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EL SIGLO DE LA REVOLUCIÓN

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FONTANA, Josep: El Siglo de la Revolución. Una historia del mundo desde 1914. Barcelona, Crítica, 2017, 803 págs. I.S.B.N.: 978-84-16771-50-9

 

El profesor Fontana traza en esta nueva obra un recorrido por la historia del mundo, desde 1914 a nuestros días. Los primeros capítulos, dedicados respectivamente a la I Guerra Mundial, al período de Entreguerras, a la II Guerra Mundial y a la Guerra Fría, parecen un manual al uso, aunque eso sí con la claridad expositiva a la que nos tiene acostumbrados el autor. A mi juicio, son los últimos cinco capítulos, de un total de diecisiete, los que convierten a este libro en una obra singular; en ellos describe e interpreta lo ocurrido en el mundo desde el final de la Guerra Fría hasta el año 2017. Todo lo anterior, incluida la Revolución Rusa, le sirven solo para exponer las bases de lo que realmente es el objetivo último de la obra: explicar porqué el mundo actual es como es y cómo hemos llegado hasta aquí.

La I Guerra Mundial, acogida con entusiasmo en muchos países de Europa, fue la primera gran atrocidad del siglo pasado. Los alemanes pensaban que la guerra duraría poco pues confiaban en ocupar sorpresivamente Francia, ante la pasividad de Gran Bretaña y de Rusia. Pero se equivocaron y tanto Gran Bretaña como Rusia declararon la guerra, acabando con el sueño germano de la guerra relámpago. Pero lo peor de todo fue que el gran avance técnico de la contienda, la ametralladora, acabó con la forma tradicional de hacer la guerra al tiempo que multiplicaba exponencialmente el número de víctimas. Los frentes se atrincheraron y la guerra se redujo a una cuestión de números; ganaría el que más gente consiguiese abatir del otro lado. Se produjeron batallas brutales como la de Verdún, de febrero a diciembre de 1916, en la que perecieron 700.000 personas o, peor aún, la del Somme, donde los caídos alcanzaron la cifra redonda del millón. Los estados, a través de sus generales, actuaban con total desprecio hacia la vida humana, hasta el punto que los jóvenes ya no querían ir al frente, a una muerte segura. Por ello, se contaron por centenares los fusilados por insumisos. Tras el armisticio de noviembre de 1918, los Tratados de Paz no fueron tales, pues fueron dispuestos por los vencedores, imponiendo a los alemanes pérdidas territoriales y cargas económicas inasumibles. En estos Tratados se comenzó a gestar el ascenso de los fascismos y a la postre de la II Guerra Mundial, al tiempo que los Estados Unidos de América se convertían en la primera potencia, desbancando definitivamente a Europa. Mientras tanto, en 1918 Rusia había salido de la guerra por estar inmersa en plena revolución. Lenin ofreció al pueblo lo que quería: paz, pan y tierra. La revolución triunfó en Petrogrado –San Petersburgo- y progresivamente se extendió al resto del país, no sin provocar antes una cruenta guerra civil que supuso ocho millones de muertos, poco menos que en la I Guerra Mundial.

El revulsivo definitivo de los partidos extremistas llegó tras el crack del 29, que radicalizó las posiciones tanto de la clase obrera, caladero de los partidos de izquierda, como de la clase media, inclinada más a los partidos fascistas. La II Guerra Mundial en parte fue el afán de revancha de Alemania, encabezada en esos momentos por Adolf Hitler, el Führeh del III Reich. Ningún país europeo quería declararle la guerra, pero tras la ocupación de Polonia no quedaron más opciones. Hitler interpretaba que la superpoblación de Alemania le obligaba a expandir su espacio vital por una mera cuestión de supervivencia. Asimismo, pensaban que los judíos eran los responsables de todos los males y además contaminaban a la raza aria. En los campos de concentración practicaron lo que el autor del libro llama un “holocausto industrial”. Las matanzas sistemáticas de judíos, además de polacos, gitanos, latinos, homosexuales y delincuentes comunes durante el III Reich, constituyen uno de los genocidios más flagrantes y conocidos de la historia. Los crímenes Nazis en la guerra fueron también inenarrables pues desde un primer momento practicaron una guerra de aniquilación. Un modelo brutal que para contrarrestarlo fue asumido también por los países aliados.

La batalla de Inglaterra fue un fracaso para los alemanes, al tiempo que los rusos con gran sufrimiento conseguían frenarlos en Stalingrado. Después comenzaría la ofensiva que a la postre acabaría con la caída del III Reich. Mientras tanto, Japón hacía lo propio en el Pacífico, perpetrando una verdadera orgía de sangre en China. Tras el fin de la guerra, decenas de miles de alemanes implicados directa o indirectamente en el genocidio, quedaron absueltos de toda culpa, en una amnistía general. Aunque eso sí, en Polonia y Checoslovaquia se tomaron la justicia por su mano y hubo asesinatos masivos de la minoría alemana.

Una vez asentada la paz, se creó un nuevo orden mundial que partía del equilibro militar de las dos grandes potencias: U.S.A. y U.R.S.S. Era la Guerra Fría, iniciada por el primero ante el temor, real o fingido, a un ataque del segundo o a una expansión de su revolución. Para evitar el avance del comunismo en Europa se ideo el plan Marshall, al tiempo que se ampliaba más y más el arsenal nuclear de ambas potencias. Y hubo notables daños colaterales de una barbarie extrema, como la inútil guerra de Vietnam, donde los aliados arrojaron cinco veces más bombas que en toda la II Guerra Mundial. Y aparte de eso, se jugó con fuego porque en varias ocasiones estuvieron a punto de desencadenar un enfrentamiento nuclear masivo. Hubo suerte y las cosas nunca pasaron a mayores.

A juicio del profesor Fontana, la revolución rusa, que justo este año cumple su centenario, ha tenido una importancia decisiva en el orden político del siglo XX, con sus aciertos, con sus errores y con su fracaso final. Tras la II Guerra Mundial, el mundo capitalista entendió que el comunismo representaba una grave amenaza para la democracia y la libertad en Occidente. Una peligro que posiblemente no se ajustaba a la realidad pero que sirvió para que Estados Unidos ayudase decidamente a la recuperación de Europa para frenar supuestamente el avance del comunismo. Más que a una improbable invasión u ofensiva soviética existía un verdadero terror a que se produjesen réplicas revolucionarias en otros países. Es decir, que el miedo a la expansión de la revolución sirvió para apuntalar el Estado del Bienestar, entendido como un antídoto para frenar la lucha obrera. De hecho, es bien conocido que la forma más plausible de evitar las revoluciones son las reformas. Por ello, dice el autor que, entre 1945 y 1975, se vivió un progreso social, es decir, un aumento cuantitativo y cualitativo de las clases medias y de la igualdad social. Sin duda, las políticas reformistas surtieron su efecto pues, desde los años sesenta, los partidos comunistas europeos perdieron apoyos, quedando sin posibilidades reales de acceder al poder. Progresivamente dejaron de ser una amenaza para el orden establecido.

Sin embargo, la caída del muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la U.R.S.S. en 1991, cambiaron totalmente ese equilibrio. Llegó a su fin la Guerra Fría, de manera que tras arriarse en el Kremlin la bandera de la U.R.S.S. el presidente americano George Bush, se apresuró a decir emocionado ante el Congreso El comunismo ha muerto este año… Ya no existía esa supuesta amenaza comunista y, por tanto, la oligarquía económica podía recuperar el terreno perdido, a costa de quitarle derechos y renta a las clases medias y trabajadoras. Desde 1990 se acabó definitivamente con el progreso, es decir, con la suma de crecimiento económico y aumento del Estado del Bienestar. Ello ha provocado la actual acentuación de las desigualdades sociales, al tiempo que los sindicatos han perdido fuerza y base social. Los países ricos cada vez lo son más mientras que los países pobres cada vez disponen de menos recursos, mientras que en esos mismos países desarrollados, la oligarquía cada vez es más pudiente y los trabajadores sufren peores condiciones laborales y salariales. Y el autor ofrece datos significativos; por ejemplo, según datos de 2015, los sesenta y dos individuos más ricos del mundo poseían una riqueza equiparable a los 3.600 millones de seres humanos más pobres. El paro aumenta en muchos países y buena parte del empleo es cada vez más precario. Una degradación laboral que se ha incrementado desde la crisis de 2008 pero que se sigue extendiendo en nuestros días, pese a la recuperación. Y los que más lo sufren son los jóvenes, que tienen altas tasas de paro y los que trabajan se ven obligados a aceptar unas precarias condiciones laborales. Forman un grupo nuevo el de los llamados trabajadores pobres. Nada tiene de particular, pues, que Warren Buffett haya escrito que los ricos han ganado la lucha de clases. A la par que sucede esto con el empleo, muchas empresas, sobre todo las multinacionales, están aumentado su margen de beneficio, merced a un descenso de los costes salariales y a una progresiva reducción impositiva. Y consiguen que los gobiernos les bajen los impuestos con la amenaza de marcharse a otros lugares o de llevarse el numerario a paraísos fiscales, como de hecho hacen.

Actualmente vivimos un proceso progresivo de empobrecimiento del pueblo que resulta imparable incluso para el propio capitalismo y que puede provocar su propia autodestrucción. Asimismo, afirma el profesor Fontana que el fenómeno migratorio desde los países pobres, especialmente desde el África Subsahariana, va ir aumentando paulatinamente por dos motivos: uno, por el aumento insostenible de la población, en paralelo a la disminución de su ya precario nivel de vida. Y otro, porque a través de medios como internet conocen el nivel de bienestar del primer mundo y aspiran a una vida mejor.

El autor cita a Rober J. Shiller, Premio Nobel de Economía, quien ha afirmado que este aumento de la desigualdad podría provocar a medio o largo plazo, una catástrofe. Pero Josep Fontana no quiere caer en el desánimo por lo que abre una pequeña ventana a la esperanza, el de la posibilidad de que un despertar colectivo pueda dar paso a un nuevo proyecto popular trasnacional. A medida que la clase media se empobrece y se reduce, aumenta la posibilidad de un nuevo proceso revolucionario que no será llevado a cabo por los partidos de izquierda, muy desacreditados, sino por movimientos ciudadanos que, en muchos casos, se organizan a través de las redes sociales. La cosa no pinta bien, pero como siempre, habrá que agarrarse a lo único que nos queda: la esperanza.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


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CIUDADES ESPAÑOLAS EN AMÉRICA

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FIGUEIRAS, Alfredo: Ciudades españolas en América. Editorial lacre, 2016

Esta obra nace de las vivencias personales de su autor, Alfredo Figueiras. Durante más de tres décadas fue piloto de Iberia y él entre vuelo y vuelo se dedicaba a conocer aquellas ciudades a las que arribaba. El autor conoce personalmente todas esas ciudades cuya fundación describe y eso se nota en el libro. No solo es valioso por las vivencias, por su amplia documentación sino también por las excelentes fotos que ilustran toda la obra, y que fueron tomadas por el propio autor.

En el libro se seleccionan un total de 16 ciudades fundadas por españoles en diversos confines del Nuevo Mundo. Se detiene en cada una de ellas, haciendo una breve reseña de su fundador y del escudo de la ciudad fundada.

Y es que los conquistadores españoles no solo conquistaban sino que la mayoría estaban obsesionados por fundar ciudades. Sabían bien que la mejor forma de asentar la conquista era poblar como se había hecho durante años en la reconquista. Eran conscientes de que poblar equivalía a someter definitivamente un territorio hostil.

Para crear una gobernación sobre la que gobernar hacía falta fundar urbes sobre las que reproducir la forma vida occidental. La condición de vecino era requisito previo para recibir solares, tierras y encomiendas así como para ostentar algún cargo concejil. En los núcleos urbanos se aglutinó la minoría hispana, convirtiéndose en centros de control del espacio y de sujeción de los pueblos de indios del entorno. Al mismo tiempo evitaba los vacíos de poder, estableciendo, sin solución de continuidad, un nuevo orden, sobre la antigua estructura política incaica. Un organigrama administrativo en base a pueblos de indios con sus curacas que se mantuvo intacto durante buena parte de la época colonial. De hecho, todos aquellos jefes locales que decidieron aceptar el nuevo poder, permanecieron en sus cargos, manteniéndose durante varios siglos la nobleza local incaica y en ocasiones hasta preincaica.

Esas vivencias de aquellos españoles que se recorrieron miles de kilómetros para fundar ciudades y trasplantar un pedacito de España en América, se encuentran recogidas en esta obra.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 


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HISTORIA Y ARTE DE EXTREMADURA

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Mira Caballos, Esteban: “Historia y arte de Extremadura” (Prol. De José Ángel Calero). Madrid, Art Duomo Global, 2017, 96 págs. I.S.B.N.: 978-84-617-8404-2

 

           Tercer volumen de un total de trece en los que se traza una síntesis histórica y artística de las diecisiete Comunidades Autónomas españolas, más Ceuta y Melilla. De ellas, solamente ocho (Andalucía, Aragón, Baleares, Castilla-La Mancha, Cataluña, Galicia, Madrid y Extremadura), disponen de un volumen exclusivo. Y ello, en unos casos por su importancia demográfica, política o económica y, en otros, por su enorme peso histórico, como es el caso de Extremadura.

Como se vislumbra en la obra, Extremadura es un verdadero paraíso natural, un entorno privilegiado de los que quedan pocos en Europa. Lugar de peregrinación de zoólogos, biólogos y de los amantes de la naturaleza. Un espacio que no experimentó la Revolución Industrial y que ha mantenido niveles bajos de poblamiento lo que ha preservado su valor natural. Pero también es un edén para arqueólogos e historiadores por los importantísimos vestigios del pasado que conserva. Extremadura ha sido siempre un crisol de civilizaciones pues por su tierra han pasado todo tipo de pueblos desde la prehistoria y ha sido lugar de encuentro y desencuentro de judíos, islámicos y cristianos. No sabemos el origen de la denominación; una de las teorías más plausibles sostiene que cuando la reconquista alcanzó el río Duero, se utilizó el término latino Extrema Durii para denominar a esa zona que en castellano significa frontera del Duero. Más tarde, los territorios conquistados por los cristianos sobrepasaron este río, pero se siguió utilizando dicha denominación para señalar los nuevos territorios. En el siglo XIII, durante el reinado de Fernando III el Santo, estos territorios recibieron ya de manera definitiva el nombre de Extremadura.

La historia de esta tierra tiene hondas raíces históricas. Por su territorio se han paseado vetones, lusitanos, túrdulos, cartagineses, romanos, visigodos, árabes, judíos y cristianos. Dos aspectos han marcado su historia: uno, la existencia de una élite oligárquica que monopolizó la casi única fuente de riqueza, es decir, la tierra. Y otro, su carácter fronterizo con el reino de Portugal, lo que la convirtió en un lugar estratégico, primero para el reino de Castilla y León y luego para España. Desde entonces, fue uno de los escenarios prioritarios de las guerras de la monarquía. Tanto, que los extremeños se terminaron acostumbraron al ciclo destrucción-creación y a reconstruir siempre sobre sus propias cenizas. Ahora bien, la frontera no fue impermeable, igual que hubo dramáticos y reiterados sucesos que lastraron el progreso de la región también se produjeron unas relaciones humanas, económicas y culturales muy enriquecedoras.

Como ha escrito Javier Cercas, actualmente Extremadura tiene algo de portuguesa, algo de castellana y algo de andaluza. Y este crisol de culturas y de influencias, conforman la esencia de lo que hoy es Extremadura y el pueblo extremeño.

           El presente volumen, supone una buena síntesis de lo que Extremadura ha representado en la historia y en el arte de España y de Occidente. Pero solo son pinceladas pues el cuadro completo solo se puede pintar sobre el terreno, visitando esta tierra preñada de historia y de vestigios del pasado. Esperemos que estas pocas páginas animen a muchos lectores a visitar Extremadura, una de las grandes desconocidas de España.

 

E.M.C.

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ALCÁNTARA, Nº 84, julio-diciembre de 2016

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ALCÁNTARA, revista del Seminario de Estudios Cacereños Nº 84. Cáceres, julio-diciembre de 2016, ISSN: 0210-9859, 135 págs.

 

           Acaba de presentarse el último número de la revista Alcántara, el correspondiente al segundo semestre de 2016. Coordinada y dirigida por Salvador Calvo Muñoz, la revista mantiene su sello de siempre, un formato casi de bolsillo y una edición austera pero muy cuidada. Conserva, asimismo, su estructura en tres apartados: estudios científicos, textos literarios y reseñas de libros.

           Entre los estudios, destacan el trabajo de Enrique Gómez Solano sobre la teología del jesuita Teilhard de Chardin. Se trata de una continuación de otro trabajo suyo publicado en el número 78 de esta misma revista, correspondiente al segundo semestre de 2013. El principal objetivo de su filosofía era tratar de compatibilizar la teoría de la evolución con la presencia y existencia de Cristo como destino final.

José Antonio Ramos Rubio y Oscar de San Macario analizan, con el apoyo de abundante material gráfico, los restos arqueológicos medievales del entorno de la finca Gil Téllez, cerca de Cáceres. Se trata de quince tumbas, además de algunas inscripciones epigráficas y varios tableros tallados en la roca del juego del Alquerque.

Por su parte, José Luis Rodríguez Analiza la fiesta de Todos los Santos en la provincia de Badajoz. Básicamente eran similares aunque con variantes y con nombres diferentes para definir la misma tradición: chaquetía, saquitía, calbotá, calvochá, tosantos, etc.

Esteban Mira analiza los orígenes de Alcuéscar a partir de la compra que los vecinos hicieron de su propia jurisdicción en 1599. Para ello debieron pagar 7,6 millones de maravedís que aportó el perulero metellinense Juan Velázquez de Acevedo, tras formalizar tres censos sobre los propios de la recién segregada villa de Alcuéscar. El proceso de segregación había empezado en 1588 y culminó en 1599, es decir, once años después, cuando se hizo efectiva la cuantía solicitada por la Corona. Eso sí, Montánchez presentó un pleito para evitar la pérdida de dichos territorios, pero lo perdió por sentencia en grado de apelación de 1603. El trabajo se completa con la transcripción de varios documentos, procedentes del Archivo Histórico Provincial de Sevilla.

Tirso Bañeza diserta sobre los primeros estudios nocturnos implantados en Extremadura, concretamente en el IES el Brocense de Cáceres. Un centro que tuvo unos pioneros inicios antes de mediar el siglo XIX, como Instituto Elemental de Segunda Enseñanza, dependiente de la Universidad de Salamanca. Los estudios nocturnos comenzaron a principios del siglo XX, cuando se impartían clases gratuitas a los obreros. Desgraciadamente el proyecto fue efímero, pues quedaron suspendidas entre 1907 y 1961, reiniciándose a partir de este último año de manera ya ininterrumpida.

Otros ensayos aluden al Museo de los Iconos de Monroy, firmado por Paquita Morgado y Gervasio Reolid, o al médico de Alcollarín Juan Bernardo Cuadrado (1878-1968), este último firmado por el escritor Félix Piñero. El Doctor Cuadrado se formó en la entonces llamada Universidad Central de Madrid y desempeñó una labor impagable y en ocasiones altruista en la lucha contra el paludismo en el medio rural. Siempre trabajó a favor de los más desfavorecidos lo que provocó que se llevara varios años encausado, supuestamente por simpatizar con el bando republicano. Finalmente, gracias a los testimonios favorables de algunos amigos, salió absuelto e, incluso, en 1954 recibió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo.

El volumen se completa con los aportes literarios de Matías Simón Villares, Emilio J. Martín, Juan José Romero Montesino-Espartero, Ada Salas, y Paco Neila, así como de cuatro reseñas a sendos libros aparecidos en 2015 y en el primer semestre de 2016.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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ENTUSIASTAS OLVIDADOS

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IZARD, Miquel (Coord.): “Entusiastas olvidados. Comprometidos con el verano libertario borrados de la memoria”. Barcelona, Editorial Descontrol, 2016, ISBN: 9788416553679. 389 págs.

           Se compilan la vida y la obra de algo más de una treintena de personajes, la mayoría españoles, pero algunos extranjeros, vinculados a la Cataluña republicana, en el período comprendido entre julio de 1936 y enero de 1939. Como es bien sabido, mientras en Madrid dominaron los comunistas y los socialistas en Barcelona fueron mayoría los anarquistas. Junto a esos treinta personajes aparecen referencias a varios centenares más que tuvieron relación con aquel movimiento revolucionario que se generó en la Cataluña de aquellos años. Casi todos ellos activistas anarquistas o comunistas libertarios, algunos simples milicianos, otros arquitectos, pintores, médicos, cineastas, maestros, empresarios, emprendedores y mujeres que militaron en su praxis en el feminismo. Las mujeres consideradas secularmente seres inferiores, sometidas al varón, pudieron alzar la voz y salieron de su ostracismo. Ellas defendieron la escolarización gratuita de todos los niños, al tiempo que trataban de erradicar prácticas como la prostitución. Y todos en general, desarrollaron o trataron de desarrollar propuestas rompedoras, unas por idealistas y otras por radicales, lo mismo en la sanidad, que en la escuela, en la economía o en la producción artística.

España era en los años treinta un país muy atrasado, eminentemente agrícola, donde malvivían miles de campesinos andaluces y extremeños con condiciones laborales y salariales deplorables. Por eso es plausible pensar que en la Cataluña de aquellos tiempos, algunos tuvieron una sensación de pánico por las reformas radicales pero quizás la inmensa mayoría, vivieron los cambios con un “entusiasmo contagioso”. No hay que perder de vista que en la Cataluña de 1936, la CNT tenía más de 178.000 afiliados, siendo uno de los puntos neurálgicos del anarquismo mundial. Allí trataron de recrear una sociedad igualitaria, sin Estado, Iglesia, ni propiedad, al tiempo que aumentaron los servicios urbanos y orientaron la economía al bien común. Hasta pensaron en usar energías alternativas, o construir ciudades ecológicas donde lo rural y lo urbano estuviesen imbricados.

           Llama la atención el drama de estos libertarios inconformistas que soñaron con un mundo mejor. La mayoría murió prematuramente o en el exilio, pues tras el triunfo de los Nacionales fueron proscritos y perseguidos. Pero lo peor de todo es que fueron eliminados de la memoria colectiva y sus historias silenciadas y olvidadas. Ahora bien, no solo fueron perseguidos por franquistas y falangistas, sino también por comunistas estalinistas, que ejecutaron en sus checas a muchos de ellos. Aunque en momentos concretos hubo una colaboración necesaria e interesada entre comunistas y anarquistas, también hubo gravísimos enfrentamientos. Me ha llamado la atención la pugna a muerte entre miembros del PCE, PSUC y PCUS con los anarquistas de la FAI, de la CNT y del POUM. Los anarquistas Camilo Berneri y Francesco Barbieri fueron asesinados en las checas simplemente por escribir contra el autoritarismo estalinista. Bruno Castaldi sufrió apresamientos por parte de los comunistas en España y fue ejecutado en 1962, en Florencia, con el cargo falso y absurdo de colaborar con Franco y Hitler. También el joven Pedro Trufó, miembro de las Juventudes Libertarias, fue detenido en un control en 1937 por estalinistas, y asesinado sin mediar ni media palabra. El caso más surrealista de todos fue el del anarquista Jack Bilbo, nacido en Alemania y que vivió toda su vida bajo la sospecha de colaborar con los nazis, los mismos contra los que combatía. Estuvo a punto de ser ejecutado en Sitges y, tras su exilio a Gran Bretaña, fue internado en un campo de concentración por las mismas sospechas.

Esta pugna entre libertarios y comunistas ha tenido unas consecuencias brutales: detuvieron el proceso revolucionario, tuvieron mucha responsabilidad en el triunfo del bando Nacional y sembraron dudas perpetuas sobre la viabilidad del sueño revolucionario. Como dice Paco Madrid, mucho de estos anarquistas ejecutados por los estalinistas eran camaradas fieles “que frente al fascismo hubiesen caído con una sonrisa en los labios, satisfechos de dar su vida por el ideal”, pero que vivieron el durísimo trance de caer por las balas de camaradas fratricidas.

Tras la derrota en la batalla del Ebro y la caída inexorable de Barcelona, en enero de 1939, comenzó una huída frenética de revolucionarios, libertarios, anarquistas, comunistas o simples republicanos, hacia Francia. Pero sus penalidades no acabaron en el país galo; la mayoría terminó en campos de concentración, como el de Argelès-sur-Mer o el de Saint Cyprien. Otros, los que tenían directamente las manos manchadas de sangre, fueron identificados, devueltos a España y fusilados, como le ocurrió al activista Justo Bueno.

Los supervivientes en el exilio tuvieron una existencia complicada porque sus ideas radicales inquietaban no solo a las fuerzas conservadoras españolas sino incluso a los gobiernos europeos, supuestamente democráticos. La mayoría acabó luchando contra los nazis y otros consiguieron marchar a Latinoamérica. Pero, no lo olvidemos, en muchos países del otro lado del charco había regímenes fascistas por lo que debieron mantener un activismo clandestino o semiclandestino. Eso ocurrió en México, Argentina, Venezuela o en República Dominicana. En este país caribeño el general Leónidas Trujillo los aceptó de más o menos buen grado por su deseo de repoblar la frontera con Haití con colonos blancos, españoles de pura cepa. Allí llegaron, por ejemplo, Tomás Orts y Proudhon Carbó con un numeroso grupo de cenetistas y algún miembro de Esquerra Republicana. Otra libertaria, de la talla de Ada Martí, seguidora de Schopenhauer y Nietzsche, vivió sus últimos años sola, pobre y deprimida, muriendo a los 45 años de edad por una sobredosis de somníferos.

Muy excepcionalmente hubo algunos libertarios a los que les sonrió la suerte, como Cristóbal Pons que, pese a que participó en hechos como el intento de atentado contra el general Franco de 1934, cuando era Capitán General de Baleares, sobrevivió al exilio en Francia y regresó a España falleciendo por causas naturales a los 91 años. También fueron longevas la médica Mercedes Maestre y la anarcosindicalista gala Emilienne Morin. La primera cometió el delito de impartir conferencias de educación sexual en las que divulgaba los métodos anticonceptivos. Fue depurada y viajó al exilio, pero se le permitió el regreso en 1961, viviendo en Valencia aunque, eso sí, aislada y sin ningún reconocimiento, pese a haber sido una de las médicas más progresistas de su tiempo. La segunda, tras trabajar en la Consejería de Defensa de Barcelona, consiguió regresar a su país natal, donde siguió su activismo, aunque en sus últimos años sufrió la amargura de ver el fracaso y la inutilidad de las ideas por las que siempre luchó.

           Me ha costado bastante la lectura y comprensión de este libro precisamente porque está plagado de personajes y de hechos totalmente desconocidos para mí. Cuesta interiorizar una lectura como ésta, con tantos y tan condensados trazos de historia incógnita. He visto entre sus páginas decenas de personajes que truncaron sus vidas y las de sus familias por un sueño, por un viaje a ninguna parte. Margareth Zimbal, miliciana del PUM, murió en una trinchera a los 19 años. Muchos otros cayeron con veinte años o con treinta, lo mismo en el frente que fusilados por falangistas o por estalinistas. Cuesta ver a una jovencita como Simone Weil, con sus gafitas de empollona y su cuerpo delgado y frágil en el frente. Mientras leía su vida, me anticipaba pensando que duraría menos en el campo de batalla que una moneda en la puerta de un colegio. Pero me equivoqué, sobrevivió a la guerra y vivió en Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña, pero su precaria salud la llevó a la tumba en 1943, cuando solo tenía 34 años. Otros, como el pintor Luís Quintanilla, comprometido con la legalidad republicana, murió en el exilio olvidado y con su obra en España destruida físicamente.

Permítame el lector, y las familias de los implicados, que me plantee otra cuestión: ¿mereció la pena?, ¿fue un empeño inútil? Mi respuesta a bote pronto es no a la primera pregunta y sí a la segunda. Prueba de ello es el hecho de que no solo murieran sino que su memoria fuese cercenada, como si jamás hubiesen nacido. Cuando los franquistas le preguntaron a Mussolini qué hacer con los brigadistas italianos capturados él respondió: “que los fusilen”. El Duce estaba seguro de algo: “los muertos no cuentan la historia”. A lo mejor, alguien me convence de lo contrario, es decir, que mereció la pena; estoy abierto a todos los argumentos.

En cualquier caso lo que sí tengo claro es que este libro es una ventanita abierta al pasado reciente por la que asoman muchos de estos personajes silenciados, depurados y borrados de la memoria. El profesor Izard, que lleva en la brecha más de medio siglo, continúa con su encomiable e incansable tarea de acabar con los mitos y de dar a conocer páginas enteras escamoteadas de la memoria colectiva por la historiografía oficial.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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MIRADAS SOBRE HERNÁN CORTÉS

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Martínez Martínez, María del Carmen y Mayer, Alicia (Coords.): “Miradas sobre Hernán Cortés”. Madrid, Iberoamericana, 2016, ISBN: 978-84-8489-990-7, 282 págs.

         En esta obra se reúnen las aportaciones presentadas a unos coloquios celebrados en marzo de 2015 y dirigidos por las dos coordinadoras. Participan en él algunos de los especialistas más reconocidos en la temática cortesiana, como Bernard Grunberg, Miguel León-Portilla, María del Carmen Martínez o Rodrigo Martínez Baracs, entre otros.

         El libro se abre con un trabajo del profesor Miguel León Portilla, centrado en las grandes expediciones al Mar del Sur, tras la conquista de la Confederación Mexica. En dichas páginas se muestra el carácter inagotable del conquistador, deseoso de explorar el Pacífico y llegar a Asia. Bien es cierto, que dicho texto es solo una versión resumida de su obra maestra “Hernán Cortés y la Mar del Sur” (México, ICI, 1985).

         Muy interesante es el aporte de Bernardo García Martínez, del Colegio de México. Aclara que junto a la conquista militar hubo otra política. Efectivamente, hubo muchos pueblos cuya élite gobernante aceptó el cambio de poder sin que se produjera una fractura. Destaca el caso llamativo, pero no único, del pueblo de Yanhuitlán, cuya dinastía alcanzó el poder en el siglo XI y lo mantuvo hasta el año 1629. Es decir, la élite dominante subsistió a dos conquistas, la mexica y la hispana. Lo que queda claro es que Hernán Cortés, como los propios mexicas, ofrecieron allí donde fue posible una transición pacífica, manteniendo la estructura política prehispánica. Y es que muchos pueblos del valle de México vieron la conquista no como un choque militar sino como un cambio político. Todos aquellos pueblos que aceptaron el nuevo vasallaje, la nueva religión y sus obligaciones tributarias fueron incorporados sin cambios traumáticos.

         Bernard Grunberg, por su parte, trata la figura de Cortés como un hombre de su tiempo, un continuador de la reconquista más allá de los mares. El autor destaca que se trataba de una empresa privada y que, por tanto, eran los caudillos hispanos los que asumían todos los riesgos, en servicio de Dios y de Su Majestad. Y lógicamente, tras la conquista, llegaron las compensaciones tanto económicas como sociales, aunque no políticas. Concluye Grunberg que el metellinense fue un gran guerrero que además terminó enamorándose de la tierra que conquistó. Ahora bien, también advierte que quizás no se haya ponderado adecuadamente el papel de algunos de sus principales lugartenientes, como Gonzalo de Sandoval, Andrés de Tapia, Pedro de Alvarado o Cristóbal de Olid. Y ello, sin olvidar, recuerda el autor, la visión de los vencidos.

         Por su parte Karl Kohut insiste en algo que ya sabíamos: el papel de las propias “Cartas de Relación” en el proceso de heroización del propio conquistador. Resalta el autor que, pese a la prohibición de su edición en España, por las presiones de Pánfilo de Narváez, en Europa fueron acogidas con verdadero furor. A juicio del autor, la edición alemana de 1550 constituye la cumbre de la heroización del metellinense.

         “Más pleitos que convenían a su Estado”, es el título del trabajo de la Dra. María del Carmen Martínez, usando una frase del cronista Francisco López de Gómara. Los problemas judiciales de Cortés comenzaron tras el nombramiento de la primera Audiencia de Nueva España, tras la muerte repentina del jurista Luis Ponce de León que debía realizar su juicio de residencia. A este tribunal de justicia acudieron decenas de descontentos con el conquistador, personas que no habían visto bien recompensados sus servicios. La presencia del metellinense o de sus decenas de apoderados en los juzgados fue ya continua hasta el final de su vida. Los pleitos que sostuvo el conquistador se cuentan por decenas, y la documentación está repartida por diversos archivos españoles y mexicanos.

         De la visión cortesiana en la obra de Gonzalo Fernández de Oviedo se ocupa Louise Bénat-Tachot, de la Universidad de Paris-Sorbonne. Como ya sabíamos, el cronista se muestra bastante crítico con las acciones del conquistador a quien afea especialmente su traición al teniente de gobernador Diego Velázquez. Y esta deslealtad con su superior la recalca el cronista en varias ocasiones a lo largo de su obra. Ahora bien, esa infidelidad no es incompatible con el hecho de que fuese un guerrero valiente, lo que le lleva a escribir, con motivo de sus exequias fúnebres, que por sus acciones en la guerra era una persona digna “de mucha memoria”.

         Complementario del artículo anterior es el que José Luis Egío dedica al cronista soriano Francisco López de Gómara que fue algo así como su cronista oficial, cantor de la gesta del metellinense. Destaca el autor que Gómara encontró en la comparación la herramienta más eficaz para ponderar las hazañas de su biografiado y exculparlo de casi todas las acusaciones.

         Alicia Mayer, profesora de la Universidad Nacional y Autónoma de México, destaca la visión de Cortés como héroe cristianizador que consagró la historiografía desde la segunda mitad del siglo XVI. Fue el franciscano Fray Gerónimo de Mendieta el que inició está visión del metellinense como un elegido por la providencia para extender el cristianismo, compensando el daño causado por los protestantes. Fray Juan de Torquemada, el criollo Carlos de Sigüenza y Góngora y otros escritores de su tiempo mantuvieron esta idea de que la gran proeza de Cortés había sido la evangelización de los naturales.

         Por su parte Antonio Rubial García traza un completo recorrido por la visión de Cortés desde el siglo XVI al XIX. Un lapso de tiempo en el que se pasa del héroe de los siglos XVI y XVII a la frialdad del XVIII y a la crítica abierta de los criollos de la época de la Independencia. El metellinense fue satanizado, al representar el símbolo de la dominación española. No fue la única diana, también fueron denostados Moctezuma y la Malinche como traidora, al tiempo que emergía un nuevo héroe de la resistencia mexicana: Cuauhtémoc. Complementario a este trabajo es el que firma Miguel Soto, referido a la imagen del conquistador en el México independiente hasta la época del gobierno populista de Porfirio Díaz. En general, la figura de Cortés estuvo demonizada, formando parte del discurso nacionalista. Y la animadversión llegó a tal punto que hubiesen profanado sus restos mortales en el Hospital de Jesús de no ser por la intervención de Lucas Alamán que se anticipó, ocultándolos. Servando Teresa de Mier, Tadeo Ortiz de Ayala, José María Luis Mora y otros historiadores del México independiente recriminaron la conquista en general, y cuestionaron la gesta de Cortés. Y ya en 1901, Genaro García, en su obra “Carácter de la conquista española en América y México” (1901), criticó a España por su intolerancia contra judíos, musulmanes e indios, al tiempo que comparaba a Cortés con un “nuevo Atila”. Obviamente, lo mismo la historiografía de la época moderna que la contemporánea se ha movido en función a una ideología y a unos intereses muy particulares, ajenos a la verdadera historia del personaje.

         El libro se cierra con un pequeño pero enjundioso trabajo de Rodrigo Martínez Baracs que, por cierto, es hijo del gran historiador cortesiano José Luis Martínez. Su trabajo lo titula “Actualidad de Hernán Cortés” y son reflexiones muy sabias y ponderadas que, a mi juicio, es lo más valioso de este libro. Él sugiere una visión ecuánime y rigurosa del conquistador más allá “de la vanagloria y de la culpa”. Y reivindica el papel de los propios mexicanos, pues son ellos y no los peninsulares que permanecieron en España, los descendientes de Cortes y su hueste. Es discutible su afirmación de que el avasallamiento de la población tras la conquista no fue mayor que el que ya sufrían en la época prehispánica. Ahora bien, sí acierta cuando sostiene que la situación de los naturales empeoró tras la Independencia, precisamente cuando perdieron su condición de indios y el control de pueblos y tierras.

         En líneas generales este volumen constituye una puesta al día de lo que sabemos sobre Hernán Cortés. Contiene muchas ideas sugerentes que tratan de ubicar al conquistador en su contexto histórico. Una lectura recomendable y sugerente ahora que se acerca el quinto centenario de la llegada a Veracruz del conquistador. Tiempo habrá en estos años conmemorativos, de 2017 a 2019, de hablar de su figura y de tratar de contextualizar los hechos.



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APUNTES PARA LA HISTORIA DE LA CIUDAD DE BADAJOZ, T. XI

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“Apuntes para la historia de la ciudad de Badajoz”, T. XI. Badajoz, Real Sociedad Económica de Amigos del País, 2016, ISBN: 978-8461765188, 211 Págs.

         Desde el año 2015, el coordinador de esta publicación, el Dr. Miguel Ángel Naranjo Sanguino, ha conseguido transformar una publicación poco útil, en una obra esperada por muchos interesados en la historia de Badajoz. El profesor Naranjo, Catedrático de Historia, se ha preocupado por homogeneizar la publicación, con trabajos que mantienen la misma línea en cuanto a aparato crítico y a extensión. Asimismo, se ha preocupado de recabar trabajos entre investigadores acreditados, de manera que los textos tienen todas las garantías y presentan aportes desconocidos.

         Dado que en 2016 se produjeron dos efemérides, el bicentenario de la Económica (1816-2016) y la renuncia del presidente de la institución desde 1989 a 2016, el profesor y pintor don Francisco Pedraja Muñoz, se dedican varios artículos a ambas cuestiones. Carmen Araya aborda la labor del presidente saliente, al tiempo que Zacarías Calzado analiza su extensa obra pictórica. Por su parte, Laura Marroquín Martínez, firma una crónica de los actos realizados por la Sociedad Económica en 2016, con motivo del citado bicentenario.

         Pedro Castellano Bote realiza un pormenorizado estudio de la casa del Cordón, actualmente sede del Arzobispado de Mérida-Badajoz, analizando pormenorizadamente la evolución del solar y la casa, los deslindes y sus sucesivos propietarios. El escudo que aparece, en el centro de la portada corresponde a su antiguo dueño Miguel de Andrade Alvarado, y puede fecharse en torno a 1775.

         Muy interesante es el trabajo del prof. Julián García Blanco sobre la cárcel pública de Badajoz, de la que se conservan referencias al menos desde 1495. Como ya intuíamos la situación del presidio fue casi siempre deplorable, debido a sus pésimas condiciones de salubridad y a la corrupción de los propios alcaides. Incluso, hubo años en los que no hubo alcaide por falta de dotación económica. Lo cierto es que, bien por negligencia o bien por prevaricación del responsable de la prisión, se produjeron innumerables fugas, en muchos casos de presos que estaban condenados a servir en galeras. En el siglo XIX la situación del recinto debió mejorar por lo que las fugas ya no se producían desde el interior de la cárcel sino en los traslados al hospital o a otra cárcel o durante las salidas para realizar trabajos para el municipio. La cárcel real –también llamada vieja-, fue demolida en los años treinta del siglo pasado.

         Muy peliagudo era el trabajo del cronista local Alberto González Rodríguez, sobre historiadores, archiveros y cronistas vinculados a Badajoz. Pero el autor completa este trabajo historiográfico con bastante solvencia y sin entrar en vanas polémicas. Hace un completo recorrido por todas las personas que desde hace siglos han realizado algún trabajo relacionado con la historia o con la documentación del municipio. Cita a cientos de autores modernos y contemporáneos y no se aprecian olvidos significativos ni entra en cuestiones polémicas de signo ideológico. Es un buen trabajo de síntesis historiográfica sobre Badajoz.

         Teodoro A. López, canónigo archivero del repositorio Diocesano analiza el archivo de la Catedral de Badajoz, con unos umbrales cronológicos que van desde el año 1255 hasta nuestros días. Se limita a describir los fondos lo que hace con solvencia ya que es la persona que mejor los conoce.

         Muy interesante es el estudio que presenta Álvaro Meléndez Teodoro sobre los cementerios de Badajoz, haciendo especial hincapié en el de San Juan. Un camposanto inaugurado en 1839 y que se mantiene en activo en nuestros días. Reivindica su consideración como espacio histórico para evitar la desaparición de lápidas antiguas y monumentos que constituyen verdaderas obras de arte desconocidas.

         Le sigue mi trabajo sobre los pacenses participantes en la conquista del Perú. En él destaco el origen badajocenses del famoso artillero de Cajamarca, Pedro de Candía. Asimismo, dedico varias páginas al enfrentamiento entre almagristas y pizarristas, que llevo a varios oriundos de la ciudad a luchar en bandos opuestos a varios miles de kilómetros de su ciudad natal.

         Y el volumen se cierra con un trabajo del Prof. Tomás Pérez Marín sobre el comercio en Badajoz en el Siglo de las Luces. Analiza los abastos de pan, carne, vino, aceite, etc., que salvo en el caso del pan se sacaba anualmente a subasta. Los precios variaban mucho en función a la oferta, es decir, a la abundancia o escasez de esos productos que dependía de la cosecha. Otros productos eran un estanco regio, como la sal, el tabaco o los naipes. Destaca especialmente el comercio transfronterizo con Portugal, una parte del cual era legal aunque también había mucho contrabando. Este comercio ilegal era mayor en tiempos de crisis, de guerras o de malas cosechas, pues la limitada oferta hacía que el precio de los productos se disparase y el contrabando resultase mucho más rentable.

         Para finalizar, destacar la calidad científica de los textos presentados en este volumen, lo cual obviamente hay que agradecer a los profesores participantes pero sobre todo al coordinador del volumen.



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UN ERROR HISTÓRICO: LA IDENTIDAD DE ALONSO DE MENDOZA

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CARMONA CERRATO, Julio: “Un error histórico: la identidad de Alonso de Mendoza”. Don Benito, XV Premio de Investigación Santiago González, 2016, 389 págs.

           Su autor, paisano de su biografiado, nos aclara la identidad de Álvaro de Mendoza y de sus hijos que alcanzaron gran notoriedad en la América de los siglos XVI y XVII. De los más de 14.000 extremeños que hicieron las Américas hay varios cientos de ellos que están mal identificados. Empieza el autor desmontando la idea tradicional de que Alonso de Mendoza –que tiene una calle en Don Benito- fuese el fundador de la ciudad de La Paz. Como demuestra el autor, el fundador de esta urbe fue un zamorano del mismo nombre. Y es que la existencia de varios homónimos del mismo nombre ha favorecido la confusión.

           El dombenitense Alonso de Mendoza era en realidad un criollo, aunque eso sí, hijo del capitán Álvaro de Mendoza Carvajal. Este último nació en Don Benito en torno a 1504, pasando a América en 1534, en la expedición liderada por Rodrigo Durán. Una vez en llegado a las Indias, participó en numerosas campañas militares, a las órdenes de Pedro de Heredia y de Jorge Robledo en Popayán y Antioquía. Estuvo presente en la fundación de las ciudades de Anserma y Cartago. Obviamente, cuando se produjo el enfrentamiento entre Pedro de Heredia y Sebastián de Belalcázar se posicionó del lado de su pariente político Pedro de Heredia. De vuelta en Cartagena ostentó la alcaldía ordinaria del cabildo, al tiempo que era capitán y maestre de campo. Asimismo poseyó enjundiosas encomiendas, sobre todo desde 1550 en que obtuvo las de Pinchorroy y Chenú.

En 1555 se embarcó hacia la metrópolis en la accidentada flota del general Farfán que sufrió numerosos avatares y terminó naufragando. Pero Álvaro de Mendoza y su hermano Francisco de Carvajal sobrevivieron al percance y se presentaron en Valladolid, obteniendo numerosas mercedes de Felipe II.

En 1557 estaba de vuelta en Cartagena de Indias, siendo en ese momento gobernador Gonzalo Jiménez de Quesada. Un contratiempo pues ya no existía la protección de su pariente Pedro de Heredia y fue residenciado, siendo condenado primero y en absuelto en grado de apelación. En 1559 participó en la defensa de Cartagena ante el asalto de los corsarios galos Martín Cote y Jean de Beautemps. Poco después se reembarcó por segunda vez hacia España, estando de vuelta en Cartagena de Indias en 1560. En 1568, siendo maestre de campo de Cartagena, hizo frente al asalto de la ciudad por parte del corsario inglés John Hawkins. Y siendo ya un anciano, en 1586, vivió la dramática ocupación de la ciudad, por parte del corsario Francis Drake. El dombenitense sobrevivió al menos hasta 1598 aunque ya con más de 90 años de edad y prácticamente impedido.

Fruto de su matrimonio con Francisca de Heredia, sobrina del gobernador y fundador de la ciudad de Cartagena Pedro de Heredia, nacieron varios hijos: Alonso de Mendoza, Francisco de Carvajal y María de Mendoza. Estos perpetuarían su linaje en Cartagena de Indias.

           Cono conclusión, el libro detalla con minuciosidad las andanzas de Álvaro de Mendoza, al tiempo que aclara que su hijo, el criollo Alonso de Mendoza no fue el fundador de la ciudad de La Paz. El libro está muy bien documentado y el esfuerzo de su autor es digno de elogio. A mi juicio, el título de la obra debió ser otro; no Alonso de Mendoza, que ni fundó La Paz ni tan siquiera era extremeño, sino Álvaro de Mendoza. Éste dombenitense sí que tuvo una vida casi novelesca y digna de ser recordada. Habría que plantearse, quizás mantener por tradición histórica la calle de Alonso de Mendoza, pero urge colocar otra a Álvaro de Mendoza Carvajal, este sí, un dombenitense que sobrevivió a rebeliones, ataques corsarios y a tempestades.



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EL PASADO NO EXISTE. ENSAYO SOBRE LA HISTORIA

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SERNA, Justo: “El pasado no existe. Ensayo sobre la Historia”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2016, 226 págs. I.S.B.N.: 9788415930334


           Justo Serna nos presenta un ensayo en el que trata de divulgar su idea del pasado, de la historia y del oficio de historiador. Empieza contextualizando su texto en el mundo actual, en una realidad en el que todo está en continua evolución y el bombardeo continuo de información nos ahoga, creando una sensación generalizada de zozobra. En este contexto, el historiador debería jugar un papel clave como indagador del pasado.

La historia no es una disciplina inútil, dedicada a rescatar curiosidades del pasado, como algunos han pretendido. Muy al contrario, tiene una importantísima función social. No en vano, la palabra historiador viene de la raíz “histor” que en griego significa “el que ve, el que sabe el que cuenta porque sabe”. La historia debe ser una maestra de vida, pues al analizar el pasado nos permite conocer sus errores y construir un presente y un futuro más justo. Y sin esa función transformadora del presente la historia no tiene ningún sentido.

Este pasado, como afirma Justo Serna, no existe, va progresivamente desapareciendo cuando van muriendo sus protagonistas. Sin embargo, nos quedan sus vestigios, más o menos abundantes, dependiendo de la época. Y como diría Lucien Febvre, esos materiales constituyen precisamente “el polen milenario” con el que los historiadores escriben la historia. Y eso es lo que hacemos exactamente, reconstruir ese pasado extinto a través de las fuentes que nos han quedado.

El problema es que cualquier persona no está cualificada para interpretar esos vestigios del pasado. Todos los documentos tienen algún sesgo, porque responden a alguna intencionalidad o a intereses particulares. También los recuerdos de las personas, están tamizados por su propia experiencia personal y por el carácter selectivo de la propia memoria. Como bien dice el profesor Serna todos tenemos pasado, y eso condiciona nuestros recuerdos. Lo cierto es que como ya escribió hace varias décadas Jacques Le Goff no hay documento inocente. Es por eso por lo que el historiador debe ser ese profesional cualificado que analice científicamente esos materiales. Unas fuentes que deben ser lo más amplias posibles, aunque debidamente cotejadas. Y es que no existe historia de calidad sin unas fuentes previamente calibradas y cuya veracidad y corrección hayan sido contrastadas. Pero para que los historiadores consigan hacer esa función social deben cumplir varios requisitos.

Primero, seguir unas normas deontológicas básicas. Fundamentalmente, afirma el autor, debemos evitar las explicaciones simplistas, la manipulación, el rencor personal, la fantasía y la mentira. La historia es una ciencia humanística y como tal tiene unos métodos de investigación y una terminología propia que solo el historiador conoce en profundidad. Como indica Justo Serna, el pensamiento del historiador debe ser “informado, analítico, contextual, hipotético, comprensivo y explicativo”.

Segundo, usar un lenguaje sencillo que les permita conectar con la sociedad. Muchos historiadores escriben solamente para sus colegas, con un lenguaje “obtuso”, no apto para el gran público. El autor distingue entre la historia de investigación y la de divulgación. La primera dirigida más a otros historiadores y la segunda encaminada a difundir esos saberes entre el gran público. Lo que ocurre a veces es que los historiadores se centran en la obra de investigación, abandonando la divulgación. Y ello ha traído como inconveniente que ese espacio de comunicación con la sociedad lo hayan ocupado otros profesionales, como periodistas, ensayistas, escritores o tertulianos. Algo que es una dejación de responsabilidad por parte de los historiadores. Por eso, el autor defiende, y además lo pone en práctica con su propio ejemplo, que los historiadores adoptemos un lenguaje sencillo que nos permita llegar a la sociedad y contribuir a formar opinión. Y yo debo añadir que para ello disponemos del mejor ejemplo a seguir, el de los historiadores anglosajones que son capaces de divulgar como nadie desde la investigación. Grandes maestros anglosajones como John Elliott, Henry Kamen, Hugh Thomas o Paul Preston practican lo que muchos llaman alta divulgación.

Tercero, reconstruir el pasado no nos puede llevar en ningún caso a tratar de predecir el futuro. Es cierto que los humanos se comportan de forma parecida desde hace miles de años pues, como señala el autor, somos menos originales de lo que creemos. Sin embargo, en el devenir histórico no solo influyen sujetos determinados sino que pueden confluir fuerzas sociales, reacciones, anticipaciones o revoluciones que alteran cualquier previsión predecible.

Y cuarto, luchar contra los mitos, escribiendo la verdad y no lo que los demás quieren oír. Como dijimos en líneas precedentes, el historiador debe conectar con la sociedad, aproximándose al pasado con honestidad y con un lenguaje sencillo, pero nunca alagándola con lo que ésta quiere escuchar. La historia, usando las mismas palabras que el autor, debe desmontar mitos, tópicos, estereotipos, esquemas, falsedades e inexactitudes. Es por eso que el analista puede ser un tipo fastidioso, porque destapa horrores y errores que molestan la conciencia de los lectores. Y para ello es importante preservar la independencia porque todos los regímenes, especialmente los nacionalistas, han financiado y patrocinado historias míticas para legitimar su Nación. Como dice el autor, especialmente durante los últimos dos siglos la historia ha servido para nacionalizarnos. Y concreta no solo el ejemplo del nacionalismo español sino también el valenciano, con el mito colectivo de la fundación del reino por Jaume I. Y todavía en la actualizad se tratan de evocar las gestas del pasado mediante las conmemoraciones, de las que el autor, con razón, desconfía.

           Ahora bien, que destapemos los horrores del pasado no significa que tengamos que pedir perdón por lo que otros hicieron hace cincuenta años, un siglo o cinco siglos. Como afirma Justo Serna, es tan indefendible como inaceptable que los descendientes de hoy tengan que rendir cuentas por lo que hicieron sus antepasados. Otra cosa muy diferente es que de alguna forma los descendientes nos veamos obligados, aunque sea de manera subconscientes, a cargar con las culpas de ese pasado.

           Se trata de un texto de ágil lectura y muy entretenido, aunque personalmente no me ha aportado gran cosa sobre el método histórico. Pero no porque no esté de acuerdo con él, sino al contrario, porque coincido en casi todo, y plantea una forma de hacer historia que yo también pongo en práctica desde hace muchos lustros. En resumidas cuentas, se trata de un libro bien escrito, muy ameno, y que plantea muchas ideas sensatas y bien fundamentadas de lo que debería ser el oficio de historiador. Un texto asequible y útil no solo para historiadores noveles sino para todas las personas interesadas en la historia.



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MARÍA DE TOLEDO. LA PRIMERA VIRREINA DE LAS INDIAS

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TOLA DE HABICH, Fernando: María de Toledo. La primera virreina de las Indias. México, Factoría Ediciones, 2016, 133 págs.

Se trata de la primera biografía que se escribe sobre María de Toledo, virreina de las Indias, esposa de Diego Colón, hijo primogénito del primer Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón. Es un libro de bolsillo, muy bien escrito, que se lee de principio a fin sin dificultad.

           María de Toledo nació en 1490 en el seno de una casa de alta alcurnia, siendo hija de Fernando Álvarez de Toledo y Enríquez, Comendador Mayor de León, y de María de Rojas y Pereira. Era sobrina tanto de Fernando el Católico como del Duque de Alba. Marchó con su esposo a las Indias, instalándose en la Ciudad Primada de Santo Domingo en 1509. Se establecieron provisionalmente en las Casas Reales, donde se alojaban los cargos oficiales, hasta que en 1514 estuvo acabado su palacete. La gobernación de la isla fue muy problemática, por el duro enfrentamiento entre el grupo colonista y el oficial, liderado por Miguel de Pasamonte.

En 1514, Diego Colón regresó a España, dejando en Santo Domingo a su esposa, junto a cuatro hijas procreadas en esos años: Felipa, María, Juana e Isabel. No cuesta imaginar a la virreina, constantemente embarazada y dedicada por entero a la crianza de sus hijas. Su marido no regresó hasta 1520, de nuevo con el rango de gobernador y virrey de las Indias, permaneciendo en el cargo por el breve espacio de tres años. Sin embargo, en ese lapso de tiempo, tuvieron tiempo de procrear a dos hijos varones, quedando ella embaraza a la partida de su marido. Por cierto, que en 1523 se despidieron en la isla y nunca se volvieron a ver porque él murió en España el 23 de febrero de 1526 mientras seguía a la corte de Carlos V para reivindicar sus derechos.

           La virreina regresó a España en 1530, tras pasar veintiún años en Santo Domingo. En España continuó la reivindicación de su marido, ya en este caso tratando de defender los intereses de sus hijos. Asimismo, gestionó el testamento de su marido, tratando de poner en práctica íntegramente su voluntad. Asimismo, trató de buscar una solución a la biblioteca de Hernando Colón, de más de 15.000 ejemplares, que éste había legado a su sobrino Luis Colón. Sin embargo, María de Toledo, ignorando lo dispuesto por su cuñado, depositó los libros en el monasterio sevillano de San Pablo, donde permanecieron hasta que en 1552 entraron en posesión del cabildo catedralicio donde parcialmente todavía permanecen. A María de Toledo se le ha afeado que infravalorase este conjunto de libros que era en aquel momento una de las mejores bibliotecas del mundo.

Catorce años después, en 1544 decidió regresar a la Ciudad Primada, llevando consigo los restos mortales de su suegro Cristóbal Colón y de su marido. Pretendía darles sepultura en la capilla mayor de la Catedral de Santo Domingo, siguiendo los deseos testamentarios de su marido. Se hace eco el autor de los aportes de Anunciada Colón de Carvajal y Guadalupe Chocano quienes defendieron que el traslado de los restos del Primer Almirante fue en esa fecha de 1544. Sin embargo, como reconoce el propio autor, ese traslado también se pudo haber producido en 1537 o en algún año inmediatamente posterior. A mi juicio, sigue habiendo dudas al respecto.

En la isla le esperaban sus hijos, Luis Colón, de 21 años, y Cristóbal de 20. El primero marcharía a España y el segundo permaneció en la isla, administrando el patrimonio familiar indiano. En Santo Domingo vivió hasta su fallecimiento en 1549, acompañada en todo momento por su hijo Cristóbal. Siete meses antes de su óbito, exactamente el 12 de octubre de 1548, redactó su testamento, ordenando su entierro en la capilla mayor de la Catedral Primada donde –decía- están sepultados los Almirantes mis señores.

           María de Toledo, vivió la vida que le correspondió, muy encorsetada por su linajuda familia. De hecho, se casó con la persona que su padre le eligió y cumplió con lo que se esperaba de ella, es decir, que desempeñase bien sus obligaciones como esposa y como madre. No protagonizó nunca ningún escándalo y llevó una vida discreta, de ahí que el siempre crítico padre Las Casas tuviera solo buenas palabras hacia ella: señora prudentísima y muy virtuosa, escribió en su Historia de las Indias.

           El libro atesora varios aspectos meritorios: primero, es la primera monografía escrita sobre María de Toledo. Segundo, está muy bien redactado, con una literatura sencilla y asequible hasta el punto que se lee casi como una novela histórica. Y tercero, está magníficamente documentado, pues ha analizado la bibliografía más específica sobre la familia Colón y sobre la isla Española. 

           En definitiva, creo que se trata de un buen libro, que sitúa como protagonista del mismo a una mujer, contribuyendo a dar visibilidad a este colectivo. Éstas estaban ahí aunque fuese en un velado segundo plano, pues, como reza el dicho popular, detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Por todo lo dicho, estas páginas son de lectura recomendada para cualquier persona interesada en la Historia del Nuevo Mundo y muy particularmente en el papel desarrollado por las mujeres.

 

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