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IZARD, Miquel: Orejanos, cimarrones y arrochelados. Barcelona, Sendai Ediciones, 1988, 126 págs.

 

        Excelente trabajo sobre los Llaneros y la extensa región del Llano, entre Venezuela y Colombia, en la época moderna y contemporánea. Me ha sorprendido que, pese a las casi tres décadas que hace que fue publicado, su texto es verdaderamente imperecedero y en mi opinión lo hubiese escrito sin añadir ni quitar una coma en este año 2015 en el que vivimos.

        Está en la línea habitual en la que se mueve el autor, siempre dando voz a los marginados, a los rebeldes y a los oprimidos, que casi siempre suelen ser los mismos. De esta forma pretende dar voz a los eternamente vencidos, a uno de esos grupos humanos que fueron barridos por el devenir, al representar un estorbo en el proceso de expansión de las sociedades excedentarias o capitalistas. Por robarles, se les robó hasta el alma, la memoria de su propia existencia. Y es que, como diría Walter Benjamin, tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un enemigo que no ha cesado de vencer.

        Con la ocupación europea del territorio americano, se desencadenó una violencia fatal, tendente a explotar económicamente el territorio con mano de obra indígena y africana en condiciones en ambos casos de esclavitud. Sin embargo, los hispanos solo ocuparon las áreas nucleares, zonas donde había mano de obra aprovechable, pues habían estado al servicio de una organización estatal, y minas de metales preciosos. En total, el Imperio apenas ocupó un 20 por ciento del continente, quedando grandes vacios, como el oeste de Norteamérica, la Pampa austral o los Llanos, un espacio de más de 500.000 Km2 entre los actuales estados de Venezuela y Colombia. A aquel espacio, dominado por la sabana, escaparon algunas reses vacunas y équidos que en breve plazo formaron grandes manadas de ganado cimarrón.

Allí, junto a los nativos, sociedades primitivas autosuficientes, fueron llegando infinidad de arrochelados de muy distinta condición étnica: esclavos negros, mulatos, mestizos, indios y hasta europeos que huían de la represión física o ideológica de la llamada “civilización”. Estos continuaron arribando a lo largo de toda la colonia, huyendo casi siempre de la presión tributaria en los pueblos controlados por las autoridades coloniales. Una vez en el Llano se disolvían en un espacio inmenso y podían sobrevivir de la caza, de manera independiente o uniéndose a otros grupos de forajidos. Algunas rochelas llegaron a tener varios centenares de personas, mientras que otras se limitaban a una familia nuclear o simplemente a una o dos personas.

En este medio, agreste, pero también libre, se desarrolló una cultura riquísima, de la que desgraciadamente han llegado pocos vestigios hasta nuestros días. Estos llaneros se enfrentaban a las inclemencias de la naturaleza, la misma que unas veces se lo daba todo y otras se lo quitaba. Para los propios llaneros solo existían dos cosas, o al menos dos cosas importantes: el ganado y el cielo. Eran nómadas o seminómadas y viajaban necesariamente muy cortos de equipaje. Además del imprescindible caballo, apenas poseían dos pequeñas alforjas, con algunos enseres: sogas, lazos, aguja, cera, un cuerno usado como vaso y poco más. En sus diversiones recitaban historias de llaneros legendarios y entonaban canciones, acompañadas de alguno de los instrumentos que usaban habitualmente: maracas, hechas de calabaza con pepitas en su interior, una especie de guitarra de cuatro cuerdas y el arpa, esta última de madera de cedro con 32 cuerdas. Asimismo, conocían las plantas curativas que el entorno les proporcionaba y que usaban para combatir males comunes como la fiebre, dolores de estómago o las temidas diarreas.

Este mundo fue calificado de bárbaro, simplemente porque sus habitantes no se movían por el afán de lucro como en las sociedades capitalistas. Desde mediados del siglo XVII fueron llegando misioneros con la excusa de la evangelización y con el beneplácito de la oligarquía del norte que veía en ello una gran posibilidad de enriquecimiento. Obviamente, estos últimos ambicionaban aquellas extensas sabanas y sobre todo las grandes manadas de ganado orejano que allí había. Los primeros religiosos fueron franciscanos capuchinos, que trataron con poco éxito de reducirlos a pueblos. Después se incorporaron al proyecto otras órdenes como la dominica y la jesuita. Tras los religiosos llegaban siempre los empresarios u los oportunistas, dispuestos a quedarse con la tierra y sobre todo con el abundante ganado. La expulsión de los jesuitas, dejó grandes terrenos vacíos, ocasión que aprovecharon algunos oligarcas para hacerse con miles de hectáreas. La élite caraqueña siempre ambicionó el control del Llano de manera que a finales de la colonia el enfrentamiento de los grandes propietarios con los llaneros era una realidad enquistada. Estos viendo amenazada su propia supervivencia adoptaron una posición hostil en la que surgieron caudillos, como Esteban, el Jerezano o Pedro Peña que decidieron morir luchando en defensa de sus libertades. Obviamente, a la violencia de los grandes propietarios solo se podía responder con más violencia por lo que los llaneros, tomaron fama de crueles, ya que a veces después de asesinar a sus oponentes los desollaban y los colgaban de árboles. Era su forma brutal de resistencia, de marcar su territorio frente a la invasión que se les venía encima. Todo ello en un último, desesperado e infructuoso intento de salvar su mundo.

En la guerra de la independencia y en la federal los llaneros jugaron un papel muy destacado, pero fueron finalmente traicionados por la oligarquía criolla. Durante este tiempo el Llano recibió numerosas oleadas de desertores que preferían la huída a una muerte segura en el campo de batalla, luchando por ideales que les eran ajenos. Ello provocó un desquiciamiento cultural y un desarraigo que aumentó aún más el grado de violencia, al tiempo que se incrementaban las incursiones del ejército para apresar a ladrones, vagos y todo aquel que no pareciese una persona civilizada a la usanza occidental. La Revolución no significó un cambio social, los llaneros se sintieron traicionados y se vieron obligados a continuar el combate para salvaguarda su tierra y su cultura. Considerados simples bandidos, personas irreductibles, refractarios al capitalismo, fueron combatidos, exterminados y su cultura silenciada.

Una vez más, Miquel Izard se sitúa en el bando de los derrotados, de los eternamente olvidados, para darles voz a estos llaneros brutalmente exterminados y silenciados. El mayor mérito del autor es que consigue emocionar y enganchar al lector, restableciendo la memoria de este entrañable mundo del Llano y de los llaneros que sucumbieron ante el avance arrollador de la llamada “civilización” y del modo de producción capitalista.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS