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IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA

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ROCA BAREA, María Elvira: Imperiofobia y Leyenda Negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español. Madrid, Siruela, 2017 (8ª ed.). 481 págs.

 

La edición de esta obra de María Elvira Roca Barea (Madrid, Siruela, 2016) ha tenido un gran éxito editorial y un considerable impacto mediático. Y ello por las hipótesis novedosas que plantea con un amplio aparato bibliográfico y con un tono a veces poco cordial y hasta despectivo con una parte de la historiografía. Me ha resultado imposible comentar todos los aspectos del libro por lo que apenas aludiré a las leyendas negras romana, rusa o estadounidense, centrándome en la española. Una decisión que no es aleatoria ya que, aunque la autora se detenga ampliamente en otros imperios y en otras imperiofobias, el objetivo del libro está bien claro desde la primera página: desenmascarar la leyenda negra y limpiar el buen nombre de España y de los españoles. Quiero empezar reconociendo que sus ideas fundamentales están bien documentadas y magníficamente argumentadas. Básicamente defiende tres aspectos:

Uno, que la leyenda negra es por antonomasia española pues, de hecho, para referirse a otras hay que ponerle el adjetivo de rusa, francesa o estadounidense. Los que mandan siempre han gozado de mala prensa, especialmente los imperios. Eso sí, a su juicio hay imperios coloniales como el belga, cuya mala prensa, el holocausto generado en el Congo, no es leyenda sino historia, pero no es el caso del español. Empieza explicando la Imperiofobia aplicada a Roma, para después establecer comparaciones con otras leyendas negras aplicadas al imperio español, a Rusia y a los Estados Unidos. Por cierto, que Elvira Roca omite un trabajo de un doctor en filología, al igual que ella, que le hubiera resultado de gran utilidad. Se trata de la obra de José Luis Conde, La lengua del Imperio, que obtuvo el II Premio Rosa María Calaf de Investigación y que fue editado en el año 2008. En este último estudio se compara, con una excelente erudición, la retórica del imperialismo romano con el estadounidense. El Dr. Conde establece interesantísimas conexiones ideológica entre los pensadores romanos imperialistas o antiimperialistas –Cicerón, Salustio, Cornelio Tácito, Tito Livio, etc.- y los estadounidenses –Miles, Chalmers, Badian, etc.- así como símiles sorprendentes en la evolución política de ambos imperios. Dentro del propio imperio romano hubo críticos como Salustio, una especie como de padre Las Casas de la antigüedad.

Dos, que la leyenda negra no es una cuestión del pasado sino que sigue existiendo en pleno siglo XXI con gran vitalidad, a través de los textos y de la filmoteca. Niega la idea repetida por algunos historiadores actuales, como Henry Kamen o Ricardo García Cárcel, de que la leyenda negra ha desaparecido hace mucho tiempo. Y se ensaña con ambos, primero con Kamen a quien considera justo al contrario de lo que él mismo afirma, es decir, de ser uno los agentes perpetuadores de la imperiofobia. Y ello precisamente por negar la leyenda y respaldar la teoría del Imperio Inconsciente cuando afirma que España no construyó su imperio sino que le cayó encima de manera circunstancial, fruto de herencias. Y segundo con García Cárcel a quien corrige con dureza pues le parece inadmisible su tesis de que nunca ha existido una leyenda negra al no darse una crítica sistemática y premeditada frente a España y a los españoles. Y la autora llega tan lejos en su idea que sostiene que la crisis económica actual y el incremento de la deuda pública española no se ha debido tanto a la crisis internacional o a la mala gestión de los sucesivos gobiernos españoles como a ¡la Leyenda Negra!, al incrementar sin causa aparente la prima de riesgo.

Y tres, que esta leyenda ha terminando calando en la propia intelectualidad española hasta el punto que todos ellos deben entrar en mayor o menor medida en la crítica a su propia nación ¡si quieren conseguir algún respeto! Y dice más, en general, el intelectual español es desde siempre autocrítico y flagelante y estima que negar la leyenda negra es ser un español moderno y no un periférico acomplejado. Según parece todos estábamos equivocados, ensimismados en nuestra propia paranoia flagelante, hasta que hemos tenido la suerte de gozar de su redención.

La Leyenda Negra empezó en Italia y la terminó asumiendo la élite ilustrada española. En cambio, el concepto sí que surgió en la España decimonónica para popularizarse en la siguiente centuria a partir del libro de Julián Juderías, un cantor de las glorias de la patria hispana. Quede claro que el término parte no de los enemigos de España sino de los defensores. Pero, contra la opinión del propio Kamen, de Pierre Chaunu o de Carmen Iglesias, esta leyenda no solo existe en la conciencia de los españoles sino que sigue fuertemente implantada en toda la intelectualidad de los países de nuestro entorno, especialmente de los protestantes.

Creo que su tesis principal, es decir, que hubo –y en algunos aspectos pervive- una Leyenda Negra, al tiempo que está en plena vigencia una Imperiofobia frente a los Estados Unidos, es correcta. Hace algunos siglos, los españoles encarnaban el mal, la perniciosa mezcla racial y el engendro de todos los males como en la actualidad lo encarnan los estadounidenses. Hasta ahí podemos estar más o menos de acuerdo, pasemos ahora a analizar los desacuerdos.

           Se lamenta la autora de que la interpretación de la historia siempre se ha realizado desde la ideología, especialmente por los historiadores de izquierda. Y en parte lleva razón, pues todo historiador tiene su ideología y ello influye en su forma de interpretar la historia. El problema es que su texto también está preñado de ideología, por lo que en cualquier caso peca de lo mismo que con tanto énfasis critica. E incluso le llega a traicionar el subconsciente cuando sorprendentemente afirma –p. 359- que una de las constantes de los imperios ha sido el autocuestionamiento y la inadecuación de la respuesta. Dice que ante la propaganda orangista Felipe II respondió convocando una auditoría internacional y frente a los grabados de De Bry con la sesuda obra de Solorzano Pereira. Un verdadero fiasco porque, según Elvira Roca, la respuesta ¡no puede ni debe ser científica sino que a los ataques propagandísticos, solo se puede responder de la misma manera, a ser posible de forma más ofensiva y más falsa! Pues ¡vaya!, esta idea suya no dice mucho a favor del cientifismo de sus argumentos que tratan de responder a la Leyenda Negra.

Pero a mi juicio, el mayor error de su obra consiste en confundir leyenda negra con historia negra, de forma que al final trata de reescribir toda la historia, bordeando, omitiendo o directamente eliminando los aspectos más escabrosos que, según ella, son falsedades atribuibles a la citada Imperiofobia. La autora tergiversa infinidad de hechos, unos de manera intencionada y otros quiero creer que por desconocimiento, para tratar de meter con calzador su particular visión de la historia.

Empieza ironizando sobre la afirmación de Marvin Harris de que la aparición del estado llegó ligada a la de la esclavitud. La autora dice jocosamente que por eso el hombre preneolítico, con una esperanza de vida de unos veinte años, era el más libre del planeta. Pues, mire usted, pese a su ironía, es posible que el hombre del Paleolítico viviese más libre aunque padeciese el azote de la enfermedad y de la muerte.

           Con respecto a la historia de España interpreta, siguiendo su propia línea argumental, que ha estado fuertemente influida por la Leyenda Negra. De ahí que analice uno a uno muchos aspectos de nuestra historia haciendo una revisión crítica, siempre aminorando o directamente eliminando los aspectos más negativos o polémicos. Obviamente, entra de lleno en los asuntos más controvertidos de nuestro pasado: genocidio americano, casticismo, inquisición, militarismo, racismo, etc. El famoso saco de Roma de 1527 fue usado ampliamente por los hispanófobos pese a que los soldados españoles eran minoría y que hubo otros saqueos mucho más gravosos. Igualmente las guerras de religión que se generaron en Europa, fueron verdaderas guerras civiles entre católicos y las distintas ramas del protestantismo. Incluso la victoria en la batalla de Mühlberg (1547) fue atribuida a los españoles cuando en realidad estos eran una minoría. Y es que lo mismo las guerras de religión que la de Flandes fueron sendas guerras civiles en las que España participó de manera muy marginal, pese a los diretes de la Leyenda Negra. Y ofrece un dato: de los 54.300 que comandaba en Flandes el duque de Alba en 1573, solo 7.900 eran españoles. Y en parte lleva razón, aunque supongo que alguna responsabilidad tendría el Imperio.

           A la Inquisición le dedica un capítulo de veintisiete páginas para tratar de demostrar que toda la información ha sido manipulada por los historiadores detractores de la patria. Se ceba especialmente con la antropóloga belga Christiane Stallaert, a quien considera inoculada del complejo psíquico de la leyenda negra al comparar la Inquisición con el holocausto nazi. Sin embargo yo, que sigo con gran interés los textos de la profesora belga, diré en su descargo que ella trabaja dentro de una metodología comparativista constructiva e hizo la asimilación explicando muy bien las diferencias tanto cuantitativas como cualitativas entre ambos acontecimientos. Elvira Roca nos recuerda con insistencia varios aspectos del Santo Tribunal que la mayoría sabíamos: que apenas ajustició a unas 3.000 personas, que la tortura fue una práctica excepcional y que las persecuciones religiosas en Europa causaron muchas más víctimas. En este caso sigue a Henry Kamen y le tocan las críticas a Joseph Pérez por advertir que tampoco hay que abusar de la atenuación de los horrores inquisitoriales tan de moda en las investigaciones actuales. Y ya puestos a destacar las excelencias del Santo Tribunal destaca que fue pionero en la defensa de los derechos humanos, al prohibir la tortura un siglo antes de que esta misma medida se generalizara en Europa. Bueno, supongo que la doctora Roca podrá disculpar que me posicione y solidarice con el gran Joseph Pérez; ni tanto ni tan calvo.

En relación a las expulsiones de minorías étnicas o religiosas, la autora obviamente las minimiza. En relación al cadalso de los sefardíes en 1492, afirma que ha formado parte esencial de la Leyenda Negra, al difundirse que fue un problema exclusivamente hispánico. Sin embargo, ella cree haber descubierto algo todos sabemos desde siempre, que las expulsiones de judíos fueron una constante en toda la Europa bajomedieval, pues empezaron con la expulsión de semitas ingleses en 1290. Y dice más, los expulsados fueron poco numéricamente hablando e irrelevantes desde el punto de vista económico, como prueba el hecho de que España se mantuviera como primera potencia mundial. La expulsión de los moriscos tampoco se debió a la xenofobia sino que había un problema de seguridad nacional. Y añade un dato: ya en la rebelión de las Alpujarras hubo que traer a los tercios de Flandes porque se temió un desembarco turco que ayudase a los moriscos a recuperar España para el Islam. Pues bien, en España hay una larguísima trayectoria en estudios sobre los moriscos y ha quedado bien demostrado que los moriscos no poseían armas ni posibilidad de reconquistar España y que ese argumento fue un intento de justificación pensado a posteriori. Por otro lado, salieron 300.000 personas en medio de todo tipo de calamidades y penalidades, pues fueron asaltados durante el trayecto a los puertos de embarque. En algunos casos, se les arrebataba a sus propios hijos antes de embarcar, pues en teoría habían quedado al margen de la expulsión. Un verdadero drama para aquellas familias, forzadas a marchar al exilio, expoliadas y maltratadas. Y la cosa no acababa ahí, pues el embarque se hacía en condiciones de hacinamiento y a su llegada, incluso en territorio magrebí, no siempre eran bien aceptados. Un drama que no comparece en las páginas del libro de Elvira Roca. Sería muy largo seguir insistiendo.

La derrota de la Armada Invencible es otro de los temas favoritos de la Leyenda Negra que a su juicio ha exagerado hasta rozar el ridículo, por dos motivos: primero porque el objetivo nunca fue invadir Inglaterra sino deponer a Isabel I y, segundo, porque España mantuvo el dominio de los mares durante más de medio siglo más. En fin, no es que no sea cierto lo que afirma sino que no conozco a ningún autor español ni inglés que afirme lo contrario. Y añade un argumento que a mi juicio no puede ser más parcial: todo el mundo –eruditos y semianalfabetos, puntualiza- conoce el desastre de la Invencible en Inglaterra, pero casi nadie sabe que los ingleses fracasaron cinco veces en su intento de invadir el Imperio: Veracruz (1568), España (1589), Cartagena de Indias (1740) y Argentina (1804 y 1806). Un par de matices: uno, dado que la autora no cree que los territorios americanos fuesen colonias sino solar patrio, claro, incluye los asaltos a los territorios ultramarinos. Y otro, puestos a sumar dichos territorios hay que añadir que fueron muchísimos más, algunos exitosos, como el perpetrado contra Jamaica. El propio desembarco de los puritanos en Norteamérica no dejaba de ser una invasión en tanto en cuanto dichos territorios habían sido donados a España en las bulas Inter Caetera. Y enlazando con la defensa de Cartagena de Indias en 1740 por el gran Blas de Lezo, se lamenta de que nadie hable de él, cosa que no es cierta y me remito a lo mismo que suele hacer la autora, es decir, a buscar Blas de Lezo en Google para comprobar que goza de cientos de entradas. Y en relación al rechazo al almirante dice que en 2016 hubo una consulta popular para poner nombre a un buque de la armada inglesa y, al salir Lezo en primer lugar, fue eliminado directamente por las autoridades británicas. El comentario no puede ser más desafortunado, está claro que no le iban a poner a un buque de la armada inglesa el nombre de la persona que la humilló. Sería igual de ilógico que ponerle a un buque de la armada española el nombre de Francis Drake; creo que empatizar un poco no es tan difícil, solo hay que intentarlo.

Asimismo, trata el asunto de la venalidad en el imperio español, para añadir que nunca alcanzó la extensión y la intensidad que en otros países de Europa. Pues por las referencias que cita, Antonio Domínguez Ortiz y Francisco Tomás y Valiente, da la impresión que no conoce los recientes trabajos de Francisco Andújar Castillo, María del Mar Felices de la Fuente, Ángel Sanz Tapia o Antonio Jiménez Estrella, por citar solo a algunos. En dichos estudios se sitúa la venalidad en el Imperio al mismo nivel que en Francia y en cotas muy superiores al de otros países de nuestro entorno, como Portugal. Desgraciadamente, la venta de oficios públicos por parte de la Corona fue una constante en el Antiguo Régimen a lo largo y ancho del Imperio. Ello se enmarcaba en un proceso más amplio de enajenación de todo el patrimonio regio, por necesidades monetarias, que abarcó a todo lo vendible, desde títulos de ciudad a nobiliarios, pasando por Grandezas de España y todo tipo de cargos de la administración civil y militar, tanto nacional como local.

           Otro capítulo completo, de más de cincuenta páginas, le dedica a la conquista y colonización de América, otro de los grandes mitos de la Leyenda Negra. Quiero señalar que el primer error está en el comentario de la propia portada, que pone "Lienzo de Tlaxcala, 1522". Bueno, es cierto que es un fragmento del citado lienzo pero no del año 1522. Los tres oríginales que se confeccionaron eran de 1552, pero no se conservan ninguno de ellos sino una copia de Manuel de Yáñez de 1773. Quede constancia de este pequeño desliz. Como no podía ser de otra forma empieza la parte americana, desacreditando al "panfletista" y paranoico del padre Las Casas, siguiendo sin citarlo a Méndez Pidal, que a su juicio no fue más que un mero imitador de fray Antonio de Montesinos. Una vez más, el buen nombre del dominico, del querido protector de los indios, uno de los personajes más fascinantes de nuestro pasado, tirado por los suelos por dar pábulo a nuestra Leyenda Negra. Como ella suele decir, no insistiré; solo una cosa, dice que alentó la introducción de esclavos negros para proteger al indígena, idea que está rebatida ya por decenas de historiadores desde hace décadas. Lo escribió en una ocasión y se retractó varias veces a lo largo de su vida. Quede constancia.

Como dijimos anteriormente, insiste muy especialmente en el hecho de que los territorios americanos nunca fueron colonias sino reinos, suelo patrio en igualdad de condiciones con el resto de entidades peninsulares. Le parece incomprensible que profesionales de la historia, entre los que me cita, usen el concepto de colonia, esgrimiendo que las Leyes de Indias dejan muy claro lo que no eran tal cosa. Y ya que me cita a mí personalmente aunque somos cientos los americanistas que usamos el término colonia, trataré de rebatirla. Es cierto que las Leyes de Indias hablan de reinos, y de virreyes, pero cualquier americanista sabe, esos mismos a los que ella trata de ridiculizar, que en la práctica el estatus de aquellos territorios fue colonial. Los criollos lo tenían clarísimo, tan claro que desde la segunda mitad del siglo XVI se configuraron como clase para defender, con éxito por cierto, sus propios intereses frente a los metropolitanos. Y la propia Independencia, ya en el siglo XIX, la llevaron a cabo no para acabar con la estructura social colonial sino al contrario, para perpetuarla y beneficiarse de ella sin tener que rendir cuentas a las autoridades metropolitanas. Y no cito autoridades que afirman esto mismo por no extenderme en exceso.

           Alude extensamente, citando de nuevo un libro de mi autoría, al extremeño Nicolás de Ovando, el primer gobernador de las Indias, con el que comete el error clásico de convertirlo en fray cuando en realidad era frey, es decir, freire de la Orden de Alcántara y no fraile de una Orden religiosa. Pero, entrando en el fondo de la cuestión, destaca sus excelencias como poblador, fundador de ciudades y organizador de cabildos. Eso sí, omite cualquier tema relacionado con las brutales matanzas de Higüey y Xaragua o el ajusticiamiento de la bella cacica Anacaona. Asimismo, prescinde de un dato muy relevante que fue él precisamente el introductor en el Nuevo Mundo de las encomiendas de indios que a la postre se convirtieron en una forma encubierta de esclavitud. Supongo que la autora interpreta que todo eso se trata de fabulas, de invenciones introducidas por mí que estoy abducido por la Leyenda Negra.

           Por lo demás destaca la red de caminos, la preocupación por los hospitales públicos, la introducción del protomedicato en Indias y de las Universidades. Afirma que solo en la primera mitad del siglo XVI se erigieron veinticinco hospitales grandes, al estilo del gran hospital de San Nicolás de Bari, fundado en Santo Domingo por Nicolás de Ovando. Y puedo dar por válido el número total de hospitales pero no el calificativo de grandes. Parece ignorar que ese gran edificio de San Nicolás al que ella se refiere y cuyas ruinas se pueden visitar todavía hoy, fue construido en estilo tardogótico, mucho después, y que en tiempos de Ovando no era más que un pequeño habitáculo vernáculo con camas para seis enfermos.

           Por supuesto el declive de la población indígena es uno de los temas favoritos de la Leyenda Negra que Elvira Roca trata de de aclarar. Empieza aludiendo, cómo no, a estimaciones extremadamente bajas, más aún que las de Ángel Rosenblat, como las de José Vasconcelos que sitúa la población total de América en 6 millones de habitantes. No conozco a ningún americanista ni demógrafo actual que defienda cifras tan bajas. De hecho, las estimaciones sobre la población en el continente fluctúan entre los 8 millones y los 112, aunque lo más común es aceptar cifras intermedias, comprendidas entre los 30 y los 50 millones. Pero dado que el descenso se situó entre el 80 y el 90 por ciento el posicionamiento de situarla en seis millones no es baladí. No es lo mismo un descenso de cuatro millones que de 26. Pero en cualquier caso; y ¿por qué descendió la población hasta situarse a finales del siglo XVI en poco más de dos millones? La autora tiene muy claras las dos causas: una, debió a las enfermedades virulentas, empezando por la influencia suina de 1493, citando los estudios de Francisco Guerra e ignorando que Noble David Cook ha demostrado que en realidad fue un brote temprano de viruela. Y otra, el mestizaje, dado que las mujeres indígenas quedaron encandiladas con los españoles, producían niños mestizos, no indios, es decir, pura y simple matemática. Todo lo demás, asesinatos de caciques hostiles, trabajo sistemático en las minas, las pesquerías de perlas, las hambrunas tras el robo de sus alimentos, las expediciones de rescate, etc., etc., son invenciones de la Leyenda Negra. Ni una palabra de la encomienda, aunque sí dedica unas líneas a la mita para decir que los españoles se limitaron a mantener en el tiempo una institución incaica y que solo había hombres asalariados, y ¡mejor pagados por cierto que muchos de los trabajadores europeos! Pues bueno, no sé de dónde saca esas informaciones, pues los únicos asalariados en las minas hispanas eran los llamados faltriqueras, que eran habas contadas. De nuevo, tergiversación pura y dura y sin ningún tipo de pudor; la mita incaica eran unos servicios en obras públicas muy llevaderos y los españoles la modificaron, llevándola a unos niveles de explotación absolutamente irracionales. En 1575 el virrey Francisco de Toledo la reguló, movilizando nada menos que a 95.000 nativos de diecisiete provincias que trabajarían una semana y descansarían dos. Se estimaba que tenía que haber permanentemente en las minas cuatro mil quinientos efectivos por lo que, para respetar las dos semanas de descanso, debían movilizarse permanentemente a trece mil quinientos mitayos. Otra cuestión es que, debido a la alta mortalidad, al final los tiempos de descanso no se respetaron, convirtiéndose las minas en verdaderos cementerios. Tan claro lo tenían los pobres quechuas que el día antes de su partida celebraban en sus pueblos un lúgubre oficio de réquiem, en el que unos y otros se abrazaban llorando. Se ha calculado en un millón, el número de nativos fallecidos en los yacimientos de Huancavelica, Potosí, Oruro y cerro de Pasco. Un holocausto sangriento para saciar la voracidad de plata del Imperio de los Habsburgo y que omite totalmente Elvira Rica.

           La conquista española, a diferencia de la expansión de otros imperios, fue pactista, y la autora destaca la necesidad de hacer una gran monografía destacando este singular aspecto. Aunque no lo dice explícitamente se suma a la tesis de que la conquista de América fue poco menos que una guerra civil entre indios. En cambio en la expansión anglosajona no hubo pactos, según la autora, no porque no fuera posible sino porque nunca hubo voluntad de alcanzarlos. Sería largo rebatir este punto, pero me limitaré a decir que todos los pueblos conquistadores a lo largo de la historia, macedonios, cartagineses, romanos, godos, islámicos, etc., etc., han tratado siempre de alcanzar pactos con las poblaciones nativas. Ningún guerrero quería señorear un territorio vacío; allí donde existía la posibilidad de pacto se hacía, donde no, se eliminaba a la élite dirigente y se colocaba en su lugar a otra sumisa a los deseos de los vencedores. Y esto, como digo, ha sido una constante a lo largo de la historia, incluso en Norteamérica, donde sí hubo acuerdos hasta la brutal conquista del oeste del siglo XIX. En cualquier caso, por si alguien piensa lo contrario, aclara, siguiendo a Inga Clendinnen, que lamentar la desaparición de un imperio sangriento, antropófago y totalitario como el azteca es como sentir pena por la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Creo que no es necesario refutar semejante barbaridad.

           No podía faltar la comparación entre la colonización puritana de Norteamérica y la española. Se ensaña con el hispanista inglés John Elliott, a quien dicho sea de paso cita reiteradamente como Elliot, sin la segunda t final. Le acusa de ceguera intelectual, al comparar ambas realidades como si se tratase dos imperios que en realidad no fueron simultáneos sino sucesivos. Y efectivamente, como explica Elvira Roca y desarrolla con mucha más amplitud Jorge Fernández-Armesto, la América Hispana era mucho más rica que la anglosajona y que la súbita divergencia solo ocurrió tras la Independencia, y no por la actitud ante el trabajo de los puritanos como una parte de la historiografía ha defendido. Asimismo, trata de rebatir la idea del hispanista de que en Norteamérica se exterminó al aborigen no por racismo sino porque era imposible de integrar en la cadena productiva. Elvira Roca lo desmiente argumentando que en Norteamérica había pueblos civilizados como los iroqueses, algonquinos o sioux y tampoco fueron integrados. Y que en Hispanoamérica había grupos seminómadas que sí fueron integrados por los misioneros jesuitas y franciscanos. Sin embargo, por mucho que se empeñe, pueblos como los algonquinos o los sioux fueron siempre seminómadas y se asentaban solo temporalmente en las zonas donde cazaban o pescaban; nada parecido a pueblos estatalizados como los mexicas o los incas. En cuanto a las reducciones jesuíticas y franciscanas fueron un verdadero hito, una de esas luces que todavía nos hacen creer en el ser humano. Pero no fue la norma; cuando los españoles se encontraron pueblos nómadas o seminómadas o los exterminaron o simplemente no colonizaron dicho territorio. Si hubiese leído el magnífico libro de Jorge Cañizares-Esguerra, Católicos y puritanos en la colonización de América (Marcial Pons, 2008), hubiese podido concluir, de acuerdo con dicho autor, que ambos, puritanos y católicos, veían el mundo de la colonización en términos bastante similares.

Actualmente, está en plena efervescencia el antiamericanismo, pues se le atribuyen a los Estados Unidos todos los tópicos de la Leyenda Negra: el hecho de ser una versión degenerada de Europa y racialmente impuros. Y, como le ha ocurrido a la hispanofobia, también tienen el antiamericanismo dentro de casa, cuya cabeza visible es Noam Chomsky, quien con sus medias verdades y medias mentiras… no es más que una máquina expendedora de antiamericanismocuyo producto tiene mucha demanda porque proporciona confort y autocomplacencia casi gratis. Y es que, según Elvira Roca, la Imperiofobia haya su acomodo en una clase letrada, con capacidad de captar y manipular el malestar del pueblo. Y ya puestos, todas las críticas al actual Imperio, los Estados Unidos, se deben a la leyenda negra, siendo, a juicio de la autora, una pura invención interesada. Se le critica por lo que son –un imperio- y no por lo que hacen. Por eso está generalizada la idea de que los estadounidenses, además de medio tontos, son unos ignorantes. Y toda esta crítica a las actuaciones descomedidas del imperio, lo mismo de George Bush que de Clinton o del actual Donald Trump, es negligente por definición porque vender irresponsabilidad ha sido siempre muy lucrativo. Que la culpa sea de otro es descansado. Alivia el alma y nos evita muchos quebraderos de cabeza y mucho esfuerzo. ¡Increíble que esto lo haya podido escribir una persona medianamente sensata!

           Para concluir, creo que estamos ante un libro inteligente y bien trabajado, pero al servicio de una ideología muy concreta. Además tiene el aliciente de generar debate, algo que puede hacernos avanzar desde el punto de vista historiográfico. Su tesis fundamental está bien demostrada y contrastada, que la Leyenda Negra ha existido y en parte perdura hasta nuestros días. Los imperios siempre han sido criticados e incluso se ha fabulado contra ellos, eso queda bien claro en este libro. Como aspectos más negativos encuentro dos: uno, que impugna muy críticamente los trabajos de grandes maestros, como John Elliott, Henry Kamen, Christiane Stallaert, Joseph Pérez o Marvin Harris. Todos pueden haber planteado ideas discutibles en algún momento pero es injusto y muy atrevido refutar la totalidad de su excelencia académica e investigadora. Y el otro me parece aún más grave; confunde leyenda negra con historia negra. Está claro que eso de los españoles latinos, anti-semitas y comedores de carne cruda es pura Leyenda Negra, pero no es menos cierto que existió un Santo Tribunal de la Inquisición, que no defendía precisamente los Derechos Humanos, que Atahualpa murió ajusticiado después de pagar su rescate y que los moriscos fueron dramáticamente expulsados. Hubo Leyenda Negra y también historia negra, y es muy importante no confundir una cosa con la otra ni olvidarla, especialmente la segunda.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HISTORIA DE TODAS LAS COSAS QUE HAN ACAECIDO EN EL REINO DE CHILE

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ALONSO DE GÓNGORA MARMOLEJO. Historia de todas las cosas que han acaecido en el reino de Chile y de los que lo han gobernado (Miguel Donoso Rodríguez, ed.). Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2015. 578 pp.



         Con satisfacción hemos conocido esta nueva reedición de la obra del cronista Alonso de Góngora Marmolejo, magníficamente editada y anotada por el Dr. Miguel Donoso Rodríguez. Ya en el año 2010 apareció impresa en la prestigiosa editorial hispano-alemana, Iberoamericana/ Vervuert. Sin embargo, la publicación en el año 2011 de importantes datos sobre la biografía del cronista (Mira, 2011: 105-138), incitaron al Dr. Donoso a emprender una nueva reedición, ampliando y corrigiendo la semblanza del cronista. El resultado es una obra excelente, que aúna, por un lado, un estudio preliminar en el que se analiza con detenimiento la vida y la obra del cronista y, por el otro, una edición crítica del original, conservado en la Real Academia de la Historia de Madrid. En estas ediciones de 2010 y de 2015 el autor ha adoptado como criterio de transcripción las normas del GRISO-CEI, modernizando las grafías, aunque evitando en cualquier caso cualquier alteración fonética. El libro se cierra con un listado biográfico de los personajes citados en la crónica y con un índice de voces anotadas que resultan de una gran utilidad para el lector. Por cierto, que dicho listado de biografías, con ser útil y aclaratorio, contiene algunos datos erróneos y otros incompletos que habrá que perfeccionar en futuras investigaciones.

Alonso de Góngora, nacido en Carmona (Sevilla) el 20 de abril de 1523, empezó a escribir su obra al final de su vida, concretamente en 1572, después de haber leído la primera parte de La Araucana, acabándola el 16 de diciembre de 1575, según afirma él mismo en el colofón de su manuscrito. Dado que la narración empieza en 1536 y él debió llegar a Chile en torno a 1550, es obvio que la primera parte de la misma no es exactamente una crónica sino una historia, reconstruida en base a los testimonios orales y escritos que pudo recopilar.

El texto original fue remitido por su autor a España, dirigido y dedicado al presidente del Consejo de Indias, el extremeño Juan de Ovando, quien había incentivado la redacción de crónicas que perpetuasen la supuesta gesta conquistadora. Pese a consignarlo a la persona más indicada, permaneció inédito hasta la Edad Contemporánea. El primero en sacarlo a la luz fue el erudito sevillano Pascual Gayangos quien en 1852 lo publicó en el tomo IV del Memorial Histórico Español, siendo reeditado en 1862 en Santiago de Chile, concretamente en el tomo II de la Colección de Historiadores de Chile y documentos relativos a la Historia nacional. En el siglo XX fue reeditado sucesivamente en 1960, 1969 1990 y ya en el siglo XXI hemos conocido estas dos ediciones transcritas del original y prolijamente anotadas por el Dr. Miguel Donoso, en 2010 y 2015.

Gracias al cronista carmonense conocemos pormenorizadamente todos los sucesos ocurridos en el reino de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575. La historiografía contemporánea estima que esta obra, junto a las de Mariño de Lobera y Alonso de Ovalle, constituyen los pilares básicos para aproximarse a la conquista de este territorio.

Góngora se centró especialmente en la historia política, destacando todos los hechos de armas ocurridos en la conquista de Chile, de la que él fue un testigo de excepción. Narra los acontecimientos de forma secuencial, intentando no inmiscuirse en ellos. No obstante, no siempre lo consigue pues en algunas ocasiones se notan sus apreciaciones personales; por ejemplo, mientras compara reiteradamente al rebelde mapuche Lautaro con el demonio, en otras destacó su valentía y la de los demás aborígenes que habitaban la gobernación de Chile. Se aprecia, asimismo, esa agrupación tan generalizada en las crónicas de la Conquista entre indios-demonio frente a españoles- Dios. Así mientras los nativos estaban inspirados y ayudados por Satanás, los españoles estaban asistidos por el apóstol Santiago y por la Virgen María, por delegación expresa de Jesucristo.

El autor de la edición destaca la capacidad del cronista para trazar verdaderos retratos psicológicos de los personajes a los que describe. No tiene nada de particular que su obra resulte imprescindible para acercarse a las semblanzas de los principales conquistadores que se pasearon por el escenario chileno. Sirva de ejemplo el retrato físico y humano que hizo del gobernador Melchor Bravo de Saravia:

 

         "Era el doctor Saravia natural de la ciudad de Soria, de edad de setenta y cinco años, de mediana estatura… angosto de sienes; los ojos pequeños y sumidos; la nariz gruesa y roma; el rostro caído sobre la boca; sumido de pechos, giboso un poco mal proporcionado, porque era más largo de la cinta arriba que de allí abajo; polido y aseado en su vestir, amigo de andar limpio y que su casa lo estuviese; discreto y de bien entendimiento…Cudicioso en gran manera y amigo de recibir todo lo que le daban; enemigo en gran manera de dar cosa alguna que tuviese… Amigo de hombres ricos, y por algunos dellos hacía sus negocios, porque de los tales era presunción recibía servicios y regalos…"


 

La descripción no puede ser más detallada, tanto referida a aspectos físicos como a psicológicos, no quedando bien parado pues lo acusa no solo de ambicioso sino incluso de prevaricador. Detalles similares ofrece de otros gobernadores y capitanes que intervinieron en los sucesos que narra, como Pedro de Valdivia, Francisco y Pedro de Villagra o el gallego Rodrigo de Quiroga. Curiosamente, Francisco de Villagra, al igual que Pedro de Valdivia, perdió la vida a los 56 años, de muerte natural, por el agravamiento de la sífilis que padecía. Por cierto que, pese a morir relativamente joven y tras sufrir los dolores propios de esta enfermedad, afirma que tuvo una buena muerte, lo cual hay que entenderlo en comparación con la que padecieron otros protagonistas de la Conquista. De hecho, mientras éste recibió los Santos Sacramentos y dispuso su escritura de última voluntad, otros perdieron la vida en combate o simplemente asesinados.

De su personalidad, de su formación y de su religiosidad conocemos algunos detalles a través de su propia obra. En dos ocasiones vio o le pareció ver al apóstol Santiago al frente de las huestes hispanas. Y añade que quiso Dios que los cristianos no se perdiesen, preservando así la predicación de la fe entre los naturales. En otro momento, se le ocurrió pensar que la epidemia de viruelas que sufrieron los nativos fue obra de Dios, a quien califica de juez recto. Ello nos está evidenciando su profunda y sincera religiosidad. No en vano, procedía de una linajuda familia carmonense donde abundaban los presbíteros pues, no en vano, dos hermanos suyos lo eran. Con frecuencia destaca el poco decoro de algunos españoles que estaban amancebados con mujeres de la tierra, y ello a pesar de que él mismo vivió durante años en esa misma situación.

Como destaca el Prof. Donoso, Góngora se caracteriza por una modestia exquisita pues, a diferencia de otros, apenas hace uso de su erudición para vanagloriarse de sus amplios conocimientos. Bien es cierto que su formación era básica, la misma que disfrutaban en Carmona los hijos varones de las estirpes de la oligarquía. Descendía de Juan Jiménez de Góngora, alguacil perpetuo de Carmona, y cuya familia poseía su bóveda de entierro en el presbiterio de la iglesia conventual de San Francisco de dicha localidad. Su bisabuelo, su abuelo y su padre habían sido regidores del cabildo de Carmona, y posteriormente su tío Rodrigo de Quintanilla, su primo Rodrigo de Góngora y su hermano Pedro Hernández Marmolejo. Ahora bien, de todos sus parientes más cercanos el único que realizó estudios superiores fue su hermano, el licenciado Francisco Pancorvo, que estudio en Salamanca y se graduó en Valencia. En el testamento de su padre, éste dispuso que no se le tuviese en cuenta lo que gastó en su formación, pues de sus letras se aprovecharán sus hermanas y deudos cuando lo hubieren menester. Probablemente de la formación de su hermano se benefició también el propio Alonso de Góngora.

El carmonense se mostró muy preciso en los datos que ofreció aunque a veces le traicionó la memoria. Así, por ejemplo, cita a Francisco de Ulloa como natural de Cáceres, cuando en realidad es bien conocida su cuna emeritense, mientras que de Francisco de Villagra afirma que murió el 15 de julio de 1562 cuando en realidad su óbito ocurrió el 22 de junio de 1563, como bien señala el editor. Asimismo, fecha la escaramuza del valle de Purén en febrero de 1570 cuando en verdad sucedió, como anota certeramente el Dr. Donoso, en enero de 1571.

           En definitiva, creo que estamos ante la mejor y más completa edición de la obra de Alonso de Góngora. El estudio preliminar, en el que se analiza pormenorizadamente la vida y la obra del cronista, nos permite interpretar mucho mejor los hechos que narra y describe en su texto. Un libro, pues, imprescindible para todos los interesados en la etapa de la conquista y particularmente en la del reino de Chile.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña publicada en la revista Anales de Literatura Chilena Nº 27. Santiago, 2017, pp. 237-240).

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TOLERANCIA Y CONVIVENCIA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS

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DADSON, Trevor J.: “Tolerancia y convivencia en la España de los Austrias”. Madrid, Cátedra, 2017, 333 págs. I.S.B.N.:978-84-376-3682-5

 


           En principio el libro debía ser una edición en castellano de su obra “Tolerance and Coexistence in Early Modern Spain. Old Christians and Moriscos in the Campo de Calatrava” (Londres, Tamesis Books, 2014). Sin embargo, el autor ha pasado más de dos años retocando, completando y reescribiendo su obra original. De hecho, él mismo afirma en las palabras preliminares del mismo que ha aprovechado la ocasión para “actualizar el contenido de todos los capítulos, incluir nuevo material y cambiar o revisar otro”. El resultado es una obra imprescindible para los estudiosos del fenómeno morisco y, en particular, de la cuestión de la permanencia, tras los decretos de expulsión.

Como en la edición inglesa, el trabajo cuenta con una introducción, once capítulos, un glosario, una amplia bibliografía y un utilísimo índice de personas y lugares. Empieza analizando la situación de los moriscos antes de la expulsión, haciendo un especial hincapié en la actuación de la Inquisición y en la movilidad social y económica de esta minoría. Asimismo, frente a lo tradicionalmente sostenido, afirma que una parte de esta minoría era alfabeta y que, a medida que avanzaba el siglo XVI, su porcentaje aumentó, llegando a ser similar al que había entre los cristianos viejos. Pero es más, demuestra, con datos en la mano, el surgimiento de una élite morisca en Villarrubia bien instruida que quizás podría extrapolarse a otras villas morunas de la geografía española.

Le sigue un pormenorizado estudio de la expulsión y de la retorica del poder a favor de la misma, así como la oposición de amplios sectores de la población. Los fatídicos decretos fueron respaldados por la literatura oficial, que defendían su connivencia con los corsarios berberiscos o su mayor fecundidad, lo que significaba un potencial peligro para los cristianos. Pero no era cierto, pues ni había pactos con los berberiscos ni las parejas moriscas eran más fecundas que las formadas por cristianos viejos. Uno de los aspectos más novedosos de este trabajo es el estudio sistemático de todos los testimonios en defensa de la minoría conversa que se situó frente a la expulsión (Cap. 6). Hubo un sinfín de autoridades que se opusieron a la misma, desde religiosos –cardenales, obispos, abades o simples párrocos- a grandes señores –el duque del Infantado, por ejemplo- o simples regidores locales.

           El estudio de los que eludieron la orden de expulsión (Cap. 7) y los que regresaron (Cap. 8) es otro de los puntales de esta obra. No disponemos aún de datos exactos sobre el número de moriscos que permaneció en su tierra natal pero, a juicio del autor, bien pudo suponer el 40 por ciento de todos ellos, ¡en torno a 200.000 personas! Esclavos, niños menores de siete años, mujeres, ancianos y enfermos pero también familias integradas en la cristiandad. Como afirmó Domínguez Ortiz, había mucha diferencia entre unos moriscos irreductibles, como los valencianos, y otros más integrados en la sociedad cristiana mayoritaria. Muchas de estas familias ni siquiera fueron señaladas por sus conciudadanos, mientras que otras consiguieron demostrar su cristianismo sincero. Había habido no pocos matrimonios mixtos y sus descendientes lo eran tanto de cristianos viejos como de conversos. Algunos, incluso, ostentaban cargos de responsabilidad en los concejos y en algunas cofradías, en los momentos previos a la expulsión, lo que evidencia la confianza que depositaban en ellos sus conciudadanos. Además, habría que sumar los retornados, unos 30.000, o acaso más del doble si hemos de creer al historiador norteamericano Earl Hamilton. Una vez repatriados, algunos de ellos, residentes en el valle de Ricote y en el Campo de Calatrava, incluso otorgaron escrituras notariales para recuperar sus bienes, sin que nadie los denunciase por un retorno teóricamente ilegal. Un caso llamativo es el de Alonso Herrador, perteneciente a una conocida familia del Campo de Calatrava, que fue expulsado a Francia en agosto de 1611 y que ¡al mes siguiente! estaba de regreso en su villa natal, junto a otros de los compañeros de cadalso.

           Y finaliza el profesor Dadson disertando sobre la necesidad de reescribir la historia de esta minoría (Cap. 9), desde un enfoque diferente al tradicional y destacando la integración de una buena parte ellos (Cap. 11). Hay que corregir la tesis que defiende, siguiendo la literatura oficial, que la expulsión fue tan necesaria como inevitable. Los testimonios oficiales de la época moderna tienden a justificar lo injustificable, es decir, la expulsión, mientras que las fuentes inquisitoriales acentúan la diferencia. Pero no olvidemos que eran parte interesada, pues se financiaban en buena medida a través de las multas impuestas a esta minoría. Insiste el autor que no todo fue intolerancia dentro de la España casticista. Y no solo se integró a una parte de los moriscos sino también a los judeoconversos, al menos en el caso de Villarrubia de los Ojos, donde desaparecen de la documentación después de los procesos desarrollados entre 1511 y 1516. Fue precisamente esa coexistencia pacífica, a lo largo de más de un siglo, la que permitió que muchos evitasen el cadalso, tras los decretos de 1609 a 1614. Como dice acertadamente el autor, ni todos los moriscos eran falsos cristianos ni todos los cristianos viejos fanáticos intransigentes. La propia Inquisición, en ocasiones, se mostraba más tolerante de lo que cabría esperar, por lo que parece obvio que los fanáticos de un lado y de otro no dejaban de ser una parte más o menos pequeña. Frente a ellos hubo conversos dispuestos a integrarse plenamente y muchos cristianos viejos que los ayudaron en ese sentido, unos criticando la expulsión o consiguiendo permisos de permanencia para ellos, y otros, simplemente, no delatando el origen de sus conciudadanos. Hubo párrocos que omitieron la condición de moriscos de algunos de sus feligreses, que eran buenos cristianos y estaban bien integrados. En el momento de la expulsión, muchas familias conversas llevaban varias generaciones conviviendo pacíficamente con los cristianos de sangre limpia, sin que se apreciasen diferencias externas entre ellos.

           A mi juicio, este libro contribuye a desmontar la Leyenda Negra contra España, imperante desde la Edad Moderna en buena parte de Europa. Es cierto que hubo una España casticistas e intransigente que buscaba la limpieza religiosa, sin embargo, no lo es menos que había otra más tolerante, tradicionalmente silenciada por la historiografía. Se confirma pues, la tesis que hace años planteó Domínguez Ortiz y retomó recientemente Stuart Schwartz (Madrid, 2010) según la cual la tolerancia hacia otros credos estuvo más generalizada en el mundo ibérico de lo que se había creído. El hecho de que esta nueva obra se haya publicado en inglés y en castellano, puede facilitar la difusión de esta visión más equilibrada y coherente de nuestro pasado, al tiempo que revigoriza nuestro irrenunciable pasado moruno.

           Para concluir, huelga decir que esta obra constituye un nuevo hito en el estudio sobre la temática, similar al que en su día supuso la edición de Geógrafie de l’Espagne morisque (París, 1959) de Henry Lapeyre o la Historia de los moriscos (Madrid, 1993) de Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent. Un texto, pues, que es desde el mismo momento de su aparición de referencia obligada para todos los estudiosos de las minorías étnicas en la España Moderna.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Inseguridad colectiva. La Sociedad de Naciones, la guerra de España y el fin de la paz mundial

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JORGE, David: Inseguridad colectiva. La Sociedad de Naciones, la guerra de España y el fin de la paz mundial (Prólogo de Ángel Viñas). Valencia, Tirant Humanidades, 2016, 783 págs. I.S.B.N.: 978-84-16556-47-2

 

 

           Se trata de un volumen de cerca de ochocientas páginas de letra pequeña y prieta, en el que se documenta pormenorizadamente la actitud de la Sociedad de Naciones ante el golpe de estado encabezado por el general Francisco Franco. El manejo exhaustivo de fuentes documentales y bibliográficas permite a su autor establecer verdades y planteamientos incuestionables en torno a la actuación de este organismo supranacional en teoría encargado de velar por la democracia en el mundo.

           La Italia fascista y la Alemania nazi prestaron una ayuda incondicional a los alzados, incluso antes del golpe de estado. De hecho, están demostrados los contactos de monárquicos, falangistas y militares con la Italia de Mussolini, al menos desde abril de 1931, auspiciados desde la propia Italia por el exiliado Alfonso XIII. Adolf Hitler optó por un apoyo explícito no a los alzados sino al general Francisco Franco, reforzando su posición dominante sobre el resto del generalato insurgente.

En cambio, las democracias occidentales se negaron a ayudar a la República. Francia y Gran Bretaña mantuvieron a toda costa su neutralidad, secundada por otros muchos países europeos. Y lo hicieron a sabiendas de que otros estaban socorriendo a los alzados por lo que la decisión podría resultar fatal para la joven democracia española. Estaban amedrentadas por el poderío alemán, puesto de relieve por su ocupación de Renania, mientras los fascistas de Mussolini hacían lo propio con Abisinia. Alemania e Italia se frotaban las manos ante la oportunidad de conseguir un nuevo socio, si el alzamiento triunfaba, por lo que se pusieron manos a la obra ante la medrosa pasividad de las democracias occidentales a través de la Sociedad de Naciones. Estados Unidos, dado que no era miembro de la institución, jugó un papel muy secundario, pero su ayuda no pasó de la mera simpatía que el presidente F. D. Roosevelt sentía hacía la República. Solo el México de Lázaro Cárdenas, apoyado por Colombia, Ecuador, la República Dominicana y Haití, mostró claramente su apoyo a la causa española, enviando incluso algunos cargamentos con armamento. Sin embargo, otros muchos países latinoamericanos se mostraron en la misma línea de neutralidad que las democracias europeas. Y es que los ingleses y franceses estaban más interesados en atraer a Italia y a Alemania a la Sociedad de Naciones que en proteger a la República Española. Una decisión fatal pues desequilibró la balanza a favor de los insurrectos, condenando al desastre al régimen democrático.

           En el fondo nadie quería saber nada de una colaboración con el gobierno republicano que los enfrentase directamente a la Alemania de Hitler o a la Italia de Mussolini. Tenían un pavoroso temor a volver a iniciar una nueva guerra, al tiempo que pensaban que la República se había escorado a la extrema izquierda situándose en la órbita moscovita. Los franceses trataron de evitar la guerra hasta 1939 en que se supo la intención de los germanos de ocupar París, los ingleses hasta la Batalla de Inglaterra y los Estados Unidos y la URSS hasta 1941 en que les atacaron en Pearl Harbour los japoneses mientras los alemanes iniciaban la operación Barbarroja.

           Y se equivocaron gravemente porque la contienda española era mucho más que una guerra civil, se trataba en realidad, como afirma el autor, de una contienda internacional desarrollada en territorio español. Años después se lamentaría el filósofo Louis Althusser, denunciando el grave error que se cometió al ni proporcionar armas al ejército de la II República Española. En 1917 había dicho el presidente norteamericano Woodrow Wilson que la Gran Guerra sería la última contienda, “la guerra que acabará con todas las guerras”. El estallido de La Guerra de España, considerada el prólogo de la II Guerra Mundial, y la actitud turbia de la Sociedad de Naciones, darían al traste con tales previsiones.

La figura de Julio Álvarez del Vayo, durante buena parte de la guerra representante del gobierno republicano ante la Sociedad de Naciones, queda totalmente rehabilitada en este libro. Su esfuerzo fue incansable y encomiable, exponiendo el drama español de manera precisa y adecuada, muy acorde con la gravedad de la situación. No se le puede culpar a él de fracasar en su objetivo de modificar la posición neutral del organismo internacional. Si fracasó fue porque se encontró enfrente un bloque casi monolítico en favor de la no intervención que condenó a la II República española. Y ello a pesar de que advirtió por activa y por pasiva que la Guerra Civil española era la primera gran batalla de la II Guerra Mundial. De hecho, ya en su discurso ante la Sociedad de Naciones de septiembre de 1936 pudo decir que “los campos ensangrentados de España son ya, de hecho, los campos de batalla de la guerra mundial”. Una interpretación que hizo suya solo un año después el clarividente historiador Arnold J. Toynbee, además de otros grandes intelectuales que sí prestaron un apoyo moral a la República, entre ellos: Octavio Paz, César Vallejo, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Ernest Hemingway, Rafael Alberti, Antonio Machado, Nicolás Guillén, etc., etc.

Casi desde sus orígenes, la Sociedad de Naciones conoció el auge de los fascismos, al tiempo que se quebraba el sistema de seguridad colectiva que supuestamente la institución de Ginebra debía garantizar. La institución no tuvo voluntad intervencionista, pero aunque la hubiera tenía nunca dispuso de medios para implementarlas. Es decir, estuvo aquejada de falta de voluntad pero también había una total ausencia de mecanismos efectivos para aplicar las decisiones que se tomaban. Hitler y Mussolini habían incrementado paulatinamente su potencial militar, especialmente durante los años que duró la Guerra de España. Cuando ésta acabó, triunfando definitivamente el golpe, la Sociedad de Naciones había muerto. Cinco meses después estallaría la II Guerra Mundial.

Y para finalizar solo decir que se trata de una obra extraordinariamente documentada que aporta mucha luz sobre la actuación de la Sociedad de Naciones en la Guerra de España. Una actitud turbia, condescendiente con los totalitarismos, que abocó al fracaso a la II República pero que también arrastró al desastre a la misma institución ginebrina que apenas le sobrevivió unos meses.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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DE LA FORMACIÓN DEL ESPÍRITU NACIONAL A LA EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA

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MIRA CABALLOS, Esteban: “De la Formación del Espíritu Nacional a la Educación para la ciudadanía: un estudio comparado”. Badajoz, Editorial Anthropiqa 2.0, 2017, 200 págs. ISBN: 9780244603762.

 

Desde los orígenes de la civilización la escuela ha sido un elemento básico de socialización, de formación y de cohesión del colectivo. Todas las civilizaciones han considerado prioritario instruir a sus jóvenes en sus más profundas convicciones socio-políticas. Ningún régimen político ha renunciado a la instrucción educativa, pues, han sido conscientes de su importancia para garantizar la paz social. Ningún régimen político ha renunciado al adoctrinamiento educativo, pues, han sido conscientes de su importancia para garantizar la paz social. Ya en la antigüedad clásica se entendió la escuela como el reflejo de la sociedad. De hecho, Aristóteles decía que el ciudadano ateniense debía ser formado íntegramente, es decir, “físicamente, intelectualmente, estéticamente y moralmente”.

En la Edad Moderna la educación estuvo controlada por la Iglesia y el Estado pero era una escuela elitista, limitada a un puñado de privilegiados. El grueso de la población se instruía y educaba en el propio seno familiar. Ya en la Edad Contemporánea con la universalización progresiva de la enseñanza, la escuela cambió. La asumió plenamente el Estado y asumió asimismo el carácter instructor y educador que antaño tuvieron las familias.

En España, aunque la Ley Moyano de 1857 estableció la educación universal hasta los 9 años, lo cierto es que nunca hubo una verdadera intención política de ponerlo en práctica. Fue la II República, a partir de 1931, cuando se intentó su aplicación, democratizando la escuela, duplicando el número de centros educativos y adjudicando por primera vez al Estado, la responsabilidad de la educación (Flores Tristán, 2005: 33-34).

Tras el Alzamiento de 1936 el franquismo supuso una ruptura en la línea democratizadora y modernizadora iniciada durante la II República. Como escribió Carlos Alberto Montaner, el general Francisco Franco fue el contrarreformista más evidente, obvio, exitoso y tenaz de toda la Historia de España (1990: 38). Obviamente, a nivel educativo, lo primero que hizo el franquismo fue desmontar rápidamente la escuela republicana para crear un nuevo sistema adoctrinador que sirviera a su ideología. El franquismo asumió desde un primer momento la idea falangista de la revolución social, para ello montó una verdadera contrarrevolución educativa. Su revolución social sólo se podía llevar a cabo a medio plazo, educando a los jóvenes en la ideología nacionalcatolicista. Lo primero que hizo el régimen fue depurar el cuerpo docente, desde los maestros de educación primaria hasta los catedráticos de Universidad. Todos los sospechosos de ser de izquierdas, republicano o simplemente liberal fueron depurados. Pero la cosa no quedó ahí; a la caza de brujas siguió el expurgo de las bibliotecas escolares, eliminando todas aquellas publicaciones que no fuesen acordes con los nuevos ideales Nacionalcatolicistas. Todo ello, se completó con una férrea censura sobre las publicaciones, los periódicos, el cine, la televisión, el teatro, etcétera (Flores Tristán, 2005: 71). La democratización y la universalización de la escuela, implantada por la II República eran ya agua pasada. La nueva educación se basaría en una visión conservadora y patriótica de la historia nacional. La Institución Libre de Enseñanza fue condenada e intelectuales como Bosch Gimpera y Altamira tuvieron que exiliarse. Y la dictadura duró tanto que en muchos casos se fueron para no regresar nunca. El mismo Franco aseguraba que desde tiempos de Felipe II todo había ido mal, especialmente en el siglo XIX con el liberalismo. Él recuperaría España para su destino universal (Fontana, 2001: 257-259).

Una vez desmontado el espíritu liberador y democrático de la escuela republicana, el nuevo régimen comenzó su proyecto de adiestramiento de los jóvenes en los nuevos valores dominantes, es decir, en la ideología falangista y nacionalcatolicista. En 1944 escribió el inspector Alejandro Manzanares que la escuela debía ser una prolongación del hogar, una continuación de la familia. Y poco después, refiriéndose a la asignatura de religión, destaca su importancia no solamente para mantener las seculares tradiciones católicas de España sino también llevar a nuestra querida Patria al cumplimiento providencial de sus destinos imperiales. En 1968 Alfredo Gosálbez Celdrán escribió que la educación busca el desarrollo de las facultades morales, intelectuales y físicas del joven, que son necesarias para el cumplimiento de sus fines sociales y humanos (1968: 30).

El estudio comparado de la asignatura de la escuela franquista la Formación del Espíritu Nacional y de la Educación para la Ciudadanía permite al lector alcanzar una conclusión: la primera adoctrinaba en valores autoritarios, procedentes del ideario falangista y la otra formaba en valores democráticos, extraídos básicamente de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 y de la Constitución Española de 1978.

           Vivimos en un mundo hostil, peligroso y violento. Está claro que la única forma de revertir esta situación pasa por el conocimiento, el diálogo entre iguales y la defensa de los valores ilustrados de la libertad, la igualdad y la fraternidad. De hecho, si algo caracteriza a las actitudes xenófobas o integristas es la ausencia de diálogo y la falta de respeto a las opiniones ajenas.

 

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EL SIGLO DE LA REVOLUCIÓN

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FONTANA, Josep: El Siglo de la Revolución. Una historia del mundo desde 1914. Barcelona, Crítica, 2017, 803 págs. I.S.B.N.: 978-84-16771-50-9

 

El profesor Fontana traza en esta nueva obra un recorrido por la historia del mundo, desde 1914 a nuestros días. Los primeros capítulos, dedicados respectivamente a la I Guerra Mundial, al período de Entreguerras, a la II Guerra Mundial y a la Guerra Fría, parecen un manual al uso, aunque eso sí con la claridad expositiva a la que nos tiene acostumbrados el autor. A mi juicio, son los últimos cinco capítulos, de un total de diecisiete, los que convierten a este libro en una obra singular; en ellos describe e interpreta lo ocurrido en el mundo desde el final de la Guerra Fría hasta el año 2017. Todo lo anterior, incluida la Revolución Rusa, le sirven solo para exponer las bases de lo que realmente es el objetivo último de la obra: explicar porqué el mundo actual es como es y cómo hemos llegado hasta aquí.

La I Guerra Mundial, acogida con entusiasmo en muchos países de Europa, fue la primera gran atrocidad del siglo pasado. Los alemanes pensaban que la guerra duraría poco pues confiaban en ocupar sorpresivamente Francia, ante la pasividad de Gran Bretaña y de Rusia. Pero se equivocaron y tanto Gran Bretaña como Rusia declararon la guerra, acabando con el sueño germano de la guerra relámpago. Pero lo peor de todo fue que el gran avance técnico de la contienda, la ametralladora, acabó con la forma tradicional de hacer la guerra al tiempo que multiplicaba exponencialmente el número de víctimas. Los frentes se atrincheraron y la guerra se redujo a una cuestión de números; ganaría el que más gente consiguiese abatir del otro lado. Se produjeron batallas brutales como la de Verdún, de febrero a diciembre de 1916, en la que perecieron 700.000 personas o, peor aún, la del Somme, donde los caídos alcanzaron la cifra redonda del millón. Los estados, a través de sus generales, actuaban con total desprecio hacia la vida humana, hasta el punto que los jóvenes ya no querían ir al frente, a una muerte segura. Por ello, se contaron por centenares los fusilados por insumisos. Tras el armisticio de noviembre de 1918, los Tratados de Paz no fueron tales, pues fueron dispuestos por los vencedores, imponiendo a los alemanes pérdidas territoriales y cargas económicas inasumibles. En estos Tratados se comenzó a gestar el ascenso de los fascismos y a la postre de la II Guerra Mundial, al tiempo que los Estados Unidos de América se convertían en la primera potencia, desbancando definitivamente a Europa. Mientras tanto, en 1918 Rusia había salido de la guerra por estar inmersa en plena revolución. Lenin ofreció al pueblo lo que quería: paz, pan y tierra. La revolución triunfó en Petrogrado –San Petersburgo- y progresivamente se extendió al resto del país, no sin provocar antes una cruenta guerra civil que supuso ocho millones de muertos, poco menos que en la I Guerra Mundial.

El revulsivo definitivo de los partidos extremistas llegó tras el crack del 29, que radicalizó las posiciones tanto de la clase obrera, caladero de los partidos de izquierda, como de la clase media, inclinada más a los partidos fascistas. La II Guerra Mundial en parte fue el afán de revancha de Alemania, encabezada en esos momentos por Adolf Hitler, el Führeh del III Reich. Ningún país europeo quería declararle la guerra, pero tras la ocupación de Polonia no quedaron más opciones. Hitler interpretaba que la superpoblación de Alemania le obligaba a expandir su espacio vital por una mera cuestión de supervivencia. Asimismo, pensaban que los judíos eran los responsables de todos los males y además contaminaban a la raza aria. En los campos de concentración practicaron lo que el autor del libro llama un “holocausto industrial”. Las matanzas sistemáticas de judíos, además de polacos, gitanos, latinos, homosexuales y delincuentes comunes durante el III Reich, constituyen uno de los genocidios más flagrantes y conocidos de la historia. Los crímenes Nazis en la guerra fueron también inenarrables pues desde un primer momento practicaron una guerra de aniquilación. Un modelo brutal que para contrarrestarlo fue asumido también por los países aliados.

La batalla de Inglaterra fue un fracaso para los alemanes, al tiempo que los rusos con gran sufrimiento conseguían frenarlos en Stalingrado. Después comenzaría la ofensiva que a la postre acabaría con la caída del III Reich. Mientras tanto, Japón hacía lo propio en el Pacífico, perpetrando una verdadera orgía de sangre en China. Tras el fin de la guerra, decenas de miles de alemanes implicados directa o indirectamente en el genocidio, quedaron absueltos de toda culpa, en una amnistía general. Aunque eso sí, en Polonia y Checoslovaquia se tomaron la justicia por su mano y hubo asesinatos masivos de la minoría alemana.

Una vez asentada la paz, se creó un nuevo orden mundial que partía del equilibro militar de las dos grandes potencias: U.S.A. y U.R.S.S. Era la Guerra Fría, iniciada por el primero ante el temor, real o fingido, a un ataque del segundo o a una expansión de su revolución. Para evitar el avance del comunismo en Europa se ideo el plan Marshall, al tiempo que se ampliaba más y más el arsenal nuclear de ambas potencias. Y hubo notables daños colaterales de una barbarie extrema, como la inútil guerra de Vietnam, donde los aliados arrojaron cinco veces más bombas que en toda la II Guerra Mundial. Y aparte de eso, se jugó con fuego porque en varias ocasiones estuvieron a punto de desencadenar un enfrentamiento nuclear masivo. Hubo suerte y las cosas nunca pasaron a mayores.

A juicio del profesor Fontana, la revolución rusa, que justo este año cumple su centenario, ha tenido una importancia decisiva en el orden político del siglo XX, con sus aciertos, con sus errores y con su fracaso final. Tras la II Guerra Mundial, el mundo capitalista entendió que el comunismo representaba una grave amenaza para la democracia y la libertad en Occidente. Una peligro que posiblemente no se ajustaba a la realidad pero que sirvió para que Estados Unidos ayudase decidamente a la recuperación de Europa para frenar supuestamente el avance del comunismo. Más que a una improbable invasión u ofensiva soviética existía un verdadero terror a que se produjesen réplicas revolucionarias en otros países. Es decir, que el miedo a la expansión de la revolución sirvió para apuntalar el Estado del Bienestar, entendido como un antídoto para frenar la lucha obrera. De hecho, es bien conocido que la forma más plausible de evitar las revoluciones son las reformas. Por ello, dice el autor que, entre 1945 y 1975, se vivió un progreso social, es decir, un aumento cuantitativo y cualitativo de las clases medias y de la igualdad social. Sin duda, las políticas reformistas surtieron su efecto pues, desde los años sesenta, los partidos comunistas europeos perdieron apoyos, quedando sin posibilidades reales de acceder al poder. Progresivamente dejaron de ser una amenaza para el orden establecido.

Sin embargo, la caída del muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la U.R.S.S. en 1991, cambiaron totalmente ese equilibrio. Llegó a su fin la Guerra Fría, de manera que tras arriarse en el Kremlin la bandera de la U.R.S.S. el presidente americano George Bush, se apresuró a decir emocionado ante el Congreso El comunismo ha muerto este año… Ya no existía esa supuesta amenaza comunista y, por tanto, la oligarquía económica podía recuperar el terreno perdido, a costa de quitarle derechos y renta a las clases medias y trabajadoras. Desde 1990 se acabó definitivamente con el progreso, es decir, con la suma de crecimiento económico y aumento del Estado del Bienestar. Ello ha provocado la actual acentuación de las desigualdades sociales, al tiempo que los sindicatos han perdido fuerza y base social. Los países ricos cada vez lo son más mientras que los países pobres cada vez disponen de menos recursos, mientras que en esos mismos países desarrollados, la oligarquía cada vez es más pudiente y los trabajadores sufren peores condiciones laborales y salariales. Y el autor ofrece datos significativos; por ejemplo, según datos de 2015, los sesenta y dos individuos más ricos del mundo poseían una riqueza equiparable a los 3.600 millones de seres humanos más pobres. El paro aumenta en muchos países y buena parte del empleo es cada vez más precario. Una degradación laboral que se ha incrementado desde la crisis de 2008 pero que se sigue extendiendo en nuestros días, pese a la recuperación. Y los que más lo sufren son los jóvenes, que tienen altas tasas de paro y los que trabajan se ven obligados a aceptar unas precarias condiciones laborales. Forman un grupo nuevo el de los llamados trabajadores pobres. Nada tiene de particular, pues, que Warren Buffett haya escrito que los ricos han ganado la lucha de clases. A la par que sucede esto con el empleo, muchas empresas, sobre todo las multinacionales, están aumentado su margen de beneficio, merced a un descenso de los costes salariales y a una progresiva reducción impositiva. Y consiguen que los gobiernos les bajen los impuestos con la amenaza de marcharse a otros lugares o de llevarse el numerario a paraísos fiscales, como de hecho hacen.

Actualmente vivimos un proceso progresivo de empobrecimiento del pueblo que resulta imparable incluso para el propio capitalismo y que puede provocar su propia autodestrucción. Asimismo, afirma el profesor Fontana que el fenómeno migratorio desde los países pobres, especialmente desde el África Subsahariana, va ir aumentando paulatinamente por dos motivos: uno, por el aumento insostenible de la población, en paralelo a la disminución de su ya precario nivel de vida. Y otro, porque a través de medios como internet conocen el nivel de bienestar del primer mundo y aspiran a una vida mejor.

El autor cita a Rober J. Shiller, Premio Nobel de Economía, quien ha afirmado que este aumento de la desigualdad podría provocar a medio o largo plazo, una catástrofe. Pero Josep Fontana no quiere caer en el desánimo por lo que abre una pequeña ventana a la esperanza, el de la posibilidad de que un despertar colectivo pueda dar paso a un nuevo proyecto popular trasnacional. A medida que la clase media se empobrece y se reduce, aumenta la posibilidad de un nuevo proceso revolucionario que no será llevado a cabo por los partidos de izquierda, muy desacreditados, sino por movimientos ciudadanos que, en muchos casos, se organizan a través de las redes sociales. La cosa no pinta bien, pero como siempre, habrá que agarrarse a lo único que nos queda: la esperanza.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


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CIUDADES ESPAÑOLAS EN AMÉRICA

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FIGUEIRAS, Alfredo: Ciudades españolas en América. Editorial lacre, 2016

Esta obra nace de las vivencias personales de su autor, Alfredo Figueiras. Durante más de tres décadas fue piloto de Iberia y él entre vuelo y vuelo se dedicaba a conocer aquellas ciudades a las que arribaba. El autor conoce personalmente todas esas ciudades cuya fundación describe y eso se nota en el libro. No solo es valioso por las vivencias, por su amplia documentación sino también por las excelentes fotos que ilustran toda la obra, y que fueron tomadas por el propio autor.

En el libro se seleccionan un total de 16 ciudades fundadas por españoles en diversos confines del Nuevo Mundo. Se detiene en cada una de ellas, haciendo una breve reseña de su fundador y del escudo de la ciudad fundada.

Y es que los conquistadores españoles no solo conquistaban sino que la mayoría estaban obsesionados por fundar ciudades. Sabían bien que la mejor forma de asentar la conquista era poblar como se había hecho durante años en la reconquista. Eran conscientes de que poblar equivalía a someter definitivamente un territorio hostil.

Para crear una gobernación sobre la que gobernar hacía falta fundar urbes sobre las que reproducir la forma vida occidental. La condición de vecino era requisito previo para recibir solares, tierras y encomiendas así como para ostentar algún cargo concejil. En los núcleos urbanos se aglutinó la minoría hispana, convirtiéndose en centros de control del espacio y de sujeción de los pueblos de indios del entorno. Al mismo tiempo evitaba los vacíos de poder, estableciendo, sin solución de continuidad, un nuevo orden, sobre la antigua estructura política incaica. Un organigrama administrativo en base a pueblos de indios con sus curacas que se mantuvo intacto durante buena parte de la época colonial. De hecho, todos aquellos jefes locales que decidieron aceptar el nuevo poder, permanecieron en sus cargos, manteniéndose durante varios siglos la nobleza local incaica y en ocasiones hasta preincaica.

Esas vivencias de aquellos españoles que se recorrieron miles de kilómetros para fundar ciudades y trasplantar un pedacito de España en América, se encuentran recogidas en esta obra.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 


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HISTORIA Y ARTE DE EXTREMADURA

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Mira Caballos, Esteban: “Historia y arte de Extremadura” (Prol. De José Ángel Calero). Madrid, Art Duomo Global, 2017, 96 págs. I.S.B.N.: 978-84-617-8404-2

 

           Tercer volumen de un total de trece en los que se traza una síntesis histórica y artística de las diecisiete Comunidades Autónomas españolas, más Ceuta y Melilla. De ellas, solamente ocho (Andalucía, Aragón, Baleares, Castilla-La Mancha, Cataluña, Galicia, Madrid y Extremadura), disponen de un volumen exclusivo. Y ello, en unos casos por su importancia demográfica, política o económica y, en otros, por su enorme peso histórico, como es el caso de Extremadura.

Como se vislumbra en la obra, Extremadura es un verdadero paraíso natural, un entorno privilegiado de los que quedan pocos en Europa. Lugar de peregrinación de zoólogos, biólogos y de los amantes de la naturaleza. Un espacio que no experimentó la Revolución Industrial y que ha mantenido niveles bajos de poblamiento lo que ha preservado su valor natural. Pero también es un edén para arqueólogos e historiadores por los importantísimos vestigios del pasado que conserva. Extremadura ha sido siempre un crisol de civilizaciones pues por su tierra han pasado todo tipo de pueblos desde la prehistoria y ha sido lugar de encuentro y desencuentro de judíos, islámicos y cristianos. No sabemos el origen de la denominación; una de las teorías más plausibles sostiene que cuando la reconquista alcanzó el río Duero, se utilizó el término latino Extrema Durii para denominar a esa zona que en castellano significa frontera del Duero. Más tarde, los territorios conquistados por los cristianos sobrepasaron este río, pero se siguió utilizando dicha denominación para señalar los nuevos territorios. En el siglo XIII, durante el reinado de Fernando III el Santo, estos territorios recibieron ya de manera definitiva el nombre de Extremadura.

La historia de esta tierra tiene hondas raíces históricas. Por su territorio se han paseado vetones, lusitanos, túrdulos, cartagineses, romanos, visigodos, árabes, judíos y cristianos. Dos aspectos han marcado su historia: uno, la existencia de una élite oligárquica que monopolizó la casi única fuente de riqueza, es decir, la tierra. Y otro, su carácter fronterizo con el reino de Portugal, lo que la convirtió en un lugar estratégico, primero para el reino de Castilla y León y luego para España. Desde entonces, fue uno de los escenarios prioritarios de las guerras de la monarquía. Tanto, que los extremeños se terminaron acostumbraron al ciclo destrucción-creación y a reconstruir siempre sobre sus propias cenizas. Ahora bien, la frontera no fue impermeable, igual que hubo dramáticos y reiterados sucesos que lastraron el progreso de la región también se produjeron unas relaciones humanas, económicas y culturales muy enriquecedoras.

Como ha escrito Javier Cercas, actualmente Extremadura tiene algo de portuguesa, algo de castellana y algo de andaluza. Y este crisol de culturas y de influencias, conforman la esencia de lo que hoy es Extremadura y el pueblo extremeño.

           El presente volumen, supone una buena síntesis de lo que Extremadura ha representado en la historia y en el arte de España y de Occidente. Pero solo son pinceladas pues el cuadro completo solo se puede pintar sobre el terreno, visitando esta tierra preñada de historia y de vestigios del pasado. Esperemos que estas pocas páginas animen a muchos lectores a visitar Extremadura, una de las grandes desconocidas de España.

 

E.M.C.

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ALCÁNTARA, Nº 84, julio-diciembre de 2016

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ALCÁNTARA, revista del Seminario de Estudios Cacereños Nº 84. Cáceres, julio-diciembre de 2016, ISSN: 0210-9859, 135 págs.

 

           Acaba de presentarse el último número de la revista Alcántara, el correspondiente al segundo semestre de 2016. Coordinada y dirigida por Salvador Calvo Muñoz, la revista mantiene su sello de siempre, un formato casi de bolsillo y una edición austera pero muy cuidada. Conserva, asimismo, su estructura en tres apartados: estudios científicos, textos literarios y reseñas de libros.

           Entre los estudios, destacan el trabajo de Enrique Gómez Solano sobre la teología del jesuita Teilhard de Chardin. Se trata de una continuación de otro trabajo suyo publicado en el número 78 de esta misma revista, correspondiente al segundo semestre de 2013. El principal objetivo de su filosofía era tratar de compatibilizar la teoría de la evolución con la presencia y existencia de Cristo como destino final.

José Antonio Ramos Rubio y Oscar de San Macario analizan, con el apoyo de abundante material gráfico, los restos arqueológicos medievales del entorno de la finca Gil Téllez, cerca de Cáceres. Se trata de quince tumbas, además de algunas inscripciones epigráficas y varios tableros tallados en la roca del juego del Alquerque.

Por su parte, José Luis Rodríguez Analiza la fiesta de Todos los Santos en la provincia de Badajoz. Básicamente eran similares aunque con variantes y con nombres diferentes para definir la misma tradición: chaquetía, saquitía, calbotá, calvochá, tosantos, etc.

Esteban Mira analiza los orígenes de Alcuéscar a partir de la compra que los vecinos hicieron de su propia jurisdicción en 1599. Para ello debieron pagar 7,6 millones de maravedís que aportó el perulero metellinense Juan Velázquez de Acevedo, tras formalizar tres censos sobre los propios de la recién segregada villa de Alcuéscar. El proceso de segregación había empezado en 1588 y culminó en 1599, es decir, once años después, cuando se hizo efectiva la cuantía solicitada por la Corona. Eso sí, Montánchez presentó un pleito para evitar la pérdida de dichos territorios, pero lo perdió por sentencia en grado de apelación de 1603. El trabajo se completa con la transcripción de varios documentos, procedentes del Archivo Histórico Provincial de Sevilla.

Tirso Bañeza diserta sobre los primeros estudios nocturnos implantados en Extremadura, concretamente en el IES el Brocense de Cáceres. Un centro que tuvo unos pioneros inicios antes de mediar el siglo XIX, como Instituto Elemental de Segunda Enseñanza, dependiente de la Universidad de Salamanca. Los estudios nocturnos comenzaron a principios del siglo XX, cuando se impartían clases gratuitas a los obreros. Desgraciadamente el proyecto fue efímero, pues quedaron suspendidas entre 1907 y 1961, reiniciándose a partir de este último año de manera ya ininterrumpida.

Otros ensayos aluden al Museo de los Iconos de Monroy, firmado por Paquita Morgado y Gervasio Reolid, o al médico de Alcollarín Juan Bernardo Cuadrado (1878-1968), este último firmado por el escritor Félix Piñero. El Doctor Cuadrado se formó en la entonces llamada Universidad Central de Madrid y desempeñó una labor impagable y en ocasiones altruista en la lucha contra el paludismo en el medio rural. Siempre trabajó a favor de los más desfavorecidos lo que provocó que se llevara varios años encausado, supuestamente por simpatizar con el bando republicano. Finalmente, gracias a los testimonios favorables de algunos amigos, salió absuelto e, incluso, en 1954 recibió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo.

El volumen se completa con los aportes literarios de Matías Simón Villares, Emilio J. Martín, Juan José Romero Montesino-Espartero, Ada Salas, y Paco Neila, así como de cuatro reseñas a sendos libros aparecidos en 2015 y en el primer semestre de 2016.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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ENTUSIASTAS OLVIDADOS

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IZARD, Miquel (Coord.): “Entusiastas olvidados. Comprometidos con el verano libertario borrados de la memoria”. Barcelona, Editorial Descontrol, 2016, ISBN: 9788416553679. 389 págs.

           Se compilan la vida y la obra de algo más de una treintena de personajes, la mayoría españoles, pero algunos extranjeros, vinculados a la Cataluña republicana, en el período comprendido entre julio de 1936 y enero de 1939. Como es bien sabido, mientras en Madrid dominaron los comunistas y los socialistas en Barcelona fueron mayoría los anarquistas. Junto a esos treinta personajes aparecen referencias a varios centenares más que tuvieron relación con aquel movimiento revolucionario que se generó en la Cataluña de aquellos años. Casi todos ellos activistas anarquistas o comunistas libertarios, algunos simples milicianos, otros arquitectos, pintores, médicos, cineastas, maestros, empresarios, emprendedores y mujeres que militaron en su praxis en el feminismo. Las mujeres consideradas secularmente seres inferiores, sometidas al varón, pudieron alzar la voz y salieron de su ostracismo. Ellas defendieron la escolarización gratuita de todos los niños, al tiempo que trataban de erradicar prácticas como la prostitución. Y todos en general, desarrollaron o trataron de desarrollar propuestas rompedoras, unas por idealistas y otras por radicales, lo mismo en la sanidad, que en la escuela, en la economía o en la producción artística.

España era en los años treinta un país muy atrasado, eminentemente agrícola, donde malvivían miles de campesinos andaluces y extremeños con condiciones laborales y salariales deplorables. Por eso es plausible pensar que en la Cataluña de aquellos tiempos, algunos tuvieron una sensación de pánico por las reformas radicales pero quizás la inmensa mayoría, vivieron los cambios con un “entusiasmo contagioso”. No hay que perder de vista que en la Cataluña de 1936, la CNT tenía más de 178.000 afiliados, siendo uno de los puntos neurálgicos del anarquismo mundial. Allí trataron de recrear una sociedad igualitaria, sin Estado, Iglesia, ni propiedad, al tiempo que aumentaron los servicios urbanos y orientaron la economía al bien común. Hasta pensaron en usar energías alternativas, o construir ciudades ecológicas donde lo rural y lo urbano estuviesen imbricados.

           Llama la atención el drama de estos libertarios inconformistas que soñaron con un mundo mejor. La mayoría murió prematuramente o en el exilio, pues tras el triunfo de los Nacionales fueron proscritos y perseguidos. Pero lo peor de todo es que fueron eliminados de la memoria colectiva y sus historias silenciadas y olvidadas. Ahora bien, no solo fueron perseguidos por franquistas y falangistas, sino también por comunistas estalinistas, que ejecutaron en sus checas a muchos de ellos. Aunque en momentos concretos hubo una colaboración necesaria e interesada entre comunistas y anarquistas, también hubo gravísimos enfrentamientos. Me ha llamado la atención la pugna a muerte entre miembros del PCE, PSUC y PCUS con los anarquistas de la FAI, de la CNT y del POUM. Los anarquistas Camilo Berneri y Francesco Barbieri fueron asesinados en las checas simplemente por escribir contra el autoritarismo estalinista. Bruno Castaldi sufrió apresamientos por parte de los comunistas en España y fue ejecutado en 1962, en Florencia, con el cargo falso y absurdo de colaborar con Franco y Hitler. También el joven Pedro Trufó, miembro de las Juventudes Libertarias, fue detenido en un control en 1937 por estalinistas, y asesinado sin mediar ni media palabra. El caso más surrealista de todos fue el del anarquista Jack Bilbo, nacido en Alemania y que vivió toda su vida bajo la sospecha de colaborar con los nazis, los mismos contra los que combatía. Estuvo a punto de ser ejecutado en Sitges y, tras su exilio a Gran Bretaña, fue internado en un campo de concentración por las mismas sospechas.

Esta pugna entre libertarios y comunistas ha tenido unas consecuencias brutales: detuvieron el proceso revolucionario, tuvieron mucha responsabilidad en el triunfo del bando Nacional y sembraron dudas perpetuas sobre la viabilidad del sueño revolucionario. Como dice Paco Madrid, mucho de estos anarquistas ejecutados por los estalinistas eran camaradas fieles “que frente al fascismo hubiesen caído con una sonrisa en los labios, satisfechos de dar su vida por el ideal”, pero que vivieron el durísimo trance de caer por las balas de camaradas fratricidas.

Tras la derrota en la batalla del Ebro y la caída inexorable de Barcelona, en enero de 1939, comenzó una huída frenética de revolucionarios, libertarios, anarquistas, comunistas o simples republicanos, hacia Francia. Pero sus penalidades no acabaron en el país galo; la mayoría terminó en campos de concentración, como el de Argelès-sur-Mer o el de Saint Cyprien. Otros, los que tenían directamente las manos manchadas de sangre, fueron identificados, devueltos a España y fusilados, como le ocurrió al activista Justo Bueno.

Los supervivientes en el exilio tuvieron una existencia complicada porque sus ideas radicales inquietaban no solo a las fuerzas conservadoras españolas sino incluso a los gobiernos europeos, supuestamente democráticos. La mayoría acabó luchando contra los nazis y otros consiguieron marchar a Latinoamérica. Pero, no lo olvidemos, en muchos países del otro lado del charco había regímenes fascistas por lo que debieron mantener un activismo clandestino o semiclandestino. Eso ocurrió en México, Argentina, Venezuela o en República Dominicana. En este país caribeño el general Leónidas Trujillo los aceptó de más o menos buen grado por su deseo de repoblar la frontera con Haití con colonos blancos, españoles de pura cepa. Allí llegaron, por ejemplo, Tomás Orts y Proudhon Carbó con un numeroso grupo de cenetistas y algún miembro de Esquerra Republicana. Otra libertaria, de la talla de Ada Martí, seguidora de Schopenhauer y Nietzsche, vivió sus últimos años sola, pobre y deprimida, muriendo a los 45 años de edad por una sobredosis de somníferos.

Muy excepcionalmente hubo algunos libertarios a los que les sonrió la suerte, como Cristóbal Pons que, pese a que participó en hechos como el intento de atentado contra el general Franco de 1934, cuando era Capitán General de Baleares, sobrevivió al exilio en Francia y regresó a España falleciendo por causas naturales a los 91 años. También fueron longevas la médica Mercedes Maestre y la anarcosindicalista gala Emilienne Morin. La primera cometió el delito de impartir conferencias de educación sexual en las que divulgaba los métodos anticonceptivos. Fue depurada y viajó al exilio, pero se le permitió el regreso en 1961, viviendo en Valencia aunque, eso sí, aislada y sin ningún reconocimiento, pese a haber sido una de las médicas más progresistas de su tiempo. La segunda, tras trabajar en la Consejería de Defensa de Barcelona, consiguió regresar a su país natal, donde siguió su activismo, aunque en sus últimos años sufrió la amargura de ver el fracaso y la inutilidad de las ideas por las que siempre luchó.

           Me ha costado bastante la lectura y comprensión de este libro precisamente porque está plagado de personajes y de hechos totalmente desconocidos para mí. Cuesta interiorizar una lectura como ésta, con tantos y tan condensados trazos de historia incógnita. He visto entre sus páginas decenas de personajes que truncaron sus vidas y las de sus familias por un sueño, por un viaje a ninguna parte. Margareth Zimbal, miliciana del PUM, murió en una trinchera a los 19 años. Muchos otros cayeron con veinte años o con treinta, lo mismo en el frente que fusilados por falangistas o por estalinistas. Cuesta ver a una jovencita como Simone Weil, con sus gafitas de empollona y su cuerpo delgado y frágil en el frente. Mientras leía su vida, me anticipaba pensando que duraría menos en el campo de batalla que una moneda en la puerta de un colegio. Pero me equivoqué, sobrevivió a la guerra y vivió en Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña, pero su precaria salud la llevó a la tumba en 1943, cuando solo tenía 34 años. Otros, como el pintor Luís Quintanilla, comprometido con la legalidad republicana, murió en el exilio olvidado y con su obra en España destruida físicamente.

Permítame el lector, y las familias de los implicados, que me plantee otra cuestión: ¿mereció la pena?, ¿fue un empeño inútil? Mi respuesta a bote pronto es no a la primera pregunta y sí a la segunda. Prueba de ello es el hecho de que no solo murieran sino que su memoria fuese cercenada, como si jamás hubiesen nacido. Cuando los franquistas le preguntaron a Mussolini qué hacer con los brigadistas italianos capturados él respondió: “que los fusilen”. El Duce estaba seguro de algo: “los muertos no cuentan la historia”. A lo mejor, alguien me convence de lo contrario, es decir, que mereció la pena; estoy abierto a todos los argumentos.

En cualquier caso lo que sí tengo claro es que este libro es una ventanita abierta al pasado reciente por la que asoman muchos de estos personajes silenciados, depurados y borrados de la memoria. El profesor Izard, que lleva en la brecha más de medio siglo, continúa con su encomiable e incansable tarea de acabar con los mitos y de dar a conocer páginas enteras escamoteadas de la memoria colectiva por la historiografía oficial.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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