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MOSCOSO, Francisco: “Caguas en la conquista española del siglo 16”. Puerto Rico, Publicaciones Gaviota, 2016, 227 págs. ISBN: 978-1-61505-240-0

 

          Se trata de una reedición ampliada de un libro que el autor puertorriqueño publicó en 1998. Debo reconocer que no conozco ni he leído la primera edición por lo que me limito simplemente a reseñar esta reedición.

           El libro presenta la solidez de una persona que lleva toda una vida dedicada al estudio de Puerto Rico en el siglo XVI y muy especialmente de las jefaturas y sociedades taínas que habitaban el área antillana. Maneja una amplísima bibliografía y también un amplio elenco de fuentes primarias, en unos casos tomadas de regestos documentales, como los de Vicente Murga o Aurelio Tió y en otros del Portal de Archivos Españoles en Red (PARES). El resultado es un libro contundente, muy sólido, que resuelve muchas dudas referentes a muy diversas temáticas relacionadas con los pobladores primitivos de Puerto Rico, en la colonización temprana.

           Comienza el libro analizando la trayectoria del casi mítico cacique Caguas, probablemente una adaptación lingüística de Caguax. Parece ser que éste fue uno de los cinco jefes taínos que habitaban Borinquén a la llegada de los hispanos. Su cacicazgo se ubicaba en la región del valle del Turabo, en la misma zona donde actualmente existe una ciudad con el mismo nombre del cacique. El fatídico encuentro con los hispanos se produjo a partir de 1508 cuando Nicolás de Ovando envió a la isla a Juan Ponce de León, un baquiano o persona experimentada que había participado en la “pacificación” de la Española. Previamente había habido algún viaje de exploración pero será en esta jornada de 1508-1509 cuando comience el contacto efectivo con los caciques indígenas, especialmente con Agüeybana, el cacique supremo. Al cacique Caguas siempre se le identificó con uno de los jefes guatiaos que pactaron con los hispanos. Sin embargo, el autor cuestiona esta alianza y más bien cree que lo que hubo fue un acatamiento obligado del nuevo orden impuesto.

Tras un primer contacto se produjo el repartimiento general de 1509 a través del cual se reguló y sistematizó la explotación laboral del taíno en los campos de cultivos y en las minas. Al tiempo que desaparecían los naturales, fruto de las enfermedades, los malos tratos y la inadaptación al trabajo sistemático, crecía la producción aurífera. Entre 1510 y 1546 se extrajeron dos millones de pesos de oro, cifra bastante superior al famoso rescate de Atahualpa.

           Lo más importante del libro, a mi juicio, es el análisis que hace de la polémica cuestión del matriarcado, pues deja fuera de toda duda su inexistencia en el área antillana. Los cronistas de la época hablaron de cacicas, como la cacica Luisa –seguramente viuda de algún cacique- o Anacaona, esposa del cacique Caonabo y hermana de Beechio, cacique de Xaragua. Por cierto, ironiza el autor con el hecho de que yo aluda en un trabajo mío a Anacaona como “bellísima cacica”. Y ciertamente, no sé si era tan bella aunque fray Bartolomé de Las Casas la describe como una notable princesa “muy palanciana y graciosa en el hablar y en sus meneos”. Por su parte Gonzalo Fernández de Oviedo dice que cuando Nicolás de Ovando se encontró con ésta y con su corte se sorprendieron porque la “hermosura de gestos que eran en gran manera” de aquellas personas. Pues es cierto que los cronistas no destacan especialmente su belleza entre otras cosas porque probablemente el patrón estético de los taínos no coincidía con el de los hispanos. Pero al menos no me negará el autor que debía ser agraciada y expresiva. Pero cerrando este anecdótico paréntesis y volviendo a la cuestión que nos ocupa, está claro que los hispanos crearon un término que no existía en el idioma taíno –cacica- para designar a la mujer o a la madre de un cacique. Incluso Fernández de Oviedo afirma que Anacaona ejerció de cacica, tras la muerte de su hermano Beechio. Sin embargo, de ser cierto, debió ser una circunstancia muy excepcional porque, como aclara el autor, el poder lo ejercieron siempre los varones, los caciques, independientemente de que la sucesión pudiese ser matrilineal. Por tanto, hay que concluir, de acuerdo con el autor, que aunque el acceso a la jefatura pudiese ser por línea materna el gobierno taíno era sin lugar a dudas patriarcal.

           Asimismo analiza minuciosamente la gran hacienda de Toa, la principal propiedad de la Corona en la isla, administrada por Oficiales Reales. En esta hacienda llegó a haber 90.000 montones de yuca así como maíz y ganado que servían para abastecer de alimentos a la colonia. Allí fueron ubicados los taínos de Caguas hasta casi su total exterminio. Jornadas interminables, de sol a sol, durante la llamada demora, un periodo de seis meses al año en el que los naturales debían servir a los hispanos.

Pudo haber y hubo mestizaje pero como explica el autor, pocas veces fue fruto del amor idílico entre indias y españoles, y las más fruto de abusos y estupros. Bien es cierto que como consecuencia de ese mestizaje pudo pervivir la genética taína, aunque sea en un pequeño porcentaje, entre la población oriunda de la zona.

           Estas pocas líneas son tan solo una selección de los muchos aspectos que se analizan en el texto en relación a los taínos boricuas. El lector podrá encontrar entre sus páginas muchos más matices que enriquecen el conocimiento de la desaparecida civilización taína. Una lectura muy recomendable.



 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS