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LOS CONQUISTADORES. UNA BREVE INTRODUCCIÓN

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Restall, Matthew y Felipe Fernández-Armesto: “Los conquistadores: una breve introducción”. Madrid, Alianza Editorial, 2013, I.S.B.N.: 978-84-206-7543-5, 185 págs.

           Se trata de una traducción en bolsillo de un libro publicado un año antes por los autores en la Oxford University Press. Dos autores, discípulo y maestro respectivamente, que cuentan con una amplia trayectoria en los estudios sobre la América de la conquista.

           Hacía tiempo que quería leer el libro pero hasta ahora no he encontrado la oportunidad y el momento. Debo reconocer que en buena parte ha defraudado mis expectativas, quizás porque éstas eran demasiado altas, conociendo la obra de sus autores, pero también porque me ha parecido demasiado básico. Es una obra muy asequible intelectualmente, pensada para un público no especialista o a lo sumo estudiantes universitarios del grado de historia. Sí es una buena síntesis para no iniciados en la temática aunque, como veremos a continuación, con un cierto sesgo ideológico.

           Se trata de una selección de ideas, de temas y de conquistadores en los que se dedica una especial atención a tres de ellos: Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Gonzalo Jiménez de Quesada, siendo mínimas o inexistentes las alusiones a otros como Pedro de Alvarado, Hernando de Soto, Vasco Núñez de Balboa, Alvar Núñez, Alonso de Ojeda, Diego de Almagro o Pedro de Valdivia, por citar solo a algunos. Asimismo, alude de pasada a algunas mujeres conquistadoras y con más detalle a personas de color, como Juan Valiente, Juan Garrido o Sebastián Toral.

           No me satisface plenamente la línea justificativa del proceso, muy en consonancia con la actual línea historiográfica que trata de exculpar o de minimizar los desmanes de los conquistadores. Empieza minimizando la diferencia técnica y táctica entre españoles e indígenas. A su juicio eso se ha debido a que los historiadores han tomado al pie de la letra a los cronistas que destacaban siempre esta superioridad. Los autores dudan de que las armas de acero, las ballestas, los caballos, las jaurías de perros les proporcionasen ventaja alguna. Se limitan a decir que las armaduras apenas se usaron, que los arcabuces eran pesados y poco certeros y que los caballos no servían en las zonas escarpadas. Pero en su contra podría citarle decenas de enfrentamientos armados donde la caballería y/o las armas de fuego fueron determinantes, aunque solo fuese por su impacto psicológico. La única superioridad tecnológica es en la náutica pues, por ejemplo, les permitió disponer de una flotilla de bergantines, para el bloqueo de Tenochtitlán. Incluso, dudan de la influencia de las epidemias a la hora de decantar la contienda a favor de los hispanos. Sin embargo, a mi juicio minimizan el impacto de estas pestilencias no solo a efectos numéricos sino también en el aspecto psicológico pues los supervivientes quedaron desmoralizados, pensando que sus dioses los habían abandonado a su suerte.

           Asimismo subrayan el carácter pactista de los conquistadores –tan de moda actualmente- pues, a su juicio, fueron muchos más los jefes indígenas que pactaron con los invasores que los que se resistieron. En el caso de Mesoamérica la mayor parte de la élite indígena alcanzó un entendimiento con los hispanos algo que, según afirman, ha sido ignorado por la mayor parte de la historiografía. Las alianzas con tlaxcaltecas y huejotzingos en el caso de los aztecas y los cañaris en el imperio inca fueron claves para consumar el proceso. Y subrayan el hecho de que las grandes batallas enfrentaron mayoritariamente a grupos de indígenas. Pero aún siendo cierto, esos enfrentamientos estuvieron dirigidos por los hispanos en su propio beneficio. Cuando había enfrentamientos entre ellos los conquistadores se aprovechaban de la situación, evitándose las molestias de tenerlos que provocar. Jiménez de Quesada lo tuvo tan claro que se dedicó a enfrentar a los jefes muiscas de la zona de Colombia para que luchasen entre sí, facilitando la ocupación. Pese a ello, los autores llegan a la conclusión de que el proceso conquistador fue “notablemente pacífico” pues en la mayor parte de los casos los pueblos fueron sometidos a través de la negociación.

           Insisto que no comparto totalmente ese punto de vista, ni el hecho de que no hubiese desigualdad técnica y táctica ni tampoco que la conquista fuese en general “pacífica”. Sería largo objetarles, pero los casos de prácticas aterrorizantes se extendieron por todo el continente, los ajusticiamientos de caciques díscolos, el drama de los miles de esclavizados en las minas, etc., etc. Nada de eso me lleva a pensar que en general la conquista fuese un proceso “pacífico” como no lo ha sido ninguna guerra de conquista a lo largo de varios miles de años de historia.

           Y finalmente, me llama la atención que el acápite final con lecturas recomendadas no lo hayan adaptado a un público español. Han mantenido las recomendaciones de la edición inglesa, que son todas referencias bibliográficas en ingles que no sirven para el público español. En España disponemos de una bibliografía mucho más amplia que la anglosajona y en muchos casos no inferior en calidad que podrían haber ofrecido a los lectores de la edición en castellano.



ESTEBAN MIRA CABALLOS



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EL ORO EN LA HISTORIA DOMINICANA

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MOYA PONS, Frank: “El oro en la historia dominicana”. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2016, 414 págs. ISBN: 978-9945-901-5-8

 

          La Española fue conocida desde finales del siglo XV, a partir de los escritos del almirante Cristóbal Colón, como la isla del oro. En ella se ubicó el primer dorado, ese mundo soñado en el que existían ciudades con losas y tejas de oro y gobernantes engalanados con adornos y vestiduras del mismo metal. Sin embargo, en la segunda década del siglo XVI, el ciclo del oro acabó drásticamente, debido al agotamiento del oro acumulado por los taínos durante siglos, al descenso dramático de la mano de obra indígena, empleada en estas labores, y a la fuga de mineros al continente. Lo cierto es que la percepción que tenemos muchos americanistas españoles y quizás también hispanoamericanos es que el oro desapareció casi totalmente de la isla.

          Este libro pone de relieve justo lo contrario, es decir, la presencia de la minería del oro así como el influjo de los escritos y de la minería colonial durante toda la historia de la República Dominicana hasta nuestros días. El trabajo del Dr. Moya Pons tiene un mérito extraordinario pues analiza la minería en su país desde los tiempos colombinos hasta poco antes de entregar el manuscrito en la imprenta, es decir, hasta 2015. Sorprenden varias cuestiones:

Primera, el material manejado por su autor: todo tipo de fuentes manuscritas e impresas a lo largo de cinco siglos. Un trabajo minucioso que debió requerirle miles de horas de trabajo y que solo otra persona que conozca el oficio de investigador de fondo, puede valorar en su justa medida. Un trabajo ingente que solo puede pagar la satisfacción personal del trabajo bien hecho.

Segundo, La cantidad de metal precioso extraído a lo largo de estos siglos. Muchos de los que nos dedicamos al estudio de la época de la conquista, tenemos la errónea percepción de que el la explotación del oro pudo mantenerse pero como actividad muy marginal y con réditos económicos extremadamente magros. Sin embargo, conviene insistir que, aunque su rentabilidad fuese en algunas etapas más baja, su explotación continuó en los siglos posteriores.

Y tercero, la permanencia a lo largo de cinco siglos de la práctica del lavado de oro en los cauces de los ríos. Desde tiempos colombinos quedó la idea entre la población de que la isla escondía mucho más metal precioso que aún no había sido descubierto. Los campesinos han estado lavando oro con bateas durante cinco siglos lo que les ha permitido completar sus precarias economías agrícolas, garantizando a veces su propia supervivencia. El autor del libro dice que verificó personalmente estas labores en los arroyos cercanos a La Mina, en la localidad de Miches, en el río Bao, en las cercanías de Juncalito y Las Placetas y en otros cauces de afluentes, regatos y arroyos a lo largo de las zonas mineras del país.

Efectivamente, podemos constatar la producción de cantidades significativas de metal precioso desde principios del siglo XVI hasta el siglo XXI. Sin embargo, como afirma el autor, nunca podremos conocer a ciencia cierta la producción exacta de oro en la isla desde 1492 hasta mediados del siglo XVI. Y ello por dos motivos: primero, porque no tenemos listados completos de las fundiciones y, segundo, porque una parte importante de dicha producción quedó fuera del control de los oficiales reales, saliendo de la isla mediante el contrabando. Pero sí tenemos algunas series incompletas de lo que se fundía oficialmente. Por ejemplo nos consta que en 1517 se fundieron en la isla un total de 124.147 pesos de oro, una cantidad considerable para esa fecha, que confirma que la isla seguía extrayendo oro en cantidades significativas. A comienzos de la década de los treinta, el arzobispo de Santo Domingo reclamaba el envío de negros y de mineros expertos a la isla porque por falta de ellos no se extraía oro, siendo como era la principal granjería de la tierra. A mediados de siglo se fundían anualmente cerca de los 50.000 pesos de oro, cifras superiores a las que se extraían en otros lugares de su entorno como Castilla del Oro. El autor, siguiendo cuantificaciones del prof. Jalil Sued Badillo, estima que, entre 1503 y 1548, se fundieron legalmente en la isla poco más de 700.000 pesos de oro, una cantidad muy estimable, superior a la que produjo en esos mismos años Puerto Rico y Cuba.

En la segunda mitad, siguió manteniéndose el mito dorado, justificándose la baja producción en la falta de mano de obra para extraerlo. Por ello, en 1572 volvían a solicitar esclavos negros a buen precio, la mitad para los ingenios y la otra mitad para las minas. Y ello, decían, porque en la isla había más oro y mejor que en todas las Indias y si no se aprovechaba era por falta de mano de obra. Y pese a las dificultades se continuaron extrayendo cantidades significativas del preciado metal

Ya a finales del siglo XVII, el minero onubense Juan Nieto Valcárcel viajó a la isla, enviado por el Consejo de Indias, para que realizara prospecciones y redactara un informe con la potencialidad minera de la isla. El memorial que redactó ha ejercido una excepcional influencia sobre la minería en la isla hasta plena Edad Contemporánea. Como afirma el Dr. Moya, se realizaron al menos tres traslados oficiales de dicho documento, en 1734, 1744 y 1810, y todos los que buscaron minas en la isla o promovieron empresas a lo largo de los siglos XVIII y XIX aludieron a dicho informe.

Después de la Independencia, los distintos gobiernos nacionales auspiciaron la explotación minera como una forma de obtener liquidez. Dice el autor que la segunda mitad del siglo XIX fue la época dorada de las concesiones mineras, acudiendo reiteradamente a la inversión extranjera. En 1866 entró en vigor la primera ley de minas de República Dominicana, curiosamente copiada literalmente de la expedida por Napoleón Bonaparte en Francia en 1810. Desde entonces, se sucedieron un sinnúmero de leyes de minas en las que cada gobierno ponía su matiz en función a sus intereses ideológicos o financieros. La explotación minera se veía dificultada por los deficientes caminos y por la escasez de mano de obra y de capital propio.

Ya en pleno siglo XX, el general Trujillo promulgó su propia ley de minas en 1936, y sus esfuerzos por aumentar la producción rindieron sus frutos; de hecho la producción de oro entre 1932 y 1942 superó a todo lo exportado a Sevilla desde la isla en la primera mitad del siglo XVI. Pero la producción de preciado metal dorado aumentó mucho más a partir de 1969 con el desembarco en la isla de la potente compañía estadounidense Rosario Mining. Una alta producción que unido al alto precio del oro en el mercado contribuyeron a crear la percepción de que los inversionistas extranjeros de la compañía se lucraban en exceso a costa de las riquezas áureas de la isla. Aún así tanto los gobiernos de Joaquín Balaguer como los de sucesor no modificaron un ápice su política minera. Todavía en el año 2015 el geólogo Steward Redwood destacaba la importancia de la explotación minera para la economía de la isla, tanto por el notable yacimiento de Pueblo Viejo como por otros veneros que estaban siendo hallados en esos momentos.

Para concluir, queremos insistir que estamos ante un estudio completo y serio de la historia de la producción aurífera en República Dominicana. Al final, después de leer al Dr. Moya Pons, va a resultar que no estaba tan equivocado Cristóbal Colón cuando insinuó la existencia del primer dorado en la isla Española.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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BESTIARIO COLOMBINO. PRIMER VIAJE 1492-1493

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TOLA DE HABICH, Fernando: “Bestiario Colombino. Primer viaje 1492-1493”. México, Factoría Ediciones, 2017, 264 págs. I.S.B.N.: 978-607-8047-21-5

 

         En esta nueva obra del escritor Fernando Tola de Habich hace un análisis en profundidad de las aves, peces y otros animales que comparecen en el Diario de a Bordo de Cristóbal Colón.


         Empieza su obra vertiendo una dura crítica a la historiografía colombista española por lo que yo creo que es un simple error, aunque el autor habla “deshonesta actitud intelectual” y de "manipulación". Concretamente cuestiona dos cosas: una, que todas las ediciones hablen del Diario de a bordo de Cristóbal Colón, sin especificar que en realidad es un resumen, un manuscrito localizado en 1825 que coincide a grandes trazos con la versión incluida en la Historia de las Indias del padre fray Bartolomé de Las Casas. Y otra, que estas ediciones presentan un texto manipulado, pues se omiten las últimas líneas del original. Al parecer, en la primera edición del resumen que el padre Las Casas hizo del Diario de a Bordo de Colón, publicada en 1825 por Martín Fernández de Navarrete, se omitió el último párrafo en el que el dominico lanzaba una crítica a España. En ellas viene a decir que España, por su ambición, no fue digna de la donación que se le hizo de las Indias y que por eso no pudo gozar de los bienes espirituales. Quiero creer que los editores posteriores a Fernández de Navarrete, como Gregorio Marañón, Demetrio Ramos, Manuel Alvar, Carlos Sanz o Consuelo Varela entre otros, no verificaron el manuscrito original y se limitaron a reproducir una y otra vez la versión mutilada de Fernández de Navarrete.


         En cuanto al contenido, no voy a hacer una reseña pues eso requeriría dedicar más tiempo a su lectura reposada del que dispongo en estos momentos. Solo quiero significar la importancia de un estudio que no estaba hecho sobre los animales que comparecen en el "Diario de a Bordo". Se analizan minuciosamente los animales que comparecen en el texto colombino, recurriendo a la ayuda de otros textos de la época como los escritos de Pedro Mártir de Anglería, Bartolomé de Las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo, José de Acosta o Hernando Colón, hijo del Primer Almirante. Con un análisis de esos textos se trata de identificar todos los animales citados, en algunos casos, incluso especificando su especie concreta. Se analizan varias decenas de peces, aves, reptiles y mamíferos. Especialmente interesante son las páginas dedicadas al famoso perro mudo del que hablan las crónicas y que sirvió de alimento a las huestes hasta el punto de extinguirlos. También comparecen las iguanas, el manatí, las ballenas, los lagartos –cocodrilos- y los papagayos. Precisamente es este último animal el que más veces aparece citado en el resumen del texto colombino. De hecho, colón los trajo a España, tras su regreso del Primer Viaje, siendo una de las atracciones en la Corte.

        

        Se trata pues de un texto novedoso, de un trabajo de investigación que viene a llenar un hueco en la historiografía colombista. Por tanto creo que es un texto necesario para el investigador y muy entretenido para el lector. Recomiendo vivamente su lectura.


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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DIVULGAR DESDE LA INVESTIGACIÓN: UNA NUEVA BIOGRAFÍA SOBRE FRANCISCO PIZARRO

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        En pocas semanas verá por fin la letra impresa mi libro “Francisco Pizarro. Una nueva visión de la conquista del Perú (Barcelona, Editorial Crítica, 2018, 440 págs). En este libro he estado trabajando desde el año 2010, es decir, ha sido mi trabajo de fondo en los últimos seis años, aunque en el transcurso haya publicado artículos y trabajos siempre de menor envergadura.

        He releído miles de documentos y de imágenes digitales de los mismos, en archivos muy diversos de la geografía nacional. Asimismo, he revisado minuciosamente y contrastado casi todas las crónicas y prácticamente toda la bibliografía sobre el trujillano. Un trabajo largo, a veces agotador, pero gratificante porque el manejo de fuentes primarias me ha permitido cuestionar muchas de las premisas tradicionalmente sostenidas sobre el conquistador. Por otro lado, he contrastado los testimonios encontrados de almagristas, pizarristas y cortesianos. Cada uno valoraba la conquista del incario en función al grupo al que estaba adscrito. Hasta ahora, unos historiadores han dicho unas cosas y otros otras dependiendo de a cuál de las tres versiones diesen mayor credibilidad. Pero en realidad no se trata de optar por una de las facciones sino de estimarlas todas y desentrañar cuánto de verdad encierran cada una de ellas.

        El resultado ha sido una biografía densa de casi cuatrocientas páginas, y más de mil notas que, por primera vez, he decidido colocar al final de libro. De esta forma, el que quiera una lectura profunda pero ágil de la vida del conquistador, lo puede hacer en poco más de doscientas páginas. Pero el investigador que quiera saber detalladamente por qué digo lo que digo y qué pruebas aporto podrá consultar esas notas abigarradas colocadas al final, así como un apéndice documental con los documentos más novedosos que he desempolvado. Hasta las fundiciones, con los listados de las personas que fundieron metal precioso, los he vuelto a transcribir del original, pese a que están publicados y transcritos desde hace años. Pero eso me ha permitido, detectar numerosos errores que cometió el primer transcriptor y que han perpetuado los historiadores posteriores.

        Pocos lectores se darán cuenta de la diferencia entre esta biografía del conquistador trujillano y las cientos que hay publicadas y que se editan casi anualmente. Una persona que se lee varios libros y crónicas y escribe su libro puede realizar un trabajo atractivo, bien escrito y legible. Sin embargo, cuando uno bucea entre miles de fuentes primarias y secundarias, y además trata de plantear o demostrar hipótesis nuevas, se ve obligado a poner mucho énfasis en determinados aspectos y hacerse incluso tedioso. Lo que quiero decir con ello, es que habrá muchos lectores que valoren más una obrita divulgativa o una novela histórica sobre el conquistador que mi libro. Pero pienso que a largo plazo, siempre quedan los trabajos de fondo; esos permanecen, los otros siempre tienen fecha de caducidad.

        En España hemos adolecido de divulgadores de nivel. Por un lado estaban los investigadores de fondo que escribían libros infumables con decenas de apéndices documentales que casi nadie se leía. Y por el otro, estaban los divulgadores que se leían esas obras y las ablandaban para hacerlas accesibles al gran público. Pero, dado el escaso éxito de unos y de otros, después llegaban los historiadores anglosajones, que eran a su vez investigadores de fondo y divulgadores y escribían la obra maestra. Se trataba de lo que Eric Hobsbawm llamaba la alta vulgarización. Y ahí están los libros clásicos e imperecederos de John Elliott, Hugh Thomas, John Hemming, Henry Kamen, Geofrey Parcker, Trevor Dadson, Paul Preston, etc. etc. Pero claro, eran grandísimos investigadores que eran capaces de divulgar desde su profundo conocimiento de las fuentes primarias y secundarias. Estos han sido siempre mi modelo a imitar y mi fuente de inspiración; solo el tiempo y los lectores podrán decir si efectivamente conseguí mi objetivo de acercarme, aunque solo sea un poquito, a la forma de hacer historia de estos grandes maestros, y crear una biografía imperecedera sobre el conquistador del Tahuantinsuyu.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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YO, DON HERNANDO CORTÉS

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ARACIL VARÓN, Beatriz: “Yo don Hernando Cortés. Reflexiones en torno a la escritura cortesiana”. Madrid, Iberoamericana, 2016, 190 págs. I.S.B.N.: 978-84-8489-956-3

 

 

 

        Estamos ante un libro muy documentado que estudia de manera global todos los escritos cortesianos, redactados entre 1519 y el mismo año de su óbito en 1547. Veintiocho años en los que el metellinense estampó su firma en cientos de documentos, unos oficiales y otros personales, tanto cartas privadas como memoriales, narrando sus hechos.

         De entre todo ese material escrito han ejercido una especial influencia sus “Cartas de Relación” que originalmente fueron cuatro pero que solo conocemos el contenido de tres de ellas. Usualmente la desaparecida Primera Carta se sustituye por la llamada Carta del Cabildo de Veracruz. Ahora bien, no hay ninguna duda de que la primera de las epístolas existió pues él mismo hizo alusión a ella en su segunda relación.

Huelga decir que él nunca pretendió escribir una obra literaria y probablemente no pensó que algún día sus cartas se recopilarían y publicarían juntas en forma de libro. Prácticamente la totalidad de su obra escrita no son más que epístolas más o menos largas en las que cuenta al emperador sus actuaciones y sus proyectos en aquellos lejanos territorios. Conviene recordar que escribió muchas cartas, unas dirigidas al Emperador y otras a familiares, amigos y colaboradores. Sus famosas Cartas de Relación, no son más que una recopilación de las epístolas más extensas dirigidas a Carlos V. No dejaban de ser un alegato, extensamente detallado, en su propia defensa, al tiempo que sentaba las bases de su propia heroización. De hecho, aunque no lo diga explícitamente, se describe a sí mismo como un héroe militar, un buen gobernador y un fiel servidor de la Corona y de la cristiandad.

Sus “Cartas de Relación” tuvieron una gran repercusión, siendo publicadas la segunda en 1522, la tercera en 1523 y la cuarta en 1525. En 1527 se prohibió su reimpresión –hasta 1749-, a juicio de Marcel Bataillón por los recelos crecientes de la Corona hacia conquistadores que, como Hernán Cortés, podían terminar convertidos en virreyes hereditarios y precipitar un futuro separatismo criollo. Un peligro al que la Corona no era ajena, pues había padecido un caso similar pocos años antes en la figura de Cristóbal Colón y de su primogénito Diego Colón. Para colmo en ese año de 1527 se encontraba en la Península uno de los mayores enemigos del metellinense, Pánfilo de Narváez, que se encargó de difamar el nombre de Cortés, alarmando al emperador denunciando no sólo la gran deuda que éste tenía contraída con el fisco, sino también aireando la posibilidad de que se alzase con la Nueva España. Y aunque no dejaba de ser un bulo, la Corona, que desconocía la realidad novohispana por lo que prohibió las “Cartas de Relación”. Pese a todo, como afirma la autora, estas epístolas ejercieron una gran influencia sobre otros cronistas que sí editaron tempranamente sus respectivas obras, como Pedro Mártir de Anglería, Gonzalo Fernández de Oviedo o Francisco López de Gómara. También la crónica de Bernal Díaz fue editada aunque en fecha algo posterior, concretamente en Madrid en 1632. De ahí que los escritos de Cortés consiguiesen ampliamente sus objetivos.

Pese a que tenía claro su objetivo, que no era otro que justificar su actuación ante las autoridades hispanas, sí se aprecia en sus textos algo que será una constante desde su llegada a Nueva España, es decir, su enamoramiento de la tierra que conquistó. No tiene reparos en comparar a Tlaxcala con Granada, diciendo que era incluso más grande y fuerte que ésta. También quedó admirado con la ciudad sagrada de Cholula, afirmando de su templo mayor que tenía tantas torres que resultaban incontables. Sin embargo, fue Tenochtitlán la ciudad que más le impresionó. Una urbe que describe como palaciega, afirmando que su plaza mayor era el doble que la de Salamanca. Todo esto unido a su deseo de retornar a morir a Nueva España, denotan, como indica la autora, el espíritu criollo que tuvo al menos en los últimos años de su vida.

Cortés logró comprender a los naturales novohispanos y, de hecho, los admiraba profundamente, apreciando las diferencias entre estos y los naturales de las Antillas o los chichimecas del norte. Sin embargo, siempre consideró que los mexicas estaban en un peldaño civilizatorio inferior al europeo de ahí que se vea a sí mismo como un libertador de los naturales, frente a la tiranía que ejercían sus propios gobernantes. Y en este sentido, la autora, siguiendo a Tzvetan Todorov, sostiene que el metellinense mantuvo toda su vida un cierto sentimiento de superioridad sobre los pueblos que conquistó. Es decir, que llegó a comprenderlos y a conocerlos como civilización pero no los llegó a valorar en su justa medida.

           Para concluir solo nos resta recomendar su lectura ya que estamos ante una obra seria, bien documentada y magníficamente razonada. El análisis global de estos textos cortesianos permiten al lector llegar a la conclusión que la grandeza de Cortés no solo se derivó de sus hechos de armas sino también de su dominio del verbo. Probablemente el mismo fue consciente de que la perpetuación del mito solo era posible mediante una literatura acorde con sus hazañas.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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INDIGENISMOS DE AYER Y DE HOY

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RUBIO, fray Vicente O.P.: “Indigenismo de ayer y de hoy”. Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 2009, 350 págs. ISBN: 978-9945-8683-0-2

 

        Sabía de la existencia de esta obra desde hace unos años aunque no ha caído en mis manos hasta mi último viaje a Santo Domingo, en noviembre de 2017, fruto de un regalo de don Manuel García Arévalo. Se trata de un verdadero tesoro pues reúne en unas 350 páginas los artículos publicados a lo largo de varios años por el recordado fray Vicente Rubio en el suplemento sabatino del periódico El Caribe.

         Conocí al padre Rubio en uno de mis viajes a la isla, concretamente en 1998, cuando acudí al congreso sobre el V Centenario de la fundación de la ciudad de Santo Domingo. Sus trabajos siempre me resultaron de gran utilidad porque se interesaba por unos temas de investigación prioritarios para mí, como el taíno de La Española, su encomienda, su esclavitud y la labor redentora de los dominicos. Sin embargo, la mayor parte de sus escritos estaban editados en medios locales del país, de difícil acceso para el investigador extranjero. Por eso, me ha parecido un acierto por parte de la Fundación García Arévalo, la edición de esta obra, compilando todos los trabajos que publicó de forma dispersa, relacionados con el mundo indígena. En él aborda extensamente varios temas, a saber:

Primero, la labor indigenista de la Orden de Santo Domingo, empezando por el discurso del cuarto domingo de adviento de fray Antonio de Montesinos y siguiendo con la labor indigenista de fray Pedro de Córdoba. Ellos fueron los primeros en reivindicar los derechos de los naturales y en poner en práctica el método misional de la evangelización pacífica. El autor incluye una carta poco conocida, procedente de la Colección de Juan Bautista Muñoz, firmada por fray Domingo de Mendoza O.P., y fechada en Santo Domingo el 23 de febrero de 1512, en la que alude al famoso sermón de Montesinos. Un documento que la mayoría de los investigadores habíamos pasado por alto y que se reproduce íntegramente en este libro.

Segundo, dedica numerosas páginas a la figura de fray Bartolomé de Las Casas, el protector de los indios, personaje sobre el que era un gran especialista. Se permite aportar detalles inéditos que él mismo recopiló en el Archivo General de Indias. Asimismo, alude a manuscritos poco conocidos que demuestran la petición del dominico sevillano –no atendida- para que los naturales pasasen de la jurisdicción civil a la eclesiástica, con el objetivo explícito de protegerlos de las agresiones de los encomenderos. Asimismo, desarrolla extensamente la defensa que hizo el dominico en España del cacique de Nochistlán, Francisco Tenamaztle, líder de la guerra del Mixtón, que se entrevistó con él en Valladolid. Bien es cierto que el padre Rubio desconoce todo lo relativo al fallecimiento de este líder chichimeca, ocurrida el 10 de noviembre de 1556, según yo mismo di a conocer en un trabajo publicado hace más de tres lustros. También le dedica bastante atención a la errónea afirmación de que el dominico auspició la trata de esclavos para defender al indígena. Algo que el propio Las Casas desmintió en más de una ocasión, mostrándose siempre un detractor de la esclavitud, como puede leerse en su manuscrito “La Destrucción del África”. De hecho, hoy sabemos que junto a los pioneros en la lucha contra la esclavitud, como fray Bartolomé Frías de Albornoz y fray Tomás de Mercado hay que incluir al propio fray Bartolomé de Las Casas.

Y tercero, analiza con gran amplitud el mestizaje, pues el padre Rubio siempre defendió que el desaparecido universo taíno pervivió, de alguna forma, a través de la miscigenación. Narra las vicisitudes del primer mestizo de la isla, fruto de las relaciones entre Miguel Díaz de Aux y la cacica Catalina. Especial atención dedica al mestizo Diego de Ovando, nacido en la isla, hijo natural de Diego López Salcedo y de una desconocida nativa quisqueya. Como es bien sabido, Diego de Ovando desarrolló una larga trayectoria en el virreinato peruano, ocupando el cargo de alguacil mayor del reino de Quito. También analiza a cronistas mestizos como Pedro Gutiérrez de Santa Clara, Blas de Valera, Diego Muñoz Camargo o el Inca Garcilaso. Y por último, no se olvida de algunos españoles indianizados como el palermo Gonzalo Guerrero que decidió quedarse entre los naturales y no regresar con los hispanos.

Acaba el libro con un capítulo –el IV- dedicado a la figura de Sebastián Ramírez de Fuenleal a quien califica como el obispo más indiófilo de la mitra de Santo Domingo. Un prelado que tras desarrollar una notable labor en Santo Domingo pasó a México donde continuó con su defensa de los más desfavorecidos. Él siempre pensó que los naturales debían quedar en completa libertad con el único compromiso de pagar un trubuto anual y directo al rey. Y en el último capítulo –el V- traza un recorrido por la evolución del mundo indígena en la América contemporánea.

Para finalizar con esta breve reseña diremos que se detectan pequeños errores fruto de algún despiste del autor, algo lógico dada la magnitud de su obra. Por ejemplo, sostiene que Diego de Almagro “el Joven” perdió la vida en 1538 en la batalla de las Salinas –pág. 148-, cuando en realidad su orden de ejecución se dictó el 16 de septiembre de 1542, tras la derrota de los almagristas en la batalla de Chupas. Meras anécdotas en un libro que merece la pena leer, tanto por sus aportes al conocimiento del mundo indígena americano como porque contiene la visión indigenista de un dominico de nuestro tiempo. Dos cadenas del mismo eslabón cuya primera pieza es fray Antonio de Montesinos a principios del siglo XVI y la última fray Vicente Rubio, cinco siglos después.


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA Y LAS SUPERSTICIONES EN EL CARIBE HISPANO

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CRESPO VARGAS, Pablo L.: “La Inquisición española y las supersticiones en el Caribe hispano, siglo XVII”. Lajas (Puerto Rico), Editorial Akelarre, 2013, ISBN: 9781490995717, 246 págs.

 

No voy a reseñar esta obra porque eso implicaría dedicarle un tiempo que no poseo en estos momentos pero al menos sí quiero recomendar su lectura a los seguidores de mi blog. La obra es fruto de una amplísima labor de investigación de su autor sobre fuentes primarias, localizadas básicamente en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Aclara el autor que las fuentes locales del Tribunal que debían conservarse en Cartagena de Indias, desaparecieron por un incendio. De ahí, que haya sido necesario recurrir a las fuentes españolas. Por tanto, cuenta con la solidez que solo puede proporcionar la documentación de archivo.

Tras una amplia introducción sobre las inquisiciones europeas y sobre la inquisición española el autor se adentra en el análisis de 45 procesos que se llevaron a cabo en el Tribunal de Cartagena de Indias a lo largo de todo el siglo XVII. Dado que este Tribunal fue erigido por orden del 25 de febrero de 1610, el libro abarca prácticamente su primer siglo de existencia. Su jurisdicción se extendía por un espacio de casi un millón y medio de kilómetros cuadrados, incluyendo la zona de Nueva Granada, las provincias de Venezuela, la gobernación de Quito, las Antillas y una parte de Centroamérica hasta el obispado de Nicaragua. De todos los tribunales creados en Hispanoamérica, fue el tercero más activo, solo por detrás del novohispano y del peruano. Su objetivo era el mismo que el de los otros Tribunales inquisitoriales, preservar la pureza de la fe, persiguiendo desviaciones supersticiosas como la brujería o la hechicería.

Vuelve a ratificar el autor en este caso concreto una idea que se ha extendido en los últimos años: el hecho de que no fue un tribunal tan sanguinario como lo ha presentado la Leyenda Negra. En Cartagena no se produjeron grandes autos de fe, ni se ejecutaron a centenares de personas. En general, las condenas fueron suaves y solo en algunos casos muy concretos de herejía persistente se condenó a los reos a pena de muerte. El objetivo de los inquisidores no era causar un daño extremo sino convertir a los herejes y supersticiosos en buenos cristianos, al tiempo que se enriquecían con las enjundiosas multas y confiscaciones que les imponían a los condenados. No obstante, el Dr. Pablo Crespo reconoce que, pese a que en general la mayoría de los inquisidores actuó con mesura, no faltaron algunos que abusaron de su poder, infringiendo atropellos y malos tratos al tiempo que engordaban sus fortunas personales.

Y para finalizar con estas breves líneas tan solo me queda decir que se trata del mejor y más documentado libro que se haya escrito sobre el Tribunal de la Inquisición de Cartagena de Indias. Un libro muy recomendable no solo para los estudiosos de la Inquisición sino para todos los interesados en la historia de la América Colonial.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HISTORIA DE TODAS LAS COSAS QUE HAN ACAECIDO EN EL REINO DE CHILE

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ALONSO DE GÓNGORA MARMOLEJO. Historia de todas las cosas que han acaecido en el reino de Chile y de los que lo han gobernado (Miguel Donoso Rodríguez, ed.). Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2015. 578 pp.



         Con satisfacción hemos conocido esta nueva reedición de la obra del cronista Alonso de Góngora Marmolejo, magníficamente editada y anotada por el Dr. Miguel Donoso Rodríguez. Ya en el año 2010 apareció impresa en la prestigiosa editorial hispano-alemana, Iberoamericana/ Vervuert. Sin embargo, la publicación en el año 2011 de importantes datos sobre la biografía del cronista (Mira, 2011: 105-138), incitaron al Dr. Donoso a emprender una nueva reedición, ampliando y corrigiendo la semblanza del cronista. El resultado es una obra excelente, que aúna, por un lado, un estudio preliminar en el que se analiza con detenimiento la vida y la obra del cronista y, por el otro, una edición crítica del original, conservado en la Real Academia de la Historia de Madrid. En estas ediciones de 2010 y de 2015 el autor ha adoptado como criterio de transcripción las normas del GRISO-CEI, modernizando las grafías, aunque evitando en cualquier caso cualquier alteración fonética. El libro se cierra con un listado biográfico de los personajes citados en la crónica y con un índice de voces anotadas que resultan de una gran utilidad para el lector. Por cierto, que dicho listado de biografías, con ser útil y aclaratorio, contiene algunos datos erróneos y otros incompletos que habrá que perfeccionar en futuras investigaciones.

Alonso de Góngora, nacido en Carmona (Sevilla) el 20 de abril de 1523, empezó a escribir su obra al final de su vida, concretamente en 1572, después de haber leído la primera parte de La Araucana, acabándola el 16 de diciembre de 1575, según afirma él mismo en el colofón de su manuscrito. Dado que la narración empieza en 1536 y él debió llegar a Chile en torno a 1550, es obvio que la primera parte de la misma no es exactamente una crónica sino una historia, reconstruida en base a los testimonios orales y escritos que pudo recopilar.

El texto original fue remitido por su autor a España, dirigido y dedicado al presidente del Consejo de Indias, el extremeño Juan de Ovando, quien había incentivado la redacción de crónicas que perpetuasen la supuesta gesta conquistadora. Pese a consignarlo a la persona más indicada, permaneció inédito hasta la Edad Contemporánea. El primero en sacarlo a la luz fue el erudito sevillano Pascual Gayangos quien en 1852 lo publicó en el tomo IV del Memorial Histórico Español, siendo reeditado en 1862 en Santiago de Chile, concretamente en el tomo II de la Colección de Historiadores de Chile y documentos relativos a la Historia nacional. En el siglo XX fue reeditado sucesivamente en 1960, 1969 1990 y ya en el siglo XXI hemos conocido estas dos ediciones transcritas del original y prolijamente anotadas por el Dr. Miguel Donoso, en 2010 y 2015.

Gracias al cronista carmonense conocemos pormenorizadamente todos los sucesos ocurridos en el reino de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575. La historiografía contemporánea estima que esta obra, junto a las de Mariño de Lobera y Alonso de Ovalle, constituyen los pilares básicos para aproximarse a la conquista de este territorio.

Góngora se centró especialmente en la historia política, destacando todos los hechos de armas ocurridos en la conquista de Chile, de la que él fue un testigo de excepción. Narra los acontecimientos de forma secuencial, intentando no inmiscuirse en ellos. No obstante, no siempre lo consigue pues en algunas ocasiones se notan sus apreciaciones personales; por ejemplo, mientras compara reiteradamente al rebelde mapuche Lautaro con el demonio, en otras destacó su valentía y la de los demás aborígenes que habitaban la gobernación de Chile. Se aprecia, asimismo, esa agrupación tan generalizada en las crónicas de la Conquista entre indios-demonio frente a españoles- Dios. Así mientras los nativos estaban inspirados y ayudados por Satanás, los españoles estaban asistidos por el apóstol Santiago y por la Virgen María, por delegación expresa de Jesucristo.

El autor de la edición destaca la capacidad del cronista para trazar verdaderos retratos psicológicos de los personajes a los que describe. No tiene nada de particular que su obra resulte imprescindible para acercarse a las semblanzas de los principales conquistadores que se pasearon por el escenario chileno. Sirva de ejemplo el retrato físico y humano que hizo del gobernador Melchor Bravo de Saravia:

 

         "Era el doctor Saravia natural de la ciudad de Soria, de edad de setenta y cinco años, de mediana estatura… angosto de sienes; los ojos pequeños y sumidos; la nariz gruesa y roma; el rostro caído sobre la boca; sumido de pechos, giboso un poco mal proporcionado, porque era más largo de la cinta arriba que de allí abajo; polido y aseado en su vestir, amigo de andar limpio y que su casa lo estuviese; discreto y de bien entendimiento…Cudicioso en gran manera y amigo de recibir todo lo que le daban; enemigo en gran manera de dar cosa alguna que tuviese… Amigo de hombres ricos, y por algunos dellos hacía sus negocios, porque de los tales era presunción recibía servicios y regalos…"


 

La descripción no puede ser más detallada, tanto referida a aspectos físicos como a psicológicos, no quedando bien parado pues lo acusa no solo de ambicioso sino incluso de prevaricador. Detalles similares ofrece de otros gobernadores y capitanes que intervinieron en los sucesos que narra, como Pedro de Valdivia, Francisco y Pedro de Villagra o el gallego Rodrigo de Quiroga. Curiosamente, Francisco de Villagra, al igual que Pedro de Valdivia, perdió la vida a los 56 años, de muerte natural, por el agravamiento de la sífilis que padecía. Por cierto que, pese a morir relativamente joven y tras sufrir los dolores propios de esta enfermedad, afirma que tuvo una buena muerte, lo cual hay que entenderlo en comparación con la que padecieron otros protagonistas de la Conquista. De hecho, mientras éste recibió los Santos Sacramentos y dispuso su escritura de última voluntad, otros perdieron la vida en combate o simplemente asesinados.

De su personalidad, de su formación y de su religiosidad conocemos algunos detalles a través de su propia obra. En dos ocasiones vio o le pareció ver al apóstol Santiago al frente de las huestes hispanas. Y añade que quiso Dios que los cristianos no se perdiesen, preservando así la predicación de la fe entre los naturales. En otro momento, se le ocurrió pensar que la epidemia de viruelas que sufrieron los nativos fue obra de Dios, a quien califica de juez recto. Ello nos está evidenciando su profunda y sincera religiosidad. No en vano, procedía de una linajuda familia carmonense donde abundaban los presbíteros pues, no en vano, dos hermanos suyos lo eran. Con frecuencia destaca el poco decoro de algunos españoles que estaban amancebados con mujeres de la tierra, y ello a pesar de que él mismo vivió durante años en esa misma situación.

Como destaca el Prof. Donoso, Góngora se caracteriza por una modestia exquisita pues, a diferencia de otros, apenas hace uso de su erudición para vanagloriarse de sus amplios conocimientos. Bien es cierto que su formación era básica, la misma que disfrutaban en Carmona los hijos varones de las estirpes de la oligarquía. Descendía de Juan Jiménez de Góngora, alguacil perpetuo de Carmona, y cuya familia poseía su bóveda de entierro en el presbiterio de la iglesia conventual de San Francisco de dicha localidad. Su bisabuelo, su abuelo y su padre habían sido regidores del cabildo de Carmona, y posteriormente su tío Rodrigo de Quintanilla, su primo Rodrigo de Góngora y su hermano Pedro Hernández Marmolejo. Ahora bien, de todos sus parientes más cercanos el único que realizó estudios superiores fue su hermano, el licenciado Francisco Pancorvo, que estudio en Salamanca y se graduó en Valencia. En el testamento de su padre, éste dispuso que no se le tuviese en cuenta lo que gastó en su formación, pues de sus letras se aprovecharán sus hermanas y deudos cuando lo hubieren menester. Probablemente de la formación de su hermano se benefició también el propio Alonso de Góngora.

El carmonense se mostró muy preciso en los datos que ofreció aunque a veces le traicionó la memoria. Así, por ejemplo, cita a Francisco de Ulloa como natural de Cáceres, cuando en realidad es bien conocida su cuna emeritense, mientras que de Francisco de Villagra afirma que murió el 15 de julio de 1562 cuando en realidad su óbito ocurrió el 22 de junio de 1563, como bien señala el editor. Asimismo, fecha la escaramuza del valle de Purén en febrero de 1570 cuando en verdad sucedió, como anota certeramente el Dr. Donoso, en enero de 1571.

           En definitiva, creo que estamos ante la mejor y más completa edición de la obra de Alonso de Góngora. El estudio preliminar, en el que se analiza pormenorizadamente la vida y la obra del cronista, nos permite interpretar mucho mejor los hechos que narra y describe en su texto. Un libro, pues, imprescindible para todos los interesados en la etapa de la conquista y particularmente en la del reino de Chile.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña publicada en la revista Anales de Literatura Chilena Nº 27. Santiago, 2017, pp. 237-240).

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TOLERANCIA Y CONVIVENCIA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS

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DADSON, Trevor J.: “Tolerancia y convivencia en la España de los Austrias”. Madrid, Cátedra, 2017, 333 págs. I.S.B.N.:978-84-376-3682-5

 


           En principio el libro debía ser una edición en castellano de su obra “Tolerance and Coexistence in Early Modern Spain. Old Christians and Moriscos in the Campo de Calatrava” (Londres, Tamesis Books, 2014). Sin embargo, el autor ha pasado más de dos años retocando, completando y reescribiendo su obra original. De hecho, él mismo afirma en las palabras preliminares del mismo que ha aprovechado la ocasión para “actualizar el contenido de todos los capítulos, incluir nuevo material y cambiar o revisar otro”. El resultado es una obra imprescindible para los estudiosos del fenómeno morisco y, en particular, de la cuestión de la permanencia, tras los decretos de expulsión.

Como en la edición inglesa, el trabajo cuenta con una introducción, once capítulos, un glosario, una amplia bibliografía y un utilísimo índice de personas y lugares. Empieza analizando la situación de los moriscos antes de la expulsión, haciendo un especial hincapié en la actuación de la Inquisición y en la movilidad social y económica de esta minoría. Asimismo, frente a lo tradicionalmente sostenido, afirma que una parte de esta minoría era alfabeta y que, a medida que avanzaba el siglo XVI, su porcentaje aumentó, llegando a ser similar al que había entre los cristianos viejos. Pero es más, demuestra, con datos en la mano, el surgimiento de una élite morisca en Villarrubia bien instruida que quizás podría extrapolarse a otras villas morunas de la geografía española.

Le sigue un pormenorizado estudio de la expulsión y de la retorica del poder a favor de la misma, así como la oposición de amplios sectores de la población. Los fatídicos decretos fueron respaldados por la literatura oficial, que defendían su connivencia con los corsarios berberiscos o su mayor fecundidad, lo que significaba un potencial peligro para los cristianos. Pero no era cierto, pues ni había pactos con los berberiscos ni las parejas moriscas eran más fecundas que las formadas por cristianos viejos. Uno de los aspectos más novedosos de este trabajo es el estudio sistemático de todos los testimonios en defensa de la minoría conversa que se situó frente a la expulsión (Cap. 6). Hubo un sinfín de autoridades que se opusieron a la misma, desde religiosos –cardenales, obispos, abades o simples párrocos- a grandes señores –el duque del Infantado, por ejemplo- o simples regidores locales.

           El estudio de los que eludieron la orden de expulsión (Cap. 7) y los que regresaron (Cap. 8) es otro de los puntales de esta obra. No disponemos aún de datos exactos sobre el número de moriscos que permaneció en su tierra natal pero, a juicio del autor, bien pudo suponer el 40 por ciento de todos ellos, ¡en torno a 200.000 personas! Esclavos, niños menores de siete años, mujeres, ancianos y enfermos pero también familias integradas en la cristiandad. Como afirmó Domínguez Ortiz, había mucha diferencia entre unos moriscos irreductibles, como los valencianos, y otros más integrados en la sociedad cristiana mayoritaria. Muchas de estas familias ni siquiera fueron señaladas por sus conciudadanos, mientras que otras consiguieron demostrar su cristianismo sincero. Había habido no pocos matrimonios mixtos y sus descendientes lo eran tanto de cristianos viejos como de conversos. Algunos, incluso, ostentaban cargos de responsabilidad en los concejos y en algunas cofradías, en los momentos previos a la expulsión, lo que evidencia la confianza que depositaban en ellos sus conciudadanos. Además, habría que sumar los retornados, unos 30.000, o acaso más del doble si hemos de creer al historiador norteamericano Earl Hamilton. Una vez repatriados, algunos de ellos, residentes en el valle de Ricote y en el Campo de Calatrava, incluso otorgaron escrituras notariales para recuperar sus bienes, sin que nadie los denunciase por un retorno teóricamente ilegal. Un caso llamativo es el de Alonso Herrador, perteneciente a una conocida familia del Campo de Calatrava, que fue expulsado a Francia en agosto de 1611 y que ¡al mes siguiente! estaba de regreso en su villa natal, junto a otros de los compañeros de cadalso.

           Y finaliza el profesor Dadson disertando sobre la necesidad de reescribir la historia de esta minoría (Cap. 9), desde un enfoque diferente al tradicional y destacando la integración de una buena parte ellos (Cap. 11). Hay que corregir la tesis que defiende, siguiendo la literatura oficial, que la expulsión fue tan necesaria como inevitable. Los testimonios oficiales de la época moderna tienden a justificar lo injustificable, es decir, la expulsión, mientras que las fuentes inquisitoriales acentúan la diferencia. Pero no olvidemos que eran parte interesada, pues se financiaban en buena medida a través de las multas impuestas a esta minoría. Insiste el autor que no todo fue intolerancia dentro de la España casticista. Y no solo se integró a una parte de los moriscos sino también a los judeoconversos, al menos en el caso de Villarrubia de los Ojos, donde desaparecen de la documentación después de los procesos desarrollados entre 1511 y 1516. Fue precisamente esa coexistencia pacífica, a lo largo de más de un siglo, la que permitió que muchos evitasen el cadalso, tras los decretos de 1609 a 1614. Como dice acertadamente el autor, ni todos los moriscos eran falsos cristianos ni todos los cristianos viejos fanáticos intransigentes. La propia Inquisición, en ocasiones, se mostraba más tolerante de lo que cabría esperar, por lo que parece obvio que los fanáticos de un lado y de otro no dejaban de ser una parte más o menos pequeña. Frente a ellos hubo conversos dispuestos a integrarse plenamente y muchos cristianos viejos que los ayudaron en ese sentido, unos criticando la expulsión o consiguiendo permisos de permanencia para ellos, y otros, simplemente, no delatando el origen de sus conciudadanos. Hubo párrocos que omitieron la condición de moriscos de algunos de sus feligreses, que eran buenos cristianos y estaban bien integrados. En el momento de la expulsión, muchas familias conversas llevaban varias generaciones conviviendo pacíficamente con los cristianos de sangre limpia, sin que se apreciasen diferencias externas entre ellos.

           A mi juicio, este libro contribuye a desmontar la Leyenda Negra contra España, imperante desde la Edad Moderna en buena parte de Europa. Es cierto que hubo una España casticistas e intransigente que buscaba la limpieza religiosa, sin embargo, no lo es menos que había otra más tolerante, tradicionalmente silenciada por la historiografía. Se confirma pues, la tesis que hace años planteó Domínguez Ortiz y retomó recientemente Stuart Schwartz (Madrid, 2010) según la cual la tolerancia hacia otros credos estuvo más generalizada en el mundo ibérico de lo que se había creído. El hecho de que esta nueva obra se haya publicado en inglés y en castellano, puede facilitar la difusión de esta visión más equilibrada y coherente de nuestro pasado, al tiempo que revigoriza nuestro irrenunciable pasado moruno.

           Para concluir, huelga decir que esta obra constituye un nuevo hito en el estudio sobre la temática, similar al que en su día supuso la edición de Geógrafie de l’Espagne morisque (París, 1959) de Henry Lapeyre o la Historia de los moriscos (Madrid, 1993) de Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent. Un texto, pues, que es desde el mismo momento de su aparición de referencia obligada para todos los estudiosos de las minorías étnicas en la España Moderna.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Inseguridad colectiva. La Sociedad de Naciones, la guerra de España y el fin de la paz mundial

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JORGE, David: Inseguridad colectiva. La Sociedad de Naciones, la guerra de España y el fin de la paz mundial (Prólogo de Ángel Viñas). Valencia, Tirant Humanidades, 2016, 783 págs. I.S.B.N.: 978-84-16556-47-2

 

 

           Se trata de un volumen de cerca de ochocientas páginas de letra pequeña y prieta, en el que se documenta pormenorizadamente la actitud de la Sociedad de Naciones ante el golpe de estado encabezado por el general Francisco Franco. El manejo exhaustivo de fuentes documentales y bibliográficas permite a su autor establecer verdades y planteamientos incuestionables en torno a la actuación de este organismo supranacional en teoría encargado de velar por la democracia en el mundo.

           La Italia fascista y la Alemania nazi prestaron una ayuda incondicional a los alzados, incluso antes del golpe de estado. De hecho, están demostrados los contactos de monárquicos, falangistas y militares con la Italia de Mussolini, al menos desde abril de 1931, auspiciados desde la propia Italia por el exiliado Alfonso XIII. Adolf Hitler optó por un apoyo explícito no a los alzados sino al general Francisco Franco, reforzando su posición dominante sobre el resto del generalato insurgente.

En cambio, las democracias occidentales se negaron a ayudar a la República. Francia y Gran Bretaña mantuvieron a toda costa su neutralidad, secundada por otros muchos países europeos. Y lo hicieron a sabiendas de que otros estaban socorriendo a los alzados por lo que la decisión podría resultar fatal para la joven democracia española. Estaban amedrentadas por el poderío alemán, puesto de relieve por su ocupación de Renania, mientras los fascistas de Mussolini hacían lo propio con Abisinia. Alemania e Italia se frotaban las manos ante la oportunidad de conseguir un nuevo socio, si el alzamiento triunfaba, por lo que se pusieron manos a la obra ante la medrosa pasividad de las democracias occidentales a través de la Sociedad de Naciones. Estados Unidos, dado que no era miembro de la institución, jugó un papel muy secundario, pero su ayuda no pasó de la mera simpatía que el presidente F. D. Roosevelt sentía hacía la República. Solo el México de Lázaro Cárdenas, apoyado por Colombia, Ecuador, la República Dominicana y Haití, mostró claramente su apoyo a la causa española, enviando incluso algunos cargamentos con armamento. Sin embargo, otros muchos países latinoamericanos se mostraron en la misma línea de neutralidad que las democracias europeas. Y es que los ingleses y franceses estaban más interesados en atraer a Italia y a Alemania a la Sociedad de Naciones que en proteger a la República Española. Una decisión fatal pues desequilibró la balanza a favor de los insurrectos, condenando al desastre al régimen democrático.

           En el fondo nadie quería saber nada de una colaboración con el gobierno republicano que los enfrentase directamente a la Alemania de Hitler o a la Italia de Mussolini. Tenían un pavoroso temor a volver a iniciar una nueva guerra, al tiempo que pensaban que la República se había escorado a la extrema izquierda situándose en la órbita moscovita. Los franceses trataron de evitar la guerra hasta 1939 en que se supo la intención de los germanos de ocupar París, los ingleses hasta la Batalla de Inglaterra y los Estados Unidos y la URSS hasta 1941 en que les atacaron en Pearl Harbour los japoneses mientras los alemanes iniciaban la operación Barbarroja.

           Y se equivocaron gravemente porque la contienda española era mucho más que una guerra civil, se trataba en realidad, como afirma el autor, de una contienda internacional desarrollada en territorio español. Años después se lamentaría el filósofo Louis Althusser, denunciando el grave error que se cometió al ni proporcionar armas al ejército de la II República Española. En 1917 había dicho el presidente norteamericano Woodrow Wilson que la Gran Guerra sería la última contienda, “la guerra que acabará con todas las guerras”. El estallido de La Guerra de España, considerada el prólogo de la II Guerra Mundial, y la actitud turbia de la Sociedad de Naciones, darían al traste con tales previsiones.

La figura de Julio Álvarez del Vayo, durante buena parte de la guerra representante del gobierno republicano ante la Sociedad de Naciones, queda totalmente rehabilitada en este libro. Su esfuerzo fue incansable y encomiable, exponiendo el drama español de manera precisa y adecuada, muy acorde con la gravedad de la situación. No se le puede culpar a él de fracasar en su objetivo de modificar la posición neutral del organismo internacional. Si fracasó fue porque se encontró enfrente un bloque casi monolítico en favor de la no intervención que condenó a la II República española. Y ello a pesar de que advirtió por activa y por pasiva que la Guerra Civil española era la primera gran batalla de la II Guerra Mundial. De hecho, ya en su discurso ante la Sociedad de Naciones de septiembre de 1936 pudo decir que “los campos ensangrentados de España son ya, de hecho, los campos de batalla de la guerra mundial”. Una interpretación que hizo suya solo un año después el clarividente historiador Arnold J. Toynbee, además de otros grandes intelectuales que sí prestaron un apoyo moral a la República, entre ellos: Octavio Paz, César Vallejo, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Ernest Hemingway, Rafael Alberti, Antonio Machado, Nicolás Guillén, etc., etc.

Casi desde sus orígenes, la Sociedad de Naciones conoció el auge de los fascismos, al tiempo que se quebraba el sistema de seguridad colectiva que supuestamente la institución de Ginebra debía garantizar. La institución no tuvo voluntad intervencionista, pero aunque la hubiera tenía nunca dispuso de medios para implementarlas. Es decir, estuvo aquejada de falta de voluntad pero también había una total ausencia de mecanismos efectivos para aplicar las decisiones que se tomaban. Hitler y Mussolini habían incrementado paulatinamente su potencial militar, especialmente durante los años que duró la Guerra de España. Cuando ésta acabó, triunfando definitivamente el golpe, la Sociedad de Naciones había muerto. Cinco meses después estallaría la II Guerra Mundial.

Y para finalizar solo decir que se trata de una obra extraordinariamente documentada que aporta mucha luz sobre la actuación de la Sociedad de Naciones en la Guerra de España. Una actitud turbia, condescendiente con los totalitarismos, que abocó al fracaso a la II República pero que también arrastró al desastre a la misma institución ginebrina que apenas le sobrevivió unos meses.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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