y sumidos; la nariz gruesa y roma; el rostro caído sobre la boca; sumido de pechos, giboso un poco mal proporcionado, porque era más largo de la cinta arriba que de allí abajo; polido y aseado en su vestir, amigo de andar limpio y que su casa lo estuviese; discreto y de bien entendimiento…Cudicioso en gran manera y amigo de recibir todo lo que le daban; enemigo en gran manera de dar cosa alguna que tuviese… Amigo de hombres ricos, y por algunos dellos hacía sus negocios, porque de los tales era presunción recibía servicios y regalos…"


 

La descripción no puede ser más detallada, tanto referida a aspectos físicos como a psicológicos, no quedando bien parado pues lo acusa no solo de ambicioso sino incluso de prevaricador. Detalles similares ofrece de otros gobernadores y capitanes que intervinieron en los sucesos que narra, como Pedro de Valdivia, Francisco y Pedro de Villagra o el gallego Rodrigo de Quiroga. Curiosamente, Francisco de Villagra, al igual que Pedro de Valdivia, perdió la vida a los 56 años, de muerte natural, por el agravamiento de la sífilis que padecía. Por cierto que, pese a morir relativamente joven y tras sufrir los dolores propios de esta enfermedad, afirma que tuvo una buena muerte, lo cual hay que entenderlo en comparación con la que padecieron otros protagonistas de la Conquista. De hecho, mientras éste recibió los Santos Sacramentos y dispuso su escritura de última voluntad, otros perdieron la vida en combate o simplemente asesinados.

De su personalidad, de su formación y de su religiosidad conocemos algunos detalles a través de su propia obra. En dos ocasiones vio o le pareció ver al apóstol Santiago al frente de las huestes hispanas. Y añade que quiso Dios que los cristianos no se perdiesen, preservando así la predicación de la fe entre los naturales. En otro momento, se le ocurrió pensar que la epidemia de viruelas que sufrieron los nativos fue obra de Dios, a quien califica de juez recto. Ello nos está evidenciando su profunda y sincera religiosidad. No en vano, procedía de una linajuda familia carmonense donde abundaban los presbíteros pues, no en vano, dos hermanos suyos lo eran. Con frecuencia destaca el poco decoro de algunos españoles que estaban amancebados con mujeres de la tierra, y ello a pesar de que él mismo vivió durante años en esa misma situación.

Como destaca el Prof. Donoso, Góngora se caracteriza por una modestia exquisita pues, a diferencia de otros, apenas hace uso de su erudición para vanagloriarse de sus amplios conocimientos. Bien es cierto que su formación era básica, la misma que disfrutaban en Carmona los hijos varones de las estirpes de la oligarquía. Descendía de Juan Jiménez de Góngora, alguacil perpetuo de Carmona, y cuya familia poseía su bóveda de entierro en el presbiterio de la iglesia conventual de San Francisco de dicha localidad. Su bisabuelo, su abuelo y su padre habían sido regidores del cabildo de Carmona, y posteriormente su tío Rodrigo de Quintanilla, su primo Rodrigo de Góngora y su hermano Pedro Hernández Marmolejo. Ahora bien, de todos sus parientes más cercanos el único que realizó estudios superiores fue su hermano, el licenciado Francisco Pancorvo, que estudio en Salamanca y se graduó en Valencia. En el testamento de su padre, éste dispuso que no se le tuviese en cuenta lo que gastó en su formación, pues de sus letras se aprovecharán sus hermanas y deudos cuando lo hubieren menester. Probablemente de la formación de su hermano se benefició también el propio Alonso de Góngora.

El carmonense se mostró muy preciso en los datos que ofreció aunque a veces le traicionó la memoria. Así, por ejemplo, cita a Francisco de Ulloa como natural de Cáceres, cuando en realidad es bien conocida su cuna emeritense, mientras que de Francisco de Villagra afirma que murió el 15 de julio de 1562 cuando en realidad su óbito ocurrió el 22 de junio de 1563, como bien señala el editor. Asimismo, fecha la escaramuza del valle de Purén en febrero de 1570 cuando en verdad sucedió, como anota certeramente el Dr. Donoso, en enero de 1571.

           En definitiva, creo que estamos ante la mejor y más completa edición de la obra de Alonso de Góngora. El estudio preliminar, en el que se analiza pormenorizadamente la vida y la obra del cronista, nos permite interpretar mucho mejor los hechos que narra y describe en su texto. Un libro, pues, imprescindible para todos los interesados en la etapa de la conquista y particularmente en la del reino de Chile.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña publicada en la revista Anales de Literatura Chilena Nº 27. Santiago, 2017, pp. 237-240).