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ENTUSIASTAS OLVIDADOS

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IZARD, Miquel (Coord.): “Entusiastas olvidados. Comprometidos con el verano libertario borrados de la memoria”. Barcelona, Editorial Descontrol, 2016, ISBN: 9788416553679. 389 págs.

           Se compilan la vida y la obra de algo más de una treintena de personajes, la mayoría españoles, pero algunos extranjeros, vinculados a la Cataluña republicana, en el período comprendido entre julio de 1936 y enero de 1939. Como es bien sabido, mientras en Madrid dominaron los comunistas y los socialistas en Barcelona fueron mayoría los anarquistas. Junto a esos treinta personajes aparecen referencias a varios centenares más que tuvieron relación con aquel movimiento revolucionario que se generó en la Cataluña de aquellos años. Casi todos ellos activistas anarquistas o comunistas libertarios, algunos simples milicianos, otros arquitectos, pintores, médicos, cineastas, maestros, empresarios, emprendedores y mujeres que militaron en su praxis en el feminismo. Las mujeres consideradas secularmente seres inferiores, sometidas al varón, pudieron alzar la voz y salieron de su ostracismo. Ellas defendieron la escolarización gratuita de todos los niños, al tiempo que trataban de erradicar prácticas como la prostitución. Y todos en general, desarrollaron o trataron de desarrollar propuestas rompedoras, unas por idealistas y otras por radicales, lo mismo en la sanidad, que en la escuela, en la economía o en la producción artística.

España era en los años treinta un país muy atrasado, eminentemente agrícola, donde malvivían miles de campesinos andaluces y extremeños con condiciones laborales y salariales deplorables. Por eso es plausible pensar que en la Cataluña de aquellos tiempos, algunos tuvieron una sensación de pánico por las reformas radicales pero quizás la inmensa mayoría, vivieron los cambios con un “entusiasmo contagioso”. No hay que perder de vista que en la Cataluña de 1936, la CNT tenía más de 178.000 afiliados, siendo uno de los puntos neurálgicos del anarquismo mundial. Allí trataron de recrear una sociedad igualitaria, sin Estado, Iglesia, ni propiedad, al tiempo que aumentaron los servicios urbanos y orientaron la economía al bien común. Hasta pensaron en usar energías alternativas, o construir ciudades ecológicas donde lo rural y lo urbano estuviesen imbricados.

           Llama la atención el drama de estos libertarios inconformistas que soñaron con un mundo mejor. La mayoría murió prematuramente o en el exilio, pues tras el triunfo de los Nacionales fueron proscritos y perseguidos. Pero lo peor de todo es que fueron eliminados de la memoria colectiva y sus historias silenciadas y olvidadas. Ahora bien, no solo fueron perseguidos por franquistas y falangistas, sino también por comunistas estalinistas, que ejecutaron en sus checas a muchos de ellos. Aunque en momentos concretos hubo una colaboración necesaria e interesada entre comunistas y anarquistas, también hubo gravísimos enfrentamientos. Me ha llamado la atención la pugna a muerte entre miembros del PCE, PSUC y PCUS con los anarquistas de la FAI, de la CNT y del POUM. Los anarquistas Camilo Berneri y Francesco Barbieri fueron asesinados en las checas simplemente por escribir contra el autoritarismo estalinista. Bruno Castaldi sufrió apresamientos por parte de los comunistas en España y fue ejecutado en 1962, en Florencia, con el cargo falso y absurdo de colaborar con Franco y Hitler. También el joven Pedro Trufó, miembro de las Juventudes Libertarias, fue detenido en un control en 1937 por estalinistas, y asesinado sin mediar ni media palabra. El caso más surrealista de todos fue el del anarquista Jack Bilbo, nacido en Alemania y que vivió toda su vida bajo la sospecha de colaborar con los nazis, los mismos contra los que combatía. Estuvo a punto de ser ejecutado en Sitges y, tras su exilio a Gran Bretaña, fue internado en un campo de concentración por las mismas sospechas.

Esta pugna entre libertarios y comunistas ha tenido unas consecuencias brutales: detuvieron el proceso revolucionario, tuvieron mucha responsabilidad en el triunfo del bando Nacional y sembraron dudas perpetuas sobre la viabilidad del sueño revolucionario. Como dice Paco Madrid, mucho de estos anarquistas ejecutados por los estalinistas eran camaradas fieles “que frente al fascismo hubiesen caído con una sonrisa en los labios, satisfechos de dar su vida por el ideal”, pero que vivieron el durísimo trance de caer por las balas de camaradas fratricidas.

Tras la derrota en la batalla del Ebro y la caída inexorable de Barcelona, en enero de 1939, comenzó una huída frenética de revolucionarios, libertarios, anarquistas, comunistas o simples republicanos, hacia Francia. Pero sus penalidades no acabaron en el país galo; la mayoría terminó en campos de concentración, como el de Argelès-sur-Mer o el de Saint Cyprien. Otros, los que tenían directamente las manos manchadas de sangre, fueron identificados, devueltos a España y fusilados, como le ocurrió al activista Justo Bueno.

Los supervivientes en el exilio tuvieron una existencia complicada porque sus ideas radicales inquietaban no solo a las fuerzas conservadoras españolas sino incluso a los gobiernos europeos, supuestamente democráticos. La mayoría acabó luchando contra los nazis y otros consiguieron marchar a Latinoamérica. Pero, no lo olvidemos, en muchos países del otro lado del charco había regímenes fascistas por lo que debieron mantener un activismo clandestino o semiclandestino. Eso ocurrió en México, Argentina, Venezuela o en República Dominicana. En este país caribeño el general Leónidas Trujillo los aceptó de más o menos buen grado por su deseo de repoblar la frontera con Haití con colonos blancos, españoles de pura cepa. Allí llegaron, por ejemplo, Tomás Orts y Proudhon Carbó con un numeroso grupo de cenetistas y algún miembro de Esquerra Republicana. Otra libertaria, de la talla de Ada Martí, seguidora de Schopenhauer y Nietzsche, vivió sus últimos años sola, pobre y deprimida, muriendo a los 45 años de edad por una sobredosis de somníferos.

Muy excepcionalmente hubo algunos libertarios a los que les sonrió la suerte, como Cristóbal Pons que, pese a que participó en hechos como el intento de atentado contra el general Franco de 1934, cuando era Capitán General de Baleares, sobrevivió al exilio en Francia y regresó a España falleciendo por causas naturales a los 91 años. También fueron longevas la médica Mercedes Maestre y la anarcosindicalista gala Emilienne Morin. La primera cometió el delito de impartir conferencias de educación sexual en las que divulgaba los métodos anticonceptivos. Fue depurada y viajó al exilio, pero se le permitió el regreso en 1961, viviendo en Valencia aunque, eso sí, aislada y sin ningún reconocimiento, pese a haber sido una de las médicas más progresistas de su tiempo. La segunda, tras trabajar en la Consejería de Defensa de Barcelona, consiguió regresar a su país natal, donde siguió su activismo, aunque en sus últimos años sufrió la amargura de ver el fracaso y la inutilidad de las ideas por las que siempre luchó.

           Me ha costado bastante la lectura y comprensión de este libro precisamente porque está plagado de personajes y de hechos totalmente desconocidos para mí. Cuesta interiorizar una lectura como ésta, con tantos y tan condensados trazos de historia incógnita. He visto entre sus páginas decenas de personajes que truncaron sus vidas y las de sus familias por un sueño, por un viaje a ninguna parte. Margareth Zimbal, miliciana del PUM, murió en una trinchera a los 19 años. Muchos otros cayeron con veinte años o con treinta, lo mismo en el frente que fusilados por falangistas o por estalinistas. Cuesta ver a una jovencita como Simone Weil, con sus gafitas de empollona y su cuerpo delgado y frágil en el frente. Mientras leía su vida, me anticipaba pensando que duraría menos en el campo de batalla que una moneda en la puerta de un colegio. Pero me equivoqué, sobrevivió a la guerra y vivió en Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña, pero su precaria salud la llevó a la tumba en 1943, cuando solo tenía 34 años. Otros, como el pintor Luís Quintanilla, comprometido con la legalidad republicana, murió en el exilio olvidado y con su obra en España destruida físicamente.

Permítame el lector, y las familias de los implicados, que me plantee otra cuestión: ¿mereció la pena?, ¿fue un empeño inútil? Mi respuesta a bote pronto es no a la primera pregunta y sí a la segunda. Prueba de ello es el hecho de que no solo murieran sino que su memoria fuese cercenada, como si jamás hubiesen nacido. Cuando los franquistas le preguntaron a Mussolini qué hacer con los brigadistas italianos capturados él respondió: “que los fusilen”. El Duce estaba seguro de algo: “los muertos no cuentan la historia”. A lo mejor, alguien me convence de lo contrario, es decir, que mereció la pena; estoy abierto a todos los argumentos.

En cualquier caso lo que sí tengo claro es que este libro es una ventanita abierta al pasado reciente por la que asoman muchos de estos personajes silenciados, depurados y borrados de la memoria. El profesor Izard, que lleva en la brecha más de medio siglo, continúa con su encomiable e incansable tarea de acabar con los mitos y de dar a conocer páginas enteras escamoteadas de la memoria colectiva por la historiografía oficial.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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MIRADAS SOBRE HERNÁN CORTÉS

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Martínez Martínez, María del Carmen y Mayer, Alicia (Coords.): “Miradas sobre Hernán Cortés”. Madrid, Iberoamericana, 2016, ISBN: 978-84-8489-990-7, 282 págs.

         En esta obra se reúnen las aportaciones presentadas a unos coloquios celebrados en marzo de 2015 y dirigidos por las dos coordinadoras. Participan en él algunos de los especialistas más reconocidos en la temática cortesiana, como Bernard Grunberg, Miguel León-Portilla, María del Carmen Martínez o Rodrigo Martínez Baracs, entre otros.

         El libro se abre con un trabajo del profesor Miguel León Portilla, centrado en las grandes expediciones al Mar del Sur, tras la conquista de la Confederación Mexica. En dichas páginas se muestra el carácter inagotable del conquistador, deseoso de explorar el Pacífico y llegar a Asia. Bien es cierto, que dicho texto es solo una versión resumida de su obra maestra “Hernán Cortés y la Mar del Sur” (México, ICI, 1985).

         Muy interesante es el aporte de Bernardo García Martínez, del Colegio de México. Aclara que junto a la conquista militar hubo otra política. Efectivamente, hubo muchos pueblos cuya élite gobernante aceptó el cambio de poder sin que se produjera una fractura. Destaca el caso llamativo, pero no único, del pueblo de Yanhuitlán, cuya dinastía alcanzó el poder en el siglo XI y lo mantuvo hasta el año 1629. Es decir, la élite dominante subsistió a dos conquistas, la mexica y la hispana. Lo que queda claro es que Hernán Cortés, como los propios mexicas, ofrecieron allí donde fue posible una transición pacífica, manteniendo la estructura política prehispánica. Y es que muchos pueblos del valle de México vieron la conquista no como un choque militar sino como un cambio político. Todos aquellos pueblos que aceptaron el nuevo vasallaje, la nueva religión y sus obligaciones tributarias fueron incorporados sin cambios traumáticos.

         Bernard Grunberg, por su parte, trata la figura de Cortés como un hombre de su tiempo, un continuador de la reconquista más allá de los mares. El autor destaca que se trataba de una empresa privada y que, por tanto, eran los caudillos hispanos los que asumían todos los riesgos, en servicio de Dios y de Su Majestad. Y lógicamente, tras la conquista, llegaron las compensaciones tanto económicas como sociales, aunque no políticas. Concluye Grunberg que el metellinense fue un gran guerrero que además terminó enamorándose de la tierra que conquistó. Ahora bien, también advierte que quizás no se haya ponderado adecuadamente el papel de algunos de sus principales lugartenientes, como Gonzalo de Sandoval, Andrés de Tapia, Pedro de Alvarado o Cristóbal de Olid. Y ello, sin olvidar, recuerda el autor, la visión de los vencidos.

         Por su parte Karl Kohut insiste en algo que ya sabíamos: el papel de las propias “Cartas de Relación” en el proceso de heroización del propio conquistador. Resalta el autor que, pese a la prohibición de su edición en España, por las presiones de Pánfilo de Narváez, en Europa fueron acogidas con verdadero furor. A juicio del autor, la edición alemana de 1550 constituye la cumbre de la heroización del metellinense.

         “Más pleitos que convenían a su Estado”, es el título del trabajo de la Dra. María del Carmen Martínez, usando una frase del cronista Francisco López de Gómara. Los problemas judiciales de Cortés comenzaron tras el nombramiento de la primera Audiencia de Nueva España, tras la muerte repentina del jurista Luis Ponce de León que debía realizar su juicio de residencia. A este tribunal de justicia acudieron decenas de descontentos con el conquistador, personas que no habían visto bien recompensados sus servicios. La presencia del metellinense o de sus decenas de apoderados en los juzgados fue ya continua hasta el final de su vida. Los pleitos que sostuvo el conquistador se cuentan por decenas, y la documentación está repartida por diversos archivos españoles y mexicanos.

         De la visión cortesiana en la obra de Gonzalo Fernández de Oviedo se ocupa Louise Bénat-Tachot, de la Universidad de Paris-Sorbonne. Como ya sabíamos, el cronista se muestra bastante crítico con las acciones del conquistador a quien afea especialmente su traición al teniente de gobernador Diego Velázquez. Y esta deslealtad con su superior la recalca el cronista en varias ocasiones a lo largo de su obra. Ahora bien, esa infidelidad no es incompatible con el hecho de que fuese un guerrero valiente, lo que le lleva a escribir, con motivo de sus exequias fúnebres, que por sus acciones en la guerra era una persona digna “de mucha memoria”.

         Complementario del artículo anterior es el que José Luis Egío dedica al cronista soriano Francisco López de Gómara que fue algo así como su cronista oficial, cantor de la gesta del metellinense. Destaca el autor que Gómara encontró en la comparación la herramienta más eficaz para ponderar las hazañas de su biografiado y exculparlo de casi todas las acusaciones.

         Alicia Mayer, profesora de la Universidad Nacional y Autónoma de México, destaca la visión de Cortés como héroe cristianizador que consagró la historiografía desde la segunda mitad del siglo XVI. Fue el franciscano Fray Gerónimo de Mendieta el que inició está visión del metellinense como un elegido por la providencia para extender el cristianismo, compensando el daño causado por los protestantes. Fray Juan de Torquemada, el criollo Carlos de Sigüenza y Góngora y otros escritores de su tiempo mantuvieron esta idea de que la gran proeza de Cortés había sido la evangelización de los naturales.

         Por su parte Antonio Rubial García traza un completo recorrido por la visión de Cortés desde el siglo XVI al XIX. Un lapso de tiempo en el que se pasa del héroe de los siglos XVI y XVII a la frialdad del XVIII y a la crítica abierta de los criollos de la época de la Independencia. El metellinense fue satanizado, al representar el símbolo de la dominación española. No fue la única diana, también fueron denostados Moctezuma y la Malinche como traidora, al tiempo que emergía un nuevo héroe de la resistencia mexicana: Cuauhtémoc. Complementario a este trabajo es el que firma Miguel Soto, referido a la imagen del conquistador en el México independiente hasta la época del gobierno populista de Porfirio Díaz. En general, la figura de Cortés estuvo demonizada, formando parte del discurso nacionalista. Y la animadversión llegó a tal punto que hubiesen profanado sus restos mortales en el Hospital de Jesús de no ser por la intervención de Lucas Alamán que se anticipó, ocultándolos. Servando Teresa de Mier, Tadeo Ortiz de Ayala, José María Luis Mora y otros historiadores del México independiente recriminaron la conquista en general, y cuestionaron la gesta de Cortés. Y ya en 1901, Genaro García, en su obra “Carácter de la conquista española en América y México” (1901), criticó a España por su intolerancia contra judíos, musulmanes e indios, al tiempo que comparaba a Cortés con un “nuevo Atila”. Obviamente, lo mismo la historiografía de la época moderna que la contemporánea se ha movido en función a una ideología y a unos intereses muy particulares, ajenos a la verdadera historia del personaje.

         El libro se cierra con un pequeño pero enjundioso trabajo de Rodrigo Martínez Baracs que, por cierto, es hijo del gran historiador cortesiano José Luis Martínez. Su trabajo lo titula “Actualidad de Hernán Cortés” y son reflexiones muy sabias y ponderadas que, a mi juicio, es lo más valioso de este libro. Él sugiere una visión ecuánime y rigurosa del conquistador más allá “de la vanagloria y de la culpa”. Y reivindica el papel de los propios mexicanos, pues son ellos y no los peninsulares que permanecieron en España, los descendientes de Cortes y su hueste. Es discutible su afirmación de que el avasallamiento de la población tras la conquista no fue mayor que el que ya sufrían en la época prehispánica. Ahora bien, sí acierta cuando sostiene que la situación de los naturales empeoró tras la Independencia, precisamente cuando perdieron su condición de indios y el control de pueblos y tierras.

         En líneas generales este volumen constituye una puesta al día de lo que sabemos sobre Hernán Cortés. Contiene muchas ideas sugerentes que tratan de ubicar al conquistador en su contexto histórico. Una lectura recomendable y sugerente ahora que se acerca el quinto centenario de la llegada a Veracruz del conquistador. Tiempo habrá en estos años conmemorativos, de 2017 a 2019, de hablar de su figura y de tratar de contextualizar los hechos.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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APUNTES PARA LA HISTORIA DE LA CIUDAD DE BADAJOZ, T. XI

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“Apuntes para la historia de la ciudad de Badajoz”, T. XI. Badajoz, Real Sociedad Económica de Amigos del País, 2016, ISBN: 978-8461765188, 211 Págs.

         Desde el año 2015, el coordinador de esta publicación, el Dr. Miguel Ángel Naranjo Sanguino, ha conseguido transformar una publicación poco útil, en una obra esperada por muchos interesados en la historia de Badajoz. El profesor Naranjo, Catedrático de Historia, se ha preocupado por homogeneizar la publicación, con trabajos que mantienen la misma línea en cuanto a aparato crítico y a extensión. Asimismo, se ha preocupado de recabar trabajos entre investigadores acreditados, de manera que los textos tienen todas las garantías y presentan aportes desconocidos.

         Dado que en 2016 se produjeron dos efemérides, el bicentenario de la Económica (1816-2016) y la renuncia del presidente de la institución desde 1989 a 2016, el profesor y pintor don Francisco Pedraja Muñoz, se dedican varios artículos a ambas cuestiones. Carmen Araya aborda la labor del presidente saliente, al tiempo que Zacarías Calzado analiza su extensa obra pictórica. Por su parte, Laura Marroquín Martínez, firma una crónica de los actos realizados por la Sociedad Económica en 2016, con motivo del citado bicentenario.

         Pedro Castellano Bote realiza un pormenorizado estudio de la casa del Cordón, actualmente sede del Arzobispado de Mérida-Badajoz, analizando pormenorizadamente la evolución del solar y la casa, los deslindes y sus sucesivos propietarios. El escudo que aparece, en el centro de la portada corresponde a su antiguo dueño Miguel de Andrade Alvarado, y puede fecharse en torno a 1775.

         Muy interesante es el trabajo del prof. Julián García Blanco sobre la cárcel pública de Badajoz, de la que se conservan referencias al menos desde 1495. Como ya intuíamos la situación del presidio fue casi siempre deplorable, debido a sus pésimas condiciones de salubridad y a la corrupción de los propios alcaides. Incluso, hubo años en los que no hubo alcaide por falta de dotación económica. Lo cierto es que, bien por negligencia o bien por prevaricación del responsable de la prisión, se produjeron innumerables fugas, en muchos casos de presos que estaban condenados a servir en galeras. En el siglo XIX la situación del recinto debió mejorar por lo que las fugas ya no se producían desde el interior de la cárcel sino en los traslados al hospital o a otra cárcel o durante las salidas para realizar trabajos para el municipio. La cárcel real –también llamada vieja-, fue demolida en los años treinta del siglo pasado.

         Muy peliagudo era el trabajo del cronista local Alberto González Rodríguez, sobre historiadores, archiveros y cronistas vinculados a Badajoz. Pero el autor completa este trabajo historiográfico con bastante solvencia y sin entrar en vanas polémicas. Hace un completo recorrido por todas las personas que desde hace siglos han realizado algún trabajo relacionado con la historia o con la documentación del municipio. Cita a cientos de autores modernos y contemporáneos y no se aprecian olvidos significativos ni entra en cuestiones polémicas de signo ideológico. Es un buen trabajo de síntesis historiográfica sobre Badajoz.

         Teodoro A. López, canónigo archivero del repositorio Diocesano analiza el archivo de la Catedral de Badajoz, con unos umbrales cronológicos que van desde el año 1255 hasta nuestros días. Se limita a describir los fondos lo que hace con solvencia ya que es la persona que mejor los conoce.

         Muy interesante es el estudio que presenta Álvaro Meléndez Teodoro sobre los cementerios de Badajoz, haciendo especial hincapié en el de San Juan. Un camposanto inaugurado en 1839 y que se mantiene en activo en nuestros días. Reivindica su consideración como espacio histórico para evitar la desaparición de lápidas antiguas y monumentos que constituyen verdaderas obras de arte desconocidas.

         Le sigue mi trabajo sobre los pacenses participantes en la conquista del Perú. En él destaco el origen badajocenses del famoso artillero de Cajamarca, Pedro de Candía. Asimismo, dedico varias páginas al enfrentamiento entre almagristas y pizarristas, que llevo a varios oriundos de la ciudad a luchar en bandos opuestos a varios miles de kilómetros de su ciudad natal.

         Y el volumen se cierra con un trabajo del Prof. Tomás Pérez Marín sobre el comercio en Badajoz en el Siglo de las Luces. Analiza los abastos de pan, carne, vino, aceite, etc., que salvo en el caso del pan se sacaba anualmente a subasta. Los precios variaban mucho en función a la oferta, es decir, a la abundancia o escasez de esos productos que dependía de la cosecha. Otros productos eran un estanco regio, como la sal, el tabaco o los naipes. Destaca especialmente el comercio transfronterizo con Portugal, una parte del cual era legal aunque también había mucho contrabando. Este comercio ilegal era mayor en tiempos de crisis, de guerras o de malas cosechas, pues la limitada oferta hacía que el precio de los productos se disparase y el contrabando resultase mucho más rentable.

         Para finalizar, destacar la calidad científica de los textos presentados en este volumen, lo cual obviamente hay que agradecer a los profesores participantes pero sobre todo al coordinador del volumen.



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UN ERROR HISTÓRICO: LA IDENTIDAD DE ALONSO DE MENDOZA

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CARMONA CERRATO, Julio: “Un error histórico: la identidad de Alonso de Mendoza”. Don Benito, XV Premio de Investigación Santiago González, 2016, 389 págs.

           Su autor, paisano de su biografiado, nos aclara la identidad de Álvaro de Mendoza y de sus hijos que alcanzaron gran notoriedad en la América de los siglos XVI y XVII. De los más de 14.000 extremeños que hicieron las Américas hay varios cientos de ellos que están mal identificados. Empieza el autor desmontando la idea tradicional de que Alonso de Mendoza –que tiene una calle en Don Benito- fuese el fundador de la ciudad de La Paz. Como demuestra el autor, el fundador de esta urbe fue un zamorano del mismo nombre. Y es que la existencia de varios homónimos del mismo nombre ha favorecido la confusión.

           El dombenitense Alonso de Mendoza era en realidad un criollo, aunque eso sí, hijo del capitán Álvaro de Mendoza Carvajal. Este último nació en Don Benito en torno a 1504, pasando a América en 1534, en la expedición liderada por Rodrigo Durán. Una vez en llegado a las Indias, participó en numerosas campañas militares, a las órdenes de Pedro de Heredia y de Jorge Robledo en Popayán y Antioquía. Estuvo presente en la fundación de las ciudades de Anserma y Cartago. Obviamente, cuando se produjo el enfrentamiento entre Pedro de Heredia y Sebastián de Belalcázar se posicionó del lado de su pariente político Pedro de Heredia. De vuelta en Cartagena ostentó la alcaldía ordinaria del cabildo, al tiempo que era capitán y maestre de campo. Asimismo poseyó enjundiosas encomiendas, sobre todo desde 1550 en que obtuvo las de Pinchorroy y Chenú.

En 1555 se embarcó hacia la metrópolis en la accidentada flota del general Farfán que sufrió numerosos avatares y terminó naufragando. Pero Álvaro de Mendoza y su hermano Francisco de Carvajal sobrevivieron al percance y se presentaron en Valladolid, obteniendo numerosas mercedes de Felipe II.

En 1557 estaba de vuelta en Cartagena de Indias, siendo en ese momento gobernador Gonzalo Jiménez de Quesada. Un contratiempo pues ya no existía la protección de su pariente Pedro de Heredia y fue residenciado, siendo condenado primero y en absuelto en grado de apelación. En 1559 participó en la defensa de Cartagena ante el asalto de los corsarios galos Martín Cote y Jean de Beautemps. Poco después se reembarcó por segunda vez hacia España, estando de vuelta en Cartagena de Indias en 1560. En 1568, siendo maestre de campo de Cartagena, hizo frente al asalto de la ciudad por parte del corsario inglés John Hawkins. Y siendo ya un anciano, en 1586, vivió la dramática ocupación de la ciudad, por parte del corsario Francis Drake. El dombenitense sobrevivió al menos hasta 1598 aunque ya con más de 90 años de edad y prácticamente impedido.

Fruto de su matrimonio con Francisca de Heredia, sobrina del gobernador y fundador de la ciudad de Cartagena Pedro de Heredia, nacieron varios hijos: Alonso de Mendoza, Francisco de Carvajal y María de Mendoza. Estos perpetuarían su linaje en Cartagena de Indias.

           Cono conclusión, el libro detalla con minuciosidad las andanzas de Álvaro de Mendoza, al tiempo que aclara que su hijo, el criollo Alonso de Mendoza no fue el fundador de la ciudad de La Paz. El libro está muy bien documentado y el esfuerzo de su autor es digno de elogio. A mi juicio, el título de la obra debió ser otro; no Alonso de Mendoza, que ni fundó La Paz ni tan siquiera era extremeño, sino Álvaro de Mendoza. Éste dombenitense sí que tuvo una vida casi novelesca y digna de ser recordada. Habría que plantearse, quizás mantener por tradición histórica la calle de Alonso de Mendoza, pero urge colocar otra a Álvaro de Mendoza Carvajal, este sí, un dombenitense que sobrevivió a rebeliones, ataques corsarios y a tempestades.



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EL PASADO NO EXISTE. ENSAYO SOBRE LA HISTORIA

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SERNA, Justo: “El pasado no existe. Ensayo sobre la Historia”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2016, 226 págs. I.S.B.N.: 9788415930334


           Justo Serna nos presenta un ensayo en el que trata de divulgar su idea del pasado, de la historia y del oficio de historiador. Empieza contextualizando su texto en el mundo actual, en una realidad en el que todo está en continua evolución y el bombardeo continuo de información nos ahoga, creando una sensación generalizada de zozobra. En este contexto, el historiador debería jugar un papel clave como indagador del pasado.

La historia no es una disciplina inútil, dedicada a rescatar curiosidades del pasado, como algunos han pretendido. Muy al contrario, tiene una importantísima función social. No en vano, la palabra historiador viene de la raíz “histor” que en griego significa “el que ve, el que sabe el que cuenta porque sabe”. La historia debe ser una maestra de vida, pues al analizar el pasado nos permite conocer sus errores y construir un presente y un futuro más justo. Y sin esa función transformadora del presente la historia no tiene ningún sentido.

Este pasado, como afirma Justo Serna, no existe, va progresivamente desapareciendo cuando van muriendo sus protagonistas. Sin embargo, nos quedan sus vestigios, más o menos abundantes, dependiendo de la época. Y como diría Lucien Febvre, esos materiales constituyen precisamente “el polen milenario” con el que los historiadores escriben la historia. Y eso es lo que hacemos exactamente, reconstruir ese pasado extinto a través de las fuentes que nos han quedado.

El problema es que cualquier persona no está cualificada para interpretar esos vestigios del pasado. Todos los documentos tienen algún sesgo, porque responden a alguna intencionalidad o a intereses particulares. También los recuerdos de las personas, están tamizados por su propia experiencia personal y por el carácter selectivo de la propia memoria. Como bien dice el profesor Serna todos tenemos pasado, y eso condiciona nuestros recuerdos. Lo cierto es que como ya escribió hace varias décadas Jacques Le Goff no hay documento inocente. Es por eso por lo que el historiador debe ser ese profesional cualificado que analice científicamente esos materiales. Unas fuentes que deben ser lo más amplias posibles, aunque debidamente cotejadas. Y es que no existe historia de calidad sin unas fuentes previamente calibradas y cuya veracidad y corrección hayan sido contrastadas. Pero para que los historiadores consigan hacer esa función social deben cumplir varios requisitos.

Primero, seguir unas normas deontológicas básicas. Fundamentalmente, afirma el autor, debemos evitar las explicaciones simplistas, la manipulación, el rencor personal, la fantasía y la mentira. La historia es una ciencia humanística y como tal tiene unos métodos de investigación y una terminología propia que solo el historiador conoce en profundidad. Como indica Justo Serna, el pensamiento del historiador debe ser “informado, analítico, contextual, hipotético, comprensivo y explicativo”.

Segundo, usar un lenguaje sencillo que les permita conectar con la sociedad. Muchos historiadores escriben solamente para sus colegas, con un lenguaje “obtuso”, no apto para el gran público. El autor distingue entre la historia de investigación y la de divulgación. La primera dirigida más a otros historiadores y la segunda encaminada a difundir esos saberes entre el gran público. Lo que ocurre a veces es que los historiadores se centran en la obra de investigación, abandonando la divulgación. Y ello ha traído como inconveniente que ese espacio de comunicación con la sociedad lo hayan ocupado otros profesionales, como periodistas, ensayistas, escritores o tertulianos. Algo que es una dejación de responsabilidad por parte de los historiadores. Por eso, el autor defiende, y además lo pone en práctica con su propio ejemplo, que los historiadores adoptemos un lenguaje sencillo que nos permita llegar a la sociedad y contribuir a formar opinión. Y yo debo añadir que para ello disponemos del mejor ejemplo a seguir, el de los historiadores anglosajones que son capaces de divulgar como nadie desde la investigación. Grandes maestros anglosajones como John Elliott, Henry Kamen, Hugh Thomas o Paul Preston practican lo que muchos llaman alta divulgación.

Tercero, reconstruir el pasado no nos puede llevar en ningún caso a tratar de predecir el futuro. Es cierto que los humanos se comportan de forma parecida desde hace miles de años pues, como señala el autor, somos menos originales de lo que creemos. Sin embargo, en el devenir histórico no solo influyen sujetos determinados sino que pueden confluir fuerzas sociales, reacciones, anticipaciones o revoluciones que alteran cualquier previsión predecible.

Y cuarto, luchar contra los mitos, escribiendo la verdad y no lo que los demás quieren oír. Como dijimos en líneas precedentes, el historiador debe conectar con la sociedad, aproximándose al pasado con honestidad y con un lenguaje sencillo, pero nunca alagándola con lo que ésta quiere escuchar. La historia, usando las mismas palabras que el autor, debe desmontar mitos, tópicos, estereotipos, esquemas, falsedades e inexactitudes. Es por eso que el analista puede ser un tipo fastidioso, porque destapa horrores y errores que molestan la conciencia de los lectores. Y para ello es importante preservar la independencia porque todos los regímenes, especialmente los nacionalistas, han financiado y patrocinado historias míticas para legitimar su Nación. Como dice el autor, especialmente durante los últimos dos siglos la historia ha servido para nacionalizarnos. Y concreta no solo el ejemplo del nacionalismo español sino también el valenciano, con el mito colectivo de la fundación del reino por Jaume I. Y todavía en la actualizad se tratan de evocar las gestas del pasado mediante las conmemoraciones, de las que el autor, con razón, desconfía.

           Ahora bien, que destapemos los horrores del pasado no significa que tengamos que pedir perdón por lo que otros hicieron hace cincuenta años, un siglo o cinco siglos. Como afirma Justo Serna, es tan indefendible como inaceptable que los descendientes de hoy tengan que rendir cuentas por lo que hicieron sus antepasados. Otra cosa muy diferente es que de alguna forma los descendientes nos veamos obligados, aunque sea de manera subconscientes, a cargar con las culpas de ese pasado.

           Se trata de un texto de ágil lectura y muy entretenido, aunque personalmente no me ha aportado gran cosa sobre el método histórico. Pero no porque no esté de acuerdo con él, sino al contrario, porque coincido en casi todo, y plantea una forma de hacer historia que yo también pongo en práctica desde hace muchos lustros. En resumidas cuentas, se trata de un libro bien escrito, muy ameno, y que plantea muchas ideas sensatas y bien fundamentadas de lo que debería ser el oficio de historiador. Un texto asequible y útil no solo para historiadores noveles sino para todas las personas interesadas en la historia.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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MARÍA DE TOLEDO. LA PRIMERA VIRREINA DE LAS INDIAS

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TOLA DE HABICH, Fernando: María de Toledo. La primera virreina de las Indias. México, Factoría Ediciones, 2016, 133 págs.

Se trata de la primera biografía que se escribe sobre María de Toledo, virreina de las Indias, esposa de Diego Colón, hijo primogénito del primer Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón. Es un libro de bolsillo, muy bien escrito, que se lee de principio a fin sin dificultad.

           María de Toledo nació en 1490 en el seno de una casa de alta alcurnia, siendo hija de Fernando Álvarez de Toledo y Enríquez, Comendador Mayor de León, y de María de Rojas y Pereira. Era sobrina tanto de Fernando el Católico como del Duque de Alba. Marchó con su esposo a las Indias, instalándose en la Ciudad Primada de Santo Domingo en 1509. Se establecieron provisionalmente en las Casas Reales, donde se alojaban los cargos oficiales, hasta que en 1514 estuvo acabado su palacete. La gobernación de la isla fue muy problemática, por el duro enfrentamiento entre el grupo colonista y el oficial, liderado por Miguel de Pasamonte.

En 1514, Diego Colón regresó a España, dejando en Santo Domingo a su esposa, junto a cuatro hijas procreadas en esos años: Felipa, María, Juana e Isabel. No cuesta imaginar a la virreina, constantemente embarazada y dedicada por entero a la crianza de sus hijas. Su marido no regresó hasta 1520, de nuevo con el rango de gobernador y virrey de las Indias, permaneciendo en el cargo por el breve espacio de tres años. Sin embargo, en ese lapso de tiempo, tuvieron tiempo de procrear a dos hijos varones, quedando ella embaraza a la partida de su marido. Por cierto, que en 1523 se despidieron en la isla y nunca se volvieron a ver porque él murió en España el 23 de febrero de 1526 mientras seguía a la corte de Carlos V para reivindicar sus derechos.

           La virreina regresó a España en 1530, tras pasar veintiún años en Santo Domingo. En España continuó la reivindicación de su marido, ya en este caso tratando de defender los intereses de sus hijos. Asimismo, gestionó el testamento de su marido, tratando de poner en práctica íntegramente su voluntad. Asimismo, trató de buscar una solución a la biblioteca de Hernando Colón, de más de 15.000 ejemplares, que éste había legado a su sobrino Luis Colón. Sin embargo, María de Toledo, ignorando lo dispuesto por su cuñado, depositó los libros en el monasterio sevillano de San Pablo, donde permanecieron hasta que en 1552 entraron en posesión del cabildo catedralicio donde parcialmente todavía permanecen. A María de Toledo se le ha afeado que infravalorase este conjunto de libros que era en aquel momento una de las mejores bibliotecas del mundo.

Catorce años después, en 1544 decidió regresar a la Ciudad Primada, llevando consigo los restos mortales de su suegro Cristóbal Colón y de su marido. Pretendía darles sepultura en la capilla mayor de la Catedral de Santo Domingo, siguiendo los deseos testamentarios de su marido. Se hace eco el autor de los aportes de Anunciada Colón de Carvajal y Guadalupe Chocano quienes defendieron que el traslado de los restos del Primer Almirante fue en esa fecha de 1544. Sin embargo, como reconoce el propio autor, ese traslado también se pudo haber producido en 1537 o en algún año inmediatamente posterior. A mi juicio, sigue habiendo dudas al respecto.

En la isla le esperaban sus hijos, Luis Colón, de 21 años, y Cristóbal de 20. El primero marcharía a España y el segundo permaneció en la isla, administrando el patrimonio familiar indiano. En Santo Domingo vivió hasta su fallecimiento en 1549, acompañada en todo momento por su hijo Cristóbal. Siete meses antes de su óbito, exactamente el 12 de octubre de 1548, redactó su testamento, ordenando su entierro en la capilla mayor de la Catedral Primada donde –decía- están sepultados los Almirantes mis señores.

           María de Toledo, vivió la vida que le correspondió, muy encorsetada por su linajuda familia. De hecho, se casó con la persona que su padre le eligió y cumplió con lo que se esperaba de ella, es decir, que desempeñase bien sus obligaciones como esposa y como madre. No protagonizó nunca ningún escándalo y llevó una vida discreta, de ahí que el siempre crítico padre Las Casas tuviera solo buenas palabras hacia ella: señora prudentísima y muy virtuosa, escribió en su Historia de las Indias.

           El libro atesora varios aspectos meritorios: primero, es la primera monografía escrita sobre María de Toledo. Segundo, está muy bien redactado, con una literatura sencilla y asequible hasta el punto que se lee casi como una novela histórica. Y tercero, está magníficamente documentado, pues ha analizado la bibliografía más específica sobre la familia Colón y sobre la isla Española. 

           En definitiva, creo que se trata de un buen libro, que sitúa como protagonista del mismo a una mujer, contribuyendo a dar visibilidad a este colectivo. Éstas estaban ahí aunque fuese en un velado segundo plano, pues, como reza el dicho popular, detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Por todo lo dicho, estas páginas son de lectura recomendada para cualquier persona interesada en la Historia del Nuevo Mundo y muy particularmente en el papel desarrollado por las mujeres.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LOS ECOS DE LA ARMADA

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SANZ CAMAÑES, Porfirio: Los ecos de la Armada. España, Inglaterra y la estabilidad del Norte (1585-1660). Madrid, Sílex, 2012, 443 págs. I.S.B.N.: 978-84-7737-570-8

        Las batallas de la Armada Invencible, Lepanto y Trafalgar han marcado la historia de España en los últimos cinco siglos. Este libro, del profesor Sanz Camañes, tras sintetizar los hechos de 1588, analiza con detalle las secuelas, “los ecos”, de aquella contienda sobre la política internacional hasta avanzado el siglo XVII.

        El conflicto anglo-español se remontaba a principios del siglo XVI, agudizándose a partir de 1560, cuando comenzó a implantarse en Inglaterra el anglicanismo. Las diferencias entre católicos y protestantes en la Europa del siglo XVI terminaron provocando un distanciamiento irreconciliable entre ambos países. Cada vez más, los corsarios ingleses -especialmente sir Francis Drake y John Hawkins- practicaban campañas de saqueo y rapiña en los puertos de la América Hispana, interfiriendo gravemente en el tráfico mercantil. Por eso, desde el tercer tercio del siglo XVI dominaba en la monarquía de los Habsburgo la idea de que era necesario frenar la política isabelina para salvaguardar la seguridad no solo de las flotas y puertos indianos sino de la propia España. Desde 1588 pasaron de la guerra encubierta al enfrentamiento abierto.

            El monarca Prudente juntó en Lisboa una armada de unas proporciones nunca vista, con la que pretendía dar un gran escarmiento a los británicos. El objetivo no era invadir Inglaterra, ni tan siquiera destruir la armada inglesa, sino simplemente asestar un golpe de fuerza que obligase a la reina Isabel a rectificar su política antiespañola. Pero las cosas no salieron según  lo esperado, la armada se vio obligada en el camino de regreso a bordear las islas Británicas, sufriendo todo tipo de penalidades. Un cúmulo de decisiones erróneas que, unido a la mala fortuna, dio al traste con el proyecto de Felipe II. Y aunque nunca fue derrotada por la escuadra inglesa, lo cierto es que lo que no hizo el enemigo se encargó de hacerlo la meteorología. Una serie de tormentas, desencadenadas los días seis, diecinueve y veintidós de septiembre terminaron por desaparejar la armada. No pocos navíos se vieron obligados a arribar a puertos escoceses e irlandeses, corriendo los tripulantes una suerte muy dispar. Algunos fueron acogidos por familias escocesas y regresaron meses después a España pero la mayoría de ellos fueron robados y asesinados, mientras el resto de las naves sufrían hambrunas por falta de víveres, frío y epidemias.

            En total, de los ciento treinta buques solo regresaron sesenta y seis y de los veintiocho mil hombres embarcados tan solo diez mil. La improvisación con la que fue pertrechada, las indecisiones del duque de Medina Sidonia, la incompetencia de Alejandro Farnesio y los desastres atmosféricos convirtieron a la Invencible en uno de los mayores dramas de la historia naval española. España perdió buena parte de su armada así como a muchos de los altos mandos, como Oquendo, Leiva o Moncada. Por cierto, Medina Sidonia, la máxima autoridad de la armada, no solo sobrevivió sino que el rey le mantuvo sus honores, probablemente porque entendió que no hubo cobardía ni defección, lo que sin duda le hubiese llevado al patíbulo.

        Sin embargo, como todos los hechos que pasan al imaginario colectivo, la contienda se ha estereotipado de manera interesada. Y es que como afirma el profesor Sanz Camañes, las repercusiones de la batalla se prolongan en el inconsciente colectivo hasta el mismísimo siglo XXI. Fue la propia Inglaterra la que bautizó torticeramente a la escuadra española como la “Invencible”. Y ello con el objetivo premeditado de ensalzar su propia gesta, asimilando a los ingleses con David y a los españoles con Goliat. Un país pequeño que con tesón y una mayor altura moral fue capaz de derrotar a la tiranía de un gigante. La Leyenda Negra antiespañola hizo el resto. Nada más conocerse la derrota de la armada española, Inglaterra se inundó de panfletos en los que se explicaba la victoria en términos religiosos y providencialistas. Los ingleses tomaban conciencia de su nacionalidad al tiempo que propagaban el inicio de su dominio de los mares y la decadencia del gigante hispano. Y es que, como muy bien afirma el profesor Sanz Camañes, España no solo fue derrotada en el mar sino que perdió también el combate por la propaganda. Inglaterra obtuvo un altísimo rédito de su victoria sobre la escuadra hispana. En cambio, en España apareció una amplia generación marcada por el derrotismo, de ahí que Francisco de Quevedo se lamentase de aquellos muros caídos de su patria.

        Ahora bien, como aclara el autor, la derrota de la Invencible no supuso ese punto de inflexión que la historiografía inglesa ha pregonado. De hecho, tras el envite, a sabiendas de la indefensión de España, la escuadra inglesa realizó una campaña de asaltos sobre puertos españoles que se prolongó hasta 1591 y que acabó en un sonoro fracaso. Y es que España mantuvo la primacía en los mares al menos durante todo el reinado de Felipe II. De hecho, tras el fiasco de 1588, Felipe II comenzó una política agresiva encaminada a consolidar los intereses geopolíticos del imperio. Lo primero que hizo fue reconstruir la flota, creando el servicio de Millones, que implicaba el reparto de los costes entre cada corregimiento, que pagaban en función al número de vecinos. Mucho antes del final de su reinado disponía de un número de navíos y un tonelaje similar al momento anterior a la derrota. Además, diseñó un proyecto de consolidación de la red de fortalezas de las colonias americanas para impedir o al menos frenar los ataques corsarios. Y finalmente, impulsó el corso hispano, practicado lo mismo desde los puertos del norte de España como desde Dunquerque, en Flandes. La monarquía hispana pagaba a los ingleses con su misma moneda.

        Y es que el rey Prudente tenía muy claro algo que, escribiría dos décadas después el conde de Gondomar, embajador español en Londres, que “el que es señor de la mar lo es también de la tierra”. Realmente, el poderío naval español no comenzó a declinar hasta la primera década del siglo XVII. E incluso después de esa fecha, casi hasta el final de la Guerra de los Treinta Años, mantuvo su dominio de los mares, merced a un sistema bastante eficiente de flotas y armadas.

        Sin duda alguna, la derrota de la Armada española, al mando de Antonio de Oquendo, en las Dunas (1639) sí que supuso un punto de inflexión en el dominio español de los mares. No en vano, de la derrota de la Invencible se recuperó pero de la de las Dunas nunca se recobraría totalmente. Las rebeliones internas así como los desastres terrestres y navales externos llevarían a la monarquía hispánica al borde del colapso. Ya en 1641, el embajador inglés en Madrid pudo decir  que “la grandeza de esta monarquía –la hispánica- apunta a su final”.

        La llegada de Jacobo I al trono Inglés y de Felipe III al español, así como el buen hacer del embajador español en Londres, el conde de Gondomar, permitió un amplio período de entendimiento entre las dos potencias. Como dice Porfirio Sanz, la gran habilidad diplomática de Gondomar aproximó más que nunca las posiciones hasta entonces irreconciliables de ambas naciones. El Tratado de Londres (1604) dejó atrás las irreconciliables relaciones del siglo XVI, dando paso a un período de tranquilidad entre ambos países. El principal beneficiario fue sin duda la monarquía hispánica que con la neutralidad inglesa recibía oxígeno, al tiempo que mantenía el control de la mayoría de sus rutas comerciales. Los irlandeses también tomaron oxígeno ante la tolerancia de Inglaterra con los católicos, así como los mercaderes ingleses a los que se les permitió volver a comerciar con los puertos del Imperio Habsburgo. Veintiséis años después, en 1630, se firmaría entre ambos países el Tratado de Madrid, en el que se relanzaba el acuerdo de paz de 1604. Y pese a las discordias en tiempos de Oliver Cromwell, de nuevo en las paces de 1660 se reanudaría la concordia, aunque jamás se recuperarían las plazas de Dunquerque o Jamaica.

        Estamos ante una obra excepcionalmente documentada, que desmonta con argumentos y datos concretos los mitos difundidos desde el mismo siglo XVI por la historiografía inglesa. Solo se le pueden objetar algunas cuestiones menores de poca importancia. Por ejemplo, en la pág. 151 se habla de la flota del Perú, nombre inapropiado porque no existía como tal, más allá de los Galeones de Tierra Firme, a los que probablemente se refiere el autor y en cuyo cometido estaba el transporte de la plata peruana. En relación a la bibliografía, aunque el libro se publicó en 2013, la mayoría de las referencias son anteriores a 2006, siendo apenas tres o cuatro las referencias posteriores a esta fecha. Da la impresión que el texto original se escribió años antes y que el autor se limitó a incorporar en los años posteriores alguna lectura esporádica. Para acabar solo resta destacar el valor de esta obra que, a mi juicio, es imprescindible para valorar objetivamente la casi legendaria batalla de la Invencible y sus consecuencias.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CUADERNOS DE ÇAFRA (2016)

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Cuadernos de Çafra. Estudios sobre la historia y el Estado de Feria, Nº XII. Zafra, 2016, I.S.N.N.: 1696-344X, 312 págs.

            Acabo de recibir el último número de la revista “Cuadernos de Çafra” que edita el Centro de Estudios del Estado de Feria. Al igual que en números anteriores, se trata de una edición muy cuidada en el que se incluyen numerosos aportes a la historia de la villa. Como de costumbre integra los dos trabajos presentados a las XVI Jornadas de Historia de Zafra y el Estado de Feria así como seis artículos, para cerrar con varias reseñas de libros.

            El número abre con el trabajo de Rogelio Segovia sobre las monedas del Museo de Santa Clara de Zafra, en la que ofrece un estudio pormenorizado de cada una de ellas. Sigue el aporte de los profesores Miguel Ángel Naranjo y Manuel Roso sobre la desamortización de Godoy en Zafra. Se trata del proceso desamortizador menos conocido de los tres y del que estos dos profesores son los máximos especialistas en el caso extremeño.

            En cuanto a los artículos, destacan los tres aportes sobre las relaciones entre Zafra y América, dos de ellos firmados por el que escribe estas líneas y un tercero por la joven investigadora Lucía Lobato Hidalgo sobre los bienes de difuntos de los emigrantes zafrenses. El artículo de Juan Miguel Fernández Sánchez indaga en la vida de la familia Lieves, maestros canteros de origen cántabro que destacaron en el panorama arquitectónico de la Baja Extremadura en el siglo XVI. El autor viene investigando a esta saga de canteros desde hace varias lustros, y en este artículo analiza su vinculación con la Torre de Miguel Sesmero. Y por último, se incluyen dos trabajos, el de  José Antonio Torquemada sobre el ferrocarril en Zafra y otro sobre la vida del político del siglo pasado Francisco Luna Ortiz, firmado por Juan Carlos Fernández.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA PATRIA DEL CRIOLLO

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MARTÍNEZ PELÁEZ, Severo: La patria del criollo. Ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca. México, Fondo de Cultura Económica, 1998, 543 págs. I.S.B.N.: 968-16-5160-X

           Esta obra fue editada por la Universidad de San Carlos de Guatemala en 1970 y reeditada en México en 1998, poco después del fallecimiento del autor. Lo que quiero decir con ello es que, aunque yo lo haya leído y conocido ahora, estamos ante un trabajo clásico que se acerca al medio siglo de vida.

           Se trata de un trabajo ambicioso y denso, con más de medio millar de páginas apretadas, en el que se analiza la sociedad guatemalteca desde la formación de la colonia hasta el siglo XX. Es mucho más que un estudio del criollismo, aunque le dedique a éste una especial atención. En cuanto a las fuentes, aunque utiliza una gran variedad, gran parte de la información procede del análisis detallado de la obra “Recordación florida” del cronista guatemalteco del seiscientos Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. Un criollo que escribe a favor y en defensa de su clase, pero que aporta datos esenciales para el conocimiento de la sociedad colonial guatemalteca.

           Tras la conquista, la sociedad quedó configurada claramente en vencedores y vencidos. Los primeros eran los blancos y los segundos los indios; sin embargo esta simple estructura social se fue haciendo progresivamente más compleja con el paso de los años. Entre los blancos se fueron configurando dos clases sociales con intereses opuestos: los españoles peninsulares, y los criollos, descendientes de los primeros conquistadores y pobladores. Además aparecieron otros grupos sociales, como las clases medias urbanas, los esclavos negros y las castas, mestizos, mulatos y zambos, con circunstancias sociales e intereses muy variados.

           La Corona recompensó los esfuerzos de sus conquistadores, otorgándoles mercedes, es decir, tierras y encomiendas. Esta última constituyó en la praxis una forma encubierta de esclavitud, pues permitió a los encomenderos apropiarse de la fuerza productiva de los indios. Todos los indios en edades comprendidas entre los 16 y los 60 años debían prestar servicio a cambio de un real diario que, además de ser una cantidad ínfima, ni siquiera se le abonaba en la práctica. Pero estas concesiones fue un sistema hábil que le permitió a la monarquía ganar un imperio sin apenas ocasionarle gastos. Sin embargo, no tardó en aparecer la contradicción del sistema, es decir, los intereses contrapuestos entre los primeros pobladores y sus descendientes –criollos- y los peninsulares –llamados gachupines- que defendían los intereses de la Corona. Ese enfrentamiento se fue haciendo progresivamente más agrio y a largo plazo terminó desembocando en la Independencia. La clase criolla se autoafirmó justificando primero el sometimiento de los vencidos en su propio beneficio y en su defensa frente a los peninsulares que pretendían limitarles y recortarles su poder. Ellos se convirtieron en los verdaderos explotadores de la población indígena, mientras que los administradores llegados desde España adoptaron el papel, también interesado, de defensores de los indígenas. La pugna entre españoles peninsulares y españoles americanos, apareció poco después de la primera conquista. En toda la América Colonial hubo una virulenta enemistad que en algunos casos extremos, como el Perú, llegó a provocar una guerra civil. Los criollos admiraban a los conquistadores y su hazaña, pues era una forma de reivindicar sus merecimientos y derechos, frente a los peninsulares a los que veían como advenedizos. En cambio, estos últimos defendían los intereses reales y por tanto, tendían a proteger a los vasallos y tributarios del rey, es decir, a los indios. Además, su altivez y engreimiento provocaba la ira de los criollos, que se sentían discriminados socialmente y políticamente, pues no podían acceder a los altos cargos de la administración colonial.

Para los criollos un indio era un trabajador al que explotar en su propio beneficio, mientras que para los peninsulares eran tributarios del rey a los que había que preservar. En ese sentido fueron expedidas las Leyes Nuevas de 1542, pues pretendió sin éxito sacar a los indios de las manos de los conquistadores y convertirlos en tributarios de la Corona. En Guatemala fue el presidente de la audiencia, Alonso López de Cerrato, el encargado de aplicar las leyes de 1542, algo que hizo con eficiencia, pese a la indignación de los criollos. Pero digo que a la postre no hubo éxito porque los criollos se las apañaron para perpetuar las encomiendas y para obtener mano de obra gratuita para sus haciendas. Al final se prorrogaron las encomiendas para los descendientes hasta en cuarta y en quinta generación, y se disimularon los excesos a cambio de contribuciones extraordinarias la Corona. Los encomenderos compraron tierras, alrededor de sus encomiendas para usar a los nativos en ellas. El negocio era redondo, mano de obra gratis para sus haciendas, por lo que los criollos se convirtieron en una clase explotadora y parasitaria, pues vivía sin trabajar. Por eso, afirma con razón el Prof. Severo Martínez que la patria del criollo no era en absoluto la patria del indio.

           La nación india fue siempre vapuleada, sometida, esclavizada y pauperizada, primero por los conquistadores y luego por los criollos. Fueron reducidos a pueblos, después de 1542, para favorecer su protección frente a los encomenderos. Ellos, acostumbrados a una forma de vida más dispersa, no lo vieron con buenos ojos pero lo prefirieron a seguir en la esclavitud al lado de los criollos. En general, los indios rehusaban trabajar a cambio de nada y tendían a escaparse a los montes fuera del alcance de sus dominadores. Por eso, los cronistas criollos hablan de la holgazanería de aquellos, que no era tal, sino una mera resistencia legítima a la esclavitud. Ellos veían que su esfuerzo era en balde, por eso mostraban el desgano por el trabajo, siendo preciso obligarlos con amenazas y azotes. Existía la necesidad de someterlos mediante el terror y el castigo permanente para evitar que levantasen la cabeza. Unos castigos que podían recibir tanto de la élite o de sus corregidores como de los propios caciques que colaboraban con los blancos en su sistema de explotación.

También los esclavos negros, formaban otro grupo social dominado, en una situación casi tan mala como la de los indios. A diferencia de otras zonas americanas, como las Grandes Antillas, los esclavos de color nunca fueron un grupo numeroso ya que el grueso del trabajo en las haciendas recayó sobre el trabajo servil de los indios y mestizos.

           Entre la minoría dominante –peninsular y criolla- y la mayoría oprimida – indios y esclavos africanos- surgieron un amplio conglomerado social de capas medias o media alta, como los artesanos, los mestizos o los grupos medios urbanos y rurales. Los intereses de estos grupos no coincidían ni con los de los criollos ni con los de los peninsulares. De hecho, en el siglo XIX trataron de hacer su revolución de independencia propia, como la encabezada por el cura mestizo José María Morelos. Sin embargo, estos intentos independentistas fueron contrarrestados por la represión de los propios criollos que querían hacer una independencia a su medida. Y lo lograron, de forma que este grupo social se consiguió perpetuar en el poder hasta nuestros días.

           Sorprende la ecuanimidad del autor, cuando culpa de buena parte de los males de su país a la perpetuación de las estructuras coloniales por parte de la élite local. El culpable de la situación actual –afirma- no es España ni los españoles sino la élite guatemalteca que ha perpetuado sus intereses de clase y sigue tratando a los indios y a las castas como sus subordinados. La revolución de las estructuras coloniales no se ha producido aún y la mayoría social está sometida a la élite terrateniente dominante. La Independencia la hicieron los criollos no para acabar con la estructura social colonial sino al contrario, para perpetuarla y beneficiarse de ella sin tener que rendir cuentas a las autoridades españolas. La Ley de la Vagancia, aprobada en 1934, que permitía condenar a trabajos forzados a aquellos indígenas que no hubiesen cumplido cien jornales al año en las fincas de los terratenientes supuso la culminación de la explotación servil de la población indígena.

Asimismo, defiende que lo indio es una creación del periodo colonial. Por ello, es absurdo tratar de preservarlos en su atraso primigenio como si fuesen piezas de museo o especímenes para el trabajo antropológico. Deben evolucionar y sumarse a la sociedad del bienestar; su redención debe venir de la mano de la lucha obrera, que no distingue entre etnias sino entre explotadores y explotados. Una opinión discutible pero en cualquier caso valiente, pues defiende el indigenismo frente al indianismo, al tiempo que señala como culpables a la propia élite guatemalteca.

           Para finalizar, decir que se trata de un trabajo de referencia para el estudio del pasado y del presente de América Latina y, en particular, de Guatemala. Una obra muy bien razonada que destapa las mentiras de la historiografía oficial guatemalteca que ha tratado de buscar culpables externos cuando, en realidad, los tenía mucho más cerca, dentro de sus propias fronteras nacionales.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LAS REDUCCIONES JESUÍTICAS DEL PARAGUAY

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DÍAZ RISCO, Juan: Las reducciones jesuíticas del Paraguay. Madrid, Éride Ediciones, 2014, 706 págs. I.S.B.N.: 978-84-16085-95-8

           El autor se declara autodidacta, un apasionado por la historia, que ha dedicado varios años de su vida a estudiar las reducciones del Paraguay, accediendo a los fondos documentales del Archivo jesuítico de Alcalá de Henares. Y su falta de formación académica se nota sobre todo en la forma heterodoxa de construir su relato: insertando en el mismo cuerpo del texto documentos que ilustran sus afirmaciones. Pero esta fórmula, tan poco usada en los medios universitarios donde preferimos los apéndices documentales y el abigarramiento de las notas a pie de página, lejos de ser una rémora, le proporciona una gran viveza a su relato. De hecho, consigue sumergir al lector en el fabuloso mundo de las reducciones guaraníes. Asimismo, dichos textos transmiten la sensación de que el autor sabe de lo que habla y que cada una de sus afirmaciones está perfectamente documentada. Y dado que va glosando los textos, uno puede saltarse perfectamente la lectura de los que crea prescindibles sin perder el hilo de la narración.

           El libro comienza con una introducción que arranca desde el Descubrimiento de América, mencionando el testamento de Isabel “La Católica” y la legislación posterior protectora del amerindio. Las Leyes de Burgos de 1512 y sobre todo las Leyes Nuevas de 1542 regularon el trabajo del nativo, tratando de impedir su esclavitud. Omite en dicha introducción los antecedentes reduccionistas, llevados a cabo en las Antillas Mayores, en Nueva España y en Perú. De especial importancia fueron las pioneras reducciones llevadas a cabo por los frailes Jerónimos, a partir de 1518, en la Española y de las que no se dice ni media palabra.

Las reducciones a pueblos tuvieron dos motivaciones distintas: una, la protección de los aborígenes del pernicioso contacto con los hispanos. Esta fue la idea que inspiró los experimentos antillanos, los proyectos de Vasco de Quiroga, del padre Las Casas y del Obispo Marroquín, así como las reducciones jesuíticas. Y otra, la de controlar laboralmente a una población que vivía excesivamente dispersa. A esta segunda motivación respondieron muy claramente las reducciones planteadas, por ejemplo, por el virrey Francisco de Toledo en el Perú. En la segunda mitad del siglo XVI muchos religiosos, como fray Gerónimo de Mendieta, denunciaron claramente las reducciones, alegando que servían para que explotar más intensivamente a los indios y de paso, para apropiarse de las tierras abandonadas que estos abandonaban. Pero, en uno u otro caso, las reducciones tuvieron unas consecuencias fatales para los amerindios. Provocaron la ruptura definitiva de sus estructuras prehispánicas así como de sus nichos ecológicos, desarraigándolos de la tierra y acentuando la virulencia de las epidemias. En líneas generales, las reducciones indígenas, pese a que en muchos casos, se llevaron a cabo de manera bienintencionada, provocaron más perjuicios que beneficios, sobre todo en lo relacionado con la difusión de las enfermedades.

El caso de las reducciones de guaraníes practicadas por los jesuitas en los siglos XVII y XVIII es singular porque afectaban a pueblos nómadas o seminómadas que fueron sedentarizados. El objetivo no era su aprovechamiento interesado de la mano de obra, como en otros lugares de América, sino preservarlos de las mortíferas encomiendas y de la perniciosa influencia de los españoles, y evangelizarlos. Visto desde hoy se puede considerar una práctica etnocida pues se trataba de que renunciasen a su forma de vida y a su cosmovisión para que adoptasen las costumbres y la forma de vida europea. Pero el fin era noble pues, como ya hemos dicho, su obsesión era protegerlos y evangelizarlos. Los religiosos estuvieron guiados por un amor al indígena, convirtiendo sus misiones en verdaderos refugios y en escuelas de cultura, civilización y religiosidad.

Todo empezó en 1607 cuando el gobernador de Paraguay, Hernandarias de Saavedra, auspició la creación de las misiones jesuitas, obteniendo un permiso regio. El 29 de diciembre de 1609 el padre Marciel de Lorenzana fundaba la primera misión, la de San Ignacio Guazú. Después vendrían otras fundaciones, como las de Nuestra Señora de Loreto, San Ignacio Miní, Santo Tomé o la Concepción. Poco antes de la expulsión, en 1768, los pueblos administrados por los jesuitas eran un total de treinta y dos.

En estos pueblos, los seguidores de San Ignacio de Loyola, crearon un sistema político, económico y social pionero. Una forma de autogobierno y autoadministración indígena, formado por comunas libres de trabajadores. Los integrantes de las reducciones fueron eximidos de la encomienda, evitando los servicios personales a los españoles en condiciones de semiesclavitud que padecían otros naturales. Cada familia tenía su chacra o parcela privada, pero la producción se guardaba en graneros para su uso colectivo. No había diferenciación social, ni discriminación sexista. Las mujeres que quedaban solas, se les permitía ingresar en una “casa de viudas” que había en cada pueblo, en la que practicaban trabajos artesanales y eran sostenidas por la comunidad. Los religiosos educaban a los niños desde pequeños, tratando de desarrollar la habilidad que cada uno tenía. Unos se convertían en artesanos, otros en agricultores, ganaderos, músicos, artistas o escribanos. Llama la atención la variedad de productos que se fabricaban en las misiones, algunos de los cuales requieren un alto grado de especialización, como la producción de objetos de acero o la fundición de campanas. Los excedentes se exportaban a través de pequeños navíos y canoas que ellos mismos fabricaban.

Los jesuitas usaron el arte y la música para acercar a las personas a Dios. Las construcciones de iglesias en las misiones fueron llevadas a cabo por jesuitas y por albañiles y canteros guaraníes, y los restos que se conservan son ejemplo de la grandeza que alcanzaron. En cuanto a la música, tuvieron un especial talento, tocando una gran variedad de instrumentos, especialmente la flauta de caña y el arpa

Desgraciadamente, este mundo casi ideal, este oasis de paz y de buena convivencia se convirtió pronto en el punto de mira de las ambiciones de españoles y portugueses. Los bandeirantes paulistas formaron verdaderos ejércitos que atacaban las misiones para reclutar mano de obra barata para las plantaciones brasileñas. Los jesuitas armaron a los guaraníes para defenderse de estos asaltantes, y tuvieron éxito, sobre todo en la famosa batalla de Mbororé en 1641 o en las campañas de 1725 y 1735. Sin embargo, en 1750, el Tratado de límites de Madrid, dejó la zona en manos de los portugueses, y el acoso de los paulistas no tuvo ya ningún tipo de cortapisas. El experimento tocaría a su fin con el decreto de expulsión de los jesuitas de 1768. Después de la salida de los sesenta y ocho jesuitas que administraban las treinta y dos misiones, la mayoría fueron abandonadas y los naturales volvieron a la selva. Las que sobrevivieron permanecieron en manos de franciscanos o de administradores laicos pero a la postre terminaron también destruidas. Y ello por los abusos de los hacendados y los continuos asaltos de criollos españoles y portugueses que robaban sus ganados, su grano y sus plantaciones de yerba mate. Las últimas misiones desaparecieron en el siglo XIX por orden directa de los nuevos gobiernos independientes, como el de José Gaspar de Francia o Carlos Antonio López. Acababa así un proyecto pionero, humanitario y a la vez revolucionario en el que tomaron parte entre 1608 y 1768 unos mil quinientos jesuitas.

           Las reducciones del Paraguay fueron ensalzadas ya por ilustrados como Voltaire, quien escribió que encarnaban “el triunfo de la humanidad”. Y es que, independientemente de que se pueda criticar el carácter etnocida de este proyecto aculturador, habrá que reconocer la grandiosidad de una empresa que consideró a los guaraníes como seres humanos, con el mismo trato y consideración que los europeos. Eso fue todo un hito, teniendo en cuenta que las poblaciones indígenas todavía son discriminadas en gran parte de América, en pleno siglo XXI. Realmente, para mí representa una luz en la alargada sombra de la historia. Pequeñas luces de humanidad que quedaron en el camino porque la ambición de los poderosos no puede permitir este tipo de utopías que, de generalizarse, mermarían su poder. Pero el éxito durante más de un siglo de estas misiones comunales demuestra que son posibles otras formas de organización alternativas, libres de la competencia, del consumismo, de la avaricia, de la ambición y de la sinrazón que padecemos en el mundo actual.

           Finalmente, solo me resta dar la enhorabuena al autor por esta monumental obra, que es desde ya de referencia obligada para todo aquel que desee adentrarse en este apasionante mundo de las reducciones jesuíticas del Paraguay. Su lectura me ha deleitado y además me ha recordado que existen pequeñas luces en el pasado sobre las que debemos poner el acento para tratar de construir un presente y un futuro más justo.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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