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MORGADO GARCÍA, Arturo: Una metrópoli esclavista. El Cádiz de la modernidad. Granada, Universidad, 2013, 360 págs.

 

Esta nueva obra del profesor Arturo Morgado, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Cádiz, supone un nuevo peldaño en el conocimiento de esa gran lacra social que fue a lo largo de la Edad Moderna la esclavitud. Como es bien sabido, la sociedad de la Edad Moderna se basaba en la desigualdad. La esclavitud fue una institución comúnmente admitida desde la antigüedad pues, siguiendo la tradición aristotélica y el posterior Derecho Romano, había personas que nacían para mandar y otras para servir. Desde entonces y hasta el siglo XIX se admitió como normal, incluso por la Iglesia, pese a la existencia de algunas voces –muy pocas- disidentes en su seno. Entres estos gloriosas disidentes habría que citar a los dominicos fray Tomás de Mercado y fray Bartolomé de Las Casas, así como a fray Bartolomé Frías de Albornoz.

Los estudios sobre la institución se han multiplicado en los últimos años. Atrás quedaron los pioneros trabajos de de Antonio Domínguez Ortiz (1952), Vicenta Cortés Alonso (1964), Alfonso Franco Silva (1979) y Manuel Lobo Cabrera (1982), para dar lugar a un conocimiento más exhaustivo, enfocando la institución desde distintas perspectivas y a muy diferentes escalas geográficas. Enumerar aquí ni tan siquiera las obras esenciales sobre la esclavitud sería algo imposible por lo que remito al estado de la cuestión editado hace dos décadas por Manuel Lobo Cabrera (1990: 1091-1104). Bien es cierto que se hace necesaria la elaboración de un nuevo regesto que integre las decenas de aportes de los últimos años. También el tráfico esclavista en el Imperio Habsburgo así como la esclavitud en las Colonias han experimentado un enorme auge, especialmente notable en aquellas áreas donde el fenómeno esclavista fue más complejo; nos referimos a economías como las de Brasil, Cuba, etc., posiblemente por ser sociedades donde la esclavitud se desarrolló con más intensidad. Son imprescindibles los estudios de Curtin (1969), Knight (1970), Schwartz (1985) y Klein (1986).

        El trabajo del profesor Morgado supone a mi juicio un nuevo hito en la historiografía sobre la esclavitud en España, como lo fue hace pocos años el de Alessandro Stella para la esclavitud en la Península Ibérica (2000), el de la Dra. Martín Casares para el caso granadino (2000) y mucho más recientemente el de Rocío Periáñez para Extremadura (2010). Y digo que es un nuevo hito porque no es un estudio más sobre la esclavitud. El manejo de fuentes es notabilísimo, trabajando archivos parroquiales, diocesano, municipales, notariales, etc. lo que supone un esfuerzo extraordinario que solo las personas habituadas a trabajar en estos repositorios saben ponderar. La bibliografía también es muy amplia y exhaustiva, con muy pocas ausencias de significación. En muchos aspectos esta obra confirma lo que ya sospechábamos, mientras que en otras nos ha sorprendido por la novedad de sus planteamientos.

Sorprende que mientras en gran parte de la Península, el máximo esplendor de la institución correspondió a la segunda mitad del siglo XVI y al primer tercio del XVII, en Cádiz se concentró un siglo después es decir, en la segunda mitad del XVII -7.143 esclavos bautizados- y en menor medida en la primera mitad de la siguiente centuria -1.639 cristianados-. Y ello porque en aquellos años fue cuando Cádiz se convirtió en la gran metrópoli del sur, cabecera del comercio colonial. Llama la atención, asimismo, que aunque la trata de esclavos se prohibió en 1814 se mantuvo la esclavitud hasta muy avanzado en siglo XIX. Sabíamos que en Puerto Rico y Cuba, España mantuvo la institución hasta 1873 y 1886 respectivamente, pero desconocíamos que en la propia Cádiz hubo esclavos hasta mediados del siglo XIX. Transcribe el autor varios documentos sorprendentes, por ejemplo, un listado de anuncios de venta de esclavos publicados en el Diario Mercantil de Cádiz entre 1803 y 1805 (pp. 318-319). ¡Increible! Pocos años antes del Cádiz casi mítico de las Cortes, de la libertad, aparecen anuncios vendiendo personas como si fuesen animales con la más absoluta normalidad. Asimismo, menciona un interesante padrón municipal de Cádiz de 1830 en el que todavía se incluyen 22 aherrojados, algunos de ellos libertos ya, mientras que ¡en 1840! todavía se registraban un total de cinco. Y digo que me sorprende porque yo tras un meticuloso estudio de la esclavitud en Tierra de Barros la última alusión que encontré a la esclavitud fue una carta de ahorría, fechada el 21 de septiembre de 1805, a favor de una esclava llamada Josefa Antonia, residente en Ribera del Fresno (Badajoz). Lo cierto es que en Cádiz, la servidumbre se mantuvo con la connivencia de toda la sociedad que seguía viendo por lo general la esclavitud como algo normal. La propia Iglesia como institución condenó la trata esclavista pero no la esclavitud hasta bien avanzada la centuria decimonónica.

        Según el profesor Morgado, el esclavo era un producto caro y conllevaba además unos gastos de manutención lo que provocaba que fuese más rentable contratar trabajadores libres a jornal. Pero en la historia no siempre ha primado la racionalidad económica. Por eso su uso en Cádiz, como en otros lugares de la geografía española, respondía en unos casos a un objeto suntuario, como signo de distinción social y, en otros, sí que contribuían a la estructura productiva. Ambos usos son compatibles, primando uno u otro dependiendo de las circunstancias y de sus propietarios. Está claro, por ejemplo, que en las minas de Guadalcanal o Almadén o en las plantaciones coloniales su uso era exclusivamente productivo, desarrollando los trabajos más duros.

Esta obra confirma varias cosas que ya sabíamos como que se vendieron más mujeres que hombres y que éstas alcanzaron mayor. Las féminas se solían cotizar a más precio por su uso como concubinas por los dueños, por ser reproductoras de nuevos esclavos y por su mayor docilidad (p. 165). En este aspecto, no difiere de lo que ocurría en el resto de la Península Ibérica. Todos los aherrojados tuvieron el status de cosa por lo que no nos debe extrañar que la compra-venta se realizase con una pasmosa naturalidad. Nos sorprende a nosotros pero no a sus protagonistas en la España Moderna que muy al contrario lo interpretaban como algo no solamente legal sino también legítimo. Sin embargo, destaca el autor que en la práctica muchos dueños dieron un trato aceptable a sus esclavos, en algunos casos quizás por caridad cristiana y en otros por una cuestión de racionalidad económica, es decir, por el deseo de conservar la inversión realizada. En cualquier caso, se trataba, como dice el profesor Morgado, de una cuestión de buena o mala suerte (p. 211). Ahora bien, no ocurría exactamente así en su traslado a la Península, pues a los traficantes les salía más rentable dejar morir a una sexta o a una séptima parte del pasaje que alimentarlos adecuadamente durante la travesía.

Se posiciona el autor junto a los que piensan que era una sociedad esclavista. Se trata de un tema polémico y discutible; es obvio, que se trataba de una sociedad con esclavos, pero muchos autores estiman que no era una sociedad esclavista, porque el porcentaje de población esclava era muy reducido. De hecho, Neil Davidson en un recientísimo trabajo ha defendido que, aunque en casi todas las sociedades ha habido esclavos, el modelo esclavista de producción solo se dio en las polis griegas y en el Estado Romano (2013: 288).

        Y para finalizar quisiera decir que a un estudio tan brillante y documentado como éste se le pueden señalar pocas objeciones. No obstante, la decisión del autor de excluir de su estudio el siglo XVI y la segunda mitad del XVIII, en el primer caso por la escasez de fuentes documentales y en el segundo por el descenso de la actividad esclavista, no me parece acertada. Debió incluir toda la Edad Moderna para evitar que su trabajo se quedase en un estudio de la esclavitud gaditana en una parte de la Edad Moderna. Aunque las fuentes locales son escasas para la Cádiz del siglo XVI, todos los americanistas nos hemos encontrado con numerosas referencias sobre entrada o salidas de esclavos al puerto de Cádiz en esa centuria. Asimismo, llama la atención que cite las obras de Tzvetan Todorov en sus ediciones francesas (p. 12), cuando todas ellas tienen traducción al castellano. Y finalmente, aunque no estaba obligado a citar toda la bibliografía sobre la esclavitud, dado que su listado es bastante completo, se echan en falta referencias a distintas obras sobre la esclavitud en Barcarrota, Salvaleón, Mérida y Tierra de Barros, en Extremadura o de Almería, en Andalucía. Pese a estas pequeñas observaciones, no creo equivocarme si digo que esta obra supone un salto cualitativo en los estudios sobre la esclavitud en España. Una obra que es ya de referencia obligada para todos los que trabajamos el dramático fenómeno de la esclavitud y de las minorías étnicas en el mundo Moderno.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS