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La publicación de este libro supone para mí la consecución de un viejo sueño. Hace un cuarto de siglo, cuando estudiaba Historia en la Universidad de Sevilla soñé con escribir algún día un estudio sobre la primera flota estrictamente colonizadora al Nuevo Mundo, tras el fracaso de la factoría colombina. Se trataba de la flota de 32 navíos que el Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, Nicolás de Ovando, comandó en 1502 rumbo a la ciudad de Santo Domingo. Pero había un problema de difícil solución:

        El libro de armada, donde constaba el pasaje alistado y todo lo embarcado, se extravió en el segundo cuarto del siglo pasado. Otros historiadores, como la estadounidense Úrsula Lamb, estuvieron años buscándolo, pero nunca apareció. Yo tampoco lo he encontrado, sin embargo, me di cuenta que varios eruditos, que lo tuvieron en sus manos desde el siglo XVIII, lo habían copiado parcialmente: Juan Bautista Muñoz en el siglo XVIII anotó los nombres de los nobles alistados, mientras que Fernando Belmonte y Clemente enumeró a los marineros y fray Ángel Ortega en 1925, a los religiosos. Faltaban las personas corrientes que eran la mayoría, pero descubrí que habían formalizado su pasaje ante notario y su registro se podía localizar en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla. Hace unos meses acabé de unir el puzle y hoy ha visto la luz mi nuevo libro, publicado amablemente por la Academia de la Historia de la República Dominicana.

        En él aparecen con nombres y apellidos, empleos, origen social y lugar de nacimiento una buena parte de aquel pasaje. Y no se trata simplemente de nombres sino de los primeros colonos estables del recién descubierto continente americano. Muchos permanecieron, y son los más remotos antepasados de los dominicanos, mientras que otros, se alistaron como conquistadores de Puerto Rico, Cuba, Jamaica y Nueva España. Sueño cumplido; a partir de hoy me tengo que plantear una nueva meta para seguir viviendo.

 

OBJETIVO

         Mi objetivo ha sido recolectar minuciosamente todos los datos fiables que conocemos sobre la escuadra para, a continuación, realizar un análisis detallado de la misma. Es posible que éste sea el único mérito de esta obra, es decir, el de haber recopilado todos los datos que circulaban, la mayoría impresos, en muy distintos ensayos, trabajos de investigación y colecciones documentales. Huelga decir, que el libro puede tener cierto valor mientras no aparezca el libro de armada porque cuando eso ocurra –si ocurre-, su trascendencia será meramente anecdótica, aunque eso sí, sabremos exactamente cuántas de mis hipótesis eran ciertas.

 

TÍTULO

         La elección del título ha sido meditada; hablamos de colonización frente a descubrimiento y conquista porque, por primera vez, la idea era establecer lo que Juan Pérez de Tudela llamó nuevo poblamiento, de ahí que se premiase con pasaje franco a todos los casados que decidiesen llevar consigo a sus familias. No ignoro que algunas armadas anteriores, especialmente la del segundo viaje colombino, también habían tenido pretensiones colonizadoras, pero nunca hasta ahora se había puesto tanto empeño en asentar la colonización.

         Utilizamos la palabra armada y flota indistintamente, porque también en la documentación se usa de manera sinónima. Sin embargo, pese al mantenimiento del nombre de las Flotas de Nueva España, en adelante se usó más el término armada cuando era una formación de carácter estrictamente militar, y flota cuando se trataba de una comercial.

 

APRESTO

El bullicio que presumiblemente generó debió ser verdaderamente espectacular. La flota de Nicolás de Ovando pretendía asentar de una vez por todas las bases de una colonización estable y próspera al otro lado del océano. Evidentemente, nunca hasta entonces se había concebido ni, por supuesto, despachado una escuadra de tales dimensiones con destino al Nuevo Mundo. Tan sólo la del segundo viaje colombino guardaba ciertas similitudes pero cualitativas no cuantitativas. El objetivo de ambas fue la colonización, aunque el número de barcos, el tonelaje y la cifra de pasajeros fuesen sensiblemente superiores en la jornada de 1502. Por ello, esta escuadra supuso un antes y un después en la colonización española del Nuevo Mundo. Atrás quedaba la fracasada factoría colombina, comenzando desde este justo instante una nueva etapa caracterizada por el deseo de consolidar definitivamente el poblamiento. No en vano, viajaban todo tipo de funcionarios reales, artesanos, profesionales liberales, etcétera. Más exactamente encontramos entre los alistados a oficiales reales, médicos, boticarios, artilleros, carpinteros, aserradores, albañiles, vidrieros, barreros, caleros y, por supuesto, agricultores -todos ellos casados- para nutrir el poblamiento indiano. Asimismo, viajaban un número indeterminado de familias, lo cual respondía a las necesidades de la nueva política de colonización.

Dicha flota tuvo una importancia excepcional por varios motivos:

Primero, porque fue la mayor empresa colonizadora preparada hasta esos momentos por Castilla.

Segundo, porque fue la primera aprestada en Sevilla, ciudad que comenzaba a configurarse como la metrópolis del comercio indiano, en detrimento de los puertos onubenses y gaditanos, como se confirmaría solo un año después con la fundación en aquella ciudad de la Casa de la Contratación.

Y tercero, porque su organización fue modélica, hasta el punto que se convirtió en punto de referencia para otras posteriores, como la de Diego Colón de 1509 o la de Pedrarias Dávila de 1513.

         De hecho, Carmen Mena ha destacado los paralelismos entre ambas armadas: el mismo tipo de navíos -naos y carabelas-, la implicación real, el nombramiento de una burocracia estatal o la fecha de partida en febrero con una diferencia de trece días entre una y otra. Para colmo, el azar quiso que a las dos le sorprendiera una tormenta en el trayecto a las Canarias, siendo mínimos los daños en ambos casos.

 

APORTES

        El libro contiene tres aportes fundamentalmente:

 

Uno, el listado fiable de pasajeros un total de 476 de los aproximadamente 1.500 que transportó. De ese listado salen a relucir dos novedades: uno, que la mayoría eran andaluces (50%) mientras que los extremeños apenas suponían el 13,10 %. Eso sí sobre esta minoría extremeña el Comendador Mayor depositó buena parte de las responsabilidades de gobierno.

Dos, que el pasaje se limitó a unas 1.500 personas y no 2.500 como se ha afirmado hasta nuestros días. Hacemos diversos cálculos del tonelaje y de la capacidad de carga para dejar demostrada esta cifra.

Y tres, que la empresa fue fundamentalmente privada y no Real como se había creído. La Corona se limitó a su organización y al apresto de un tercio de los buques para dar cabida a sus funcionarios y a los religiosos. El resto corrió por parte de la iniciativa privada. Comenzaba así una carrera comercial capitalista que dura hasta nuestros días

 

GANADORES Y PERDEDORES

         Las cosas no fueron fáciles en los primeros momentos, pues, de hecho, en los meses inmediatamente posteriores a la arribada pereció, de hambre y enfermedades, casi la mitad de la expedición. Sin embargo, la política pobladora de Ovando no tardó en dar sus frutos. Para la Metrópolis, el gobierno indiano de Nicolás de Ovando no pudo ser más satisfactorio pues encontró una isla al borde la ruina y dejó tras sí una colonia consolidada que sirvió de referente para toda la colonización española en Ultramar. Durante su gobierno se consolidó un modelo de organización, centralizado en Santo Domingo, que sirvió de referente para toda la colonización española de Ultramar. No en vano, fue durante su administración cuando se fundaron los primeros hospitales, se diseñó el primer urbanismo y se asentaron los fundamentos de un nuevo orden económico y social que, con muy pocas variantes, pasó luego a todo el continente americano. En los ocho años que estuvo al frente de la gobernación de las Indias no sólo impuso definitivamente la autoridad real en la isla sino que expandió las exploraciones a otras islas del entorno. Por tanto, su logro fue doble: primero, porque despejó todas las dudas sobre la rentabilidad de los nuevos territorios incorporados a la Corona de Castilla. Y segundo, porque creó un sistema colonial que mutatis mutandis tuvo una vigencia de más de tres siglos en la América Colonial. En 1509, llegó a la Española el segundo Almirante, Diego Colón, para sustituirlo al frente de la administración de la Española. En general la despedida fue lamentada por una mayoría de españoles. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo citaba el hecho con las siguientes palabras:

       

        Se dijo muy público que le había pesado al Rey por le haber removido del cargo, porque acá le echaron luego (de) menos y le lloraban muchos. Y si no se muriera desde a poco tiempo después que de acá fue, se creía que el Rey le tornara a enviar a esta tierra...

 

El Comendador Mayor zarpó de Santo Domingo el 17 de septiembre de 1509 en una flota que iba a las órdenes de Hernando Colón. Casi dos meses después, y concretamente en noviembre de ese mismo año, arribó al puerto de Lisboa. Desde la capital lusa escribió al Rey a la par que emprendía el viaje hacia la Corte. Atrás dejaba una colonización próspera y una isla en pleno apogeo minero.

        Bien es cierto que también hubo perdedores; para los pobres taínos, la llegada del Comendador Mayor supuso la aniquilación de toda esperanza de supervivencia. Su éxito como poblador y colonizador tuvo un altísimo e irreversible coste: la rápida aniquilación de la población aborigen que, en poco más de dos décadas, entró prácticamente en vías de extinción. Y ello más bien debido a las enfermedades, a la extenuación laboral y a la desnutrición que a las guerras. Asimismo, hubo otros daños que apenas han sido analizados hasta la fecha: comenzó un proceso de alteración ecológica, producido por la introducción de animales y plantas de la vieja Europa. Ello provocó la extinción de numerosas especies vegetales y animales autóctonas. Las talas indiscriminadas de las décadas posteriores, para alimentar las calderas de los ingenios, hicieron el resto. A finales de los años veinte, la catástrofe ecológica estaba prácticamente consumada.

        Dicho esto, conviene también recordar que el Comendador Mayor fue un hombre de su tiempo que se comportó de la manera que todos esperaban que se comportase. Además, cumplía órdenes estrictas y muy claras: debía someter cualquier insurgencia y dar viabilidad a la colonia. Era un soldado de la reina, un hombre leal que sabía bien que su único objetivo debía ser cumplir con lo que se esperaba de él, a cualquier precio. ¿Qué otra cosa podía hacer?, ¿debía perder la guerra?, ¿debía fracasar en sus objetivos y dar por perdida la colonia?, ¿debía defraudar a los Reyes Católicos? Pues no; se comportó como un fiel e incorruptible servidor de los intereses de la Corona y de la Iglesia. En el servicio de la Reina y de Dios empleó todas sus energías. Un pensamiento y una forma de actuar que resultan más o menos éticos si lo contextualizamos en la época que le tocó vivir.

        De regreso en la Península, sobrevivió un par de años, sin disfrutar de un verdadero reconocimiento por parte de la Corona, que no supo compensarle en la medida de lo que había recibido de él. Retornó a la sede de la encomienda mayor de su Orden, hasta que, un tiempo después, concretamente el 26 de febrero de 1511, fue llamado por Fernando el Católico para que le acompañase en una expedición contra los bereberes del norte de Africa. La intención última era que la orden alcantarina fundase un convento suyo en Bujía. La expedición no se llegó a realizar y el Rey aprovechó la estancia en Sevilla de varios miembros de la cúpula rectora de la orden para celebrar capítulo general. Éste se inició el 8 de mayo de 1511, y el día 29 del mismo mes y año moría inesperadamente en tales actos. Su cuerpo fue trasladó al Monasterio de San Benito de Alcántara, donde inicialmente fue inhumado en una modesta sepultura. Unas décadas después se labraría un majestuoso sepulcro en alabastro, por el escultor Pedro de Ibarra, donde actualmente reposan sus restos.

 

APÉNDICES

         Lo más valioso del libro son a mi juicio los ocho apéndices que he incluido al final del texto. En ellos se encuentra la información básica sobre la que he cimentado mi análisis. El primero tiene, a mi juicio, un valor extraordinario ya que es la primera relación alfabética documentada de los pasajeros. Se trata de un listado con cerca de medio millar de personas cuya presencia en la flota es segura o muy probable. Está confeccionada con todo el material documental e impreso disponible hasta la fecha. Hemos excluido de la lista a todo aquel sobre el que teníamos dudas fundamentadas, incluyéndolos en el apéndice II. Los apéndices III, IV y V no tendrían ningún valor si se conservase el libro de armada, hasta el presente extraviado. Se trata de tres extractos que realizaron otros tantos historiadores, de ahí su interés. El apéndice III es una interesante relación que elaboró, en el siglo XVIII, el célebre erudito y archivero Juan Bautista Muñoz y que nos aporta infinidad de detalles sobre los pasajeros y la cargazón. En el apéndice IV, reproducimos otro extracto, en esta ocasión redactado en 1886 por Fernando Belmonte y Clemente, que se centra fundamentalmente en los navíos y en la tripulación. Y finalmente, en el apéndice V, incluimos otro resumen que publicó fray Ángel Ortega O.F.M. sobre los franciscanos que viajaron en la misma y los enseres que llevaban. Las tres minutas son complementarias y suplen en buena medida la ausencia del tantas veces citado –y añorado- libro de armada. En el apéndice VI, presentamos una extensa relación de todos los trabajadores que viajaban con contrato laboral, especificando sus condiciones. En el apéndice VII, reproducimos el registro de la nao Santa Catalina que zarpó del puerto de Santo Domingo en septiembre de 1505. En dicha relación se incluyen los nombres de algunos recién llegados que enviaban a Castilla diversas partidas de oro, algunas muy cuantiosas. Y finalmente, en el apéndice VIII, elaboramos un listado fiable de aquellas personas que permanecieron en la isla, retornaron a la Península o marcharon a otros lugares. En base a este registro, ofrecemos algunas reflexiones en el texto.

 

AGRADECIMIENTOS

         Antes de acabar estas palabras preliminares quisiera mostrar mi agradecimiento a las personas e instituciones que me han ayudado en su desarrollo.

-En primer lugar al personal del Centro de Estudios Andaluces que me dieron todas las facilidades para acceder al valioso Fondo Otte que ellos custodian.

-A la Academia Dominicana de la Historia y muy en particular a su entonces presidente Frank Moya Pons, por su amabilidad al aceptar desde el primer momento y de buen grado mi propuesta para publicar este trabajo por la institución que él presidía.

-A la Fundación Obra Pía de los Pizarro, por la ayuda y cobertura que siempre presta a cualquier evento relacionado con América o la conquista y que tan importante labor está ya realizando en Extremadura.

-Al Excmo. Ayuntamiento de Brozas, tanto a su alcalde como a Isidro, técnico de cultura, por acoger con entusiasmo esta presentación.

-Y a personas concretas, especialmente a mi buen amigo el doctor Genaro Rodríguez Morel, siempre atento a ayudar a cualquier investigador que quiera trabajar cualquier tema relacionado con la historia de su querido país, la República Dominicana.

-También, conté con la ayuda desinteresada de la Dra. Carmen Mena, una de las mayores especialistas en la colonización temprana de América, y que respondió puntualmente a cuantas preguntas le hice sobre la armada de Pedrarias y sus similitudes o diferencias con la de 1502.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS