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Restall, Matthew y Felipe Fernández-Armesto: “Los conquistadores: una breve introducción”. Madrid, Alianza Editorial, 2013, I.S.B.N.: 978-84-206-7543-5, 185 págs.

           Se trata de una traducción en bolsillo de un libro publicado un año antes por los autores en la Oxford University Press. Dos autores, discípulo y maestro respectivamente, que cuentan con una amplia trayectoria en los estudios sobre la América de la conquista.

           Hacía tiempo que quería leer el libro pero hasta ahora no he encontrado la oportunidad y el momento. Debo reconocer que en buena parte ha defraudado mis expectativas, quizás porque éstas eran demasiado altas, conociendo la obra de sus autores, pero también porque me ha parecido demasiado básico. Es una obra muy asequible intelectualmente, pensada para un público no especialista o a lo sumo estudiantes universitarios del grado de historia. Sí es una buena síntesis para no iniciados en la temática aunque, como veremos a continuación, con un cierto sesgo ideológico.

           Se trata de una selección de ideas, de temas y de conquistadores en los que se dedica una especial atención a tres de ellos: Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Gonzalo Jiménez de Quesada, siendo mínimas o inexistentes las alusiones a otros como Pedro de Alvarado, Hernando de Soto, Vasco Núñez de Balboa, Alvar Núñez, Alonso de Ojeda, Diego de Almagro o Pedro de Valdivia, por citar solo a algunos. Asimismo, alude de pasada a algunas mujeres conquistadoras y con más detalle a personas de color, como Juan Valiente, Juan Garrido o Sebastián Toral.

           No me satisface plenamente la línea justificativa del proceso, muy en consonancia con la actual línea historiográfica que trata de exculpar o de minimizar los desmanes de los conquistadores. Empieza minimizando la diferencia técnica y táctica entre españoles e indígenas. A su juicio eso se ha debido a que los historiadores han tomado al pie de la letra a los cronistas que destacaban siempre esta superioridad. Los autores dudan de que las armas de acero, las ballestas, los caballos, las jaurías de perros les proporcionasen ventaja alguna. Se limitan a decir que las armaduras apenas se usaron, que los arcabuces eran pesados y poco certeros y que los caballos no servían en las zonas escarpadas. Pero en su contra podría citarle decenas de enfrentamientos armados donde la caballería y/o las armas de fuego fueron determinantes, aunque solo fuese por su impacto psicológico. La única superioridad tecnológica es en la náutica pues, por ejemplo, les permitió disponer de una flotilla de bergantines, para el bloqueo de Tenochtitlán. Incluso, dudan de la influencia de las epidemias a la hora de decantar la contienda a favor de los hispanos. Sin embargo, a mi juicio minimizan el impacto de estas pestilencias no solo a efectos numéricos sino también en el aspecto psicológico pues los supervivientes quedaron desmoralizados, pensando que sus dioses los habían abandonado a su suerte.

           Asimismo subrayan el carácter pactista de los conquistadores –tan de moda actualmente- pues, a su juicio, fueron muchos más los jefes indígenas que pactaron con los invasores que los que se resistieron. En el caso de Mesoamérica la mayor parte de la élite indígena alcanzó un entendimiento con los hispanos algo que, según afirman, ha sido ignorado por la mayor parte de la historiografía. Las alianzas con tlaxcaltecas y huejotzingos en el caso de los aztecas y los cañaris en el imperio inca fueron claves para consumar el proceso. Y subrayan el hecho de que las grandes batallas enfrentaron mayoritariamente a grupos de indígenas. Pero aún siendo cierto, esos enfrentamientos estuvieron dirigidos por los hispanos en su propio beneficio. Cuando había enfrentamientos entre ellos los conquistadores se aprovechaban de la situación, evitándose las molestias de tenerlos que provocar. Jiménez de Quesada lo tuvo tan claro que se dedicó a enfrentar a los jefes muiscas de la zona de Colombia para que luchasen entre sí, facilitando la ocupación. Pese a ello, los autores llegan a la conclusión de que el proceso conquistador fue “notablemente pacífico” pues en la mayor parte de los casos los pueblos fueron sometidos a través de la negociación.

           Insisto que no comparto totalmente ese punto de vista, ni el hecho de que no hubiese desigualdad técnica y táctica ni tampoco que la conquista fuese en general “pacífica”. Sería largo objetarles, pero los casos de prácticas aterrorizantes se extendieron por todo el continente, los ajusticiamientos de caciques díscolos, el drama de los miles de esclavizados en las minas, etc., etc. Nada de eso me lleva a pensar que en general la conquista fuese un proceso “pacífico” como no lo ha sido ninguna guerra de conquista a lo largo de varios miles de años de historia.

           Y finalmente, me llama la atención que el acápite final con lecturas recomendadas no lo hayan adaptado a un público español. Han mantenido las recomendaciones de la edición inglesa, que son todas referencias bibliográficas en ingles que no sirven para el público español. En España disponemos de una bibliografía mucho más amplia que la anglosajona y en muchos casos no inferior en calidad que podrían haber ofrecido a los lectores de la edición en castellano.



ESTEBAN MIRA CABALLOS