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VALADÉS, María del Carmen: El Perú por dentro. Una guía cultural para el viajero. Barcelona, José J. de Olañeta, Editor, 2012, 483 págs.

 

        No estamos ante una guía cultural al uso, sino ante una obra extensa, excelentemente documentada y fundamental para entender la idiosincrasia del Perú y de los peruanos. Y ello porque María del Carmen Valadés es una antropóloga española que ha pasado muchos años de su vida en la selva peruana. Ello le da un conocimiento y una seguridad cuando habla del Perú difícilmente igualable.

Trata todos los aspectos, empezando por el entorno geográfico, como marco en el que se desarrolla la peruanidad. Le sigue un concienzudo y amplio capítulo dedicado a la Historia, que arranca en el período arcaico y se prolonga hasta la Edad Contemporánea. Los siguientes acápites son aspectos específicos de la realidad del país: religión y mitología –Cap. III-, sociedad y tradición –Cap. IV-, lenguas y arte –Cap. V-, el Estado –Cap. VI- y el Perú esencial –Cap. VII-. Finaliza con unos apéndices en los que se incluyen entre otros, un glosario de términos, topónimos quechuas y una bibliografía estructurada por temática.

        Llama la atención la particularidad de un país en el que, como dice la autora, todo el pasado está presente en su devenir diario. La masificación turísticas ha afectado a las grandes ciudades como Lima o Cuzco, y a centros de afluencia turística masiva como Machu Picchu pero, en cambio, todavía se pueden apreciar los “sabores, olores y colores” de la tierra en poblaciones situadas fuera de estos circuitos. El mundo incaico está muy presente en el sentimiento de sus habitantes; es lo que ellos llaman el “lamento andino”, que no es otra cosa que la añoranza por el pasado inca. También el tiempo discurre para ellos de forma distinta a la de un europeo, rememorando una forma de entender el mundo precolombino, para los que el tiempo reproducía un “esquema circular-espiral”, en el que solo existía el presente.

Se aprecian todavía en la actualidad tres grandes regiones con formas de vida y realidades socio-económicas totalmente diferentes: el desierto costero, que constituye el 12 por ciento del territorio, los Andes, con un 28 por ciento y la selva que supone un 60 por ciento. El grueso de la población es mestiza aunque también hay un porcentaje considerable de indígenas, personas de color y criollos, estos últimos descendientes de los antiguos colonos. Las lenguas cooficiales son el quechua y el español, el primero de ellos hablado por una tercera parte de la población. La religión es la católica, aunque perviven ciertas formas sincréticas lo que implica la asimilación de Dios con el culto al sol, Jesús con Viracocha o la Virgen con la Pachamama.

En un extenso capítulo trata la historia del Tahuantinsuyu, el mayor imperio de la época prehispánica en América, que llegó a abarcar territorios de los actuales estados de Perú, Ecuador, Bolivia Colombia, Brasil, Chile y Argentina. La capital era Cusco, una ciudad preincaica desde cuyo templo principal, el Coricancha, partían los cuatro caminos que se dirigían a cada una de las partes del Estado. En la capital imperial residía el Inca, identificado como el hijo del sol, la máxima autoridad civil y religiosa. En toda la época prehispánica se tiene constancia de trece Incas según unos cronistas, catorce según otros, incluyendo a Atahualpa. Residían, asimismo, los funcionarios y disponían de vivienda, asimismo, los principales curacas o jefes de los ayllus de todo el imperio. Así, los incas conseguían crear un estrecho vínculo y a la vez un férreo control sobre los jefes de los distintos pueblos sometidos a la autoridad imperial. Dado que tenía al oeste el océano Pacífico y al este la selva ecuatorial, los incas pensaban que la expansión había terminado y que ahora solo tocaba consolidar el dominio sobre tan vasto territorio. Su mayor mérito consistió en crear una estructura económica razonablemente próspera, basada en los principios de producción, recaudación y redistribución. Huelga decir que no poseían ningún rasgo ni tan siquiera parecido al capitalismo, pues ni usaban dinero, ni las producciones se regían por las reglas del libre mercado.

La vida en la colonia fue mucho más dura para el pueblo llano, simplemente porque se quebró el sistema de reciprocidad incaico. El estado inca se mantuvo residualmente en Vilcabamba hasta la captura de Túpac Amaru I en 1572. La Independencia, tras la batalla de Ayacucho de 1824, significó la creación de la República del Perú.

Es imposible glosar ni resumir todos los aspectos tratados en esta obra: los mitos, las costumbres, su cosmovisión, los dioses, los ritos, la literatura, el arte y la situación política y social del país en nuestros días. Son aspectos tratados con precisión, amplitud, conocimiento y rigor que deben ser disfrutados con una lectura pausada por parte del lector. Solo añadir el gran interés que tiene el capítulo 38 en el que la autora ofrece una serie de recomendaciones para viajar al país. En particular habla del “soroche”, una fatiga que experimentan muchas personas no acostumbradas cuando ascienden por encima de los 2.500 o los 3.000 metros de altura y que se combate habitualmente con los “matesitos de coca”.

        Hay algunos pequeños errores sobre todo en la parte histórica. Por ejemplo, dice que Atahualpa nunca se coronó con la mascapaicha, lo que no es cierto porque, como es bien sabido, apareció coronado con ella cuando fue capturado en Cajamarca. Asimismo afirma que los Trece la Fama fueron en realidad doce, cuando en realidad sabemos que fueron algunos más que trece. En cualquier caso se trata de pequeñeces que no empañan la extraordinaria valía de esta obra, cuya lectura recomendamos a todos los interesados en la historia del Perú.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS