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MOYA PONS, Frank: “El oro en la historia dominicana”. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2016, 414 págs. ISBN: 978-9945-901-5-8

 

          La Española fue conocida desde finales del siglo XV, a partir de los escritos del almirante Cristóbal Colón, como la isla del oro. En ella se ubicó el primer dorado, ese mundo soñado en el que existían ciudades con losas y tejas de oro y gobernantes engalanados con adornos y vestiduras del mismo metal. Sin embargo, en la segunda década del siglo XVI, el ciclo del oro acabó drásticamente, debido al agotamiento del oro acumulado por los taínos durante siglos, al descenso dramático de la mano de obra indígena, empleada en estas labores, y a la fuga de mineros al continente. Lo cierto es que la percepción que tenemos muchos americanistas españoles y quizás también hispanoamericanos es que el oro desapareció casi totalmente de la isla.

          Este libro pone de relieve justo lo contrario, es decir, la presencia de la minería del oro así como el influjo de los escritos y de la minería colonial durante toda la historia de la República Dominicana hasta nuestros días. El trabajo del Dr. Moya Pons tiene un mérito extraordinario pues analiza la minería en su país desde los tiempos colombinos hasta poco antes de entregar el manuscrito en la imprenta, es decir, hasta 2015. Sorprenden varias cuestiones:

Primera, el material manejado por su autor: todo tipo de fuentes manuscritas e impresas a lo largo de cinco siglos. Un trabajo minucioso que debió requerirle miles de horas de trabajo y que solo otra persona que conozca el oficio de investigador de fondo, puede valorar en su justa medida. Un trabajo ingente que solo puede pagar la satisfacción personal del trabajo bien hecho.

Segundo, La cantidad de metal precioso extraído a lo largo de estos siglos. Muchos de los que nos dedicamos al estudio de la época de la conquista, tenemos la errónea percepción de que el la explotación del oro pudo mantenerse pero como actividad muy marginal y con réditos económicos extremadamente magros. Sin embargo, conviene insistir que, aunque su rentabilidad fuese en algunas etapas más baja, su explotación continuó en los siglos posteriores.

Y tercero, la permanencia a lo largo de cinco siglos de la práctica del lavado de oro en los cauces de los ríos. Desde tiempos colombinos quedó la idea entre la población de que la isla escondía mucho más metal precioso que aún no había sido descubierto. Los campesinos han estado lavando oro con bateas durante cinco siglos lo que les ha permitido completar sus precarias economías agrícolas, garantizando a veces su propia supervivencia. El autor del libro dice que verificó personalmente estas labores en los arroyos cercanos a La Mina, en la localidad de Miches, en el río Bao, en las cercanías de Juncalito y Las Placetas y en otros cauces de afluentes, regatos y arroyos a lo largo de las zonas mineras del país.

Efectivamente, podemos constatar la producción de cantidades significativas de metal precioso desde principios del siglo XVI hasta el siglo XXI. Sin embargo, como afirma el autor, nunca podremos conocer a ciencia cierta la producción exacta de oro en la isla desde 1492 hasta mediados del siglo XVI. Y ello por dos motivos: primero, porque no tenemos listados completos de las fundiciones y, segundo, porque una parte importante de dicha producción quedó fuera del control de los oficiales reales, saliendo de la isla mediante el contrabando. Pero sí tenemos algunas series incompletas de lo que se fundía oficialmente. Por ejemplo nos consta que en 1517 se fundieron en la isla un total de 124.147 pesos de oro, una cantidad considerable para esa fecha, que confirma que la isla seguía extrayendo oro en cantidades significativas. A comienzos de la década de los treinta, el arzobispo de Santo Domingo reclamaba el envío de negros y de mineros expertos a la isla porque por falta de ellos no se extraía oro, siendo como era la principal granjería de la tierra. A mediados de siglo se fundían anualmente cerca de los 50.000 pesos de oro, cifras superiores a las que se extraían en otros lugares de su entorno como Castilla del Oro. El autor, siguiendo cuantificaciones del prof. Jalil Sued Badillo, estima que, entre 1503 y 1548, se fundieron legalmente en la isla poco más de 700.000 pesos de oro, una cantidad muy estimable, superior a la que produjo en esos mismos años Puerto Rico y Cuba.

En la segunda mitad, siguió manteniéndose el mito dorado, justificándose la baja producción en la falta de mano de obra para extraerlo. Por ello, en 1572 volvían a solicitar esclavos negros a buen precio, la mitad para los ingenios y la otra mitad para las minas. Y ello, decían, porque en la isla había más oro y mejor que en todas las Indias y si no se aprovechaba era por falta de mano de obra. Y pese a las dificultades se continuaron extrayendo cantidades significativas del preciado metal

Ya a finales del siglo XVII, el minero onubense Juan Nieto Valcárcel viajó a la isla, enviado por el Consejo de Indias, para que realizara prospecciones y redactara un informe con la potencialidad minera de la isla. El memorial que redactó ha ejercido una excepcional influencia sobre la minería en la isla hasta plena Edad Contemporánea. Como afirma el Dr. Moya, se realizaron al menos tres traslados oficiales de dicho documento, en 1734, 1744 y 1810, y todos los que buscaron minas en la isla o promovieron empresas a lo largo de los siglos XVIII y XIX aludieron a dicho informe.

Después de la Independencia, los distintos gobiernos nacionales auspiciaron la explotación minera como una forma de obtener liquidez. Dice el autor que la segunda mitad del siglo XIX fue la época dorada de las concesiones mineras, acudiendo reiteradamente a la inversión extranjera. En 1866 entró en vigor la primera ley de minas de República Dominicana, curiosamente copiada literalmente de la expedida por Napoleón Bonaparte en Francia en 1810. Desde entonces, se sucedieron un sinnúmero de leyes de minas en las que cada gobierno ponía su matiz en función a sus intereses ideológicos o financieros. La explotación minera se veía dificultada por los deficientes caminos y por la escasez de mano de obra y de capital propio.

Ya en pleno siglo XX, el general Trujillo promulgó su propia ley de minas en 1936, y sus esfuerzos por aumentar la producción rindieron sus frutos; de hecho la producción de oro entre 1932 y 1942 superó a todo lo exportado a Sevilla desde la isla en la primera mitad del siglo XVI. Pero la producción de preciado metal dorado aumentó mucho más a partir de 1969 con el desembarco en la isla de la potente compañía estadounidense Rosario Mining. Una alta producción que unido al alto precio del oro en el mercado contribuyeron a crear la percepción de que los inversionistas extranjeros de la compañía se lucraban en exceso a costa de las riquezas áureas de la isla. Aún así tanto los gobiernos de Joaquín Balaguer como los de sucesor no modificaron un ápice su política minera. Todavía en el año 2015 el geólogo Steward Redwood destacaba la importancia de la explotación minera para la economía de la isla, tanto por el notable yacimiento de Pueblo Viejo como por otros veneros que estaban siendo hallados en esos momentos.

Para concluir, queremos insistir que estamos ante un estudio completo y serio de la historia de la producción aurífera en República Dominicana. Al final, después de leer al Dr. Moya Pons, va a resultar que no estaba tan equivocado Cristóbal Colón cuando insinuó la existencia del primer dorado en la isla Española.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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