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SOBRE LA VIOLENCIA

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ZIZEK, Slavoj: Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona, Paidós, 2009, 287 págs.

 

        Excelente libro del filósofo esloveno, discípulo de Heidegger, en el que analiza, desde distintos puntos de vista, la omnipresencia de la violencia en nuestro tiempo. El libro se estructura en seis capítulos que coinciden con otros tantos ensayos. Sin embargo, no vamos a hacer un comentario uno a uno sino una valoración general de las ideas más destacadas.

Para él la violencia es sistémica, es decir, forma parte del sistema productivo y de las relaciones de dominación del capitalismo. Más allá de la violencia física y pública existe otra más profunda, anónima e invisible que genera excluidos sociales, desigualdades y dramas. Millones de personas han quedado en el camino desde la aparición de la idea de progreso, allá por los orígenes del capitalismo. Lo mismo las conquistas del siglo XVI que el Imperialismo de los siglos XIX y XX han generado grandes dramas que la población percibe como el necesario peaje del progreso. Y para colmo, la globalización ha demostrado la capacidad del capitalismo para adaptarse a todo tipo de civilizaciones.

        El colmo del cinismo capitalista es la presencia de lo que Zizek llama comunistas liberales, como Bill Gates o George Soros. Estos se enriquecieron con el capitalismo y ahora pretenden devolver parte de lo que ganaron entre los necesitados del mundo. De hecho, el primero se considera el mayor benefactor de la historia. Lo mismo dona dinero para paliar el hambre en África que financia campañas a favor de la infancia o en pro de la liberación de la mujer. Sin embargo, denuncia el autor, que estos supuestos benefactores, dan ahora lo que antes tomaron y además su actitud es hipócrita porque luchan contra la violencia subjetiva al tiempo que aceptan la violencia sistémica. Muy lúcidamente afirma Zizek que la acumulación de riqueza primero y la caridad después, han formado parte inherente del capitalismo desde sus orígenes. Y ello para intentar paliar en parte los desequilibrios entre ricos y pobres que el sistema ha generado y genera. Pero no podemos olvidar que en el fondo, todos estos filántropos son reaccionarios, pues se sitúan frente a la lucha progresista, atenuando en buena medida la crisis del capitalismo. De hecho, como afirma el autor, estos mismos bienhechores que donan miles de millones a la lucha contra las enfermedades o contra el hambre son los mismos que han arruinado la vida de millones de personas en su afán obsesivo de enriquecimiento.

        Asimismo, se refiere a la despersonalización de la tortura y la muerte. De hecho, explica el autor que a muchos les resultaría mucho más fácil matar a varias miles de personas apretando el botón de una bomba nuclear que ejecutar por sí mismo a una sola persona. Y de acuerdo con Chomsky, esto no deja de ser una absurda hipocresía, pues los mismos que están en contra de la violación de los Derechos Humanos en un caso concreto tolerarían, en cambio, el asesinato de miles de personas en una de las tristemente famosas guerras preventivas que practican con frecuencia los Estados Unidos. Por otro lado, es cierto que muchas personas, y hay miles de casos documentados, pueden cometer verdaderas atrocidades con sus enemigos o simplemente con personas a las que no conocen personalmente y desplegar una cálida humanidad con los suyos. Es decir, niegan al otro los derechos éticos básicos que siempre reconocerían a su entorno o a sus compatriotas. Un corporativismo, que en el caso de grupos de poder, como el ejército o la iglesia, ha permitido la impunidad de algunos delitos, como las torturas que marines infringieron a prisioneros de la guerra de Irak.

        Señala Slavoj Zizek que desgraciadamente la mayor parte de los seres humanos llevan dentro un deseo ilimitado que les hace estar siempre insatisfechos con lo que tienen y pedir siempre más. Eso provoca una patológica rivalidad y a la postre, en muchos casos, violencia. Por eso está claro, como bien indica el autor, que lo ilimitado está relacionado con el mal y lo limitado, lo finito, incluida la capacidad de morir, con el bien.

        Ahora bien, toda forma de violencia conlleva un reconocimiento implícito de impotencia, de fracaso. Atentados terroristas recientes, como el de las Torres Gemelas en Nueva York o el de Atocha en Madrid, no fueron más que muestras del odio que los integristas musulmanes sienten hacia occidente. Como afirma Zizek, no pretendían ningún noble objetivo sino simplemente causar daño para dar satisfacción a su rencor. Y por si fuera poco, estos ataques han dado alas a los países occidentales, y en especial a los Estados Unidos, para utilizar la fuerza en decenas de guerras que ellos llaman preventivas. Desaparecida la URSS, se ha producido un desequilibrio que ha permitido a los norteamericanos campar a sus anchas por el mundo.

Las exclusiones, la pobreza y las desigualdades cada vez mayores entre Norte y Sur han provocado la arribada masiva de inmigrantes a las fronteras de Occidente que ha optado por atrincherarse, dejando entrever su propio fracaso. Y digo que su fracaso porque han sido ellos mismos los que han generado millones de desplazados en el mundo. Evidentemente, la solución no debería ser la construcción de muros sino ofrecerles las condiciones socioeconómicas adecuadas para que esos inmigrantes no tengan que abandonar su país.

        En cuanto a la vieja Europa, dice Zizek, que su gran singularidad no son sus raíces cristianas, sino su ateísmo. Es decir, la posibilidad que tienen sus ciudadanos de optar por su condición de ateos de manera legítima sin que ello suponga una rémora social. Un liberalismo religioso que surgió fruto del sufrimiento que experimento Europa en las guerras religiosas entre católicos y protestantes en los siglos XVI y XVII.

        En resumen, el filósofo balcánico analiza en estas brillantes páginas las principales formas de violencia de nuestro tiempo, desde los ataques terroristas, a las manifestaciones estudiantiles, señalando como causa última de todas ellas, el miedo al prójimo. Destapar y condenar la violencia explícita e implícita de nuestro tiempo, puede contribuir a tomar consciencia de ella y a partir de ahí sentar las bases para superarla. Como bien dice el autor, en ocasiones no hacer nada es lo más violento que (se) puede hacer.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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