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CLÍO Y LAS AULAS

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MORADIELLOS, Enrique: Clío y las aulas. Ensayo sobre educación e Historia. Badajoz, Diputación Provincial, 2013, 315 págs.

 

        Esta obra, ganadora del premio Arturo Barea 2012, constituye un nuevo análisis de la evolución del concepto de Historia así como su docencia en las aulas. Como confiesa el propio autor, en estas páginas se sintetizan experiencias personales de más de veinte años de docencia, incluyendo la impartición de una asignatura sobre los fundamentos científicos de la historia en el Máster de Formación Universitaria del nuevo profesorado de enseñanza secundaria. Y efectivamente, leyendo el texto se aprecia continuamente el carácter didáctico con el que fue concebido. Pretende ser una orientación para los actuales y futuros profesores de historia, fundamentalmente los dedicados a la enseñanza secundaria, que es el destino de la mayoría de los que cursan la carrera. Al mismo tiempo, reivindica la necesidad de seguir contando con la Historia en los planes de estudio por ser una materia formativa global, que contribuye a crear conciencia cívica y, por tanto, ciudadanos.

        Como indica el autor, el primer requisito para ser un buen docente es dominar la materia. Es decir, hay que tener algo que enseñar. Y para argumentar esto utiliza, y repite hasta en tres ocasiones a lo largo del libro, la máxima clásica Primum discere, deinde docere, es decir, primero aprende y sólo después enseña. Pero no basta con tener conocimientos de la materia sino que también hay que saber transmitirlos. El autor dedica una parte entera del libro a explicar la didáctica de la historia y los elementos del proceso educativo. A su juicio, es imprescindible recurrir a la pedagogía, una disciplina que tiene experiencias acumuladas sobre cómo hay que realizar esa práctica docente. Cuando se confecciona la programación es importante que los contenidos cumplan varios requisitos: que guarden un orden lógico, que estén bien ordenados, actualizados y, sobre todo, que se adecuen a las características y a las necesidades del alumnado. La evaluación, por su parte, debe retroalimentar el proceso de enseñanza aprendizaje, de forma que no sólo evalúe al alumno sino la práctica docente en su globalidad. Y, por supuesto, debe ser siempre congruente con los objetivos y con los contenidos de la materia.

Dedica otra parte del libro a destacar las virtudes de la historia como saber disciplinar y, por tanto, de obligada enseñanza en cualquier sociedad mínimamente civilizada. La labor de la historia y de los historiadores es fundamental para desmontar los mitos y leyendas de la historia oficial. Se niega el autor a utilizar unos términos tan de moda como la memoria histórica porque, a su juicio, ésta es siempre engañosa y, a veces, hasta traicionera. Es más afirma, siguiendo a Gustavo Bueno, que la memoria es un concepto espurio, porque no es más que un recuerdo subjetivo del pasado mientras que la historia es el conocimiento científicamente elaborado del pasado. Como afirma Moradiellos, el historiador se acerca a la historia de un modo racional, riguroso, secular y demostrativo. Es verdad que el creador de Historia, es decir, el historiador, es una persona y, como tal, es falible, pero pretende siempre acercarse a la verdad con procedimientos objetivos. En cambio, la memoria, muestra la historia tamizada por la subjetividad del recuerdo.

        La Historia aparece en todos los planes de estudio españoles desde mediados del siglo XIX. Aquella realidad dio paso a la aparición del gremio de los historiadores, necesarios para impartir esa asignatura en todos los niveles educativos. Sin embargo, la asignatura ha estado cautiva, casi siempre, en manos de intereses nacionales o políticos diversos. Cada estado, cada nación, cada pueblo, pretende instruir a sus jóvenes en unos valores determinados, cimentados en una historia y en unos intereses particulares y diferentes del otro. Y ello porque ha sido utilizada como instrumento de legitimación de conductas perversas. Pero el historiador debe ser ante todo una persona crítica que analiza el pasado a partir de fuentes objetivas. Y el acercamiento a la verdad histórica del pasado es clave porque es la única base de datos que poseemos para afrontar con garantías el presente y el futuro. Precisamente lo que distingue al homo sapiens de otras especies es nuestra capacidad para acumular y aprender del pasado para construir sobre ellos nuevos avances. Y ese pasado debemos conocerlo desprovistos de los mitos pues, como escribió Tzvetan Todorov, no se prepara el porvenir sin aclarar el pasado.

        Da la impresión que el autor confía demasiado en la objetividad del historiador científico, sin advertir que todo el mundo es subjetivo aunque afirme lo contrario. A mi juicio, el historiador no debe buscar tanto la objetividad –que es una quimera- como la honestidad personal y profesional. Hay que ser profesional y buscar la verdad a secas, incluso a sabiendas de que no es más que nuestra propia verdad. Por otro lado, al historiador experimentado, la lectura de estas páginas sólo le sirve para confirmar algunos de los rudimentos relacionados con el conocimiento, la programación y la evaluación que usa a diario. Pero esto último no puede ser tomado como una crítica porque el autor es muestra explícito en el objetivo de este ensayo. Y es que la obra de Moradiellos no es ni más ni menos que un manual para estudiantes de historia, es decir, para los futuros profesores de la materia. Es sencillo, asequible desde el punto de vista terminológico, y didáctico. Una de sus mayores virtudes es la cantidad de ejemplos que usa para argumentar sus afirmaciones y que pasan por desmontar numerosos mitos, lo mismo relacionados con la guerra de Troya que con los Nazis. En general, creo que estamos ante un manual muy básico, pero por ello útil para los actuales y futuros profesores de historia.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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