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MORENO RAMÍREZ DE ARELLANO, Miguel A.: Poder y sociedad morisca en el alto Valle del Alhama (1570-1614). Logroño. Instituto de Estudios Riojanos, 2009, 320 págs.

 

        Magnífico y documentado trabajo sobre el fenómeno morisco en el alto Valle del Alhama (La Rioja), antes durante y después de la expulsión, es decir, entre 1570 y 1614. Le precede un interesante prólogo del profesor Pedro Andrés Porras Arboledas, en el que afirma con argumentos sólidos que el cadalso morisco no fue una expulsión sino una expatriación. Se envió al cadalso a decenas de miles de personas que vivían en la Península Ibérica desde tiempo inmemorial y que en su mayor parte se sentían cristianos y españoles.

En el Valle del Alhama se dieron una serie de particularidades, empezando por la casi perfecta integración y asimilación de los neófitos, que estaban muy mezclados por vía matrimonial. A diferencia de lo que ocurría en otras zonas como Valencia o Granada, en las dos Castillas, la mayor parte de los moriscos estaban radicados allí de antiguo –no llegados tras la rebelión de las Alpujarras-, eran cristianos sinceros y estaban en un estado muy avanzado de aculturación. Habían olvidado la escritura islámica –algarabía-, usaban apellidos y nombres cristianos, y salvo excepciones, vestían y comían como castellanos.

Asimismo, como demuestra el autor, estos cristianos nuevos se alejaban bastante del prototipo de población marginada que se les atribuye en otras zonas de España, donde desempeñaban oficios propios de las capas más bajas de la sociedad, como arrieros, campesinos, braceros, artesanos, etc. En cambio, en esta comarca “su nivel de vida era equiparable al de sus convecinos cristianos viejos, y en la práctica totalidad eran propietarios, algunos de considerables haciendas”. Es decir, en el Valle del Alhama casi todos eran pequeños, medianos o grandes propietarios, lo cual además queda demostrado en el apéndice IV en el que se relaciona un listado interminable de propiedades que dejaron tras su expulsión.

Dada su casi perfecta integración en esta zona riojana, se palpa mejor que en otros sitios el drama humano que sufrieron antes y sobre todo después de la expulsión. El sinsentido de la extirpación quirúrgica de una parte de la población que no había cometido más delito que ser descendientes de antiguos conversos. Concejos, párrocos y vecinos salieron en defensa de sus vecinos y amigos, amenazados por la sinrazón del Estado. Es muy elocuente la escritura de poder que formalizó el concejo de Aguilar el 6 de diciembre de 1609 para tratar de evitar la posible expulsión de los neófitos del pueblo. La carta no tiene desperdicio por lo que me permito reproducirla parcialmente:

 

“La mayor parte de los vecinos de esta villa son descendientes de nuevamente convertidos de los muy antiguos y tan buenos cristianos que como tales siempre y de ordinario han recibido y reciben el Santísimo Sacramento y juntamente con los cristianos viejos han sido en fundar cofradías… Y han sido y son cofrades y alcaldes-mayordomos y priostes de ellas y elegidos y nombrados por alcaldes ordinarios, regidores, procuradores y otros oficios del concejo sin distinción como los cristianos viejos y muchos de estos por vía de matrimonio están mezclados con cristianos viejos y demás de estos han sido y son tan fieles y leales vasallos del rey…”

 

Está claro a juzgar por éste y otros testimonios que eran unos españoles más, que estaban totalmente integrados y que por el simple hecho de tener la sangre manchada se les señaló con el dedo, se les persiguió, se les sancionó y en muchos casos se les expulsó.

¿De quién o de quiénes partió la idea de la expulsión y por qué motivos? Pese a lo que pueda parecer yo creo que es una cuestión que sigue sin estar clara. Con respecto a quién, la Iglesia por lo general los protegió –tanto los párrocos como los altos prelados- al tiempo que Papa Paulo V nunca sancionó ni respaldó moralmente dicha expatriación. Las autoridades locales por lo general los protegieron, mientras que el Consejo mantuvo primero una actitud dubitativa y, finalmente, cambió de opinión para situarse a favor de la exclusión. Sin embargo, hasta el propio Duque de Lerma mantuvo escrúpulos de conciencia por lo que suponía enviar al cadalso a varios cientos de miles de cristianos, aunque fuesen solo neófitos, engordando la población de la civilización islámica a la que consideraban enemiga. Por tanto, creo que la primera respuesta es contundente, se trató de una decisión de una minoría intransigente, radical e irracional, situada en el entorno de Felipe III. Con respecto a los motivos tampoco está claro; tradicionalmente se afirmó que fue la consecuencia del fracaso de la asimilación y el miedo a que se convirtieran en la quinta columna islámica que colaborase desde dentro a una reconquista de berberiscos y turcos. Es posible que a la Corona también le movieran objetivos económicos cortoplacistas, pues le debió parecer una buena oportunidad de conseguir dinero fácil y rápido a través de la confiscación de los bienes dejados por los neófitos. Sin embargo, no hay que olvidar que tras la consumación del genocidio, decenas de arbitristas se dedicaron a construir una explicación que justificase tan dramática decisión. Todo gobierno, todo estado, ha tratado siempre de justificar éticamente sus actuaciones. Consumada la expulsión muy pocos se atrevieron a criticar ya el decreto. Al tiempo que la maquinaria oficial elaboró una coartada oficial. A mi juicio fue una decisión absurda, basada en conjeturas y auspiciada por una minoría cristiana intransigente.

Con respecto a la cuestión de la permanencia el autor ofrece interesantísimos datos. Primero, detecta en la mayor parte de los pueblos del alto Valle del Alhama un aumento considerable de los matrimonios mixtos de moriscas con cristianos viejos, mientras que otros consiguieron licencias para quedarse, lo que en la época llamó el propio conde de Salazar “bulas de buenos cristianos”. Otros muchos permanecieron por encontrarse enfermos o como ocurrió en Aguilar, por no tener descendencia y comprometerse por escrito a legar su patrimonio, tras sus respectivos fallecimientos, a la Real Hacienda. Y segundo, consigue aislar numerosos casos de conversos que regresaron a los tres o cuatro años, reintegrándose en sus pueblos sin demasiados problemas. Algunos incluso, reclamaron y consiguieron la restitución de los bienes que perdieron tras la expulsión. Ahora bien, pese a los numerosos casos que documenta el autor concluye que la permanencia fue solo residual. Pero yo creo que esa conclusión está condicionada por el peso excesivo de la historiografía tradicional que sostuvo siempre tal circunstancia. No da la impresión, por los numerosos casos que aísla perfectamente el autor, que fuera solo residual. Muchos eludieron la expulsión, en algunos casos por estar incrustados en la sociedad cristiana por vía matrimonial, otros consiguieron licencias y un pequeño grupo regresó, en ocasiones sin problemas para reintegrarse. A mi juicio, la permanencia en el alto Valle del Alhama, obviamente no fue ni pudo ser masiva pero afecto a un porcentaje razonablemente alto de antiguos moriscos muchos de ellos tan mezclados con los cristianos viejos que pasaron desapercibidos.

Para finalizar diré que al trabajo de Miguel A. Moreno Ramírez de Arellano no se le puede hacer ni una sola crítica. Se trata de un estudio serio, profundo, y sobre todo excelentemente documentado con fuentes primarias de muy diversos archivos locales, provinciales y nacionales y con una bibliografía actualizada y muy completa. Un paso más en el largo proceso de reconstrucción de la historia de los moriscos españoles en el que muchos estamos embarcados desde hace años.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS