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GARCÍA, Alan: Pizarro. El rey de la baraja. Política,

 

confusión y dolor en la conquista. Lima, Titanium,

 

2012. 204 págs. ISBN: 978-612-46189-1-8

 

          

 

          Tuve noticias de este libro en mi viaje a Perú, pero curiosamente, dado que en el país andino no lo encontré, estando todavía allí lo compré en un conocido portal español. Así que a mi regreso a España me lo encontré encima de mi mesa de trabajo. Sorpresas del mundo globalizado en el que vivimos. Asimismo, debo confesar que lo adquirí pensando que sería un vulgar panfleto pero que no dejaba de tener su interés por estar escrito por un personaje como Alan García, conocidísimo ex presidente de la República del Perú. Sin embargo, tras una detenida lectura debo reconocer que estaba equivocado en mi prejuicio, pues el libro es una obra de bastante calado que contiene reflexiones de interés.

           Obviamente, su autor no es un historiador, ni menos aún un investigador de fondo, por lo que no ofrece datos nuevos en relación a su biografía. Asimismo, se observan bastantes errores propios de un escritor que no es un experto en la materia, tanto en cuestiones relacionadas con su Extremadura natal como en relación a su etapa en el Tahuantinsuyu. Sin embargo, sí que contiene un buen número de reflexiones de interés que demuestran un buen conocimiento de la psicología del personaje.

           El texto se lee del tirón porque el autor engancha con una trama en la que Francisco Pizarro es el rey de la baraja, el estratega que reparte las cartas a todos. Y no duda en calificarlo de “astuto y profundo observador de la psicología del resto de los actores” lo que le permitió siempre anticiparse a las acciones de sus adversarios. En varias ocasiones compara su tesón con el de Alejandro Magno y Simón Bolívar. Según el autor puede que su brillo y belleza fuesen menores que los de Apolo pero su constancia y serenidad fueron excepcionales. Donde otros se desanimaban él siempre persistía con tesón y convicción.

Sus estrategias las compara con las de Alejandro Magno y Bolívar pero también con las de Napoleón Bonaparte y Adolf Hitler aunque este último paralelismo sea más comprometido para sus hagiógrafos. Inteligentemente Pizarro ocultó a los líderes quechuas que su intención era construir un reino y quedarse, lo que permitió a estos mantener la esperanza de que una vez saqueadas las riquezas abandonaría el incario. Tampoco ignora el autor que el trujillano fue un hábil evasor de sus responsabilidades, lo mismo en relación a la muerte de Atahualpa que la de Huáscar o la de Diego de Almagro. Sabía ingeniárselas para parecer que eran otros los responsables de unos excesos por los que sospechaba que antes o después habría que rendir cuentas.

           La liberación de varias decenas de miles de yanaconas así como su alianza con tallanes, cañaris o aimaras le granjeó el apoyo de muchos indígenas que le ayudarían a acabar con el mundo quechua. Ahora bien, parece infundado lo que sostiene el autor que la liberación de yanaconas la hizo por solidarizarse con personas de su condición porque a su juicio bastardía equivalía a servidumbre (p. 105). No era así ni mucho menos porque en España la existencia de hijos naturales estaba normalizada y no acarreaba ningún estigma social, sobre todo si la familia lo reconocía, como es el caso.

           Destaca el autor las ordenanzas dadas a los cabildos sobre el tratamiento a los indígenas que datan de 1534. Y les otorga el mérito, hasta ahora atribuido en exclusiva al padre fray Bartolomé de Las Casas, de haber inspirado las famosas Leyes Nuevas de 1542 en las que, al menos en teoría, se prohibió la esclavitud del aborigen (pp. 108-109).

           La obra no es exactamente hagiográfica aunque está mucho más próxima a esta corriente que a los alineados en la visión de los vencidos. Pizarro es representado como una persona comedida, poco promiscuo, silencioso y observador. La conquista fue cruel y hubo actos de barbarie pero el autor los justifica en el hecho de que eran herederos de una Castilla providencialista que se había curtido en la cruzada contra el Islam (p. 49). Los crímenes que cometió no se debieron a su ambición o a su deseo de venganza sino a “la necesidad de afirmar su proyecto” (p. 58). Asimismo, los relativiza cuando los compara con las 300.000 víctimas –cifra a mi juicio excesiva- que costaron la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa (p. 137).

           Hay que señalar algunos errores, unos de más consideración que otros. Así, llama la atención que los sucesos de la isla del Gallo los sitúe en la primera expedición del Levante, en 1525 (p. 53), y no en mayo de 1527, en la segunda travesía que es cuando realmente ocurrieron. La muerte de Huáscar la ubica una vez en mayo de 1533 (p. 148) y otra en agosto de ese mismo año (p. 136). Asimismo, a lo largo del libro se refiere a Hernán Cortés como primo de Pizarro (p. 54) cuando en realidad era su sobrino, mientras que de Diego de Almagro afirma que era capataz –y no socio- del trujillano en Panamá (p. 72). Pequeños detalles sin demasiada importancia que no enturbian la trama de un libro bien escrito y con ideas que invitan a pensar y a reflexionar sobre el personaje.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS