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ARACIL VARÓN, Beatriz: “Yo don Hernando Cortés. Reflexiones en torno a la escritura cortesiana”. Madrid, Iberoamericana, 2016, 190 págs. I.S.B.N.: 978-84-8489-956-3

 

 

 

        Estamos ante un libro muy documentado que estudia de manera global todos los escritos cortesianos, redactados entre 1519 y el mismo año de su óbito en 1547. Veintiocho años en los que el metellinense estampó su firma en cientos de documentos, unos oficiales y otros personales, tanto cartas privadas como memoriales, narrando sus hechos.

         De entre todo ese material escrito han ejercido una especial influencia sus “Cartas de Relación” que originalmente fueron cuatro pero que solo conocemos el contenido de tres de ellas. Usualmente la desaparecida Primera Carta se sustituye por la llamada Carta del Cabildo de Veracruz. Ahora bien, no hay ninguna duda de que la primera de las epístolas existió pues él mismo hizo alusión a ella en su segunda relación.

Huelga decir que él nunca pretendió escribir una obra literaria y probablemente no pensó que algún día sus cartas se recopilarían y publicarían juntas en forma de libro. Prácticamente la totalidad de su obra escrita no son más que epístolas más o menos largas en las que cuenta al emperador sus actuaciones y sus proyectos en aquellos lejanos territorios. Conviene recordar que escribió muchas cartas, unas dirigidas al Emperador y otras a familiares, amigos y colaboradores. Sus famosas Cartas de Relación, no son más que una recopilación de las epístolas más extensas dirigidas a Carlos V. No dejaban de ser un alegato, extensamente detallado, en su propia defensa, al tiempo que sentaba las bases de su propia heroización. De hecho, aunque no lo diga explícitamente, se describe a sí mismo como un héroe militar, un buen gobernador y un fiel servidor de la Corona y de la cristiandad.

Sus “Cartas de Relación” tuvieron una gran repercusión, siendo publicadas la segunda en 1522, la tercera en 1523 y la cuarta en 1525. En 1527 se prohibió su reimpresión –hasta 1749-, a juicio de Marcel Bataillón por los recelos crecientes de la Corona hacia conquistadores que, como Hernán Cortés, podían terminar convertidos en virreyes hereditarios y precipitar un futuro separatismo criollo. Un peligro al que la Corona no era ajena, pues había padecido un caso similar pocos años antes en la figura de Cristóbal Colón y de su primogénito Diego Colón. Para colmo en ese año de 1527 se encontraba en la Península uno de los mayores enemigos del metellinense, Pánfilo de Narváez, que se encargó de difamar el nombre de Cortés, alarmando al emperador denunciando no sólo la gran deuda que éste tenía contraída con el fisco, sino también aireando la posibilidad de que se alzase con la Nueva España. Y aunque no dejaba de ser un bulo, la Corona, que desconocía la realidad novohispana por lo que prohibió las “Cartas de Relación”. Pese a todo, como afirma la autora, estas epístolas ejercieron una gran influencia sobre otros cronistas que sí editaron tempranamente sus respectivas obras, como Pedro Mártir de Anglería, Gonzalo Fernández de Oviedo o Francisco López de Gómara. También la crónica de Bernal Díaz fue editada aunque en fecha algo posterior, concretamente en Madrid en 1632. De ahí que los escritos de Cortés consiguiesen ampliamente sus objetivos.

Pese a que tenía claro su objetivo, que no era otro que justificar su actuación ante las autoridades hispanas, sí se aprecia en sus textos algo que será una constante desde su llegada a Nueva España, es decir, su enamoramiento de la tierra que conquistó. No tiene reparos en comparar a Tlaxcala con Granada, diciendo que era incluso más grande y fuerte que ésta. También quedó admirado con la ciudad sagrada de Cholula, afirmando de su templo mayor que tenía tantas torres que resultaban incontables. Sin embargo, fue Tenochtitlán la ciudad que más le impresionó. Una urbe que describe como palaciega, afirmando que su plaza mayor era el doble que la de Salamanca. Todo esto unido a su deseo de retornar a morir a Nueva España, denotan, como indica la autora, el espíritu criollo que tuvo al menos en los últimos años de su vida.

Cortés logró comprender a los naturales novohispanos y, de hecho, los admiraba profundamente, apreciando las diferencias entre estos y los naturales de las Antillas o los chichimecas del norte. Sin embargo, siempre consideró que los mexicas estaban en un peldaño civilizatorio inferior al europeo de ahí que se vea a sí mismo como un libertador de los naturales, frente a la tiranía que ejercían sus propios gobernantes. Y en este sentido, la autora, siguiendo a Tzvetan Todorov, sostiene que el metellinense mantuvo toda su vida un cierto sentimiento de superioridad sobre los pueblos que conquistó. Es decir, que llegó a comprenderlos y a conocerlos como civilización pero no los llegó a valorar en su justa medida.

           Para concluir solo nos resta recomendar su lectura ya que estamos ante una obra seria, bien documentada y magníficamente razonada. El análisis global de estos textos cortesianos permiten al lector llegar a la conclusión que la grandeza de Cortés no solo se derivó de sus hechos de armas sino también de su dominio del verbo. Probablemente el mismo fue consciente de que la perpetuación del mito solo era posible mediante una literatura acorde con sus hazañas.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS