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Carmen Mena García: El oro del Darién. Entradas y cabalgadas en la conquista de Tierra Firme (1509-1526). Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2011, 640 págs.

 

             En 1984 la autora publicó un libro, titulado La sociedad de Panamá en el siglo XVI, que actualmente es un verdadero clásico dentro de la historiografía americanista y panameña al que siguieron, en los años sucesivos, otras obras también centradas en el istmo. Pues bien, después de casi tres décadas, ve la luz este nuevo título que, a mi juicio, es su obra cumbre, pues, vierte en sus páginas todo el poso de conocimiento que la Dra. Mena adquirió a lo largo de toda una vida dedicada al estudio de ese territorio y de esa cronología.

             No se puede obviar la relación que guarda con el clásico de Mario Góngora, los grupos de conquistadores en Tierra Firme (1509-1530). Aunque con frecuencia se afirma que los clásicos nunca se superan, en esta ocasión yo creo que se consigue de largo. Pero es más, la obra de Góngora, aunque brillante, se centra exclusivamente en el análisis de las huestes de Tierra Firme, mientras que el presente trabajo aspira a ofrecer una visión global del territorio darienita, en el período analizado. Presenta una estructuración válida y muy clara, dividiéndose en cuatro grandes bloques, a saber:

El primero dedicado a la geohistoria del Darién, un área que constituyó la primera frontera continental de las Indias. Un medio hostil e inhóspito de tupidas selvas tropicales donde se curtieron y experimentaron decenas de hombres, llamados a ampliar las conquistas, lo mismo al norte que al sur que al levante y al poniente. En estos pioneros expedicionarios se cebaron enfermedades como la fiebre amarilla, la disentería o el paludismo. El tasa de mortalidad fue en los primeros años elevada, pero los supervivientes fueron muy valorados como baquianos, es decir, como personas experimentadas y sobre todo adaptadas al medio, inmunizadas a sus enfermedades y habituadas a la forma de guerrear de los aborígenes.

El territorio dependía administrativa y comercialmente de las Antillas Mayores, y especialmente de Santo Domingo, desde donde se abastecía de alimentos europeos, armas y hombres. A veces el contacto se ralentizaba de tal manera que la búsqueda de alimentos se convertía en un motor de conquista superior al oro. Y es que cuando el hambre arreciaba, los sueños áureos podían esperar, lo primero era lo primero, y nadie quería morir de inanición. Los cuevas, indígenas que habitaban el territorio, pertenecían al grupo arahuaco y practicaban una economía de subsistencia, en base a la caza, la recolección, la pesca y al cultivo de granos, tubérculos y frutales. Llegaron a desarrollar estilos metalúrgicos locales, aunque bajo una fuerte influencia del área colombiana. Experimentaron un descenso poblacional brutal, concretamente del 90 o del 95 por ciento entre 1500 y 1520, situándose casi al borde de la extinción. A la hecatombe demográfica se unió otra menos estudiada de carácter ecológica.

              El segundo bloque, se centra en el análisis pormenorizado de la efímera fundación de Santa María de la Antigua, nombre que recibió en honor a la Virgen de esta advocación de la Catedral de Sevilla. Su fundación en noviembre de 1510, en el interior de la selva, solo se explica en el contexto de espontaneidad tan propio de los primeros años de la colonización. De ahí que en breve plazo terminara siendo abandonada. Tanto Diego de Nicuesa como Alonso de Ojeda, los primeros gobernadores del istmo, acabaron muy malparados. Mientras el primero fue abandonado a su suerte por el jerezano Vasco Núñez de Balboa sin que nunca más se supiera de él, Alonso de Ojeda se marchó a Santo Domingo para no regresar. El de Jerez de Badajoz –hoy Jerez de los Caballeros- fue el encargado de someter a sangre y fuego a los caciques del Darién y de paso cruzar el istmo y descubrir el mar del Sur. Tras poco menos de cuatro semanas, el 27 de septiembre, él y sus 64 hombres pudieron divisar las aguas del océano Pacífico. Entre ellos se encontraba un joven trujillano, Francisco Pizarro, que varios lustros después se convertiría en el conquistador del incario. La expedición regresó exultante a Santa María de la Antigua. Sin embargo, la estrella de Balboa no tardaría en apagarse. En 1514 arribaría al istmo la gran armada que traía el nuevo gobernador Pedrarias Dávila que no tardaría en desembarazarse del jerezano que terminó ejecutado. Y es que la traición y la venganza fueron inherentes a la conquista. El asiento de Santa María de la Antigua, cobijo de las huestes en los primeros años, no tardó en despoblarse, por lo que en 1524 no era más que un recuerdo.

El tercer bloque enfoca el análisis de la hueste conquistadora de Tierra Firme, verdadera espina dorsal del libro. La autora realiza un meritorio análisis global de la hueste, sus características, sus armas y su capacidad ofensiva. Además de ofrecer interesantes puntos de vista, aporta un documento inédito de un valor excepcional: la nómina de la hueste real que el gobernador segoviano trajo en su armada, entre los que figuraban capitanes –casi todos ellos hidalgos de su entera confianza-, oficiales, su guardia personal, músicos, artilleros y soldados. Entre los capitanes destacaban el posteriormente afamado Diego de Almagro, mientras que entre su guardia personal aparece curiosamente un tal Hernando Cortés. Este último no parece que sea el futuro conquistador de la confederación mexica pero bien podría tratarse de algún pariente suyo, pues tanto su tío carnal como su primo hermano se llamaban exactamente así. En el Darién, en 1509, dieron comienzo las cabalgadas de origen medieval pero que formaron parte sustancial de la Conquista. Éstas implicaron el traslado a las Indias del espíritu de la Reconquista. En realidad, no fueron otra cosa que incursiones sobre cacicazgos indígenas con la única finalidad de obtener un botín. Ni que decir tiene que en ellas los conquistadores derrocharon crueldad con unos indios que se defendían como podían, es decir, con palos, piedras y flechas. El botín se repartía entre las huestes aunque eso sí, extrayendo previamente el quinto Real.

Y finalmente, en el cuarto bloque plantea un concienzudo estudio de las finanzas de la conquista, analizando las cuentas de las Cajas Reales de Tierra Firme en el período objeto de su investigación. Y los resultados vuelven a sorprendernos; la autora demuestra que entre 1520 y 1526 se fundieron en el istmo más de 220.000 pesos de oro. Unas cifras muy superiores a las que se suponían hasta la fecha, y comparables a las que en ese mismo período se extraían en el mayor centro aurífero del Caribe, es decir, en La Española. Una de las principales compañías mineras estuvo formada por Francisco Pizarro, Hernando de Luque y Diego de Almagro, que aparecen juntos desde 1521 y que mantendrán su asociación, incluso, después de 1524 cuando el trujillano se embarcó en su primera expedición a tierras del Levante.

El libro se cierra con una extensísima y completísima bibliografía y con útiles índices onomástico y topográfico así como de figuras, mapas, gráficos y tablas. Sin embargo, por señalar una crítica, en un trabajo tan completo y extenso hubiera sido oportuno incluir una buena conclusión, donde se sintetizasen y ponderasen los múltiples aportes hilvanados en sus densas páginas. Obviamente se trata de una mera sugerencia que en absoluto empaña la calidad de una obra que resulta, desde el mismo momento de su aparición, fundamental para entender el proceso conquistador en su conjunto.

 

Esteban Mira Caballos