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RESEÑA AL LIBRO FRANCISCO PIZARRO (Revista Verbo, dic de 2018)

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Esteban Mira Caballos, Francisco Pizarro, Barcelona, Edit. Planeta 2018, 407 págs.

 

          El autor de esta nueva biografía de Pizarro, Esteban Mira Caballos, es un historiador extremeño con una larga trayectoria de escritor como especialista en las relaciones entre España y América en el siglo XVI, a través de los conquistadores, con veintitrés libros publicados. De uno de ellos, Historia de la villa de Solana de los Barros – Ordenanzas municipales de 1554, editada por la Diputación Provincial de Badajoz 2014 y que refleja la vida municipal en la España del siglo XVI, ya hice una reseña en estas mismas páginas.

 

          Esta biografía resulta nueva por el enfoque y por la aportación de nuevos datos fruto de la investigación del personaje durante una década. La obra se ha visto enriquecida con el relato de la infancia y juventud de Pizarro que, sin ser la de una persona acomodada y cultivada, se aleja bastante de la simplificación de un pastor de cerdos ibéricos de montanera, calificativo utilizado por los enemigos de Pizarro con ánimo insultante. Al mismo tiempo el relato gana en viveza con la descripción del entorno, junto a las circunstancias de los hechos y la cuantificación del botín obtenido en la conquista y su paralelismo con la de Cortés en México. Está avalada por una verdadera avalancha de notas fruto de una amplia investigación que, sin interrumpir el relato, aportan la verificación de su origen. A esto se une la aportación de una densa bibliografía. Ya en la introducción, nos anticipa el enfoque que trata de alejarse de la hagiografía o de la demonización del personaje.

 

          En el enfoque histórico, después de exponer las dos posturas dispares de la historiografía, por una parte, la de resaltar la importancia del individuo, contra el enfoque marxista que lo atribuye todo a los modos de producción que determinan las relacione sociales y económicas y que en buena parte es compartido por sociólogos que minimizan las acciones individuales. Nuestro autor, aun tratando de ser equidistante, se muestra más bien partidario del enfoque que atribuye a los medios de producción y al ambiente social y cultural, el condicionamiento de las actuaciones personales. Esta obra me parece importante precisamente por qué, a pesar del enfoque, al estar escrita, a mi juicio, con rigor y honradez intelectual, en buena parte desmiente esa perspectiva a través de los hechos relatados.

 

          La lectura de la obra sobre Pizarro (1496-1541) – y también la de Cortés (1485-1547) del mismo autor – me ha impulsado a repasar la historia universal, e incluso los héroes de la mitología o de la literatura épica como Aquiles o Ulises, y no pude encontrar ninguno que se pudiera comparar a estos colosos, que además de sus hazañas bélicas en las que conquistaron mundos de una extensión semejante a la de Alejandro, transformaron e integraron esos mundos desde el punto de vista cultural, técnico y económico, haciéndolo avanzar dos milenios, y ello en un plazo increíblemente corto.

 

          Resulta curioso que se reproche, a los conquistadores en general y a Cortés y Pizarro en particular, que su comportamiento no fuera ejemplar, particularmente en el aspecto sexual con múltiples relaciones, pero conviene tener en cuenta, qué si bien esa conducta es reprobable desde el punto de vista de la moral católica, en España lo que de verdad se consideraba socialmente reprobable era no reconocer a los hijos ilegítimos, que seguramente superaban el 10% de los nacidos. En cuanto al saqueo en la guerra, fue norma en todos los tiempos, incluidos los bíblicos, pero no solo en el pasado, sino en la actualidad de hoy mismo de Vietnam, Irak, Libia, Afganistán, Panamá, Guatemala, Nicaragua, Yugoslavia o Siria, si bien actualmente empapados de hipocresía. El pedirle a estos héroes que además fueran santos, me parece demasiado, pero aún en ese campo, fueron hombres íntegros, leales y de fe inquebrantable y capaces de reconocer sus errores y arrepentirse de ellos. Y se permitieron darle a los vencidos un tratamiento digno de hombres elevándolos a su propia dignidad sin discriminación, cosa que me gustaría ver en la actualidad, al menos una muestra.


          Sin quitarle importancia al ambiente social, cultural y religioso, creo que debe ponerse el acento en la calidad humana de cada persona. A lo largo de la historia, se puede comprobar hasta que punto es importante la actuación de las personas contracorriente de su sociedad. A mi juicio, es imposible comprender el ascenso de los emperadores hispanos en Roma, sin el antecedente de un Séneca como gobernante de Roma durante 8 años (54-62 de J. C.), treinta y seis años antes del ascenso de Trajano (año 98) y precisamente por resultar contradictorio con el ambiente político en que está inmerso. Igual que resulta incomprensible el imperio sin Julio Cesar, precisamente por lo extraño que resulta en el ambiente de dominio de una clase senatorial republicana. Lo mismo cabría decir del paso del reinado de Enrique IV de Castilla al de Isabel la Católica o el paso e influencia de Matteo Ricci China sin la cartografía Hispana y su formación cultural y científica como jesuita en Roma y Coímbra en tiempos de Felipe II difundida en China o la música del jesuita Diego de Pantoja introducida en China en 1601, o la geometría en Japón gracias a los matemáticos españoles jesuitas. Hay que tener en cuenta además que incluso los cartógrafos como Mercator y Ortelius, los médicos como Vesalio, los navegantes como Américo Vespucio o los Caboto, los misioneros como Matteo Ricci, los astrónomos como Copérnico, matemáticos como Pedro Nunes o Clavius, sin ser españoles en sentido estricto pertenecían al mundo hispánico o a su esfera de influencia. De hecho, los navegantes holandeses del siglo XVII, son tributarios de la cartografía hispana a la que tuvieron acceso como flamencos y que se habían confeccionado gracias al cúmulo de aportaciones de los exploradores españoles, y que alcanzaron tal perfección en el posicionamiento de los lugares descubiertos, que serían válidos actualmente.

 

          En el corto período de un siglo, el mundo se modificó radicalmente, no solamente en América avanzando dos milenios en todos los campos, desde el técnico al cultural y económico, incorporando el conocimiento de la medicina, la agricultura y ganadería, la minería y metalurgia, el conocimiento abstracto filosófico y matemático, la astronomía, el transporte, la navegación y la astronomía y por supuesto en la religión, sino también en toda Europa en la alimentación, agricultura y ciencia, en el Extremo Oriente y por primera vez en todo en Globo como unidad. Ni antes ni posteriormente hubo nada comparable, ni tan siquiera con la investigación espacial actual.

 

          Me llamó la atención el detalle con que está recogido y contabilizado en la obra, todo lo logrado en piedras y metales preciosos en la conquista de Perú que, aun siendo importante, la realidad lo reduce a términos mucho más modestos. Siendo una gran fortuna repartida entre todos los conquistadores, está muy lejos de lo que dice una leyenda que trató de ennegrecerse. Al cambio actual, lo contabilizado sería aproximadamente el equivalente a unos 150 millones de Euros, menos el quinto de la Corona. Si se considerase que los conquistadores se quedaron con una parte importante para evitar el impuesto de la corona, no es verosímil que alcanzara el botín más el rescate de Atahualpa, tres veces más, lo que quiere decir que en ningún caso alcanzaría los 450 millones de Euros al cambio actual.


          Para calcular la equivalencia del valor actual de lo logrado en la conquista del Perú, he tomado la equivalencia del oro al precio actual, comparándolo también con los precios de mitad del siglo XVI y los salarios de un obrero. En tiempos de Felipe II (1556 – 1598), 1 escudo = 3,4 g. oro = 350 maravedís. El precio del oro en 2018, es de unos 35 Euros/g., con lo que 1 maravedí sería el equivalente aproximado a 0,34 Euros. Con lo que el sueldo de un obrero especializado sería al cambio actual de unos 58 E/día = 1.450 E/mes y el de un peón aproximadamente la mitad, lo que quiere decir que los sueldos del salario mínimo o de un obrero son actualmente los mismos que en 1.500, o muy parecidos, pues el sueldo de un obrero especializado (carpintero o albañil) = 170 maravedís/día y el sueldo de un peón= 70-85 maravedís/día. Los precios de los artículos de primera necesidad, eran ligeramente superiores a los actuales, pero de mejor calidad, por ejemplo 1 libra de carne = 34 maravedís (actual unos 25 E/Kg.); 1 arroba (16,1 litros) de vino 170 maravedís (=actual 3,5 E /l.) (precio medio aproximado actual 1 l. = 2 E – 5E) y 1 arroba de aceite (12,6 l.) 408 maravedís (actual 11 E/l.); (precio medio actual aceite oliva calidad = 6 E – 8E/litro).

 

          Para hacerse una idea de la magnitud de la totalidad del botín conseguido durante los años que duró la conquista del Perú, baste decir que están contabilizados, en oro y piedras preciosas y una pequeña cantidad en plata, he sumado un total de 520.610.277 maravedíes, y cuya equivalencia en oro es de 5.057.357g. ó 5.057,36 Kg. Para hacerse una idea de la magnitud, basta compararlo con el despojo de las reservas de oro (sin considerar una enorme cantidad de plata) en 1936, enviado a la URSS, fue oficialmente de 510.079,53 Kg. de oro, es decir más de 100 veces más.

 

          El afán de los conquistadores de adquirir fama y riquezas, y las hazañas realizadas para lograrlo, empalidece ante la labor de esos conquistadores transformados en empresarios en la paz, tal como relata el propio autor, creando y organizando ciudades, introduciendo y criando ganado, e introduciendo cultivos como la caña de azúcar que transformaron América y creando astilleros. Creándose la imprenta en 1540, mucho antes que en la mayor parte de Europa y siglos antes que en la América anglosajona o francesa, o la universidad en 1551 o los colegios de indígenas en 1536. Ese increíble afán en crear empresas, molinos, escuelas e imprentas y fábricas de papel, común a todos los conquistadores y desconocida en el resto del mundo anglosajón, francés u holandés, incluso en el siglo XIX, desmiente el exclusivo afán de enriquecimiento de los conquistadores y que se ha convertido en tópico. Solamente el establecimiento en América de algo tan complejo como los astilleros, que fueron durante tres siglos los mejores del mundo, resulta asombroso.

 

          El mismo enfoque tiene la biografía de “Cortés de Ed. Palacio de Barrantes; Badajoz 2010” del mismo autor, y que lleva por subtítulo la significativa frase “El fin de una leyenda”. Puesto que considero que pocas biografías pueden considerarse tan paralelas como las de Cortés y Pizarro, recomiendo que se lean casi simultáneamente. Aunque aporta una serie de documentos originales, desgraciadamente, no se conservan en la preciosa población de Medellín, cuna de Cortés, prácticamente ningún documento de los siglos XV y XVI, destruidos durante la Guerra Civil (1936-1939) como ocurrió en todas las poblaciones de la zona dominada por el Frente Popular.

 

          En su obra sobre Hernán Cortés, al que alude y compara frecuentemente en la biografía de Pizarro, desmonta la versión de la quema de las naves que parece demostrado que no fue tal, sino que desmanteló casi todas que ya estaban en mal estado, pero el que inutilizara las naves de una u otra forma, resulta irrelevante ante el hecho de que sus tropas estaban inquietas e inseguras y con dudas de regresar a Cuba y ante la hábil y audaz maniobra de la destrucción de las naves, conjuró ese peligro. Lo mismo ocurre con la hazaña de transportar unas naves desde Veracruz hasta México, reduciendo algunos autores su importancia ante los antecedentes atribuidos a normandos, bizantinos o turcos, olvidando que todos ellos lo hicieron navegando ríos arriba, bastante caudalosos, de curso tranquilo y en distancias cortas, mientras que Cortés recorrió unos 1.200 Km. y salvando un desnivel de más de 2.200 m.; semejante hazaña no tuvo parangón ni antes ni después, salvo quizás con canoas en alguna película de Hollywood.

 

          En ese mismo afán de ser imparcial atribuye a Cortés nula capacidad militar citando a uno de los capitanes en la batalla de Argel en 1541: “Este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil.” Semejante comentario es una burla chulesca propia de la ignorancia y desconocimiento de lo que eran las culturas aztecas o incas. Hay que tener en cuenta que las culturas incas y aztecas estaban en una etapa de un neolítico avanzado semejante a la del Egipto del Imperio Antiguo, casi 4.000 años antes de la conquista de Perú o México. Ello implicaba una organización social compleja con una casta guerrera jerarquizada y experimentada. Baste la comparación de los enfrentamientos del ejército americano con los indios de Norteamérica en un nivel de desarrollo y organización muy inferior al de incas o aztecas, a pesar de que el contacto con los españoles les había hecho avanzar siglos con el caballo y las armas blancas. Sin ir más lejos, en el enfrentamiento del general Custer en Little Bighorn en 1876, 647 hombres de caballería con modernos rifles Springfield 1873 de retrocarga que disparaban 10 disparos /minuto y con revólveres Colt, fueron derrotados por unos 2.500 indios, armados de lanzas y flechas. Teniendo además en cuenta que la fuerza que participó en la batalla formaba parte del pequeño ejército en campaña de unos 3.000 hombres que disponían incluso de ametralladoras.

 

          No deja de ser sorprendente en un historiador acudir a Bartolomé de las Casas de manera tan reiterada para descalificar a Cortés, cuando la propia vida de Las Casas, con un enorme poder siendo atendido en sus denuncias de los abusos y crímenes directamente por los tres reyes más poderosos del mundo como eran los de España y por el regente Cisneros, demuestra el equilibrio entre las actuaciones de los conquistadores y sus críticos en la Iglesia.

 

          Por ejemplo, uno de los episodios con los que el biógrafo Esteban Mira, se muestra más crítico con Cortés, es el de la matanza de Cholula en México, que califica de genocidio y a la que atribuye el objetivo de aterrorizar. Pues bien, ni es genocidio ni fue injustificado: no fue genocidio tal como viene definido en Derecho Internacional, “como la matanza o lesión grave perpetrado con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal”, como ocurrió con los judíos en la Segunda Guerra Mundial, o con los católicos en la Guerra Civil española, o más recientemente en Ruanda, pero no serían genocidio, las persecuciones por ser nazi, comunista, falangista, carlista o socialista o cualquier grupo político. Por eso el genocidio no se dio jamás en los territorios españoles, pero si fue frecuente en los territorios conquistados por holandeses o británicos.

          En cuanto a la justificación o explicación de la matanza de Cholula, se deduce del propio relato, dado que se preparaba una encerrona a los españoles, de lo que reciben información que se confirma con la evacuación de mujeres y niños. Es más, de no actuar tomando la iniciativa con decisión como se hizo, o de forma parecida, hubiera sido una irresponsabilidad, una traición y una canallada, pues hubiera significado el exterminio de los españoles.

 

          Otro rasgo que demuestra indirectamente como funcionaba la justicia es que, como señala el autor, Cortés tuvo que mantener un centenar de pleitos contra litigantes de toda condición, cosa que hoy resulta inconcebible en personajes de semejante categoría nominal, como puede ser un presidente de gobierno.

 

          Respecto a la ambición de Cortés, no resulta incompatible con su generosidad y su religiosidad ampliamente probada como reconoce en su obra el propio autor a pesar de la visión crítica del personaje. Resulta significativa la anécdota, recogida por el autor de la biografía de Cortés, de que condenó a la horca a un soldado que había robado dos gallinas a un indio, y que fue salvado in extremis por la intercesión de Alvarado.

 

          Por mi parte, cuanto más conozco la historia sin adornos de los conquistadores, y de manera especial Cortés y Pizarro, más admiración me producen, sin que ello sea incompatible con errores y actuaciones vituperables. Para tratar de atenuar actuaciones brutales, algunos historiadores acuden a valorarlos o juzgarlos en función del entorno y las circunstancias, pero creo que eso debe considerarse de forma secundaria, pues las normas morales son de carácter universal en el espacio y en el tiempo. Sin olvidar que en la época actual – los últimos 40 años – se producen actuaciones no menos brutales que en las peores épocas del pasado, en Vietnam, Camboya, Panamá, Nicaragua, Irak, Líbano, Libia, Siria, Pakistán…, sin tener en cuenta el desarrollo económico y cultural, ni tan siquiera el tipo de régimen político.

 

          Repasando la historia, resulta chocante que los dos los personajes, Cortés y Pizarro, que más influyeron en la modificación del mundo en el aspecto material y cultural, contribuyendo a la aparición de una nueva raza, la raza cósmica de Vasconcelos, se han visto reducidos en los manuales de historia al breve relato de la conquista. Incluso en el aspecto moral y religioso, su contribución a la difusión del catolicismo ha sido decisiva. Conviene no olvidar que, bajo la influencia de la Revolución Francesa y el modelo de colonización anglosajona, al conseguir la independencia la América Hispana, por imitación y pérdida de los valores morales, frecuentemente se dedicaron al exterminio de los indígenas en sus respectivos territorios o a su marginación y explotación. Probablemente eso explica que los indígenas se inclinaran por defender la continuidad de las leyes españolas que no hacían distinción por raza y favorecían el mestizaje y la propiedad comunitaria.

 

Antonio de Mendoza Casas

Octubre de 2018

Publicada en la revista Verbo, nov-dic de 2018.

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HERNÁN CORTÉS. MITOS Y LEYENDAS DEL CONQUISTADOR DE NUEVA ESPAÑA

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Esteban Mira Caballos: Hernán Cortés. Mitos y Leyendas del conquistador de Nueva España. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2017.

 

El doctor y profesor Esteban Mira es uno de los mejores americanistas que tiene este país. Su bibliografía y su proyección en América lo avalan sobradamente. En esta ocasión nos ofrece un sólido libro de investigación, que además es muy ameno, sobre la vida del conquistador extremeño Hernán Cortés. Consta de 367 páginas con 462 notas a pie de página, una bibliografía con 344 títulos, 6 breves apéndices y algunas ilustraciones, fotografías, planos y mapas intercalados en el texto.

Consta de una Introducción, diez capítulos y la conclusión final. En la Introducción nos desvela el autor su objetivo último, que no es sino acercarse a la figura de Hernán Cortés intentando superar ópticas maniqueas anteriores, mirándolo como un hombre de su tiempo. A ello se aplica en el Capítulo I en que nos presenta a un Cortés “real”, condicionado por sus circunstancias históricas y personales, junto con sus habilidades y sus carencias.

En el Capítulo II nos desmenuza la personalidad del conquistador, que informó su práctica vital: carismático, arriesgado, inquieto, religioso según el modelo de su época, mujeriego y, sobre todo, diplomático y político.

El Capítulo III nos adentra en sus orígenes familiares. Nació en el seno de una familia hidalga con una economía justa pero suficiente, y afincada en la villa señorial de Medellín muy empobrecida por los avatares políticos y militares de la época inmediatamente anterior.

En el Capítulo IV conocemos que nació en 1484, que tuvo una infancia feliz y que estuvo siempre muy unido a sus padres. Sin embargo demostró poca empatía hacia Medellín, de donde se fue en cuanto pudo y en la que no invirtió cuando fue rico. En su juventud estuvo en Salamanca, donde recibió una cierta formación (leyes, latín, etc.), pero no pisó su universidad. Después visitó Valladolid y Sevilla, desde donde embarcó para La Española (Santo Domingo) en 1504 y definitivamente en1506.

El Capítulo V nos da cuenta de su estancia en La Española, donde trabó importantes amistades para el futuro, como la de Diego Velázquez, del que fue secretario y al que acompañó a la conquista y colonización de Cuba en el año 1511.

El Capítulo VI nos analiza su estancia en Cuba, donde progresó mucho: repartimientos, negocios comerciales, cargos políticos e integración en su élite social. Se casó con Catalina Suárez, vinculada a Diego Velázquez, de la que enviudaría en 1522 en extrañas circunstancias. Finalmente en noviembre de 1518 partió para Méjico al mando de una armada, con el apoyo inicial de Velázquez, con el que se enemistó y al que traicionó una vez que hubo zarpado.

El Capítulo VII es el más largo del libro porque se ocupa del mayor éxito de Hernán Cortés, la conquista del Imperio Mexica (azteca). La expedición se inició en 1519 y la conquista del imperio mexica (azteca) culminó en 1521. El profesor Esteban Mira destaca como rasgos esenciales de la conquista los siguientes: la superioridad tecnológica (armas de acero y fuego, caballos) y táctica de los españoles, su ínfimo número para tal empresa, la gran capacidad política de Hernán Cortés para utilizar los tabúes y disensiones tribales de los indios en sus propio beneficio, la aplicación de técnicas de terror para doblegar la resistencia de los indígenas, y las habilidades diplomáticas del conquistador extremeño para atraerse a su causa a casi todos los componentes de las expediciones que enviaron contra él las autoridadesespañolas antillanas para apresarle, lo que terminó engordando sus efectivos militares. Tampoco fue despreciable el apoyo de la india Doña Marina (la Malinche), como traductora y asesora. A lo largo del capítulo se tratan extensamente los hitos fundamentales de la conquista: la toma de Tlaxcala, la Noche Triste, la victoria de Otumba y la conquista de la capital mexica (azteca) Tenochtitlán. El capítulo se cierra con unas breves notas biográficas a cerca de los principales colaboradores de Hernán Cortés.

El Capítulo VIII informa de los esfuerzos de Cortés por ampliar sus conquistas al norte y al sur del desaparecido imperio mexica, su nombramiento imperial como Gobernador y Capitán General de Nueva España (los territorios que había conquista-do), las expediciones de Francisco Garay y otros, la fracasada sublevación de Cristóbal de Olid y el primer retorno a España de Hernán Cortés (1528-1530), tras el juicio de residencia que se le inició allí en América en 1526. En España se entrevistó con el emperador Carlos I, ante el que defendió su gestión en el Nuevo Mundo. El emperador le demostró simpatía, pero no le prestó apoyo político. También se casó con la linajuda hija del Conde de Aguilar, recibió el título de Marqués del Valle de Oxaca y solucionó muchos contenciosos económicos.

El Capítulo IX analiza la vida de Hernán Cortés entre 1530 y 1540. Regresó a América en julio de 1530, pero sus enemigos le arrebataron buena parte de sus posesiones y la Corona le anuló políticamente para sustituirle con sus propias instituciones en el gobierno de Nueva España. No obstante recuperó parte de sus bienes y centró sus esfuerzos en buscar un estrecho que comunicara el Atlántico con el Mar del Sur (el Pacífico) en Centroamérica para facilitar el comercio de las especias con las Molucas. Fletó varias expediciones que solo le acarrearon problemas económicos y políticos: la de Hurtado de Mendoza, la de Diego Becerra, la que él dirigió personalmente en1535 y la de Francisco de Ulloa.

El Capítulo X se ocupa de los últimos años de la vida del conquistador (1540-1547), que el profesor Esteban Mira caracteriza y resume muy sintéticamente “…junto a su infancia y juventud(fue), el período más desconocido de su biografía. Apenas tenemos referencias esporádicas de su presencia en el fallido asedio de Argel, de su larga residencia en Valladolid, junto a la Corte, de sus estancias en Sevilla y de su fallecimiento en Castilleja de la Cuesta”. Pero el doctor Esteban Mira queda claro que murió muy rico y muy encumbrado socialmente. También nos informa del largo peregrinar de sus restos mortales hasta acabar en la iglesia de la Purísima de Méjico en el año1946.

En la Conclusión del libro el autor hace una afirmación contundente: “Hernán Cor-tés fue una persona de su época, por lo que sus actos sólo se pueden entender en el conexto en el que vivió”. Y a continuación nos desgrana aspectos relevantes de la personalidad del conquistador: su gran tesón y fe en la victoria, su capacidad dialéctica y su carisma, su amor a la tierra que conquistó frente al desapego que mostró por su patria chica, su profunda religiosidad y su buena estrella. Pero también resalta algunos aspectos negativos de Cortés: vertió mucha sangre sin dudarlo, manejó el engaño con gran maestría, fue un mujeriego incorregible, abusó de los juegos de azar, no fue especialmente caritativo en contra de lo que se ha dicho de él, fue un desastre como empresario y exhibió una gran ambición. Dice finalmente el profesor Mira: “Fue, en definitiva, un hombre de su tiempo, un guerrero de la frontera cristiana.” Cabría añadir, que si alguien quiere conocer una visión amena, equilibrada y actualizada de Hernán Cortés, debe leer este libro.


 

MIGUEL ÁNGEL NARANJO SANGUINO

 

(Reseña publicada en la Revista de Estudios Extremeños T. LXXIV, N. 1, 2018, pp. 778-780).

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PIZARRO. EL REY DE LA BARAJA

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GARCÍA, Alan: Pizarro. El rey de la baraja. Política,

 

confusión y dolor en la conquista. Lima, Titanium,

 

2012. 204 págs. ISBN: 978-612-46189-1-8

 

          

 

          Tuve noticias de este libro en mi viaje a Perú, pero curiosamente, dado que en el país andino no lo encontré, estando todavía allí lo compré en un conocido portal español. Así que a mi regreso a España me lo encontré encima de mi mesa de trabajo. Sorpresas del mundo globalizado en el que vivimos. Asimismo, debo confesar que lo adquirí pensando que sería un vulgar panfleto pero que no dejaba de tener su interés por estar escrito por un personaje como Alan García, conocidísimo ex presidente de la República del Perú. Sin embargo, tras una detenida lectura debo reconocer que estaba equivocado en mi prejuicio, pues el libro es una obra de bastante calado que contiene reflexiones de interés.

           Obviamente, su autor no es un historiador, ni menos aún un investigador de fondo, por lo que no ofrece datos nuevos en relación a su biografía. Asimismo, se observan bastantes errores propios de un escritor que no es un experto en la materia, tanto en cuestiones relacionadas con su Extremadura natal como en relación a su etapa en el Tahuantinsuyu. Sin embargo, sí que contiene un buen número de reflexiones de interés que demuestran un buen conocimiento de la psicología del personaje.

           El texto se lee del tirón porque el autor engancha con una trama en la que Francisco Pizarro es el rey de la baraja, el estratega que reparte las cartas a todos. Y no duda en calificarlo de “astuto y profundo observador de la psicología del resto de los actores” lo que le permitió siempre anticiparse a las acciones de sus adversarios. En varias ocasiones compara su tesón con el de Alejandro Magno y Simón Bolívar. Según el autor puede que su brillo y belleza fuesen menores que los de Apolo pero su constancia y serenidad fueron excepcionales. Donde otros se desanimaban él siempre persistía con tesón y convicción.

Sus estrategias las compara con las de Alejandro Magno y Bolívar pero también con las de Napoleón Bonaparte y Adolf Hitler aunque este último paralelismo sea más comprometido para sus hagiógrafos. Inteligentemente Pizarro ocultó a los líderes quechuas que su intención era construir un reino y quedarse, lo que permitió a estos mantener la esperanza de que una vez saqueadas las riquezas abandonaría el incario. Tampoco ignora el autor que el trujillano fue un hábil evasor de sus responsabilidades, lo mismo en relación a la muerte de Atahualpa que la de Huáscar o la de Diego de Almagro. Sabía ingeniárselas para parecer que eran otros los responsables de unos excesos por los que sospechaba que antes o después habría que rendir cuentas.

           La liberación de varias decenas de miles de yanaconas así como su alianza con tallanes, cañaris o aimaras le granjeó el apoyo de muchos indígenas que le ayudarían a acabar con el mundo quechua. Ahora bien, parece infundado lo que sostiene el autor que la liberación de yanaconas la hizo por solidarizarse con personas de su condición porque a su juicio bastardía equivalía a servidumbre (p. 105). No era así ni mucho menos porque en España la existencia de hijos naturales estaba normalizada y no acarreaba ningún estigma social, sobre todo si la familia lo reconocía, como es el caso.

           Destaca el autor las ordenanzas dadas a los cabildos sobre el tratamiento a los indígenas que datan de 1534. Y les otorga el mérito, hasta ahora atribuido en exclusiva al padre fray Bartolomé de Las Casas, de haber inspirado las famosas Leyes Nuevas de 1542 en las que, al menos en teoría, se prohibió la esclavitud del aborigen (pp. 108-109).

           La obra no es exactamente hagiográfica aunque está mucho más próxima a esta corriente que a los alineados en la visión de los vencidos. Pizarro es representado como una persona comedida, poco promiscuo, silencioso y observador. La conquista fue cruel y hubo actos de barbarie pero el autor los justifica en el hecho de que eran herederos de una Castilla providencialista que se había curtido en la cruzada contra el Islam (p. 49). Los crímenes que cometió no se debieron a su ambición o a su deseo de venganza sino a “la necesidad de afirmar su proyecto” (p. 58). Asimismo, los relativiza cuando los compara con las 300.000 víctimas –cifra a mi juicio excesiva- que costaron la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa (p. 137).

           Hay que señalar algunos errores, unos de más consideración que otros. Así, llama la atención que los sucesos de la isla del Gallo los sitúe en la primera expedición del Levante, en 1525 (p. 53), y no en mayo de 1527, en la segunda travesía que es cuando realmente ocurrieron. La muerte de Huáscar la ubica una vez en mayo de 1533 (p. 148) y otra en agosto de ese mismo año (p. 136). Asimismo, a lo largo del libro se refiere a Hernán Cortés como primo de Pizarro (p. 54) cuando en realidad era su sobrino, mientras que de Diego de Almagro afirma que era capataz –y no socio- del trujillano en Panamá (p. 72). Pequeños detalles sin demasiada importancia que no enturbian la trama de un libro bien escrito y con ideas que invitan a pensar y a reflexionar sobre el personaje.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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RESEÑA AL LIBRO FRANCISCO PIZARRO (CRÍTICA, 2018)

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FRANCISCO PIZARRO. Una nueva visión de la conquista del Perú.
Esteban Mira Caballos. Barcelona. Crítica. 2018

1. Se trata de una biografía de Francisco Pizarro que busca dar una nueva visión a partir de un escrutinio riguroso de la información que actualmente se dispone y un enfoque que enmarca al individuo en el complejo y vasto proceso de la conquista española de las tierras americanas, en particular del Perú. A diferencia de José Antonio del Busto que atribuyó a Pizarro un rol providencial, Mira postula que, dentro del proceso de invasión española a América, tarde o temprano, aunque no hubiera sido Pizarro, los europeos se hubieran impuesto y colonizado a los Inca.
2. El autor define a Pizarro como un genuino conquistador de su tiempo, empeñado en conseguir tesoros y ganar tierras sobre la cuales gobernar. No es diferente de otros conquistadores que actuaron de igual manera, usando todos los medios, legítimos o no, por alcanzar sus objetivos. Los conquistadores fueron hombres ambiciosos, violentos, taimados, desleales, muchas veces rebeldes a la ley y su monarca y Pizarro tuvo parte de estos atributos.
3. La conquista fue proceso con objetivos de sujeción política de nuevos territorios para la corona española, la imposición drástica de una ideología religiosa y la obtención de ingentes beneficios materiales expresados principalmente en metales preciosos tanto para el estado español como para los principales conquistadores que participaron. Fue un proceso que implico un despojo sistemático y violento con los pobladores nativos y, también, entre los mismos conquistadores. Pizarro fue uno de los líderes que tuvo esta conquista y para ser exitoso en ella recurrió a todos los medios posibles. Se impuso con sagacidad y perseverancia, pero también con trampas, violencia y traición. Leal con quienes lo acompañaron de manera incondicional, fue implacable con sus posibles adversarios y enemigos. Incluso el final de su azarosa vida terminó de manera vil y violenta.
4. Estaba Mira, aborda este tema con experiencia y el conocimiento de haber historiado numerosos temas de la conquista española y de algunos de sus protagonistas como Hernán Cortés, Hernando de Soto, Gonzalo Pizarro, Hernando Pizarro y Nicolás de Ovando, entre otros. El autor ha revisado y usado los más conocidos libros y artículos que han tratado al personaje y también fuentes publicadas, así como documentos principalmente en repositorios peninsulares, que han enriquecido los antecedentes genealógicos de Pizarro. Así, destaca el hallazgo de que su apellido podría haber sido Hinojosa y que solo un hecho familiar muy fortuito hace que sea Pizarro.
5. Pero frente a esa riqueza de informaciones de origen hispánico hay una cierta debilidad en el conocimiento e informaciones sobre el Tawantinsuyo en el que Pizarro transitó durante casi nueve años de su vida adulta y, además, como gobernador. Como es sabido, en las últimas décadas la etnohistoria y la arqueología han enriquecido sustantivamente el conocimiento sobre la realidad histórica prehispánica que supera la imagen historiográfica que nos dejó Garcilaso, que divulgó Prescott e incluso la de un historiador contemporáneo y acucioso como Hemmings. Entonces, el “Pizarro” de Estaba Mira deja una sensación de vacío en este aspecto o quizá queda como un reto por investigar: la comprensión de Pizarro sobre la realidad política y social del reino que contribuyó a destruir. Hay que recordar que Pizarro nombró dos sucesores de Atahualpa, formo una familia mestiza, tuvo prisionero al inca, ejecuto a líderes de la nobleza incaica y lucho contra el rebelde Manco Inca, entre otros hechos que implican un creciente conocimiento de ese nuevo reino del que termina siendo marqués y gobernador. La biografía no describe o analiza la relación de Pizarro con la sociedad incaica sobre la cual actuó. Debemos presumir que desde el inicio y más allá de sus prioridades de saquear tesoros y extender el imperio español, Pizarro tuvo que tener una comprensión sobre esa “otra sociedad”. Es claro que Pizarro no era un hombre ilustrado, pero si un político perspicaz y tuvo alguna percepción y comprensión de la esencia de la sociedad conquistada y que le sirvió para actuar. Es la cuestión planteada por Wachtel, que el autor cita en su libro
6. El recorrido de Pizarro y su hueste, así como los hechos de la conquista hasta que es asesinado, revelan una realidad territorial que en las crónicas muchas veces aparece confusa, en parte también por razones de idioma. Así en el libro de Esteban Mira encontramos algunos errores en la toponimia y comprensión del paisaje andino que Pizarro conoció. Sobre este aspecto existe copiosa investigación realizada en décadas recientes en los países en los el Tawantinsuyo tuvo control e influencia. Un ejemplo son los estudios sobre el Qhapac Ñan que además de mapas y topónimos, revelan la ilación de lo Inca con las culturas anteriores. El autor describe la sociedad incaica casi prescindiendo del significado de la acumulación cultural que representaron las civilizaciones anteriores y que la historia y la arqueología han puesto en evidencia. En suma, la diversidad cultural del espacio del estado Inca y sus incidencia en los hechos de la conquista no aparecen en toda su intensidad.
7. El autor, a lo largo de su libro, opta por llamar “Manco Cápac” a Manco Inca, el rebelde al poder español que inicia el periodo que también se llama “los incas de Vilcabamba”. No hemos encontrado la fuente que usa para ello. Betanzos cuenta que antes de ser inca se llamaba Manco Cápac y precisa que ya nombrado paso a llamarse Mango Inca Pachacuti o Manco Inca. Lo importante es que otros cronistas de ese tiempo, así como la documentación sobre la guerra de Vilcabamba, llamaron Manco Inca a este líder y así quedó registrado tanto en la historiografía y en la tradición andina que recuerda estos hechos. Un argumento muy contundente es que su propio hijo, el Inga Don Diego de Castro Titu Cussi Yupangui, en una instrucción al Rey escrita en 1570, señala que su padre se llamó “Mango Inga Yupangui”. Los cronistas posteriores como Garcilaso, Guamán Poma y Murúa también lo denominan así. Esto tiene importancia porque este líder rebelde no debería ser confundido con quien en la mitología y la tradición Inca fue su gran fundador: Manco Cápac.
8. Desde la perspectiva de la historia económica hay que destacar que el autor trata con detalle y actualidad la información cuantitativa de los gastos de los conquistadores en su empresa y también los montos de los saqueos y rescates registrados, dejando las pistas para que investigaciones más profundas sigan este tema. En ello destaca el aspecto de la defraudación sistemática que hubo a las arcas reales por concepto de las imposiciones que se le debían entregar y en lo que Pizarro, sus hermanos y allegados participaron.
9. La prosa de Esteban Mira es clara y fluida y su relato lleva con soltura al lector común y corriente o, a uno con mayor conocimiento histórico, por los vericuetos de la vida del conquistador de los Inca. El texto se complementa con un sustento riguroso de investigación histórica en notas, referencias, así como algunas ilustraciones que ayudan a la comprensión del tema. Contiene una explicación en la que describe las principales fuentes y una bibliografía amplia, esencialmente hispánica. Viene acompañado de varios apéndices sobre la genealogía, oro y esclavos que se enviaron a Panamá, privilegios obtenidos, tamaño y origen de la hueste, fundiciones de rescates y una cronología concerniente al personaje.
10. La publicación de este libro nos recuerda que la construcción de la historiografía sobre el Perú se ha acrecentado y ahora tenemos un mejor conocimiento de nuestro milenario y complejo pasado. En esa trayectoria, contrastando con lo que teníamos hace medio siglo, la conquista y sus personajes ya no tienen tanto brillo y trascendencia. En este aspecto el historiador Mira tiene una percepción del Perú actual un tanto distante y quizá no actualizada. Hay una realidad histórica y una continuidad de historicidad más rica entre nuestro pasado prehispánico y lo que siguió después. Una historia más densa y más larga y una revaloración intensa de todo nuestro patrimonio histórico, incluyendo el legado hispánico, por cierto. En ese sentido resulta positiva la contribución de Estaban Mira, con esta biografía y su particular enfoque.

Carlos F. Garaycochea
Lima 15 Jul 2018/.

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CAGUAS EN LA CONQUISTA ESPAÑOLA DEL SIGLO 16

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MOSCOSO, Francisco: “Caguas en la conquista española del siglo 16”. Puerto Rico, Publicaciones Gaviota, 2016, 227 págs. ISBN: 978-1-61505-240-0

 

          Se trata de una reedición ampliada de un libro que el autor puertorriqueño publicó en 1998. Debo reconocer que no conozco ni he leído la primera edición por lo que me limito simplemente a reseñar esta reedición.

           El libro presenta la solidez de una persona que lleva toda una vida dedicada al estudio de Puerto Rico en el siglo XVI y muy especialmente de las jefaturas y sociedades taínas que habitaban el área antillana. Maneja una amplísima bibliografía y también un amplio elenco de fuentes primarias, en unos casos tomadas de regestos documentales, como los de Vicente Murga o Aurelio Tió y en otros del Portal de Archivos Españoles en Red (PARES). El resultado es un libro contundente, muy sólido, que resuelve muchas dudas referentes a muy diversas temáticas relacionadas con los pobladores primitivos de Puerto Rico, en la colonización temprana.

           Comienza el libro analizando la trayectoria del casi mítico cacique Caguas, probablemente una adaptación lingüística de Caguax. Parece ser que éste fue uno de los cinco jefes taínos que habitaban Borinquén a la llegada de los hispanos. Su cacicazgo se ubicaba en la región del valle del Turabo, en la misma zona donde actualmente existe una ciudad con el mismo nombre del cacique. El fatídico encuentro con los hispanos se produjo a partir de 1508 cuando Nicolás de Ovando envió a la isla a Juan Ponce de León, un baquiano o persona experimentada que había participado en la “pacificación” de la Española. Previamente había habido algún viaje de exploración pero será en esta jornada de 1508-1509 cuando comience el contacto efectivo con los caciques indígenas, especialmente con Agüeybana, el cacique supremo. Al cacique Caguas siempre se le identificó con uno de los jefes guatiaos que pactaron con los hispanos. Sin embargo, el autor cuestiona esta alianza y más bien cree que lo que hubo fue un acatamiento obligado del nuevo orden impuesto.

Tras un primer contacto se produjo el repartimiento general de 1509 a través del cual se reguló y sistematizó la explotación laboral del taíno en los campos de cultivos y en las minas. Al tiempo que desaparecían los naturales, fruto de las enfermedades, los malos tratos y la inadaptación al trabajo sistemático, crecía la producción aurífera. Entre 1510 y 1546 se extrajeron dos millones de pesos de oro, cifra bastante superior al famoso rescate de Atahualpa.

           Lo más importante del libro, a mi juicio, es el análisis que hace de la polémica cuestión del matriarcado, pues deja fuera de toda duda su inexistencia en el área antillana. Los cronistas de la época hablaron de cacicas, como la cacica Luisa –seguramente viuda de algún cacique- o Anacaona, esposa del cacique Caonabo y hermana de Beechio, cacique de Xaragua. Por cierto, ironiza el autor con el hecho de que yo aluda en un trabajo mío a Anacaona como “bellísima cacica”. Y ciertamente, no sé si era tan bella aunque fray Bartolomé de Las Casas la describe como una notable princesa “muy palanciana y graciosa en el hablar y en sus meneos”. Por su parte Gonzalo Fernández de Oviedo dice que cuando Nicolás de Ovando se encontró con ésta y con su corte se sorprendieron porque la “hermosura de gestos que eran en gran manera” de aquellas personas. Pues es cierto que los cronistas no destacan especialmente su belleza entre otras cosas porque probablemente el patrón estético de los taínos no coincidía con el de los hispanos. Pero al menos no me negará el autor que debía ser agraciada y expresiva. Pero cerrando este anecdótico paréntesis y volviendo a la cuestión que nos ocupa, está claro que los hispanos crearon un término que no existía en el idioma taíno –cacica- para designar a la mujer o a la madre de un cacique. Incluso Fernández de Oviedo afirma que Anacaona ejerció de cacica, tras la muerte de su hermano Beechio. Sin embargo, de ser cierto, debió ser una circunstancia muy excepcional porque, como aclara el autor, el poder lo ejercieron siempre los varones, los caciques, independientemente de que la sucesión pudiese ser matrilineal. Por tanto, hay que concluir, de acuerdo con el autor, que aunque el acceso a la jefatura pudiese ser por línea materna el gobierno taíno era sin lugar a dudas patriarcal.

           Asimismo analiza minuciosamente la gran hacienda de Toa, la principal propiedad de la Corona en la isla, administrada por Oficiales Reales. En esta hacienda llegó a haber 90.000 montones de yuca así como maíz y ganado que servían para abastecer de alimentos a la colonia. Allí fueron ubicados los taínos de Caguas hasta casi su total exterminio. Jornadas interminables, de sol a sol, durante la llamada demora, un periodo de seis meses al año en el que los naturales debían servir a los hispanos.

Pudo haber y hubo mestizaje pero como explica el autor, pocas veces fue fruto del amor idílico entre indias y españoles, y las más fruto de abusos y estupros. Bien es cierto que como consecuencia de ese mestizaje pudo pervivir la genética taína, aunque sea en un pequeño porcentaje, entre la población oriunda de la zona.

           Estas pocas líneas son tan solo una selección de los muchos aspectos que se analizan en el texto en relación a los taínos boricuas. El lector podrá encontrar entre sus páginas muchos más matices que enriquecen el conocimiento de la desaparecida civilización taína. Una lectura muy recomendable.



 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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1968. CUANDO SE MARCHITÓ EL ROJO DE LAS BANDERAS

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IZARD, Miquel: “1968. Cuando se marchitó el rojo de

las banderas”. Barcelona, Ediciones El Lokal, 2018,

111 págs.



          Nueva obra del profesor Miquel Izard en la que se muestra en su línea de siempre, tratando de desentrañar a toda costa las patrañas que la historia oficial ha tratado de perpetuar. Y es que el único compromiso que se le conoce a este maestro de historiadores, es el de su fidelidad a la verdad, una verdad que, como decía Gramsci, siempre es revolucionaria.

           En sus páginas se analiza pormenorizadamente el fracaso de la primavera de Praga de 1968, un intento desde dentro del comunismo de liberarse de la tiranía y del despotismo del estalinismo. Desgraciadamente fue interpretado por la URSS como una injerencia capitalista y aplastada militarmente. Del fracaso de la primavera de Praga y de otros sucesos de aquel tiempo se plasmó el descrédito total del comunismo que llega a nuestros días. Sin el contrapeso del comunismo, el capitalismo se ha ido radicalizando progresivamente, aumentando exponencialmente las desigualdades entre norte y sur, y dentro del norte entre ricos y pobres.

           Se palpa entre sus páginas la desazón de una persona que lleva más de medio siglo en la disidencia, luchando por un mundo más justo y que ve como la situación no solo no ha mejorado sino que empeora día a día. Este estado de ánimo se refleja perfectamente en el texto de la solapa:

 

           “Ahora anda abrumado por la cantidad de avisos de un descalabro total con dictaduras o populismo en lugar de liberalismo, racismo versus fraternidad, nacionalismo en vez de internacionalismo, corrupción frente a integridad. Todo ello escoltado con guerras, el capitalismo especulativo, rentistas y mafioso, entrañando un proletariado precario y crecientemente empobrecido, el cataclismo climático o la crisis financiera de 2008 y el engaño del consumismo empobrecedor y castrador”.

 

           Como ya digo, el doctor Izard critica al poder en su estado puro, lo mismo al estalinismo totalitario que al capitalismo “consumista y empobrecedor”. El estalinismo asesinó a más comunistas que nadie, cargándose la democracia proletaria de los soviets, mientras que el sectarismo radical del partido comunista hizo el resto, ante su incapacidad para establecer un diálogo con todas las corrientes sociales. Este fracaso del socialismo real terminó por desprestigiar toda la doctrina marxista que quedó arrinconada como una ideología obsoleta, fracasada e inútil. Mientras la esperanza de muchos se tornaba en desesperanza, el neoliberalismo conseguía imponerse a escala planetaria, implementando una explotación intensiva de los recursos del planeta Tierra y agudizando las diferencias entre norte y sur y entre ricos y pobres. También los fascismos, los populismos y los independentismos son diana de las denuncias del profesor Izard.

En definitiva, una crítica pura, íntegra, a pesar del coste personal que esta actitud le puede acarrear, en cuanto a aislamiento intelectual. Pero Miquel Izard siempre ha tenido claro que la labor de un historiador debe ser la de enfrentarse a la verdad absoluta impuesta desde el poder. Una lectura, pues, muy recomendable que despierta el espíritu crítico, ese que debería exhibir todo intelectual que se precie.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LOS CONQUISTADORES. UNA BREVE INTRODUCCIÓN

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Restall, Matthew y Felipe Fernández-Armesto: “Los conquistadores: una breve introducción”. Madrid, Alianza Editorial, 2013, I.S.B.N.: 978-84-206-7543-5, 185 págs.

           Se trata de una traducción en bolsillo de un libro publicado un año antes por los autores en la Oxford University Press. Dos autores, discípulo y maestro respectivamente, que cuentan con una amplia trayectoria en los estudios sobre la América de la conquista.

           Hacía tiempo que quería leer el libro pero hasta ahora no he encontrado la oportunidad y el momento. Debo reconocer que en buena parte ha defraudado mis expectativas, quizás porque éstas eran demasiado altas, conociendo la obra de sus autores, pero también porque me ha parecido demasiado básico. Es una obra muy asequible intelectualmente, pensada para un público no especialista o a lo sumo estudiantes universitarios del grado de historia. Sí es una buena síntesis para no iniciados en la temática aunque, como veremos a continuación, con un cierto sesgo ideológico.

           Se trata de una selección de ideas, de temas y de conquistadores en los que se dedica una especial atención a tres de ellos: Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Gonzalo Jiménez de Quesada, siendo mínimas o inexistentes las alusiones a otros como Pedro de Alvarado, Hernando de Soto, Vasco Núñez de Balboa, Alvar Núñez, Alonso de Ojeda, Diego de Almagro o Pedro de Valdivia, por citar solo a algunos. Asimismo, alude de pasada a algunas mujeres conquistadoras y con más detalle a personas de color, como Juan Valiente, Juan Garrido o Sebastián Toral.

           No me satisface plenamente la línea justificativa del proceso, muy en consonancia con la actual línea historiográfica que trata de exculpar o de minimizar los desmanes de los conquistadores. Empieza minimizando la diferencia técnica y táctica entre españoles e indígenas. A su juicio eso se ha debido a que los historiadores han tomado al pie de la letra a los cronistas que destacaban siempre esta superioridad. Los autores dudan de que las armas de acero, las ballestas, los caballos, las jaurías de perros les proporcionasen ventaja alguna. Se limitan a decir que las armaduras apenas se usaron, que los arcabuces eran pesados y poco certeros y que los caballos no servían en las zonas escarpadas. Pero en su contra podría citarle decenas de enfrentamientos armados donde la caballería y/o las armas de fuego fueron determinantes, aunque solo fuese por su impacto psicológico. La única superioridad tecnológica es en la náutica pues, por ejemplo, les permitió disponer de una flotilla de bergantines, para el bloqueo de Tenochtitlán. Incluso, dudan de la influencia de las epidemias a la hora de decantar la contienda a favor de los hispanos. Sin embargo, a mi juicio minimizan el impacto de estas pestilencias no solo a efectos numéricos sino también en el aspecto psicológico pues los supervivientes quedaron desmoralizados, pensando que sus dioses los habían abandonado a su suerte.

           Asimismo subrayan el carácter pactista de los conquistadores –tan de moda actualmente- pues, a su juicio, fueron muchos más los jefes indígenas que pactaron con los invasores que los que se resistieron. En el caso de Mesoamérica la mayor parte de la élite indígena alcanzó un entendimiento con los hispanos algo que, según afirman, ha sido ignorado por la mayor parte de la historiografía. Las alianzas con tlaxcaltecas y huejotzingos en el caso de los aztecas y los cañaris en el imperio inca fueron claves para consumar el proceso. Y subrayan el hecho de que las grandes batallas enfrentaron mayoritariamente a grupos de indígenas. Pero aún siendo cierto, esos enfrentamientos estuvieron dirigidos por los hispanos en su propio beneficio. Cuando había enfrentamientos entre ellos los conquistadores se aprovechaban de la situación, evitándose las molestias de tenerlos que provocar. Jiménez de Quesada lo tuvo tan claro que se dedicó a enfrentar a los jefes muiscas de la zona de Colombia para que luchasen entre sí, facilitando la ocupación. Pese a ello, los autores llegan a la conclusión de que el proceso conquistador fue “notablemente pacífico” pues en la mayor parte de los casos los pueblos fueron sometidos a través de la negociación.

           Insisto que no comparto totalmente ese punto de vista, ni el hecho de que no hubiese desigualdad técnica y táctica ni tampoco que la conquista fuese en general “pacífica”. Sería largo objetarles, pero los casos de prácticas aterrorizantes se extendieron por todo el continente, los ajusticiamientos de caciques díscolos, el drama de los miles de esclavizados en las minas, etc., etc. Nada de eso me lleva a pensar que en general la conquista fuese un proceso “pacífico” como no lo ha sido ninguna guerra de conquista a lo largo de varios miles de años de historia.

           Y finalmente, me llama la atención que el acápite final con lecturas recomendadas no lo hayan adaptado a un público español. Han mantenido las recomendaciones de la edición inglesa, que son todas referencias bibliográficas en ingles que no sirven para el público español. En España disponemos de una bibliografía mucho más amplia que la anglosajona y en muchos casos no inferior en calidad que podrían haber ofrecido a los lectores de la edición en castellano.



ESTEBAN MIRA CABALLOS



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EL ORO EN LA HISTORIA DOMINICANA

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MOYA PONS, Frank: “El oro en la historia dominicana”. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2016, 414 págs. ISBN: 978-9945-901-5-8

 

          La Española fue conocida desde finales del siglo XV, a partir de los escritos del almirante Cristóbal Colón, como la isla del oro. En ella se ubicó el primer dorado, ese mundo soñado en el que existían ciudades con losas y tejas de oro y gobernantes engalanados con adornos y vestiduras del mismo metal. Sin embargo, en la segunda década del siglo XVI, el ciclo del oro acabó drásticamente, debido al agotamiento del oro acumulado por los taínos durante siglos, al descenso dramático de la mano de obra indígena, empleada en estas labores, y a la fuga de mineros al continente. Lo cierto es que la percepción que tenemos muchos americanistas españoles y quizás también hispanoamericanos es que el oro desapareció casi totalmente de la isla.

          Este libro pone de relieve justo lo contrario, es decir, la presencia de la minería del oro así como el influjo de los escritos y de la minería colonial durante toda la historia de la República Dominicana hasta nuestros días. El trabajo del Dr. Moya Pons tiene un mérito extraordinario pues analiza la minería en su país desde los tiempos colombinos hasta poco antes de entregar el manuscrito en la imprenta, es decir, hasta 2015. Sorprenden varias cuestiones:

Primera, el material manejado por su autor: todo tipo de fuentes manuscritas e impresas a lo largo de cinco siglos. Un trabajo minucioso que debió requerirle miles de horas de trabajo y que solo otra persona que conozca el oficio de investigador de fondo, puede valorar en su justa medida. Un trabajo ingente que solo puede pagar la satisfacción personal del trabajo bien hecho.

Segundo, La cantidad de metal precioso extraído a lo largo de estos siglos. Muchos de los que nos dedicamos al estudio de la época de la conquista, tenemos la errónea percepción de que el la explotación del oro pudo mantenerse pero como actividad muy marginal y con réditos económicos extremadamente magros. Sin embargo, conviene insistir que, aunque su rentabilidad fuese en algunas etapas más baja, su explotación continuó en los siglos posteriores.

Y tercero, la permanencia a lo largo de cinco siglos de la práctica del lavado de oro en los cauces de los ríos. Desde tiempos colombinos quedó la idea entre la población de que la isla escondía mucho más metal precioso que aún no había sido descubierto. Los campesinos han estado lavando oro con bateas durante cinco siglos lo que les ha permitido completar sus precarias economías agrícolas, garantizando a veces su propia supervivencia. El autor del libro dice que verificó personalmente estas labores en los arroyos cercanos a La Mina, en la localidad de Miches, en el río Bao, en las cercanías de Juncalito y Las Placetas y en otros cauces de afluentes, regatos y arroyos a lo largo de las zonas mineras del país.

Efectivamente, podemos constatar la producción de cantidades significativas de metal precioso desde principios del siglo XVI hasta el siglo XXI. Sin embargo, como afirma el autor, nunca podremos conocer a ciencia cierta la producción exacta de oro en la isla desde 1492 hasta mediados del siglo XVI. Y ello por dos motivos: primero, porque no tenemos listados completos de las fundiciones y, segundo, porque una parte importante de dicha producción quedó fuera del control de los oficiales reales, saliendo de la isla mediante el contrabando. Pero sí tenemos algunas series incompletas de lo que se fundía oficialmente. Por ejemplo nos consta que en 1517 se fundieron en la isla un total de 124.147 pesos de oro, una cantidad considerable para esa fecha, que confirma que la isla seguía extrayendo oro en cantidades significativas. A comienzos de la década de los treinta, el arzobispo de Santo Domingo reclamaba el envío de negros y de mineros expertos a la isla porque por falta de ellos no se extraía oro, siendo como era la principal granjería de la tierra. A mediados de siglo se fundían anualmente cerca de los 50.000 pesos de oro, cifras superiores a las que se extraían en otros lugares de su entorno como Castilla del Oro. El autor, siguiendo cuantificaciones del prof. Jalil Sued Badillo, estima que, entre 1503 y 1548, se fundieron legalmente en la isla poco más de 700.000 pesos de oro, una cantidad muy estimable, superior a la que produjo en esos mismos años Puerto Rico y Cuba.

En la segunda mitad, siguió manteniéndose el mito dorado, justificándose la baja producción en la falta de mano de obra para extraerlo. Por ello, en 1572 volvían a solicitar esclavos negros a buen precio, la mitad para los ingenios y la otra mitad para las minas. Y ello, decían, porque en la isla había más oro y mejor que en todas las Indias y si no se aprovechaba era por falta de mano de obra. Y pese a las dificultades se continuaron extrayendo cantidades significativas del preciado metal

Ya a finales del siglo XVII, el minero onubense Juan Nieto Valcárcel viajó a la isla, enviado por el Consejo de Indias, para que realizara prospecciones y redactara un informe con la potencialidad minera de la isla. El memorial que redactó ha ejercido una excepcional influencia sobre la minería en la isla hasta plena Edad Contemporánea. Como afirma el Dr. Moya, se realizaron al menos tres traslados oficiales de dicho documento, en 1734, 1744 y 1810, y todos los que buscaron minas en la isla o promovieron empresas a lo largo de los siglos XVIII y XIX aludieron a dicho informe.

Después de la Independencia, los distintos gobiernos nacionales auspiciaron la explotación minera como una forma de obtener liquidez. Dice el autor que la segunda mitad del siglo XIX fue la época dorada de las concesiones mineras, acudiendo reiteradamente a la inversión extranjera. En 1866 entró en vigor la primera ley de minas de República Dominicana, curiosamente copiada literalmente de la expedida por Napoleón Bonaparte en Francia en 1810. Desde entonces, se sucedieron un sinnúmero de leyes de minas en las que cada gobierno ponía su matiz en función a sus intereses ideológicos o financieros. La explotación minera se veía dificultada por los deficientes caminos y por la escasez de mano de obra y de capital propio.

Ya en pleno siglo XX, el general Trujillo promulgó su propia ley de minas en 1936, y sus esfuerzos por aumentar la producción rindieron sus frutos; de hecho la producción de oro entre 1932 y 1942 superó a todo lo exportado a Sevilla desde la isla en la primera mitad del siglo XVI. Pero la producción de preciado metal dorado aumentó mucho más a partir de 1969 con el desembarco en la isla de la potente compañía estadounidense Rosario Mining. Una alta producción que unido al alto precio del oro en el mercado contribuyeron a crear la percepción de que los inversionistas extranjeros de la compañía se lucraban en exceso a costa de las riquezas áureas de la isla. Aún así tanto los gobiernos de Joaquín Balaguer como los de sucesor no modificaron un ápice su política minera. Todavía en el año 2015 el geólogo Steward Redwood destacaba la importancia de la explotación minera para la economía de la isla, tanto por el notable yacimiento de Pueblo Viejo como por otros veneros que estaban siendo hallados en esos momentos.

Para concluir, queremos insistir que estamos ante un estudio completo y serio de la historia de la producción aurífera en República Dominicana. Al final, después de leer al Dr. Moya Pons, va a resultar que no estaba tan equivocado Cristóbal Colón cuando insinuó la existencia del primer dorado en la isla Española.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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BESTIARIO COLOMBINO. PRIMER VIAJE 1492-1493

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TOLA DE HABICH, Fernando: “Bestiario Colombino. Primer viaje 1492-1493”. México, Factoría Ediciones, 2017, 264 págs. I.S.B.N.: 978-607-8047-21-5

 

         En esta nueva obra del escritor Fernando Tola de Habich hace un análisis en profundidad de las aves, peces y otros animales que comparecen en el Diario de a Bordo de Cristóbal Colón.


         Empieza su obra vertiendo una dura crítica a la historiografía colombista española por lo que yo creo que es un simple error, aunque el autor habla “deshonesta actitud intelectual” y de "manipulación". Concretamente cuestiona dos cosas: una, que todas las ediciones hablen del Diario de a bordo de Cristóbal Colón, sin especificar que en realidad es un resumen, un manuscrito localizado en 1825 que coincide a grandes trazos con la versión incluida en la Historia de las Indias del padre fray Bartolomé de Las Casas. Y otra, que estas ediciones presentan un texto manipulado, pues se omiten las últimas líneas del original. Al parecer, en la primera edición del resumen que el padre Las Casas hizo del Diario de a Bordo de Colón, publicada en 1825 por Martín Fernández de Navarrete, se omitió el último párrafo en el que el dominico lanzaba una crítica a España. En ellas viene a decir que España, por su ambición, no fue digna de la donación que se le hizo de las Indias y que por eso no pudo gozar de los bienes espirituales. Quiero creer que los editores posteriores a Fernández de Navarrete, como Gregorio Marañón, Demetrio Ramos, Manuel Alvar, Carlos Sanz o Consuelo Varela entre otros, no verificaron el manuscrito original y se limitaron a reproducir una y otra vez la versión mutilada de Fernández de Navarrete.


         En cuanto al contenido, no voy a hacer una reseña pues eso requeriría dedicar más tiempo a su lectura reposada del que dispongo en estos momentos. Solo quiero significar la importancia de un estudio que no estaba hecho sobre los animales que comparecen en el "Diario de a Bordo". Se analizan minuciosamente los animales que comparecen en el texto colombino, recurriendo a la ayuda de otros textos de la época como los escritos de Pedro Mártir de Anglería, Bartolomé de Las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo, José de Acosta o Hernando Colón, hijo del Primer Almirante. Con un análisis de esos textos se trata de identificar todos los animales citados, en algunos casos, incluso especificando su especie concreta. Se analizan varias decenas de peces, aves, reptiles y mamíferos. Especialmente interesante son las páginas dedicadas al famoso perro mudo del que hablan las crónicas y que sirvió de alimento a las huestes hasta el punto de extinguirlos. También comparecen las iguanas, el manatí, las ballenas, los lagartos –cocodrilos- y los papagayos. Precisamente es este último animal el que más veces aparece citado en el resumen del texto colombino. De hecho, colón los trajo a España, tras su regreso del Primer Viaje, siendo una de las atracciones en la Corte.

        

        Se trata pues de un texto novedoso, de un trabajo de investigación que viene a llenar un hueco en la historiografía colombista. Por tanto creo que es un texto necesario para el investigador y muy entretenido para el lector. Recomiendo vivamente su lectura.


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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DIVULGAR DESDE LA INVESTIGACIÓN: UNA NUEVA BIOGRAFÍA SOBRE FRANCISCO PIZARRO

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        En pocas semanas verá por fin la letra impresa mi libro “Francisco Pizarro. Una nueva visión de la conquista del Perú (Barcelona, Editorial Crítica, 2018, 440 págs). En este libro he estado trabajando desde el año 2010, es decir, ha sido mi trabajo de fondo en los últimos seis años, aunque en el transcurso haya publicado artículos y trabajos siempre de menor envergadura.

        He releído miles de documentos y de imágenes digitales de los mismos, en archivos muy diversos de la geografía nacional. Asimismo, he revisado minuciosamente y contrastado casi todas las crónicas y prácticamente toda la bibliografía sobre el trujillano. Un trabajo largo, a veces agotador, pero gratificante porque el manejo de fuentes primarias me ha permitido cuestionar muchas de las premisas tradicionalmente sostenidas sobre el conquistador. Por otro lado, he contrastado los testimonios encontrados de almagristas, pizarristas y cortesianos. Cada uno valoraba la conquista del incario en función al grupo al que estaba adscrito. Hasta ahora, unos historiadores han dicho unas cosas y otros otras dependiendo de a cuál de las tres versiones diesen mayor credibilidad. Pero en realidad no se trata de optar por una de las facciones sino de estimarlas todas y desentrañar cuánto de verdad encierran cada una de ellas.

        El resultado ha sido una biografía densa de casi cuatrocientas páginas, y más de mil notas que, por primera vez, he decidido colocar al final de libro. De esta forma, el que quiera una lectura profunda pero ágil de la vida del conquistador, lo puede hacer en poco más de doscientas páginas. Pero el investigador que quiera saber detalladamente por qué digo lo que digo y qué pruebas aporto podrá consultar esas notas abigarradas colocadas al final, así como un apéndice documental con los documentos más novedosos que he desempolvado. Hasta las fundiciones, con los listados de las personas que fundieron metal precioso, los he vuelto a transcribir del original, pese a que están publicados y transcritos desde hace años. Pero eso me ha permitido, detectar numerosos errores que cometió el primer transcriptor y que han perpetuado los historiadores posteriores.

        Pocos lectores se darán cuenta de la diferencia entre esta biografía del conquistador trujillano y las cientos que hay publicadas y que se editan casi anualmente. Una persona que se lee varios libros y crónicas y escribe su libro puede realizar un trabajo atractivo, bien escrito y legible. Sin embargo, cuando uno bucea entre miles de fuentes primarias y secundarias, y además trata de plantear o demostrar hipótesis nuevas, se ve obligado a poner mucho énfasis en determinados aspectos y hacerse incluso tedioso. Lo que quiero decir con ello, es que habrá muchos lectores que valoren más una obrita divulgativa o una novela histórica sobre el conquistador que mi libro. Pero pienso que a largo plazo, siempre quedan los trabajos de fondo; esos permanecen, los otros siempre tienen fecha de caducidad.

        En España hemos adolecido de divulgadores de nivel. Por un lado estaban los investigadores de fondo que escribían libros infumables con decenas de apéndices documentales que casi nadie se leía. Y por el otro, estaban los divulgadores que se leían esas obras y las ablandaban para hacerlas accesibles al gran público. Pero, dado el escaso éxito de unos y de otros, después llegaban los historiadores anglosajones, que eran a su vez investigadores de fondo y divulgadores y escribían la obra maestra. Se trataba de lo que Eric Hobsbawm llamaba la alta vulgarización. Y ahí están los libros clásicos e imperecederos de John Elliott, Hugh Thomas, John Hemming, Henry Kamen, Geofrey Parcker, Trevor Dadson, Paul Preston, etc. etc. Pero claro, eran grandísimos investigadores que eran capaces de divulgar desde su profundo conocimiento de las fuentes primarias y secundarias. Estos han sido siempre mi modelo a imitar y mi fuente de inspiración; solo el tiempo y los lectores podrán decir si efectivamente conseguí mi objetivo de acercarme, aunque solo sea un poquito, a la forma de hacer historia de estos grandes maestros, y crear una biografía imperecedera sobre el conquistador del Tahuantinsuyu.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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