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SORIA MESA, Enrique: Los últimos moriscos. Pervivencias de la población de origen islámico en el Reino de Granada (Siglos XVII-XVIII). Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2014, 289 págs.

 

        Este libro supone un avance imprescindible en el estudio de la minoría morisca que permaneció incrustada en la sociedad española, tras la supuesta expulsión de 1609-1610. Ya Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent señalaron que un grupo más o menos reducido de neófitos permanecieron en tierras peninsulares o regresaron. Sin embargo, los trabajos de Trevor J. Dadson sobre Villarrubia de los Ojos pusieron de manifiesto la magnitud del error en el que había incurrido la historiografía, al creer que todos o casi todos los moriscos habían abandonado la Península Ibérica, tras los decretos de expulsión de Felipe III. Desde entonces se ha producido un goteo constante de estudios sobre distintas zonas de España en las que se evidenciaba que el caso de Villarrubia no era un hecho aislado sino que podía extenderse incluso a buena parte del territorio español. Entre esos trabajos hay que citar los de Manuel Fernández Chaves, Rafael M. Pérez García, James B. Tueller, François Martínez, Manuel Lomas Cortés, Rafael Benítez Sánchez-Blanco, Miguel Ángel Moreno Ramírez de Arellano y el que escribe estas líneas, entre algunos otros. La obra que ahora reseñamos supone un salto adelante en esta línea revisionista, pues el autor ha manejado una ingente documentación que le ha permitido constatar la extraordinaria magnitud de la permanencia en el antiguo reino de Granada.

        Efectivamente verifica que cientos de familias eludieron las dos expulsiones, la de 1570 en dirección al interior peninsular y luego la de 1609. Conocíamos casos aislados de colaboracionistas como los Granada Venegas, estudiados por el propio prof. Soria. También sabíamos de la persistencia de esclavos –que además continuaron llegando-, de niños y de personas deposadas con “cristianos viejos”. Lo realmente novedoso de esta obra, como ya henos afirmado, es la magnitud de la permanencia en el caso granadino. Se trata de decenas de familias que se quedaron y que muchas de ellas han perdurado en el solar peninsular hasta nuestros días. Algunas de ellas descendientes de la vieja nobleza nazarí, como la Casa de Granada y los marqueses de Campotéjar, y otras puramente moriscas, algunas de gran solera como los Venegas de Monachil, los Belvís de Almería o los Salido de Guadix. En cualquier caso, como advierte el autor, las familias moriscas identificadas son necesariamente pocas porque el éxito de la permanencia se basó precisamente en la ocultación. Obviamente nadie en su sano juicio reconocería una ascendencia morisca, ni menos aún mostraría signos externos de prácticas islamizantes. Por ello, todos estos datos pacientemente documentados por el Prof. Soria Mesa, pueden ser acaso la punta del iceberg de un fenómeno mucho más generalizado y extendido quizás a buena parte de la geografía nacional.

        Otra cuestión que me ha parecido muy novedosa es que muchos mantuvieron en secreto sus ancestrales prácticas islámicas. Las prácticas endogámicas reforzaron y renovaron continuamente los lazos de solidaridad grupal. En caso de no encontrar un marido de su misma ascendencia étnica-religiosa para una hija, optaban por la soltería definitiva, quedando la fémina al amparo de su familia. En la tardía fecha de 1728 y 1729 hubo dos autos de fe en los que fueron procesadas un total de 250 personas por prácticas islámicas, lo que denota la pervivencia no solo de moriscos, sino de prácticas mahometanas. Pero hay más, en 1729 desembarcó en Turquía una familia granadina completa, los Figueroa Aranda, alegando que eran descendientes de los reyes moros de Granada y que pretendían observar públicamente la religión de Alá. Obviamente, el visir de la Sublime Puerta los acogió con todos los honores. El caso es que no fueron los únicos que se exiliaron pues hay constancia de la llegada a Túnez de otros granadinos, por motivos similares. Y digo que todo esto es sorprendente porque en otras partes de la Península, como Extremadura o Villarrubia de los Ojos, da la impresión que la mayor parte de los conversos que permanecieron, lo hicieron por su integración plena en la sociedad cristiana. Y para ello contaron con el apoyo del resto de los vecinos y de los párrocos que omitieron la condición conversa de muchos de sus feligreses, al entender que eran buenos cristianos y estaban bien integrados. En el momento de la expulsión, muchas familias conversas llevaban varias generaciones conviviendo pacíficamente con los cristianos de sangre limpia, sin que se apreciasen diferencias externas entre ellos.

        También interesante es el estudio de la actividad económica de estos conversos que demuestra la habilidad de muchas de estas familias para sobreponerse a las expulsiones y a las confiscaciones de bienes. En los siglos XVII y XVIII se dedicaron a una gran variedad de oficios, muchos de ellos relacionados con los oficios públicos –médicos, abogados, escribanos, etc.- el comercio, la artesanía -fundamentalmente de la seda- y la administración de patrimonios nobiliarios. Esta actividad económica les permitió adquirir fincas rústicas y urbanas, así como rentas censales, obtenidas a través de la concesión de préstamos. Incluso, muchos de ellos se ennoblecieron sin demasiados problemas, obteniendo la hidalguía y en algunos casos entroncando con la alta nobleza y obteniendo algún hábito de caballería. Y es que, aunque era preferible ser “cristiano viejo”, el grado de discriminación que sufrieron los morisco o amerindios nunca fue equiparable al que padecieron los judeoconversos.

        Para concluir diré que este libro del Dr. Enrique Soria supone un salto cualitativo en los estudios sobre la permanencia morisca en la Península Ibérica. Un estudio extraordinariamente sólido por el amplio repertorio de fuentes documentales e impresas que ha manejado su autor. Su conclusión no deja lugar a la duda: en el reino de Granada, millares de moriscos lograron quedarse a pesar de las estrictas órdenes regias.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS