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LOS ECOS DE LA ARMADA

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SANZ CAMAÑES, Porfirio: Los ecos de la Armada. España, Inglaterra y la estabilidad del Norte (1585-1660). Madrid, Sílex, 2012, 443 págs. I.S.B.N.: 978-84-7737-570-8

        Las batallas de la Armada Invencible, Lepanto y Trafalgar han marcado la historia de España en los últimos cinco siglos. Este libro, del profesor Sanz Camañes, tras sintetizar los hechos de 1588, analiza con detalle las secuelas, “los ecos”, de aquella contienda sobre la política internacional hasta avanzado el siglo XVII.

        El conflicto anglo-español se remontaba a principios del siglo XVI, agudizándose a partir de 1560, cuando comenzó a implantarse en Inglaterra el anglicanismo. Las diferencias entre católicos y protestantes en la Europa del siglo XVI terminaron provocando un distanciamiento irreconciliable entre ambos países. Cada vez más, los corsarios ingleses -especialmente sir Francis Drake y John Hawkins- practicaban campañas de saqueo y rapiña en los puertos de la América Hispana, interfiriendo gravemente en el tráfico mercantil. Por eso, desde el tercer tercio del siglo XVI dominaba en la monarquía de los Habsburgo la idea de que era necesario frenar la política isabelina para salvaguardar la seguridad no solo de las flotas y puertos indianos sino de la propia España. Desde 1588 pasaron de la guerra encubierta al enfrentamiento abierto.

            El monarca Prudente juntó en Lisboa una armada de unas proporciones nunca vista, con la que pretendía dar un gran escarmiento a los británicos. El objetivo no era invadir Inglaterra, ni tan siquiera destruir la armada inglesa, sino simplemente asestar un golpe de fuerza que obligase a la reina Isabel a rectificar su política antiespañola. Pero las cosas no salieron según  lo esperado, la armada se vio obligada en el camino de regreso a bordear las islas Británicas, sufriendo todo tipo de penalidades. Un cúmulo de decisiones erróneas que, unido a la mala fortuna, dio al traste con el proyecto de Felipe II. Y aunque nunca fue derrotada por la escuadra inglesa, lo cierto es que lo que no hizo el enemigo se encargó de hacerlo la meteorología. Una serie de tormentas, desencadenadas los días seis, diecinueve y veintidós de septiembre terminaron por desaparejar la armada. No pocos navíos se vieron obligados a arribar a puertos escoceses e irlandeses, corriendo los tripulantes una suerte muy dispar. Algunos fueron acogidos por familias escocesas y regresaron meses después a España pero la mayoría de ellos fueron robados y asesinados, mientras el resto de las naves sufrían hambrunas por falta de víveres, frío y epidemias.

            En total, de los ciento treinta buques solo regresaron sesenta y seis y de los veintiocho mil hombres embarcados tan solo diez mil. La improvisación con la que fue pertrechada, las indecisiones del duque de Medina Sidonia, la incompetencia de Alejandro Farnesio y los desastres atmosféricos convirtieron a la Invencible en uno de los mayores dramas de la historia naval española. España perdió buena parte de su armada así como a muchos de los altos mandos, como Oquendo, Leiva o Moncada. Por cierto, Medina Sidonia, la máxima autoridad de la armada, no solo sobrevivió sino que el rey le mantuvo sus honores, probablemente porque entendió que no hubo cobardía ni defección, lo que sin duda le hubiese llevado al patíbulo.

        Sin embargo, como todos los hechos que pasan al imaginario colectivo, la contienda se ha estereotipado de manera interesada. Y es que como afirma el profesor Sanz Camañes, las repercusiones de la batalla se prolongan en el inconsciente colectivo hasta el mismísimo siglo XXI. Fue la propia Inglaterra la que bautizó torticeramente a la escuadra española como la “Invencible”. Y ello con el objetivo premeditado de ensalzar su propia gesta, asimilando a los ingleses con David y a los españoles con Goliat. Un país pequeño que con tesón y una mayor altura moral fue capaz de derrotar a la tiranía de un gigante. La Leyenda Negra antiespañola hizo el resto. Nada más conocerse la derrota de la armada española, Inglaterra se inundó de panfletos en los que se explicaba la victoria en términos religiosos y providencialistas. Los ingleses tomaban conciencia de su nacionalidad al tiempo que propagaban el inicio de su dominio de los mares y la decadencia del gigante hispano. Y es que, como muy bien afirma el profesor Sanz Camañes, España no solo fue derrotada en el mar sino que perdió también el combate por la propaganda. Inglaterra obtuvo un altísimo rédito de su victoria sobre la escuadra hispana. En cambio, en España apareció una amplia generación marcada por el derrotismo, de ahí que Francisco de Quevedo se lamentase de aquellos muros caídos de su patria.

        Ahora bien, como aclara el autor, la derrota de la Invencible no supuso ese punto de inflexión que la historiografía inglesa ha pregonado. De hecho, tras el envite, a sabiendas de la indefensión de España, la escuadra inglesa realizó una campaña de asaltos sobre puertos españoles que se prolongó hasta 1591 y que acabó en un sonoro fracaso. Y es que España mantuvo la primacía en los mares al menos durante todo el reinado de Felipe II. De hecho, tras el fiasco de 1588, Felipe II comenzó una política agresiva encaminada a consolidar los intereses geopolíticos del imperio. Lo primero que hizo fue reconstruir la flota, creando el servicio de Millones, que implicaba el reparto de los costes entre cada corregimiento, que pagaban en función al número de vecinos. Mucho antes del final de su reinado disponía de un número de navíos y un tonelaje similar al momento anterior a la derrota. Además, diseñó un proyecto de consolidación de la red de fortalezas de las colonias americanas para impedir o al menos frenar los ataques corsarios. Y finalmente, impulsó el corso hispano, practicado lo mismo desde los puertos del norte de España como desde Dunquerque, en Flandes. La monarquía hispana pagaba a los ingleses con su misma moneda.

        Y es que el rey Prudente tenía muy claro algo que, escribiría dos décadas después el conde de Gondomar, embajador español en Londres, que “el que es señor de la mar lo es también de la tierra”. Realmente, el poderío naval español no comenzó a declinar hasta la primera década del siglo XVII. E incluso después de esa fecha, casi hasta el final de la Guerra de los Treinta Años, mantuvo su dominio de los mares, merced a un sistema bastante eficiente de flotas y armadas.

        Sin duda alguna, la derrota de la Armada española, al mando de Antonio de Oquendo, en las Dunas (1639) sí que supuso un punto de inflexión en el dominio español de los mares. No en vano, de la derrota de la Invencible se recuperó pero de la de las Dunas nunca se recobraría totalmente. Las rebeliones internas así como los desastres terrestres y navales externos llevarían a la monarquía hispánica al borde del colapso. Ya en 1641, el embajador inglés en Madrid pudo decir  que “la grandeza de esta monarquía –la hispánica- apunta a su final”.

        La llegada de Jacobo I al trono Inglés y de Felipe III al español, así como el buen hacer del embajador español en Londres, el conde de Gondomar, permitió un amplio período de entendimiento entre las dos potencias. Como dice Porfirio Sanz, la gran habilidad diplomática de Gondomar aproximó más que nunca las posiciones hasta entonces irreconciliables de ambas naciones. El Tratado de Londres (1604) dejó atrás las irreconciliables relaciones del siglo XVI, dando paso a un período de tranquilidad entre ambos países. El principal beneficiario fue sin duda la monarquía hispánica que con la neutralidad inglesa recibía oxígeno, al tiempo que mantenía el control de la mayoría de sus rutas comerciales. Los irlandeses también tomaron oxígeno ante la tolerancia de Inglaterra con los católicos, así como los mercaderes ingleses a los que se les permitió volver a comerciar con los puertos del Imperio Habsburgo. Veintiséis años después, en 1630, se firmaría entre ambos países el Tratado de Madrid, en el que se relanzaba el acuerdo de paz de 1604. Y pese a las discordias en tiempos de Oliver Cromwell, de nuevo en las paces de 1660 se reanudaría la concordia, aunque jamás se recuperarían las plazas de Dunquerque o Jamaica.

        Estamos ante una obra excepcionalmente documentada, que desmonta con argumentos y datos concretos los mitos difundidos desde el mismo siglo XVI por la historiografía inglesa. Solo se le pueden objetar algunas cuestiones menores de poca importancia. Por ejemplo, en la pág. 151 se habla de la flota del Perú, nombre inapropiado porque no existía como tal, más allá de los Galeones de Tierra Firme, a los que probablemente se refiere el autor y en cuyo cometido estaba el transporte de la plata peruana. En relación a la bibliografía, aunque el libro se publicó en 2013, la mayoría de las referencias son anteriores a 2006, siendo apenas tres o cuatro las referencias posteriores a esta fecha. Da la impresión que el texto original se escribió años antes y que el autor se limitó a incorporar en los años posteriores alguna lectura esporádica. Para acabar solo resta destacar el valor de esta obra que, a mi juicio, es imprescindible para valorar objetivamente la casi legendaria batalla de la Invencible y sus consecuencias.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CUADERNOS DE ÇAFRA (2016)

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Cuadernos de Çafra. Estudios sobre la historia y el Estado de Feria, Nº XII. Zafra, 2016, I.S.N.N.: 1696-344X, 312 págs.

            Acabo de recibir el último número de la revista “Cuadernos de Çafra” que edita el Centro de Estudios del Estado de Feria. Al igual que en números anteriores, se trata de una edición muy cuidada en el que se incluyen numerosos aportes a la historia de la villa. Como de costumbre integra los dos trabajos presentados a las XVI Jornadas de Historia de Zafra y el Estado de Feria así como seis artículos, para cerrar con varias reseñas de libros.

            El número abre con el trabajo de Rogelio Segovia sobre las monedas del Museo de Santa Clara de Zafra, en la que ofrece un estudio pormenorizado de cada una de ellas. Sigue el aporte de los profesores Miguel Ángel Naranjo y Manuel Roso sobre la desamortización de Godoy en Zafra. Se trata del proceso desamortizador menos conocido de los tres y del que estos dos profesores son los máximos especialistas en el caso extremeño.

            En cuanto a los artículos, destacan los tres aportes sobre las relaciones entre Zafra y América, dos de ellos firmados por el que escribe estas líneas y un tercero por la joven investigadora Lucía Lobato Hidalgo sobre los bienes de difuntos de los emigrantes zafrenses. El artículo de Juan Miguel Fernández Sánchez indaga en la vida de la familia Lieves, maestros canteros de origen cántabro que destacaron en el panorama arquitectónico de la Baja Extremadura en el siglo XVI. El autor viene investigando a esta saga de canteros desde hace varias lustros, y en este artículo analiza su vinculación con la Torre de Miguel Sesmero. Y por último, se incluyen dos trabajos, el de  José Antonio Torquemada sobre el ferrocarril en Zafra y otro sobre la vida del político del siglo pasado Francisco Luna Ortiz, firmado por Juan Carlos Fernández.

 

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LA PATRIA DEL CRIOLLO

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MARTÍNEZ PELÁEZ, Severo: La patria del criollo. Ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca. México, Fondo de Cultura Económica, 1998, 543 págs. I.S.B.N.: 968-16-5160-X

           Esta obra fue editada por la Universidad de San Carlos de Guatemala en 1970 y reeditada en México en 1998, poco después del fallecimiento del autor. Lo que quiero decir con ello es que, aunque yo lo haya leído y conocido ahora, estamos ante un trabajo clásico que se acerca al medio siglo de vida.

           Se trata de un trabajo ambicioso y denso, con más de medio millar de páginas apretadas, en el que se analiza la sociedad guatemalteca desde la formación de la colonia hasta el siglo XX. Es mucho más que un estudio del criollismo, aunque le dedique a éste una especial atención. En cuanto a las fuentes, aunque utiliza una gran variedad, gran parte de la información procede del análisis detallado de la obra “Recordación florida” del cronista guatemalteco del seiscientos Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. Un criollo que escribe a favor y en defensa de su clase, pero que aporta datos esenciales para el conocimiento de la sociedad colonial guatemalteca.

           Tras la conquista, la sociedad quedó configurada claramente en vencedores y vencidos. Los primeros eran los blancos y los segundos los indios; sin embargo esta simple estructura social se fue haciendo progresivamente más compleja con el paso de los años. Entre los blancos se fueron configurando dos clases sociales con intereses opuestos: los españoles peninsulares, y los criollos, descendientes de los primeros conquistadores y pobladores. Además aparecieron otros grupos sociales, como las clases medias urbanas, los esclavos negros y las castas, mestizos, mulatos y zambos, con circunstancias sociales e intereses muy variados.

           La Corona recompensó los esfuerzos de sus conquistadores, otorgándoles mercedes, es decir, tierras y encomiendas. Esta última constituyó en la praxis una forma encubierta de esclavitud, pues permitió a los encomenderos apropiarse de la fuerza productiva de los indios. Todos los indios en edades comprendidas entre los 16 y los 60 años debían prestar servicio a cambio de un real diario que, además de ser una cantidad ínfima, ni siquiera se le abonaba en la práctica. Pero estas concesiones fue un sistema hábil que le permitió a la monarquía ganar un imperio sin apenas ocasionarle gastos. Sin embargo, no tardó en aparecer la contradicción del sistema, es decir, los intereses contrapuestos entre los primeros pobladores y sus descendientes –criollos- y los peninsulares –llamados gachupines- que defendían los intereses de la Corona. Ese enfrentamiento se fue haciendo progresivamente más agrio y a largo plazo terminó desembocando en la Independencia. La clase criolla se autoafirmó justificando primero el sometimiento de los vencidos en su propio beneficio y en su defensa frente a los peninsulares que pretendían limitarles y recortarles su poder. Ellos se convirtieron en los verdaderos explotadores de la población indígena, mientras que los administradores llegados desde España adoptaron el papel, también interesado, de defensores de los indígenas. La pugna entre españoles peninsulares y españoles americanos, apareció poco después de la primera conquista. En toda la América Colonial hubo una virulenta enemistad que en algunos casos extremos, como el Perú, llegó a provocar una guerra civil. Los criollos admiraban a los conquistadores y su hazaña, pues era una forma de reivindicar sus merecimientos y derechos, frente a los peninsulares a los que veían como advenedizos. En cambio, estos últimos defendían los intereses reales y por tanto, tendían a proteger a los vasallos y tributarios del rey, es decir, a los indios. Además, su altivez y engreimiento provocaba la ira de los criollos, que se sentían discriminados socialmente y políticamente, pues no podían acceder a los altos cargos de la administración colonial.

Para los criollos un indio era un trabajador al que explotar en su propio beneficio, mientras que para los peninsulares eran tributarios del rey a los que había que preservar. En ese sentido fueron expedidas las Leyes Nuevas de 1542, pues pretendió sin éxito sacar a los indios de las manos de los conquistadores y convertirlos en tributarios de la Corona. En Guatemala fue el presidente de la audiencia, Alonso López de Cerrato, el encargado de aplicar las leyes de 1542, algo que hizo con eficiencia, pese a la indignación de los criollos. Pero digo que a la postre no hubo éxito porque los criollos se las apañaron para perpetuar las encomiendas y para obtener mano de obra gratuita para sus haciendas. Al final se prorrogaron las encomiendas para los descendientes hasta en cuarta y en quinta generación, y se disimularon los excesos a cambio de contribuciones extraordinarias la Corona. Los encomenderos compraron tierras, alrededor de sus encomiendas para usar a los nativos en ellas. El negocio era redondo, mano de obra gratis para sus haciendas, por lo que los criollos se convirtieron en una clase explotadora y parasitaria, pues vivía sin trabajar. Por eso, afirma con razón el Prof. Severo Martínez que la patria del criollo no era en absoluto la patria del indio.

           La nación india fue siempre vapuleada, sometida, esclavizada y pauperizada, primero por los conquistadores y luego por los criollos. Fueron reducidos a pueblos, después de 1542, para favorecer su protección frente a los encomenderos. Ellos, acostumbrados a una forma de vida más dispersa, no lo vieron con buenos ojos pero lo prefirieron a seguir en la esclavitud al lado de los criollos. En general, los indios rehusaban trabajar a cambio de nada y tendían a escaparse a los montes fuera del alcance de sus dominadores. Por eso, los cronistas criollos hablan de la holgazanería de aquellos, que no era tal, sino una mera resistencia legítima a la esclavitud. Ellos veían que su esfuerzo era en balde, por eso mostraban el desgano por el trabajo, siendo preciso obligarlos con amenazas y azotes. Existía la necesidad de someterlos mediante el terror y el castigo permanente para evitar que levantasen la cabeza. Unos castigos que podían recibir tanto de la élite o de sus corregidores como de los propios caciques que colaboraban con los blancos en su sistema de explotación.

También los esclavos negros, formaban otro grupo social dominado, en una situación casi tan mala como la de los indios. A diferencia de otras zonas americanas, como las Grandes Antillas, los esclavos de color nunca fueron un grupo numeroso ya que el grueso del trabajo en las haciendas recayó sobre el trabajo servil de los indios y mestizos.

           Entre la minoría dominante –peninsular y criolla- y la mayoría oprimida – indios y esclavos africanos- surgieron un amplio conglomerado social de capas medias o media alta, como los artesanos, los mestizos o los grupos medios urbanos y rurales. Los intereses de estos grupos no coincidían ni con los de los criollos ni con los de los peninsulares. De hecho, en el siglo XIX trataron de hacer su revolución de independencia propia, como la encabezada por el cura mestizo José María Morelos. Sin embargo, estos intentos independentistas fueron contrarrestados por la represión de los propios criollos que querían hacer una independencia a su medida. Y lo lograron, de forma que este grupo social se consiguió perpetuar en el poder hasta nuestros días.

           Sorprende la ecuanimidad del autor, cuando culpa de buena parte de los males de su país a la perpetuación de las estructuras coloniales por parte de la élite local. El culpable de la situación actual –afirma- no es España ni los españoles sino la élite guatemalteca que ha perpetuado sus intereses de clase y sigue tratando a los indios y a las castas como sus subordinados. La revolución de las estructuras coloniales no se ha producido aún y la mayoría social está sometida a la élite terrateniente dominante. La Independencia la hicieron los criollos no para acabar con la estructura social colonial sino al contrario, para perpetuarla y beneficiarse de ella sin tener que rendir cuentas a las autoridades españolas. La Ley de la Vagancia, aprobada en 1934, que permitía condenar a trabajos forzados a aquellos indígenas que no hubiesen cumplido cien jornales al año en las fincas de los terratenientes supuso la culminación de la explotación servil de la población indígena.

Asimismo, defiende que lo indio es una creación del periodo colonial. Por ello, es absurdo tratar de preservarlos en su atraso primigenio como si fuesen piezas de museo o especímenes para el trabajo antropológico. Deben evolucionar y sumarse a la sociedad del bienestar; su redención debe venir de la mano de la lucha obrera, que no distingue entre etnias sino entre explotadores y explotados. Una opinión discutible pero en cualquier caso valiente, pues defiende el indigenismo frente al indianismo, al tiempo que señala como culpables a la propia élite guatemalteca.

           Para finalizar, decir que se trata de un trabajo de referencia para el estudio del pasado y del presente de América Latina y, en particular, de Guatemala. Una obra muy bien razonada que destapa las mentiras de la historiografía oficial guatemalteca que ha tratado de buscar culpables externos cuando, en realidad, los tenía mucho más cerca, dentro de sus propias fronteras nacionales.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LAS REDUCCIONES JESUÍTICAS DEL PARAGUAY

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DÍAZ RISCO, Juan: Las reducciones jesuíticas del Paraguay. Madrid, Éride Ediciones, 2014, 706 págs. I.S.B.N.: 978-84-16085-95-8

           El autor se declara autodidacta, un apasionado por la historia, que ha dedicado varios años de su vida a estudiar las reducciones del Paraguay, accediendo a los fondos documentales del Archivo jesuítico de Alcalá de Henares. Y su falta de formación académica se nota sobre todo en la forma heterodoxa de construir su relato: insertando en el mismo cuerpo del texto documentos que ilustran sus afirmaciones. Pero esta fórmula, tan poco usada en los medios universitarios donde preferimos los apéndices documentales y el abigarramiento de las notas a pie de página, lejos de ser una rémora, le proporciona una gran viveza a su relato. De hecho, consigue sumergir al lector en el fabuloso mundo de las reducciones guaraníes. Asimismo, dichos textos transmiten la sensación de que el autor sabe de lo que habla y que cada una de sus afirmaciones está perfectamente documentada. Y dado que va glosando los textos, uno puede saltarse perfectamente la lectura de los que crea prescindibles sin perder el hilo de la narración.

           El libro comienza con una introducción que arranca desde el Descubrimiento de América, mencionando el testamento de Isabel “La Católica” y la legislación posterior protectora del amerindio. Las Leyes de Burgos de 1512 y sobre todo las Leyes Nuevas de 1542 regularon el trabajo del nativo, tratando de impedir su esclavitud. Omite en dicha introducción los antecedentes reduccionistas, llevados a cabo en las Antillas Mayores, en Nueva España y en Perú. De especial importancia fueron las pioneras reducciones llevadas a cabo por los frailes Jerónimos, a partir de 1518, en la Española y de las que no se dice ni media palabra.

Las reducciones a pueblos tuvieron dos motivaciones distintas: una, la protección de los aborígenes del pernicioso contacto con los hispanos. Esta fue la idea que inspiró los experimentos antillanos, los proyectos de Vasco de Quiroga, del padre Las Casas y del Obispo Marroquín, así como las reducciones jesuíticas. Y otra, la de controlar laboralmente a una población que vivía excesivamente dispersa. A esta segunda motivación respondieron muy claramente las reducciones planteadas, por ejemplo, por el virrey Francisco de Toledo en el Perú. En la segunda mitad del siglo XVI muchos religiosos, como fray Gerónimo de Mendieta, denunciaron claramente las reducciones, alegando que servían para que explotar más intensivamente a los indios y de paso, para apropiarse de las tierras abandonadas que estos abandonaban. Pero, en uno u otro caso, las reducciones tuvieron unas consecuencias fatales para los amerindios. Provocaron la ruptura definitiva de sus estructuras prehispánicas así como de sus nichos ecológicos, desarraigándolos de la tierra y acentuando la virulencia de las epidemias. En líneas generales, las reducciones indígenas, pese a que en muchos casos, se llevaron a cabo de manera bienintencionada, provocaron más perjuicios que beneficios, sobre todo en lo relacionado con la difusión de las enfermedades.

El caso de las reducciones de guaraníes practicadas por los jesuitas en los siglos XVII y XVIII es singular porque afectaban a pueblos nómadas o seminómadas que fueron sedentarizados. El objetivo no era su aprovechamiento interesado de la mano de obra, como en otros lugares de América, sino preservarlos de las mortíferas encomiendas y de la perniciosa influencia de los españoles, y evangelizarlos. Visto desde hoy se puede considerar una práctica etnocida pues se trataba de que renunciasen a su forma de vida y a su cosmovisión para que adoptasen las costumbres y la forma de vida europea. Pero el fin era noble pues, como ya hemos dicho, su obsesión era protegerlos y evangelizarlos. Los religiosos estuvieron guiados por un amor al indígena, convirtiendo sus misiones en verdaderos refugios y en escuelas de cultura, civilización y religiosidad.

Todo empezó en 1607 cuando el gobernador de Paraguay, Hernandarias de Saavedra, auspició la creación de las misiones jesuitas, obteniendo un permiso regio. El 29 de diciembre de 1609 el padre Marciel de Lorenzana fundaba la primera misión, la de San Ignacio Guazú. Después vendrían otras fundaciones, como las de Nuestra Señora de Loreto, San Ignacio Miní, Santo Tomé o la Concepción. Poco antes de la expulsión, en 1768, los pueblos administrados por los jesuitas eran un total de treinta y dos.

En estos pueblos, los seguidores de San Ignacio de Loyola, crearon un sistema político, económico y social pionero. Una forma de autogobierno y autoadministración indígena, formado por comunas libres de trabajadores. Los integrantes de las reducciones fueron eximidos de la encomienda, evitando los servicios personales a los españoles en condiciones de semiesclavitud que padecían otros naturales. Cada familia tenía su chacra o parcela privada, pero la producción se guardaba en graneros para su uso colectivo. No había diferenciación social, ni discriminación sexista. Las mujeres que quedaban solas, se les permitía ingresar en una “casa de viudas” que había en cada pueblo, en la que practicaban trabajos artesanales y eran sostenidas por la comunidad. Los religiosos educaban a los niños desde pequeños, tratando de desarrollar la habilidad que cada uno tenía. Unos se convertían en artesanos, otros en agricultores, ganaderos, músicos, artistas o escribanos. Llama la atención la variedad de productos que se fabricaban en las misiones, algunos de los cuales requieren un alto grado de especialización, como la producción de objetos de acero o la fundición de campanas. Los excedentes se exportaban a través de pequeños navíos y canoas que ellos mismos fabricaban.

Los jesuitas usaron el arte y la música para acercar a las personas a Dios. Las construcciones de iglesias en las misiones fueron llevadas a cabo por jesuitas y por albañiles y canteros guaraníes, y los restos que se conservan son ejemplo de la grandeza que alcanzaron. En cuanto a la música, tuvieron un especial talento, tocando una gran variedad de instrumentos, especialmente la flauta de caña y el arpa

Desgraciadamente, este mundo casi ideal, este oasis de paz y de buena convivencia se convirtió pronto en el punto de mira de las ambiciones de españoles y portugueses. Los bandeirantes paulistas formaron verdaderos ejércitos que atacaban las misiones para reclutar mano de obra barata para las plantaciones brasileñas. Los jesuitas armaron a los guaraníes para defenderse de estos asaltantes, y tuvieron éxito, sobre todo en la famosa batalla de Mbororé en 1641 o en las campañas de 1725 y 1735. Sin embargo, en 1750, el Tratado de límites de Madrid, dejó la zona en manos de los portugueses, y el acoso de los paulistas no tuvo ya ningún tipo de cortapisas. El experimento tocaría a su fin con el decreto de expulsión de los jesuitas de 1768. Después de la salida de los sesenta y ocho jesuitas que administraban las treinta y dos misiones, la mayoría fueron abandonadas y los naturales volvieron a la selva. Las que sobrevivieron permanecieron en manos de franciscanos o de administradores laicos pero a la postre terminaron también destruidas. Y ello por los abusos de los hacendados y los continuos asaltos de criollos españoles y portugueses que robaban sus ganados, su grano y sus plantaciones de yerba mate. Las últimas misiones desaparecieron en el siglo XIX por orden directa de los nuevos gobiernos independientes, como el de José Gaspar de Francia o Carlos Antonio López. Acababa así un proyecto pionero, humanitario y a la vez revolucionario en el que tomaron parte entre 1608 y 1768 unos mil quinientos jesuitas.

           Las reducciones del Paraguay fueron ensalzadas ya por ilustrados como Voltaire, quien escribió que encarnaban “el triunfo de la humanidad”. Y es que, independientemente de que se pueda criticar el carácter etnocida de este proyecto aculturador, habrá que reconocer la grandiosidad de una empresa que consideró a los guaraníes como seres humanos, con el mismo trato y consideración que los europeos. Eso fue todo un hito, teniendo en cuenta que las poblaciones indígenas todavía son discriminadas en gran parte de América, en pleno siglo XXI. Realmente, para mí representa una luz en la alargada sombra de la historia. Pequeñas luces de humanidad que quedaron en el camino porque la ambición de los poderosos no puede permitir este tipo de utopías que, de generalizarse, mermarían su poder. Pero el éxito durante más de un siglo de estas misiones comunales demuestra que son posibles otras formas de organización alternativas, libres de la competencia, del consumismo, de la avaricia, de la ambición y de la sinrazón que padecemos en el mundo actual.

           Finalmente, solo me resta dar la enhorabuena al autor por esta monumental obra, que es desde ya de referencia obligada para todo aquel que desee adentrarse en este apasionante mundo de las reducciones jesuíticas del Paraguay. Su lectura me ha deleitado y además me ha recordado que existen pequeñas luces en el pasado sobre las que debemos poner el acento para tratar de construir un presente y un futuro más justo.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EXTREMEÑOS CONDENADOS A GALERAS

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Carmona Gutiérrez, Jessica: Extremeños condenados a galeras. Delito y represión en tiempos de Felipe II. Badajoz, Diputación Provincial, 2015, 205 págs., I.S.B.N.: 978-84-7796-278-6

        Este libro se circunscribe al análisis de un grupo de ocho expedientes del Archivo General de Simancas, concretamente de la sección Cámara de Castilla, legajos 28 (Nº 1 y 2) y 29 (Nº 1 al 6). Después de la batalla de Lepanto, concretamente a finales de 1572, el monarca ordenó a las justicias de Castilla que señalasen el número de condenados que había en las cárceles públicas con la intención de incorporarlos como remeros en las galeras reales. Había un déficit crónico de estos efectivos lo que provocó que casi a cualquier delincuente, por pequeña que fuese la infracción cometida, se le enviase al menos dos años para servir de fuerza motriz de las embarcaciones del Mediterráneo. Un total de diecisiete municipios extremeños respondieron y en base a esas respuestas la autora confeccionó el presente libro. Cronológicamente se limita también a un período muy concreto, determinado por los umbrales cronológicos de esa misma documentación, el reinado de Felipe II. Pese a este encorsetamiento, el trabajo resulta de interés por el atractivo tema que aborda y por el serio análisis de los datos localizados.

        El tema tiene ya una larga trayectoria, pues disponemos de trabajos clásicos firmados por autores como José Luis de las Heras, Manuel Martínez o José Manuel Marchena. Sabíamos de lo ingrato que era el trabajo de galeote, tanto que la mayor parte de ellos eran condenados porque pocos estaban dispuestos a ir asalariados. De ahí que se hablase de remeros de buena boya –asalariados- frente a los de mala boya –forzados-aunque a todos se les llamase chusma. Un concepto que, como se aclara en el prólogo, no tenía las connotaciones despectivas que tiene en la actualidad.

        Las necesidades de forzados en las galeras provocaron que cualquier delito por nimio que fuese se condenase con la pena de entre dos y diez años de galeras. Un simple hurto se condenaba a seis años, mientras que el simple hecho de ser vagabundo se condenaba con cuatro o el ser jugador con seis. Un vagabundo era, según Castillo de Bovadilla, un holgazán y éste a su vez era un ladrón en tanto que mendigando vivía del sudor de la frente de las demás personas. El simple hecho de deshonrar a una doncella, prometiéndole falsamente matrimonio para tener acceso carnal con ella se condenaba con cinco o seis años de servicio en galeras. Pero por la misma razón, un delito grave, como el asesinato o el incesto, que normalmente se saldaba con la ejecución del infractor, también en estos momentos se conmutaba por el servicio en la boga.

        Asimismo, en la misma cédula de 1572 se incluía entre los candidatos a galeotes a los gitanos. Una minoría que fue criminalizada en tiempos del rey prudente, quien satisfacía con ellos las necesidades de galeotes al tiempo que reducía el problema del descontrol de estos grupos seminómadas. En cuanto a la edad de estos forzados se amplió la edad de servicio, pues en 1530 se estableció que los remeros debían tener al menos veinte años, y en 1566 se rebajó hasta los diecisiete, aunque desde los catorce podían trabajar en las galeras pero no en sus bancadas. Eso sí, la edad máxima se mantuvo en los cincuenta porque era un trabajo tan duro que difícilmente una persona que superase esa edad podía ser útil para la boga.

        Por lo demás, dedica un epígrafe a los moriscos, aduciendo un testimonio del corregidor de Trujillo en el que recomendaba su recluta para dicho fin. Sin embargo, la autora no consigue documentar ni un solo caso concreto por lo que no podemos saber si realmente fue una práctica más o menos habitual. En cambio, llama la atención que no aparezcan expósitos, pese a que hay documentación que indica que muchos de estos engrosaron las filas de la mendicidad en las grandes ciudades, acabando finalmente, junto a los demás vagabundos, encadenados al banco de una galera.

        El volumen se completa con un apéndice documental de casi cuarenta páginas y con un completo regesto de fuentes documentales y bibliográficas.

        Se trata de un libro de objetivos limitados, pues tan solo analiza unos documentos muy concretos del Archivo de Simancas. El contraste, mucho más laborioso, de este material con los documentos localizados en los archivos locales le hubiese proporcionado muchísima más información. Yo mismo he visto algunas cartas de en las que los dueños de esclavos condenaban al servicio en galeras de sus aherrojados más desobedientes. Pese a dichas limitaciones, el mérito de su autora es ofrecer bastantes ejemplos de extremeños condenados a galeras por dichos delitos. En resumidas cuentas, estamos ante un libro atractivo por su temática y que consigue aislar no pocos casos de extremeños que acabaron sus días en un medio tan diferente al suyo como era el banco de una galera.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL TÁBANO

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VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: El Tábano. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2016, 144 Págs.

           Nueva entrega del profesor Viñuela que va aproximadamente a libro por año, por lo que sus lectores habituales, estamos siempre a la espera de su nuevo trabajo. Como siempre, su lectura es un disfrute por el lenguaje ameno y coloquial que emplea, por los ensayos cortos y variados y por su habilidad para que se empiece por la página que se empiece siempre tenga sentido el texto.

           En el fondo el Prof. Viñuela lo que pretende es dar sentido a la propia filosofía, como un camino para alcanzar la virtud, es decir, la excelencia. Él pretende que ésta sirva para ser mejores, dándole el valor que le daban en la Antigua Grecia. Y me gusta porque yo busco lo mismo en la historia, que pueda ser útil para construir un presente y un futuro mejor. Sin ese componente transformador del presente, ni la filosofía ni la historia tienen sentido. Y como digo, se trata de un problema común, pues muchos filósofos desvinculan su disciplina del presente, al igual que muchos historiadores se quedan en la mera narración de hechos pasados, despojando a una disciplina y a otra de su verdadero valor.

           El autor reconoce que está inmerso en un proceso de transformación de su propia filosofía, pues pretende que su práctica le lleve a un grado de meditación y de paz que mejore su estado físico y mental. Y en ese sentido llega a la conclusión razonada de que filosofía y vida son lo mismo. De hecho, siguiendo a los clásicos griegos, la filosofía es la medicina ideal para curarnos del vicio de la ignorancia intelectual y emocional, buscando el bien y la verdad. Así pretende alcanzar la paz y la serenidad. Pero no solo para él, sino también para otras personas que puedan alcanzar ese grado de virtud a través de terapias filosóficas que él mismo imparte. En cualquier caso, aunque no lo diga expresamente, la búsqueda de la virtud ha sido siempre uno de los grandes objetivos de su filosofía. Y en realidad no es nada nuevo sino que se trata solo de recuperar la vieja filosofía griega que defendía que alcanzado la virtud a través de la sabiduría, los filósofos podían sanarse a sí mismos y curar a los demás.

           Asimismo, define al hombre como un ser gregario y religioso. Y ello porque necesita un asidero para soportar la soledad de su existencia y el miedo a lo desconocido. De ahí que desde los primeros hombres del Paleolítico se empeñaran en construir toda una mitología ritual que a largo plazo se convertirían en religiones. De alguna forma yo creo que las religiones han sido una forma de adaptación del ser humano para favorecer su esperanza y su propia supervivencia. De ahí la necesidad de conocer el hecho religioso, pues no ha acompañado a lo largo de la historia. Aunque, esto nada tiene que ver con la enseñanza de la religión católica en las escuelas que, en opinión del autor, debería abandonarse y limitar este tipo de enseñanzas al ámbito personal. Actualmente, vivimos la emergencia de una nueva religión, la tecnociencia, idolatrada por la mayoría de los humanos que confían en el falso mito del progreso.

           La educación es otra de las constantes en la obra del autor, en contra sistemáticamente de todas las leyes actuales desde la LOGSE a la LOMCE que han establecido la obligatoriedad de la enseñanza hasta los dieciséis años. En este aspecto, difiero de la opinión del prof. Viñuela, como se lo he manifestado en más de una ocasión. Quizás sería pertinente buscar una vía alternativa para esos alumnos que están en clase obligados pero en cualquier caso, a mi juicio, sería un atraso social, eliminar dicha obligatoriedad. También denuncia el autor que muchos padres deleguen la educación de sus hijos en la escuela, haciendo una grave dejación de responsabilidad. Los padres deben educarlos y los profesores deberían centrarse en enseñarlos en sus respectivas materias. Obviamente, es más cómodo para muchos progenitores despreocuparse, echar balones fuera y dejarlo todo en manos de los profesores. Pero esta apuesta resulta casi siempre perdedora para la parte más débil de la cadena, el propio muchacho.

           El profesor Viñuela siempre se ha declarado un firme defensor de la Ilustración y sus valores de libertad, igualdad y fraternidad. Bien es cierto que se trata de un proyecto inacabado porque el último de los valores sigue estando inédito en el mundo actual. Eso sí, niega que el hombre sea bueno por naturaleza, como defendían los ilustrados, pues dependiendo de la afectividad y de la educación que se le dé a cada individuo desde su nacimiento podemos crear un ser bondadoso o perverso.

La sustitución del matriarcado paleolítico por el patriarcado, supuso también la implantación de un orden nuevo, el de la fuerza, el poder, la violencia y la competencia. Por eso defiende, un tanto utópicamente, la vuelta al matriarcado, en el que supuestamente reinarían las relaciones afectivas, basadas en los sentimientos naturales.

           Como en otras obras que le he leído desde hace muchos años, hace una crítica al propio ser humano por su servidumbre voluntaria, es decir, que preferimos obedecer que actuar por nosotros mismos. Yo creo que es algo innato al animal gregario que somos. Nuestra propia ignorancia nos lleva a caer en el gran engaño que supone creer que vivimos en una democracia y que tenemos capacidad decisoria cuando, en realidad, estamos totalmente maniatados por el poder. Y en esta línea sitúa el caso del nacionalismo catalán, que a su juicio responde a los intereses de una oligarquía catalana que ha conseguido imponer sus ideas sobre la “maltrecha ciudadanía”. Él se decanta en contra de la independencia, aludiendo primero a lo doloroso de la ruptura para unos y para otros, porque tenemos demasiada historia en común, y segundo al hecho de que está evitando lo que realmente se necesita que es una revolución social.

           Sería imposible comentar todos los aspectos a los que se refiere el prof. Viñuela, por eso, he seleccionado solo algunas de las temáticas y de los análisis que me han parecido más novedosos. El lector encontrará entre sus páginas mucho más, un verdadero bálsamo de sapiencia para entender mejor el mundo en el que vivimos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HERNÁN CORTÉS. EL GRAN AVENTURERO QUE CAMBIO EL DESTINO DEL MÉXICO AZTECA

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LEE MARKS, Richard: Hernán Cortés. El gran aventurero que cambió el destino del México azteca. Barcelona, Vergara, 2005, 327 págs. I.S.B.N.: 88-666-2095-8

           El norteamericano Richard Leer es autor de varias novelas, ensayos, e incluso, una obra de teatro. No es especialista en la conquista, ni tan siquiera en Hernán Cortés, aunque vivió un tiempo en México y en España y en esos dos mundos nació su interés por la figura del metellinense.

           El libro está magníficamente redactado y se lee del tirón, haciéndose progresivamente más interesante. A través de las crónicas y del conocimiento del terreno el autor conoce mejor la etapa mexicana del conquistador que la española. Relativiza la crueldad de Cortés, alegando sus intentos reiterados para alcanzar un acuerdo con Moctezuma II, para evitar la guerra y convertirlo en vasallo y tributario de la Corona de Castilla. La narración se desenvuelve como si de una novela histórica se tratase, percibiéndose la vitalidad desbordante y el apasionamiento de Hernán Cortés, a un mismo tiempo comprensivo o cruel, según aconsejasen las circunstancias. Al principio del libro incluye tres mapas, los únicos que aparecen en toda la obra, cuya autora es Claudia Carlson y que tienen un valor extraordinario. Señala con una gran claridad la ruta seguida por las huestes desde Veracruz a Tenochtitlán. Destaca asimismo, el carácter prolífico y mujeriego del metellinense a quien califica de “auténtico semental”. En otro de los mapas representa con detalle la zona lacustre de Tenochtitlán, con las calzadas, y los tres lagos el Texcoco, el Xochimilco y el Chalco.

           A lo largo de las páginas del libro se aprecia la dureza de la conquista, donde tuvieron que derrotar militarmente incluso a los que, solo después de probar los aceros toledanos, aceptaron la alianza con los hispanos. Los mexicas ofrecieron una gran resistencia pese a la parálisis inicial del tlatoani Moctezuma II que pensaba que era el dios Quetzalcóatl y sus hombres que regresaban para acabar con su mundo y establecer una nueva era. Afirma lúcidamente el autor que fue una suerte que no usaran flechas envenenadas y que no lo hacían para evitar contaminar la carne de unos prisioneros que constituían su despensa proteínica.

           En Cholula protagonizaron una gran matanza aunque no hicieron otra cosa que adelantarse a una encerrona en donde pretendían apresarlos para luego enviarlos a Tenochtitlán para ser sacrificados en presencia de Moctezuma. Bien es cierto que ya era suficiente falta de respeto que las huestes llegasen a la ciudad sagrada del valle de México y lo primero que hiciesen fuera pedirles que renunciasen a sus creencias y abandonasen a sus dioses. En esta ciudad dice el autor que murieron entre seis mil y diez mil personas aunque lo más probable es que los fallecidos estuviesen en torno a los tres millares.

           Trepidante es la narración de la subida al cráter del volcán Popocatépetl, que entró en erupción poco después. Éste se encontraba a 6.000 metros de altura y los expedicionarios estuvieron capitaneados por Diego de Ordaz, a quien el emperador le otorgó el derecho de incluir un volcán humeante en su escudo heráldico.

            Los españoles consiguieron entrar en la capital sin disparar ni un solo tiro, siendo hospedados por el tlatoani en el palacio de su padre. Estos quedaron impresionados por la ciudad, especialmente por el mercado de Tlatelolco, frecuentado por sesenta mil personas, entre mercaderes y compradores. La llegada de Narváez a San Juan de Ulúa lo cambió todo, obligando a Cortés a salir de la ciudad y dirigirse a su encuentro. Cuando regresó la ciudad estaba ya en pie de guerra contra los hispanos que tuvieron que salir huyendo en la Noche Triste, donde perecieron más de la mitad de sus efectivos. Eso sí, en la batalla final, la de Otumba, pocos días después, consiguieron derrotar a los mexicas, tras matar a su general, que iba en unas andas, la tropa salió en estampida. Luego comenzaría el cerco de Tenochtitlán, que duró setenta y cinco días, y cayó un 13 de agosto de 1521, festividad de San Hipólito.

Ahora bien, sí que hay que señalar algunos errores de bulto que comete su autor, de más grueso calibre cuando se refiere a las etapas vividas por el conquistador en la Península Ibérica. Citaré algunos de los más llamativos: Afirma que en la Edad Media las España tenía muchos reinos como “Aragón, León, Asturias, Cataluña, Valencia, Zaragoza, Castilla, Toledo y otros” –p. 21-, ignorando que muchos de ellos nunca fueron reinos independientes. Poco más adelante afirma que “cuando nació Hernán Cortés su nombre se inscribió en el libro de bautismo de la iglesia de Medellín”, desconociendo de nuevo que en esa fecha no se registraban todavía los nombres en los libros de bautismo y que en la villa había cuatro parroquias no una como insinúa el autor. Asimismo, hace a los Alvarado de Lobán –por Lobón- cuando hoy sabemos que eran en realidad de Badajoz –p. 51-. Por otro lado acepta clichés cuando dice que Cortés era muy bromista algo que es “un rasgo y un talento español”. Asimismo, afirma que Cortés zarpó de Sevilla con destino a Nueva España a mediados de 1531 cuando hay documentación en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla que demuestra que ese hecho se produjo más de un año antes, concretamente en marzo de 1530. Para finalizar, omite algunas crónicas a mi juicio imprescindibles, como las de Fernández de Oviedo o Pedro Mártir de Anglería, y biografías clave como la de José Luis Martínez, que ya estaban editada años antes de que el autor publicase su obra.

            En general, la obra merece la pena, hay algunas valoraciones muy acertadas y una visión bastante equilibrada del conquistador. Asimismo, el autor posee una pluma ágil que permite una lectura fluida y atractiva.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HERNÁN CORTÉS: LOS PASOS BORRADOS

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COARASA, Ricardo: “Hernán Cortés. Los pasos borrados”. Madrid, Espejo de Tinta, 2007, ISBN: 978-84-96280-99-1, 221 págs.

 

            La lectura de este libro no me ha decepcionado, precisamente porque no aspira a ser lo que no es; no se trata de una biografía de Hernán Cortés, sino de un relato minucioso del viaje que el autor hizo a México, en compañía de su esposa, buscando especialmente los lugares cortesianos. El autor aprovecha la visita de cada ciudad o monumento para recrear históricamente los hechos protagonizados por el conquistador y sus huestes.

          El subtítulo de la obra tampoco es azaroso, “los pasos borrados”, porque refleja bien, una idea que resalta el autor una y otra vez, que la huella de Cortés está escondida, camuflada, por lo que hay que ir preguntando e indagando para encontrarla. Ni una sola estatua en México D.F.,  ni una sola placa conmemorativa, y para colmo sus restos casi ocultos en un solitario rincón de la capilla del antiguo hospital de Jesús Nazareno fundado por él mismo. Los mexicanos aún no se han reconciliado con su pasado, no han asumido que son una nación mestiza fruto de la irrupción de los hispanos y de su mezcla racial y cultural con los distintos pueblos que poblaban Nueva España. Y precisamente, un escritor mexicano lo ha expresado mejor que nadie cuando en su biografía sobre el conquistador le colocó el subtítulo del inventor de México.

          Empieza su recorrido por México, D.F. visitando la Catedral, la Plaza de las Tres Culturas –antiguo mercado de Tlatelolco-, el santuario de Guadalupe y el hospital de Jesús, donde se encuentra enterrado el conquistador. El autor llama la atención sobre este sobrio mausoleo, empotrado en la nave central de la capilla hospitalaria, en el número 82 de la avenida 20 de Noviembre, en el Zócalo del Distrito Federal. No tiene más inscripción que el escudo de armas del marqués del Valle de Oaxaca y la aséptica inscripción “Hernán Cortés, 1485-1547”. Señala el autor que todos los forjadores de la patria mexicana tienen su sitio, sus estatuas, sus plazas o sus placas conmemorativas, incluido el general Santa Anna que perdió 2,4 millones de km2 a costa de los yanquis, excepto Hernán Cortés. El santuario de Guadalupe se ubica donde se apareció la Virgen a Juan Diego, otra víctima del malinchismo, según Ricardo Coarasa, porque de alguna forma se le sitúa entre los traidores, al colaborar con los extranjeros. Por cierto, menciona la visita a Culiacán, zona donde residió Cortés y que hoy está integrada en la propia capital federal.

          Pero la obra no se limita solo a narrar los sitios cortesianos, también se alude a otros aspectos festivos, gastronómicos o folclóricos. Menciona la costumbre de los vendedores ambulantes de ofrecerte un trago de pulque o tequila, al tiempo que tratan de vender sus botellas. El pulque es una bebida de origen prehispánico, que se obtiene de la fermentación del jugo de maguey. A diferencia del tequila, tiene una graduación muy baja, similar a la cerveza. También señala el gusto de los mexicanos por las parrilladas de insectos, algo también tradicional, pues los mexicas tenían fama de comerse todo lo que se moviese. También refiere la presencia a veces pesada de mariachis o de danzantes con taparrabos que tratan de reproducir, con escaso mérito, las supuestas danzas de los mexicas a sus antiguas divinidades. 

          La visita a Teotihuacán, impresionó al autor por las dimensiones de la pirámide que evidencia la gran civilización que en su día albergó. Tlaxcala, la ciudad aliada de Cortés fue otra de las paradas obligadas, así como las ciudades de Xalapa y la Antigua Villa Rica de Veracruz, la primera fundación en Nueva España. También visitó Cholula, aquella villa ceremonial en la que el metellinense protagonizó la brutal matanza de caciques. Afirma Coarasa, que actualmente está poblada de iglesias y capillas católicas, lo que la sitúa como el paradigma de la mutación cultural, religiosa y social que sufrió el mundo mexica tras la llegada de los españoles. Y cómo no, estuvo en Cuernavaca, donde Cortés ubicó su residencia de manera definitiva, aunque solo vivió en él unos cinco años, a diferencia de su segunda esposa Juana de Arellano y Zúñiga que permaneció allí casi dos décadas. La ciudad de Taxco, a 160 km de la capital, aunque no estuvo vinculada a Cortés, muestra palacios y templos barrocos muy suntuosos, acordes con su apogeo como centro minero en los siglos XVII y XVIII. Tampoco faltaron visitas a zonas arqueológicas como Cacaxtla, Tajín, Cempoala o visitas a zonas naturales como la laguna de Catemaco.

          El libro ofrece muchos más detalles de los sitios cortesianos y de la idiosincrasia de los mexicanos. Se trata de un buen relato, cuya lectura recomiendo para aquellos que tengan pensado visitar México, y en particular, las ciudades, villas y lugares por donde anduvo el metellinense. Asimismo, las valoraciones y juicios del autor son sorprendentemente comedidos, alejados tanto de la habitual leyenda negra como de la rosa.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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A PROPÓSITO DE UNA RESEÑA: LA LIBERTAD EN LA SOCIEDAD ESPAÑOLA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII

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Esteban Mira Caballos; Historia de la villa de Solana de los BarrosOrdenanzas municipales de 1554, Badajoz, edita Diputación Provincial de Badajoz 2014, 190 pags.

 

 

1. La obra

 

        El autor es Doctor en Historia por la Universidad de Sevilla y profesor de Geografía e Historia en el I.E.S. Mariano Barbacid de Solana de los Barros (Badajoz).

        La obra es aparentemente modesta por su contenido, pues utiliza como eje la Ordenanza municipal de 1554. Sin embargo va mucho más allá y está arropada por datos económicos, costumbres, sentimiento religioso, la evolución de la población y su mortalidad, estratos sociales (incluidos los esclavos), emigración a América y sus requisitos y limitaciones, y resulta de gran ayuda para comprender una época en sus grandezas y miserias.

 

        Accedí a esta lectura casualmente y en seguida me dejó atrapado y me impulsó a compartir el texto a través de una reseña y de los comentarios que me sugirió tanto la organización municipal como la sociedad rural que era mayoritaria en la España de la Edad Moderna e incluso hasta el siglo XIX con la desamortización y que en muchos aspectos continuó - si bien cada vez más deteriorada - hasta mediados del siglo XX.

 

        A través de las Ordenanzas y de su aplicación práctica, se comprende hasta qué punto era Castilla, en los siglos XVI y XVII, una tierra mayoritariamente de hombres libres y profundamente religiosos, a pesar de existir una exigua minoría de esclavos y libertos que en ningún momento llegó al 5%, y ello en contraste con la Cataluña de pequeños señores feudales y no digamos con la mayoría del resto de Europa en la que el feudalismo había estado fuertemente implantado.

 

        El autor comienza describiendo el tipo de propiedad y poblamiento del municipio, de características comunes a buena parte de los municipios de Castilla. A mediados del siglo XVI, el concejo de Solana de los Barros (Badajoz) adquirió un terreno de una legua y una sexma de largo por media legua de ancho en 6.000 ducados. Para hacerse una idea de la extensión y el precio de la finca, baste decir que tenía una superficie de unas 1.800 Hras. de tierra de primera calidad como es la tierra de aluvión del Guadiana y su afluente el Guadajira en la comarca de Tierra de Barros y el precio actualizado estimo que sería aproximadamente el equivalente actual (2015) a poco más de 800.000 euros, es decir de algo menos de 500/ Hra., equivalente estimado a 3,35 ducados/Ha.. Es destacable que la superficie de esta finca comunal representaba casi un tercio del término municipal de Solana de los Barros y era explotada únicamente por los vecinos.

 

 

2. Comentarios al contexto social y económico del municipio

 

        En otras comarcas del Ducado de Feria, como Zafra, Feria o La Parra, los terrenos eran de propiedad particular. En cambio en Solana de los barros, salvo las pequeñas fincas particulares y la gran dehesa propiedad comunal del Concejo, gran parte de las tierras eran de propiedad señorial. Estas tierras eran cedidas en arrendamiento perpetuo a cambio del pago de 1/9 de la producción del arrendamiento, después de deducir el diezmo de la Iglesia. La renta de la alcabala, que era un impuesto que gravaba con el 5% todas las transacciones comerciales, tanto de mercancías como de muebles e inmuebles, varió desde el siglo XVI hasta mediados del XVII entre 124.000 maravedíes (un ducado = 375 maravedíes) y 365.000. La renta del arrendamiento venía a ser otro tanto, lo que da idea de la producción total del municipio, que debería estimarse multiplicar la renta del arrendamiento aproximadamente por 10 y sumarle la producción particular y la comunal, además del producto de los diversos oficios. Ello para una población estimada a lo largo del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII que varió entre los 600 y 1.200 habitantes, calculada apartir de los censos de vecinos. Todo esto unido al diezmo a la Iglesia, y los gastos del municipio, que se autofinanciaba con las rentas de su propiedad, podía estimarse una presión fiscal por todos los conceptos inferior al 20% lo que en comparación con la media actual en España, y en cualquier Estado, parece irrisoria. A estos impuestos había que sumar ciertas aportaciones extraordinarias ocasionales, como la de 650 fanegas (aproximadamente equivalente a unos 1.600 kgs.) de trigo en 1580, para abastecer los tercios que entraron en Portugal cuando se produjo la unión a la corona española de Felipe II, y que parece una aportación poco onerosa en relación a la producción estimada del municipio que como media sería de unos 1.200 Kgs./Hra., o algo superior.

 

        Con estos datos podría estimarse que la renta per cápita en aquella época podría estimarse en un equivalente a no menos de 6.000 euros actuales, a lo que habría que sumar el autoconsumo y el conjunto de unos modestos servicios de comerciantes y artesanos. Ello explica que en esta época hubiera en el concejo nada menos que 6 sastres censados, además de zapateros, herrero, mesoneros, barberos, molinos, carnicería con una rígida reglamentación sanitaria, así como comerciantes con una estricta regulación de pesos y medidas. A estas actividades habría que sumarle la industria de la construcción y el servicio de transportes que representarían más del 10% de la actividad y renta del municipio. A estos datos relevantes como indicios de actividad económica, hay que añadir que se daba un volumen de transacciones bastante elevado, a juzgar por el importe anual del impuesto de la alcabala. Esto indica una sociedad sencilla pero de cierta complejidad y relativamente acomodada, incluso en comparación con el medio rural actual.

 

        Desde el punto de vista social, la gran extensión de una gran propiedad comunal igualitaria daba lugar automáticamente a una población del municipio sin grandes desigualdades económicas y en la que las diferencias de riqueza estaban generadas fundamentalmente por el trabajo y habilidad en las explotaciones familiares.

        Esta sociedad igualitaria y relativamente próspera, explica que hubiera ciertos servicios sociales embrionarios, como la asistencia en la enfermedad y gastos de sepelio, que al parecer se realizaba a través de una hermandad de Ánimas. Incluso existía un hospital de pobres desaparecido en el siglo XVII y que era visitado por los alcaldes, en presencia del escribano, que verificaba que estaba bien provisto para atender a los enfermos. Hay que suponer que en una localidad pequeña el hospital se limitaba a una sala común en la que se atendía a enfermos sin recursos, pero esto era una avance considerable en comparación no solo con lo existente en otros países, sino también con lo que era habitual en la España del siglo XIX.

 

        Los bautizos, la sucesión de la administración de sacramentos, las fiestas religiosas, la regulación de las ayudas a misas, velas, etc., demuestra que no sólo la argamasa que unía sólidamente esta sociedad era la moral y religión católicas, sino que también era el espíritu vital que la animaba tal como de forma afortunada había expresado sintéticamente Marcelino Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos. A este respecto resulta significativo un hecho reflejado con toda naturalidad en el registro parroquial en 1706: <<Pedro, hijo de María de los Ángeles, esclava de Pedro Sánchez Notario, le eché el agua en casa por algún peligro>>.

 

        Por ejemplo, el número de esclavos y libertos existente durante la segunda mitad del siglo XVI y primera del XVII, nunca llegó al 5% y ello a pesar de ser el municipio de la comarca con mayor número de esclavos. Resulta significativo que los esclavos eran bautizados al igual que el resto de los ciudadanos, lo que indica que el sello que certificaba su pertenencia a la comunidad era su integración en la Iglesia. A partir de la segunda mitad del siglo XVII el número de esclavos era casi inexistente. La escasa cifra de esclavos en esa época, sin ser despreciable, no permite calificar la esclavitud de institución de cierto peso, sobre todo si se compara por ejemplo con la existente en la América anglosajona de fines del siglo XVIII, ya que en las 5 colonias inglesas del Sur de las 13 colonias del pequeño territorio de Norteamérica se estima que representaban prácticamente la mitad de la población, con más de un millón de personas.

 

        La emigración era un fenómeno poco frecuente, tal como precisa la documentación existente, al menos en este municipio. Ello se deduce de los datos de la emigración en el siglo XVI (33 personas) y en el siglo XVII (12 personas), muestra que su incidencia en la población puede calificarse de insignificante. La mayoría de los emigrantes eran solteros, pero no faltaban familias enteras, lo que explica que casi el 18% fueran mujeres. A mi juicio, el escaso número de emigrantes se debe por un lado a lo estricto de su selección de los emigrantes, ya que se les exigía una especie de certificado de buena conducta, al contrario de lo que ocurría en otros países europeos, donde la mayoría de los emigrantes eran delincuentes y penados, incluso en el siglo XIX. A lo estricto de la selección se unía que el pasaje no era barato, como consta en la documentación de un pasaje en el que el coste por persona a principios del siglo XVI era de dos ducados (que podría ser el equivalente actual a unos 300 euros, que no era poco teniendo en cuenta que era una economía poco monetizada).

 

        El hecho de que a lo largo de dos siglos el total de emigrantes fuera de 45, da idea de la poca incidencia que tuvo la emigración en su población y posible repercusión indirecta en la decadencia de España. Esta perspectiva se ve acentuada con que durante el siglo XVII la emigración se redujo a 12 personas en paralelo con la reducción de población media del municipio que pasa de [6001000] personas durante más de un siglo a unas 250 y que se mantiene estable a lo largo de dos siglos, desde mediados del siglo XVII hasta mediados del XIX. La reducción de población se explica mejor por la elevación de la mortalidad, que está documentada entre 1673 y 1709, con una mortalidad media en esos años de 13 por año, de los cuales casi el 50% corresponden a mortalidad infantil. Una mortalidad tan alta resulta inexplicable ya que significaría la desaparición de la población del municipio en pocas décadas. No hay constancia de las causas de tan altas tasas de mortalidad, que podría ser debidas a la gravísima epidemia de peste que en 1649, procedente de África, se extendió desde Sevilla y que probablemente prolongó sus efectos demográficos durante mucho tiempo. Los pequeños ejércitos de la época empleados en las guerras representarían una mortalidad relativa, sobre el total de la población, muy baja.

 

        Un fenómeno que está también documentado es el de los expósitos. Entre 1614 y 1713, el número de niños expósitos fue de 6, sobre un número de nacimientos de más de 1.000, lo que teniendo en cuenta la inexistencia de abortos provocados, resulta una cifra insignificante y confirma la existencia de una sociedad sana moralmente y carente de agobios económicos.

 

 

3. Comentarios a la organización política del municipio

 

        Llama la atención el sistema de elección de alcaldes y cargos con voz y voto en el concejo, que eran ocho en total y elegidos por duplicado en cabildo secreto el día de pascua de Navidad, en presencia del escribano, por un período de un año. Del total de los 16 elegidos, el conde elegía a su vez ocho. Desde 1481, era obligatorio que los municipios dispusiera de un edificio para la celebración de los cabildos y una cárcel municipal. El autor pudo comprobar que los alcaldes y oficiales no eran reelegibles, ni tan siquiera sus parientes.

 

        Este sistema de elección está cerca del sistema de la Atenas clásica en el que el sistema de elección era por sorteo entre los ciudadanos en una sociedad relativamente numerosa. En una sociedad poco numerosa como el municipio, un sistema de rotación tan rápido, permitía que la mayor parte de los vecinos ejercieran un cargo público a lo largo de sus vidas.

 

        En un ambiente así, de hombres libres y sin grandes desigualdades sociales, se puede comprender que unAlcalde de Zalamea, no es una mera figura literaria, sino que probablemente fue un personaje y unos hechos reales. Y una sociedad trabada con esas prácticas y regida por estas leyes y costumbres se comprende que era sumamente sólida y que no podía tener competencia ni como potencia militar ni económica ni cultural, en el mundo del siglo XVI y XVII.

 

        El sistema de participación política ciudadana y razonablemente democrática causa sorpresa dado el grado de libertad e igualdad de derechos que representa en una pequeña sociedad como es el municipio.

 

        A mi juicio, el sistema fiscal español del siglo XVI y XVII descrito en la obra tenía el inconveniente que concentraba excesivo poder económico en la Iglesia y en los diferentes señoríos, en detrimento del poder regio central. Ello a pesar de que buena parte de las obras públicas como puentes y caminos, hospitales, universidades así como la educación y, por supuesto la asistencia social, era sufragada en gran parte por los señores y sobre todo por la Iglesia. Bien es cierto que un sistema fiscal centralizado, ya sea en el Estado o en otras entidades locales también tiene serios inconvenientes, al concentrar el poder en unas oligarquías más o menos numerosas y poderosas.

 

        Sin que la obra pretenda demostrarlo, la decadencia de este municipio de Extremadura coincide casi exactamente con el inicio de la decadencia española en la segunda mitad del siglo XVII, pero sin embargo no aparece, ni directa ni indirectamente, ninguna de las causas que numerosos historiadores atribuyen a la decadencia española. Las causas de la decadencia que suelen enumerarse hasta convertirse en un tópico son la expulsión de los judíos y moriscos, la emigración a América, las guerras, la pobreza, el hambre y un sentimiento generalizado de minusvaloración del trabajo, que en todo caso tendrían una influencia marginal.

 

        Si este municipio extremeño es representativo de los municipios castellanosy todo parece indicar que - , ninguna de las supuestas causas de la decadencia parece tener ninguna influencia. Si nos fijamos en la influencia de la expulsión de judíos y moriscos, al margen de que su número debió ser escaso en relación a la población, los judíos se dedicaron preferentemente al comercio y al préstamo residiendo en barrios de núcleos urbanos lo que no parece que tenga influencia significativa en el sistema económico; los moriscos, al parecer relativamente numerosos en Extremadura, se dedicaban en su mayor parte a la agricultura y artesanía por lo que la repercusión en la economía debió de ser mayor, pero tampoco significativa. La emigración a América se comprueba que por su proporción insignificante en la población española tampoco pudo tener una incidencia negativa, incluso aunque fuera un poco potenciada al ser selectiva de personas de cierto nivel y de buena conducta. Las guerras, eran mantenidas por España con un pequeño ejército permanente, del que casi dos tercios estaban constituidos por italianos, alemanes y suizos, por lo que su influencia en términos de población debió ser insignificante. La pobreza y el hambre se puede afirmar que eran inexistentes en el medio rural, al menos hasta la segunda mitad del siglo XVII. En cambio debió ser importante la incidencia de enfermedades como demuestra la mortalidad registrada a finales del siglo XVII. La holganza o el sentimiento de minusvaloración del trabajo parecen ausentes de la sociedad rural estudiada.

 

 

4. A modo de conclusión

 

        La religiosidad empapaba y regía la vida del municipio y en las ordenanzas se alude constantemente al santoral y a las ayudas que prestaba directamente el municipio en algunas fiestas señaladas, en especial en Semana Santa en el que el concejo contrataba a un predicador durante la Cuaresma.

 

        Un elemento de estas ordenanzas y de la vida en el municipio que destaca por su influencia en una sociedad equilibrada y con escasas desigualdades, es la propiedad comunal.

 

        La desaparición de la propiedad comunal, - de manera destacada por la desamortización,- debió influir decisivamente en la decadencia del municipio y potenció la acumulación de riqueza en pocas manos y consiguientemente el empobrecimiento y proletarización de gran parte de la sociedad española.

 

        Actualmente estamos asistiendo a la última fase de este despojo de la propiedad comunal, con la desaparición de las Cajas de ahorro y Montes de Piedad, las cooperativas, las mutuas y las hermandades, que eran el último baluarte de una sociedad solidaria que al fragmentarse y desestructurarse se ha convertido en presa fácil de grandes corporaciones.

 

        Una faceta colateral de este proceso es la privatización de empresas nacionalizadas de sectores calves (telecomunicaciones, energía eléctrica y petróleo, motor, naval, aeronáutica, militar,) por parte de gobiernos calificados tanto de izquierdas como de derechas. En definitiva, una empresa nacionalizada no es o era más que una propiedad comunal, al menos formalmente, a escala nacional.

 

        Lo que parece deducirse como enseñanza de la Historia y de estas ordenanzas municipales, es que toda comunidad política necesita para su cohesión una religión común, tal como ocurrió desde los sucesivos imperios egipcios, el romano con la deificación de la propia Roma y el Emperador, o al menos un sucedáneo como ocurre actualmente con China y la URSS con el comunismo o con EEUU en su culto por la democracia, más o menos mitificada y mixtificada, la propia nación y combinada con una moral puritana.

 

        Cuando el sistema de creencias se diluye, se acelera la decadencia y muerte de esa sociedad, como parece que comienza a percibirse en EEUU, donde la literatura y el cine comienzan a cuestionar un sistema al que presentan como una oligarquía de forma semejante a lo que ya ocurrió con Inglaterra y su Iglesia nacional, que se ha diluido al mismo tiempo que la moral victoriana.

 

        En definitiva, una obra que creo puede resultar una mina para un historiador del siglo XVI y XVII y que le puede ayudar a una mayor comprensión de la sociedad de esa época, pues el tipo de ordenanzas municipales, era común al menos en Castilla. Bien es cierto que cada historiador pondrá el acento en algunos aspectos más que en otros y destacará algún matiz de acuerdo con su formación y con información complementaria.

 

Antonio de Mendoza Casas

 

 

Madrid 18 de agosto de 2015

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FRANCISCO PIZARRO. EL SÍMBOLO SECRETO

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LUDEÑA RESTAURE, Hugo: Francisco Pizarro, el símbolo secreto. Un estudio sobre su origen y significado. Lima, Editorial Universitaria, 2014. 214 págs.

 

        Acaba de caer en mis manos este pequeño librito del profesor peruano Hugo Ludeña. Una bonita edición, muy cuidada, con fotografías a color y un texto muy bien redactado y de ágil lectura. El autor, que es doctor en arqueología y profesor en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, lleva décadas investigando la cuestión de los restos del conquistador trujillano Francisco Pizarro. En esta ocasión cree haber descubierto el secreto mejor guardado del conquistador extremeño. Como es sabido, cuando en 1977 se exhumaron sus restos, apareció un osario en cuyo interior estaban los huesos por un lado y, en una caja de plomo, su cabeza. En su tapa superior aparecía esgrafiada una roseta de seis pétalos y la inscripción: “Aquí está la cabeza del señor marqués don Francisco Pizarro que descubrió y gano los reinos del Perú y puso en la real corona de Castilla”.

        En un primer momento, interpretó que la figura esgrafiada era meramente decorativa. Pero con posterioridad ha podido averiguar que dicho motivo fue usado de manera prolija por los judíos y que su presencia en la caja demuestra que el trujillano tenía alguna ascendencia hebrea. Sobre dicha idea fundamenta todo su estudio, apoyado además en un hecho tan circunstancia como su buena relación con otros personajes de ascendencia hebraica como Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa o el propio Pedrarias Dávila, gobernador de Castilla del Oro.

         Sin embargo, con todo mi respeto hacia el autor, me parece que su tesis es poco consistente. Cabría plantearle varias objeciones, a saber: primero, la roseta de seis pétalos estaba muy difundida desde la antigüedad, no solo entre los judíos. Se trataba de un tipo de decoración vegetal -y geométrica, pues se realizaba a compás- que usaron ampliamente diversos pueblos prerromános, romanos, visigodos y musulmanes. Rosetas de seis pétalos encontramos por doquier en muchos dinteles y jambas visigodas. Es decir, no hacía falta ser judío para esgrafiarla.

Segundo, desconocemos quién, cuándo, ni con qué objetivo fue esgrafiada. Alguien lo hizo con posterioridad a su muerte, pero pudo ser porque creyese –con fundamento o no- en un origen hebraico del difunto, o simplemente porque le pareció oportuno completar el exterior de la caja con ese motivo vegetal.

Y tercero, que dicha prueba por si sola es insuficiente no solo para verificar el origen judaico del conquistador del Perú, aunque bien se puede plantear como hipótesis.

        En definitiva, estamos ante un libro curioso, entretenido, muy bien escrito y bastante documentado, aunque no podamos suscribir, al menos de momento, sin la existencia de otras pruebas, su tesis fundamental, es decir, los orígenes hebraicos de alguna rama de su ascendencia familiar.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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