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­CAVA MESA, Begoña (Coord.): Las Independencias Americanas y Simón Bolívar, 1810-2010. Bilbao, Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, 2010, 96 págs.

 

        En este pequeño libro se recogen las cuatro conferencias impartidas en Bilbao en 2010, por los profesores Roberto Breña Sánchez, Miquel Izard Llorens, Lionel Enrique Muñoz Paz y Carlos Malamud Rikles. El evento se realizó en la capital vizcaína , bajo el patrocinio del Ayuntamiento, la Diputación Foral de Vizcaya, la Consejería de Cultura del Gobierno Vasco y la Universidad de Deusto. El acto se realizó aprovechando la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y bajo el recordatorio de los remotos orígenes familiares vizcaínos del Libertador.

        Roberto Breña Sánchez, profesor del Colegio de México, disertó sobre la Independencia novohispana y su comparativa con la de Sudamérica. México evolucionó desde el autonomismo defendido en 1810 a la lucha por la independencia que se consumó en 1821 de la mano de Agustín de Iturbide. Se estableció una monarquía a diferencia de lo que ocurrió en el resto de Latinoamérica, exceptuando Brasil.

        Por su parte Lionel Muñoz Paz, de la Universidad Central de Venezuela, disertó sobre el proceso independentista en Venezuela, que también evolucionó desde el juntismo de 1808 en apoyo de la soberanía de Fernando VII a una rápida voluntad independentista a partir de 1810. El proceso estuvo muy influido por el ideario de la Ilustración y de la Francia Revolucionaria. El proceso fue relativamente rápido, impulsado por Simón Bolívar y Francisco Miranda, por lo que el 5 de julio de 1811 se proclamó la Independencia. Unos meses después, el 21 de diciembre de ese mismo año, se promulgaría la primera Constitución de Venezuela, claramente insipirada –si no copiada- de la Norteamericana.

        Carlos Malamud, profesor de la U.N.E.D., trazó un recorrido por la Independencia pero desde la óptica de revoluciones políticas. La Independencia fue mucho más que un enfrentamiento exclusivo entre criollos y peninsulares. Concluye Malamud que las independencias latinoamericanas no fueron revoluciones sociales ni económicas, pues las estructuras sociales y los sectores productivos y comerciales no sufrieron apenas variación. En muy poco tiempo todo retornó a la normalidad y las cosas siguieron siendo más o menos igual, aunque el control de los Estados Unidos y de Inglaterra fueron muy superiores al que ejerció la antigua metrópolis. Ahora bien, los sistemas políticos si experimentaron una gran variación desde la monarquía absoluta a un modelo republicano que, exceptuando el caso portugués, triunfó desde muy temprano en casi toda Latinoamérica. Como dice Malamud, el origen revolucionario de las naciones latinoamericanas dio lugar a la restauración del viejo ideal republicano, que se pretendía vincular a una regeneración de las nacientes repúblicas.

        Muy interesante es el trabajo de Miquel Izard, titulado “Libertarios versus libertadores” en el que se muestra muy crítico con las consecuencias de la Independencia para las poblaciones indígenas y cimarronas. Él, que había analizado críticamente la Conquista por las consecuencias humanitarias que acarreó a las culturas y civilizaciones aborígenes, arremete con argumentos sólidos contra lo ocurrido tras la emancipación. Y en este sentido ofrece un dato muy significativo, durante la colonia solo se ocupó realmente el 20 por ciento del territorio, quedando un inmenso espacio de libertad, donde se asentaron sociedades cimarronas, formadas por negros alzados, indios y renegados europeos de todo tipo, gitanos, presidiarios, pícaros, desertores, etc. A lo largo del siglo XIX se produjo la ocupación de todo el territorio americano, en un proceso de expansión “civilizatorio” que acarreó el exterminio de aquellos extensos espacios de libertad. Como dice el profesor Izard hacia 1880 los gobiernos americanos, con el nuevo fusil remington, “agredieron al 80% del Continente que hasta entonces se había ahorrado la civilización, lo que fue acompañado del exterminio de sus moradores, originarios o cimarrones. Y todo ello se hizo bajo la cobertura moral de todo un discurso “germinal y patriótico” que trató de justificar el genocidio en pro de la civilización, de la unidad nacional y de la patria. Fueron negadas y aniquiladas todas las identidades subalternas, homogeneizándolas todas a la fuerza bajo la excusa de la civilización. Como bien afirma Izard, la visión del indígena no fue ni comprendida ni respetada. Eso ocurrió muy claramente en el llamado Desierto argentino que no era tal, pero que fue despoblado a sangre y fuego para repoblarlo después con inmigrantes europeos, fundamentalmente italianos y españoles.

        En definitiva, la revolución de Independencia, fundamentalmente criolla, fue la llave que abrió la puerta a un nuevo genocidio, mayor aún que el colonial, en el que eliminados los enormes espacios de libertad del continente americano. En el fondo los criollos estaban convencidos de que estos representaban un lastre para el desarrollo. Una idea muy generalizada en Latinoamérica a lo largo de toda la Edad Contemporánea. Por ello, estaban decididos a sacarlos del pasado y a incorporarlos a su nueva sociedad. Ya no habría ni República de indios, ni nación india, ni comunidades indígenas, tampoco sociedades cimarronas, esas categorías desaparecerían por las buenas o por las malas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS