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MARTÍN RUBIO, María del Carmen: Francisco Pizarro, el hombre desconocido. Oviedo, Ediciones Nobel, 2014, 413 págs. ISBN: 978-84-8459-715-5

 

        Nueva obra sobre el conquistador del imperio de los incas, en esta ocasión escrita por la doctora y académica María del Carmen Martín Rubio. El libro incluye un prólogo, firmado por el Cónsul General del Perú en Madrid, Arturo Chipoco, un prefacio sobre la decadencia de España, firmados por Gracia Rubio y Salvador Rojí, una introducción, catorce capítulos, epíteto, apéndice y bibliografía. El libro está bien escrito y magníficamente editado, casi se lee como una novela histórica. Asimismo, tiene su punto fuerte en el buen conocimiento que la autora posee del territorio andino, lo que le permite identificar perfectamente los topónimos de la época de la conquista con los nombres actuales. A mi juicio ese es su mejor aporte, el estudio pormenorizado de la ruta que siguió la hueste conquistadora, señalando uno a uno cada uno de los pueblos y curacas que fueron sometidos por los hispanos en su proceso de anexión del Tahuantinsuyu.

        Ahora bien, nuevamente nos vemos en la tesitura, con todo el respeto hacia la autora, de objetar la apología que se hace del trujillano. En la introducción explica la metodología y las fuentes, quedando al descubierto las debilidades que vamos a encontrar a lo largo de todo el texto. Se presenta como un libro novedoso que pretende descubrir la “sensibilidad humanitaria” de Francisco Pizarro -Pág. 372-, hasta ahora oculta por culpa de la leyenda negra. Sorprenden afirmaciones como que Pizarro ¡siempre intentó proteger a los nativos mediante la legislación! Y digo que sorprenden porque, al igual que los demás conquistadores, sabía infringir castigos dolorosos y ejemplarizantes cuando lo creía oportuno. Estando en la isla de la Puná, cuando los nativos urdieron a sus espaldas una rebelión, decidió propinar un castigo ejemplar: los cabecillas fueron todos ajusticiados quemando en la hoguera a algunos de ellos y cortando las cabezas a los otros. Pero la autora no ofrece ni un solo dato de estas matanzas, ni en relación a la Puná ni a otros lugares, como Cajamarca, donde ni siquiera formula una estimación de las posibles bajas de dicha celada. Y por supuesto, la ejecución del Inca la hizo engañado por los testimonios del intérprete Felipe de Poechos, despechado por el amor que sentía hacia una de sus mujeres. Ello le lleva a concluir que el trujillano apreciaba mucho al Inca y que lamentó profundamente su ejecución -Págs. 230-231-. Es más, a su juicio, el tribunal que lo juzgó estuvo formado por almagristas quienes lo aprobaron pese a su oposición y, dado que era analfabeto, no pudo ni tan siquiera leer su sentencia –Pág. 377-. En lo que respecta a la muerte en la hoguera de Calcuchímac, el general de Atahualpa, dice la profesora Martín Rubio que fue inevitable porque era la muerte establecida por el catolicismo de la época a los infieles. Bueno, el argumento no es convincente, sobre todo teniendo en cuenta que los amerindios eran vasallos de la corona de Castilla desde tiempos de Isabel la Católica y, por cierto, no eran infieles sino paganos, que no era exactamente lo mismo. Está claro que Pizarro tenía un extraño sentido de la bondad y del amor que supuestamente profesó a los pobres quechuas. Y es que hablar de “sensibilidad humanitaria” en aquella época no deja de ser chusco y más si va referido a un conquistador.

Asimismo, huelga decir que su línea historiográfica no es nueva porque, muy contrariamente a lo que afirma ella misma, el grueso de la bibliografía pizarrista es hagiográfica y en este sentido esta obra es continuista. En cuanto al método, sostiene que ha escrito una obra “rigurosa, imparcial y objetiva”, limitándose a narrar los hechos para que el lector los juzgue y construya su propia opinión. Evidentemente estamos ante la más rancia metodología historicista, superada al menos desde mediados del siglo pasado.

En cuanto a las fuentes, afirma que son muy novedosas, pero en realidad son exclusivamente bibliográficas y encima extremadamente magras. Se basa fundamentalmente en el regesto publicado en 1986 por Guillermo Lohmann y en la crónica de Juan de Betanzos que ella misma editó hace unos años. Fuentes de sobra conocidas por todos los investigadores de ambos lados del océano.

Por lo demás encontramos ciertos errores e imprecisiones que conviene aclarar para evitar que continúen pasando a las obras de síntesis. Señala como fecha de nacimiento del conquistador el 26 de abril de 1478, siguiendo el testimonio de Pedro Cieza que dijo que en el momento de su óbito tenía 63 años y dos meses. Sin embargo, otras fuentes no verifican ese dato y hay que tener en cuenta que este mismo autor equivocó otras fechas que proporcionó. Además, Cieza no llegó a conocer personalmente al trujillano por lo que se debió basar en algún testimonio de su época. A mi juicio, sin disponer de una partida de bautismo o de un registro de nacimiento, es más que osado intentar fijar una fecha de nacimiento con día y mes. Mucho más grave es afirmar, siguiendo a José Antonio del Busto, que se bautizó en la parroquia de San Miguel de Trujillo. Y ello por la práctica de muchos historiadores de copiar de fuentes anteriores sin verificar los datos. Digo esto porque en esa ciudad extremeña jamás ha existido, ni en el pasado ni en el presente, una parroquia dedicada a esa advocación. Tampoco hay datos que verifiquen la presencia del trujillano en las guerras de Italia. Conocía las tácticas de combate del Gran Capitán, pero su fama en la época fue de tal magnitud que no hacía falta haber luchado con él para conocerlas. También afirma la Dra. Martín Rubio que “hay plena constancia” de que se embarcó en la armada de Nicolás de Ovando, arribando al puerto de Santo Domingo en 1502. Sin embargo, de constancia nada de nada, acabo de publicar yo mismo el rol de aquella expedición y he descartado totalmente su presencia en la misma. Igualmente, comete el error de copiar los nombres de los “Trece de la Fama” de la transcripción de la capitulación de Toledo que insertó en su obra el cronista López de Caravantes, induciéndole a algunos errores que hubiera evitado si los hubiese tomado directamente del documento original que es accesible desde el portal PARES y además se encuentra publicado en numerosas obras. Y finalmente, no creo que en marzo de 1529 se entrevistase en Toledo con Carlos V. Todo parece indicar que llegó varios días después de su marcha de ahí que en las instrucciones que le dejó a su esposa para los asuntos de Indias no mencione ni media palabra de la cuestión peruana ni mucho menos de la capitulación que tenía que firmar con el trujillano.

Otras erratas se pasean por el libro, lo que no dejan de ofrecer una mala impresión aunque se trate de errores sin importancia. Entre ellos, aparece el gobernador de Santa Marta García de Lerma como Pedro de Lerma o el historiador Guillermo Lohmann como Lhomann. Finalmente, en el apéndice transcribe el acta de refundación de Cuzco del 23 de marzo de 1534, documento que lejos de ser novedoso, está recogido en numerosos libros, sin errores paleográficos. Pero la autora se permite volverlo a transcribir, sin mencionar que no era inédito y para colmo, por error tipográfico, se saltó la primera línea del mismo.

En definitiva, como libro de lectura, como narración de hechos, está bien escrito y puede ser entretenido. Pero como libro de historia contiene enfoques metodológicos que distorsionan la realidad con el objetivo de verificar su hipótesis inicial, es decir el carácter humanitario y bondadoso del conquistador. Que más hubiese querido yo que los conquistadores hubiesen sido esos adalides del bien, esos caballeros andantes como nuestro legendario don Quijote de la Mancha.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS