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RUBIO, fray Vicente O.P.: “Indigenismo de ayer y de hoy”. Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 2009, 350 págs. ISBN: 978-9945-8683-0-2

 

        Sabía de la existencia de esta obra desde hace unos años aunque no ha caído en mis manos hasta mi último viaje a Santo Domingo, en noviembre de 2017, fruto de un regalo de don Manuel García Arévalo. Se trata de un verdadero tesoro pues reúne en unas 350 páginas los artículos publicados a lo largo de varios años por el recordado fray Vicente Rubio en el suplemento sabatino del periódico El Caribe.

         Conocí al padre Rubio en uno de mis viajes a la isla, concretamente en 1998, cuando acudí al congreso sobre el V Centenario de la fundación de la ciudad de Santo Domingo. Sus trabajos siempre me resultaron de gran utilidad porque se interesaba por unos temas de investigación prioritarios para mí, como el taíno de La Española, su encomienda, su esclavitud y la labor redentora de los dominicos. Sin embargo, la mayor parte de sus escritos estaban editados en medios locales del país, de difícil acceso para el investigador extranjero. Por eso, me ha parecido un acierto por parte de la Fundación García Arévalo, la edición de esta obra, compilando todos los trabajos que publicó de forma dispersa, relacionados con el mundo indígena. En él aborda extensamente varios temas, a saber:

Primero, la labor indigenista de la Orden de Santo Domingo, empezando por el discurso del cuarto domingo de adviento de fray Antonio de Montesinos y siguiendo con la labor indigenista de fray Pedro de Córdoba. Ellos fueron los primeros en reivindicar los derechos de los naturales y en poner en práctica el método misional de la evangelización pacífica. El autor incluye una carta poco conocida, procedente de la Colección de Juan Bautista Muñoz, firmada por fray Domingo de Mendoza O.P., y fechada en Santo Domingo el 23 de febrero de 1512, en la que alude al famoso sermón de Montesinos. Un documento que la mayoría de los investigadores habíamos pasado por alto y que se reproduce íntegramente en este libro.

Segundo, dedica numerosas páginas a la figura de fray Bartolomé de Las Casas, el protector de los indios, personaje sobre el que era un gran especialista. Se permite aportar detalles inéditos que él mismo recopiló en el Archivo General de Indias. Asimismo, alude a manuscritos poco conocidos que demuestran la petición del dominico sevillano –no atendida- para que los naturales pasasen de la jurisdicción civil a la eclesiástica, con el objetivo explícito de protegerlos de las agresiones de los encomenderos. Asimismo, desarrolla extensamente la defensa que hizo el dominico en España del cacique de Nochistlán, Francisco Tenamaztle, líder de la guerra del Mixtón, que se entrevistó con él en Valladolid. Bien es cierto que el padre Rubio desconoce todo lo relativo al fallecimiento de este líder chichimeca, ocurrida el 10 de noviembre de 1556, según yo mismo di a conocer en un trabajo publicado hace más de tres lustros. También le dedica bastante atención a la errónea afirmación de que el dominico auspició la trata de esclavos para defender al indígena. Algo que el propio Las Casas desmintió en más de una ocasión, mostrándose siempre un detractor de la esclavitud, como puede leerse en su manuscrito “La Destrucción del África”. De hecho, hoy sabemos que junto a los pioneros en la lucha contra la esclavitud, como fray Bartolomé Frías de Albornoz y fray Tomás de Mercado hay que incluir al propio fray Bartolomé de Las Casas.

Y tercero, analiza con gran amplitud el mestizaje, pues el padre Rubio siempre defendió que el desaparecido universo taíno pervivió, de alguna forma, a través de la miscigenación. Narra las vicisitudes del primer mestizo de la isla, fruto de las relaciones entre Miguel Díaz de Aux y la cacica Catalina. Especial atención dedica al mestizo Diego de Ovando, nacido en la isla, hijo natural de Diego López Salcedo y de una desconocida nativa quisqueya. Como es bien sabido, Diego de Ovando desarrolló una larga trayectoria en el virreinato peruano, ocupando el cargo de alguacil mayor del reino de Quito. También analiza a cronistas mestizos como Pedro Gutiérrez de Santa Clara, Blas de Valera, Diego Muñoz Camargo o el Inca Garcilaso. Y por último, no se olvida de algunos españoles indianizados como el palermo Gonzalo Guerrero que decidió quedarse entre los naturales y no regresar con los hispanos.

Acaba el libro con un capítulo –el IV- dedicado a la figura de Sebastián Ramírez de Fuenleal a quien califica como el obispo más indiófilo de la mitra de Santo Domingo. Un prelado que tras desarrollar una notable labor en Santo Domingo pasó a México donde continuó con su defensa de los más desfavorecidos. Él siempre pensó que los naturales debían quedar en completa libertad con el único compromiso de pagar un trubuto anual y directo al rey. Y en el último capítulo –el V- traza un recorrido por la evolución del mundo indígena en la América contemporánea.

Para finalizar con esta breve reseña diremos que se detectan pequeños errores fruto de algún despiste del autor, algo lógico dada la magnitud de su obra. Por ejemplo, sostiene que Diego de Almagro “el Joven” perdió la vida en 1538 en la batalla de las Salinas –pág. 148-, cuando en realidad su orden de ejecución se dictó el 16 de septiembre de 1542, tras la derrota de los almagristas en la batalla de Chupas. Meras anécdotas en un libro que merece la pena leer, tanto por sus aportes al conocimiento del mundo indígena americano como porque contiene la visión indigenista de un dominico de nuestro tiempo. Dos cadenas del mismo eslabón cuya primera pieza es fray Antonio de Montesinos a principios del siglo XVI y la última fray Vicente Rubio, cinco siglos después.


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS