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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Libros de Historia de América.

CIUDADES ESPAÑOLAS EN AMÉRICA

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FIGUEIRAS, Alfredo: Ciudades españolas en América. Editorial lacre, 2016

Esta obra nace de las vivencias personales de su autor, Alfredo Figueiras. Durante más de tres décadas fue piloto de Iberia y él entre vuelo y vuelo se dedicaba a conocer aquellas ciudades a las que arribaba. El autor conoce personalmente todas esas ciudades cuya fundación describe y eso se nota en el libro. No solo es valioso por las vivencias, por su amplia documentación sino también por las excelentes fotos que ilustran toda la obra, y que fueron tomadas por el propio autor.

En el libro se seleccionan un total de 16 ciudades fundadas por españoles en diversos confines del Nuevo Mundo. Se detiene en cada una de ellas, haciendo una breve reseña de su fundador y del escudo de la ciudad fundada.

Y es que los conquistadores españoles no solo conquistaban sino que la mayoría estaban obsesionados por fundar ciudades. Sabían bien que la mejor forma de asentar la conquista era poblar como se había hecho durante años en la reconquista. Eran conscientes de que poblar equivalía a someter definitivamente un territorio hostil.

Para crear una gobernación sobre la que gobernar hacía falta fundar urbes sobre las que reproducir la forma vida occidental. La condición de vecino era requisito previo para recibir solares, tierras y encomiendas así como para ostentar algún cargo concejil. En los núcleos urbanos se aglutinó la minoría hispana, convirtiéndose en centros de control del espacio y de sujeción de los pueblos de indios del entorno. Al mismo tiempo evitaba los vacíos de poder, estableciendo, sin solución de continuidad, un nuevo orden, sobre la antigua estructura política incaica. Un organigrama administrativo en base a pueblos de indios con sus curacas que se mantuvo intacto durante buena parte de la época colonial. De hecho, todos aquellos jefes locales que decidieron aceptar el nuevo poder, permanecieron en sus cargos, manteniéndose durante varios siglos la nobleza local incaica y en ocasiones hasta preincaica.

Esas vivencias de aquellos españoles que se recorrieron miles de kilómetros para fundar ciudades y trasplantar un pedacito de España en América, se encuentran recogidas en esta obra.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 


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MIRADAS SOBRE HERNÁN CORTÉS

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Martínez Martínez, María del Carmen y Mayer, Alicia (Coords.): “Miradas sobre Hernán Cortés”. Madrid, Iberoamericana, 2016, ISBN: 978-84-8489-990-7, 282 págs.

         En esta obra se reúnen las aportaciones presentadas a unos coloquios celebrados en marzo de 2015 y dirigidos por las dos coordinadoras. Participan en él algunos de los especialistas más reconocidos en la temática cortesiana, como Bernard Grunberg, Miguel León-Portilla, María del Carmen Martínez o Rodrigo Martínez Baracs, entre otros.

         El libro se abre con un trabajo del profesor Miguel León Portilla, centrado en las grandes expediciones al Mar del Sur, tras la conquista de la Confederación Mexica. En dichas páginas se muestra el carácter inagotable del conquistador, deseoso de explorar el Pacífico y llegar a Asia. Bien es cierto, que dicho texto es solo una versión resumida de su obra maestra “Hernán Cortés y la Mar del Sur” (México, ICI, 1985).

         Muy interesante es el aporte de Bernardo García Martínez, del Colegio de México. Aclara que junto a la conquista militar hubo otra política. Efectivamente, hubo muchos pueblos cuya élite gobernante aceptó el cambio de poder sin que se produjera una fractura. Destaca el caso llamativo, pero no único, del pueblo de Yanhuitlán, cuya dinastía alcanzó el poder en el siglo XI y lo mantuvo hasta el año 1629. Es decir, la élite dominante subsistió a dos conquistas, la mexica y la hispana. Lo que queda claro es que Hernán Cortés, como los propios mexicas, ofrecieron allí donde fue posible una transición pacífica, manteniendo la estructura política prehispánica. Y es que muchos pueblos del valle de México vieron la conquista no como un choque militar sino como un cambio político. Todos aquellos pueblos que aceptaron el nuevo vasallaje, la nueva religión y sus obligaciones tributarias fueron incorporados sin cambios traumáticos.

         Bernard Grunberg, por su parte, trata la figura de Cortés como un hombre de su tiempo, un continuador de la reconquista más allá de los mares. El autor destaca que se trataba de una empresa privada y que, por tanto, eran los caudillos hispanos los que asumían todos los riesgos, en servicio de Dios y de Su Majestad. Y lógicamente, tras la conquista, llegaron las compensaciones tanto económicas como sociales, aunque no políticas. Concluye Grunberg que el metellinense fue un gran guerrero que además terminó enamorándose de la tierra que conquistó. Ahora bien, también advierte que quizás no se haya ponderado adecuadamente el papel de algunos de sus principales lugartenientes, como Gonzalo de Sandoval, Andrés de Tapia, Pedro de Alvarado o Cristóbal de Olid. Y ello, sin olvidar, recuerda el autor, la visión de los vencidos.

         Por su parte Karl Kohut insiste en algo que ya sabíamos: el papel de las propias “Cartas de Relación” en el proceso de heroización del propio conquistador. Resalta el autor que, pese a la prohibición de su edición en España, por las presiones de Pánfilo de Narváez, en Europa fueron acogidas con verdadero furor. A juicio del autor, la edición alemana de 1550 constituye la cumbre de la heroización del metellinense.

         “Más pleitos que convenían a su Estado”, es el título del trabajo de la Dra. María del Carmen Martínez, usando una frase del cronista Francisco López de Gómara. Los problemas judiciales de Cortés comenzaron tras el nombramiento de la primera Audiencia de Nueva España, tras la muerte repentina del jurista Luis Ponce de León que debía realizar su juicio de residencia. A este tribunal de justicia acudieron decenas de descontentos con el conquistador, personas que no habían visto bien recompensados sus servicios. La presencia del metellinense o de sus decenas de apoderados en los juzgados fue ya continua hasta el final de su vida. Los pleitos que sostuvo el conquistador se cuentan por decenas, y la documentación está repartida por diversos archivos españoles y mexicanos.

         De la visión cortesiana en la obra de Gonzalo Fernández de Oviedo se ocupa Louise Bénat-Tachot, de la Universidad de Paris-Sorbonne. Como ya sabíamos, el cronista se muestra bastante crítico con las acciones del conquistador a quien afea especialmente su traición al teniente de gobernador Diego Velázquez. Y esta deslealtad con su superior la recalca el cronista en varias ocasiones a lo largo de su obra. Ahora bien, esa infidelidad no es incompatible con el hecho de que fuese un guerrero valiente, lo que le lleva a escribir, con motivo de sus exequias fúnebres, que por sus acciones en la guerra era una persona digna “de mucha memoria”.

         Complementario del artículo anterior es el que José Luis Egío dedica al cronista soriano Francisco López de Gómara que fue algo así como su cronista oficial, cantor de la gesta del metellinense. Destaca el autor que Gómara encontró en la comparación la herramienta más eficaz para ponderar las hazañas de su biografiado y exculparlo de casi todas las acusaciones.

         Alicia Mayer, profesora de la Universidad Nacional y Autónoma de México, destaca la visión de Cortés como héroe cristianizador que consagró la historiografía desde la segunda mitad del siglo XVI. Fue el franciscano Fray Gerónimo de Mendieta el que inició está visión del metellinense como un elegido por la providencia para extender el cristianismo, compensando el daño causado por los protestantes. Fray Juan de Torquemada, el criollo Carlos de Sigüenza y Góngora y otros escritores de su tiempo mantuvieron esta idea de que la gran proeza de Cortés había sido la evangelización de los naturales.

         Por su parte Antonio Rubial García traza un completo recorrido por la visión de Cortés desde el siglo XVI al XIX. Un lapso de tiempo en el que se pasa del héroe de los siglos XVI y XVII a la frialdad del XVIII y a la crítica abierta de los criollos de la época de la Independencia. El metellinense fue satanizado, al representar el símbolo de la dominación española. No fue la única diana, también fueron denostados Moctezuma y la Malinche como traidora, al tiempo que emergía un nuevo héroe de la resistencia mexicana: Cuauhtémoc. Complementario a este trabajo es el que firma Miguel Soto, referido a la imagen del conquistador en el México independiente hasta la época del gobierno populista de Porfirio Díaz. En general, la figura de Cortés estuvo demonizada, formando parte del discurso nacionalista. Y la animadversión llegó a tal punto que hubiesen profanado sus restos mortales en el Hospital de Jesús de no ser por la intervención de Lucas Alamán que se anticipó, ocultándolos. Servando Teresa de Mier, Tadeo Ortiz de Ayala, José María Luis Mora y otros historiadores del México independiente recriminaron la conquista en general, y cuestionaron la gesta de Cortés. Y ya en 1901, Genaro García, en su obra “Carácter de la conquista española en América y México” (1901), criticó a España por su intolerancia contra judíos, musulmanes e indios, al tiempo que comparaba a Cortés con un “nuevo Atila”. Obviamente, lo mismo la historiografía de la época moderna que la contemporánea se ha movido en función a una ideología y a unos intereses muy particulares, ajenos a la verdadera historia del personaje.

         El libro se cierra con un pequeño pero enjundioso trabajo de Rodrigo Martínez Baracs que, por cierto, es hijo del gran historiador cortesiano José Luis Martínez. Su trabajo lo titula “Actualidad de Hernán Cortés” y son reflexiones muy sabias y ponderadas que, a mi juicio, es lo más valioso de este libro. Él sugiere una visión ecuánime y rigurosa del conquistador más allá “de la vanagloria y de la culpa”. Y reivindica el papel de los propios mexicanos, pues son ellos y no los peninsulares que permanecieron en España, los descendientes de Cortes y su hueste. Es discutible su afirmación de que el avasallamiento de la población tras la conquista no fue mayor que el que ya sufrían en la época prehispánica. Ahora bien, sí acierta cuando sostiene que la situación de los naturales empeoró tras la Independencia, precisamente cuando perdieron su condición de indios y el control de pueblos y tierras.

         En líneas generales este volumen constituye una puesta al día de lo que sabemos sobre Hernán Cortés. Contiene muchas ideas sugerentes que tratan de ubicar al conquistador en su contexto histórico. Una lectura recomendable y sugerente ahora que se acerca el quinto centenario de la llegada a Veracruz del conquistador. Tiempo habrá en estos años conmemorativos, de 2017 a 2019, de hablar de su figura y de tratar de contextualizar los hechos.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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UN ERROR HISTÓRICO: LA IDENTIDAD DE ALONSO DE MENDOZA

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CARMONA CERRATO, Julio: “Un error histórico: la identidad de Alonso de Mendoza”. Don Benito, XV Premio de Investigación Santiago González, 2016, 389 págs.

           Su autor, paisano de su biografiado, nos aclara la identidad de Álvaro de Mendoza y de sus hijos que alcanzaron gran notoriedad en la América de los siglos XVI y XVII. De los más de 14.000 extremeños que hicieron las Américas hay varios cientos de ellos que están mal identificados. Empieza el autor desmontando la idea tradicional de que Alonso de Mendoza –que tiene una calle en Don Benito- fuese el fundador de la ciudad de La Paz. Como demuestra el autor, el fundador de esta urbe fue un zamorano del mismo nombre. Y es que la existencia de varios homónimos del mismo nombre ha favorecido la confusión.

           El dombenitense Alonso de Mendoza era en realidad un criollo, aunque eso sí, hijo del capitán Álvaro de Mendoza Carvajal. Este último nació en Don Benito en torno a 1504, pasando a América en 1534, en la expedición liderada por Rodrigo Durán. Una vez en llegado a las Indias, participó en numerosas campañas militares, a las órdenes de Pedro de Heredia y de Jorge Robledo en Popayán y Antioquía. Estuvo presente en la fundación de las ciudades de Anserma y Cartago. Obviamente, cuando se produjo el enfrentamiento entre Pedro de Heredia y Sebastián de Belalcázar se posicionó del lado de su pariente político Pedro de Heredia. De vuelta en Cartagena ostentó la alcaldía ordinaria del cabildo, al tiempo que era capitán y maestre de campo. Asimismo poseyó enjundiosas encomiendas, sobre todo desde 1550 en que obtuvo las de Pinchorroy y Chenú.

En 1555 se embarcó hacia la metrópolis en la accidentada flota del general Farfán que sufrió numerosos avatares y terminó naufragando. Pero Álvaro de Mendoza y su hermano Francisco de Carvajal sobrevivieron al percance y se presentaron en Valladolid, obteniendo numerosas mercedes de Felipe II.

En 1557 estaba de vuelta en Cartagena de Indias, siendo en ese momento gobernador Gonzalo Jiménez de Quesada. Un contratiempo pues ya no existía la protección de su pariente Pedro de Heredia y fue residenciado, siendo condenado primero y en absuelto en grado de apelación. En 1559 participó en la defensa de Cartagena ante el asalto de los corsarios galos Martín Cote y Jean de Beautemps. Poco después se reembarcó por segunda vez hacia España, estando de vuelta en Cartagena de Indias en 1560. En 1568, siendo maestre de campo de Cartagena, hizo frente al asalto de la ciudad por parte del corsario inglés John Hawkins. Y siendo ya un anciano, en 1586, vivió la dramática ocupación de la ciudad, por parte del corsario Francis Drake. El dombenitense sobrevivió al menos hasta 1598 aunque ya con más de 90 años de edad y prácticamente impedido.

Fruto de su matrimonio con Francisca de Heredia, sobrina del gobernador y fundador de la ciudad de Cartagena Pedro de Heredia, nacieron varios hijos: Alonso de Mendoza, Francisco de Carvajal y María de Mendoza. Estos perpetuarían su linaje en Cartagena de Indias.

           Cono conclusión, el libro detalla con minuciosidad las andanzas de Álvaro de Mendoza, al tiempo que aclara que su hijo, el criollo Alonso de Mendoza no fue el fundador de la ciudad de La Paz. El libro está muy bien documentado y el esfuerzo de su autor es digno de elogio. A mi juicio, el título de la obra debió ser otro; no Alonso de Mendoza, que ni fundó La Paz ni tan siquiera era extremeño, sino Álvaro de Mendoza. Éste dombenitense sí que tuvo una vida casi novelesca y digna de ser recordada. Habría que plantearse, quizás mantener por tradición histórica la calle de Alonso de Mendoza, pero urge colocar otra a Álvaro de Mendoza Carvajal, este sí, un dombenitense que sobrevivió a rebeliones, ataques corsarios y a tempestades.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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MARÍA DE TOLEDO. LA PRIMERA VIRREINA DE LAS INDIAS

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TOLA DE HABICH, Fernando: María de Toledo. La primera virreina de las Indias. México, Factoría Ediciones, 2016, 133 págs.

Se trata de la primera biografía que se escribe sobre María de Toledo, virreina de las Indias, esposa de Diego Colón, hijo primogénito del primer Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón. Es un libro de bolsillo, muy bien escrito, que se lee de principio a fin sin dificultad.

           María de Toledo nació en 1490 en el seno de una casa de alta alcurnia, siendo hija de Fernando Álvarez de Toledo y Enríquez, Comendador Mayor de León, y de María de Rojas y Pereira. Era sobrina tanto de Fernando el Católico como del Duque de Alba. Marchó con su esposo a las Indias, instalándose en la Ciudad Primada de Santo Domingo en 1509. Se establecieron provisionalmente en las Casas Reales, donde se alojaban los cargos oficiales, hasta que en 1514 estuvo acabado su palacete. La gobernación de la isla fue muy problemática, por el duro enfrentamiento entre el grupo colonista y el oficial, liderado por Miguel de Pasamonte.

En 1514, Diego Colón regresó a España, dejando en Santo Domingo a su esposa, junto a cuatro hijas procreadas en esos años: Felipa, María, Juana e Isabel. No cuesta imaginar a la virreina, constantemente embarazada y dedicada por entero a la crianza de sus hijas. Su marido no regresó hasta 1520, de nuevo con el rango de gobernador y virrey de las Indias, permaneciendo en el cargo por el breve espacio de tres años. Sin embargo, en ese lapso de tiempo, tuvieron tiempo de procrear a dos hijos varones, quedando ella embaraza a la partida de su marido. Por cierto, que en 1523 se despidieron en la isla y nunca se volvieron a ver porque él murió en España el 23 de febrero de 1526 mientras seguía a la corte de Carlos V para reivindicar sus derechos.

           La virreina regresó a España en 1530, tras pasar veintiún años en Santo Domingo. En España continuó la reivindicación de su marido, ya en este caso tratando de defender los intereses de sus hijos. Asimismo, gestionó el testamento de su marido, tratando de poner en práctica íntegramente su voluntad. Asimismo, trató de buscar una solución a la biblioteca de Hernando Colón, de más de 15.000 ejemplares, que éste había legado a su sobrino Luis Colón. Sin embargo, María de Toledo, ignorando lo dispuesto por su cuñado, depositó los libros en el monasterio sevillano de San Pablo, donde permanecieron hasta que en 1552 entraron en posesión del cabildo catedralicio donde parcialmente todavía permanecen. A María de Toledo se le ha afeado que infravalorase este conjunto de libros que era en aquel momento una de las mejores bibliotecas del mundo.

Catorce años después, en 1544 decidió regresar a la Ciudad Primada, llevando consigo los restos mortales de su suegro Cristóbal Colón y de su marido. Pretendía darles sepultura en la capilla mayor de la Catedral de Santo Domingo, siguiendo los deseos testamentarios de su marido. Se hace eco el autor de los aportes de Anunciada Colón de Carvajal y Guadalupe Chocano quienes defendieron que el traslado de los restos del Primer Almirante fue en esa fecha de 1544. Sin embargo, como reconoce el propio autor, ese traslado también se pudo haber producido en 1537 o en algún año inmediatamente posterior. A mi juicio, sigue habiendo dudas al respecto.

En la isla le esperaban sus hijos, Luis Colón, de 21 años, y Cristóbal de 20. El primero marcharía a España y el segundo permaneció en la isla, administrando el patrimonio familiar indiano. En Santo Domingo vivió hasta su fallecimiento en 1549, acompañada en todo momento por su hijo Cristóbal. Siete meses antes de su óbito, exactamente el 12 de octubre de 1548, redactó su testamento, ordenando su entierro en la capilla mayor de la Catedral Primada donde –decía- están sepultados los Almirantes mis señores.

           María de Toledo, vivió la vida que le correspondió, muy encorsetada por su linajuda familia. De hecho, se casó con la persona que su padre le eligió y cumplió con lo que se esperaba de ella, es decir, que desempeñase bien sus obligaciones como esposa y como madre. No protagonizó nunca ningún escándalo y llevó una vida discreta, de ahí que el siempre crítico padre Las Casas tuviera solo buenas palabras hacia ella: señora prudentísima y muy virtuosa, escribió en su Historia de las Indias.

           El libro atesora varios aspectos meritorios: primero, es la primera monografía escrita sobre María de Toledo. Segundo, está muy bien redactado, con una literatura sencilla y asequible hasta el punto que se lee casi como una novela histórica. Y tercero, está magníficamente documentado, pues ha analizado la bibliografía más específica sobre la familia Colón y sobre la isla Española. 

           En definitiva, creo que se trata de un buen libro, que sitúa como protagonista del mismo a una mujer, contribuyendo a dar visibilidad a este colectivo. Éstas estaban ahí aunque fuese en un velado segundo plano, pues, como reza el dicho popular, detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Por todo lo dicho, estas páginas son de lectura recomendada para cualquier persona interesada en la Historia del Nuevo Mundo y muy particularmente en el papel desarrollado por las mujeres.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LOS ECOS DE LA ARMADA

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SANZ CAMAÑES, Porfirio: Los ecos de la Armada. España, Inglaterra y la estabilidad del Norte (1585-1660). Madrid, Sílex, 2012, 443 págs. I.S.B.N.: 978-84-7737-570-8

        Las batallas de la Armada Invencible, Lepanto y Trafalgar han marcado la historia de España en los últimos cinco siglos. Este libro, del profesor Sanz Camañes, tras sintetizar los hechos de 1588, analiza con detalle las secuelas, “los ecos”, de aquella contienda sobre la política internacional hasta avanzado el siglo XVII.

        El conflicto anglo-español se remontaba a principios del siglo XVI, agudizándose a partir de 1560, cuando comenzó a implantarse en Inglaterra el anglicanismo. Las diferencias entre católicos y protestantes en la Europa del siglo XVI terminaron provocando un distanciamiento irreconciliable entre ambos países. Cada vez más, los corsarios ingleses -especialmente sir Francis Drake y John Hawkins- practicaban campañas de saqueo y rapiña en los puertos de la América Hispana, interfiriendo gravemente en el tráfico mercantil. Por eso, desde el tercer tercio del siglo XVI dominaba en la monarquía de los Habsburgo la idea de que era necesario frenar la política isabelina para salvaguardar la seguridad no solo de las flotas y puertos indianos sino de la propia España. Desde 1588 pasaron de la guerra encubierta al enfrentamiento abierto.

            El monarca Prudente juntó en Lisboa una armada de unas proporciones nunca vista, con la que pretendía dar un gran escarmiento a los británicos. El objetivo no era invadir Inglaterra, ni tan siquiera destruir la armada inglesa, sino simplemente asestar un golpe de fuerza que obligase a la reina Isabel a rectificar su política antiespañola. Pero las cosas no salieron según  lo esperado, la armada se vio obligada en el camino de regreso a bordear las islas Británicas, sufriendo todo tipo de penalidades. Un cúmulo de decisiones erróneas que, unido a la mala fortuna, dio al traste con el proyecto de Felipe II. Y aunque nunca fue derrotada por la escuadra inglesa, lo cierto es que lo que no hizo el enemigo se encargó de hacerlo la meteorología. Una serie de tormentas, desencadenadas los días seis, diecinueve y veintidós de septiembre terminaron por desaparejar la armada. No pocos navíos se vieron obligados a arribar a puertos escoceses e irlandeses, corriendo los tripulantes una suerte muy dispar. Algunos fueron acogidos por familias escocesas y regresaron meses después a España pero la mayoría de ellos fueron robados y asesinados, mientras el resto de las naves sufrían hambrunas por falta de víveres, frío y epidemias.

            En total, de los ciento treinta buques solo regresaron sesenta y seis y de los veintiocho mil hombres embarcados tan solo diez mil. La improvisación con la que fue pertrechada, las indecisiones del duque de Medina Sidonia, la incompetencia de Alejandro Farnesio y los desastres atmosféricos convirtieron a la Invencible en uno de los mayores dramas de la historia naval española. España perdió buena parte de su armada así como a muchos de los altos mandos, como Oquendo, Leiva o Moncada. Por cierto, Medina Sidonia, la máxima autoridad de la armada, no solo sobrevivió sino que el rey le mantuvo sus honores, probablemente porque entendió que no hubo cobardía ni defección, lo que sin duda le hubiese llevado al patíbulo.

        Sin embargo, como todos los hechos que pasan al imaginario colectivo, la contienda se ha estereotipado de manera interesada. Y es que como afirma el profesor Sanz Camañes, las repercusiones de la batalla se prolongan en el inconsciente colectivo hasta el mismísimo siglo XXI. Fue la propia Inglaterra la que bautizó torticeramente a la escuadra española como la “Invencible”. Y ello con el objetivo premeditado de ensalzar su propia gesta, asimilando a los ingleses con David y a los españoles con Goliat. Un país pequeño que con tesón y una mayor altura moral fue capaz de derrotar a la tiranía de un gigante. La Leyenda Negra antiespañola hizo el resto. Nada más conocerse la derrota de la armada española, Inglaterra se inundó de panfletos en los que se explicaba la victoria en términos religiosos y providencialistas. Los ingleses tomaban conciencia de su nacionalidad al tiempo que propagaban el inicio de su dominio de los mares y la decadencia del gigante hispano. Y es que, como muy bien afirma el profesor Sanz Camañes, España no solo fue derrotada en el mar sino que perdió también el combate por la propaganda. Inglaterra obtuvo un altísimo rédito de su victoria sobre la escuadra hispana. En cambio, en España apareció una amplia generación marcada por el derrotismo, de ahí que Francisco de Quevedo se lamentase de aquellos muros caídos de su patria.

        Ahora bien, como aclara el autor, la derrota de la Invencible no supuso ese punto de inflexión que la historiografía inglesa ha pregonado. De hecho, tras el envite, a sabiendas de la indefensión de España, la escuadra inglesa realizó una campaña de asaltos sobre puertos españoles que se prolongó hasta 1591 y que acabó en un sonoro fracaso. Y es que España mantuvo la primacía en los mares al menos durante todo el reinado de Felipe II. De hecho, tras el fiasco de 1588, Felipe II comenzó una política agresiva encaminada a consolidar los intereses geopolíticos del imperio. Lo primero que hizo fue reconstruir la flota, creando el servicio de Millones, que implicaba el reparto de los costes entre cada corregimiento, que pagaban en función al número de vecinos. Mucho antes del final de su reinado disponía de un número de navíos y un tonelaje similar al momento anterior a la derrota. Además, diseñó un proyecto de consolidación de la red de fortalezas de las colonias americanas para impedir o al menos frenar los ataques corsarios. Y finalmente, impulsó el corso hispano, practicado lo mismo desde los puertos del norte de España como desde Dunquerque, en Flandes. La monarquía hispana pagaba a los ingleses con su misma moneda.

        Y es que el rey Prudente tenía muy claro algo que, escribiría dos décadas después el conde de Gondomar, embajador español en Londres, que “el que es señor de la mar lo es también de la tierra”. Realmente, el poderío naval español no comenzó a declinar hasta la primera década del siglo XVII. E incluso después de esa fecha, casi hasta el final de la Guerra de los Treinta Años, mantuvo su dominio de los mares, merced a un sistema bastante eficiente de flotas y armadas.

        Sin duda alguna, la derrota de la Armada española, al mando de Antonio de Oquendo, en las Dunas (1639) sí que supuso un punto de inflexión en el dominio español de los mares. No en vano, de la derrota de la Invencible se recuperó pero de la de las Dunas nunca se recobraría totalmente. Las rebeliones internas así como los desastres terrestres y navales externos llevarían a la monarquía hispánica al borde del colapso. Ya en 1641, el embajador inglés en Madrid pudo decir  que “la grandeza de esta monarquía –la hispánica- apunta a su final”.

        La llegada de Jacobo I al trono Inglés y de Felipe III al español, así como el buen hacer del embajador español en Londres, el conde de Gondomar, permitió un amplio período de entendimiento entre las dos potencias. Como dice Porfirio Sanz, la gran habilidad diplomática de Gondomar aproximó más que nunca las posiciones hasta entonces irreconciliables de ambas naciones. El Tratado de Londres (1604) dejó atrás las irreconciliables relaciones del siglo XVI, dando paso a un período de tranquilidad entre ambos países. El principal beneficiario fue sin duda la monarquía hispánica que con la neutralidad inglesa recibía oxígeno, al tiempo que mantenía el control de la mayoría de sus rutas comerciales. Los irlandeses también tomaron oxígeno ante la tolerancia de Inglaterra con los católicos, así como los mercaderes ingleses a los que se les permitió volver a comerciar con los puertos del Imperio Habsburgo. Veintiséis años después, en 1630, se firmaría entre ambos países el Tratado de Madrid, en el que se relanzaba el acuerdo de paz de 1604. Y pese a las discordias en tiempos de Oliver Cromwell, de nuevo en las paces de 1660 se reanudaría la concordia, aunque jamás se recuperarían las plazas de Dunquerque o Jamaica.

        Estamos ante una obra excepcionalmente documentada, que desmonta con argumentos y datos concretos los mitos difundidos desde el mismo siglo XVI por la historiografía inglesa. Solo se le pueden objetar algunas cuestiones menores de poca importancia. Por ejemplo, en la pág. 151 se habla de la flota del Perú, nombre inapropiado porque no existía como tal, más allá de los Galeones de Tierra Firme, a los que probablemente se refiere el autor y en cuyo cometido estaba el transporte de la plata peruana. En relación a la bibliografía, aunque el libro se publicó en 2013, la mayoría de las referencias son anteriores a 2006, siendo apenas tres o cuatro las referencias posteriores a esta fecha. Da la impresión que el texto original se escribió años antes y que el autor se limitó a incorporar en los años posteriores alguna lectura esporádica. Para acabar solo resta destacar el valor de esta obra que, a mi juicio, es imprescindible para valorar objetivamente la casi legendaria batalla de la Invencible y sus consecuencias.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA PATRIA DEL CRIOLLO

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MARTÍNEZ PELÁEZ, Severo: La patria del criollo. Ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca. México, Fondo de Cultura Económica, 1998, 543 págs. I.S.B.N.: 968-16-5160-X

           Esta obra fue editada por la Universidad de San Carlos de Guatemala en 1970 y reeditada en México en 1998, poco después del fallecimiento del autor. Lo que quiero decir con ello es que, aunque yo lo haya leído y conocido ahora, estamos ante un trabajo clásico que se acerca al medio siglo de vida.

           Se trata de un trabajo ambicioso y denso, con más de medio millar de páginas apretadas, en el que se analiza la sociedad guatemalteca desde la formación de la colonia hasta el siglo XX. Es mucho más que un estudio del criollismo, aunque le dedique a éste una especial atención. En cuanto a las fuentes, aunque utiliza una gran variedad, gran parte de la información procede del análisis detallado de la obra “Recordación florida” del cronista guatemalteco del seiscientos Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. Un criollo que escribe a favor y en defensa de su clase, pero que aporta datos esenciales para el conocimiento de la sociedad colonial guatemalteca.

           Tras la conquista, la sociedad quedó configurada claramente en vencedores y vencidos. Los primeros eran los blancos y los segundos los indios; sin embargo esta simple estructura social se fue haciendo progresivamente más compleja con el paso de los años. Entre los blancos se fueron configurando dos clases sociales con intereses opuestos: los españoles peninsulares, y los criollos, descendientes de los primeros conquistadores y pobladores. Además aparecieron otros grupos sociales, como las clases medias urbanas, los esclavos negros y las castas, mestizos, mulatos y zambos, con circunstancias sociales e intereses muy variados.

           La Corona recompensó los esfuerzos de sus conquistadores, otorgándoles mercedes, es decir, tierras y encomiendas. Esta última constituyó en la praxis una forma encubierta de esclavitud, pues permitió a los encomenderos apropiarse de la fuerza productiva de los indios. Todos los indios en edades comprendidas entre los 16 y los 60 años debían prestar servicio a cambio de un real diario que, además de ser una cantidad ínfima, ni siquiera se le abonaba en la práctica. Pero estas concesiones fue un sistema hábil que le permitió a la monarquía ganar un imperio sin apenas ocasionarle gastos. Sin embargo, no tardó en aparecer la contradicción del sistema, es decir, los intereses contrapuestos entre los primeros pobladores y sus descendientes –criollos- y los peninsulares –llamados gachupines- que defendían los intereses de la Corona. Ese enfrentamiento se fue haciendo progresivamente más agrio y a largo plazo terminó desembocando en la Independencia. La clase criolla se autoafirmó justificando primero el sometimiento de los vencidos en su propio beneficio y en su defensa frente a los peninsulares que pretendían limitarles y recortarles su poder. Ellos se convirtieron en los verdaderos explotadores de la población indígena, mientras que los administradores llegados desde España adoptaron el papel, también interesado, de defensores de los indígenas. La pugna entre españoles peninsulares y españoles americanos, apareció poco después de la primera conquista. En toda la América Colonial hubo una virulenta enemistad que en algunos casos extremos, como el Perú, llegó a provocar una guerra civil. Los criollos admiraban a los conquistadores y su hazaña, pues era una forma de reivindicar sus merecimientos y derechos, frente a los peninsulares a los que veían como advenedizos. En cambio, estos últimos defendían los intereses reales y por tanto, tendían a proteger a los vasallos y tributarios del rey, es decir, a los indios. Además, su altivez y engreimiento provocaba la ira de los criollos, que se sentían discriminados socialmente y políticamente, pues no podían acceder a los altos cargos de la administración colonial.

Para los criollos un indio era un trabajador al que explotar en su propio beneficio, mientras que para los peninsulares eran tributarios del rey a los que había que preservar. En ese sentido fueron expedidas las Leyes Nuevas de 1542, pues pretendió sin éxito sacar a los indios de las manos de los conquistadores y convertirlos en tributarios de la Corona. En Guatemala fue el presidente de la audiencia, Alonso López de Cerrato, el encargado de aplicar las leyes de 1542, algo que hizo con eficiencia, pese a la indignación de los criollos. Pero digo que a la postre no hubo éxito porque los criollos se las apañaron para perpetuar las encomiendas y para obtener mano de obra gratuita para sus haciendas. Al final se prorrogaron las encomiendas para los descendientes hasta en cuarta y en quinta generación, y se disimularon los excesos a cambio de contribuciones extraordinarias la Corona. Los encomenderos compraron tierras, alrededor de sus encomiendas para usar a los nativos en ellas. El negocio era redondo, mano de obra gratis para sus haciendas, por lo que los criollos se convirtieron en una clase explotadora y parasitaria, pues vivía sin trabajar. Por eso, afirma con razón el Prof. Severo Martínez que la patria del criollo no era en absoluto la patria del indio.

           La nación india fue siempre vapuleada, sometida, esclavizada y pauperizada, primero por los conquistadores y luego por los criollos. Fueron reducidos a pueblos, después de 1542, para favorecer su protección frente a los encomenderos. Ellos, acostumbrados a una forma de vida más dispersa, no lo vieron con buenos ojos pero lo prefirieron a seguir en la esclavitud al lado de los criollos. En general, los indios rehusaban trabajar a cambio de nada y tendían a escaparse a los montes fuera del alcance de sus dominadores. Por eso, los cronistas criollos hablan de la holgazanería de aquellos, que no era tal, sino una mera resistencia legítima a la esclavitud. Ellos veían que su esfuerzo era en balde, por eso mostraban el desgano por el trabajo, siendo preciso obligarlos con amenazas y azotes. Existía la necesidad de someterlos mediante el terror y el castigo permanente para evitar que levantasen la cabeza. Unos castigos que podían recibir tanto de la élite o de sus corregidores como de los propios caciques que colaboraban con los blancos en su sistema de explotación.

También los esclavos negros, formaban otro grupo social dominado, en una situación casi tan mala como la de los indios. A diferencia de otras zonas americanas, como las Grandes Antillas, los esclavos de color nunca fueron un grupo numeroso ya que el grueso del trabajo en las haciendas recayó sobre el trabajo servil de los indios y mestizos.

           Entre la minoría dominante –peninsular y criolla- y la mayoría oprimida – indios y esclavos africanos- surgieron un amplio conglomerado social de capas medias o media alta, como los artesanos, los mestizos o los grupos medios urbanos y rurales. Los intereses de estos grupos no coincidían ni con los de los criollos ni con los de los peninsulares. De hecho, en el siglo XIX trataron de hacer su revolución de independencia propia, como la encabezada por el cura mestizo José María Morelos. Sin embargo, estos intentos independentistas fueron contrarrestados por la represión de los propios criollos que querían hacer una independencia a su medida. Y lo lograron, de forma que este grupo social se consiguió perpetuar en el poder hasta nuestros días.

           Sorprende la ecuanimidad del autor, cuando culpa de buena parte de los males de su país a la perpetuación de las estructuras coloniales por parte de la élite local. El culpable de la situación actual –afirma- no es España ni los españoles sino la élite guatemalteca que ha perpetuado sus intereses de clase y sigue tratando a los indios y a las castas como sus subordinados. La revolución de las estructuras coloniales no se ha producido aún y la mayoría social está sometida a la élite terrateniente dominante. La Independencia la hicieron los criollos no para acabar con la estructura social colonial sino al contrario, para perpetuarla y beneficiarse de ella sin tener que rendir cuentas a las autoridades españolas. La Ley de la Vagancia, aprobada en 1934, que permitía condenar a trabajos forzados a aquellos indígenas que no hubiesen cumplido cien jornales al año en las fincas de los terratenientes supuso la culminación de la explotación servil de la población indígena.

Asimismo, defiende que lo indio es una creación del periodo colonial. Por ello, es absurdo tratar de preservarlos en su atraso primigenio como si fuesen piezas de museo o especímenes para el trabajo antropológico. Deben evolucionar y sumarse a la sociedad del bienestar; su redención debe venir de la mano de la lucha obrera, que no distingue entre etnias sino entre explotadores y explotados. Una opinión discutible pero en cualquier caso valiente, pues defiende el indigenismo frente al indianismo, al tiempo que señala como culpables a la propia élite guatemalteca.

           Para finalizar, decir que se trata de un trabajo de referencia para el estudio del pasado y del presente de América Latina y, en particular, de Guatemala. Una obra muy bien razonada que destapa las mentiras de la historiografía oficial guatemalteca que ha tratado de buscar culpables externos cuando, en realidad, los tenía mucho más cerca, dentro de sus propias fronteras nacionales.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LAS REDUCCIONES JESUÍTICAS DEL PARAGUAY

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DÍAZ RISCO, Juan: Las reducciones jesuíticas del Paraguay. Madrid, Éride Ediciones, 2014, 706 págs. I.S.B.N.: 978-84-16085-95-8

           El autor se declara autodidacta, un apasionado por la historia, que ha dedicado varios años de su vida a estudiar las reducciones del Paraguay, accediendo a los fondos documentales del Archivo jesuítico de Alcalá de Henares. Y su falta de formación académica se nota sobre todo en la forma heterodoxa de construir su relato: insertando en el mismo cuerpo del texto documentos que ilustran sus afirmaciones. Pero esta fórmula, tan poco usada en los medios universitarios donde preferimos los apéndices documentales y el abigarramiento de las notas a pie de página, lejos de ser una rémora, le proporciona una gran viveza a su relato. De hecho, consigue sumergir al lector en el fabuloso mundo de las reducciones guaraníes. Asimismo, dichos textos transmiten la sensación de que el autor sabe de lo que habla y que cada una de sus afirmaciones está perfectamente documentada. Y dado que va glosando los textos, uno puede saltarse perfectamente la lectura de los que crea prescindibles sin perder el hilo de la narración.

           El libro comienza con una introducción que arranca desde el Descubrimiento de América, mencionando el testamento de Isabel “La Católica” y la legislación posterior protectora del amerindio. Las Leyes de Burgos de 1512 y sobre todo las Leyes Nuevas de 1542 regularon el trabajo del nativo, tratando de impedir su esclavitud. Omite en dicha introducción los antecedentes reduccionistas, llevados a cabo en las Antillas Mayores, en Nueva España y en Perú. De especial importancia fueron las pioneras reducciones llevadas a cabo por los frailes Jerónimos, a partir de 1518, en la Española y de las que no se dice ni media palabra.

Las reducciones a pueblos tuvieron dos motivaciones distintas: una, la protección de los aborígenes del pernicioso contacto con los hispanos. Esta fue la idea que inspiró los experimentos antillanos, los proyectos de Vasco de Quiroga, del padre Las Casas y del Obispo Marroquín, así como las reducciones jesuíticas. Y otra, la de controlar laboralmente a una población que vivía excesivamente dispersa. A esta segunda motivación respondieron muy claramente las reducciones planteadas, por ejemplo, por el virrey Francisco de Toledo en el Perú. En la segunda mitad del siglo XVI muchos religiosos, como fray Gerónimo de Mendieta, denunciaron claramente las reducciones, alegando que servían para que explotar más intensivamente a los indios y de paso, para apropiarse de las tierras abandonadas que estos abandonaban. Pero, en uno u otro caso, las reducciones tuvieron unas consecuencias fatales para los amerindios. Provocaron la ruptura definitiva de sus estructuras prehispánicas así como de sus nichos ecológicos, desarraigándolos de la tierra y acentuando la virulencia de las epidemias. En líneas generales, las reducciones indígenas, pese a que en muchos casos, se llevaron a cabo de manera bienintencionada, provocaron más perjuicios que beneficios, sobre todo en lo relacionado con la difusión de las enfermedades.

El caso de las reducciones de guaraníes practicadas por los jesuitas en los siglos XVII y XVIII es singular porque afectaban a pueblos nómadas o seminómadas que fueron sedentarizados. El objetivo no era su aprovechamiento interesado de la mano de obra, como en otros lugares de América, sino preservarlos de las mortíferas encomiendas y de la perniciosa influencia de los españoles, y evangelizarlos. Visto desde hoy se puede considerar una práctica etnocida pues se trataba de que renunciasen a su forma de vida y a su cosmovisión para que adoptasen las costumbres y la forma de vida europea. Pero el fin era noble pues, como ya hemos dicho, su obsesión era protegerlos y evangelizarlos. Los religiosos estuvieron guiados por un amor al indígena, convirtiendo sus misiones en verdaderos refugios y en escuelas de cultura, civilización y religiosidad.

Todo empezó en 1607 cuando el gobernador de Paraguay, Hernandarias de Saavedra, auspició la creación de las misiones jesuitas, obteniendo un permiso regio. El 29 de diciembre de 1609 el padre Marciel de Lorenzana fundaba la primera misión, la de San Ignacio Guazú. Después vendrían otras fundaciones, como las de Nuestra Señora de Loreto, San Ignacio Miní, Santo Tomé o la Concepción. Poco antes de la expulsión, en 1768, los pueblos administrados por los jesuitas eran un total de treinta y dos.

En estos pueblos, los seguidores de San Ignacio de Loyola, crearon un sistema político, económico y social pionero. Una forma de autogobierno y autoadministración indígena, formado por comunas libres de trabajadores. Los integrantes de las reducciones fueron eximidos de la encomienda, evitando los servicios personales a los españoles en condiciones de semiesclavitud que padecían otros naturales. Cada familia tenía su chacra o parcela privada, pero la producción se guardaba en graneros para su uso colectivo. No había diferenciación social, ni discriminación sexista. Las mujeres que quedaban solas, se les permitía ingresar en una “casa de viudas” que había en cada pueblo, en la que practicaban trabajos artesanales y eran sostenidas por la comunidad. Los religiosos educaban a los niños desde pequeños, tratando de desarrollar la habilidad que cada uno tenía. Unos se convertían en artesanos, otros en agricultores, ganaderos, músicos, artistas o escribanos. Llama la atención la variedad de productos que se fabricaban en las misiones, algunos de los cuales requieren un alto grado de especialización, como la producción de objetos de acero o la fundición de campanas. Los excedentes se exportaban a través de pequeños navíos y canoas que ellos mismos fabricaban.

Los jesuitas usaron el arte y la música para acercar a las personas a Dios. Las construcciones de iglesias en las misiones fueron llevadas a cabo por jesuitas y por albañiles y canteros guaraníes, y los restos que se conservan son ejemplo de la grandeza que alcanzaron. En cuanto a la música, tuvieron un especial talento, tocando una gran variedad de instrumentos, especialmente la flauta de caña y el arpa

Desgraciadamente, este mundo casi ideal, este oasis de paz y de buena convivencia se convirtió pronto en el punto de mira de las ambiciones de españoles y portugueses. Los bandeirantes paulistas formaron verdaderos ejércitos que atacaban las misiones para reclutar mano de obra barata para las plantaciones brasileñas. Los jesuitas armaron a los guaraníes para defenderse de estos asaltantes, y tuvieron éxito, sobre todo en la famosa batalla de Mbororé en 1641 o en las campañas de 1725 y 1735. Sin embargo, en 1750, el Tratado de límites de Madrid, dejó la zona en manos de los portugueses, y el acoso de los paulistas no tuvo ya ningún tipo de cortapisas. El experimento tocaría a su fin con el decreto de expulsión de los jesuitas de 1768. Después de la salida de los sesenta y ocho jesuitas que administraban las treinta y dos misiones, la mayoría fueron abandonadas y los naturales volvieron a la selva. Las que sobrevivieron permanecieron en manos de franciscanos o de administradores laicos pero a la postre terminaron también destruidas. Y ello por los abusos de los hacendados y los continuos asaltos de criollos españoles y portugueses que robaban sus ganados, su grano y sus plantaciones de yerba mate. Las últimas misiones desaparecieron en el siglo XIX por orden directa de los nuevos gobiernos independientes, como el de José Gaspar de Francia o Carlos Antonio López. Acababa así un proyecto pionero, humanitario y a la vez revolucionario en el que tomaron parte entre 1608 y 1768 unos mil quinientos jesuitas.

           Las reducciones del Paraguay fueron ensalzadas ya por ilustrados como Voltaire, quien escribió que encarnaban “el triunfo de la humanidad”. Y es que, independientemente de que se pueda criticar el carácter etnocida de este proyecto aculturador, habrá que reconocer la grandiosidad de una empresa que consideró a los guaraníes como seres humanos, con el mismo trato y consideración que los europeos. Eso fue todo un hito, teniendo en cuenta que las poblaciones indígenas todavía son discriminadas en gran parte de América, en pleno siglo XXI. Realmente, para mí representa una luz en la alargada sombra de la historia. Pequeñas luces de humanidad que quedaron en el camino porque la ambición de los poderosos no puede permitir este tipo de utopías que, de generalizarse, mermarían su poder. Pero el éxito durante más de un siglo de estas misiones comunales demuestra que son posibles otras formas de organización alternativas, libres de la competencia, del consumismo, de la avaricia, de la ambición y de la sinrazón que padecemos en el mundo actual.

           Finalmente, solo me resta dar la enhorabuena al autor por esta monumental obra, que es desde ya de referencia obligada para todo aquel que desee adentrarse en este apasionante mundo de las reducciones jesuíticas del Paraguay. Su lectura me ha deleitado y además me ha recordado que existen pequeñas luces en el pasado sobre las que debemos poner el acento para tratar de construir un presente y un futuro más justo.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HERNÁN CORTÉS. EL GRAN AVENTURERO QUE CAMBIO EL DESTINO DEL MÉXICO AZTECA

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LEE MARKS, Richard: Hernán Cortés. El gran aventurero que cambió el destino del México azteca. Barcelona, Vergara, 2005, 327 págs. I.S.B.N.: 88-666-2095-8

           El norteamericano Richard Leer es autor de varias novelas, ensayos, e incluso, una obra de teatro. No es especialista en la conquista, ni tan siquiera en Hernán Cortés, aunque vivió un tiempo en México y en España y en esos dos mundos nació su interés por la figura del metellinense.

           El libro está magníficamente redactado y se lee del tirón, haciéndose progresivamente más interesante. A través de las crónicas y del conocimiento del terreno el autor conoce mejor la etapa mexicana del conquistador que la española. Relativiza la crueldad de Cortés, alegando sus intentos reiterados para alcanzar un acuerdo con Moctezuma II, para evitar la guerra y convertirlo en vasallo y tributario de la Corona de Castilla. La narración se desenvuelve como si de una novela histórica se tratase, percibiéndose la vitalidad desbordante y el apasionamiento de Hernán Cortés, a un mismo tiempo comprensivo o cruel, según aconsejasen las circunstancias. Al principio del libro incluye tres mapas, los únicos que aparecen en toda la obra, cuya autora es Claudia Carlson y que tienen un valor extraordinario. Señala con una gran claridad la ruta seguida por las huestes desde Veracruz a Tenochtitlán. Destaca asimismo, el carácter prolífico y mujeriego del metellinense a quien califica de “auténtico semental”. En otro de los mapas representa con detalle la zona lacustre de Tenochtitlán, con las calzadas, y los tres lagos el Texcoco, el Xochimilco y el Chalco.

           A lo largo de las páginas del libro se aprecia la dureza de la conquista, donde tuvieron que derrotar militarmente incluso a los que, solo después de probar los aceros toledanos, aceptaron la alianza con los hispanos. Los mexicas ofrecieron una gran resistencia pese a la parálisis inicial del tlatoani Moctezuma II que pensaba que era el dios Quetzalcóatl y sus hombres que regresaban para acabar con su mundo y establecer una nueva era. Afirma lúcidamente el autor que fue una suerte que no usaran flechas envenenadas y que no lo hacían para evitar contaminar la carne de unos prisioneros que constituían su despensa proteínica.

           En Cholula protagonizaron una gran matanza aunque no hicieron otra cosa que adelantarse a una encerrona en donde pretendían apresarlos para luego enviarlos a Tenochtitlán para ser sacrificados en presencia de Moctezuma. Bien es cierto que ya era suficiente falta de respeto que las huestes llegasen a la ciudad sagrada del valle de México y lo primero que hiciesen fuera pedirles que renunciasen a sus creencias y abandonasen a sus dioses. En esta ciudad dice el autor que murieron entre seis mil y diez mil personas aunque lo más probable es que los fallecidos estuviesen en torno a los tres millares.

           Trepidante es la narración de la subida al cráter del volcán Popocatépetl, que entró en erupción poco después. Éste se encontraba a 6.000 metros de altura y los expedicionarios estuvieron capitaneados por Diego de Ordaz, a quien el emperador le otorgó el derecho de incluir un volcán humeante en su escudo heráldico.

            Los españoles consiguieron entrar en la capital sin disparar ni un solo tiro, siendo hospedados por el tlatoani en el palacio de su padre. Estos quedaron impresionados por la ciudad, especialmente por el mercado de Tlatelolco, frecuentado por sesenta mil personas, entre mercaderes y compradores. La llegada de Narváez a San Juan de Ulúa lo cambió todo, obligando a Cortés a salir de la ciudad y dirigirse a su encuentro. Cuando regresó la ciudad estaba ya en pie de guerra contra los hispanos que tuvieron que salir huyendo en la Noche Triste, donde perecieron más de la mitad de sus efectivos. Eso sí, en la batalla final, la de Otumba, pocos días después, consiguieron derrotar a los mexicas, tras matar a su general, que iba en unas andas, la tropa salió en estampida. Luego comenzaría el cerco de Tenochtitlán, que duró setenta y cinco días, y cayó un 13 de agosto de 1521, festividad de San Hipólito.

Ahora bien, sí que hay que señalar algunos errores de bulto que comete su autor, de más grueso calibre cuando se refiere a las etapas vividas por el conquistador en la Península Ibérica. Citaré algunos de los más llamativos: Afirma que en la Edad Media las España tenía muchos reinos como “Aragón, León, Asturias, Cataluña, Valencia, Zaragoza, Castilla, Toledo y otros” –p. 21-, ignorando que muchos de ellos nunca fueron reinos independientes. Poco más adelante afirma que “cuando nació Hernán Cortés su nombre se inscribió en el libro de bautismo de la iglesia de Medellín”, desconociendo de nuevo que en esa fecha no se registraban todavía los nombres en los libros de bautismo y que en la villa había cuatro parroquias no una como insinúa el autor. Asimismo, hace a los Alvarado de Lobán –por Lobón- cuando hoy sabemos que eran en realidad de Badajoz –p. 51-. Por otro lado acepta clichés cuando dice que Cortés era muy bromista algo que es “un rasgo y un talento español”. Asimismo, afirma que Cortés zarpó de Sevilla con destino a Nueva España a mediados de 1531 cuando hay documentación en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla que demuestra que ese hecho se produjo más de un año antes, concretamente en marzo de 1530. Para finalizar, omite algunas crónicas a mi juicio imprescindibles, como las de Fernández de Oviedo o Pedro Mártir de Anglería, y biografías clave como la de José Luis Martínez, que ya estaban editada años antes de que el autor publicase su obra.

            En general, la obra merece la pena, hay algunas valoraciones muy acertadas y una visión bastante equilibrada del conquistador. Asimismo, el autor posee una pluma ágil que permite una lectura fluida y atractiva.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HERNÁN CORTÉS: LOS PASOS BORRADOS

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COARASA, Ricardo: “Hernán Cortés. Los pasos borrados”. Madrid, Espejo de Tinta, 2007, ISBN: 978-84-96280-99-1, 221 págs.

 

            La lectura de este libro no me ha decepcionado, precisamente porque no aspira a ser lo que no es; no se trata de una biografía de Hernán Cortés, sino de un relato minucioso del viaje que el autor hizo a México, en compañía de su esposa, buscando especialmente los lugares cortesianos. El autor aprovecha la visita de cada ciudad o monumento para recrear históricamente los hechos protagonizados por el conquistador y sus huestes.

          El subtítulo de la obra tampoco es azaroso, “los pasos borrados”, porque refleja bien, una idea que resalta el autor una y otra vez, que la huella de Cortés está escondida, camuflada, por lo que hay que ir preguntando e indagando para encontrarla. Ni una sola estatua en México D.F.,  ni una sola placa conmemorativa, y para colmo sus restos casi ocultos en un solitario rincón de la capilla del antiguo hospital de Jesús Nazareno fundado por él mismo. Los mexicanos aún no se han reconciliado con su pasado, no han asumido que son una nación mestiza fruto de la irrupción de los hispanos y de su mezcla racial y cultural con los distintos pueblos que poblaban Nueva España. Y precisamente, un escritor mexicano lo ha expresado mejor que nadie cuando en su biografía sobre el conquistador le colocó el subtítulo del inventor de México.

          Empieza su recorrido por México, D.F. visitando la Catedral, la Plaza de las Tres Culturas –antiguo mercado de Tlatelolco-, el santuario de Guadalupe y el hospital de Jesús, donde se encuentra enterrado el conquistador. El autor llama la atención sobre este sobrio mausoleo, empotrado en la nave central de la capilla hospitalaria, en el número 82 de la avenida 20 de Noviembre, en el Zócalo del Distrito Federal. No tiene más inscripción que el escudo de armas del marqués del Valle de Oaxaca y la aséptica inscripción “Hernán Cortés, 1485-1547”. Señala el autor que todos los forjadores de la patria mexicana tienen su sitio, sus estatuas, sus plazas o sus placas conmemorativas, incluido el general Santa Anna que perdió 2,4 millones de km2 a costa de los yanquis, excepto Hernán Cortés. El santuario de Guadalupe se ubica donde se apareció la Virgen a Juan Diego, otra víctima del malinchismo, según Ricardo Coarasa, porque de alguna forma se le sitúa entre los traidores, al colaborar con los extranjeros. Por cierto, menciona la visita a Culiacán, zona donde residió Cortés y que hoy está integrada en la propia capital federal.

          Pero la obra no se limita solo a narrar los sitios cortesianos, también se alude a otros aspectos festivos, gastronómicos o folclóricos. Menciona la costumbre de los vendedores ambulantes de ofrecerte un trago de pulque o tequila, al tiempo que tratan de vender sus botellas. El pulque es una bebida de origen prehispánico, que se obtiene de la fermentación del jugo de maguey. A diferencia del tequila, tiene una graduación muy baja, similar a la cerveza. También señala el gusto de los mexicanos por las parrilladas de insectos, algo también tradicional, pues los mexicas tenían fama de comerse todo lo que se moviese. También refiere la presencia a veces pesada de mariachis o de danzantes con taparrabos que tratan de reproducir, con escaso mérito, las supuestas danzas de los mexicas a sus antiguas divinidades. 

          La visita a Teotihuacán, impresionó al autor por las dimensiones de la pirámide que evidencia la gran civilización que en su día albergó. Tlaxcala, la ciudad aliada de Cortés fue otra de las paradas obligadas, así como las ciudades de Xalapa y la Antigua Villa Rica de Veracruz, la primera fundación en Nueva España. También visitó Cholula, aquella villa ceremonial en la que el metellinense protagonizó la brutal matanza de caciques. Afirma Coarasa, que actualmente está poblada de iglesias y capillas católicas, lo que la sitúa como el paradigma de la mutación cultural, religiosa y social que sufrió el mundo mexica tras la llegada de los españoles. Y cómo no, estuvo en Cuernavaca, donde Cortés ubicó su residencia de manera definitiva, aunque solo vivió en él unos cinco años, a diferencia de su segunda esposa Juana de Arellano y Zúñiga que permaneció allí casi dos décadas. La ciudad de Taxco, a 160 km de la capital, aunque no estuvo vinculada a Cortés, muestra palacios y templos barrocos muy suntuosos, acordes con su apogeo como centro minero en los siglos XVII y XVIII. Tampoco faltaron visitas a zonas arqueológicas como Cacaxtla, Tajín, Cempoala o visitas a zonas naturales como la laguna de Catemaco.

          El libro ofrece muchos más detalles de los sitios cortesianos y de la idiosincrasia de los mexicanos. Se trata de un buen relato, cuya lectura recomiendo para aquellos que tengan pensado visitar México, y en particular, las ciudades, villas y lugares por donde anduvo el metellinense. Asimismo, las valoraciones y juicios del autor son sorprendentemente comedidos, alejados tanto de la habitual leyenda negra como de la rosa.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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FRANCISCO PIZARRO. EL SÍMBOLO SECRETO

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LUDEÑA RESTAURE, Hugo: Francisco Pizarro, el símbolo secreto. Un estudio sobre su origen y significado. Lima, Editorial Universitaria, 2014. 214 págs.

 

        Acaba de caer en mis manos este pequeño librito del profesor peruano Hugo Ludeña. Una bonita edición, muy cuidada, con fotografías a color y un texto muy bien redactado y de ágil lectura. El autor, que es doctor en arqueología y profesor en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, lleva décadas investigando la cuestión de los restos del conquistador trujillano Francisco Pizarro. En esta ocasión cree haber descubierto el secreto mejor guardado del conquistador extremeño. Como es sabido, cuando en 1977 se exhumaron sus restos, apareció un osario en cuyo interior estaban los huesos por un lado y, en una caja de plomo, su cabeza. En su tapa superior aparecía esgrafiada una roseta de seis pétalos y la inscripción: “Aquí está la cabeza del señor marqués don Francisco Pizarro que descubrió y gano los reinos del Perú y puso en la real corona de Castilla”.

        En un primer momento, interpretó que la figura esgrafiada era meramente decorativa. Pero con posterioridad ha podido averiguar que dicho motivo fue usado de manera prolija por los judíos y que su presencia en la caja demuestra que el trujillano tenía alguna ascendencia hebrea. Sobre dicha idea fundamenta todo su estudio, apoyado además en un hecho tan circunstancia como su buena relación con otros personajes de ascendencia hebraica como Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa o el propio Pedrarias Dávila, gobernador de Castilla del Oro.

         Sin embargo, con todo mi respeto hacia el autor, me parece que su tesis es poco consistente. Cabría plantearle varias objeciones, a saber: primero, la roseta de seis pétalos estaba muy difundida desde la antigüedad, no solo entre los judíos. Se trataba de un tipo de decoración vegetal -y geométrica, pues se realizaba a compás- que usaron ampliamente diversos pueblos prerromános, romanos, visigodos y musulmanes. Rosetas de seis pétalos encontramos por doquier en muchos dinteles y jambas visigodas. Es decir, no hacía falta ser judío para esgrafiarla.

Segundo, desconocemos quién, cuándo, ni con qué objetivo fue esgrafiada. Alguien lo hizo con posterioridad a su muerte, pero pudo ser porque creyese –con fundamento o no- en un origen hebraico del difunto, o simplemente porque le pareció oportuno completar el exterior de la caja con ese motivo vegetal.

Y tercero, que dicha prueba por si sola es insuficiente no solo para verificar el origen judaico del conquistador del Perú, aunque bien se puede plantear como hipótesis.

        En definitiva, estamos ante un libro curioso, entretenido, muy bien escrito y bastante documentado, aunque no podamos suscribir, al menos de momento, sin la existencia de otras pruebas, su tesis fundamental, es decir, los orígenes hebraicos de alguna rama de su ascendencia familiar.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HISTORIA DE LA TRATA DE NEGROS

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MANNIX, Daniel P. y M. COWLEY: Historia de la trata de negros. Madrid, Alianza Editorial, 1968, 283 págs.

 

        Hace la friolera de cuarenta y siete años que se editó esta obra en castellano, los mismos que ha tardado en caer en mis manos. Diego Parra, bibliotecario del Centro Cultural Santa Ana de Almendralejo, me advirtió hace unos días de la incorporación de un ejemplar a los fondos de la biblioteca, seguramente por donación fruto del descarte de alguna biblioteca pública. En cualquier caso no he sido el único despistado, pues he consultado obras clásicas del tráfico de esclavos como las de Hugh Thomas, Willian D. Phillips y Herbert S. Klein y tampoco la citan entre sus fuentes.

        La obra de Mannix y Cowley es un estudio de la trata de esclavos negros con destino a los mercados americanos desde la época del Descubrimiento. Me ha sorprendido la cantidad y la calidad de la información que manejan los autores, pese a que aún no habían aparecido estudios detallados sobre los asientos de esclavos y sobre la cuantificación del tráfico. Hay aspectos que lo analizan con mayor minuciosidad que otras obras más recientes. En particular dedican un capítulo a explicar las flotas esclavistas inglesas, con sede en Londres –a través del río Támesis-, Bristol y Liverpool. Y en dichas páginas se evidencia que la fortuna obtenida con el tráfico de seres humanos fue la base del desarrollo manufacturero y comercial de Inglaterra. Las demandas de bienes para el abasto de estas flotas, fueron un factor decisivo para el desarrollo económico no solo de estos puertos sino también de condados como Lancashire y Yorkshire y de otros del interior del país donde se fabricaban las manufacturas.

        La tripulación de estos barcos negreros estaba formada por lo peor de la sociedad inglesa. Aunque en general la navegación en la Edad Moderna era peligrosa, cuando se trataba de traficantes de esclavos, los riesgos se multiplicaban por dos o por tres. La travesía era verdaderamente comprometida, siendo atacados durante el trayecto por todo tipo de bandidos, al tiempo que ellos se reconvertían fácilmente en piratas o corsarios cada vez que las circunstancias lo aconsejaban. La frontera que separa el comercio lícito de esclavos con el bandidaje era extremadamente sutil.

        El tráfico de seres humanos en condiciones infrahumanas endurecía el corazón del más benevolente de los capitanes. Este inframundo conseguía que aflorara en las tripulaciones los peores instintos. El capitán tenía solo dos objetivos: sobrevivir y obtener los máximos beneficios; y si ello implicaba la muerte de aherrojados o de su propia chusma de subordinados no había ningún problema. Y si no disfrutaban más con el sufrimiento de estos esclavos era porque la pérdida de sus vidas podían suponerle un quebranto económico y la posibilidad de no cumplir con las expectativas de lucro. Era el único freno. Aún así, la mortalidad de esclavos en el trayecto desde las costas africanas a los mercados americanos se podía situar fácilmente entre el 15 y el 30 por ciento del total de embarcados. Ya lo tenían previsto por lo que embarcaban un tercio más de esclavos que el número de licencias de las que disponían, anticipándose a dicha mortalidad.

        El último capítulo lo dedican íntegramente al análisis de la abolición de la esclavitud en el mundo anglosajón que quedó prohibida en el tercer cuarto del siglo XIX. Por cierto que España, aunque en territorio peninsular la abolió en 1837, la mantuvo en Puerto Rico hasta 1873 y en Cuba nada menos que hasta 1880. Finalmente, la O.N.U. la abolió en teoría en todo el orbe el 2 de diciembre de 1949 –resolución 319 (IV)-, sin embargo, en pleno siglo XXI sigue siendo todavía una lacra, pues se sigue padeciendo en diversas latitudes de nuestro planeta.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL SISTEMA NAVAL DEL IMPERIO ESPAÑOL. ARMADAS, FLOTAS Y GALEONES EN EL SIGLO XVI

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        En este libro analizaremos la estructura naval del imperio español en el siglo XVI, su organización por el emperador Carlos V y su perfeccionamiento durante el reinado de Felipe II. Un inciso previo: a lo largo de este libro aludimos indistintamente al Imperio español o al Imperio de los Habsburgo, o de los Austrias, para referirnos a la misma estructura política, al imperio de Carlos V y Felipe II, el mismo del que se decía que el sol no nacía ni se ponía porque poseía territorios en todos los continentes conocidos.

        El emperador Carlos, auténtico césar de la cristiandad, heredó unos territorios de unas dimensiones que no tenían precedentes en la historia de Occidente. En una época en la que el mar era el auténtico hilo que unía a los territorios se vio obligado a configurar un sistema naval acorde con esa compleja realidad espacial. El resultado fue tan exitoso que España pudo dominar los océanos hasta bien entrado el siglo XVII.

        Antes de analizar el modelo naval creado por los Austrias mayores conviene que hablemos del modelo preexistente, es decir, del que hubo hasta el reinado de los Reyes Católicos. En la Baja Edad Media existió una Armada Real de Galeras, institucionalizada por Alfonso X el Sabio. Fue aprestada por primera vez a mediados del siglo XIII y estaba formada por unas dieciocho galeras de distinto porte que se financiaban a través de las rentas de una veintena de alquerías –algo así como una granja– destinadas a tal fin. La citada escuadra estaba regida por un almirante, rango que tendrá una larga tradición en la historia naval española y que fue creado por primera vez en estas fechas. Al parecer, dicha armada tuvo desde el mismo momento de su creación destacadas actuaciones, concretamente en el ataque al puerto de Salé –en el actual Marruecos– ocurrido en 1260 y en la toma de Cádiz, dos años después. Su cometido era doble: por un lado, la defensa del área del Estrecho frente a los ataques de los corsarios berberiscos, y por el otro, evitar el envío de refuerzos berberiscos al reino Nazarí. En ocasiones, si las circunstancias así lo requerían, la escuadra actuaba también en la vertiente atlántica, contra el vecino reino de Portugal. En el reinado de Juan II, la flota estaba al frente del almirante Alonso Enríquez, quien acostumbraba a poner al frente de la misma a su hermano Juan Enríquez. En agosto de 1407, estaba compuesta por 13 galeras y tuvo diversos enfrentamientos con la armada del reino de Granada.

        El panorama naval se completaba en el área suroeste con la existencia de verdaderos corsarios españoles que llevaban a cabo acciones de pillaje con el consentimiento real. El objetivo de sus tropelías eran los súbditos de otras naciones enemigas, fundamentalmente de berberiscos y turcos, pero también los mercaderes portugueses que comerciaban con los puertos del África occidental. En el norte de España, otros armadores privados defendían sus costas y practicaban el corso sobre los buques ingleses y franceses. En Santander fondeaba en 1391 una pequeña armada de tan solo dos galeras destinadas a la protección de las costas del Cantábrico.

        Y finalmente, en el área mediterránea las galeras catalanas y valencianas hacían lo propio con los berberiscos y protegían el Estrecho de una posible invasión norteafricana. La situación llegó a tal punto que, en 1489, Fernando el Católico prohibió la práctica del corso en todas las tierras del reino de Aragón.

         Durante los reinados de Enrique IV y de los Reyes Católicos la política naval se desatendió más aún, aunque parece ser que se mantuvo activa una pequeña armada de cuatro galeras para la custodia de las aguas de las costas del reino de Granada. Sin embargo, a partir de 1492, año clave en la historia de España, se produjo un profundo cambio en el devenir de los reinos peninsulares. La conquista de Granada por Castilla y el descubrimiento de América trajeron consigo una nueva realidad histórica. De esta forma se sentaron las bases de uno de los primeros estados modernos de Europa y, por supuesto, del primer gran imperio de la Historia Moderna.



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PRESENTACIÓN DEL LIBRO LA GRAN ARMADA COLONIZADORA DE NICOLÁS DE OVANDO

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La publicación de este libro supone para mí la consecución de un viejo sueño. Hace un cuarto de siglo, cuando estudiaba Historia en la Universidad de Sevilla soñé con escribir algún día un estudio sobre la primera flota estrictamente colonizadora al Nuevo Mundo, tras el fracaso de la factoría colombina. Se trataba de la flota de 32 navíos que el Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, Nicolás de Ovando, comandó en 1502 rumbo a la ciudad de Santo Domingo. Pero había un problema de difícil solución:

        El libro de armada, donde constaba el pasaje alistado y todo lo embarcado, se extravió en el segundo cuarto del siglo pasado. Otros historiadores, como la estadounidense Úrsula Lamb, estuvieron años buscándolo, pero nunca apareció. Yo tampoco lo he encontrado, sin embargo, me di cuenta que varios eruditos, que lo tuvieron en sus manos desde el siglo XVIII, lo habían copiado parcialmente: Juan Bautista Muñoz en el siglo XVIII anotó los nombres de los nobles alistados, mientras que Fernando Belmonte y Clemente enumeró a los marineros y fray Ángel Ortega en 1925, a los religiosos. Faltaban las personas corrientes que eran la mayoría, pero descubrí que habían formalizado su pasaje ante notario y su registro se podía localizar en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla. Hace unos meses acabé de unir el puzle y hoy ha visto la luz mi nuevo libro, publicado amablemente por la Academia de la Historia de la República Dominicana.

        En él aparecen con nombres y apellidos, empleos, origen social y lugar de nacimiento una buena parte de aquel pasaje. Y no se trata simplemente de nombres sino de los primeros colonos estables del recién descubierto continente americano. Muchos permanecieron, y son los más remotos antepasados de los dominicanos, mientras que otros, se alistaron como conquistadores de Puerto Rico, Cuba, Jamaica y Nueva España. Sueño cumplido; a partir de hoy me tengo que plantear una nueva meta para seguir viviendo.

 

OBJETIVO

         Mi objetivo ha sido recolectar minuciosamente todos los datos fiables que conocemos sobre la escuadra para, a continuación, realizar un análisis detallado de la misma. Es posible que éste sea el único mérito de esta obra, es decir, el de haber recopilado todos los datos que circulaban, la mayoría impresos, en muy distintos ensayos, trabajos de investigación y colecciones documentales. Huelga decir, que el libro puede tener cierto valor mientras no aparezca el libro de armada porque cuando eso ocurra –si ocurre-, su trascendencia será meramente anecdótica, aunque eso sí, sabremos exactamente cuántas de mis hipótesis eran ciertas.

 

TÍTULO

         La elección del título ha sido meditada; hablamos de colonización frente a descubrimiento y conquista porque, por primera vez, la idea era establecer lo que Juan Pérez de Tudela llamó nuevo poblamiento, de ahí que se premiase con pasaje franco a todos los casados que decidiesen llevar consigo a sus familias. No ignoro que algunas armadas anteriores, especialmente la del segundo viaje colombino, también habían tenido pretensiones colonizadoras, pero nunca hasta ahora se había puesto tanto empeño en asentar la colonización.

         Utilizamos la palabra armada y flota indistintamente, porque también en la documentación se usa de manera sinónima. Sin embargo, pese al mantenimiento del nombre de las Flotas de Nueva España, en adelante se usó más el término armada cuando era una formación de carácter estrictamente militar, y flota cuando se trataba de una comercial.

 

APRESTO

El bullicio que presumiblemente generó debió ser verdaderamente espectacular. La flota de Nicolás de Ovando pretendía asentar de una vez por todas las bases de una colonización estable y próspera al otro lado del océano. Evidentemente, nunca hasta entonces se había concebido ni, por supuesto, despachado una escuadra de tales dimensiones con destino al Nuevo Mundo. Tan sólo la del segundo viaje colombino guardaba ciertas similitudes pero cualitativas no cuantitativas. El objetivo de ambas fue la colonización, aunque el número de barcos, el tonelaje y la cifra de pasajeros fuesen sensiblemente superiores en la jornada de 1502. Por ello, esta escuadra supuso un antes y un después en la colonización española del Nuevo Mundo. Atrás quedaba la fracasada factoría colombina, comenzando desde este justo instante una nueva etapa caracterizada por el deseo de consolidar definitivamente el poblamiento. No en vano, viajaban todo tipo de funcionarios reales, artesanos, profesionales liberales, etcétera. Más exactamente encontramos entre los alistados a oficiales reales, médicos, boticarios, artilleros, carpinteros, aserradores, albañiles, vidrieros, barreros, caleros y, por supuesto, agricultores -todos ellos casados- para nutrir el poblamiento indiano. Asimismo, viajaban un número indeterminado de familias, lo cual respondía a las necesidades de la nueva política de colonización.

Dicha flota tuvo una importancia excepcional por varios motivos:

Primero, porque fue la mayor empresa colonizadora preparada hasta esos momentos por Castilla.

Segundo, porque fue la primera aprestada en Sevilla, ciudad que comenzaba a configurarse como la metrópolis del comercio indiano, en detrimento de los puertos onubenses y gaditanos, como se confirmaría solo un año después con la fundación en aquella ciudad de la Casa de la Contratación.

Y tercero, porque su organización fue modélica, hasta el punto que se convirtió en punto de referencia para otras posteriores, como la de Diego Colón de 1509 o la de Pedrarias Dávila de 1513.

         De hecho, Carmen Mena ha destacado los paralelismos entre ambas armadas: el mismo tipo de navíos -naos y carabelas-, la implicación real, el nombramiento de una burocracia estatal o la fecha de partida en febrero con una diferencia de trece días entre una y otra. Para colmo, el azar quiso que a las dos le sorprendiera una tormenta en el trayecto a las Canarias, siendo mínimos los daños en ambos casos.

 

APORTES

        El libro contiene tres aportes fundamentalmente:

 

Uno, el listado fiable de pasajeros un total de 476 de los aproximadamente 1.500 que transportó. De ese listado salen a relucir dos novedades: uno, que la mayoría eran andaluces (50%) mientras que los extremeños apenas suponían el 13,10 %. Eso sí sobre esta minoría extremeña el Comendador Mayor depositó buena parte de las responsabilidades de gobierno.

Dos, que el pasaje se limitó a unas 1.500 personas y no 2.500 como se ha afirmado hasta nuestros días. Hacemos diversos cálculos del tonelaje y de la capacidad de carga para dejar demostrada esta cifra.

Y tres, que la empresa fue fundamentalmente privada y no Real como se había creído. La Corona se limitó a su organización y al apresto de un tercio de los buques para dar cabida a sus funcionarios y a los religiosos. El resto corrió por parte de la iniciativa privada. Comenzaba así una carrera comercial capitalista que dura hasta nuestros días

 

GANADORES Y PERDEDORES

         Las cosas no fueron fáciles en los primeros momentos, pues, de hecho, en los meses inmediatamente posteriores a la arribada pereció, de hambre y enfermedades, casi la mitad de la expedición. Sin embargo, la política pobladora de Ovando no tardó en dar sus frutos. Para la Metrópolis, el gobierno indiano de Nicolás de Ovando no pudo ser más satisfactorio pues encontró una isla al borde la ruina y dejó tras sí una colonia consolidada que sirvió de referente para toda la colonización española en Ultramar. Durante su gobierno se consolidó un modelo de organización, centralizado en Santo Domingo, que sirvió de referente para toda la colonización española de Ultramar. No en vano, fue durante su administración cuando se fundaron los primeros hospitales, se diseñó el primer urbanismo y se asentaron los fundamentos de un nuevo orden económico y social que, con muy pocas variantes, pasó luego a todo el continente americano. En los ocho años que estuvo al frente de la gobernación de las Indias no sólo impuso definitivamente la autoridad real en la isla sino que expandió las exploraciones a otras islas del entorno. Por tanto, su logro fue doble: primero, porque despejó todas las dudas sobre la rentabilidad de los nuevos territorios incorporados a la Corona de Castilla. Y segundo, porque creó un sistema colonial que mutatis mutandis tuvo una vigencia de más de tres siglos en la América Colonial. En 1509, llegó a la Española el segundo Almirante, Diego Colón, para sustituirlo al frente de la administración de la Española. En general la despedida fue lamentada por una mayoría de españoles. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo citaba el hecho con las siguientes palabras:

       

        Se dijo muy público que le había pesado al Rey por le haber removido del cargo, porque acá le echaron luego (de) menos y le lloraban muchos. Y si no se muriera desde a poco tiempo después que de acá fue, se creía que el Rey le tornara a enviar a esta tierra...

 

El Comendador Mayor zarpó de Santo Domingo el 17 de septiembre de 1509 en una flota que iba a las órdenes de Hernando Colón. Casi dos meses después, y concretamente en noviembre de ese mismo año, arribó al puerto de Lisboa. Desde la capital lusa escribió al Rey a la par que emprendía el viaje hacia la Corte. Atrás dejaba una colonización próspera y una isla en pleno apogeo minero.

        Bien es cierto que también hubo perdedores; para los pobres taínos, la llegada del Comendador Mayor supuso la aniquilación de toda esperanza de supervivencia. Su éxito como poblador y colonizador tuvo un altísimo e irreversible coste: la rápida aniquilación de la población aborigen que, en poco más de dos décadas, entró prácticamente en vías de extinción. Y ello más bien debido a las enfermedades, a la extenuación laboral y a la desnutrición que a las guerras. Asimismo, hubo otros daños que apenas han sido analizados hasta la fecha: comenzó un proceso de alteración ecológica, producido por la introducción de animales y plantas de la vieja Europa. Ello provocó la extinción de numerosas especies vegetales y animales autóctonas. Las talas indiscriminadas de las décadas posteriores, para alimentar las calderas de los ingenios, hicieron el resto. A finales de los años veinte, la catástrofe ecológica estaba prácticamente consumada.

        Dicho esto, conviene también recordar que el Comendador Mayor fue un hombre de su tiempo que se comportó de la manera que todos esperaban que se comportase. Además, cumplía órdenes estrictas y muy claras: debía someter cualquier insurgencia y dar viabilidad a la colonia. Era un soldado de la reina, un hombre leal que sabía bien que su único objetivo debía ser cumplir con lo que se esperaba de él, a cualquier precio. ¿Qué otra cosa podía hacer?, ¿debía perder la guerra?, ¿debía fracasar en sus objetivos y dar por perdida la colonia?, ¿debía defraudar a los Reyes Católicos? Pues no; se comportó como un fiel e incorruptible servidor de los intereses de la Corona y de la Iglesia. En el servicio de la Reina y de Dios empleó todas sus energías. Un pensamiento y una forma de actuar que resultan más o menos éticos si lo contextualizamos en la época que le tocó vivir.

        De regreso en la Península, sobrevivió un par de años, sin disfrutar de un verdadero reconocimiento por parte de la Corona, que no supo compensarle en la medida de lo que había recibido de él. Retornó a la sede de la encomienda mayor de su Orden, hasta que, un tiempo después, concretamente el 26 de febrero de 1511, fue llamado por Fernando el Católico para que le acompañase en una expedición contra los bereberes del norte de Africa. La intención última era que la orden alcantarina fundase un convento suyo en Bujía. La expedición no se llegó a realizar y el Rey aprovechó la estancia en Sevilla de varios miembros de la cúpula rectora de la orden para celebrar capítulo general. Éste se inició el 8 de mayo de 1511, y el día 29 del mismo mes y año moría inesperadamente en tales actos. Su cuerpo fue trasladó al Monasterio de San Benito de Alcántara, donde inicialmente fue inhumado en una modesta sepultura. Unas décadas después se labraría un majestuoso sepulcro en alabastro, por el escultor Pedro de Ibarra, donde actualmente reposan sus restos.

 

APÉNDICES

         Lo más valioso del libro son a mi juicio los ocho apéndices que he incluido al final del texto. En ellos se encuentra la información básica sobre la que he cimentado mi análisis. El primero tiene, a mi juicio, un valor extraordinario ya que es la primera relación alfabética documentada de los pasajeros. Se trata de un listado con cerca de medio millar de personas cuya presencia en la flota es segura o muy probable. Está confeccionada con todo el material documental e impreso disponible hasta la fecha. Hemos excluido de la lista a todo aquel sobre el que teníamos dudas fundamentadas, incluyéndolos en el apéndice II. Los apéndices III, IV y V no tendrían ningún valor si se conservase el libro de armada, hasta el presente extraviado. Se trata de tres extractos que realizaron otros tantos historiadores, de ahí su interés. El apéndice III es una interesante relación que elaboró, en el siglo XVIII, el célebre erudito y archivero Juan Bautista Muñoz y que nos aporta infinidad de detalles sobre los pasajeros y la cargazón. En el apéndice IV, reproducimos otro extracto, en esta ocasión redactado en 1886 por Fernando Belmonte y Clemente, que se centra fundamentalmente en los navíos y en la tripulación. Y finalmente, en el apéndice V, incluimos otro resumen que publicó fray Ángel Ortega O.F.M. sobre los franciscanos que viajaron en la misma y los enseres que llevaban. Las tres minutas son complementarias y suplen en buena medida la ausencia del tantas veces citado –y añorado- libro de armada. En el apéndice VI, presentamos una extensa relación de todos los trabajadores que viajaban con contrato laboral, especificando sus condiciones. En el apéndice VII, reproducimos el registro de la nao Santa Catalina que zarpó del puerto de Santo Domingo en septiembre de 1505. En dicha relación se incluyen los nombres de algunos recién llegados que enviaban a Castilla diversas partidas de oro, algunas muy cuantiosas. Y finalmente, en el apéndice VIII, elaboramos un listado fiable de aquellas personas que permanecieron en la isla, retornaron a la Península o marcharon a otros lugares. En base a este registro, ofrecemos algunas reflexiones en el texto.

 

AGRADECIMIENTOS

         Antes de acabar estas palabras preliminares quisiera mostrar mi agradecimiento a las personas e instituciones que me han ayudado en su desarrollo.

-En primer lugar al personal del Centro de Estudios Andaluces que me dieron todas las facilidades para acceder al valioso Fondo Otte que ellos custodian.

-A la Academia Dominicana de la Historia y muy en particular a su entonces presidente Frank Moya Pons, por su amabilidad al aceptar desde el primer momento y de buen grado mi propuesta para publicar este trabajo por la institución que él presidía.

-A la Fundación Obra Pía de los Pizarro, por la ayuda y cobertura que siempre presta a cualquier evento relacionado con América o la conquista y que tan importante labor está ya realizando en Extremadura.

-Al Excmo. Ayuntamiento de Brozas, tanto a su alcalde como a Isidro, técnico de cultura, por acoger con entusiasmo esta presentación.

-Y a personas concretas, especialmente a mi buen amigo el doctor Genaro Rodríguez Morel, siempre atento a ayudar a cualquier investigador que quiera trabajar cualquier tema relacionado con la historia de su querido país, la República Dominicana.

-También, conté con la ayuda desinteresada de la Dra. Carmen Mena, una de las mayores especialistas en la colonización temprana de América, y que respondió puntualmente a cuantas preguntas le hice sobre la armada de Pedrarias y sus similitudes o diferencias con la de 1502.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL PERÚ POR DENTRO

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VALADÉS, María del Carmen: El Perú por dentro. Una guía cultural para el viajero. Barcelona, José J. de Olañeta, Editor, 2012, 483 págs.

 

        No estamos ante una guía cultural al uso, sino ante una obra extensa, excelentemente documentada y fundamental para entender la idiosincrasia del Perú y de los peruanos. Y ello porque María del Carmen Valadés es una antropóloga española que ha pasado muchos años de su vida en la selva peruana. Ello le da un conocimiento y una seguridad cuando habla del Perú difícilmente igualable.

Trata todos los aspectos, empezando por el entorno geográfico, como marco en el que se desarrolla la peruanidad. Le sigue un concienzudo y amplio capítulo dedicado a la Historia, que arranca en el período arcaico y se prolonga hasta la Edad Contemporánea. Los siguientes acápites son aspectos específicos de la realidad del país: religión y mitología –Cap. III-, sociedad y tradición –Cap. IV-, lenguas y arte –Cap. V-, el Estado –Cap. VI- y el Perú esencial –Cap. VII-. Finaliza con unos apéndices en los que se incluyen entre otros, un glosario de términos, topónimos quechuas y una bibliografía estructurada por temática.

        Llama la atención la particularidad de un país en el que, como dice la autora, todo el pasado está presente en su devenir diario. La masificación turísticas ha afectado a las grandes ciudades como Lima o Cuzco, y a centros de afluencia turística masiva como Machu Picchu pero, en cambio, todavía se pueden apreciar los “sabores, olores y colores” de la tierra en poblaciones situadas fuera de estos circuitos. El mundo incaico está muy presente en el sentimiento de sus habitantes; es lo que ellos llaman el “lamento andino”, que no es otra cosa que la añoranza por el pasado inca. También el tiempo discurre para ellos de forma distinta a la de un europeo, rememorando una forma de entender el mundo precolombino, para los que el tiempo reproducía un “esquema circular-espiral”, en el que solo existía el presente.

Se aprecian todavía en la actualidad tres grandes regiones con formas de vida y realidades socio-económicas totalmente diferentes: el desierto costero, que constituye el 12 por ciento del territorio, los Andes, con un 28 por ciento y la selva que supone un 60 por ciento. El grueso de la población es mestiza aunque también hay un porcentaje considerable de indígenas, personas de color y criollos, estos últimos descendientes de los antiguos colonos. Las lenguas cooficiales son el quechua y el español, el primero de ellos hablado por una tercera parte de la población. La religión es la católica, aunque perviven ciertas formas sincréticas lo que implica la asimilación de Dios con el culto al sol, Jesús con Viracocha o la Virgen con la Pachamama.

En un extenso capítulo trata la historia del Tahuantinsuyu, el mayor imperio de la época prehispánica en América, que llegó a abarcar territorios de los actuales estados de Perú, Ecuador, Bolivia Colombia, Brasil, Chile y Argentina. La capital era Cusco, una ciudad preincaica desde cuyo templo principal, el Coricancha, partían los cuatro caminos que se dirigían a cada una de las partes del Estado. En la capital imperial residía el Inca, identificado como el hijo del sol, la máxima autoridad civil y religiosa. En toda la época prehispánica se tiene constancia de trece Incas según unos cronistas, catorce según otros, incluyendo a Atahualpa. Residían, asimismo, los funcionarios y disponían de vivienda, asimismo, los principales curacas o jefes de los ayllus de todo el imperio. Así, los incas conseguían crear un estrecho vínculo y a la vez un férreo control sobre los jefes de los distintos pueblos sometidos a la autoridad imperial. Dado que tenía al oeste el océano Pacífico y al este la selva ecuatorial, los incas pensaban que la expansión había terminado y que ahora solo tocaba consolidar el dominio sobre tan vasto territorio. Su mayor mérito consistió en crear una estructura económica razonablemente próspera, basada en los principios de producción, recaudación y redistribución. Huelga decir que no poseían ningún rasgo ni tan siquiera parecido al capitalismo, pues ni usaban dinero, ni las producciones se regían por las reglas del libre mercado.

La vida en la colonia fue mucho más dura para el pueblo llano, simplemente porque se quebró el sistema de reciprocidad incaico. El estado inca se mantuvo residualmente en Vilcabamba hasta la captura de Túpac Amaru I en 1572. La Independencia, tras la batalla de Ayacucho de 1824, significó la creación de la República del Perú.

Es imposible glosar ni resumir todos los aspectos tratados en esta obra: los mitos, las costumbres, su cosmovisión, los dioses, los ritos, la literatura, el arte y la situación política y social del país en nuestros días. Son aspectos tratados con precisión, amplitud, conocimiento y rigor que deben ser disfrutados con una lectura pausada por parte del lector. Solo añadir el gran interés que tiene el capítulo 38 en el que la autora ofrece una serie de recomendaciones para viajar al país. En particular habla del “soroche”, una fatiga que experimentan muchas personas no acostumbradas cuando ascienden por encima de los 2.500 o los 3.000 metros de altura y que se combate habitualmente con los “matesitos de coca”.

        Hay algunos pequeños errores sobre todo en la parte histórica. Por ejemplo, dice que Atahualpa nunca se coronó con la mascapaicha, lo que no es cierto porque, como es bien sabido, apareció coronado con ella cuando fue capturado en Cajamarca. Asimismo afirma que los Trece la Fama fueron en realidad doce, cuando en realidad sabemos que fueron algunos más que trece. En cualquier caso se trata de pequeñeces que no empañan la extraordinaria valía de esta obra, cuya lectura recomendamos a todos los interesados en la historia del Perú.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL MIEDO A LA REVOLUCIÓN. LA LUCHA POR LA LIBERTAD EN VENEZUELA, 1777-1820

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IZARD, Miquel: El miedo a la revolución. La lucha por la libertad en Venezuela 1777-1830. Caracas, Centro Nacional de Historia, 2009, 251 págs.

 

        El autor se centra en el largo periodo de más de medio siglo en el que Venezuela se estremeció por la revolución de Independencia, desde los primeros alzamientos a la segregación de la Gran Colombia. Hay dos partes bien diferenciadas: una primera en la que analiza la estructura socioeconómica previa a la Independencia y que explica el papel que cada clase jugó en el proceso. Y otra, en la que profundiza en el proceso independentista en sí y en el posicionamiento de cada clase social en función a sus intereses. Todo ello convirtió el proceso en una verdadera guerra civil en la que al tiempo que se dirimía la segregación de la metrópoli se producía una lucha entre la oligarquía cacaotera –también llamado mantuana- y la extensa clase subalterna, formada fundamentalmente por negros y mulatos.

        A lo largo del siglo XVIII Venezuela se había especializado en el cultivo del cacao que exportaba masivamente a Nueva España, a la metrópoli y, mediante el contrabando, a otros lugares de Europa. Este último comercio ilícito aumentó a partir del decreto de libre comercio de 1789. Pero de este comercio se beneficiaba una parte muy pequeña de la población, pues solo el uno por ciento poseía la mayor parte de los cacaotales del País. La minoría blanca apenas superaba el veinte por ciento de la población, y pese a su escaso número, mantenía intereses clasistas muy diferentes. Los campesinos pobres y los llaneros veían a la oligarquía mantuana con recelo, al tiempo que interpretaban que la metrópoli los protegía del exceso de ambición de esta élite. Pero incluso entre la oligarquía criolla había dos grandes grupos: los conservadores que pretendían mantener a toda costa la esclavitud y, temiendo los posibles beneficios que los aherrojados podían conseguir de la lucha armada, se alinearon junto al bando realista, es decir, del lado de los que defendían que Venezuela permaneciera dentro de la estructura del imperio, con un mayor o menor grado de autonomismo. Y los radicales, partidarios de la independencia que fueron paulatinamente ganando peso, aunque sin hacer apenas concesiones sociales a la clase subalterna. Eso le costó caro a la primera república que sucumbió a los realistas, apoyados por la mayoría de color de la isla que veía en los criollos a su adversario. Para colmo, un terremoto que azotó duramente Venezuela el 26 de abril de 1811 fue aprovechado por la Iglesia, y en particular por el arzobispo de Caracas Coll y Prat, para atribuir el mismo a un castigo divino contra los independentistas. Estos, llamados patriotas, quedaron muy mermados, al tiempo que el capitán Domingo Monterde, con un pequeño ejército traído desde Puerto Rico, entraba en Caracas sin apenas resistencia. Los independentistas capitularon a cambio de conservar la vida. Pese a lo pactado, la represión fue brutal, llenándose las cárceles de patriotas al tiempo que se les confiscaban sus tierras.

La ofensiva de los insurgentes prosiguió aunque se encontraron con un ordenado bando realista, dirigido por el asturiano José Tomás Boves y reforzado, desde 1815, por el general Pablo Morillo, enviado desde España. A finales de este año, toda Venezuela estaba bajo dominio realista; la contrarrevolución había triunfado.

Bolívar entonces maniobró inteligentemente, ofreciendo la libertad a los esclavos para ganar apoyos. Asimismo, centró sus esfuerzos en la liberación de Colombia, controlando en breve la ciudad de Bogotá. En pocos años pasaría a la ofensiva en Venezuela, librando la batalla final en Carabobo el 24 de junio de 1821. Los españoles quedaron reducidos a la plaza de Puerto Cabello hasta que, dos años después, no quedaron ya tropas realistas en la zona.

        Tras varias décadas de lucha, Venezuela había quedado totalmente asolada y para colmo en breve se produciría la ruptura de Gran Colombia porque la oligarquía venezolana interpretaba que sus intereses estaban muy alejados de los de los colombianos.

        La conclusión del profesor Izard es contundente, titulando el epígrafe muy gráficamente: “de la dependencia a la dependencia”. El egoísmo de la élite mantuana, incapaz de hacer la más mínima concesión, provocó que la Independencia no contribuyera al cambio social, negando cualquier transformación de la estructura socioeconómica del país. La nueva república se estructuró de acuerdo a sus propios intereses de clase. Se mantuvo inalterado el modo de producción y el sojuzgamiento de la clase subalterna. Dejaron de depender de España y pasaron a hacerlo de terceros países como Inglaterra o los Estrados Unidos de América. La traición de la burguesía, fue en el caso de Venezuela, la de la oligarquía terrateniente sobre el resto de la estructura social. Y así sigue Venezuela, “de aquellos polvos estos lodos”.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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DOÑA FRANCISCA PIZARRO YUPANQUI EN EL ARCHIVO DE PROTOCOLOS DE TRUJILLO

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LÓPEZ ROL, María Luisa: Doña Francisca Pizarro Yupanqui en el Archivo de Protocolos de Trujillo. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2014, 227 págs.

 

Francisca Pizarro Yupanqui es uno de esos personajes que, varios siglos después de su muerte, siguen causando fascinación. Hija del marqués Francisco Pizarro y de Inés Huaylas, fue la más rica mestiza que se paseó por tierras castellanas. Dado que todos los hijos varones del marqués fallecieron prematuramente y sin descendencia, ella se convirtió en la heredera de la enorme fortuna de su padre, el conquistador del Imperio de los Incas.

Tras las guerras civiles del Perú, la Corona optó por sacar de aquel territorio a todos los Pizarro, por lo que en abril de 1551 se encaminó a España. Una vez en la Península se desposó con su tío Hernando, hermano de su difunto padre, unificando entre ambos la gran fortuna familiar. Obviamente, fue un matrimonio de conveniencia, pues ella tenía 19 años y él en torno al medio siglo. Hernando Pizarro sentaba la base para recuperar todo el patrimonio familiar, consolidando social y económicamente a su estirpe para varias generaciones. Cuando Francisca enviudó en 1578, era una de las mujeres más ricas de España. Se casó en segundas nupcias con un arruinado noble extremeño, llamado Pedro Arias Portocarrero, Conde de Puñonrostro, con quien vivió en Madrid, en un palacete en la calle princesa hasta su fallecimiento en 1598. El inventario de sus bienes realizado entre junio y septiembre de 1598, demuestra que vivió con un esplendor solo comprable al de la corte madrileña.

        En este libro la archivera de Trujillo, María Luisa López Rol, recopila un total de 58 documentos, unos protocolizados directamente por ella o por alguno de sus apoderados y otros, formalizados por otros pero en relación a ella. Entre ellos figuran poderes, arrendamientos, escrituras de compra-venta, cuentas, pleitos, etc. Los umbrales cronológicos se mueven entre 1574 y 1598, fecha de su fallecimiento. Se trata de un material documental totalmente inédito y en algunos casos no manejados hasta la fecha por la historiografía. Hay un aporte importante a la actividad social y económica desplegada en Trujillo por la más ilustre de las mestizas. Da la impresión que nadie la discriminó por tener la sangre manchada, Y es que entonces pasaba como ahora, que si el racialmente diferente o el extranjero tenía fortuna no había ningún problema en aceptarlo y hasta integrarlo. No hay que olvidar que hubo mestizos y hasta descendientes de musulmanes granadinos que ostentaron hábitos de caballería y en ocasiones hasta títulos nobiliarios. Doña Francisca era mestiza sí, pero pesaba a su favor su noble ascendencia incaica y la enorme fortuna que poseía ella y su marido Hernando Pizarro. Mucho linaje y mucho postín como para que alguien con menos posición económica que ella la discriminase. Y es que como decía Francisco Quevedo el metal precioso indiano igualaba lo mismo al noble que al pordiosero, al cobarde que al guerrero “porque poderoso caballero es don Dinero”.

        Bienvenida esta nueva obra que aporta datos inéditos sobre las actividades de doña Francisca Pizarro y que contribuyen a esclarecer un poco más la biografía de una de las mujeres más ricas y afamadas de su tiempo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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OREJANOS, CIMARRONES Y ARROCHELADOS

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IZARD, Miquel: Orejanos, cimarrones y arrochelados. Barcelona, Sendai Ediciones, 1988, 126 págs.

 

        Excelente trabajo sobre los Llaneros y la extensa región del Llano, entre Venezuela y Colombia, en la época moderna y contemporánea. Me ha sorprendido que, pese a las casi tres décadas que hace que fue publicado, su texto es verdaderamente imperecedero y en mi opinión lo hubiese escrito sin añadir ni quitar una coma en este año 2015 en el que vivimos.

        Está en la línea habitual en la que se mueve el autor, siempre dando voz a los marginados, a los rebeldes y a los oprimidos, que casi siempre suelen ser los mismos. De esta forma pretende dar voz a los eternamente vencidos, a uno de esos grupos humanos que fueron barridos por el devenir, al representar un estorbo en el proceso de expansión de las sociedades excedentarias o capitalistas. Por robarles, se les robó hasta el alma, la memoria de su propia existencia. Y es que, como diría Walter Benjamin, tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un enemigo que no ha cesado de vencer.

        Con la ocupación europea del territorio americano, se desencadenó una violencia fatal, tendente a explotar económicamente el territorio con mano de obra indígena y africana en condiciones en ambos casos de esclavitud. Sin embargo, los hispanos solo ocuparon las áreas nucleares, zonas donde había mano de obra aprovechable, pues habían estado al servicio de una organización estatal, y minas de metales preciosos. En total, el Imperio apenas ocupó un 20 por ciento del continente, quedando grandes vacios, como el oeste de Norteamérica, la Pampa austral o los Llanos, un espacio de más de 500.000 Km2 entre los actuales estados de Venezuela y Colombia. A aquel espacio, dominado por la sabana, escaparon algunas reses vacunas y équidos que en breve plazo formaron grandes manadas de ganado cimarrón.

Allí, junto a los nativos, sociedades primitivas autosuficientes, fueron llegando infinidad de arrochelados de muy distinta condición étnica: esclavos negros, mulatos, mestizos, indios y hasta europeos que huían de la represión física o ideológica de la llamada “civilización”. Estos continuaron arribando a lo largo de toda la colonia, huyendo casi siempre de la presión tributaria en los pueblos controlados por las autoridades coloniales. Una vez en el Llano se disolvían en un espacio inmenso y podían sobrevivir de la caza, de manera independiente o uniéndose a otros grupos de forajidos. Algunas rochelas llegaron a tener varios centenares de personas, mientras que otras se limitaban a una familia nuclear o simplemente a una o dos personas.

En este medio, agreste, pero también libre, se desarrolló una cultura riquísima, de la que desgraciadamente han llegado pocos vestigios hasta nuestros días. Estos llaneros se enfrentaban a las inclemencias de la naturaleza, la misma que unas veces se lo daba todo y otras se lo quitaba. Para los propios llaneros solo existían dos cosas, o al menos dos cosas importantes: el ganado y el cielo. Eran nómadas o seminómadas y viajaban necesariamente muy cortos de equipaje. Además del imprescindible caballo, apenas poseían dos pequeñas alforjas, con algunos enseres: sogas, lazos, aguja, cera, un cuerno usado como vaso y poco más. En sus diversiones recitaban historias de llaneros legendarios y entonaban canciones, acompañadas de alguno de los instrumentos que usaban habitualmente: maracas, hechas de calabaza con pepitas en su interior, una especie de guitarra de cuatro cuerdas y el arpa, esta última de madera de cedro con 32 cuerdas. Asimismo, conocían las plantas curativas que el entorno les proporcionaba y que usaban para combatir males comunes como la fiebre, dolores de estómago o las temidas diarreas.

Este mundo fue calificado de bárbaro, simplemente porque sus habitantes no se movían por el afán de lucro como en las sociedades capitalistas. Desde mediados del siglo XVII fueron llegando misioneros con la excusa de la evangelización y con el beneplácito de la oligarquía del norte que veía en ello una gran posibilidad de enriquecimiento. Obviamente, estos últimos ambicionaban aquellas extensas sabanas y sobre todo las grandes manadas de ganado orejano que allí había. Los primeros religiosos fueron franciscanos capuchinos, que trataron con poco éxito de reducirlos a pueblos. Después se incorporaron al proyecto otras órdenes como la dominica y la jesuita. Tras los religiosos llegaban siempre los empresarios u los oportunistas, dispuestos a quedarse con la tierra y sobre todo con el abundante ganado. La expulsión de los jesuitas, dejó grandes terrenos vacíos, ocasión que aprovecharon algunos oligarcas para hacerse con miles de hectáreas. La élite caraqueña siempre ambicionó el control del Llano de manera que a finales de la colonia el enfrentamiento de los grandes propietarios con los llaneros era una realidad enquistada. Estos viendo amenazada su propia supervivencia adoptaron una posición hostil en la que surgieron caudillos, como Esteban, el Jerezano o Pedro Peña que decidieron morir luchando en defensa de sus libertades. Obviamente, a la violencia de los grandes propietarios solo se podía responder con más violencia por lo que los llaneros, tomaron fama de crueles, ya que a veces después de asesinar a sus oponentes los desollaban y los colgaban de árboles. Era su forma brutal de resistencia, de marcar su territorio frente a la invasión que se les venía encima. Todo ello en un último, desesperado e infructuoso intento de salvar su mundo.

En la guerra de la independencia y en la federal los llaneros jugaron un papel muy destacado, pero fueron finalmente traicionados por la oligarquía criolla. Durante este tiempo el Llano recibió numerosas oleadas de desertores que preferían la huída a una muerte segura en el campo de batalla, luchando por ideales que les eran ajenos. Ello provocó un desquiciamiento cultural y un desarraigo que aumentó aún más el grado de violencia, al tiempo que se incrementaban las incursiones del ejército para apresar a ladrones, vagos y todo aquel que no pareciese una persona civilizada a la usanza occidental. La Revolución no significó un cambio social, los llaneros se sintieron traicionados y se vieron obligados a continuar el combate para salvaguarda su tierra y su cultura. Considerados simples bandidos, personas irreductibles, refractarios al capitalismo, fueron combatidos, exterminados y su cultura silenciada.

Una vez más, Miquel Izard se sitúa en el bando de los derrotados, de los eternamente olvidados, para darles voz a estos llaneros brutalmente exterminados y silenciados. El mayor mérito del autor es que consigue emocionar y enganchar al lector, restableciendo la memoria de este entrañable mundo del Llano y de los llaneros que sucumbieron ante el avance arrollador de la llamada “civilización” y del modo de producción capitalista.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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FRANCISCO PIZARRO, EL HOMBRE DESCONOCIDO

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MARTÍN RUBIO, María del Carmen: Francisco Pizarro, el hombre desconocido. Oviedo, Ediciones Nobel, 2014, 413 págs. ISBN: 978-84-8459-715-5

 

        Nueva obra sobre el conquistador del imperio de los incas, en esta ocasión escrita por la doctora y académica María del Carmen Martín Rubio. El libro incluye un prólogo, firmado por el Cónsul General del Perú en Madrid, Arturo Chipoco, un prefacio sobre la decadencia de España, firmados por Gracia Rubio y Salvador Rojí, una introducción, catorce capítulos, epíteto, apéndice y bibliografía. El libro está bien escrito y magníficamente editado, casi se lee como una novela histórica. Asimismo, tiene su punto fuerte en el buen conocimiento que la autora posee del territorio andino, lo que le permite identificar perfectamente los topónimos de la época de la conquista con los nombres actuales. A mi juicio ese es su mejor aporte, el estudio pormenorizado de la ruta que siguió la hueste conquistadora, señalando uno a uno cada uno de los pueblos y curacas que fueron sometidos por los hispanos en su proceso de anexión del Tahuantinsuyu.

        Ahora bien, nuevamente nos vemos en la tesitura, con todo el respeto hacia la autora, de objetar la apología que se hace del trujillano. En la introducción explica la metodología y las fuentes, quedando al descubierto las debilidades que vamos a encontrar a lo largo de todo el texto. Se presenta como un libro novedoso que pretende descubrir la “sensibilidad humanitaria” de Francisco Pizarro -Pág. 372-, hasta ahora oculta por culpa de la leyenda negra. Sorprenden afirmaciones como que Pizarro ¡siempre intentó proteger a los nativos mediante la legislación! Y digo que sorprenden porque, al igual que los demás conquistadores, sabía infringir castigos dolorosos y ejemplarizantes cuando lo creía oportuno. Estando en la isla de la Puná, cuando los nativos urdieron a sus espaldas una rebelión, decidió propinar un castigo ejemplar: los cabecillas fueron todos ajusticiados quemando en la hoguera a algunos de ellos y cortando las cabezas a los otros. Pero la autora no ofrece ni un solo dato de estas matanzas, ni en relación a la Puná ni a otros lugares, como Cajamarca, donde ni siquiera formula una estimación de las posibles bajas de dicha celada. Y por supuesto, la ejecución del Inca la hizo engañado por los testimonios del intérprete Felipe de Poechos, despechado por el amor que sentía hacia una de sus mujeres. Ello le lleva a concluir que el trujillano apreciaba mucho al Inca y que lamentó profundamente su ejecución -Págs. 230-231-. Es más, a su juicio, el tribunal que lo juzgó estuvo formado por almagristas quienes lo aprobaron pese a su oposición y, dado que era analfabeto, no pudo ni tan siquiera leer su sentencia –Pág. 377-. En lo que respecta a la muerte en la hoguera de Calcuchímac, el general de Atahualpa, dice la profesora Martín Rubio que fue inevitable porque era la muerte establecida por el catolicismo de la época a los infieles. Bueno, el argumento no es convincente, sobre todo teniendo en cuenta que los amerindios eran vasallos de la corona de Castilla desde tiempos de Isabel la Católica y, por cierto, no eran infieles sino paganos, que no era exactamente lo mismo. Está claro que Pizarro tenía un extraño sentido de la bondad y del amor que supuestamente profesó a los pobres quechuas. Y es que hablar de “sensibilidad humanitaria” en aquella época no deja de ser chusco y más si va referido a un conquistador.

Asimismo, huelga decir que su línea historiográfica no es nueva porque, muy contrariamente a lo que afirma ella misma, el grueso de la bibliografía pizarrista es hagiográfica y en este sentido esta obra es continuista. En cuanto al método, sostiene que ha escrito una obra “rigurosa, imparcial y objetiva”, limitándose a narrar los hechos para que el lector los juzgue y construya su propia opinión. Evidentemente estamos ante la más rancia metodología historicista, superada al menos desde mediados del siglo pasado.

En cuanto a las fuentes, afirma que son muy novedosas, pero en realidad son exclusivamente bibliográficas y encima extremadamente magras. Se basa fundamentalmente en el regesto publicado en 1986 por Guillermo Lohmann y en la crónica de Juan de Betanzos que ella misma editó hace unos años. Fuentes de sobra conocidas por todos los investigadores de ambos lados del océano.

Por lo demás encontramos ciertos errores e imprecisiones que conviene aclarar para evitar que continúen pasando a las obras de síntesis. Señala como fecha de nacimiento del conquistador el 26 de abril de 1478, siguiendo el testimonio de Pedro Cieza que dijo que en el momento de su óbito tenía 63 años y dos meses. Sin embargo, otras fuentes no verifican ese dato y hay que tener en cuenta que este mismo autor equivocó otras fechas que proporcionó. Además, Cieza no llegó a conocer personalmente al trujillano por lo que se debió basar en algún testimonio de su época. A mi juicio, sin disponer de una partida de bautismo o de un registro de nacimiento, es más que osado intentar fijar una fecha de nacimiento con día y mes. Mucho más grave es afirmar, siguiendo a José Antonio del Busto, que se bautizó en la parroquia de San Miguel de Trujillo. Y ello por la práctica de muchos historiadores de copiar de fuentes anteriores sin verificar los datos. Digo esto porque en esa ciudad extremeña jamás ha existido, ni en el pasado ni en el presente, una parroquia dedicada a esa advocación. Tampoco hay datos que verifiquen la presencia del trujillano en las guerras de Italia. Conocía las tácticas de combate del Gran Capitán, pero su fama en la época fue de tal magnitud que no hacía falta haber luchado con él para conocerlas. También afirma la Dra. Martín Rubio que “hay plena constancia” de que se embarcó en la armada de Nicolás de Ovando, arribando al puerto de Santo Domingo en 1502. Sin embargo, de constancia nada de nada, acabo de publicar yo mismo el rol de aquella expedición y he descartado totalmente su presencia en la misma. Igualmente, comete el error de copiar los nombres de los “Trece de la Fama” de la transcripción de la capitulación de Toledo que insertó en su obra el cronista López de Caravantes, induciéndole a algunos errores que hubiera evitado si los hubiese tomado directamente del documento original que es accesible desde el portal PARES y además se encuentra publicado en numerosas obras. Y finalmente, no creo que en marzo de 1529 se entrevistase en Toledo con Carlos V. Todo parece indicar que llegó varios días después de su marcha de ahí que en las instrucciones que le dejó a su esposa para los asuntos de Indias no mencione ni media palabra de la cuestión peruana ni mucho menos de la capitulación que tenía que firmar con el trujillano.

Otras erratas se pasean por el libro, lo que no dejan de ofrecer una mala impresión aunque se trate de errores sin importancia. Entre ellos, aparece el gobernador de Santa Marta García de Lerma como Pedro de Lerma o el historiador Guillermo Lohmann como Lhomann. Finalmente, en el apéndice transcribe el acta de refundación de Cuzco del 23 de marzo de 1534, documento que lejos de ser novedoso, está recogido en numerosos libros, sin errores paleográficos. Pero la autora se permite volverlo a transcribir, sin mencionar que no era inédito y para colmo, por error tipográfico, se saltó la primera línea del mismo.

En definitiva, como libro de lectura, como narración de hechos, está bien escrito y puede ser entretenido. Pero como libro de historia contiene enfoques metodológicos que distorsionan la realidad con el objetivo de verificar su hipótesis inicial, es decir el carácter humanitario y bondadoso del conquistador. Que más hubiese querido yo que los conquistadores hubiesen sido esos adalides del bien, esos caballeros andantes como nuestro legendario don Quijote de la Mancha.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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PATAGONIA. CRÓNICA DE UN VIAJE

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IZARD, Miquel: Patagonia. Crónica de un viaje. Madrid, Catarata, 2011, 206 Págs., I.S.B.N. 978-84-8319-605-2.

 

        El autor declara haber cruzado el charco en más de cuarenta ocasiones, sin embargo, el viaje a la Patagonia argentina, desde Trelew a Usuahia, en 2009 fue especial. Había viajado a Buenos Aires para impartir un curso de Maestría, aprovechando la ocasión para visitar esta atractiva región austral. Dicha experiencia la usa como excusa para trazar una historia sucinta del país, desde su conquista por los españoles hasta la actualidad. Eso sí, se trata de una historia diferente, crítica, tratando de ver lo que hay detrás de la apariencia, iluminando lo que hay debajo de los silencios, en definitiva, con el sello característico de los estudios de este genuino historiador catalán.

La progresiva llegada de los europeos fue pareja a la disminución drástica de los nativos: tehuelches, mapuches, onas, yámanas, etc. Se remonta el autor a la época de la Conquista de la que dice que, pese a su barbarie, solo afectó a una pequeña porción del territorio. En el resto se mantuvo un cierto grado de libertad, conviviendo grupos nativos con inmigrantes de muy diverso tipo: negros cimarrones, minorías étnicas y hasta homosexuales que huían del clima irrespirable creado por la España inquisitorial. En la Patagonia vivían lo que el profesor Izard llama “naciones armónicas”, cuya base era la autosuficiencia, la reciprocidad, la solidaridad y la cooperación, siendo sus órganos políticos eran asamblearios. Y aunque los europeos los tildaron de bárbaros, vivían en completa sintonía con la madre naturaleza, entre otras cosas porque en ello les iba su propia supervivencia.

Sin embargo, si el daño provocado durante la colonia fue grave, el perpetrado por los criollos tras la Independencia fue aún peor y además irreversible. El pensamiento anti-nativo se convirtió en doctrina oficial en la Argentina contemporánea, justificando el genocidio el destierro y el saqueo. Por poner un ejemplo significativo, en un libro de geografía, aprobado como texto escolar por el Ministerio de Educación, y escrito en 1926 por el profesor Eduardo Acevedo Díaz, se podía leer lo siguiente:“La Republica Argentina no necesita de sus indios. Las razones sentimentales que aconsejan su protección son contrarias a las conveniencias nacionales”.

        Pero retomando el relato de la Patagonia, afirma el autor que cuando se divisan aquellas llanuras inabarcables afloraran todo un cúmulo de sensaciones, intuyendo que detrás de aquellas llanuras inabarcables, de aquellos vacíos y de aquellos silencios había cosas, historias y vidas por descubrir. Fue el cronista italiano Antonio Pigafetta quien bautizó el territorio por primera vez como región Patagona, popularizándose el uso de Patagonia en el último cuarto del siglo XVIII. Desde la Independencia fueron usurpadas todas las tierras y exterminados casi todos sus habitantes originarios ya que no se adaptaban bien a la explotación laboral del mundo capitalista. Las tierras fueron adquiridas por grandes empresas o grandes latifundistas que las emplearon para la ganadería ovina extensiva, sustituida por la vacuna y la agricultura del cereal desde mediados del siglo XIX. El sobrepastoreo fue insostenible provocando la desertización. Se ubicaron en Tierra de Fuego varios presidios penales, sobre todo el de Usuahia, considerado un verdadero Guantánamo de la primera mitad del siglo pasado. Al parecer, fugarse era impensable, y en caso de ocurrir no existía posibilidades de sobrevivir fuera por las inmensos territorios helados que había que recorrer. Hasta su cierre el 21 de marzo de 1947 se perpetraron allí todo tipo de crímenes de estado: homicidios, lesiones, violaciones, estupros, etc. como denunció en 1934 el diputado Manuel Ramírez en una visita al penal.

En la actualidad la región se beneficia del turismo masivo, que a medio plazo puede resultar insostenible. Los Parques nacionales sumaban en 2005 más de tres millones y medio de hectáreas, repartidas en 33 áreas, existiendo además otros 250 predios protegidos. El castor, un roedor semiacuático originario de América del Norte y Eurasia, fue introducido desde Canadá a mediados del siglo pasado, convirtiéndose en una verdadera plaga. La tierra ha sido adquirida por grandes firmas, como la Benetton de la que se decía en 1997 que poseía en la zona cerca de 900.000 hectáreas. En sus costas se han producido decenas de naufragios ya que, antes de la construcción del Canal de Panamá, la Tierra de Fuego, era ruta obligada para los barcos que pretendían cruzar del Atlántico al Pacífico. Cientos de barcos, y en no pocos casos los cadáveres de sus tripulantes, yacen en las soledades del fondo marino. Y todo ello en la actualidad con el agravante de los vertidos de combustibles que generan los navíos que transitan o que naufragan. En noviembre de 2007, el “Explorer”, un crucero turístico, se hundió en la Antártida, y aunque sus pasajeros fueron rescatados, vertió 185.000 litros de combustibles que dejaron una mancha de 40 km2 en una zona que está declarada reserva natural de la humanidad. En definitiva, un precario equilibrio que la masificación turística y la sobreexplotación amenazan con destruir.

El maestro Izard nos acerca, con su eterna mirada crítica y su aguda labor investigadora, el pasado y el presente de la Patagonia argentina, un territorio enigmático y atractivo, pero también extremadamente frágil.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LAS INDEPENDENCIAS AMERICANAS Y SIMÓN BOLÍVAR, 1810-2010

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­CAVA MESA, Begoña (Coord.): Las Independencias Americanas y Simón Bolívar, 1810-2010. Bilbao, Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, 2010, 96 págs.

 

        En este pequeño libro se recogen las cuatro conferencias impartidas en Bilbao en 2010, por los profesores Roberto Breña Sánchez, Miquel Izard Llorens, Lionel Enrique Muñoz Paz y Carlos Malamud Rikles. El evento se realizó en la capital vizcaína , bajo el patrocinio del Ayuntamiento, la Diputación Foral de Vizcaya, la Consejería de Cultura del Gobierno Vasco y la Universidad de Deusto. El acto se realizó aprovechando la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y bajo el recordatorio de los remotos orígenes familiares vizcaínos del Libertador.

        Roberto Breña Sánchez, profesor del Colegio de México, disertó sobre la Independencia novohispana y su comparativa con la de Sudamérica. México evolucionó desde el autonomismo defendido en 1810 a la lucha por la independencia que se consumó en 1821 de la mano de Agustín de Iturbide. Se estableció una monarquía a diferencia de lo que ocurrió en el resto de Latinoamérica, exceptuando Brasil.

        Por su parte Lionel Muñoz Paz, de la Universidad Central de Venezuela, disertó sobre el proceso independentista en Venezuela, que también evolucionó desde el juntismo de 1808 en apoyo de la soberanía de Fernando VII a una rápida voluntad independentista a partir de 1810. El proceso estuvo muy influido por el ideario de la Ilustración y de la Francia Revolucionaria. El proceso fue relativamente rápido, impulsado por Simón Bolívar y Francisco Miranda, por lo que el 5 de julio de 1811 se proclamó la Independencia. Unos meses después, el 21 de diciembre de ese mismo año, se promulgaría la primera Constitución de Venezuela, claramente insipirada –si no copiada- de la Norteamericana.

        Carlos Malamud, profesor de la U.N.E.D., trazó un recorrido por la Independencia pero desde la óptica de revoluciones políticas. La Independencia fue mucho más que un enfrentamiento exclusivo entre criollos y peninsulares. Concluye Malamud que las independencias latinoamericanas no fueron revoluciones sociales ni económicas, pues las estructuras sociales y los sectores productivos y comerciales no sufrieron apenas variación. En muy poco tiempo todo retornó a la normalidad y las cosas siguieron siendo más o menos igual, aunque el control de los Estados Unidos y de Inglaterra fueron muy superiores al que ejerció la antigua metrópolis. Ahora bien, los sistemas políticos si experimentaron una gran variación desde la monarquía absoluta a un modelo republicano que, exceptuando el caso portugués, triunfó desde muy temprano en casi toda Latinoamérica. Como dice Malamud, el origen revolucionario de las naciones latinoamericanas dio lugar a la restauración del viejo ideal republicano, que se pretendía vincular a una regeneración de las nacientes repúblicas.

        Muy interesante es el trabajo de Miquel Izard, titulado “Libertarios versus libertadores” en el que se muestra muy crítico con las consecuencias de la Independencia para las poblaciones indígenas y cimarronas. Él, que había analizado críticamente la Conquista por las consecuencias humanitarias que acarreó a las culturas y civilizaciones aborígenes, arremete con argumentos sólidos contra lo ocurrido tras la emancipación. Y en este sentido ofrece un dato muy significativo, durante la colonia solo se ocupó realmente el 20 por ciento del territorio, quedando un inmenso espacio de libertad, donde se asentaron sociedades cimarronas, formadas por negros alzados, indios y renegados europeos de todo tipo, gitanos, presidiarios, pícaros, desertores, etc. A lo largo del siglo XIX se produjo la ocupación de todo el territorio americano, en un proceso de expansión “civilizatorio” que acarreó el exterminio de aquellos extensos espacios de libertad. Como dice el profesor Izard hacia 1880 los gobiernos americanos, con el nuevo fusil remington, “agredieron al 80% del Continente que hasta entonces se había ahorrado la civilización, lo que fue acompañado del exterminio de sus moradores, originarios o cimarrones. Y todo ello se hizo bajo la cobertura moral de todo un discurso “germinal y patriótico” que trató de justificar el genocidio en pro de la civilización, de la unidad nacional y de la patria. Fueron negadas y aniquiladas todas las identidades subalternas, homogeneizándolas todas a la fuerza bajo la excusa de la civilización. Como bien afirma Izard, la visión del indígena no fue ni comprendida ni respetada. Eso ocurrió muy claramente en el llamado Desierto argentino que no era tal, pero que fue despoblado a sangre y fuego para repoblarlo después con inmigrantes europeos, fundamentalmente italianos y españoles.

        En definitiva, la revolución de Independencia, fundamentalmente criolla, fue la llave que abrió la puerta a un nuevo genocidio, mayor aún que el colonial, en el que eliminados los enormes espacios de libertad del continente americano. En el fondo los criollos estaban convencidos de que estos representaban un lastre para el desarrollo. Una idea muy generalizada en Latinoamérica a lo largo de toda la Edad Contemporánea. Por ello, estaban decididos a sacarlos del pasado y a incorporarlos a su nueva sociedad. Ya no habría ni República de indios, ni nación india, ni comunidades indígenas, tampoco sociedades cimarronas, esas categorías desaparecerían por las buenas o por las malas.

 

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LA GRAN ARMADA COLONIZADORA DE NICOLÁS DE OVANDO, 1501-1502

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MIRA CABALLOS, Esteban: La gran armada colonizadora de Nicolás de Ovando, 1501-1502. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2014, 460 págs.

 

         El período de gobierno de Nicolás de Ovando me viene interesando desde mis años de estudiante de la licenciatura de Historia de América. Hace ya más de dos décadas llamó poderosamente mi atención este freire a quien se encargó enderezar el rumbo de la fracasada factoría colombina. Siempre me pareció su gobierno, austero, duro, brutal y sangriento, pero también leal y, sobre todo, eficaz, para asentar una colonización que hasta ese momento estaba siendo cuestionada. Y, en especial, me interesé por la gran escuadra de más de treinta navíos que se aprestó en Sevilla desde finales de 1501. El bullicio que presumiblemente generó debió ser verdaderamente espectacular. Dicha flota tuvo una importancia excepcional por varios motivos: primero, porque fue la mayor empresa colonizadora preparada hasta esos momentos por Castilla. Segundo, porque fue la primera aprestada en Sevilla, ciudad que comenzaba a configurarse como la metrópolis del comercio indiano, en detrimento de los puertos onubenses y gaditanos, como se confirmaría solo un año después con la fundación en aquella ciudad de la Casa de la Contratación. Y tercero, porque su organización fue modélica, hasta el punto que se convirtió en punto de referencia para otras posteriores, como la de Diego Colón de 1509 o la de Pedrarias Dávila de 1513.

         Sin embargo, pese a la importancia del acontecimiento y a falta del libro de armada, nos teníamos que conformar con los datos ofrecidos por los principales cronistas. El tiempo pasó, y en el año 1998 apareció un extraordinario estudio sobre la flota de Pedrarias Dávila a Castilla del Oro (1513-1514), publicado por la doctora María del Carmen Mena García. Desde ese momento siempre quise realizar un trabajo similar de la escuadra ovandina, aprestada más de una década antes y con la que guardaba muchos paralelismos, aunque también notables diferencias. Por ello, me parece justo decir que el modelo que he seguido para la realización de este texto ha sido el libro de la armada de Pedrarias. No obstante, he dispuesto de bastante menos información, de ahí que haya numerosos aspectos que, muy a mi pesar, no he podido reconstruir.

         Mi objetivo ha sido recolectar minuciosamente todos los datos fiables que conocemos sobre la escuadra para, a continuación, realizar un análisis detallado de la misma. Es posible que éste sea el único mérito de esta obra, es decir, el de haber recopilado todos los datos que circulaban, la mayoría impresos, en muy distintos ensayos, trabajos de investigación y colecciones documentales. Huelga decir, que el libro puede tener cierto valor mientras no aparezca el libro de armada porque cuando eso ocurra –si ocurre-, su trascendencia será meramente anecdótica, aunque eso sí, sabremos exactamente cuántas de mis hipótesis eran ciertas.

         La elección del título ha sido meditada; hablamos de colonización frente a descubrimiento y conquista porque, por primera vez, la idea era establecer lo que Juan Pérez de Tudela llamó nuevo poblamiento, de ahí que se premiase con pasaje franco a todos los casados que decidiesen llevar consigo a sus familias. No ignoro que algunas armadas anteriores, especialmente la del segundo viaje colombino, también habían tenido pretensiones colonizadoras, pero nunca hasta ahora se había puesto tanto empeño en asentar la colonización. Y asimismo, utilizamos la palabra flota y no armada, aunque en la documentación ambos términos se emplean de manera sinónima. Sin embargo, pese al mantenimiento del nombre de las Flotas de Nueva España, en adelante se usó más el término armada cuando era una formación de carácter estrictamente militar, y flota cuando se trataba de una comercial. Por este motivo, y aunque la diferencia entre armadas y flotas era muy sutil, he preferido usar este último concepto.

         E incluido al final del texto ocho apéndices en los que aparece la información básica sobre la que hemos cimentado nuestro análisis. El primero tiene, a mi juicio, un valor extraordinario ya que es la primera relación alfabética documentada de los pasajeros. Se trata de un listado con cerca de medio millar de personas cuya presencia en la flota es segura o muy probable. Está confeccionada con todo el material documental e impreso disponible hasta la fecha. Hemos excluido de la lista a todo aquel sobre el que teníamos dudas fundamentadas, incluyéndolos en el apéndice II. Los apéndices III, IV y V no tendrían ningún valor si se conservase el libro de armada, hasta el presente extraviado. Se trata de tres extractos que realizaron otros tantos historiadores, de ahí su interés. El apéndice III es una interesante relación que elaboró, en el siglo XVIII, el célebre erudito y archivero Juan Bautista Muñoz y que nos aporta infinidad de detalles sobre los pasajeros y la cargazón. En el apéndice IV, reproducimos otro extracto, en esta ocasión redactado en 1886 por Fernando Belmonte y Clemente, que se centra fundamentalmente en los navíos y en la tripulación. Y finalmente, en el apéndice V, incluimos otro resumen que publicó fray Ángel Ortega O.F.M. sobre los franciscanos que viajaron en la misma y los enseres que llevaban. Las tres minutas son complementarias y suplen en buena medida la ausencia del tantas veces citado –y añorado- libro de armada. En el apéndice VI, presentamos una extensa relación de todos los trabajadores que viajaban con contrato laboral, especificando sus condiciones. En el apéndice VII, reproducimos el registro de la nao Santa Catalina que zarpó del puerto de Santo Domingo en septiembre de 1505. En dicha relación se incluyen los nombres de algunos recién llegados que enviaban a Castilla diversas partidas de oro, algunas muy cuantiosas. Y finalmente, en el apéndice VIII, elaboramos un listado fiable de aquellas personas que permanecieron en la isla, retornaron a la Península o marcharon a otros lugares. En base a este registro, ofrecemos algunas reflexiones en el texto.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Si alguna persona desea adquirir este libro diríjase a la siguiente dirección de email: Caballoss1@gmail.com)

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HISTORIA MILITAR DE SANTO DOMINGO

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UTRERA, fray Cipriano de: Historia Militar de Santo Domingo (Documentos y noticias). Santo Domingo, Banreservas-Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2014, (3 vols. de 492, 459 y 445 págs.)

 

        Los estudiosos de la historia de la colonización temprana del Nuevo Mundo hemos recibido con alegría la reedición de esta obra del célebre capuchino fray Cipriano de Utrera (Utrera, Sevilla, 1886-Antequera, Málaga, 1958). El religioso llegó a la República Dominicana en 1910, con el cometido de dirigir la misión franciscana en la isla. En este país caribeño vivió varias décadas, escribiendo numerosos libros sobre la historia y el patrimonio artístico del país. Todos sus textos se caracterizan por sus abigarrados datos y por un aparato crítico insólito para su época, cuyos datos obtenía de sus frecuentes visitas al Archivo General de Indias. El problema era que sus publicaciones eran autoediciones de las que se imprimían unos pocos ejemplares, motivo por el cual su obra es rarísima y apenas conocida por unos pocos investigadores, vinculados a la historia dominicana en el siglo XVI.

La Historia Militar de Santo Domingo la comenzó a publicar hacia 1947 por fascículos en la Revista Militar órgano del Ejército Nacional de la República, editando tres años después una compilación de los mismos en formato de libro. Yo poseía un ejemplar fotocopiado que conseguí en una de mis estancias en la isla, allá por el año de 1994. Pero incluso, los originales se leían muy mal pues empleaba un cuerpo de letra extremadamente reducido tanto en las transcripciones de documentos como en las notas.

        Por ello, esta obra es para unos pocos una reedición pero para la mayoría como una obra totalmente nueva. Los ejemplares se presentan con una cuidada edición y una normalización en el cuerpo de la letra que permite disfrutar de sus páginas e, incluso, ver detalles que en las viejas fotocopias se leían con dificultad o simplemente pasaban desapercibidos. Asimismo, esta reedición incorpora una magnífica presentación a cargo del doctor Genaro Rodríguez Morel que sintetiza muy bien las virtudes y los defectos –que también los tiene- del libro.

Ahora bien, como dice el citado Rodríguez Morel el texto ha sido ampliamente superado, pues la historiografía ha evolucionado muchísimo desde mediados del siglo XX. Fray Cipriano no era más que un acucioso e inagotable transcriptor de documentación. Hay veces que ofrece comentarios que parecen suyos y que hemos podido comprobar que eran en realidad copia de algún documento o afirmaciones de algunos de los cronistas más conocidos de esa centuria. Por tanto, el lector no va a encontrar un análisis sesudo de fray Cipriano pero sí todo un océano de datos extraídos pacientemente a pie de archivo. Incluso yo, que había consultado decenas de veces las viejas fotocopias de la primera edición, he encontrado datos interesantes que se me habían pasado tanto en el original como en el Archivo de Indias.

        Asimismo, huelga decir que, pese al título, el autor apenas trabaja las cuestiones militares de la isla sino que se centra en realidad en la historia política a lo largo del siglo XVI. Están comentadas una a una cada una de las etapas, estructuras en base a los distintos gobernadores y presidentes de audiencia que fueron pasando por la isla. Empieza pues a finales del siglo XV, con el gobierno de don Bartolomé Colón, hermano del Almirante, y termina en la primera década del siglo XVII, coincidiendo con el período de gobierno de Antonio Osorio.

       En resumen, es muy de agradecer el esfuerzo y en empeño de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos y del Banco de Reservas de la República Dominicana por editar esta obra. Unos textos que, como afirma Rodríguez Morel, han permanecido en el anonimato durante más de seis décadas, no solo para los investigadores europeos sino incluso para la mayor parte de los historiadores dominicanos. Estos tres tomos de fray Cipriano de Utrera constituyen una fuente inagotable de información para cualquier investigador interesado en la historia de la isla Española en el primer siglo de la colonización.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LAS CUATRO PARTES DEL MUNDO

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GRUZINSKI, Serge: Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización. México, Fondo de Cultura Económica, 2010, 480 págs., il.

 

        Acaba de caer en mis manos este ejemplar del historiador Serge Gruzinski, especializado en lo relacionado con el mestizaje moderno en su sentido más extenso. Ahora que tan de moda está el fenómeno de la globalización, este libro tiene un extraordinario interés pues aclara con cientos de pruebas el inicio de este fenómeno, a raíz de la expansión ibérica del siglo XVI. Que la globalización empezaba en la Edad Moderna era algo que ya sabíamos, o más bien sospechábamos, pero Serge Gruzinski aporta tal número de pruebas que queda demostrado definitivamente

El estudio arranca con el análisis del Diario de Domingo Chimalpahin, un indio chalca –señorío situado al sur del valle de México- que narró sucesos como el asesinato del rey Enrique IV de Francia. Este último era el segundo rey galo que moría en un intervalo de menos de dos décadas. Pero no era el único que se interesaba por la historia de Europa. Pintores japoneses también representaron al rey francés junto a otros príncipes del mundo. El propio Chimalpahin en su texto también se hace eco de diversas noticias ocurridas en Japón, como la tortura y muerte de seis franciscanos en aquellas remotas tierras del lejano oriente. A juicio de este indio el mundo de su tiempo se dividía en cuatro partes, a saber: Europa, Asia, África y el Nuevo Mundo con capital en Roma y un soberano universal como era el rey de España. Un mundo global con una única capital y con un único soberano.

        Todo esto lo que demuestra es que el mundo estaba ya globalizado a principios del siglo XVII, pues las noticias, los libros, los objetos artísticos, las ideas y las personas circulaban a escala planetaria. El propio Domingo Chimalpahin, aunque indígena, era por su formación un escritor mestizo. El hecho de que se interese lo mismo por la Francia de Enrique IV que por el Japón de los Tokugawa nos está indicando los vínculos de los cuatro continentes conocidos. Desde el siglo XVI miles de personas emigraron de Europa y África a las Indias Occidentales y Orientales, unos voluntariamente y otros de manera forzada, como mano de obra esclava. Además, varios miles de indígenas americanos llegaron a territorios europeos a lo largo de la Edad Moderna, creando incluso una oligarquía indígena y mestiza en la Península Ibérica. Hay un caso muy representativo como es el del cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo que realizó varias decenas de viajes entre España y América, como si de un turista del siglo XXI se tratase.

        También los libros circulaban por las Indias desde los primeros años de la colonización. Unas décadas después se sintió la necesidad de instalar imprentas en el Nuevo mundo, sobre todo por el deseo de producir in situ catecismos adaptados a las necesidades de la evangelización. En 1561 se instaló en México la primera imprenta del Nuevo Mundo, aunque el Perú, debió esperar aún cuatro décadas para que el piamontés Antonio Ricardo estableciera la suya.

        Las obras de arte circularon también por las cuatro partes del mundo. Las colecciones de los nobles europeos no tardaron en atesorar lo mismo idolillos indígenas que cuernos de rinoceronte, huevos de avestruz, colmillos de elefante o pinturas y joyas de muy diversas civilizaciones. Hubo escultores índígenas, en México y en Puebla de los Ángeles por ejemplo, que realizaron imágenes de crucificados y santos para iglesias, conventos y cofradías españolas en el mismo siglo XVI. Así, por ejemplo, en 1571, el sevillano Pedro Martínez de Quevedo encargó al indio Joaquín n retablo con treinta escenas de los misterios de la Pasión así como de varias figuras de santas. Talleres indígenas que poseían entre su clientela a nobles europeos. Los colegios conventuales y las primeras universidades indianas se encargaron de difundir el latín como lengua culta, occidentalizando todo el orbe. También el pensamiento culto, en su tradición aristotélica formó parte del proceso de mundialización ibérica.

        Algún dato de los que aporta me parece más que dudoso. Por ejemplo, dice que Gonzalo Fernández de Oviedo realizó más de medio centenar de viajes entre España y America -pág. 54-. Sin embargo, eso es impensable pues implicaría casi un viaje anual; solo algunos marinos y tripulaciones con mucha suerte pudieron superar tal número de viajes. Y digo suerte porque es difícil pensar que sobrevivieran a tantas travesías.

        Pese a ésta y otras imprecisiones, podemos concluir que estamos ante una obra excelente y bien escrita que demuestra que la globalización dio comienzo en el siglo XVI, íntima ligada a la formación del primer gran imperio de la Edad Moderna, el hispánico.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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ESPAÑOLAS DEL NUEVO MUNDO

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GÓMEZ-LUCENA, Eloísa: Españolas del Nuevo Mundo. Ensayos biográficos, siglos XVI-XVII. Madrid, Cátedras, 2013, 462 págs.

 

        Se compendian en este libro 38 biografías -18 extensas y 20 breves- de otras tantas mujeres que hicieron las Américas en los dos primeros siglos de la colonización. Entre ellas hay un poco de todo, desde conquistadoras a gobernadoras, pasando por simples doncellas, costureras y hasta una prostituta, María de Ledesma. Maneja la autora una amplia bibliografía por lo que algunas de sus protagonistas están excelentemente documentadas. Se trata de un ensayo que sintetiza magníficamente lo que sabemos pero huelga decir que no es una obra de investigación por lo que no hay aportes significativos sobre esas biografiadas. De hecho, hay personajes como Ana de Ayala o doña Juana de Arellano y Zúñiga, esposas de Francisco de Orellana y Hernán Cortés respectivamente, de las que sabemos muy poco y que todavía esperan la mano de algún investigador que complete sus respectivas biografías.

        Tiene razón la autora cuando afirma que los cronistas de Indias narraron fundamentalmente las hazañas de los varones, omitiendo el de aquellas féminas que también estuvieron allí, en muchas ocasiones luchando codo a codo con ellos. En este sentido, reprocha a Bernal Díaz del Castillo que relacione uno a uno los équidos que llevaba Cortés y omitiera el nombre de las mujeres que iban en la hueste. Sin embargo, se trata de un comportamiento discriminatorio que estaba generalizado en la época y, ello sin contar que era más importante para la conquista un caballo que cualquier miembro de la hueste, hombre o mujer.

        La selección de biografías siempre es discutible sobre todo porque con las descartadas se podría escribir un segundo y hasta un tercer volumen. Sin embargo, sorprende que incluya algunas mujeres irrelevantes, no por su oficio sino porque murieron en la travesía sin pisar tierras americanas, como Francisca de la Cueva, y en cambio excluya a personas de tronío como las dos Isabel de Bobadilla, madre e hija. La madre era la esposa de Pedrarias Dávila, una mujer temperamental que quiso acompañar a su marido a Castilla del Oro mientras que la hija fue la mujer de Hernando de Soto, quien quedó como gobernadora interina en Cuba, cuando éste marchó a la Florida. También se nota la ausencia de doña Guiomar de Guzmán, recia encomendera con ansias de poder, que tuvo una gran significación en la Cuba de los primeros años, desposándose con el contador Pedro de Paz, y en segundas nupcias con el gobernador de la isla Gonzalo de Guzmán. Tampoco comparece la trujillana Inés Muñoz, la valiente esposa de Francisco Martín de Alcántara que tuvo agallas para enfrentarse a los almagristas, acusándolos de asesinos, al tiempo que salvaba la vida de los hijos del marqués, escondiéndolos en el convento de la Merced. Y por citar un último ejemplo, doña Isabel Rodríguez de Romera y Tamariz fue otra mujer singular, esposa del sevillano Rodrigo de Bastidas, y cuyos restos reposan en la catedral de Santo Domingo, bajo una losa con la siguiente inscripción: “Aquí yace la virtuosa cristiana y religiosa señora doña Isabel Rodríguez de Romera, natural de la insigne villa de Carmona, mujer que fue del Adelantado don Rodrigo de Bastidas y madre del Reverendo obispo de San Juan, don Rodrigo de Bastidas. Falleció año de 1553 a 15 de septiembre. Requiescat in Pace”.

         Dado que sería imposible reseñar una a una las 38 biografías que incluye la autora, nos limitaremos a glosar algunas de ellas para que el lector se pueda hacer una idea del contenido y del alcance de esta excelente obra. Sin duda una de las mujeres con más linaje que pisaron el continente americano fue la virreina de las Indias María Álvarez de Toledo, esposa de Diego Colón y por tanto nuera del Primer Almirante. Por cierto, llama la atención que reconstruya la vida de su esposo en base a un “Diccionario de Historia de España” en vez de usar la clásica obra de Luis Arranz Márquez –Don Diego Colón, T. I. Madrid, 1982-. Ella acompañó a su marido en la flota de 1509, llegando a Santo Domingo con un cortejo de damas que causaron verdadera sensación en la isla, instalándose desde 1514 en el bello alcázar gótico mudéjar que ellos mismos se mandaron construir. En 1526, tras la muerte de su esposo, se encargó de luchar por los derechos de sus hijos en los conocidos “Pleitos Colombinos”. En 1544 se reembarcó rumbo a la Española con un equipaje muy singular, los restos mortales de su marido y de su suegro que los llevaba a sepultar en la catedral de Santo Domingo, donde unos años después también se inhumó ella.

No menos apasionante es la vida de Ana de Ayala, esposa de Francisco de Orellana, el descubridor del Amazonas. Viajó junto a su esposo en la segunda expedición descubridora, zarpando de Sevilla en febrero de 1545 con la intención de remontar el Amazonas y poblar río arriba. A primeros de noviembre de 1546 falleció Francisco de Orellana víctima de una enfermedad, en medio de la selva ecuatorial, cuando sólo tenía 35 años. Entre los pocos supervivientes se contó su esposa Ana de Ayala que consiguió llegar, junto a un puñado de hombres, a la isla Margarita. Apenas hay datos para reconstruir su vida desde 1545, pese a que sobrevivió a su esposo más de un cuarto de siglo.

Muy interesante es también la biografía de la metellinense doña Mencía Calderón, Adelantada del Río de la Plata. Su marido había obtenido en 1547 licencia para descubrir y poblar el Río de la Plata. Pero, por desgracia falleció inesperadamente en Sevilla a primeros de marzo de 1549, justo antes de zarpar la expedición. En ese momento entró en acción su esposa, realizando unas eficaces y rápidas gestiones para lograr que su hijo Diego de Sanabria figurase como nuevo titular de la capitulación firmada por su marido. Ella zarpó, con sus hijas, hacia el Río de la Plata en 1550 al frente de tres barcos capitaneados por Hernando de Trejo, mientras su hijo se quedaba solucionando algunos asuntos en el Consejo de Indias. La travesía resultó ser muy accidentada; primero los vientos desplazaron la flota hasta las costa de África, donde fueron asaltados y robados por corsarios berberiscos, luego consiguieron arribar al puerto de Santa Catalina en Brasil. Desde allí pidieron socorros pero, como no llegaron, decidieron ir a pie a la ciudad de Asunción. Doña Mencía Calderón consiguió finalmente su objetivo, llegando al Río de la Plata y convirtiéndose en muy poco tiempo en una de las personas más influyentes del lugar.

         El relato de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, era de obligada inclusión en esta obra y así lo hizo su autora que le dedica veintidós jugosas páginas. Como afirma Gómez-Lucena se trataba de un varón aprisionado en el cuerpo de una mujer por lo que se travistió de hombre, paseándose por toda América y viviendo infinidad de aventuras y peripecias. Son llamativas tanto su facilidad para hacerse pasar por un hombre como la comprensión por parte de algunas autoridades, en aquellas ocasiones en que fue descubierto su secreto. Y digo esto porque la sociedad de la época no se caracterizaba precisamente por la tolerancia, sobre todo en temas relacionados con la sexualidad.

         Comparecen varias de las mujeres que estuvieron presentes en la hueste cortesiana. Sin duda, la más destacada fue la soldado María de Estrada que tomó parte en los principales lances de la conquista de la confederación mexica. Por cierto, como mera anécdota, la autora niega que los mexicas practicasen el canibalismo ritual con sus prisioneros y, siguiendo a Motolinía, afirma que solo se comían el corazón los sacerdotes. Sin embargo, existen innumerables pruebas que demuestran lo contrario, pues a falta de grandes animales mamíferos, sus santuarios parecían mugrientas carnicerías donde los prisioneros eran descuartizados para el consumo. Los textos del antropólogo estadounidense Marvin Harris son muy explícitos en este sentido. Beatriz González, la propia María de Estrada, Isabel Rodríguez y Beatriz Bermúdez de Velasco hicieron de improvisadas enfermeras de los heridos, ante la falta de personal sanitario especializado.

         Muy completas y acertadas son las biografías de las damas Catalina Juárez –o Suárez- y Juana de Arellano y Zúñiga, las dos esposas que tuvo Hernán Cortés. La primera falleció en 1522 en extrañas circunstancias, sin haber llegado a tener descendencia, desposándose en segundas nupcias siete años después con doña Juana de Arellano y Zúñiga. Esta última era hija de Carlos Ramírez de Arellano, segundo Conde de Aguilar de Inestrillas y de doña Juana de Zúñiga. Era una muchacha joven, capaz de darle los hijos que el metellinense quería, de alta alcurnia y virtuosa. Regresó a España en los años sesenta y mantuvo un largo pleito con su hijo primogénito. Apenas tenemos referencias sobre su vida en Sevilla hasta su fallecimiento en 1578.

        Entre las biografías menores, destaca la de María de Escobar, mujer que fue de Martín Estete primero y después del trujillano Francisco de Chaves. Según Garcilaso de la Vega fue la primera persona que cultivó trigo en Perú, aunque bien es cierto que el padre Cobo atribuye tal logro a Inés Muñoz, la cuñada del gobernador.

        Por lo demás, se detectan algunos errores conceptuales, como confundir los Libros de Armada con los Registros de Pasajeros de la Casa de la Contratación –pág. 65- que son dos fuentes diferentes como sabe toda persona habituada a investigar en el Archivo de Indias. Asimismo, unifica las dos fases de las guerras civiles peruanas lo que le lleva a decir erróneamente que Diego de Almagro pertenecía al bando realista leal al rey mientras que Francisco Pizarro y su hermano Gonzalo, deseaban crear su propio reino independiente de la corona de los Habsburgo –págs. 46 y 47-. Tampoco usa correctamente algunos términos como navegación en “conserva” o la encomienda indiana.

        A modo de conclusión, hemos de decir que pese a estas puntualizaciones, estamos ante una obra valiosa, inteligente y bien documentada. Un libro recomendable lo mismo para cualquier lector no especializado que para el investigador que encontrará un estado de la cuestión a partir del cual seguir construyendo la historia de estas mujeres.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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QUETZATCOÁTL. LA ESPIGA DE FUEGO

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        Último libro de la trilogía que el periodista y escritor Luis Amado ha dedicado a la conquista de América. En su línea divulgativa habitual, analiza distintos aspectos del hundimiento de la confederación mexica y de la incaica. Como bien dice el autor, se trataba de estados legítimos, tan civilizados o incivilizados como los propios países europeos.

La figura de Quetzalcóatl, ocupa un lugar principal en la trama argumental, el dios civilizador azteca, la serpiente emplumada que, según la leyenda, retornaría al valle de México para establecer una nueva era. Esas profecías atenazaron a Moctezuma II que interpretó que Hernán Cortés era la encarnación del dios que retornaba a su reino. Esta errónea interpretación fue una de las causas del rápido hundimiento de la confederación mexica. También se trata extensamente la figura de doña Marina, la Malinche, una mujer objeto de duras críticas por la traición al pueblo indígena. Su apoyo fue decisivo en la consumación de la Conquista, no sólo por ser su traductora personal sino porque era siempre la primera en enterarse de las conspiraciones. Precisamente por ello algunos historiadores, indianistas e indigenistas, la acusan de traicionar a su pueblo, opinión muy extendida en el México actual. Para muchos, es una mujer maldita, una de las principales responsables de la caída de la confederación. Me atrevo a decir que se ha encontrado un chivo expiatorio que, como en tantos casos, suele ser la persona más débil. Igual que se acusa a los propios indios de haber matado a Moctezuma, hecho no del todo probado, se señala a una nativa de ser una de las causantes del desastre de la Conquista. Pero huelga decir que no se le puede culpar de haber traicionado al pueblo mexicano porque éste no existía como tal, pero ni tan siquiera al pueblo indio porque nunca tuvieron conciencia de unidad –y esa fue precisamente su perdición-. Tampoco le debía nada a la confederación mexica, pues su misma madre la había vendido en Tabasco –Yucatán-. El único error que cometió fue enamorarse de un hombre que no le correspondió en la misma medida en que recibió. De hecho, posteriormente la regaló a su amigo y paisano Hernández de Portocarrero. Pero, tras enviarlo a España, la volvió a tomar, procreando con ella. Un mero espejismo porque no tardó en despreciarla de nuevo, entregándola a su amigo, el barcarroteño Juan Jaramillo.

Finaliza el libro con una sugerente crítica a la Conquista, en la que el autor insiste en la necesidad de restitución del inenarrable daño causado durante el proceso. Y es que, tradicionalmente la historiografía hispanista ha defendido ardorosamente los grandes aportes de España a Iberoamérica: una lengua común, una cultura, una religión superior, el fin de prácticas indígenas como el canibalismo, la poligamia o los sacrificios rituales. Todo eso está muy bien, pero ¿a qué precio se impuso todo eso?, ¿realmente mejoró a corto o medio plazo la vida de esos indios? Claro está que no. Como bien refleja el autor en este libro, al margen de los cientos de miles de amerindios que murieron por enfermedades, hambres y malos tratos, los que sobrevivieron tuvieron que afrontar unas condiciones laborales penosas. Los hispanos usaron palabras eufemísticas para designar a la esclavitud –encomienda- o a las razias –armadas de rescate-, tratando de disimular los atropellos cometidos.

Muy curiosa es la inclusión en un capítulo –el 21- titulado Juicio de Residencia y digo que es curioso, porque el juez es el propio autor que, sin pesquisa secreta, presenta los principales cargos contra conquistadores como Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, y los hermanos Pizarro. El fallo no deja de ser ocurrente: condeno a todos y cada uno de los aquí imputados a la condenación en los infiernos, por ésta mi sentencia que de suso va incorporada…

Esto y mucho más puede encontrar el lector entre las páginas de este libro, entretenido, curioso, documentado y bien razonado desde el punto de vista ideológico. Cinco siglos después de la Conquista ya es hora de redimir y hacer justicia con la América Prehispánica, desaparecida entre el olor a pólvora de las humeantes bombardas. Ese es el empeño que anima los textos de Luis Amado.

En cuanto a las críticas, son pocas pero no quiero dejar de reseñarlas: por un lado, las láminas son de una calidad ínfima y no aportan nada al relato por lo que debió haberlas omitido. Y por el otro, como de costumbre en los textos de Luis Amado, se aprecia un cierto desorden en la secuencia de los hechos, yo creo que muy acorde con la personalidad de su autor, que escribe en base a impulsos más que a una planificación serena. Bien es cierto, que esta anarquía en la línea argumental, le proporciona a su obra un notable dinamismo que impiden que el aburrimiento del lector.

Enhorabuena, pues, a su autor por esta nueva entrega y por culminar el proyecto que empezara hace algún tiempo con la publicación del primer tomo de la trilogía. Y dicho sea de paso, está en fase avanzada la grabación de un documental, La estrategia del ajedrez, cuyo guión se basa en los textos de esta trilogía.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CUANDO LOS INDIOS DESCUBRIERON EL VIEJO MUNDO

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TALADOIRE, Éric: D`Amérique en Europe. Quand les Indiens découvraient l`Ancien Monde (1493-1892). Paris, CNRS Éditions, 2014, 286 págs.

 

        Éric Tadaloire, profesor emérito de la Universidad de París y reconocido especialista sobre las civilizaciones mesoamericanas, nos sorprende ahora con este nuevo estudio sobre la presencia indígena en Europa. Como explica el autor, el Descubrimiento de América supuso un gran choque civilizatorio con consecuencias bidireccionales. De hecho, hubo una rápida adopción en el Viejo Mundo de determinados alimentos indianos, así como de plantas medicinales y de otros rasgos de su cultura material. Se produjeron de manera inmediata trasvases culturales en un doble sentido, muy a pesar de que a la postre la cultura inferior terminó sucumbiendo ante la invasora. Esto ha sido una dinámica frecuente en la historia de la humanidad, en la que reiteradamente las culturas más atrasadas desaparecieron ante el progreso de las más avanzadas.

Los europeos descubrieron América, pero también los nativos americanos descubrieron Europa. En este último aspecto, en el que la bibliografía es todavía escasa, se centra esta obra. Hasta finales del siglo XIX arribaron a Europa varios miles de indígenas y de mestizos por motivos extremadamente variados. La mayoría lo hicieron de manera forzada, como esclavos o sirvientes de los conquistadores y colonizadores, pero otros viajaron de manera voluntaria.

El autor habla de dos etapas: la primera abarcaría de 1493 a 1616, coincidiendo la primera fecha con el retorno de Colón con los primeros indios, y la segunda con la llegada a Londres de la bella Pocahontas. En esta etapa el flujo fue más intenso y, en general, la mayoría lo hicieron como esclavos, aunque desde 1542 se ralentizó por la expedición de las Leyes Nuevas en las que, en teoría, se abolió la esclavitud de los indios. A pesar de ello, en Lisboa y Zafra se siguieron vendiendo esclavos amerindios con total normalidad hasta bien entrado el siglo XVII. La segunda etapa, que incluiría desde 1616 a 1892, se caracteriza por un descenso del flujo y sobre todo por un cambio en las circunstancias por las que éste se producía. Las arribadas se relacionaban ahora con la política europea, dirigiéndose más a los países del norte de Europa, como Francia o Inglaterra.

        Como ya hemos afirmado, no solo llegaron aborígenes como mano de obra sino por motivos de lo más variados. Primero, fue frecuente traer naturales a España para que aprendiesen rápidamente la lengua castellana y que sirviesen de intérpretes en el proceso expansivo. Asimismo, se remitieron hijos de caciques y curacas en un intento de aculturar a la élite dirigente para así controlar al pueblo. De hecho, ya Cristóbal Colón trajo consigo en 1493 a los primeros indios que pisaron el continente europeo, siendo bautizados solemnemente en el monasterio de Guadalupe. Otros muchos fueron traídos como parte del espectáculo ostentoso de los peruleros. De hecho, muchos indianos adinerados regresaron a Europa con toda una corte de indios, causando auténtica sensación por allí donde pasaban. Sin ir más lejos, en 1519 Hernán Cortés envió a España a Portocarrero y Montejo con el quinto real con seis indios cempoaleses. Por citar otro ejemplo, en 1534 llegó a la capital del Guadalquivir Hernando Pizarro con una auténtica fortuna y una corte de llamas e indios, vestidos a su usanza, que provocaron el asombro de cientos de sevillanos que se congregaron en torno a la comitiva. Desde finales del siglo XVIII y sobre todo en la siguiente centuria se desarrolló en Europa, especialmente en Inglaterra, un interés por el indio como objeto de estudio antropológico.

        También nos consta el desembarco en la Península Ibérica de cientos de caciques, curacas y reyezuelos indígenas que fueron tratados en la Corte con las atenciones propias de su rango, hasta el punto de sufragar la propia Corona todos los gastos derivados de su estancia en tierras españolas. Como bien dice el profesor Taladoire, existe una extensa literatura sobre estas arribadas. Uno de los casos más conocidos es el del cacique don Franciscos Tenamaztle, llegado a la corte de Valladolid en mayo de 1554. Al parecer, llegó encadenado, procedente de la región de Jalisco de donde era señor y solicitando su libertad y la de su pueblo. También se han documentado casos similares en otros países europeos, como Francia o Inglaterra. Así, por ejemplo, el autor cita el caso de unos hijos de jefes iroqueses que en 1534 llegaron junto a Jacques Cartier a la corte gala. Aunque el caso más universalmente conocido es sin duda el de Pocahontas, la hija del jefe Powhatan de la confederación algonquina de Virginia, bautizada como Rebecca Lady y fallecida en Londres en 1617.

        Dedica el autor un capítulo completo -el VII- a la llegada de mestizos, muchos de ellos adinerados o descendientes de conquistadores y de estirpes reales prehispánicas. Sus motivos fueron muy diversos, en unos casos enviados por sus padres para que se educaran en la cultura hispana y en otros presionados por las autoridades por la inestabilidad que generaban en sus lugares de origen. Entre estos ilustres mestizos hay que citar a Martín Cortés, el Inca Garcilaso de la Vega, Melchor Carlos Inca o ya en el siglo XVIII a Bernardo Cano Moctezuma.

Ahora bien, se pregunta el autor sobre la sensación que debieron sentir al conocer la patria de los conquistadores. Es seguro que les impresionarían algunos avances tecnológicos y construcciones fastuosas, como palacios y catedrales. Sin embargo, también debieron sentirse horrorizados cuando contemplaron las enormes bolsas de mendicidad de las grandes urbes o las ejecuciones sangrientas de los tribunales civiles y eclesiásticos. Sensaciones contradictorias como las que experimentaron los conquistadores cuando contemplaron el templo-carnicería de Tenochtitlán o la fortaleza de Sacsahuamán.

Para concluir, debo decir que se trata de una obra importante, imprescindible, en una temática que hace más de tres lustros yo mismo comencé, cuando casi nadie la había abordado. Es cierto que el autor no ha realizado una investigación de archivo, pero eso no resta mérito a su texto que constituye una magnífica y necesaria síntesis de los aportes de investigadores españoles, portugueses, franceses y anglosajones. A mi juicio, la obra del profesor Eric Taladoire supone un salto cualitativo, al sintetizar prácticamente todo lo que sabemos sobre la temática, integrando los estudios de autores de muy diversas nacionalidades y escritos en español, francés, portugués e inglés. Por tanto, el mérito es doble: por un lado, desarrolla con una literatura fluida una visión global sobre el descubrimiento de Europa por los amerindios y, por el otro, supone un punto de partida necesario para aquellos investigadores que quieran aportar nuevos datos o nuevas interpretaciones.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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BIBLIOGRAFÍA DE LA HISTORIA DOMINICANA

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MOYA PONS, Frank: Bibliografía de la Historia Dominicana, 1730-2010. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013, 3 vols. (I: 893 págs.; II: 850 págs.; III: 833 págs.).

 

        Se trata de un exhaustivo repertorio de la bibliografía dominicana desde 1730 al 2010, es decir, un recorrido por prácticamente toda la historiografía del país. Como indica el autor en la introducción, se trata de un trabajo de toda una vida, pues comenzó a recopilar las primeras fichas en 1962, coincidiendo con el inicio de sus estudios universitarios, junto al maestro de maestros Vetilio Alfau Durán. Seis años después publicó un avance de sus estudios sobre la temática en la prestigiosa revista Latin American Research Review. Con el paso de los años, al tiempo que visitaba bibliotecas europeas, latinoamericanas y estadounidenses, fue ampliando el número de entradas. El acceso a las tecnologías de la información, desde las dos últimas décadas del siglo XX, le ha permitido completar un catálogo que aspira a ser exhaustivo. El repertorio publicado por la Academia Dominicana, siendo precisamente su presidente el propio Frank Moya, cuenta con poco más de 12.000 obras, entre artículos, ponencias y libros. Solo se han excluido de la relación los artículos de periódico y las reseñas de obras, pues a juicio del autor, este listado ya estaba cubierto por los regestos periódicos que el Dr. Emilio Cordero publica en la revista Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia.

El trabajo se presenta en tres extensos volúmenes: en el primero, secuencia la serie de manera periódica y temática, en el segundo, adopta un orden cronológico, y, finalmente, en el tercero, se ordenan alfabéticamente, encabezando por el primer apellido de cada autor o, en su defecto, por la institución patrocinadora.

        Estamos, ante una obra fundamental para aquellos investigadores que, como yo, nos interesamos en la historia dominicana.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LOS CARNICEROS DE LA GLORIA

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AMADO, Luis: Los carniceros de la gloria. Sevilla, Editorial Punto Rojo, 2013, 254 págs.

 

        Segunda entrega de la trilogía que el periodista, escritor y pintor está dedicando a la conquista de América, correspondiente en este caso a los hermanos Pizarro y a la conquista del Perú.

        Nuevamente hemos de hablar de una obra divulgativa, donde se traza el hilo conductor de la conquista desde una perspectiva crítica. Palabras como invasión, destrucción, desolación, carnicería, genocidio, barbarie, crimen planificado, torturas, sangre o ambición están presentes a lo largo y ancho de todo el relato. En ese sentido, el autor se aleja bastante de esas historietas rosas de héroes que han arruinado el interés por la literatura sobre la conquista. No se trata de una historia al uso de las que desgraciadamente estamos acostumbrados a leer.

        Tras analizar pausadamente sus páginas, uno termina interiorizando el drama de la conquista, que el autor, en un tono agrio pero certero, califica de verdadera pocilga vestida con ríos de sangre. Esa es la esencia crítica que nos une a Luis Amado y a mí, aunque nuestros lectores sean muy diferentes. Yo trato de documentar aquel drama sangriento que vivieron millones de naturales, y él trata de divulgarlo. Tratándose de un ensayo histórico-literario el autor no tiene la necesidad de documentar necesariamente cada una de las ideas o de los datos que expone. Ello le da un juego formidable que le permite, llegado el caso, reflejar diálogos que acaso nunca ocurrieron. Por ejemplo, habla de un encuentro en el monasterio de La Rábida entre Hernán Cortés y su tío Francisco Pizarro, reflejando un diálogo entre ellos en el que el primero le desveló al segundo la clave para conquistar su imperio: coger al que manda. Por cierto, que esta misma idea es la base del documental, basado precisamente en el guión de Luis Amado y titulado La estrategia del ajedrez que se estrenará próximamente. Es posible que ambos se encontrasen, aunque yo creo que no en La Rábida sino en Sevilla, en enero de 1530, cuando ambos trataban de reembarcarse para Nueva España y Nueva Castilla respectivamente. Asimismo, considero que es probable que mantuviesen una conversación y también que hablasen de la forma en la que el primero había conquistado a los aztecas. Es decir, el encuentro y el diálogo es un recurso imaginativo del autor porque no está documentado pero que entra dentro de lo posible; no sabemos que sucediera pero pudo suceder. Pero, insisto, esa es la libertad y quizás la ventaja que tiene el escritor sobre el historiador.

        Por lo demás, el autor se sitúa dentro de la corriente crítica que encabezó en su día el dominico fray Bartolomé de Las Casas. Tanto admira al afamado protector de los indios que reproduce en Apéndice documental ¡íntegramente! La Brevísima Historia de la Destrucción de las Indias. Una obra esencial en la literatura de la conquista, a la que el lector que lo desee puede acceder sin necesidad de cambiar de libro. La lectura de los textos de Luis Amado y Bartolomé de Las Casas, el crítico del siglo XXI y el del XVI frente a frente, permiten hacernos una idea de lo que significó la conquista del Perú. Una sensación ciertamente agria, pues así fue la historia que se relata y que el autor sintetiza magníficamente en las últimas tres líneas de la contraportada:

 

        Cuando caminé por los senderos de la historia, mis sentimientos tocaron arrebato. Cuánta maldad, y cuánta carencia de sentimientos humanos, en eso se resume la invasión del Nuevo Mundo.

 

        En definitiva, estamos ante un ensayo interesante, crítico, a veces caótico, pero que no dejará indiferente a nadie. Encontramos algunas erratas, pero no dejan de ser una anécdota en la trama general del libro. Una lectura, pues, muy recomendable.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HERNANDO DE SOTO. EL CONQUISTADOR DE LAS TRES AMÉRICAS

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MIRA CABALLOS, Esteban: Hernando de Soto. El conquistador de las tres Américas. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2012 (2ª ed.) 127 págs.

 

        El Dr. Mira Caballos, un sevillano de Carmona, está incardinado en nuestra tierra y no tan solo por razones familiares, su tarea investigadora se ha centrado en una cuestión profundamente relacionada con Extremadura que está presente en algunos de sus libros de forma expresa mientras, en otros, aparece a través de sus protagonistas. Nos estamos refiriendo a las relaciones que a partir del siglo XVI, en el que Mira Caballos es uno de los más importantes especialistas a nivel nacional, se establecen entre España y América Latina. Así se desprende, a título de ejemplo, de la lectura de su Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos (El Ejido, 2013), donde reflexiona desde nuevas premisas sobre la realidad de la conquista y colonización americana y sus consecuencias hasta la actualidad y de la apasionante biografía de Hernán Cortés. El fin de una leyenda (Badajoz, 2010). A estos dos recientes libros, debemos sumar sus colaboraciones para el Diccionario Biográfico Español, que ha editado la Real Academia de la Historia, con más de cien biografías de personajes relacionados con América, y el volumen II de la Historia Militar de España del Instituto de Historia Militar y su investigación, en la actualidad, para la próxima publicación de la biografía de Francisco Pizarro, además de una quincena de libros y un buen número de artículos en revistas especializadas de Europa y América.

        En la bibliografía del profesor Mira Caballos se analizan los personajes, los sucesos y los avatares históricos a partir del estudio riguroso de la documentación, de las fuentes y de una exhaustiva revisión de la bibliografía para mostrar todos y cada uno de los perfiles del personaje o del hecho planteado. Pero, además, haciendo gala de una minuciosidad encomiable, su visión de la historia trata de contextualizar los hechos para que, en ningún caso, se puedan percibir de forma errónea o se juzguen con una mentalidad actual lo que puede deformar y desvirtuar los propios hechos que se examinan.

        El libro que reseñamos se enmarca en esta visión de la historia con la propuesta de Hernando de Soto puesto que, como dice el autor: A mi juicio, y en esta ocasión de acuerdo con los historiadores marxistas, los hilos de la historia los mueven efectivamente los medios de producción de cada época y no las personas; éstas actúan de la manera que su época les impone. Por ello, nada tiene de particular que los conquistadores se comportasen de modo más o menos similar, ante situaciones parecidas. Eran guerreros de su tiempo, cuya escala de valores no coincidía exactamente con la actual (p. 9). Precisamente por ello, Esteban Mira, nos presenta un Hernando de Soto, al que llama individuo carismático, que junto a Pizarro y Cortés constituye el modelo de conquistador del siglo XVI.

        La publicación de esta segunda edición de la biografía de Hernando de Soto por parte del Dr. Mira Caballos se enmarca en el loable objetivo de ir completando, como ya ha hecho con Hernán Cortés y frey Nicolás de Ovando y hará con Francisco Pizarro, las semblanzas de los conquistadores que, por desgracia, presentan importantes lagunas, lugares comunes en muchos casos insuficientemente contrastados con las fuentes o repetidos sin una crítica severa a partir de la bibliografía decimonónica. Por esta razón, el Prof. Mira Caballos, haciendo honor a su profesión, explicita con todo lujo de detalles la metodología empleada en la confección del libro y describe las numerosas fuentes utilizadas sin dejar prácticamente ninguna sin consultar.

        El libro que estamos presentando es, en estricto sentido, una biografía al uso en la que se repasa la vida de un barcarroteño que vive de manera intensa en poco más de cuatro décadas y fue el único conquistador que participó en la ocupación de las tres grandes áreas geográficas vinculadas a la colonización española: Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica.

        La estructura del libro es muy sencilla. El primer capítulo está dedicado, como hemos señalado, a la metodología y a las fuentes. En el segundo, plantea el origen del conquistador y la discusión sobre su nacimiento en Barcarrota pese a que otras localidades, como Badajoz y Jerez de los Caballeros, se postulan con razones de peso, también, como lugar de su natalicio, describiendo a continuación la villa de Barcarrota en la que nació. En el tercer capítulo estudia cómo se fue fraguando su personalidad, su espíritu guerrero desde muy joven cuando con catorce años decidió embarcar a las Indias y, especialmente, su decisivo papel en la conquista de Panamá y Nicaragua. En el cuarto capítulo se describe su participación junto a Pizarro en la conquista del imperio Inca. En el quinto explica su vuelta a España con una gran fortuna que le permitió comprar voluntades para, en 1537, firmar la Capitulación que le otorgaba el título de Adelantado, Capitán General y Gobernador de las provincias del Río de las Palmas hasta la Florida y Cuba. En el sexto, Esteban Mira examina las circunstancias y la organización de la armada que en 1538 tenía como destino la exploración de la Florida. El capítulo séptimo aborda los detalles de la empresa de la Florida y sus vicisitudes que acaban con la vida de Hernando de Soto a fines de mayo de 1534, cerca del río Mississippi que él mismo había descubierto un año antes y el regreso de la expedición en 1543. En las conclusiones, Mira Caballos afirma refiriéndose a Hernando de Soto: El barcarroteño fue, pues, un hombre de su tiempo que se comportó de la manera que todos esperaban que se comportase. Fue leal a las personas que confiaron en él y por ello, en el contexto de su época debemos valorarlo (p. 101). El libro se completa con una excelente y completa bibliografía y un clarificador y escogido apéndice documental que ayudan a comprender la biografía de un Hernando de Soto que, en definitiva, fue un hombre de su tiempo.

        Al margen de los acontecimientos descritos, que constituyen la biografía de otro extremeño universal que contribuyó, con las lógicas luces y sombras, a la conquista y colonización de América, el libro se convierte de la mano del Dr. Mira Caballos en una nueva reflexión sobre el significado de las relaciones entre España y el Nuevo Mundo. Una reflexión que, gracias a una cuidada redacción, se lee con placer y tiene la virtud de enganchar al lector que va descubriendo al personaje y su obra en el contexto de una ingente tarea en la que Extremadura y sus hombres y mujeres tienen un papel determinante.

        Finalmente, felicitamos a Esteban Mira por su nuevo libro y le animamos a que, más pronto que tarde, dé a la imprenta la biografía de Francisco Pizarro para ayudarnos a valorar y contextualizar debidamente el papel de España y, por ende, de Extremadura en la conquista y colonización del Nuevo Mundo y entender su dimensión en la actualidad.

 

JOSÉ ÁNGEL CALERO CARRETERO

Profesor de Secundaria y Bachillerato y del Centro Asociado de la U.N.E.D. de Mérida

 

(Reseña publicada en La Capital de Tierra de Barros, abril de 2014, p. 28)

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SOMOS COMO INCAS

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PÉREZ GALÁN, Beatriz: Somos como Incas. Autoridades tradicionales en los Andes peruanos, Cuzco. Madrid, Iberoamericana, 2004, 270 págs.

 

        Interesante estudio etnográfico realizado por esta profesora de antropología de la Universidad de Granada, sobre las comunidades locales del distrito peruano de Pisac, provincia de Calca (Cuzco). En él se muestra claramente la pervivencia de la hibridación política, social, económica y cultural entre el mundo incaico y el hispánico. Tras varias campañas de investigación realizadas sobre el terreno entre los años 1994 y 1997, la autora analiza la naturaleza mixta de la organización política de los Andes, la cual ha sobrevivido hasta nuestros días.

Como explica la profesora Pérez Galán, la elección del espacio no fue azarosa, pues Pisac se ubica en el llamado Valle Sagrado de los Incas, cuna del Tahuantinsuyu. Aunque esta civilización carecía de escritura es obvio que poseía la capacidad de transmitir sus hechos históricos y sus formas de organización. El mayor mérito de los incas consistió en crear una estructura económica razonablemente próspera, basada en los principios de producción, recaudación y redistribución. Huelga decir que no poseían ningún rasgo ni tan siquiera parecido al capitalismo, pues ni usaban dinero ni las producciones se regían por las reglas del libre mercado (Rostworowski, 2009: 285). Más bien al contrario, el Estado acaparaba una buena parte de la producción que después se encargaba de redistribuir. Según John Murra, había una reciprocidad a dos niveles: entre los propios ayllus que se encontraban relacionados por lazos de parentesco, y entre estos y la administración central. Se trataba, obviamente, de una reciprocidad asimétrica entre las comunidades de base y la administración, pero se mantenía un cierto equilibrio. Es más, este sistema, aunque fuese desigual, es el que le otorgó una razonable viabilidad al sistema económico incaico (Wachtel, 1976: 96-100). La redistribución permitía reducir el impacto de las hambrunas. Había tres tipos de tierras: las del Sol, las del Inca, y las de los ayllus pero, en realidad, todas pertenecían al Estado que se reservaba las más fértiles mientras que el resto las explotaban los campesinos.

Como es bien sabido, la existencia durante la época colonial de una república de indios segregada de la de los españoles implicaba el reconocimiento del fracaso de la asimilación completa de ambas culturas. Para garantizar la supervivencia de las comunidades nativas, se permitió la existencia de tierras comunales y el mantenimiento de sus jerarquías políticas y sociales, al tiempo que se mantuvieron las autoridades locales. La nobleza indígena asumió el papel de intermediaria entre los extranjeros y los nativos, encargándose de la recaudación de tributos y de la recluta de mitayos. Los ayllus como tales desparecieron pero se mantuvo una parte de la propiedad comunal (Castán Esteban, 2001: 170).

Tras un concienzudo trabajo de investigación etnográfica, la autora demuestra o confirma algunas de las certezas que teníamos: primero, la coexistencia de dos estructuras de poder, la estatal y la local, regida mediante un sistema de autoridades tradicionales bajo el principio de la mayordomía o del cargo. Y segundo, que esa nobleza incaica no solo cumplió cometidos relacionados con el cobro de impuestos o con la recluta de mano de obra sino que también se encargaron de transmitir y reactualizar la cosmovisión indígena. En palabras de la autora fueron los transmisores y reactualizadores simbólicos de un conjunto de significados acerca de la naturaleza trascendente del mundo y del papel que el grupo ocupaba en él (p. 46). Todo ese mundo simbólico que ellos se encargaban de transmitir y de escenificar les permitió diferenciarse de los invasores primeros y de los foráneos después.

En la actualidad las autoridades más respetadas de Pisac son los kuraq, es decir, los mayores, pero no referido a la edad sino a las personas de mayor estatus después de haber culminado todos los cargos que componen el wachu de la autoridad. De hecho, no todos los kuraq son ancianos (p. 93). Sus habitantes se esfuerzan en desempeñar los cargos de la comunidad, como un servicio social a su gente. Los oficios en cuestión son los de alférez, regidor, capitán, sargentos, segunda, velada, alcalde y mayordomo mayor. Los dos últimos cargos son los de mayor rango del wachu. El alcalde es el máximo representante de la comunidad, dentro y fuera de ella, mientras que el mayordomo mayor custodia las llaves del templo. Una vez que se han desempeñado todos esos oficios en servicio de la comunidad, se les otorga el status de kuraq, exonerándolos desde entonces de cualquier gravamen u obligación y reservándoles un lugar de privilegio en los actos festivos, lúdicos o políticos, de renovación de los símbolos de autoridad.

La mujer cumplía -y cumple en la actualidad- obligaciones domésticas, lo que no le exonera del trabajo en el campo y en el cuidado del ganado, así como de la venta de los excedentes familiares en el mercado de Pisac. Por eso su jornada laboral diaria supera en varias horas a la del hombre. Pero como esposas y socias complementarias y necesarias de sus maridos, ostentaban también el título de alcaldesas y mayordomas y podían acceder también al status de kuraq, en el mismo momento en que lo obtuvieran sus esposos (p. 118).

El estudio de la profesora Beatriz Pérez Galán, constituye un excepcional trabajo de campo sobre un área muy incaizada, que nos permite constatar una vez más la supervivencia de estructuras de poder andinas a lo largo de casi cinco siglos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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ALONSO BORREGÁN Y SU CONQUISTA DEL PERÚ

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BORREGÁN, Alonso: La Conquista del Perú (Eva Stoll y María de las Nieves Vázquez Núñez, eds.). Madrid, Iberoamericana, 2011, 211 págs., il.

    Este relato de un personaje que llegó poco después de la primera conquista del Perú, en torno a 1535, permaneció inédito hasta que Rafael Loredo lo publicó completo por primera vez en Sevilla, en 1948. Esta primera edición completa circuló poco, pero sí la reimpresión de 1968, que hemos manejado habitualmente todos los estudiosos de la conquista del Perú. Sabíamos que no estaba bien escrita por la escasa formación de su autor –las editoras lo tildan de semiculto- y que contenía incorrecciones sintácticas, interpolaciones azarosas y ausencia de signos de puntuación. Todo ello, hace de la obra de Borregán un texto de difícil lectura y comprensión. No tiene nada de extraño que Francisco Esteve Barba indicara en su obra Historiografía Indiana la necesidad de reeditarla, modernizando, puntuando y acentuando correctamente el texto para así facilitar su uso por los historiadores.
    Esta nueva edición de Eva Stoll y María de las Nieves Vázquez, constituye el mejor análisis realizado hasta ahora de esta obra, con una transcripción paleográfica perfecta, respetando el texto tal cual fue escrito. Las autoras mencionan la sugerencia de Esteve Barba, pero decidieron no seguirla, según dicen, porque ello hubiese significado reescribirla, dados los continuos errores sintácticos y expresivos, no siempre fáciles de actualizar. Sin embargo, hay una segunda causa no especificada pero implícita, y es la formación académica de las editoras, ambas filólogas y no historiadoras. Yo como historiador, reconozco que el texto editado sigue siendo difícil de leer y también de comprender. Leyendo sus páginas uno tiene la sensación de estar trabajando sobre el manuscrito original, transcribiendo cada una de sus palabras y de sus expresiones. Por tanto, dado que su mayor valor es el de constituir una fuente histórica de primera magnitud, mientras que su valor literario es absolutamente irrelevante, quizás hubiera sido oportuno intentar una edición modernizada.
    Al margen de ese comentario, quizás personal e interesado, estamos ante una excelente edición, primorosamente cuidada que permite dar una mayor accesibilidad a un texto fundamental para reconstruir la etapa de las guerras civiles del Perú, que su autor vivió en primera persona. Se trata de un soldado subalterno; salvando las distancias, algo así como un Bernal Díaz del Castillo peruano. Con la diferencia de que mientras Bernal admirada a su líder, Borregán estaba con los opositores. Está claro que simpatizó con el bando almagrista y, por tanto, muchos de sus comentarios son tendenciosos y tienden a culpar de todo a los Pizarro exonerando a los Almagro. No tiene nada de particular que al tiempo que dice que los Pizarro planificaron minuciosamente la ejecución de Almagro, exime al hijo de éste de cualquier responsabilidad en la muerte del gobernador Francisco Pizarro. De hecho, afirma que ésta fue responsabilidad exclusiva de Francisco de Herrada y sus once correligionarios. Pero ello no le resta valor a la obra, ya que ninguna crónica de la conquista es neutra. Todos los estudiosos que estamos habituados a trabajar esta apasionante etapa de la historia sabemos que hay que analizar todas las fuentes distinguiendo entre los almagristas, los pizarristas y los oficialistas. Alonso Borregán fue un testigo presencial de muchos de los actos que cuenta y, por tanto, su testimonio, analizándolo adecuadamente, tiene un alto valor histórico. Además, algunos comentarios secundarios, sin contenido político, nos aclara detalles y nos cita personajes de los que desconocíamos su participación exacta.
    En definitiva, felicidades a las editoras y a las instituciones que han hecho posible la edición de este texto fundamental para los estudiosos de la Conquista.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA DE NUEVA ESPAÑA

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DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal: Historia verdadera de la conquista de Nueva España (ed. de Guillermo Seres). Madrid, R.A.E., 2011, 1530 págs.

 

        Nunca pensé que las ediciones de la Historia verdadera de Bernal Díaz del Castillo, publicadas por Carmelo Sáenz de Santa María (1966), y Miguel León-Portilla (1984), pudiesen algún día ser superadas. Sin embargo, lo han sido. La edición que ahora reseñamos ha superado con creces a todas sus predecesoras, no solo por su cuidadísima edición, sino también por los centenares de notas a pie de página que aclaran certeramente infinidad de aspectos narrados y por el estudio detallado de la vida y de la obra de Bernal Díaz. Ya no hace falta acudir a las diversas ediciones de esta obra, mexicanas y europeas, para reconstruir la semblanza del medinense sino que basta con acercarse a las páginas de este libro para tener toda la información.

        Curiosamente, se ha optado por colocar primero el texto bernaldiano y al final, en una extensa segunda parte, los estudios históricos y literarios así como los anexos. Y digo que me resulta curioso porque lo habitual en todas las ediciones de textos clásicos que conozco es empezar por el estudio introductorio, seguido de la obra. El estudio científico resulta impresionante, abarcando desde la hoja 1.117 a la 1.357, es decir, un total de 340 páginas de letra prieta en las que se analizan la vida y la obra del escritor de Medina del Campo. Se trata, sin duda, del más extenso, detallado, valioso y serio estudio de Bernal Díaz del Castillo y de su obra. Por tanto, al excepcional valor histórico de la Historia verdadera hemos de añadir el más completo análisis de la personalidad del medinense y de su crónica. Y al final de la misma, se incorporan un grupo de anexos, entre los que destacan una enumeración cronológica de las principales ediciones de la obra, las traducciones, una cronología extensa de la vida de Bernal Díaz, y un excelente y utilísimo índice de nombres y lugares. Nada tiene que ver el estudio científico de Guillermo Seres, Catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, con otros trabajos recientemente aparecidos -con gran repercusión mediática por cierto- del hispanista francés Christian Duverger.

Dado que sería inabarcable y estéril tratar de resumir o extractar los aportes de un libro de más de mil páginas de letra abigarrada, me limitaré a destacar algunas ideas que su lectura me ha sugerido. Por él texto se pasean cientos de pobladores de los primeros años de la conquista, centenares de anécdotas, con la anotación erudita y siempre acertada de Guillermo Seres. Bernal no era latino, como él mismo dijo, pero sí tuvo una capacidad excepcional para captar y reflejar con un lenguaje sencillo todos los lances ocurridos, antes, durante y después de la conquista de México. De hecho, la obra se divide en tres partes bien diferenciadas: una, en la que relata con detalle su participación en los viajes previos a la península del Yucatán. Dos, la conquista de la confederación mexica propiamente dicha, desde la llegada a Veracruz hasta el asedio y caída de la casi mítica ciudad lacustre de Tenochtitlán en 1521. Y tres, el viaje a Honduras, la situación de los encomenderos y la colonización hasta 1568.

Todo el relato esta tamizado por su condición de soldado de a pie. De hecho, como se ha dicho tradicionalmente y confirma el profesor Seres, su objetivo no fue otro que rescatar del olvido las hazañas de la hueste. Porque, a su juicio, las historias de López de Gómara, Illescas o el mismísimo Cortés, habían ensalzado al capitán y minimizado a su hueste. Por ello, considera que su historia ha de ser verdadera y alternativa, porque la conquista no fue tarea de un héroe sino de muchos. Una estrategia que no pretendía otra cosa que reivindicarse a sí mismo, al ponderar su papel y el del resto de la hueste como verdaderos conquistadores. En el fondo subyace la idea de que, pese al heroísmo de la tropa, ésta ha recibido poca recompensa y lo personaliza en sí mismo cuando escribe: y dígolo con tristeza de mi corazón porque me veo pobre y muy viejo… y no puedo ir a Castila ante Su Majestad para representarle cosas cumplideras a su real servicio y también para que me haga mercedes, pues se me deben…

Desde el punto de vista literario su relato, en primera persona, constituye una memoria vital, no una historia. Ello confiere una extraordinaria viveza al texto, pues Bernal se inmiscuye directamente en la acción directa, haciendo partícipe al lector. El uso de la primera persona asegura, asimismo, una gran veracidad al relato, al narrar experiencias vividas. Todo ello hace de la Historia verdadera una obra especial, única, pues consigue introducir al lector en las escenas que narra, en la atmósfera de aquellos lances de guerra. Sorprende, asimismo, la capacidad del medinense para recordar detalles de las personas que desfilan por su obra, construyendo una verdadera galería de retratos, caracterizados, como afirma el editor, con breves pero certeros trazos.

Finalmente hay que decir que, al valor histórico de la obra de Bernal y al excelente estudio científico de Guillermo Seres, hay que sumar la magnífica edición, en un formato manejable y con unos índices que facilitan el acceso a la preciosa información de esta obra cumbre de la cronística de la conquista. No me excedo ni un ápice si digo que se trata de la edición más cuidada hasta la fecha del texto bernaldiano, el mejor análisis literario de la obra y la más completa biografía de su autor. Un trabajo de referencia obligada para todos los historiadores interesados en el drama de la conquista de México y en la vida y la obra de sus protagonistas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA CONQUISTA DE AMÉRICA. UNA REVISIÓN CRÍTICA

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ESPINO LÓPEZ, Antonio: La conquista de América. Una revisión crítica. Barcelona, R.B.A., 2013, 407 págs.

 

        El libro se ajusta perfectamente al título y constituye una síntesis crítica y actual de la conquista de América. Una visión de la Conquista acorde con el siglo XXI en el que vivimos. El autor no maneja documentación inédita pero sí que hace una buena síntesis de los principales cronistas y de lo esencial de la bibliografía sobre esa etapa histórica.

        En líneas generales, comparto las tesis del autor y además me parece una síntesis útil. Se sitúa en una línea revisionista de la que fueron pioneros a finales del siglo XX, Miquel Izard y John F. Guilmartin, y que han continuado Bartolomé Clavero, James Anaya, José María Rojas, Tzvetan Todorov y yo mismo. El autor analiza sintéticamente las tácticas de combate de los hispanos, en especial el uso del escuadrón que él bien conoce porque es especialista en historia de la guerra. Y todo eso lo contrapone a las armas indígenas, muy rudimentarias, aunque algunos grupos caribeños disponían de flechas envenenadas muy temidas por los hispanos.

        Insiste, asimismo, en el uso de la violencia y de prácticas aterrorizantes calculadas para someter a la población indígena. Lo mismo aperreaban a los naturales, que los quemaban en la hoguera o les amputaban alguna extremidad, para causar pavor entre los demás. Como dijo John Hemming, ese tipo de práctica era el último recurso psicológico de los españoles. Las traiciones de los naturales o el asesinato de algún español, eran duramente castigados para evitar que estos incrementasen su animosidad. Cada asesinato era vengado con alguna salvajada, quemando en la hoguera, amputando miembros o torturando a un número muy superior. Ya expliqué yo por extenso en mi libro Conquista y destrucción de las Indias (Sevilla, 2009) que era una consigna tácita entre las huestes: cada gota de sangre hispana derramada les costaría a los indios un torrente.

        Sin embargo, discrepo de dos de las tesis fundamentales y originales que defiende el autor a lo largo de todo su libro: primero, afirma que la guerra de conquista fue muy difícil de ganar, oponiéndose a la tesis general, que arranca del propio padre Las Casas, de que la diferencia técnica, táctica y psicológica fue de tal magnitud que se trató de un verdadero paseo triunfal para los hispanos. Y llama la atención que lo diga precisamente el autor de este libro que es especialista en la guerra moderna, sabiendo lo difícil que eran las guerras de Italia y Francia, y las de turco en el Mediterráneo. Yo sigo pensando que el enfrentamiento fue totalmente desigual. ¿Cómo explicar si no la conquista de las Antillas Mayores en unos pocos años por varios cientos de españoles y la práctica extinción de los taínos en menos de treinta años? ¿Fue difícil la conquista de Cuba por Diego Velázquez y su reducida hueste? ¿Y la conquista de la confederación Mexica por Hernán Cortés en dos años? ¿Y la caída del gran imperio de los Incas en menos de tres años, por un puñado de barbudos? ¿Eso parece indicar que fue una guerra muy difícil de ganar? Pues no, en absoluto, varios miles de hispanos conquistaron varios miles de kilómetros cuadrados en poco más de tres décadas. ¿En qué otra conquista de la historia ha habido un proceso tan rápido y por unos tropas tan reducidas? En ninguna, el caso de la conquista de América es en ese sentido único en la historia, no tiene precedentes anteriores ni posteriores. A mi juicio, la conquista fue dramática para el mundo indígena porque fue tan rápida que no tuvieron tiempo suficiente de reacción, aunque intentaron modificar sus tácticas de combate, aprendiendo de los enemigos sobre el terreno. Precisamente, por eso cuando en 1541, Hernán Cortés tomó parte en la desastrosa campaña de Argel los demás militares de graduación se negaron a aceptarlo en el consejo de guerra, mofándose de él: este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil. Eso no significa que, en algunos momentos, los españoles sintiesen pavor cuando observaban enfrente a decenas de miles de soldados indígenas. Y en ese sentido, cita el autor a Pedro Pizarro quien confesó que, en Cajamarca, muchos compañeros cuando vieron acercarse a Atahualpa acercarse con un séquito de varias decenas de miles de soldados se orinaron de puro temor.

       Y segundo, resta importancia a la superioridad armamentística hispana, pues a su juicio, dispusieron de muy escasas armas de fuego y de pocos caballos y perros. Y frente a ello, afirma con rotundidad que en realidad, el más importante y decisivo instrumento de la conquista fueron los propios aborígenes. Tampoco comparto semejante afirmación, al menos en los términos en que está expresada. Con pocas armas de fuego o con muchas, la superioridad técnica, táctica y psicológica de los hispanos fue infinitamente superior a la de los amerindios, lo mismo los seminómadas del Amazonas que los que vivían en jefaturas o estados. En varias ocasiones he puesto por escrito que fue algo así como si en la actualidad un ejército con armas nucleares se enfrentara a otro que solo dispusiese de armas convencionales. Por otro lado, le resta cierta importancia al caballo como elemento decisivo, aludiendo a que en algunos momentos dispusieron de muy pocos équidos y que, en otros, el terreno era agreste y fueron de poca utilidad. Yo opino, que no hay que decidir salomónicamente entre uno u otro. Los équidos fueron decisivos en las Antillas y en áreas de Norteamérica donde no fue fácil conseguir indios aliados o guatiaos. En Mesoamérica y sobre todo en el área andina, los indios aliados sí que fueron más decisivos para el éxito, sin menospreciar, por supuesto, la importancia de la caballería. Como afirma el autor, muchas etnias indígenas se equivocaron de aliado, pues, cuando se dieron cuenta que los hispanos eran peores que sus antiguos señores incas o mexicas, era demasiado tarde. Pese a todo, sigo pensando, que desgraciadamente para los amerindios, la conquista fue un dramático, sangriento y rápido paseo triunfal de las huestes.

        En resumidas cuentas, el libro plantea a mi juicio algunas ideas muy discutibles. Sin embargo, en general, se encuentra dentro de la nueva línea revisionista de la Conquista, mucho más ecuánime que la clásica visión apologética a la que estamos acostumbrados. Así que bienvenido este nuevo manual que nos ayuda mucho a los que, como yo, hace años que estamos empeñados en desentrañar el drama de aquella guerra.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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AMADO, Luis: Nova Hispania. Sevilla, Punto Rojo Libros, 2013, 215 págs. il.

 

        Mi amigo Luis Amado, periodista, pintor y escritor me ha hecho llegar su última obra, dedicada a la conquista de Nueva España por el conquistador Hernán Cortés. Al final de la obra, se anuncia que esta historia continuará en un segundo volumen, titulado los carniceros de la gloria, dedicado a la conquista del Perú.

        Se trata de un trabajo divulgativo, esencialmente bien documentado y con puntos de vistas coherentes sobre lo que fue el proceso de conquista. El metellinense Hernán Cortés aparece desprovisto del halo de héroe tan propio de otras obras literarias e históricas. El autor hace suyas las principales acusaciones que el ayuntamiento de Guadalajara (México) dictaminó en 1921 para oponerse a la erección de un monumento al conquistador. Da por seguro el estrangulamiento de su primera esposa Catalina Suárez Marcayda, así como la tortura de Cuauhtémoc o la conspiración contra su antigua compañera doña Marina. No escatima en calificativos cuando se refiere al saqueo, explotación y destrucción del mundo indígena. Sin embargo, no puede sustraerse a una cierta fascinación por su biografiado del que destaca que consiguió derrotar a oponentes cien veces superiores en número en la tristemente famosa batalla de Otumba. Asimismo, destaca el afán misionero que mostró en todo momento, anteponiendo siempre la conversión de los naturales.

Una de las partes más brillantes de la obra es un supuesto diálogo entre el escritor y Hernán Cortés, en el que Luis Amado le hace las preguntas que todos quisiéramos hacerle al conquistador, y éste responde. Y aquí muestra el autor su casta de periodista porque las preguntas no pueden estar mejor seleccionadas: ¿toleró la muerte de Moctezuma? ¿Ordenó la ejecución de Cristóbal de Olid? ¿atentó contra su esposa legítima? ¿fueron los tlaxcaltecas unos traidores?, etc. Y las respuestas no pueden ser más ecuánimes; a mi juicio, las podía haber contestado así el mismísimo Cortés. También son bastante lucidas las páginas que dedica al botín obtenido en la recámara de Moctezuma y al tesoro escondido, y tantas veces buscado, de su sucesor Cuauhtémoc. El libro finaliza con un extenso apéndice gráfico, en el que incluye imágenes –en blanco y negro- sobre Cortés y su conquista, así como artículos periodísticos reproducidos del original.

El autor, entremete comentarios suyos con otros extraídos de otros autores a los que, por supuesto, cita. El orden es relativo, pero a base de epígrafes y capítulos cortos y de una literatura sencilla consigue enganchar al lector. Lo más positivo de esta obra es que, en unas pocas horas, uno puede tener una visión bastante completa de Hernán Cortés y de la conquista de la confederación azteca.

A mi juicio hay pequeños aspectos mejorables, además de algunas erratas impertinentes. Da por segura la tesis del francés Christian Duverger cuando afirma que Hernán Cortés fue el autor de la Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España, en detrimento del falsario medinense Bernal Díaz –p. 94-. Sin embargo, con posterioridad sigue citando los textos del famoso escritor de Medina del Campo como si el hubiese sido su autor. Una contradicción provocada por la aceptación sin críticas de la tesis de Duverger que, como ha desmontado la crítica, no tiene fundamento alguno. Son pequeñas objeciones a una obra que, a mi juicio, cubre con suficiencia su objetivo de divulgar la conquista de Nueva España

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HERNÁN CORTÉS. MÁS ALLÁ DE LA LEYENDA

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DUVERGER, Christian: Hernán Cortés. Más allá de la leyenda. Madrid, Taurus, 2013, 439 págs., más cuadernillo con ilustraciones.

 

        Hace pocos meses escribí mis refutaciones a otro trabajo del historiador francés, Crónica de la Eternidad (2012), en la que éste afirmaba que el autor de la Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España no fue Bernal Díaz del Castillo sino el mismísimo Hernán Cortés. Creo que en aquella ocasión rebatí convincentemente su hipótesis. Ahora le toca el turno a su nueva obra: Hernán Cortés. Más allá de la leyenda (Madrid, Taurus, 2013).

Debemos empezar advirtiendo que este libro es anterior en realidad a su Crónica de la Eternidad, pues fue editado inicialmente en el año 2005, aunque la mayoría lo hemos conocido ahora, con motivo de su reedición, en julio de 2013. Por tanto, no es de extrañar que Bernal Díaz del Castillo siga siendo en esta obra el autor de la Historia Verdadera, porque aun faltaban varios años para que el historiador galo se plantease lo contrario. Sí sorprende, en cambio, que aporte incluso argumentos en contra de su futura hipótesis. Así, por ejemplo, afirma que la expedición de Grijalva llegó a San Cristóbal de La Habana, como bien sabía Cortés, y a diferencia de lo que afirma Bernal que situó la arribada en la villa de Santiago –Pág. 125-. Asimismo, dice que Hernán Cortés tuvo un hijo con una princesa Náhuatl a la que amó, pero que Bernal Díaz no se acordaba de su nombre de ahí que la llamara doña Fulana de Hermosilla –Pág. 244-. Queda claro, que si el metellinense hubiese sido el autor de la Historia Verdadera nunca hubiese olvidado el nombre de uno de sus primeros amores.

        En esta nueva entrega el profesor Duverger vuelve a sorprendernos con planteamientos e hipótesis inverosímiles que no consigue documentar, ni tan siquiera argumentar de manera convincente. El libro sigue su línea habitual: está magníficamente redactado, con una literatura fluida como solo los hispanistas franceses e ingleses saben hacer. Está descargado de aparato crítico, pues apenas se incluyen al final del texto varias decenas de notas así como una escueta bibliografía. Alterna capítulos dedicados a la conquista con otros en los que va describiendo la situación en Europa, lo que a mi juicio es un acierto, por dos motivos: primero, porque inscribe perfectamente la conquista de México en el contexto europeo y en el marco de los descubrimientos y de la conquista de América. Y segundo porque permite respiros periódicos que favorecen su lectura. El problema es que se presenta como una biografía histórica, realizada por un historiador científico. Y digo que es un problema porque reiteradamente esgrime planteamientos infundados y comete todo tipo de errores, unas veces provocados por un análisis deficiente, tendente a justificar sus hipótesis previas y, otras, por su desconocimiento de los avances historiográficos logrados en la materia de los últimos años.

Ya en los capítulos introductorios nos sorprende con ideas mal documentadas o deficientemente justificadas. Da por hecho que América fue descubierta por los portugueses en torno a 1481, convirtiendo de un plumazo a Cristóbal Colón en un impostor. Otro más, como Bernal Díaz del Castillo. Y todo ello lo basa simplemente en su apreciación de que el genovés sabía a dónde iba y cómo regresar. No es que personalmente no comparta lo esencial de la teoría del protonauta, pero una idea así, de tanto calado, merece una justificación más extensa o al menos una referencia al gran defensor de dicha tesis, el recordado Juan Manzano, y a su famosa y completa obra Colón y su secreto. También asume la tesis judía de Salvador de Madariaga, alegando que para compensar la expulsión sefardita de 1492, la reina le ofreció un contrato maravilloso. No creo que la soberana aceptara las capitulaciones de Santa Fe para calmar su conciencia por la expulsión de los supuestos correligionarios del genovés. Es rizar el rizo en exceso. En cuanto al gobernador frey Nicolás de Ovando, lo convierte en fraile, alegando que los miembros de las ordenes militares anteponían al nombre el distintivo fray –hermano-. Pero se equivoca otra vez porque, como es bien sabido, a los altos cargos de las órdenes militares no se les daba el tratamiento de fray sino de frey –véase la voz frey en el diccionario de la R.A.E.-, que no era ni por asomo lo mismo.

La hipótesis principal del libro es que Hernán Cortés nunca fue el guerrero cruel del que se ha hablado sino un pacifista –sic- que se pasó toda la conquista intentando alcanzar acuerdos de paz y minimizando daños. Su proyecto vital, como pacifista, fue crear un nuevo mundo mestizo, fruto de la feliz fusión de lo europeo y de lo indígena. Él no quería trasplantar las costumbres castellanas a México, sino crear un nuevo estado autóctono, fruto de la hibridación racial y cultural de ambos mundos – Pág. 234-. Como indica en el prólogo José Luis Martínez, glosando al francés, Cortés era bueno y los indígenas también mientras que los malos eran, en cualquier caso, el emperador Carlos V y la administración hispana que impidieron al héroe Cortés llevar a cabo sus acciones de mestizaje –pág. 17, prólogo-. ¡Toma ya! Ésta es la hipótesis impresionante, inverosímil e impactante con la que trabaja el historiador francés a lo largo de todo el libro. Pero va incluso un paso más allá; desde 1514, mucho antes de que nadie intuyese la existencia de una gran civilización en el valle de México, ya Cortés piensa en México –pág. 112- y en el nuevo mundo que quiere crear. Y al autor le parece una prueba irrefutable de su proyecto civilizatorio el hecho de que no apreciase el dinero. Afirma Duverger, que cuando recibió un rico presente de Moctezuma, en vez de salir corriendo para disfrutarlo en España, como otros hubiesen hecho, le restó importancia, lo que demostraría –en su opinión- que su interés no era otro que la construcción de un nuevo estado mestizo –Págs. 146-147-. Francamente, es absurdo; el metellinense dijo por activa y por pasiva, en numerosas ocasiones, que él no había ido a las Indias a por tan poca cosa como era el vil metal sino para servir a Dios y al Emperador. Es bien sabido que no le interesaba tanto el dinero como la honra y el poder. Y la misma idea muestran reiteradamente otros grandes protagonistas de la conquista de América, como Hernando de Soto, Francisco Pizarro, Diego de Almagro, etc.

        Como ya hemos dicho, defiende que Cortés siempre fue un pacifista, un padre Las Casas laico o un Mahatma Gandhi del siglo XVI. Afirma taxativamente: Cortés ama a los indios… y se ubicó muy pronto del lado indígena –Pág. 111-. Pues mire usted, amar lo que se dice amar a los indios y ponerse del lado de ellos parece tan ridículo en un conquistador que si el propio Cortés lo hubiese escuchado decir de él, se hubiese sonrojado. Y si tanto los amaba, ¿por qué fue el máximo responsable de la destrucción del mundo azteca, provocando millones de muertos directa o indirectamente? Sin duda no debieron pensar eso los naturales cuando quemó en la hoguera a Cuahpopoca y a varias decenas de miembros de su séquito, ante la atónita mirada de cientos de personas sobrecogidas por la esperpéntica escena. Tampoco se debieron sentir amadas el medio centenar de mujeres tlaxcaltecas que les llevaron comida a su campamento y el extremeño, sospechando que eran espías, decidió amputarles ambas manos a todas ellas. Por cierto, que el autor cita el dato –pág. 167-, pero sin especificar que eran mujeres, porque eso desmontaría su idea que desarrollaremos después, de que amaba a las indígenas, como procreadoras del nuevo mundo mestizo con el que soñaba. Y finalmente, por no extenderme en este aspecto, tampoco se aprecia el amor hacia los naturales cuando analizamos el inventario de bienes que poseía en Cuernavaca: se especificaron nada menos que 188 indios esclavos, de los cuales una veintena eran tlaxcaltecas, pese a la ayuda que estos le prestaron en la Conquista. La hecatombe de Cholula donde murieron, como en una enorme jaula, varios miles de indígenas, lo justifica el autor diciendo que era un acto de guerra, en una lógica de guerra –pág. 174-. Y lo mismo podría decirse de los 20.000 muertos en los llanos de Otumba. Un caso diferente, a juicio del profesor Duverger, es el brutal asedio de Tenochtitlán, uno de los más dramáticos de toda la historia de la humanidad que costó la vida a unas ¡100.000 personas! En este caso –afirma el autor- se trato de una inmolación del propio pueblo azteca, ante las reiteradas peticiones de paz del pacífico, inofensivo y civilizado Hernán Cortés. También menciona el posterior martirio y ejecución de Cuauhtémoc para que dijese donde ocultaba el oro. Pero matiza, claro: se hizo a espaldas de Cortés y, cuando éste lo supo, ordenó piadosamente su ejecución para evitarle el suplicio. Bueno, sobran los ejemplos y los comentarios, juzgue el propio lector.

         Pero Duverger, para defender su carácter pacifista se ve en la obligación de tratar de desmontar cualquier implicación del metellinense en todo tipo de asuntos turbios o siniestros. Cuando llegó el juez Ponce de León a hacerle un juicio de residencia, en breve plazo murieron de manera inesperada dicho juez y nada menos que una treintena de sus partidarios. Desde aquel justo instante, todo el mundo sostuvo la muerte del jurista por envenenamiento, perpetrada bien por el propio Cortés, o bien, por alguno de sus criados o amigos. Pero claro, una mancha tan grande perjudicaría la tesis de Duverger de su supuesto pacifismo, por lo que se permite atribuirlo el autor a una nefasta coincidencia –Pág. 287-.

        La otra de sus grandes hipótesis es el gran amor que el extremeño sentía hacia las mujeres indígenas, las mismas que debían ser las artífices de su idílica arcadia. Por eso -afirma Duverger- nunca consintió la presencia de españolas en sus armadas para así ¡favorecer la copulación con las nativas! Amó a la mujer indígena, en especial a Leonor Pizarro, a la que le dio el apellido materno, y a doña Marina, la Malinche. Si se desposó con españolas fue obligado por las circunstancias; primero con doña Catalina Suárez, por complacer al teniente de gobernador Diego Velázquez, y después, con Juana de Zúñiga para conseguir así el apoyo de una importante familia castellana. Nuevamente, para salvaguardar su supuesto pacifismo, el autor culpa del asesinato de su primera mujer, nada más y nada menos que ¡¡al despecho de doña Marina!! o de alguna otra de las indias con las que mantenía relaciones. ¿Será posible? reconstruyamos los hechos: tras una discusión pública, se retiró el metellinense y su esposa Catalina Suárez a sus aposentos. Poco después ésta apareció muerta en la alcoba, con señales de estrangulamiento y con las cuentas de su collar desparramadas. Pero según se deduce del relato de Duverger, Cortés debió quedarse profundamente dormido mientras, a su lado, su esposa era estrangulada por alguna de las concubinas indígenas que pudo acceder a la habitación. ¡Pero bueno!, algo así no ocurre ni en las mejores películas de ficción. A mi juicio, la explicación es mucho más simple: Hernán Cortés siempre quiso tener descendencia legítima con una española –por eso no se desposó con ninguna de las nativas con las que tuvo relación- y Catalina Suárez, no podía darle hijos. Era un estorbo, y el metilense tras comprobar que no había forma de librarse de ella, optó por acabar con su vida. Un acto brutal de violencia de género, pero no hay que rasgarse las vestiduras, uno más de los miles que se producían en aquellos tiempos y más aún en el marco de la guerra de aquella nueva frontera castellana. Después, como viudo, pudo desposarse con muchas de las amantes o combinas indias que tuvo pero no lo hizo porque, había encargado a su padre que le apañase unos esponsales con una mujer linajuda de Castilla. Y así lo hizo, aunque Duverger afirma que se casó ¡desgarrado por el dolor!, por la memoria de su padre y por la protección que le podría proporcionar su nueva familia política –Pág. 303-. Sin embargo, es obvio para todos los quehemos estudiado al metellinense que ese desgarramiento y ese dolor del que habla el autor no cuadra en absoluto con su personalidad.

Por otro lado, descarta los excesos libertinos que se le han achacado. Se le conocen relaciones con decenas de mujeres, algunas simultáneas en el tiempo. En Cuernavaca llegó a poseer un harem con más de cuarenta féminas, con la mayoría de las cuales mantenía relaciones, incluyendo, eso sí, a su segunda mujer, Juana de Zúñiga. Pero, según Duverger, no lo hacía por libertinaje sino porque quería imitar al tlatoani Náhuatl, de ahí que tratase con respeto y deferencia a sus numerosas esposas –Pág. 242-. ¡Increíble!; pero es más, ¿cómo trato a su amadísima doña Marina? La utilizó a su antojo; no se separó de ella mientras le interesó y, cuando ya no le fue útil, no dudó en regalársela al barcarroteño Juan Jaramillo.

Hay otros aspectos secundarios de la vida de Cortés que tampoco están bien documentados. Da por seguro que el metellinense estudio en la Universidad de Salamanca, obviando las dudas de la mayoría de los especialistas y sobre todo, ignorando el libro del doctor Demetrio Ramos, en el que desmontó de manera convincente dicha posibilidad. Según Duverger, el metellinense estuvo en Salamanca entre los 14 y los 16 años, pero ni tenía edad para cursar estudios universitarios ni estuvo el tiempo suficiente para conseguir un título universitario.

Su estancia en La Española, entre 1504 y 1511, la fundamenta en conjeturas, siguiendo a pie juntillas a López de Gómara que se permitió rellenar los huecos que desconocía de su hagiografía como buenamente le parecía. Ello, le induce a escribir que fue un personaje clave en la pacificación de la isla, algo que no suscribe ninguno de los especialistas en historia dominicana ni en la cortesiana. Su repartimiento en el Dayguao o su residencia en la conocida como casa de Francia de la capital dominicana son meras conjeturas que Duverger asume como ciertas, sin aportar el más mínimo argumento. Menos plausible aún es que se enriqueciera no con la minería ni con la agricultura sino por su intervención en el circuito administrativo –pág. 95-. Los salarios de los administradores públicos eran bajos y nadie, en aquellos años, se enriquecía con dicha actividad sino con la actividad minera y la esclavista. Por otro lado, según Duverger, si no se embarcó con Alonso de Ojeda, el 12 de noviembre de 1509, no fue por ningún contratiempo lógico sino porque adivinó que esa bicefalia entre Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda acabaría mal, como de hecho ocurrió. Una vez más le atribuye capacidades casi sobrenaturales, al igual que cuando afirma que era capaz de descifrar y leer los pictogramas náhuatl, aserto que cuestiona el mismísimo prologuista del libro –pág. 18-. Por cierto, nuevamente hierra cuando dice que Sebastián de Ocampo, circunnavegó por primera vez Cuba en 1509, cuando está probado documentalmente que lo hizo en 1506 –Revista de Indias Nº 206 de 1996, págs. 199-204-.

        Asimismo, niega que los mexicas tuviesen a los españoles por dioses, esgrimiendo que es un error de apreciación y que la idea fue incorporada por los cronistas posteriores a la Conquista –pág. 146-. Sin embargo, las pruebas que indican lo contrario son abrumadoras y no es suficiente con lanzar la idea. Debió empezar por rebatir primero al prestigioso mexicanista israelí Tzvi Medin quien en un reciente libro, publicado en 2009, situó el ideal mitológico de los aztecas como clave en su rápido desplome, al pensar precisamente que los invasores eran dioses.

        Finalmente, sin ánimo de ser exhaustivo, me gustaría indicar que algunos de los conceptos del glosario que incorpora al final del libro están mal definidos. Afirma cosas tan sorprendentes como que la encomienda era una propiedad territorial donada, que los indios naborías eran esclavos o que un vecino es un residente en una villa.

Creo que si el profesor Duverger hubiese añadido algunos personajes ficticios, hubiese redactado una buena novela histórica que acaso le habría reportado más ventas y quizás la notoriedad pública que persigue. Pero como libro de historia que es, lamento decir que es malo, carente de metodología histórica, plagado de incongruencias, de faltas de sentido común y de hipótesis innovadoras sin la más mínima base documental o argumental

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA CONQUISTA DE LOS INCAS

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HEMMING, John: La conquista de los incas. México, Fondo de Cultura Económica, 2000, 687 págs.

        Esta obra fue publicada en inglés en 1970, siendo corregida y ampliada en 1993, coincidiendo con su traducción al castellano. Se trata de una densa y bien documentada historia de la conquista del incario, desde la llegada de los españoles hasta la caída de Vilcabamba la Vieja, en junio de 1572. Asimismo, incluye una breve biografía de los descendientes de la familia real inca, algunos de los cuales acabaron en España, abarcando hasta el primer tercio del siglo XVII. Estamos, sin duda, ante una obra cumbre sobre la conquista del Tahuantinsuyu que, a día de hoy, es todo un clásico, imprescindible para cualquiera que pretenda acercarse a la temática.

Como aclara el propio autor en el prefacio, no es una historia de la sociedad inca, ni tampoco una biografía de Francisco Pizarro. De ambos aspectos existen excelentes obras como las de María Rostworowski de Díez Canseco, José Antonio del Busto, Raúl Porras Barrenechea, etc., aunque ninguna de ellas puede considerarse definitiva.

Resumir el contenido de esta obra, implicaría una extensión inapropiada para una reseña. Y ello porque cada línea, cada párrafo, cada página, es fruto de la sosegada reflexión del autor, reforzada además por un denso aparato crítico. Todas sus aseveraciones cuentan con un amplio respaldo documental y bibliográfico. En ocasiones son fruto de deducciones realizadas a pie de campo, es decir, sobre unas ruinas y una topografía que Hemming conoce a la perfección.

Lo más destacado del texto que ahora comentamos es su aporte a la evolución de los incas desde su retiro a Vilcabamba, donde un grupo de naturales mantuvo por espacio de más de 40 años, un pequeño estado inca paralelo al español. Es decir, durante décadas convivieron el pequeño estado de Vilcabamba con el virreinato peruano, con sede en la Ciudad de los Reyes. Frente a lo que se había creído, Hemming demuestra la feroz resistencia de los incas a la conquista. La sorpresa inicial provocó la rápida caída de Atahualpa, excesivamente confiado en su superioridad numérica y, poco después, la de su ingenuo general Calcuchímac que se dejó arrestar sin oposición. Sin embargo, luego comenzó una feroz resistencia, iniciada por los generales quiteños Quizquiz y Rumiñahui, que prosiguió Manco Cápac en su reino de Vilcabamba. Inicialmente la rebelión pretendió aplastar a los pocos españoles que estaban en el Perú. Para ello planearon tomar la capital inca y ocupar después el resto de localidades en poder de los hispanos, como Jauja y la Ciudad de los Reyes. Probablemente faltó decisión, confiados de nuevo en su aplastante superioridad numérica. Ello les llevó a pensar que, antes o después, los hispanos capitularían. Pero se equivocaban, el tiempo concedido a sus oponentes permitió que estos planteasen una defensa eficaz del Cuzco, al tiempo que fueron llegando paulatinamente nuevos contingentes de europeos. Finalmente, los nativos comprendieron que era imposible acabar con los invasores por lo que, con buen criterio, Manco Cápac decidió retirarse, con sus más fieles seguidores, a las soledades selváticas de Vilcabamba, en la frontera nordeste del incario.

El autor, haciéndose eco de las últimas informaciones arqueológicas y aportando deducciones y datos propios, demuestra definitivamente el misterio de la ubicación del enclave en las ruinas hoy ubicadas en Espíritu Pampa. Por cierto, que confirma algo que ya sabíamos y es que no se puede identificar ni tan siquiera relacionar Vilcabamba con las ruinas de Machu Picchu, ciudad que seguramente fue una residencia real, abandonada después de la ocupación del Tahuantinsuyu por los hispanos. Lo cierto es que en Vilcabamba la Vieja consiguieron mantener durante casi cuatro décadas un pequeño estado indígena, en paralelo con el Perú español. Sus dimensiones eran muy modestas, apenas unas trescientas casas, controlando un territorio poco poblado de varias decenas de leguas a la redonda. Sin embargo, el virrey Francisco de Toledo, sorprendentemente creyó en la amenaza del pequeño reino, sobre todo por la posibilidad de que otros indios tomasen ejemplo y siguiesen el camino de la rebelión. Por ello, se empeñó en destruir dicho reducto, deportando de allí a los descendientes de la familia real incaica. Con ello, acababa el sueño de un puñado de personas que intentaron mantener su forma de vida, lejos de la tierra que los vio nacer. De haber sobrevivido, como indica el autor, hoy sería un pequeño reino indígena, probablemente reconocido por Naciones Unidas, de una extensión similar a la de algunos de los estados de Centroamérica.

Para acabar, destacaremos que el autor tiene un conocimiento detallado del Perú y de las ruinas incas. Eso, unido a la ingente documentación que manejó, le lleva a construir una narración de la conquista creíble, detallada, precisa y muy documentada. El texto consolida muchas de las ideas que ya teníamos sobre la conquista del incario y refuta otras. El minucioso estudio de la evolución de los orejones en su retiro de Vilcabamba es verdaderamente magistral. Tuvieron la capacidad de recrear la estructura política y religiosa del Tahuantinsuyu en un rincón alejado de los hispanos y de su propia tierra natal. Un verdadero exilio al que se adaptaron con éxito, pasando de ser una civilización andina a otra selvática.

        Los errores son pocos, casi todos relacionados con la biografía de Francisco Pizarro. Su desconocimiento del territorio de origen de los conquistadores induce al autor a escribir cosas como que los navíos que iban a Tierra Firme, pasaban primero por las islas Canarias y luego por las Azores, antes de tocar en las costas panameñas. Asimismo, afirma que Hernando Pizarro estuvo encerrado en Madrid, en el castillo de Medina del Campo –p. 611-, cuando como es bien sabido esta villa se encuentra en la provincia de Valladolid. Asimismo, afirma que Francisco Pizarro pasó a la Española en 1502, cuando la historiografía hace años que retrasa su llegada al menos a 1503 o 1505. Pese a esos errores e imprecisiones, propios de una obra monumental como ésta, estamos ante una obra singular, y yo diría, incluso, que insuperable, al menos en lo concerniente a la conquista del Tahuantinsuyu.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EPIDEMIAS Y PODER

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WATTS, Sheldon: Epidemias y poder. Historia, enfermedad, imperialismo. Barcelona, Editorial Andrés Bello, 2000, 491 págs.

 

        Este libro, editado en inglés en 1997 y tres años después en castellano, constituye una obra sorprendente en la que su autor defiende, como indica el propio título, la relación entre la expansión de las epidemias y el imperialismo. Evidentemente, S. Watts posee un amplio conocimiento de las distintas sintomatologías, pero su formación como historiador social y cultural, hace que lo realmente valioso de su obra sea la interpretación de cada una de las epidemias en su contexto histórico. Además, dado que ha desarrollado su labor docente en distintos centros de África –Nigeria y Egipto-, conoce de primera mano las consecuencias que el imperialismo provocó en dicho continente, perceptibles, por supuesto, en la actualidad.

Se analizan pormenorizadamente las principales plagas que han azotado a la humanidad desde la Baja Edad media hasta nuestros días, es decir, la peste bubónica, la lepra, la viruela, la fiebre amarilla, el cólera, la malaria, la sífilis y, por último el SIDA.

La peste negra azotó el Viejo Continente y Asia a partir de 1347, matando en tan sólo cinco años a unos 24 millones de europeos, tres de cada diez. Ratas infestadas se colaron de polizonas en naves genovesas expandiéndola por amplias zonas ribereñas del Mediterráneo. Así, los egipcios que periódicamente se enfrentaban a malas cosechas, plagas de langostas, hambres y enfermedades, debieron afrontar la peste bubónica desde 1347. Solo los nómadas estuvieron en mejores condiciones para replegarse y evitar los peores efectos de la epidemia. Ya en ese siglo se puso de manifiesto una vez más la incapacidad de Occidente para frenar la expansión de las plagas que ella misma generaba. El autor se contradice en parte cuando afirma, por un lado, que la peste no respetaba a nadie y que lo mismo morían pobres vagabundos que ricos -p. 27-, y por el otro, lo contrario –p. 40-. Evidentemente, se refiere a que todos podían ser contagiados aunque es obvio que afectaba menos a los ricos que vivían en mejores condiciones y tenían menos contacto con ratas y pulgas –las transmisoras de la enfermedad-. También tenían la posibilidad de huir hacia el campo a los primeros síntomas del ataque epidémico. Por eso no extraña que se generalizara la máxima: huye pronto, huye lejos, vuelve tarde. Defiende el autor que esta enfermedad, como las demás estudiadas, sirvió para segregar socialmente a las personas, pues, se establecían cuarentenas para evitar los contagios. Se controlaban los desplazamientos, se sepultaba a los muertos en fosas comunes, calcinando sus efectos personales, y se aislaba a los afectados. Para los enfermos y sus familias, el hecho de ser aislados socialmente, de quemar los pocos enseres personales que poseían –a veces incluso sus propias casas- o enterrarlos en una fosa común como los apóstatas era difícil de asimilar. También la lepra, que ya causaba estragos en la antigüedad, implicaba el aislamiento atroz de los afectados en lazaretos, verdaderos morideros donde intentaban minimizar el riesgo de contagio. Y ello, no nos sorprende dada la discriminación que todavía, en pleno siglo XXI, sufren los enfermos de SIDA en nuestra propia sociedad.

Asimismo, desde el siglo XVI se produjo una enorme expansión de la sífilis que, en este caso, tuvo el flujo inverso, llegó de las colonias a la vieja Europa. Precisamente, un estudio reciente llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Emory, en Atlanta (Estados Unidos), y que por tanto el autor no pudo conocer, parece demostrar que la sífilis europea, aparecida desde 1495, pudo ser fruto de una mutación de la cepa original traída al Viejo Mundo por los hombres de Colón. En Europa se conocía un tipo de sífilis pero no la venérea que se inició en la última década del siglo XV y que se contagiaba por contacto sexual. Su difusión fue imparable, acentuada por la mentalidad de la época, que veía con normalidad el inicio de la vida sexual de los jóvenes con prostitutas de las mancebías. Además, esta enfermedad estigmatizaba a los afectados de manera similar a la lepra, hasta el punto que todo el que podía lo ocultaba, lo que no contribuía precisamente a su erradicación. El primer remedio llegó desde las mismas colonias; se usó el guayacán, un árbol que produce una madera actualmente muy apreciada –al igual que la caoba- por su dureza y calidad, pero que los amerindios la usaban para aliviar los síntomas de la sífilis. Su comercialización comenzó en 1521 cuando se remitieron a la Casa de la Contratación 2.429 quintales y dos arrobas. Gonzalo Fernández de Oviedo por un lado, y Andrés Laguna, en su traducción de la Materia Médica de Anazarbeo, editada en 1555, por el otro, elogiaron ampliamente sus virtudes para combatir la sífilis que por aquel entonces azotaba fundamentalmente a Europa. Dos décadas después fue el médico sevillano Nicolás Monardes quien volvió a defender el poder del guayaco no sólo frente a la sífilis, sino también contra otras enfermedades. Más adelante se usó otro método más efectivo a base de mercurio. Lo cierto es que esta nueva plaga afectó a las formas de socialización cerrándose, por ejemplo, los baños de vapor muy extendidos en la Europa de la época. Asimismo, cambió la percepción que la sociedad tenía de la prostitución.

Otra de las grandes plagas de la historia ha sido el cólera, en este caso mucho más selectiva que las anteriores ya que atacaba mucho más a personas débiles física o psíquicamente y mal alimentadas. La bacteria acuática que la produce se difundió por todo el orbe en los tanques de agua de los buques mercantes y en el transporte ferroviario. Se contagiaba a través de las aguas infectadas. En la época ni siquiera intuyeron el foco de transmisión. Así, por ejemplo, el médico Manuel de Aguilar Tablada explicaba el origen de la enfermedad en 1855 se la siguiente manera: la causa del mal se debe a la descomposición de algunas de las fuerzas terrestres o de su desequilibrio en un punto dado. En muchas colonias, como la India, el cólera había tenido una baja incidencia en la época pre-británica, volviéndose atroz y masiva desde mediados del siglo XIX. Por eso no duda el autor en hablar de una enfermedad sostenida por el imperialismo y que costó la vida a 25 millones de indios. Desde la India se propagó hasta la Rusia zarista y hacia el imperio Habsburgo hasta llegar a Inglaterra y Francia. Como en el caso de la lepra y otras epidemias, terminaron creándose asilos de afectados por el cólera, que eran verdaderos infiernos terrenales.La fiebre amarilla y la malaria también llegaron a América en los buques negreros causando graves estragos desde mediados del siglo XVII.

La expansión de todas estas enfermedades se difundió por todos los continentes a través de los buques mercantes y negreros de las potencias del viejo continente. Empezaron los pueblos ibéricos y lo continuaron con gran ímpetu los franceses, ingleses y holandeses principalmente. En el continente americano, los nativos sufrieron un sinfín de enfermedades que los diezmaron, empezando en 1493 por la influenza suina y continuando a partir de 1519 por la viruela, el sarampión, la gripe, el tifus exantemático, la sífilis, etc. Se estima que las enfermedades mataron entre el 80 y el 90 por ciento de la población aborigen de América, aunque posteriormente se recuperara en parte. La introducción de esclavos africanos para sustituir a la mano de obra indígena, modificó todo el panorama racial del Nuevo Mundo.

Por tanto, el imperialismo no sólo generó desigualdades económicas sino que extendió por extensas áreas del mundo plagas que diezmaron poblaciones que en muchos casos no habían tenido contacto previo con esos virus. De ahí que los estragos en las colonias americanas, africanas o asiáticas fuesen mucho más dramáticos que en la propia Europa. Por tanto, superpoblación, pobreza, consumismo, nacionalismo e imperialismo están en el origen de todos los males. Para Watts, la medicina occidental no sólo se mostró incapaz de curar las enfermedades que ella misma exportaba sino que éstas fueron a la vez agente e instrumento de dicha expansión imperialista. La creciente necesidad del mundo moderno de llegar a más partes del mundo en busca de potenciales consumidores ha tenido como consecuencia la creación de verdaderas líneas de penetración de las epidemias que se propagaron por todo el orbe. Todo ello fundamentado en el darwinismo social que entendía que los europeos eran una raza evolutivamente superior y, por tanto, con derecho a dominar al resto del mundo. Si a partir del siglo XIX se creó una medicina tropical para combatir las epidemias de las colonias, no se debió tanto al altruismo con las poblaciones aborígenes sino como el mejor medio de asentar la expansión imperialista. Esta es a grandes rasgos la tesis que defiende Watts y que en líneas generales compartimos.

Estamos ante una obra maestra, muy ambiciosa en el mejor sentido, ya que abarca un amplio espacio geográfico –prácticamente todo el mundo- y una amplia cronología que parte del siglo XIV y llega casi a la actualidad. En un trabajo de esta envergadura siempre es posible encontrar pequeños errores, como decir que Francisco Pizarro, conquistó el imperio inca en la década de 1520 –p- 131-. Asimismo, quiero advertir que la comprensión del texto se entorpece reiteradamente por la obsesión de Watts, siguiendo a Michel Foucault, de emplear conceptos muy abstractos como Constructo, Ideología del Orden o Desarrollo. Ello provoca que en más de una ocasión el lector más avezado tenga que releer un párrafo para entender lo que nos quiere decir. En cualquier caso, se trata de menudencias, detalles sin importancia que en nada pueden compararse con el aporte a la historia de la epidemiología y del imperialismo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA ESTRATEGIA DEL TERROR EN LA GUERRA DE CONQUISTA

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ROJAS, José María: La estrategia del terror en la guerra de conquista, 1492-1552. Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2011, 165 págs.

 

        Interesante libro del sociólogo colombiano José María Rojas en el que se aborda la Conquista desde una nueva perspectiva así como sus consecuencias en la América Contemporánea. Comparto totalmente la línea argumental del autor, tal y como defendí en mi libro Conquista y destrucción de las Indias (Sevilla, 2009), y me parecen oportunos los términos que utiliza, evitando eufemismos de la época todavía usados en la actualidad como rescate, pacificación o evangelización. En la conquista se cometieron todo tipo de atrocidades y hubo una política sistemática y premeditada de terror, necesaria para que un puñado de conquistadores sometiera a millones de aborígenes a lo largo y ancho del continente americano. Por eso hubo matanzas ejemplarizantes, como las de Anacaona, Moctezuma, Atahualpa y otros cientos –quizás miles- de caciques y reyezuelos locales que mostraron resistencia al invasor. Aperreamientos, mutilaciones y quemas en la hoguera fueron moneda de cambo habitual en todo el proceso. Como afirma el autor, la cruz de una iglesia intransigente, inquisitorial, y el estado casticista se unieron para someter a sangre y fuego varios millones de kilómetros cuadrados. Y todo ello porque al tratarse de empresas privadas, en las que cada adelantado o conquistador capitulaba y financiaba su campaña, existía una necesidad perentoria de rentabilizarla por cualquier medio. Por las buenas o por las malas los conquistadores necesitaban obtener oro y esclavos. Si no había causa justa para la guerra, bastaba con provocarlos para que todo tipo de matanzas y rapiñas quedasen bendecidas.

Sin embargo, se aprecia que el autor no es especialista en la época y que además su documentación es magra, pues tan solo enumera diecisiete referencias bibliográficas entre cronistas y obras contemporáneas. Ello provoca que salten al texto algunos errores e imprecisiones. Así, por ejemplo afirma que el testamento de Isabel La Católica fue redactado por sus consejeros, cosa que no parece nada probable. Asimismo afirma que fueron expulsados de España entre 160.000 y dos millones de judíos, cifra sobre todo la última totalmente descartada. También afirma que Hernán Cortés se llevó en 1519 los últimos indios de Cuba, hecho totalmente incierto, o que Francisco Pizarro murió octogenario cuando es bien sabido que en el momento de su asesinato era sólo sexagenario.

Sin ninguna duda, la parte más brillante del libro es el último capítulo, dieciséis páginas en las que el autor aborda una aproximación al conflicto desde la contemporaneidad. Aquí sí que se aprecia la capacidad de análisis de un sociólogo que ha trabajado temas relacionados con la clase obrera y la minoría indígena en la Edad Contemporánea. La conquista creo unas relaciones asimétricas entre vencedores y vencidos que la oligarquía criolla se encargó de reproducir miméticamente en la Edad Contemporánea. En el siglo XX, dictaduras militares, apoyadas precisamente por esta oligarquía y bendecidas por Estados Unidos, se encargaron de mantener el status quo. Estos regímenes reprimieron todas las libertades individuales y cometieron impunemente miles de asesinatos, con la excusa de evitar el totalitarismo comunista. Y con ese razonamiento, Estados Unidos ha apoyado a personajes siniestros como Sadam Hussein, Bin Ladem o al propio Gadafi. Tras la caída de la URSS, y sobre todo desde 2001, el nuevo enemigo es el terrorismo internacional, y con la excusa de atajarlo realiza guerras preventivas y práctica cuando lo cree necesario todo tipo de violaciones de los derechos humanos. Los nuevos conquistadores son las grandes multinacionales que campan a sus anchas en países como Colombia, apoyadas por Estados Unidos y por el capitalismo internacional. Actualmente, mantiene al estado colombiano prácticamente intervenido con la excusa de luchar contra el narcotráfico o contra la insurgencia de la guerrilla. Un conflicto que dura ya más de medio siglo, que ha dejado miles de muertos y, lo que es peor una sociedad mafiosa. Y el Estado, con la excusa de luchar contra las mafias, con el beneplácito del Imperio, practica una guerra sucia en la que las víctimas son con frecuencia campesinos, sindicalistas, maestros, líderes comunales o ideólogos de izquierda. Grupos paramilitares, con la complacencia del ejército y de la policía, realizan razias en las que asesinan, sin mediar palabra, a personas simplemente sospechosas de simpatizar con la insurgencia.

La historia de Colombia en los últimos cinco siglos, ha dejado un interminable reguero de muertos en el camino. Primero los conquistadores, luego la oligarquía criolla y actualmente las injerencias del Imperio se han encargado de la destrucción del país. Este libro pretende contribuir a la concienciación ciudadana que permita la emancipación sociopolítica no solo de Colombia sino también de toda Latinoamérica.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA LEYENDA NEGRA. HISTORIA NATURAL Y MORAL DE UNA CATÁSTROFE ECOLÓGICA (1492-1592)

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MUÑOZ SANZ, Agustín: La Leyenda Negra. Historia natural y moral de una catástrofe ecológica (1492-1592). Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2012, 252 pp.

 

        Interesante trabajo realizado por un médico en activo de la Unidad de Patología Infecciosa del hospital Infanta Cristina de Badajoz. En los orígenes de la colonización española del Nuevo Mundo aparecieron varias oleadas epidemiológicas que diezmaron, en algunos casos de forma irreversible, a las poblaciones indígenas: la influenza suina o gripe del cerdo (1493), la viruela (1518-1526), el sarampión (1530-1532, 1559, 1563-1564 y 1595), la varicela (1538), la gripe (1558-1559), el tifus o la peste pulmonar (1545-1548 y 1576-1580), las paperas (1550) la tosferina (1562), la peste (1560-1561 y 1587-1595), la difteria, etcétera. La mortalidad fue espantosa al igual que dos siglos después lo fue en Oceanía, muy a pesar de que ya se conocían los mecanismos de transmisión así como algunas vacunas, como la de la viruela.

El estudio de estas epidemias ha sido afrontado tanto por historiadores como por galenos, existiendo destacados estudios tanto de unos como de otros. Pues bien, el trabajo del Dr. Agustín Muñoz es un nuevo intento de concreción de las primeras epidemias desatadas en el Nuevo Mundo y su interpretación en el marco del proceso expansivo, en relación a la historia y a la leyenda. Para sustentar sus análisis contrasta los testimonios de la época con la sintomatología que esas patologías producen. Obviamente, en ello, los médicos tienen una formación de la que carecen los historiadores, y que les permiten precisar más razonadamente las enfermedades concretas que azotaron el Nuevo Mundo.

Precisamente, un médico, Francisco Guerra, fue el primero que demostró convincentemente que la primera gran epidemia americana tras la llegada de los europeos, la desatada en la Española en 1493, fue fruto de la influenza suina, trasmitida por unas cerdas compradas por Colón en la Gomera. Un tipo de gripe que se transmite del cerdo al ser humano y que provoca infecciones respiratorias severas que con frecuencia acaban en el deceso del afectado. Han sido historiadores los que han cuestionado, de forma quizás poco convincente, que se tratase de influenza. Así, Noble David Cook ha defendido que fue en realidad el primer brote de viruela, mientras que Massimo Livi Bacci ha llegado a decir que no hubo epidemia y que la hecatombe se debió al trastorno que experimentaron las estructuras socio-económicas indígenas. Agustín Sanz, que parece desconocer parte de la obra de Cook e ignora totalmente a Bacci, rebate por infundada la tesis de la viruela, posicionándose junto a los que defienden la influenza, aunque estableciendo un matiz bastante convincente: esta gripe pudo haber sido de origen porcino, pero también humana o aviar, o por la acción combinada de todas ellas.

Asimismo, plantea la posibilidad, siguiendo a Pablo Patrón, de que el Inca Huayna Cápac hubiese muerto entre 1525 y 1530 no de viruela, como tradicionalmente se ha sostenido, sino de una enfermedad endémica en el Perú, la bartonelosis. Con las reservas de un historiador, que no se siente seguro en cuestiones médicas, no creo que haya razones para pensar eso, precisamente por su carácter endémico en el área andina. De hecho, Adam Szászdi demostró que la epidemia que estuvo a punto de acabar con todos los hombres de Francisco Pizarro en Coaque, antes de la celada de Cajamarca, fue un brote de Bartonelosis. Sin embargo, dado que solía aparecer en forma benigna en la infancia, los naturales estaban más o menos inmunizados. Por ello, en principio no parece probable que la gran epidemia que asoló el Tahuantinsuyu, matando al Inca, fuese bartonelosis.

Pero la obra de Muñoz Sanz, brillante en los aspectos médicos, tiene a mi juicio, algunas lagunas cuando trata de contextualizarlos desde el punto de vista histórico. Aunque escribe, citando a Motolinía y a otros cronistas, que además de las enfermedades hubo otras causas que favorecieron la desaparición de millones de amerindios, en el fondo no parece integrar esta idea en su forma de entender el derrumbe de la población indígena. De hecho, termina cayendo en el error de usar la epidemiología para negar el genocidio –pág. 17-. Según el autor, epidemias y catástrofes naturales fueron las responsables de la hecatombe demográfica casi en exclusiva. Aunque él no lo sepa, se trata de una vieja línea de pensamiento defendida desde hace décadas por una parte de la historiografía hispanista, que afirma que la mortalidad provocada por las enfermedades, unido a otros factores concatenados en el tiempo, desmentían el genocidio. Además, recurre a la manida estrategia de desacreditar a la América Precolombina, con sus guerras, su antropofagia ritual y con la brutalidad de algunos de sus líderes. Sin embargo, con ser cierto, esto ni niega ni afirma el genocidio de la conquista.

A mi juicio, esta línea argumental habría que matizarla: por un lado, las epidemias con ser indudablemente la causa principal de la despoblación, no fue la única ni muchísimo menos. Es obvio que ni todos ni casi todos murieron por las enfermedades, ni tampoco por la tiranía ejercida por los vencedores; ambas posiciones implican una simplificación que necesariamente falsea la realidad. Millones de ellos perecieron de enfermedades pero otros cientos de miles fueron víctimas de asesinatos, violaciones, ejecuciones sistemáticas y esclavización hasta la extenuación. Algunos territorios americanos se convirtieron en los primeros años en factorías de esclavos a bajo precio, llegando a venderse varios miles de ellos en los mercados de esclavos de la propia Castilla. Y segundo, la leyenda negra, obviamente como tal leyenda, es absolutamente falsa y simple como bien indica el autor, pero no porque no se hubiesen cometido en la conquista todo tipo de crueldades –como en toda guerra- sino porque atribuye a los españoles una forma de actuar que había usado toda la humanidad, al menos desde los orígenes de la civilización. Por tanto, quede claro que la mayor parte de la población indígena murió de enfermedades, pero eso no excluye el genocidio. Cualquiera que esté habituado a leer los textos de la época, sabe que hubo un etnocidio sistemático y más puntualmente un genocidio que podríamos llamar arcaico o moderno.

Por lo demás encontramos algunos errores o erratas como citar al cronista Gonzalo Fernández de Oviedo como Francisco –pág. 28-, mencionar a Bartolomé de Las Casas como agustino –pág. 222-, o hablar del imperio azteca –pág. 108- cuando nunca pasó de ser una confederación, formada por Tenochtitlán, Texcoco y Tlatelolco. Asimismo, nos extraña en una obra tan documentada la ausencia de dos monografías que han revolucionado los estudios epidemiológicos del Nuevo Mundo, a saber: La conquista biológica. Las enfermedades en el Nuevo Mundo (Madrid, Siglo XXI, 2005) de Noble David Cook y Los estragos de la conquista (Barcelona, Crítica, 2006) del demógrafo italiano Massimo Livi Bacci.

Y para concluir, creo que el libro del Dr. Muñoz contiene algunos aportes de interés, sobre todo relacionados con cuestiones médicas. Además establece posicionamientos abiertos que al menos permiten el debate intelectual, aportando pistas para reflexiones e investigaciones futuras.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LEYENDA NEGRA Y LEYENDAS DORADAS EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA. PEDRARIAS Y BALBOA

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ARAM, Bethany: Leyenda negra y leyendas doradas en la conquista de América. Pedrarias y Balboa. Madrid, Marcial Pons, 2008, 451 pp.

          Con un lustro de retraso he leído esta brillante obra sobre este dúo de conquistadores, el segoviano Pedrarias Dávila y el jerezano Vasco Núñez de Balboa. Constituye un acierto de la autora el estudio comparado de ambos personajes porque no se puede entender uno sin el otro. Aram intenta ofrecer un punto de vista objetivo, aunque también confiesa su creciente simpatía por ambos conquistadores, especialmente por el primero. No obstante, a mi juicio sí consigue romper con el maniqueísmo tradicional que asociaba a Balboa con el héroe del pueblo, frente Pedrarias que pasó a la historia como el intransigente cortesano que envió al patíbulo al primero. No en vano, Hugh Thomas llegó a escribir que Pedrarias fue la persona más odiosa de toda la conquista. Obviamente, esta visión tan radical entre el héroe y el tirano, favorecida por la rápida desaparición del primero, no se ajusta a la realidad. El hecho ya lo había puesto de relieve María del Carmen Mena en su magnífica biografía de Pedrarias, pero lo apuntala definitivamente Bethany Aram.
          Como ya hemos dicho, la autora no logra totalmente esa supuesta neutralidad porque, en ocasiones, se aprecia una gran simpatía personal hacia la figura del conquistador segoviano. Tanto es así que llega a justificar el ajusticiamiento de Balboa en Acla por su rebelión, no contra Pedrarias sino contra su sucesor Lope de Sosa. A mi juicio, no hay pruebas suficientes que sugieran que el jerezano tuviese en mente rebelarse contra el poder real sino que, como tantos otros, pretendía ignorar al gobernador, proseguir con sus descubrimientos y después solicitar a posteriori el reconocimiento real. El segoviano pudo haber mostrado un ápice de indulgencia, pero no lo hizo, ni siquiera tratándose del prometido de su hija. Lo cierto es que a esto mismo jugaron decenas de conquistadores, y a unos les salió bien y a otros mal. Balboa fue uno más de tantos que desgraciadamente fracasaron, entre otras cosas porque se encontró enfrente a una persona dispuesta a aplicar la ley hasta sus últimas consecuencias. No debe ser casualidad que a Pedrarias se le conociera como el gran justador. Sin embargo, el jerezano tuvo una muerte acorde con su forma de vida, por eso los cronistas de su época interpretaron que, con traición o sin ella, su ejecución fue un castigo divino por las atrocidades cometidas durante su vida. Pedrarias Dávila tuvo algo más de suerte, pero no mucha más, pues aunque le sobrevivió más de una década, murió en la pobreza, tras perder a dos de sus hijos, y sólo, lejos de su querida esposa, doña Isabel de Bobadilla.
          Pero, ¿quién provocó el enfrentamiento? Pues indirectamente la propia Corona que, con frecuencia, contraponía a dos personas con la intención de facilitar el control del territorio. Ocurrió con Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda, ahora con Balboa y Pedrarias y pocos años después con Diego de Almagro y Francisco Pizarro. Y todo ello en beneficio propio, pues conseguía que uno controlase el exceso de poder del otro y viceversa.
          La autora señala la desmedida ambición del jerezano, dispuesto incluso a convertir el Darién en un gran mercado exportador de indios esclavos. Sin embargo, es indudable que Pedrarias también exhibía grandes dosis de ambición, por lo que, al igual que Balboa, estaba dispuesto a cualquier cosa con tan de enriquecerse. De hecho, para cobrar sus emolumentos, dado que la tierra no proporcionaba rentas suficientes, permitió todo tipo de abusos contra los sufridos nativos.
          Tampoco comparto con la autora sus juicios de valor cuando compara la crueldad de la conquista con la de la reconquista. Y no la comparto porque aunque las razias, la destrucción y las muertes fuesen similares, las fuerzas musulmanas mantenían un cierto equilibrio con las cristianas. En cambio, los pobres indios no tuvieron la más mínima oportunidad de éxito; su mundo estaba condenado a la desaparición.
          Una de las cuestiones más novedosas de esta obra, sustentada en documentación inédita, es el interés de Pedrarias en la empresa que Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Fernando de Luque pretendían llevar al Levante y que acabó a medio plazo con la conquista del Tahuantinsuyu. Tradicionalmente, se pensaba que el segoviano puso muchas cortapisas a estas expediciones por la sangría de hombres y de esfuerzos que provocó en los primeros años. Sin embargo, la autora presenta un documento de 1525, en el que se pretendía cuantificar lo gastado desde 1524 en la campaña del Sur, confirmando la participación en la empresa a partes iguales de Almagro, Pizarro, Luque y Pedrarias. Toda la jornada dependía directamente del gobernador que se involucró en la jornada, repartiendo en cuatro partes la inversión y los futuros beneficios. Por tanto, queda claro, que las primeras expediciones en busca del Tahuantinsuyu gozaron de la bendición y la participación de la máxima autoridad de Castilla del Oro.  
          En general, algunos puntos de vista de la autora pueden ser discutibles, pero construye su argumentación sobre un aparato crítico impresionante, incontestable. Por un lado, sintetiza todo lo que sabíamos hasta la fecha sobre ambos personajes y, por el otro, aporta algunos documentos nuevos que nos permiten perfilarlos mucho mejor. Y además no se queda en la anécdota sino que trata de reconstruir a los personajes en su contexto histórico, lo que aporta singularidad a su estudio. Por tanto, huelga decir que estamos ante una obra valiosa que aporta novedades y nuevos puntos de vista a la historia de la colonización temprana de Castilla del Oro y a la biografía de sus protagonistas.

ESTEBAN MIRA CABALLOS


HISTORIA GENERAL DEL PUEBLO DOMINICANO

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V.V.A.A.: Historia General del Pueblo Dominicano, T. I. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013, 762 págs.

 

          Primero de los seis tomos en que la Academia Dominicana de la Historia ha programado esta obra que pretende ser a la vez síntesis y estado de la cuestión de la historia de la República Dominicana. La colección está coordinada y supervisada por el Dr. Roberto Cassá, mientras que el presente volumen ha estado coordinado por el Dr. Genaro Rodríguez Morel. Colaboran en él nueve investigadores, seis dominicanos y tres españoles, todos ellos con una larga trayectoria profesional. No se puede adscribir el libro a una escuela historiográfica concreta porque colaboran autores con formaciones, sensibilidades, intereses y especialidades muy diferentes. Ha prevalecido, como indica en la presentación el coordinador del presente tomo, el deseo de integrar todos los conocimientos y los últimos avances historiográficos, por encima de partidismos o de afinidades personales.

          Estamos, a mi juicio, ante un verdadero hito historiográfico, pues prácticamente, todas las obras generales sobre la historia de la República Dominicana habían sido firmadas por un solo autor, Antonio del Monte, José Gabriel García, Bernardo Pichardo, Máximo Coiscou, Américo Lugo, Gustavo Adolfo Mejía Ricard o Roberto Cassá, por citar solo algunos. En fechas muy recientes, Frank Moya Pons coordinó en un solo volumen una historia dominicana, útil aunque de objetivos modestos. Por eso, la obra que ahora reseñamos constituye la primera síntesis extensa, global y colectiva de la historia dominicana. Precisamente, se inicia con un amplio capítulo sobre historiografía, firmado por Roberto Cassá. En él se explica su tardío inicio tras la independencia, y su retraso secular, agudizado durante la etapa trujillista, entre 1930 y 1961. La dictadura provocó el exilio de los principales intelectuales, mientras que los historiadores afines al régimen plantearon una historia tradicionalista, positivista y hagiográfica, quedando un espacio mínimo de libertad para el resto de los intelectuales. Julián Casanova ha hablado del secano español para aludir al retraso de la historiografía española, provocada, en parte, por los 36 años de dictadura franquista, y esas mismas palabras pueden ser aplicadas a la historiografía dominicana. Muy tardíamente, en los años sesenta, emergió la historiografía marxista que contribuyó de manera fundamental a la renovación y a la innovación, con historiadores de cierta proyección, como Juan Bosch, Juan Isidro Jiménez Grullón o Emilio Cordero Michel. Tras ellos, aparecieron dos historiadores, con formaciones metodológicas muy diferentes, que ejercieron una enorme influencia en las generaciones posteriores de historiadores: Roberto Cassá y Frank Moya Pons. De entre su amplia producción historiográfica no podemos dejar de mencionar, del primero, su Historia social y económica de la República Dominicana, publicada en 1976, y del segundo su Manual de Historia Dominicana editado justo al año siguiente, aunque con numerosas reediciones posteriores. En la actualidad, está en activo una amplia generación de historiadores, unos vinculados a la corriente historiográfica marxista y, otros que, superando el historicismo tradicional, han incorporado elementos de muy distintas corrientes metodológicas.

          Muy acertada ha sido la inclusión de un capítulo dedicado a la geografía física y humana, que firma Frank Moya Pons. En él se especifica la extensión del territorio, el clima, la orografía, los ríos, los patrones de asentamiento de la población, los ecosistemas y su degradación a lo largo del tiempo. Se trata de una síntesis magistral del espacio insular lo que nos permite entender mejor los procesos humanos en él desarrollados. El medio condiciona la actividad humana, en todas sus estructuras, por lo que estas brillantes páginas hacen más comprensible la evolución del poblamiento y la dinámica histórica de la isla.

          Le siguen dos acápites en los que Marcio Veloz analiza las sociedades prehispánicas, empezando por las bandas arcaicas y terminando por las sociedades agrarias. Es de elogiar el esfuerzo de su autor por presentar un texto asequible, muy alejado de la especialización técnica de la arqueología. Hubo primitivamente unas sociedades arcaicas, los ciboneyes, que vivían en bandas recolectoras de mariscos, reptiles y frutos y cuya presencia en la isla está documentada al menos desde el 2.000 a. C. Eran de pequeña estatura y su esperanza media de vida no superaba los 15 años de edad. En el siglo V o IV a. C. llegaron los tainos, de origen arawaco, introduciendo la agricultura de roza en la isla, aunque manteniendo la caza y la recolección. En el norte de la isla, coexistieron otros grupos étnicos diferentes al tainato, concretamente los macorijes y los ciguayos. La sociedad taína fue la que alcanzó un mayor grado de desarrollo, cultivando la tierra y asentándose en poblados circulares, con plaza central que podían llegar a superar los 2.000 habitantes. Se agrupaban en cacicazgos, que llegaron a adquirir una gran extensión territorial. Eran politeístas, y se comunicaban con sus dioses haciendo sahumerios o cohobas, mientras que a través de sus bailes o areitos transmitían de generación en generación, las experiencias pasadas y la historia. Sorprende el amplio volumen demográfico que alcanzaron -entre 100.000 y 500.000 personas, según los autores- pues, los colonizadores europeos tardaron varios siglos en igualar esa cifra. Ello demuestra la perfecta adaptación de los taínos al medio.

          La conquista empezó de forma abrupta en 1492, sobre todo por el virulento azote de las enfermedades –influencia suina y/o aviar, gripe, viruela, sarampión, etc.-, y por la servidumbre abusiva impuesta por los conquistadores. No mucho mejor les fue a los españoles, mal dirigidos por un navegante sin experiencia gubernamental y con una ambición áurea desmedida. Para colmo, como indican Consuelo Varela y Juan Gil, no se calcularon adecuadamente las necesidades alimentarias, lo que combinado con la estrategia de los taínos de no cultivar la tierra para provocar su marcha, desató grandes hambrunas, a la par que se desencadenaban enfermedades, especialmente la sífilis, conocida entonces como el mal de las bubas. La primera ciudad del Nuevo Mundo, la Isabela, se erigió en el sitio equivocada y fue arrasada, primero, por el fuego y luego, en 1495, por un devastador huracán. A finales del año 1500, la colonia era un verdadero desastre, los hispanos no llegaban al medio millar y estaban enfrentados entre ellos, mientras que Santo Domingo no era más que una aldea formada por varias viviendas, construidas con materiales vernáculos. Los reyes enviaron sin suerte a Francisco de Bobadilla y, después, a Nicolás de Ovando que tuvo el mérito de enderezar el rumbo de la colonia, garantizando su viabilidad y afianzando la autoridad real. La creación de la Real Audiencia, en 1511, marco un hito en la historia política dominicana. Y ello, como destaca Wenceslao Vega, por los amplios poderes y la extensa jurisdicción de esta institución que, como es bien sabido, no comenzó a mermar hasta 1527, cuando se erigió la Audiencia novohispana.

          A nivel social se produjo una resistencia de los grupos oprimidos, primero de los indios y luego de los esclavos negros. Por fortuna para los dominadores, nunca hubo una alianza de la clase subalterna para hacer frente conjuntamente al poder. Como explica Genaro Rodríguez, los taínos siempre entendieron que la población de color eran elementos foráneos que formaban parte del sistema de dominación. Ni las rebeliones indígenas, ni las de cimarrones negros buscaron nunca cambiar el sistema sino simplemente su libertad. Y aunque se convirtieron en endémicas a lo largo de todo el siglo, nunca supusieron un peligro real para la élite criolla.

          Se analiza con especial detenimiento la economía de la isla, empezando por el llamado ciclo del oro, que resultó ser muy efímero, aunque los depósitos sedimentarios eran considerables a juzgar por las cantidades fundidas. Y segundo, el ciclo del azúcar, que tanta importancia tuvo a lo largo de toda la época colonial, aunque vivió su período álgido entre 1520 y 1560. En esos momentos, los esclavos llegaron a ser más de 25.000, mientras que la población blanca apenas superó los cinco millares. De esta simbiosis racial y cultural nació el componente social más importante de la colonia, el criollo. La economía de la isla no se colapsó porque los colonos buscaron otras fuentes de ingresos, produciendo y exportando jengibre, cañafístula, palo brasil, cueros vacunos y fortaleciendo las relaciones económicas con los corsarios en la banda norte. A mediados de siglo, había grandes hateros que tenían 20.000 y hasta 25.000 cabezas de ganado vacuno. Pero además, la fundición de oro continuó, como desvelan las páginas de esta obra, pues tan sólo en el quinquenio comprendido entre 1537 y 1542 se fundieron más de ¡260.000 pesos de oro! A partir de la segunda mitad del siglo XVI, el contrabando, practicado especialmente en la banda norte, se convirtió en uno de los motores de la economía insular. En realidad, no fue otra cosa que la respuesta de los sectores productivos locales a la tiranía impuesta por los cargadores sevillanos. Sin embargo, éste era un grupo demasiado poderoso como para consentir semejante violación del pacto colonial. Tras varios intentos fallidos de despoblar la zona para erradicar el fraude, se optó por una medida absolutamente radical, las tristemente famosas devastaciones llevadas a cabo por el gobernador Antonio Osorio entre 1605 y 1606. La decisión fue tan traumática que sentó las bases de la futura secesión de la isla.

          Además de las estructuras política, social y económica, se analizan también aspectos ideológicos, religiosos, culturales, artísticos y religiosos. El establecimiento de las primeras órdenes religiosas, las diócesis, las parroquias, los hospitales y las cofradías. Asimismo, Eugenio Pérez Montás nos introduce en la apasionante temática de las fundaciones de villas, el urbanismo y las primeras construcciones, tanto civiles como religiosas. Los españoles fueron conscientes en todo momento que conquistar equivalía a poblar y solo se podía poblar realmente mediante la fundación de ciudades. Todo esto y mucho más encontrará el lector entre las páginas de esta obra.

          En la introducción, el coordinador general señaló la intención de que este texto no solo fuese una síntesis novedosa de todos los conocimientos sobre la historia dominicana sino que, a la vez, tuviese un carácter divulgativo. El reto era difícil, porque nunca es fácil unir rigor científico con divulgación. La historiografía anglosajona tiene una amplia trayectoria en ese sentido pero no la hispánica. Por fortuna, el objetivo se ha superado, pues los textos poseen toda la veracidad científica, planteando un estado de la cuestión e, incluso, proyectando cuestiones no resueltas, marcando caminos a seguir por la historiografía y todo ello con un lenguaje accesible a cualquier persona que desee conocer el pasado de su país. Carlos Forcadell ha escrito acertadamente que uno de los grandes problemas de la historiografía hispánica es el miedo secular a las obras de síntesis, por la dificultad que tiene establecer generalizaciones. Por eso este libro tiene un valor añadido ya que contribuye al cambio de tendencia no sólo de la historiografía dominicana sino también de la hispánica. Pero al margen de su valor dentro del terreno historiográfico, lo realmente importante es su trascendencia en términos de utilidad social para cualquier persona interesada en conocer la verdad histórica en una época en la que la historia de la República Dominicana, se confunde con la historia del Imperio y, por extensión, con la historia del mundo.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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REBELIÓN DE LOS CAPITANES

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CASSÁ, Roberto: Rebelión de los Capitanes: viva el rey muera el mal gobierno. Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2011, 514 pp. I.S.B.N.: 978-9945-074-37-6

 

          La nueva obra del profesor Cassá versa sobre unos acontecimientos poco conocidos por la historiografía dominicana y española. Basándose en un análisis exhaustivo de las fuentes primarias, localizadas en archivos españoles y dominicanos, y apoyado por una extensa bibliografía, completa un análisis minucioso de este conflicto.

          La secuencia expositiva es clásica, pues se estructura en cinco extensos capítulos en los que se analizan las relaciones sociales en el momento previo a los acontecimientos, la incubación del conflicto, los hitos de la rebelión, la derrota y el mantenimiento de la protesta, acabando con una conclusión.

          En la pequeña ciudad de Santiago de los Caballeros, cercana a la frontera con la colonia francesa, se habían venido produciendo intercambios comerciales desde tiempo inmemorial. No por motivos políticos, de ruptura con la metrópolis, sino económicos, por una mera cuestión de supervivencia. El problema se remontaba nada menos que al segundo tercio del siglo XVI, cuando la isla quedó marginada del circuito comercial del Imperio. En las flotas llegaba muy poco género y a precios desorbitados. Para los vecinos de Santiago, el comercio con los corsarios de la banda norte primero, y con los colonos de Saint Domingue después, no era una cuestión de lucro personal ni mucho menos de traición. Ambos grupos humanos se respetaban, a sabiendas de que eran enemigos potenciales, pero a la par eran conscientes de que dependían unos de otros para su propia conservación. En diciembre de 1720, en la ciudad de Santiago, los rebeldes se negaron a obedecer al gobernador, capitán general y presidente de la audiencia, Fernando Constanzo Ramírez. Éste había pretendido no ya impedir el contrabando, como se intentó en otros lugares, sino lucrarse personalmente, imponiendo un gravamen extraoficial a todo el que traficara con la colonia gala. Dado que el pago voluntario no fue posible, se destacaron soldados que no sólo se cobraban las tasas mediante el pillaje sino que para colmo debían ser mantenidos por los vecinos, es decir, por los mismos que los sufrían.

Los santiagueros vieron muy afectada su ya de por si precaria economía, colocándolos en una situación muy difícil. Y en ello había acuerdo entre la plebe, que malvivía miserablemente, y los nobles que no disfrutaban de unas condiciones de vida mucho mejores. La nobleza se limitaba a unas cuantas familias, con una cierta influencia en su entorno próximo, a saber: los Pichardo, Morel de Santa Cruz, Almonte, Padilla, Villafañe y Ortega entre otras, que no tuvieron mucha dificultad en establecer una buena conexión con la clase subalterna. Y es que unos y otros vivían y trabajaban codo a codo, pese a la diferencia clasista. Incluso, se incorporó a la revuelta la población esclava, mostrando una evidente complicidad con sus dueños.

El comisionado Francisco Jiménez Lora ya había sido apuñalado en octubre de 1718, pero las autoridades de Santo Domingo no dieron una especial importancia al suceso. Y ello muy a pesar de que era una clara muestra de lo que se avecinaba si se persistía en la política de control del contrabando. Finalmente, la guarnición militar fue expulsada de la ciudad, al tiempo que los cuatro capitanes, encabezados por Santiago Morel, se situaban al frente de la revuelta. La rebelión fue neutralizada sin demasiada dificultad y los cuatro cabecillas apresados y encarcelados en Santo Domingo durante casi una década. Aunque fueron intencionadamente difamados de traidores, al final no sólo resultaron absueltos sino, incluso, rehabilitados en sus dignidades. Y además, los santiagueros se terminaron saliendo con la suya, pues la permeabilidad de la frontera continuó como siempre, es decir, prohibida en teoría pero permitida de facto. Parece obvio que las autoridades centrales terminaron comprendiendo que lo que estaba en juego era la viabilidad de la ciudad de Santiago, y en definitiva, la posibilidad de que los franceses ocupasen terrenos a costa del Santo Domingo español, amenazando la integridad de la primera colonia española en el Nuevo Mundo.

          El hecho en sí puede parecer muy marginal, pues se desarrolló en una colonia que en el siglo XVIII estaba totalmente al margen del circuito comercial del imperio, y además sucedió en una pequeñísima ciudad rural del interior de la isla. Sin embargo, esta rebelión posee algunos elementos de análisis que nos parece necesario contextualizar:

          Primero, la rebelión de los Capitanes se encuadra dentro de todo un conjunto de alzamientos que fueron, en palabras de Jorge Domínguez, parte integral de la política colonial normal. Esta rebelión, como todas las demás ocurridas en la época colonial, no supuso una amenaza para el Imperio. Nada tiene de particular que los rebeldes gritasen ¡viva el rey y muera el mal gobierno! Prácticamente todas las rebeliones, desde el siglo XVI, habían usado tal fórmula. Los conjurados de Santiago sabían que debían dejar muy claro que en ningún caso se dirigían contra la monarquía, pues eso equivalía a firmar su propia sentencia de muerte. De hecho, sus escritos reivindicativos, los enviaron directamente al rey o a la audiencia, a sabiendas de que esta institución siempre fue a lo largo de toda la colonia, el contrapeso de los gobernadores y capitanes generales. Los alzados confiaron en todo momento en que esta institución fallase a su favor.

          Segundo, los sucesos demuestran claramente que el problema del contrabando, que comenzó en la isla en el segundo tercio del siglo XVI, nunca se atajó, y ello porque, como afirmaron Stanley y Bárbara Stein, fue un producto intrínseco del propio sistema monopolístico sevillano. Monopolio y contrabando fueron inherentes, es decir, formaron parte del mismo sistema. Por ello, la decisión de extirparlo a cualquier precio, como ocurrió un siglo antes con las devastaciones de Osorio, fue tan radical como ineficaz. En aquella ocasión, la brutal medida terminó dejando vía libre a los corsarios para establecerse en una extensa franja occidental de la isla, sentándose las bases de la futura secesión entre Haití y Santo Domingo. La rebelión de los Capitanes se produjo tras un nuevo intento de las autoridades de controlar dicho comercio ilegal. Y para colmo con el agravante de que el objetivo no era otro que el afán crematístico del corrupto gobernador de la isla. Conviene resaltar que, quizás, pesó en el perdón de los capitanes y en el mantenimiento del status quo la experiencia del fracaso de la política emprendida un siglo antes por Osorio.

          Y tercero, esta rebelión se produjo en un siglo en el que la mayor eficiencia de la administración borbónica provocó muchas revueltas criollas. Una de las primeras fue la de los Capitanes de Santiago, que curiosamente coincidió en el tiempo con la de los Vegueros de Cuba que, como es bien sabido, surgió tras la decisión de la Corona de monopolizar el comercio de tabaco, imponiendo a la metrópoli como única compradora. Estas primeras insurrecciones fueron el embrión de otras de mayores repercusiones que se desencadenarán a lo largo de toda la centuria, en distintos lugares del Iberoamérica.

          Para finalizar, hay que agradecer al autor no sólo el haber escrito una obra rigurosa sobre un tema poco conocido, sino también el haberlo hecho con una literatura fluida que permite leerla como si de una novela histórica se tratase. Sin duda, estamos ante un texto primordial no solo para la historiografía dominicana sino para todos los interesados en los mal llamados movimientos precursores del siglo XVIII.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña publicada en Revista de Indias Vol. 72, Nº 256. Madrid, 2012, pp. 853-855)


HERNÁN CORTÉS. EL FIN DE UNA LEYENDA

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés. El fin de una leyenda. Cáceres, Palacio de los Barrantes Cervantes, 2010, 589 pp.

       Escribir una nueva biografía de Hernán Cortés es una tarea difícil, principalmente por la cantidad de textos que se han escrito sobre él, en particular la última obra monumental de Juan Miralles. Lo que Mira Caballos propone, como innovación dentro del género es hacer una biografía heterodoxa, rompiendo con las líneas habituales de pensamiento: Yo pretendo desmitificar al conquistados, presentándolo no como un héroe no como un villano, sino como lo que realmente fue, es decir, como un hombre de su época (p. 11). El autor se centra en los períodos de su vida que han permanecido más oscuros, en particular aquéllos transcurridos en España. Adopta un formato, según sus palabras, lo más accesible posible, como un ensayo, renunciando a una parte del aparato crítico dentro del texto, aunque citándolo completo en la bibliografía. Sin embargo, a pesar de su deseo de escribir un texto ameno para un público amplio, muchos de los capítulos (por ejemplo los tres primeros o el capítulo V) discuten la bibliografía existente de forma muy detallista, como si hubieran sido pensados como un diálogo con especialistas.

        El trabajo muestra, como lo señala el autor en la introducción, un largo y minucioso trabajo de investigación en diferentes archivos y un gran manejo de las fuentes primarias. Poco más de la mitad de las páginas (323) se dedican a la biografía, mientras que el resto es información organizada de los compañeros de viajes de Cortés, algunas transcripciones de documentos, fotografías de fuentes, cronología y otros datos. La presentación de la obra (el papel, la edición) ha sido muy cuidada y es de gran calidad, incluyendo las fotos que se reproducen.

       El autor propone salir del esquema maniqueo que ha estado siempre rondando la historiografía cortesiana, que lo califica de héroe o de villano, insertándolo en lo que fue su tiempo, principalmente a partir del recurso de la comparación con otros conquistadores como Cristóbal Colón o Francisco Pizarro. La construcción que el autor hace del conquistador, sin embargo, no se limita al período histórico analizado sino que alude también a otros actores como algunos políticos actuales (Felipe González, Bill Clinton y Nicolás Sarkozy) o a conquistadores de tiempos anteriores (Alejandro Magno, Julio César), así como a los que podrían ser los contramodelos (Jesucristo, Gandhi, Luther King).

      En la práctica, el que parece haber sido el camino seguido por Mira Caballos para escapar al esquema maniqueo fue exponer sin censuras lo que él considera las virtudes y los defectos de Cortés, lo bueno y lo malo de su obra. El juicio del autor sobre el conquistador y su obra, sin embargo, está presente en muchas partes del libro, interfiriendo con su deseo de objetividad. Sobre este punto nos extenderemos en los siguientes párrafos.

      Uno de los argumentos clásicos de la leyenda rosa que a esta altura, desde mi punto de vista, resulta difícil de sostener, es el de la gesta de un grupo de valerosos españoles que pudieron conquistar prácticamente solos dos gigantescos imperios de guerreros, como el mexica o el incaico. El autor conoce muy bien la bibliografía y, de hecho, menciona el apoyo de los tlaxcaltecas, totalmente decisivos a la hora de inclinar la balanza de la guerra a su favor (p. 51). Sin embargo, el discurso que predomina en el texto es el de la admiración por ese puñado de valientes que logró dominar a Moctezuma a partir de su superioridad en armas y estrategias: si las diferencias técnicas eran abismales, no lo eran menos las tácticas, donde la ingenuidad de los amerindios se hacía más evidente. Los españoles estaban acostumbrados a luchar contra los árabes, los berberiscos, los turcos y los europeos, todos ellos con unas tácticas de combate muy desarrolladas (p. 182). De día o de noche los españoles eran infinitamente superiores y la derrota era inevitable (p. 201). El relato no logra articular el papel decisivo de los tlaxcaltecas con la supuesta superioridad española, que es la que predomina, ya que los indígenas aparecen muy desdibujados y pasivos en esta historia. El autor, podría decir, y de hecho lo advierte en su introducción que no es su objetivo reescribir la historia de la conquista, pero el relato de la acción de Cortés en ese momento sienta posición y se aleja de la pretendida objetividad histórica. Como le ocurre a muchos historiadores, el autor se ve envuelto en la vida de Cortés: es difícil escapar a la fascinación que ejercen algunos de estos protagonistas de la historia y eso no necesariamente tiene que ser un problema, salvo que se lo califique de objetividad y verdad.

        Resulta difícil sostener actualmente, a partir de los avances que hubo en la historiografía y en el análisis del discurso que la objetividad se logra, por ejemplo, exponiendo por igual los defectos y las virtudes de los actores históricos, entendiendo que la perspectiva del autor se puede neutralizar a partir de la exposición sin censura de lo que dicen los documentos como portadores de la verdad. Éste es el punto más débil de la obra. Por cierto, el autor puede tener una perspectiva diferente sobre el tema, pero creo que no se puede ignorar la discusión que hubo en las ciencias sociales aunque sea para sentar una posición contraria.

        Como síntesis se puede decir que los aportes sustanciales del libro se centran en los años vividos por Cortés en España, aporrtes que estimamos serán muy apreciados por los especialistas. El costado débil es el de la falta de integración de los debates recientes sobre el papel de los indígenas en la conquista (enunciados pero no incorporados al relato realmente) y la omisión de los debates acerca de la verdad histórica que encierran las fuentes, como si no fueran ellas mismas discursos.

 

RAQUEL GIL MONTERO (Instituto Superior de Estudios Sociales CONICET-Universidad Nacional de Tucumán, Argentina)

Reseña publicada en Iberoamericana Nºº 46. Berlín, 2012, pp. 261-262.


EL RÉGIMEN JURÍDICO DE LAS ARMADAS DE LA CARRERA DE INDIAS

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CABALLERO JUÁREZ, José Antonio: El régimen jurídico de las armadas de la Carrera de Indias. Siglos XVI y XVII. México, U.N.A.M., 1997, 387 pp. (Publicado en Historia Latinoamericana en Europa Nº 24. Torino, 1999, pp. 40-43)

 

            Esta obra, publicada por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, contribuye brillantemente al conocimiento de las Armadas y Flotas de Indias en la Edad Moderna.

            La principal virtud del trabajo es que auna las labores de síntesis sin descuidar la investigación. Así, por un lado, el autor ha compendiado la extensa bibliografía existente sobre la temática que abarca desde las clásicas obras de Clarence H. Haring o Guillermo Céspedes del Castillo hasta las más recientes de Pablo E. Pérez Mallaína, José Luis Rubio, Antonio García-Baquero y Antonio Miguel Bernal entre algunos otros. Sin embargo, por otro lado, ha cotejado esas informaciones con una revisión documental llevada a cabo en varios repositorios españoles, a saber: el Archivo General de Indias, el Archivo del Museo Naval de Madrid, la Biblioteca Nacional y la Biblioteca del Palacio Real.

           El libro se estructura en seis capítulos, más un apartado de fuentes y dos anexos. El primer capítulo lo titula: Génesis y desarrollo del sistema, el cual hace las veces de introducción y síntesis global de lo que desarrollará con detenimiento en el resto del ensayo. Así, pues, en este apartado se traza un bosquejo que abarca desde el mismo Descubrimiento de América, hasta el sistema naval en tiempos de Carlos II. Llama la atención, en un trabajo tan exhaustivo, que en un epígrafe dedicado a la Casa de la Contratación no cite la conocida obra que la investigadora Juana Gil-Bermejo dedicó a la mencionada institución.

           El segundo capítulo analiza las más altas instituciones competentes en la gestión y provisión de las Armadas de Indias. Describe con detalle las competencias propias del rey y las que éste delegaba en el Consejo de Indias, la Casa de la Contratación y la Junta de Guerra de Indias. Como bien afirma el autor, el rey era la cabeza de toda la jerarquía estatal, y sólo él decidía los poderes que delegaba y a qué organismos.

           Seguidamente, en el tercer capítulo, el autor indaga en los mandos de las armadas que eran los siguientes: el capitán general, el almirante, el gobernador del tercio, los capitanes, el veedor y el contador. El capitán general era, como es obvio, la máxima autoridad de la armada, siendo el rey el único que podía investirlo. En cuanto al lugarteniente, era un oficio que apareció en la segunda mitad del quinientos, configurándose desde entonces como el segundo mando de a bordo. Inicialmente era la Casa de la Contratación la que lo designaba por delegación real pero, a partir de 1561, fue el mismo monarca quien expedía el nombramiento. Por su parte, el gobernador del tercio se encargaba de coordinar las tropas de infantería que se encontraban embarcadas. En relación al capitán debemos decir que frecuentemente solía ser el dueño o propietario del navío. Asimismo, solía desempeñar a la vez el cargo de maestre. El capitán tenía la máxima responsabilidad dentro del buque y respondía directamente ante el capitán general. Y finalmente, el veedor y el contador eran dos oficiales cuyo trabajo no estaba tan directamente relacionado con la actividad de la Armada. En realidad, su función estaba dirigidas a salvaguardar los intereses reales; el primero, velando por el cumplimiento de la normativa vigente; y el segundo, registrando cualquier operación que afectara a los fondos, bienes, derechos y obligaciones de la armada, así como de hacer las libranzas que fueran necesarias.

           En el capítulo cuarto, se traza un detenido estudio, por un lado, de la tipología y pertrecho de los navíos, y por el otro, de la tripulación. Realmente, se trata de un capítulo muy extenso -unas setenta y cinco páginas- donde se afrontan dos cuestiones muy distintas. Quizás hubiera sido más correcto haber dedicado el capítulo cuarto al estudio de la tripulación, siguiendo al tercero en el que se trataron los mandos de las armadas, y haber dejado la tipología naval para otro capítulo independiente. Así, pues, en esta densa sección se tratan los distintos tipos de embarcación utilizadas, es decir, naos, galeones, carabelas, carracas y pataches fundamentalmente. Además, no sólo es descrita la tipología sino que además se describe todo el proceso que va desde la fabricación hasta su precio o su puesta a punto. El apresto de una nave consistía no sólo en dotarla de todos los petrechos y jarcia necesaria para su buena navegación sino también en mantenerla en buen estado. Si necesitaba una reparación a fondo se carenaba, mientras que si tan sólo hacía falta un repaso superficial se daba de lado, según la terminología de la época. Como ya hemos afirmado, en este mismo capítulo se hace un detallado examen de todo lo relacionado con la tripulación, es decir, alistamiento, salario, servicios que prestaba y privilegios. El capítulo termina con una breve narración de la vida y la muerte a bordo del navío.

          El capítulo quinto, está dedicado íntegramente a los aspectos relacionados con la navegación, a saber: los puertos -tanto peninsulares como indianos-, las derrotas, el calendario de actuación, el orden del convoy y las funciones de las distintas armadas indianas.

          Y finalmente, en el sexto capítulo -más reducido que los anteriores- se analiza la financiación de las armadas. Una especial atención se presta al estudio de la avería, impuesto esporádico de viejos orígenes castellanos que gravaba con un porcentaje las mercancías que iban o venían de las Indias a los puertos andaluces. Como han escrito recientemente las profesoras del Vas Mingo y Navarro Azcue, su fin último era reducir el riesgo del transporte marítimo contra peligros no cubiertos por los seguros marítimos ordinarios.

          El libro se cierra con varios apéndices documentales, donde destaca una relación bastante completa de los distintos viajes de las armadas de Indias entre 1521 y 1599. En esta relación se especifica la fecha, el tipo de armada, el nombre de su general o almirante, así como algunas observaciones esporádicas.

          Creo que el libro de Juan Antonio Caballero constituye un aporte fundamental para la historia naval de España y América. Un tema difícil porque cubre nada menos que dos siglos de navegación ultramarina, con dos grandes escollos a salvar: las lagunas existentes -que han sido solventadas con una investigación propia- y la abundantísima bibliografía que el autor ha sabido sintentizar.

           Pocas son, por tanto, las críticas que se pueden hacer a esta obra. Tan sólo queremos mencionar alguna ausencia bibliográfica y documental. En cuanto a lo primero, debemos señalar que no aparecen algunos trabajos clásicos y a la par fundamentales de Rumeu de Armas, Carlos Martínez Campos y Ricardo Cerezo Martínez. Asimismo, cuando se refiere a los navíos de aviso omite algunas publicaciones monográficas de la investigadora Antonia Heredia. Y en lo que se refiere a la documentación se percibe la ausencia del Archivo General de Simancas, que posee un material relativamente abundante para este tema de investigación en las secciones de Secretaría de Estado, Guerra y Marina y Consejo y Juntas de Hacienda. A pesar de estas pequeñas observaciones, podemos concluir que estamos ante un libro bien escrito y a la vez sólido, recomendable no sólo para los investigadores de los temas navales sino para cualquier interesado en la temática histórica.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL ORO DEL DARIÉN

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Carmen Mena García: El oro del Darién. Entradas y cabalgadas en la conquista de Tierra Firme (1509-1526). Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2011, 640 págs.

 

             En 1984 la autora publicó un libro, titulado La sociedad de Panamá en el siglo XVI, que actualmente es un verdadero clásico dentro de la historiografía americanista y panameña al que siguieron, en los años sucesivos, otras obras también centradas en el istmo. Pues bien, después de casi tres décadas, ve la luz este nuevo título que, a mi juicio, es su obra cumbre, pues, vierte en sus páginas todo el poso de conocimiento que la Dra. Mena adquirió a lo largo de toda una vida dedicada al estudio de ese territorio y de esa cronología.

             No se puede obviar la relación que guarda con el clásico de Mario Góngora, los grupos de conquistadores en Tierra Firme (1509-1530). Aunque con frecuencia se afirma que los clásicos nunca se superan, en esta ocasión yo creo que se consigue de largo. Pero es más, la obra de Góngora, aunque brillante, se centra exclusivamente en el análisis de las huestes de Tierra Firme, mientras que el presente trabajo aspira a ofrecer una visión global del territorio darienita, en el período analizado. Presenta una estructuración válida y muy clara, dividiéndose en cuatro grandes bloques, a saber:

El primero dedicado a la geohistoria del Darién, un área que constituyó la primera frontera continental de las Indias. Un medio hostil e inhóspito de tupidas selvas tropicales donde se curtieron y experimentaron decenas de hombres, llamados a ampliar las conquistas, lo mismo al norte que al sur que al levante y al poniente. En estos pioneros expedicionarios se cebaron enfermedades como la fiebre amarilla, la disentería o el paludismo. El tasa de mortalidad fue en los primeros años elevada, pero los supervivientes fueron muy valorados como baquianos, es decir, como personas experimentadas y sobre todo adaptadas al medio, inmunizadas a sus enfermedades y habituadas a la forma de guerrear de los aborígenes.

El territorio dependía administrativa y comercialmente de las Antillas Mayores, y especialmente de Santo Domingo, desde donde se abastecía de alimentos europeos, armas y hombres. A veces el contacto se ralentizaba de tal manera que la búsqueda de alimentos se convertía en un motor de conquista superior al oro. Y es que cuando el hambre arreciaba, los sueños áureos podían esperar, lo primero era lo primero, y nadie quería morir de inanición. Los cuevas, indígenas que habitaban el territorio, pertenecían al grupo arahuaco y practicaban una economía de subsistencia, en base a la caza, la recolección, la pesca y al cultivo de granos, tubérculos y frutales. Llegaron a desarrollar estilos metalúrgicos locales, aunque bajo una fuerte influencia del área colombiana. Experimentaron un descenso poblacional brutal, concretamente del 90 o del 95 por ciento entre 1500 y 1520, situándose casi al borde de la extinción. A la hecatombe demográfica se unió otra menos estudiada de carácter ecológica.

              El segundo bloque, se centra en el análisis pormenorizado de la efímera fundación de Santa María de la Antigua, nombre que recibió en honor a la Virgen de esta advocación de la Catedral de Sevilla. Su fundación en noviembre de 1510, en el interior de la selva, solo se explica en el contexto de espontaneidad tan propio de los primeros años de la colonización. De ahí que en breve plazo terminara siendo abandonada. Tanto Diego de Nicuesa como Alonso de Ojeda, los primeros gobernadores del istmo, acabaron muy malparados. Mientras el primero fue abandonado a su suerte por el jerezano Vasco Núñez de Balboa sin que nunca más se supiera de él, Alonso de Ojeda se marchó a Santo Domingo para no regresar. El de Jerez de Badajoz –hoy Jerez de los Caballeros- fue el encargado de someter a sangre y fuego a los caciques del Darién y de paso cruzar el istmo y descubrir el mar del Sur. Tras poco menos de cuatro semanas, el 27 de septiembre, él y sus 64 hombres pudieron divisar las aguas del océano Pacífico. Entre ellos se encontraba un joven trujillano, Francisco Pizarro, que varios lustros después se convertiría en el conquistador del incario. La expedición regresó exultante a Santa María de la Antigua. Sin embargo, la estrella de Balboa no tardaría en apagarse. En 1514 arribaría al istmo la gran armada que traía el nuevo gobernador Pedrarias Dávila que no tardaría en desembarazarse del jerezano que terminó ejecutado. Y es que la traición y la venganza fueron inherentes a la conquista. El asiento de Santa María de la Antigua, cobijo de las huestes en los primeros años, no tardó en despoblarse, por lo que en 1524 no era más que un recuerdo.

El tercer bloque enfoca el análisis de la hueste conquistadora de Tierra Firme, verdadera espina dorsal del libro. La autora realiza un meritorio análisis global de la hueste, sus características, sus armas y su capacidad ofensiva. Además de ofrecer interesantes puntos de vista, aporta un documento inédito de un valor excepcional: la nómina de la hueste real que el gobernador segoviano trajo en su armada, entre los que figuraban capitanes –casi todos ellos hidalgos de su entera confianza-, oficiales, su guardia personal, músicos, artilleros y soldados. Entre los capitanes destacaban el posteriormente afamado Diego de Almagro, mientras que entre su guardia personal aparece curiosamente un tal Hernando Cortés. Este último no parece que sea el futuro conquistador de la confederación mexica pero bien podría tratarse de algún pariente suyo, pues tanto su tío carnal como su primo hermano se llamaban exactamente así. En el Darién, en 1509, dieron comienzo las cabalgadas de origen medieval pero que formaron parte sustancial de la Conquista. Éstas implicaron el traslado a las Indias del espíritu de la Reconquista. En realidad, no fueron otra cosa que incursiones sobre cacicazgos indígenas con la única finalidad de obtener un botín. Ni que decir tiene que en ellas los conquistadores derrocharon crueldad con unos indios que se defendían como podían, es decir, con palos, piedras y flechas. El botín se repartía entre las huestes aunque eso sí, extrayendo previamente el quinto Real.

Y finalmente, en el cuarto bloque plantea un concienzudo estudio de las finanzas de la conquista, analizando las cuentas de las Cajas Reales de Tierra Firme en el período objeto de su investigación. Y los resultados vuelven a sorprendernos; la autora demuestra que entre 1520 y 1526 se fundieron en el istmo más de 220.000 pesos de oro. Unas cifras muy superiores a las que se suponían hasta la fecha, y comparables a las que en ese mismo período se extraían en el mayor centro aurífero del Caribe, es decir, en La Española. Una de las principales compañías mineras estuvo formada por Francisco Pizarro, Hernando de Luque y Diego de Almagro, que aparecen juntos desde 1521 y que mantendrán su asociación, incluso, después de 1524 cuando el trujillano se embarcó en su primera expedición a tierras del Levante.

El libro se cierra con una extensísima y completísima bibliografía y con útiles índices onomástico y topográfico así como de figuras, mapas, gráficos y tablas. Sin embargo, por señalar una crítica, en un trabajo tan completo y extenso hubiera sido oportuno incluir una buena conclusión, donde se sintetizasen y ponderasen los múltiples aportes hilvanados en sus densas páginas. Obviamente se trata de una mera sugerencia que en absoluto empaña la calidad de una obra que resulta, desde el mismo momento de su aparición, fundamental para entender el proceso conquistador en su conjunto.

 

Esteban Mira Caballos


HERNÁN CORTÉS. EL FIN DE UNA LEYENDA



Esteban Mira Caballos: HERNÁN CORTÉS (EL FIN DE UNA LEYENDA). Badajoz, Palacio Barrantes-Cervantes, 2010, 590 pp. I.S.B.N.: 978-84-613-8066-4

 

En este nuevo libro intentamos desmitificar al conquistador. La visión apologética, como tendremos ocasión de demostrar, la iniciaron su primer biógrafo, Francisco López de Gómara, y el propio interesado en sus famosas Cartas de Relación. También Bernal Díaz del Castillo lo trata como a un héroe pero, claro, en interés propio extiende dicho calificativo a toda su hueste. Cientos de historiadores posteriores se situaron en esta misma línea. Así, por ejemplo, Dorantes de Carranza o Dávila Padilla lo presentaron como un ser magnánimo y valeroso, elegido por la providencia divina. En 1637 Baltasar Gracián comparó su heroísmo con el de Alejandro Magno y Julio César, repartiéndose entre los tres la conquista del mundo por sus partes. Igualmente, por aquellas fechas, Francisco de Quevedo lo ponderó como uno de esos grandes elegidos por Dios para expandir la fe:

¿Quién sino Dios, cuya mano es miedo sobre todas las cosas, amparó a Cortés para que lograse dichosos atrevimientos, cuyo premio fue todo un Nuevo Mundo?

 

Pero, lo verdaderamente sorprendente es que un buen número de historiadores contemporáneos, tanto mexicanos como españoles, hayan mantenido ideas similares, destacando al extremeño como el adalid de la cristiandad y de la civilización. Entre ellos, Vicente Barrantes, Manuel Orozco y Berra, Ángel Dotor, Jaime Delgado, Luis Torres, Raúl Martín Berrío, Joaquín García Izcalbaceta, Manuel Giménez Fernández o Salvador de Madariaga, por citar solo algunos. Escribió Vicente Barrantes, en 1875, que el alma gemela de Cortés fue el Cid Campeador, pues ambos, a través de los siglos se dan fraternalmente la mano para pedir a su patria iguales honores. El mexicano Orozco y Berra lo citaba como un colosal prohombre al que sólo se podía alzar los ojos para verle el rostro, mientras que Ángel Dotor lo llamaba el césar de la Hispanidad. Luisa Cuesta y Jaime Delgado sostuvieron que la conquista de México fue una gesta heroica, protagonizada por un jefe genial. Otro escritor, Luis Torres, era mucho más claro en cuanto a sus pretensiones, al comparar a Cortés y Colón y decir lo siguiente:

Son dos de los hombres que han colocado a España en la cumbre del mundo. Cuanto se escriba, cuanto se fantasee para glorificarlos, no estará de más.

 

Raúl Martín Berrío interpretó la conquista de México como una gesta libertadora, donde los indios fueron liberados del yugo al que le sometían los gobernantes mexicas, elevando a los indios a la condición de personas. Bastante más allá fue Manuel Giménez Fernández, ilustre historiador y político sevillano del siglo pasado, pues estaba convencido que el extremeño fue un elegido por la providencia para cumplir altos fines. El de Medellín no fue un conquistador más sino el conquistador, mientras que la Conquista de México constituyó una gesta sagrada, una obra de titanes, dedicada a cristianizar y a civilizar a bárbaros, caníbales y brutos. Su actuación abrió las puertas del cielo a muchas almas paganas y acrecentó los límites del imperio español de forma inimaginable. Por ello, a su juicio, nada tenía de particular que se le haya comparado con Alejandro Magno, con Aquiles, con Rómulo y hasta con Moisés. En 1947, en los actos conmemorativos del IV Centenario de su muerte, el director del Instituto de Cultura Hispánica terminó su discurso, excitando a todos a imitar el ejemplo de Hernán Cortés, para así preparar un futuro cada día más glorioso para nuestra estirpe. Cortés ha sido, como diría Miquel Izard, uno de esos miembros protegidos, por esa leyenda apologética y legitimadora.

Lo cierto es que su biografía está plagada de mitos, desde su propia descripción física a la quema de los buques en el puerto de Veracruz, pasando por sus extraordinarios conocimientos militares o su carácter mesiánico. Mera fábula, pues el extremeño fue ante todo un ser humano, un hombre de su tiempo, aunque eso sí, con un empuje verdaderamente singular. Es cierto que, a diferencia de la mayoría, y pese a los problemas y pleitos que tuvo en su vida, él sí fue un triunfador. Pero ello, no se debió a nada sobrenatural sino a aspectos tan humanos como su gran optimismo –que nadie le puede negar-, sus habilidades diplomáticas –que en eso sí destacó- y, sobre todo, su suerte que le acompañó siempre a lo largo de gran parte de su vida. Y digo que fue un hombre afortunado porque salvó milagrosamente su vida en varias ocasiones, a saber: de pequeño, cuando nació enfermizo y sobrevivió por los desvelos de su nodriza. Décadas después, poco antes de firmar la paz con Tlaxcala, su hueste estaba tan desanimada que, a decir de los cronistas, si la guerra hubiese durado más, los mismos españoles tenían por cierta su perdición. Estando ya en Tenochtitlán, Moctezuma lo pudo matar, pero la pasividad de éste le salvó. Luego, tras el desastre de la Noche Triste, a su llegada a Tlaxcala, estos pudieron haber acabado definitivamente con todos ellos. Lo curioso es que el mismo Cortés sospechó esa posibilidad que finalmente no se cumplió, probablemente porque las bajas tlaxcaltecas propiciaron la solidaridad entre los derrotados.

Mucha más suerte aún tuvo en la conquista ya de la ciudad en 1521, cuando su caballo se echó de cansancio y, estando acorralado, un tlaxcalteca lo ayudó, levantó su caballo y le salvó literalmente la vida. El español Cristóbal de Olea murió en su defensa mientras que otro miembro de su hueste resultó herido. Pero no fue, ni mucho menos, la última vez que estuvo prematuramente al borde del abismo. En la desgraciadísima expedición a las Hibueras regresó tan enfermo y con tantas calenturas que, al llegar a Cuba, ni tan siquiera lo reconocieron. Asimismo, la expedición que capitaneo al Mar del Sur en 1535 le costó nuevamente muchísimos esfuerzos y su nave estuvo a punto de zozobrar. Y finalmente, en la batalla de Argel de 1541 estuvo a punto de ahogarse, junto a dos de sus hijos, cuando el barco en el que viajaba naufragó.

             Como ha escrito recientemente Matthew Restall, si Colón no hubiese llegado a América, otro navegante lo hubiera logrado en menos de una década. Y con Cortés se podría decir algo parecido: si hubiese muerto en su tierna infancia, ¿no se hubiese conquistado Tenochtitlán? Obviamente sí, pues pese a la existencia de grandes personajes, yo estoy convencido que la Historia la mueven básicamente los modos de producción y no los individuos. Tenochtitlán hubiese caído con o sin Cortés, aunque probablemente en otras circunstancias, con mayores tropiezos, con muchas más dificultades y quizás tras más años de lucha armada. Y no faltaban candidatos que, como el propio Cortés, aunaban empuje, inteligencia y ambición, como Hernando de Soto, Pedro de Alvarado, Rodrigo de Bastidas, Francisco Montejo, Cristóbal de Olid o Pánfilo de Narváez, por citar sólo algunos.

No cabe duda que en torno a Hernán Cortés y, en menor medida, a Francisco Pizarro se han forjado sendas leyendas que han tergiversado en parte la realidad. Nadie puede olvidar que casi todas las actuaciones de Cortés o de Pizarro, calificadas de genialidades, eran formas de proceder que tenían amplios precedentes en la Reconquista, en las exploraciones portuguesas del siglo XV, e incluso, más cercanamente en el tiempo, en la conquista de las Canarias y de las Grandes Antillas. Pero, desmontemos la leyenda paso a paso:

En cuanto a la quema de naves en Veracruz es una vieja idea sostenida durante siglos y que sorprendentemente ha sobrevivido en algunos casos al siglo XXI. Según Hugh Thomas, el error partió de Cervantes de Salazar que en un documento leyó quemando en vez de quebrando. El Marqués de Polavieja, ya en el siglo XX, continuó sosteniendo la tesis de la quema, aprovechando el dato para ensalzar su heroísmo, pues, según él, si otros capitanes actuaron así antes, nunca con un ejército tan pequeño. La fabulación de sus hagiógrafos hizo el resto, representando a Cortés con la tea en la mano, quemando sus buques. Pero, sorprende que este falso mito se haya perpetuado porque ya algunas cronistas de la época y el mismísimo Cortés advirtieron que no las quemó sino que simplemente dio con los barcos al través. De hecho, según relató Andrés de Tapia, los navíos estaban en tan malas condiciones que no eran aptos para navegar por lo que se encallaron en la costa para romperlos porque se excuse el trabajo de sostenerlos. Al parecer, tan sólo preservaron tres navíos que, a juicio de los pilotos y maestres, estaban en mejor estado. En teoría lo hizo para permitir el retorno de los desafectos a su causa. Una inteligente y perspicaz manera de enterarse de quiénes y cuántos eran. Cuando lo supo ajustició a los cabecillas, incorporó al resto y uso los buques para mejores menesteres. Concretamente, el que estaba en mejor estado sirvió para trasladar a España, en 1519, a sus procuradores Francisco de Montejo y a Hernández Portocarrero, con informes y presentes para el Emperador mientras que, los otros dos, se quedaron aderezados en el puerto de Veracruz para suplir cualquier eventualidad que pudiese surgir.

Ahora, bien, ¿por qué los hundió?, la versión oficial de los hechos fue que lo hizo para evitar que sus hombres diesen un paso atrás. Crónicas y documentos insisten en ello. Por ejemplo, Martín Vázquez declaró en 1525 que se desguazaron para mejor poblar y conquistar esta tierra. Cronistas como Pedro Mártir de Anglería explicaron igualmente que el principal motivo fue quitar a sus soldados toda esperanza de fuga, idea que se repite de forma parecida en la Real Provisión del 7 de marzo de 1525. En este último documento, en el que se le concedió a Cortés un escudo de armas, se mencionó que lo hizo para impedir el retroceso de las huestes.

Sin embargo, el objetivo real no era tan heroico; más bien pretendía evitar que algunos aprovecharan la primera ocasión que se les presentase para retornar a Cuba e informar a Velázquez de la defección de su capitán. Pero, obviamente esta explicación no era políticamente correcta por lo que el mismo Cortés se encargó, de difundir el falso motivo. De hecho, poco antes de proceder a su destrucción conoció la conspiración encabezada por Diego Escudero, Juan Cermeño, el piloto Gonzalo de Umbría y otros fieles a Velázquez para hurtar uno de los bergantines y volver a Cuba. Descubierta la trama ahorcó a los dos primeros y cortó el pie al tercero. A continuación, procedió a su desguace para evitar más motines. Transcurría el mes de agosto de 1519. Antonio de Herrera, en el siglo XVI, sí que captó perfectamente el motivo real, al escribir que los echo al través por quitar la esperanza a los amigos de Velázquez de volverse a Cuba.

Por tanto, en la misma época de la Conquista tuvieron claro que no los quemaron sino que más bien, dado su lamentable estado, los encallaron para luego desguazarlos, utilizando la jarcia para los bergantines que después construyó para la toma de Tenochtitlán. De paso, se aseguró que se cortaba toda relación entre su expedición y Diego Velázquez. En definitiva, ni ardieron las naves ni se hizo valerosamente para cortar el retroceso. Pero, es más, aunque lo hubiese hecho así, tampoco habría constituido un hecho excepcional, como una parte de la historiografía ha dado a entender. Existen decenas de precedentes, algunos muy lejanos en el tiempo pero otros sorprendentemente cercanos. Sin ir más lejos, en 1508, al llegar la expedición de Diego de Nicuesa a Veragua, rompieron los navíos en la costa, para que los hombres no confiasen en la partida. Y siete años después, es decir en 1515, el tristemente recordado conquistador Gonzalo de Badajoz quemó sus naves en el puerto de Nombre de Dios precisamente con el mismo objetivo, es decir, para evitar que sus hombres huyeran. También se ha destacado su visión excepcional a la hora de transportar los bergantines desde Veracruz al lago de Tenochtitlán. Sin embargo, ya advirtió hace décadas Georg Friederici que era una vieja táctica usada frecuentemente por Normandos, bizantinos y turcos.

               En cuanto a su excepcional capacidad estratégica se trata de un argumento repetido una y otra vez por la historiografía. El propio Bernal Díaz lo comparó con otros grandes genios militares, nada menos que con Alejandro Magno, Julio César, Pompeyo, Aníbal y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Sus hagiógrafos se encargaron de magnificar su gesta, consagrándolo como un gran genio militar. Sin embargo, aunque tuvo unas excepcionales dotes diplomáticas nunca fue un estratega. De hecho ni sus tácticas fueron originales ni ideo una nueva forma de hacer la guerra. Y es que, a diferencia de algunos miembros de su hueste, no tenía experiencia militar previa a la conquista de México. Desde su más tierna juventud sus padres se empeñaron en que se convirtiera un hombre de letras, enviándolo con ese fin a Salamanca. Cuando llegó a La Española, la isla se encontraba totalmente pacificada por lo que no llegó a participar en acciones bélicas. En Cuba, la resistencia de los tainos fue escasísima y los hechos de armas mínimos. ¿De dónde procedían entonces sus escasos conocimientos militares?, pues, ya veremos en páginas posteriores que de su familia paterna, pues tanto su padre como su abuelo, ambos de nombre Martín, habían tomado parte en la guerra de Granada. La vena militar le venía, pues de familia. Además, tuvo la suerte de que los pocos conocimientos que tenía de la vieja caballería medieval le fueron muy útiles en la Conquista. No olvidemos que mientras en América, la tradicional caballería siguió siendo el sistema defensivo y ofensivo más eficaz, en Europa, desde principios del XVI, estaba triunfando la infantería.

Aunque los tercios se crearon en 1534, éstos no fueron fruto de la casualidad sino de una evolución en la forma de hacer la guerra bien patente desde finales del siglo XV y que afianzó a principios del XVI el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, en las guerras de Italia. Éste, en las batallas de Ceriñola (1502) y Garigliano (1503), desplazó a la caballería a un segundo plano, estructurando sus fuerzas en torno a una gran infantería, pertrechada con armas de fuego ligeras. Un ejército moderno que causó admiración en toda Europa y que dio la primacía a los Habsburgo en el campo de batalla, al menos hasta el primer cuarto del siglo XVII.

Puede que Hernán Cortés hubiese escuchado noticias de las victorias del Gran Capitán en los campos de batalla de europeos. Pero, pese a ello, era totalmente ajeno a muchos de estos avances militares de su tiempo. Sus huestes no se parecían en nada a los afamados tercios, ni a los escuadrones italianos. Él seguía primando la caballería y utilizando armas tan tradicionales como el trabuco o la catapulta. Este aparato lo usó en el asedio final a Tenochtitlán, con tan poco acierto que se vio obligado a disimular el espantoso ridículo. Al parecer, según su propio testimonio, unos carpinteros le propusieron su construcción y él aceptó. Una vez acabado, lo llevaron a la plaza del mercado mientras los indios aliados, sorprendidos por tan aparatoso artilugio, amenazaban a los mexicas, diciéndoles que los habíamos de matar a todos. Sin embargo, fue mal diseñado por sus inexpertos constructores, volando el proyectil en vertical de forma que casi mata a los propios españoles. Según William Prescott, el enorme peñasco destruyó el artilugio, extremo que los cronistas no confirman. Más bien, parece que decidieron retirar la fracasada máquina, después del chasco. Según Hernán Cortés, disimularon cuanto pudieron, intentando convencer a los asediados que lo retiraban porque, movidos de compasión, no los queríamos acabar de matar. En cuanto a la brillante idea de bloquear por tierra y por mar la ciudad de Tenochtitlán es posible, según declaro Andrés de Tapia, que se la sugiriese el carpintero y capitán de bergantín Martín López.

Por lo demás, es cierto que, algunas de sus victorias fueron muy llamativas porque derrotó a ejércitos más de cien veces superiores en número. Pero ello se debió más a la ingenuidad bélica de los mexicas que a la excepcional capacidad de sus enemigos. Caso evidente de lo que decimos fue la batalla de Otumba, donde situaron a su jefe en lugar visible, con un vistoso y colorido penacho de plumas. Le bastó a Cortés dirigirse hacia él, alancearlo y enarbolar el estandarte para que decenas de miles de indígenas huyeran en desbandada. Es cierto que derrotó a los mexicas con menos de un millar de españoles, pero no lo es menos que Francisco Pizarro conquistó el incario con muchos menos efectivos.

Pero no solo no mostró una excepcional capacidad sino que, incluso, cometió errores de peso como, por ejemplo, tomar Tenochtitlán al asalto, cuando bastaba con cercarla hasta que los defensores se rindieran por pura inanición. Esta decisión le costó no pocas bajas entre los suyos y un sufrimiento atroz para los asediados, incluida la destrucción de su ciudad. Está claro que pese a la pericia táctica que le han atribuido algunos historiadores, como el general José Gómez de Arteche, lo cierto es que no tuvo una formación militar, ni más graduación que la de capitán. Pero, además fue un grado que le otorgaron sus hombres en Veracruz, más cívico que militar. Como es bien sabido, no fue nunca el capitán de un ejército sino el de una hueste.

Así, cuando en 1541 tomó parte en la desastrosa campaña de Argel los demás militares de graduación se negaron a aceptarlo en el consejo de guerra, dando por fracasada la empresa y desoyendo la opinión del extremeño que seguía confiando en la victoria. Incluso se mofaron de él, porque al parecer, ante la insistencia del medellinense, uno de los capitanes comentó:

 

Este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil.

 

               Como puede observarse, ni siquiera el mismo Cortés se consideró a sí mismo un militar. Él era un hombre de letras, con grandes dotes diplomáticas. Nada parecido al genio militar de Alejandro Magno, de Julio César, del Gran Capitán, o mucho después, de Napoleón Bonaparte. Pero, incluso, en el mismo siglo XVI hubo destacados capitanes, al servicio de la monarquía hispánica, que destacaron por su astucia y su ingenio militar, desde el Marqués de Pescara a Alejandro Farnesio, pasando por Hugo de Moncada o Antonio de Leyva. El primero de ellos, el Marqués de Pescara, que se consideraba a sí mismo un discípulo de Julio Cesar, fue un auténtico maestro en la táctica del asalto nocturno, diseñando asimismo una eficaz formación de arcabuceros que hicieron verdaderos estragos entre sus enemigos. Muchos de ellos luchaban victoriosamente en Italia, mientras Cortés tomaba Tenochtitlán. Y los enemigos mexicas, aunque muy superiores en número, no tenían ni un ápice de la capacidad de los capitanes franceses, italianos o turcos. No obstante, debemos decir en su defensa que supo rodearse de un grupo notable de capitanes, muchos de ellos con más experiencia militar que él, a los que siempre consultaba antes de entrar en combate. Y es que ingenio y capacidad no le faltaban, aunque no tuviese una formación militar.

              Se ha destacado su capacidad diplomática así como su don de gentes. Y realmente debemos reconocer que se trató de su gran virtud, es decir, del rasgo más destacado de su personalidad. Tuvo siempre un enorme poder de convocatoria entre los hispanos y una capacidad extraordinaria para utilizar a su antojo a los aborígenes. Siempre conseguía que sus huestes hicieran piña en torno a su líder, hasta el punto que, según Bernal Díaz, todos pusiéramos la vida por él. Con respecto a los indios, firmó numerosos pactos guatiaos de amistad. Conocemos el caso del cacique de Clacupanalo que adoptó el nombre de Antonio Cortés y que recibió un escudo de armas por su colaboración con los hispanos en la conquista de México. Asimismo, tuvo una habilidad excepcional para captar rencillas entre sus enemigos y conseguir aliados. Según Las Casas, Cortés se holgó de hallar en aquella tierra unos señores enemigos de otros. Pero esta táctica de buscar alianzas era tan antigua como la guerra misma. Ya en la Reconquista, los reinos cristianos mantenían unas habilidosas relaciones con las distintas taifas, aprovechándose de las disputas internas entre unas y otras. Pero había precedentes mucho más cercanos, tanto en el tiempo como en el espacio. Recuérdese en La Española, la alianza de Cristóbal Colón con el cacique Guacanagarí en la última década del siglo XV, para derrotar a los demás reyezuelos de la isla.

También debemos destacar su habilidad psicológica, pues supo captar la mentalidad de los naturales de Nueva España para manipularlos a su antojo. Obviamente, desconocía los detalles de la cosmovisión indígena pero no tardó en percibir el tratamiento de dioses que muchos mexicas, y en especial su líder, Moctezuma, le rendían. Y supo aprovecharse inteligentemente de ello, reforzando la idea de su divinidad, es decir, confirmando o al menos no negando que se tratase efectivamente de Quetzalcoatl que retornaba a su reino. Y la táctica le sirvió para entrar en Tenochtitlán de forma pacífica. A la larga, este precioso tiempo que ganó fue determinante para la conquista final de la confederación. Pese a su clarividencia, debemos reconocer que tampoco era nueva esta táctica de la que existen amplios precedentes en el área caribeña, mucho antes de la Conquista de México. Asimismo, su recurrente decisión de aterrorizarlos con disparos de bombardas, eran estrategias ampliamente utilizadas desde que los primeros españoles pusieron pié en el Nuevo Mundo. En este sentido, escribió Pedro Mártir de Anglería que Colón ordenó disparar bombardas a los indios pero sin hacer diana deliberadamente porque, aterrorizados con el estruendo, caen todos a tierra, piden la paz y comercian mutuamente… Cortés, cada vez que llegaban embajadores de Moctezuma, improvisaba un teatro al aire libre en el que, lo mismo hacía trotar a un grupo de caballos repletos de cascabeles, que les ponía la aterradora sinfonía de las bombardas. Una verdadera guerra psicológica que, aunque no era nueva, le permitió entrar pacíficamente en Tenochtitlán.

Se ha destacado asimismo su pericia para buscar lenguas o intérpretes desde su misma partida de Cuba. Pero esta actitud, ni era nueva ni tampoco especialmente ingeniosa, entre otras cosas porque figuraba en las instrucciones que le otorgó Diego Velázquez. De hecho, entre la tripulación quiso contar con los servicios de Melchor, un intérprete indio que había ido en las expediciones previas de Francisco Hernández y de Grijalva y que utilizó apenas tocó tierra en la pequeña isla de Cozumel.

Ahora, bien, eso sí, Cortés fue siempre un ardoroso combatiente, como afirmó hace ya bastantes décadas el Marqués de Polavieja. Un combatiente que aunó al menos dos de las tres virtudes que las Siete Partidas señalaban como cualidades esenciales de todo buen capitán, es decir, sentido común y una gran capacidad de sufrimiento excepcional. Los nativos se resistieron, pero las diferencias eran abismales, no sólo estratégicas sino también armamentísticas. Aceros toledanos, ballestas y pólvora frente a frágiles espadas de madera con filos de obsidiana, flechas, piedras y mazas de madera o macanas.

Los indios confiaban en el gran poder de algunos de sus líderes semidivinos, como el temido y a la vez admirado Moctezuma. Prueba de esta confianza es que cuando los indios de Cholula eran masacrados, según el padre Las Casas, afirmaban:

 

¿Por qué nos matáis?, andad, que a México iréis, donde nuestro universal señor Moctezuma de vosotros nos hará venganza.

 

Sin embargo, para desgracia y desánimo de los nativos, el miedo o la excesiva precaución atenazó a su emperador, al único que tenía el poder suficiente como para frenar la ocupación, al menos temporalmente. Éste tenía cientos de espías que le informaban de cada una de las batallas que ganaba el de Medellín por lo que, a medida que se aproximaba a Tenochtitlán, sus inquietud se iba acentuando. Llama la atención la pasividad de una persona que, antes de ser nombrado el tlatoani o emperador, había sido un intrépido y cruel caudillo, vencedor en muchas batallas. Pero probablemente se dejó obsesionar por esos mitos indígenas que auguraban periódicamente el cambio de ciclo. Desde que escuchó hablar de las andanzas de los extranjeros en Tierra Firme, comenzó a sospechar que el final de su era se aproximaba. Un pesimismo crónico, auspiciado por la cosmovisión mexica, que contribuyó de manera considerable a su derrota final. Muy probablemente si Moctezuma hubiese presentado una resistencia militar inmediata, como lo hicieron otros líderes indígenas menores, la conquista de Tenochtitlán hubiese sido más dificultosa y, su caída se hubiese demorado bastante más tiempo.

Y finalmente, fue destacado por muchos cronistas por su carácter mesiánico, pensando que era un elegido de Dios para dirigir la cruzada contra los paganos y ampliar los dominios de la cristiandad. Según Bernal Díaz, el extremeño le confesó a Gerónimo de Aguilar que no había ido a las Indias a tan poca cosa como era conseguir oro sino para servir a Dios y al Rey. Pero, es más, el mismo Cortés sostuvo algo parecido cuando escribió que su verdadera intención fue siempre la de ensalzar nuestra fe o ampliar la corona de mi César. Fray Toribio de Motolinía también creyó que era un enviado de Dios para acabar con los vicios y sacrificios humanos que los aborígenes ofrecían a sus dioses. Por su parte, el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga O.F.M., en 1529, justificó su rebeldía con respecto a Velázquez, diciendo que actuó bajo inspiración divina. Varias décadas después, el cronista fray Gerónimo de Mendieta volvió a hacerse eco de esta misma idea, comparándolo con Moisés, pues, a su juicio, fue elegido por Dios para llevar la fe a los paganos. Prueba de ello, decía el religioso, era el celo que mostró en todo momento por su conversión:

 

Y verdaderamente para conocer muy a la clara que Dios misteriosamente eligió a Cortés para este su negocio, basta el haber él siempre mostrado tan buen celo como tuvo de la honra y servicio de ese mismo Dios y salvación de las almas…

 

El mesianismo Cortesiano se mantuvo a lo largo de los siglos. En 1794 fray Servando Teresa de Mier, precursor de la Independencia, en una homilía por el alma del metellinense, lo elogió por haber destruido la idolatría, los sacrificios humanos sangrientos y traído y comunicado la luz del evangelio a los que moraban en las tinieblas de Egipto. Más sorprendente aún es que, hace pocos años, se haya afirmado, siguiendo más o menos a Mendieta, que Cortés fue un cruzado, un abanderado de la fe… el libertador del indio a través de la fe como instrumento redentor y salvador… Pero, aunque lo jurara el propio Cortés, la realidad no era tan bonita, pues, de hecho se convirtió en una de las personas más ricas de su época.

Más recientemente, se ha hablado de la caridad heroica de Hernán Cortés, básicamente porque fundó en su testamento el hospital de Nuestra Señora de la Concepción de México. Sin embargo, la actitud de Cortés no tenía nada de excepcional, pues al fundar dicho sanatorio no hizo otra cosa que mimetizar lo que hacían las personas más pudientes de su época. Una caridad que se suponía era una virtud cristiana que debían practicar los nobles, los burgueses ricos y, sobre todo, el estamento eclesiástico, al que se le presuponía una especial humanidad. La beneficencia de los ricos es una constante en la historia que se ha prolongado prácticamente hasta la Edad Contemporánea.

Tampoco se le puede considerar, como se ha escrito, un bienhechor de indios, a los que supuestamente tuteló y amparó. Su actitud compasiva distó mucho de parecerse a la de un fraile, como Bartolomé de Las Casas, o a la de un pacifista, como Erasmo de Rótterdam, entre otras cosas porque de haber sido así nunca hubiese conquistado un imperio. No olvidemos que cuando debió actuar con crueldad lo hizo. En agosto de 1519 mandó cortar las manos a medio centenar de mujeres tlaxcaltecas que, con la excusa de llevarles comida, se habían introducido en el campamento para espiarlos. A continuación, las soltaron para que llevasen a sus pueblos el mensaje y supieran, en palabras de Bernal Díaz, quienes éramos. La famosa matanza de Cholula fue ordenada directamente por él, al igual que la pena de muerte que dictó contra el jefe tlaxcalteca Xicotencatl El Mozo, tras su traición, justo después del episodio de la Noche Triste. Claro está que ambas decisiones estuvieron bien medidas y le permitieron una obediencia ciega, primero de los cholutecas y luego de los tlaxcaltecas.

Pero, incluso, después de la Conquista, establecido ya como encomendero, tampoco les dispensó un trato especialmente compasivo. Aunque promulgó unas ordenanzas defendiendo su buen tratamiento, él mismo fue acusado por los suyos de hacer lo contrario. De hecho, los naturales de Cuernavaca, en el actual Estado mexicano de Morelos, en 1533, le imputaron un delito de malos tratos reiterados así como de cobrarles excesivos tributos y hasta servicios personales. Llegaron a testificar en el juicio que el Marqués del Valle no los trataba como a vasallos sino como a esclavos. En el inventario de sus bienes, que se realizó en Cuernavaca, el 26 de agosto de 1549, se contabilizaron 188 indios esclavos, una veintena de ellos naturales de Tlaxcala. No olvidemos que el metellinense no tuvo reparos en practicar el tráfico esclavista cuando las necesidades de mano de obra en su señorío le apremiaron. De hecho, en 1542, suscribió un contrató con el mercader genovés Leonardo Lomellino para que le enviase desde Cabo Verde 500 esclavos que pretendía vender en Nueva España a 66 ducados la pieza. Como casi todas las personas de su época aceptó la esclavitud como una institución legal y hasta legítima.

Sabía el extremeño tener mesura pero también era capaz de actuar con todo el rigor cuando las circunstancias así lo requerían. En 1521, no le tembló la mano cuando decretó la horca para Antonio de Villafaña. Éste, había protagonizado poco antes un levantamiento contra él con la intención de colocar en su lugar a Francisco Verdugo, cuñado del teniente de gobernador Diego Velázquez.

He huido de la historia sagrada, aunque también me distanciaré de los que conciben su biografía y la conquista de América desde el lado opuesto; no se puede satanizar a Cortés por pensar de la misma forma que lo había hecho todo el mundo civilizado durante más de dos mil años. Fue, en definitiva, un hombre de su tiempo, un guerrero de la frontera cristiana. Que nadie busque en él a una persona pacifista, compasiva y misericordiosa, sino a un luchador agreste dispuesto a conquistar un imperio a cualquier precio. No importaban las vidas individuales, sino la grandeza de Dios, de Castilla y de él mismo. Pero como a estas alturas del siglo XXI es difícil que algo no se haya dicho de este querido y odiado conquistador, concluiré con unas palabras escritas por el recordado jurista Francisco Tomás y Valiente que me parecen justas y equitativas:

 

Ni ángel ni bestia, ni dios, ni enviado de los dioses, sino hombre de carne y sangre, valiente y cruel, aventurero insaciable, ambicioso y tenaz, codicioso y noble, Cortés, con sus contradicciones a cuestas, hizo lo que hizo y entendió lo que vio desde sus coordenadas culturales y, más en particular, con las ideas políticas vigentes en su viejo mundo.

 

Pero, algo debe quedar claro, nos guste o no, héroe o malhechor, cruel o caritativo, ambicioso o generoso, es parte destacadísima de la historia de la querida y sufrida nación mexicana, y cómo no, de la historia de Medellín y de Extremadura.

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BREVÍSIMA RELACIÓN DE LA DESTRUICIÓN DE LAS INDIAS

Fray Bartolomé de Las Casas: Brevísima relación de la destruición de las Indias (Ed. de José Miguel Martínez Torrejón). Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009, 286 pp.

 

             Estamos sin duda ante una edición prácticamente definitiva de la Brevísima. Se había editado decenas de veces tanto en español como en otros idiomas, siendo una de las obras más influyentes en el pensamiento occidental durante los últimos cinco siglos. Sin embargo, algunas de las ediciones anteriores adolecían de cuidadas transcripciones, mientras que otras no habían utilizado el texto príncipe –del año 1552-, o bien, no fueron convenientemente anotadas.

            Esta edición de José Miguel Martínez Torrejón, además de incorporar un estudio preeliminar – a modo de prólogo- del prestigioso hispanista inglés John H. Elliot, dispone de una extensa y completa introducción donde se traza un recorrido por el contenido de la obra y por las múltiples ediciones que se dieron a la estampa desde el mismo siglo XVI. Asimismo, presenta un texto extremadamente cuidado, contrastado con todos los originales de la obra, conservados en distintos repositorios. Pero lo que le da a esta edición un valor excepcional es que incorpora al texto nada menos que 383 notas a pie de página, aclarando infinidad de aspectos, tanto de carácter filológico como histórico. Y en este extenso aparato crítico se vislumbra el profundo conocimiento que el editor tiene tanto del pensamiento del dominico como del fenómeno de la Conquista.

             Como es sabido, el padre Las Casas comenzó esta relación en 1540, finalizándola en 1552. Se trata de una obra muy breve en la que en tan sólo veintiún capítulos –unos mucho más extensos que otros- explica al príncipe Felipe, las atrocidades cometidas por los conquistadores en los más diversos rincones del continente americano. Su brevedad se debía a una cuestión práctica pues no se concibió con formato libresco –para ello escribió su Historia de las Indias- sino cómo una simple carta informativa. Su objetivo era informar de la destrucción –lo que hoy llamaríamos genocidio- que se estaba perpetrando en las Indias. Como dice el editor, no sólo narró los horrores de la Conquista sino que cuestionó los fundamentos de la legitimidad de la acción española en las Indias. Que el dominico logró su fin de conmover a todos salta a la vista, pues la legislación protectora del indio estuvo desde entonces influida por el pensamiento lascasista. Y es que Bartolomé de Las Casas se adelantó varios siglos a su tiempo, pues demostró que el enfrentamiento entre civilizaciones supuestamente superiores con otras inferiores acababa siempre con la aniquilación o destrucción de la segunda, justo la premisa que la Antropología Cultural descubrió en la Edad Contemporánea (Alcina, 1985: 45).

             A la Brevísima se le ha objetado su generalidad, pues no ofrece los nombres de las personas que cometieron las tropelías y la mayor parte de los hechos que denuncia lo hace sin ofrecer detalles concretos. Sin embargo, basta cruzar la Brevísima con la Historia de las Indias para encontrar con nombres y apellidos a los perpetradores. La Brevísima fue en ese sentido un breve extracto donde de forma sintética se pretendió denunciar la forma de actuar de la España conquistadora, como el propio Las Casas insinuó.

El problema fue que sus textos fueron utilizados en el exterior y manipulados cínicamente, fundamentándose sobre ellos la Leyenda Negra. Ésta no fue más que el alegato que los europeos hicieron frente a la indiscutible primera potencia mundial que era, en esos momentos, el imperio de los Habsburgo. Y hablo de manipulación cínica porque se acusó a España de una política expansiva que todas las naciones practicaban allí donde podían, e incluso, con muchos menos prejuicios morales. Posteriormente, los criollos utilizaron la obra a su antojo, primero apoyándola, pues les sirvió para aglutinar voluntades contra la metrópolis y, luego, cuando decidieron continuar el genocidio, condenándola. Pero, lo que es indudable es que, por encima de cualquier consideración partidista, la figura del defensor de los indios debe brillar por la incansable e ingente tarea que llevó a cabo en defensa de los más desfavorecidos.

             El editor, pese a que verifica con notas a pie de página muchos de los datos ofrecidos por el dominico, pone en duda sistemáticamente todos aquellos que él no consiguió contrastar. Además continúa sosteniendo, de acuerdo con la historiografía tradicional, que muchos de sus datos no se pueden dar por validos porque, bien, se los inventó (véase la nota 96) o bien usó y abusó de la hipérbole. No comparto esta opinión pues, aunque es cierto que se equivocó en algunas cifras, no fue con la intención premeditada de exagerar sino porque le falló la memoria o cometió errores de apreciación. Entre los primeros, afirma que Santa Marta se fundó en 1523 (p. 72) cuando en realidad como observa certeramente el editor, ocurrió en julio de 1525. Asimismo, cuando habla de tres millones de indios o de que las ciudades de Nueva España estaban más pobladas que las de Toledo o Sevilla (p. 41), obviamente, no se detuvo a contar individuos no constituyendo más que estimaciones realizadas a bote pronto. Las cifras pues tienen muy escasa fiabilidad pero no por que mintiera deliberadamente sino porque carecen del más mínimo rigor científico. Asimismo, cuando alude a los ríos de la Vega, en La Española, diciendo que eran tan grandes como el Ebro, el Duero o el Guadalquivir (p. 19) resulta a todas luces exagerado pero con total seguridad ni se detuvo a medir los ríos españoles ni menos aún los dominicanos. Finalmente, señalar que el editor anota en la página veintitrés que Ovando introdujo la encomienda en 1504 cuando en realidad lo hizo en 1505. Se trata de pequeñas objeciones que en absoluto empañan el excepcional valor de esta edición.

En definitiva, quiero insistir que estamos ante la mejor edición publicada hasta la fecha de una de las obras más relevantes del pensamiento occidental.

 

 

Esteban Mira Caballos

Academia Dominicana de la Historia

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EL PESO DE LA SANGRE. LIMPIOS, MESTIZOS Y NOBLES EN EL MUNDO HISPÁNICO

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Böttcher, Nikolaus, Hausberger, Bernd y Hering Torres, Max S. (Comp.): El peso de la sangre. Limpios, mestizos y nobles en el mundo hispánico. México, El Colegio de México, 2011, 320 pp.

    La obra recoge un total de diez contribuciones sobre la temática, la mayoría presentadas en unos coloquios celebrados en El Colegio de México en diciembre de 2007. La primera de ellas, firmada por Max S. Hering Torres, constituye una excelente interpretación de la teoría y la praxis de la limpieza de sangre en España y en América. En la Península, las probanzas comenzaron a mediados del siglo XV y sirvieron para discriminar de los altos cargos de la administración a los conversos, es decir a los cristianos nuevos. Y ello porque se entendía, como se estableció en la Sentencia-Estatuto del cabildo de Toledo de 1449, que independientemente de su fidelidad al cristianismo, tenían un origen manchado y un linaje perverso. Dado que los apellidos sospechosos eran fácilmente sustituibles se hizo necesario establecer mecanismos para verificar el linaje de cada persona. Por tanto, las pruebas o probanzas de sangre no fueron más que un instrumento de investigación genealógica. A partir de la conquista de América, este mismo instrumento se utilizó para discriminar a las castas, es decir, a los mestizos, mulatos, zambos, cuarterones, etc.
     Por su parte Oscar Mazín analiza la nobleza española y establece los vínculos con la América española. Partiendo del análisis de los trabajos de Adelina Rucquoi, Manuel Hespanha y Juan-Paul Zúñiga, establece la evolución del concepto de pureza de sangre desde la metrópolis a sus colonias. De acuerdo con Rucquoi, el autor afirma que en sus orígenes las limpiezas de sangre no sólo se dirigieron contra los judeoconversos sino que tuvieron como fin principal la exclusión de todos aquellos que no fuesen blancos. En América, precisamente siguiendo este mismo mecanismo, la limpieza tuvo como objeto discriminar a las castas con respecto a los linajes de los conquistadores. De alguna forma se adoptó la vertiente nobiliar de la limpieza, por lo que, siendo consecuentes, respetaron y asimilaron a la nobleza indígena.
     Uno de los trabajos más brillantes del volumen es el que firma Bernd Hausberger sobre la limpieza de sangre en el caso concreto de los vasco. Los vizcaínos –como ellos mismos se solían llamar en la época- utilizaron la limpieza de sangre, para consolidarse como una minoría privilegiada dentro de la Península. Se enfrentaron al reto migratorio, reforzando sus vínculos regionales. Aunque este mecanismo de cohesión no fue exclusivo de los vascos, estos lo utilizaron de manera muy especial. Verificar estos orígenes les sirvió para mantener su cohesión en la diáspora, manteniendo algunos privilegios dentro de la monarquía de los Habsburgo. Y es que los vascos se consideraron a sí mismos –los demás no los veían exactamente así- como la extirpe más limpia de toda España. Obviamente, en ningún caso este discurso identitario tenía tintes independentistas, limitándose como dice el autor, a subrayar su particularidad histórica y política dentro del marco español.
     Javier Sanchiz, Norma Angélica Castillo Palma, Solange Alberro y Nikolaus Böttcher se ocupan por separado de la limpieza de sangre en el virreinato novohispano. Estudiando casos diferentes todos ellos llegan a conclusiones similares, a saber: uno, que la limpieza de sangre sirvió en Nueva España no sólo para excluir a los judeoconversos sino también a los indios y a las castas. Y otro que personas destacadas socialmente conseguían con cierta facilidad sortear las exigencias de la limpieza de sangre, accediendo sin problemas a altos cargos de la administración civil o eclesiástica. Solange Alberro analiza varios casos de personas de orígenes familiares judeoconversos que alcanzaron altos cargos, incluido el de calificador del Santo Oficio. Bien es cierto, que ya Ruth Pike detectó, hace varias décadas, un fenómeno similar en la Sevilla del Siglo de Oro, cuando numerosos mercaderes conversos, mantuvieron su patrimonio y sus privilegios merced a su poder económico.
     Por su parte Alexander Coello analiza el peso de la sangre en el virreinato limeño a través del enfrentamiento entre el Colegio de San Martín y el Real de San Felipe, en el siglo XVII. Se trataba de dos instituciones educativas muy influyentes en el Perú, que lucharon por la preeminencia. El de San Felipe era más selecto y rechazaba a todos aquellos que no dispusiesen de una genealogía familiar limpia, tanto desde un punto de vista fenotípico como relacionadas con el credo. Por ello, también reclamaba para sus colegiales la precedencia en todos los actos públicos con respecto a los alumnos de San Martín.
      Marta Zambrano extiende el análisis de la limpieza de sangre a Santa Fe, donde fueron discriminados de las altas jerarquías los mestizos y las demás castas. Hubo algunas excepciones en las que mestizos prominentes, ayudados por la influencia de sus progenitores, todos ellos conquistadores, consiguieron no sin dificultad alcanzar algunos puestos de relevancia.
      Y finalmente, Guillermo Zermeño establece las diferencias entre los conceptos de mestizo, que apuntaba sólo a un hecho racial, y de mestizaje que terminó convirtiéndose en el signo de identidad colectiva de muchas naciones hispanoamericanas surgidas tras la Independencia. El autor cita una frase de Simón Bolívar que resume bien esta idea: No somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles.
      En general, en esta obra se recalca la influencia que ejerció la sangre a ambos lados del océano. Un mecanismo que llevaba implícitas unas obvias connotaciones racistas –o si se prefiere, protorracistas- , aunque el concepto no tenga el mismo contenido que en la actualidad. Asimismo, su aplicación en las colonias presentó algunas particularidades: primero, se aplicó más en la discriminación de las castas que en la persecución de los judeoconversos. Por tanto dejó de ser un mecanismo de persecución del neófito para convertirse en un instrumento de limpieza fenotípica de negros, indios y sus híbridos. Segundo, que no siempre las informaciones contaron con las garantías necesarias para verificar lo que allí se decía. En aquella época la Península Ibérica parecía estar demasiado lejos como para conocer con detalle los orígenes del aspirante. Por eso no era de extrañar, como denunciaba la audiencia de Santo Domingo en 1572, que muchos, siendo descendientes de judíos, elaborasen informaciones falsas accediendo a puestos destacados de la administración. Un aspecto que ratifica Javier Sanchiz pues detectó varios casos de personas con tacha genealógica que consiguieron burlar los controles de limpieza y acceder a altos cargos. Y tercero que, a diferencia de lo que ocurría en la metrópolis, el peso de estas informaciones de limpieza no siempre fue decisivo para apartar a una persona del alto funcionariado. A veces, cuando el sujeto en cuestión disponía de suficiente influencia social, no había demasiada dificultad en alcanzar los altos cargos, pese a existir fundadas sospechas de su origen neófito.

   Esteban Mira Caballos

(Esta reseña está publicada en la revista Iberoamericana, Berlín, 2011)

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CADA UNO EN SU LEY

Schwartz, Stuart B.: Cada uno en su ley. Salvación y tolerancia religiosa en el Atlántico ibérico. Madrid, Akal, 2010, 390 pp.

          Es bien sabido que dentro de la sociedad ibérica, y especialmente de la americana, hubo una cierta tolerancia religiosa. Precisamente por ello se creo la Inquisición, es decir, para velar por el cumplimiento del dogma, evitando relajaciones, contaminaciones protestantes o paganas y las temidas desviaciones de iluminados. El mérito de esta obra reside en que consigue aislar decenas de casos concretos donde se verifica esta tolerancia entre la población y todo ello con una base documental y bibliográfica abrumadora. En una edición muy cuidada y magníficamente redactada, se analizan decenas de juicios inquisitoriales desarrollados en España y Portugal así como en sus respectivas colonias, estableciendo puntos en común entre los testimonios de los encausados.
          El profesor Schwartz contabilizó un total de 116 casos en los que los sujetos fueron condenados por afirmar que cada uno podía salvarse en su ley, independientemente de que profesasen la religión de Yahvé, la de Alá o las politeístas de las grandes civilizaciones mesoamericanas o andinas. Los que más formación tenían, especialmente los religiosos, fundamentaban su afirmación en la ley natural, mientras que los demás utilizaron argumentos más rudimentarios o simplemente lo justificaban en el sentido común. Un inglés residente en Guatemala, Mariano Gordón, afirmó muy significativamente: crea usted en su ley que yo creeré en la mía y el día del juicio nos veremos. Una tolerancia religiosa que, por tanto, no podemos circunscribir específicamente al mundo ibérico.
          La tesis fundamental de su autor es que esta tolerancia hacia otros credos estuvo más generalizada de lo que se había creído, no sólo entre los conversos sino también entre los cristianos viejos de España y de América. Ahora bien, algunos de los casos sobre los que el profesor Schwartz fundamenta su hipótesis constituyen, en realidad, pura y llana disidencia. Ya Henry Kamen advirtió hace varios lustros que en España se desarrolló más una sociedad de la disidencia que de la tolerancia. Algunos sí se parecían a Menocchio, el viejo molinero de Friuli, pero la mayoría eran más bien locos, marginados sociales, crispados, resentidos o, en cualquier caso, personas que tenían muy poco que perder y que se la jugaron desafiando al más temido de los tribunales, el de la Inquisición. Estos disidentes llevaron sus ideas contracorriente hasta extremos insospechados. El autor cita el caso de Mateo Salado, un francés de 45 años que se ganaba la vida como huaquero –buscador de tumbas con ajuar áureo- en el Perú. Lo menos que dijo fue que no existía el purgatorio o que la Santísima Trinidad lo formaban en realidad dos personas y no tres. Asimismo se atrevió a acusar al mismísimo Papa de gastarse los dineros de la iglesia en prostitutas. Lógicamente, fue quemado en la hoguera en Lima en noviembre de 1573; pero a mí, el pobre de Mateo Salado, que probablemente estaba perturbado, no me parece un tolerante sino un disidente radical, casi tanto como sus verdugos. Otro extremista fue sin duda Francisco de Escobar, un hacendado mestizo de Lima quien, además de dudar de la virginidad de María, se acostaba con toda india o mestiza que pillaba, con la excusa de la famosa cita bíblica crecer, multiplicados y llenar el mundo. Fue condenado a muerte. Nuevamente se trataba de auténtico obseso sexual tan radical como los inmisericordes inquisidores que lo juzgaron. El caso de Bento Texeira, un joven de Oporto, radicado en Pernambuco no es menos significativo; asesinó a su esposa al sorprenderla con otro pero no fue condenado por eso sino por sostener ideas que se parecían peligrosamente a la predestinación calvinista, pues, en su opinión, cuando Dios había decidido el destino de una persona, de nada servían ya las buenas obras. Nuevamente, no parece que el portugués fuese un modelo de tolerancia religiosa sino de disidencia abierta y directa frente al catolicismo.
          Asimismo, se detiene el autor en los muchos casos de sincretismo religioso que desplegaron los indígenas y que, nuevamente, intenta presentar como claros casos de tolerancia entre religiones. Sin embargo, también en esta ocasión habría que hablar no tanto de tolerancia como de resistencia hacia una religión que durante mucho tiempo consideraron ajena.  
Pudo haber una cierta tolerancia entre los cristianos viejos y prueba de ello son los numerosos casos en los que encubrieron a familias moriscas para evitarles el cadalso. Pero, en cualquier caso, si estuvo más o menos generalizada entre la población, ésta debió quedar recluida en la más estricta de las intimidades familiares, dado el férreo control que ejercían las implacables autoridades inquisitoriales. Por cierto, sirva de aviso que todavía en pleno siglo XXI ninguno de los grandes credos monoteístas aceptan plenamente esta idea de que cada uno puede salvarse en su fe. Quizás sería oportuno mimetizar el sentido común que exhibían algunos de estos condenados por la Inquisición.
          Huelga decir que la obra encierra algunas de las mejores virtudes de todo buen libro de Historia: plantea nuevas hipótesis, apunta líneas de investigación alternativas e incita a la reflexión. Por tanto se trata de una excelente y bien documentada monografía, independientemente de que algunas de sus conclusiones puedan ser más que discutibles.

Esteban Mira Caballos

* Esta reseña saldrá publicada próximamente en la revista Iberoamérica, Berlín.

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EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

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MIRA CABALLOS, Esteban: El indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud (1492-1542). Sevilla, Muñoz Moya editor, 1997, 448 p.

    Con el ropaje característico de una tesis doctoral, dirigida por el Dr. Adolfo Luis González Rodríguez, que la prologa, se ha publicado en Sevilla este libro de gran pretensión, como es el de estudiar las relaciones entre los conquistadores y sus conquistados durante el primer medio siglo de historia antillana. Sus parámetros están bien cogidos, pues abarca una región y un período significativo, cosa poco frecuente (ahora, no antes) en los historiadores españoles que afrontan el estudio del caribe, que suelen escoger rocambolescamente una isla y un período de medio o de un siglo, rebanando artificialmente de la Historia, para hilvanarnos la documentación que sobre ambos, isla y siglo, existe en el Archivo General de Indias. Las Antillas son indudablemente una región preñada de elementos homogéneos a lo largo del proceso colonial, y más aun en el de su formación. En cuanto al período escogido está igualmente bien seleccionado, pues va desde el descubrimiento en las islas hasta las Leyes Nuevas que marcan el final del trabajo de la esclavitud indígena legal, y real para esta zona, donde fue relevado por la esclavitud negra. También nos parecen adecuadas las fuentes documentales, aunque algo parcas las de los archivos matritenses y vallisoletano, que se han utilizado y citado, pero no en profundidad. La selección de las numerosas fuentes documentales impresas adolece en cambio de falta de aparato crítico, algo que también se ha hecho muy someramente con la bibliografía. Los apéndices documentales son muy valiosos.
    El tratamiento del tema se ha realizado en tres partes, con arreglo a un esquema muy académico, pero perfectamente válido, como son las de la población, los repartimientos y encomiendas, y la esclavitud y resistencia indígenas. El método es descriptivo, pero a través de la narración abundan refrenados comentarios críticos que permiten adivinar un historiador inconformista y analítico de calado, que no ha podido desprenderse de la moderación y ponderación impuestos por el academicismo universitario. Particularmente se observa en la tercera parte, la relativa esclavitud del indio donde nos ha dejado muchas sugerencias, y no ha sido poca la de tratar la esclavitud americana en España, donde siempre ha sido un tema de, llamémosle, poco gusto, en el que se han adentrado muy pocos. De peor gusto es hablar del descenso poblacional indígena, como hace Mora objetivamente, acusando de ello al sistema laboral y más concretamente a la encomienda, aunque concediendo al academicismo la incidencia en el mismo del bajo desarrollo cultural indígena y una dieta alimenticia baja en proteínas.
    Entre los aspectos más sobresalientes del libro de Mira destacan un intento de cuantificación de la población esclava africana llegada a las Antillas, los abusos de los encomenderos que explotaban a sus encomendados haciendo caso omiso de lo que la Corona ordenaba y sin una decidida oposición de la Iglesia, y la sangría indígena producida por las armadas de rescate. Es por esto que se trata de un libro muy útil para quienes estudiamos la Historia de América desde abajo y desde arriba, contrastándola, que adivinamos en Mira un compañero de fecundos trabajos futuros.

                        Prof. Dr. D. Manuel Lucena Salmoral

Publicada en la revista Estudios de Historia Social y Económica de América Nº 15, Universidad de Alcalá de Henares 1997, pp. 449-450

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Caballos y équidos españoles en la conquista y colonización de América

RÍO MORENO, Justo Lucas: Caballos y équidos españoles en la conquista y colonización de América (siglo XVI). Sevilla, Gráficas del Guadalquivir, 1992.
    
    Esta obra posee un doble interés ya que, por un lado, es extremadamente rigurosa, haciendo interesantes aportes al mundo americanista y, por el otro, lo suficientemente amena como para interesar a un amplio abanico de aficionados al mundo ganadero en general y caballar en particular.
    En lo que concierne al caballo, se insiste en la importancia que tuvo como elemento de conquista, hasta el punto de señalar que los indios preferían matar antes a un caballo que a cinco españoles. El análisis amplia esa línea clásica de investigación del équido como elemento de conquista, tratando ahora inéditas cuestiones sociales, económicas y técnicas, como la doma, las razas y la monta.
    El équido aparece reflejado como uno de los más claros símbolos de la primitiva sociedad hispanoamericana. Se ahonda en todo lo que supuso la tenencia de un rocín a la hora de otorgar repartimientos de tierras e indios y su importancia para dotar a su poseedor de un alto status social. Hasta tal punto fue valioso este animal en la primera sociedad de la conquista que, como bien explica el autor, la peor afrenta que se le podía hacer a un caballero era cortarle la cola a su caballo.
    A la par, queda analizado el comercio y el lucro económico que generó en principio para la élite dominicana la crianza de estos animales en los primeros años de la colonización. Según puso de manifiesto el propio Justo del Río, el caballo en Tierra Firme, en torno a 1521 o 1522, llegó a cotizarse entre 120 y 190 indios, loo que supone cifras verdaderamente elevadas.
    Más valiosas aún son las aportaciones que se hacen en relación al ganado asnar y mular, pues se pone de relieve la importancia de estos en el avance de la conquista y colonización de las Indias. Estios animales llegaron a La Española en la primera década del siglo XVI, aliviando al indio a quien sustituyó en el porteo, en aquellas áreas donde fue posible.
    En resumidas cuentas, podemos decir que estamos frente a una obra que es ya hoy, un instrumento básico para el conocimiento de la ganadería equina en la decimosexta centuria y que, sin duda, con el paso de los años, se convertirá en un manual clásico.
                            Esteban Mira Caballos

Reseña publicada en la revista Ecos del Instituto de Historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, año II, Nº 3, Santo Domingo 1994, p. 242. 


LAS ANTILLAS MAYORES, 1492-1550: (ENSAYOS Y DOCUMENTOS)

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Esteban MIRA CABALLOS, Las Antillas Mayores 1492-1550 (Ensayos y documentos), Iberoamericana-Vervuert, Madrid-Frankfurt 2000, 350 pp .

    Esteban Mira, investigador formado en la Universidad de Sevilla, reúne en este libro diez estudios, ensayos les llama el autor, referidos a las Antillas Mayores en las primeras décadas de la colonización. Unos eran inéditos, otros son reelaboraciones de artículos publicados previamemente.
    Fruto de diez años de investigación, los trabajos, dedicados a temas muy diversos, abordan precisamente el espacio y el tiempo en que se fraguó el modelo de colonización que se trasladó al continente y permanecería en vigor más de tres siglos. Mira aborda temas de índole varia: institucionales, sociales económicos, etc. Entre los institucionales destaca el dedicado al repartimiento y la encomienda, en el que, tras precisar sus diferencias fundamentales, Mira atribuye a Nicolás de Ovando la introducción de la encomienda antillana en 1505; de interés es el trabajo sobre los cabildos antillanos (1492-1542) y el mapa de cacicazgos indígenas de Cuba.
    El Autor aborda temas sociales al estudiar el pleito entre Diego Colón y Francisco Solís, sobre vejaciones a los indios; celebrado  en 1509, fue el primer litigio en torno a este importante tema; se incluye la transcripción completa del texto del proceso (Archivo General de Simancas); trata también el tema del  mestizaje en las Antillas, de temprana aparición, pero que pronto sería asimilado racialmente al europeo.
    Presenta las cuentas del tesorero Cristóbal de Santa Clara (1505-1507) con datos precisos sobre la economía de La Española. De tema variado son los capítulos dedicados a las armadas de averías, al urbanismo y arquitectura de los primeros asentamientos españoles en las Antillas y a la medicina indígena y su comercialización (1492-1550).
    Autor sostiene la institucionalización eclesiástica en las Antillas ya durante la gobernación de Nicolás de Ovando 1502-1509), y aporta los datos de doce clérigos nombrados por Ovando para los curatos de las villas españolas de la isla. Contra lo que la historiografía ha venido sosteniendo Mira afirma de  modo rotundo la inexistencia de indígenas cristianos en las Antillas: «En definitiva —es cribe—, creemos que ha quedado perfectamente demostrado que ni tan siquiera los indios más aculturados llegaron a comprender y  a practicar la religión cristiana, continuando  aferrados a sus creencias tradicionales» (p. 269). El Dr. Leandro Tormo, buen especialista en la iglesia antillana, y que Mira no recoge  en su bibliografía, tras exponer el fracaso de  inculturación en las islas, admite una cristianización del indio antillano hasta su extinción  (vid. pp. 180-181). Esta cristianización respondería, según Tormo, a la evangelización metódica que empezó en 1500, tras la llegada desde 1499 de expediciones de franciscanos (p. 106) (vid. Leandro TORMO, Historia de la Iglesia en América Latina, 1. La evangelización, FERES-OCSHA, Friburgo-Madrid, Madrid 1962).
    Por lo demás, el libro de indudable interés para los americanistas, recoge unos estudios valiosos, muy cercanos a la documentación y que enriquecen un periodo que aún no está suficientemente conocido.
Prof. Dra. Elisa Luque Alcaide
Universidad de Navarra
(Publicada originalmente en el Anuario de Historia de la Iglesia Vol. XI, p. 545).

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CONQUISTA Y DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS

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Mira Caballos, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias (1492-1573). Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

 

El profesor Esteban Mira nos ha regalado con otro de sus numerosos trabajos. Este doctor en Historia cuenta con una densa labor investigadora centrada básicamente en la temática americana durante la Edad Moderna.

En esta ocasión se ha ocupado de la conquista y colonización de las Indias entre 1492 y 1573, en la consideración de que los españoles dieron por acabada la conquista definitivamente en la última fecha.

Se trata de un libro amplio, de líneas apretadas, denso de contenidos y con abundantes citas bibliográficas. Está dividido en siete grandes apartados con 21 capítulos en total, más la conclusión. Se completa con los ineludibles apartados de fuentes, bibliografía, ocho apéndices, un índice onomástico y otro topográfico. En suma, es una obra de más de 400 páginas.

Es un libro asequible al lector no especializado, pero elaborado con rigor metodológico. Se pretende dar una visión de la conquista y colonización de América por los españoles en la época indicada, alejada tanto de la “leyenda negra” como de la “leyenda blanca” con que la historiografía anterior ha envuelto este proceso histórico. El autor ha evaluado sistemáticamente todas las posiciones en pro y en contra sobre los distintos aspectos del tema, dando su valoración propia u ofreciendo una nueva posición.

Sostiene la tesis de que la conquista española supuso la aniquilación de la riqueza cultural precolombina y provocó también una auténtica hecatombe demográfica. Y todo ello se hizo, dice el autor, para implantar una cultura unitaria y unificadora, la de los vencedores. Los españoles contemplaron la riqueza cultura y racial que encontraron en las Indias con unos ojos reductores que sólo vieron “el indio”, sin entrar ni en matices ni en distinciones.

Sin embargo, Esteba Mira lo mismo que pone de relieve los valores de las civilizaciones precolombinas, también pone de manifiesto sus graves defectos, a la vez que demuestra que la conquista española tuvo muchos puntos de contacto con su paralela la anglosajona y que los caracteres de ambas tuvieron más que ver con los condicionamientos de la época que con la idiosincrasia propia. Aunque viene a decir en varias ocasiones que la explotación del hombre por el hombre en un fenómeno universal en el espacio y en el tiempo.

Sigue con un análisis de la legislación protectora de indio llevada a cabo por los Austrias, aunque demuestra que se acató pero pocas veces se cumplió. Carga la culpa mayor de tal circunstancia sobre los españoles afincados en las Indias, pero también señala que la Corona adoptó una posición demasiado pasiva ante los atropellos, por miedo a la reacción de aquellos españoles, que controlaban allí casi todos los resortes de poder.

Rechaza la posición oficial de la Corona española para quien la razón justificativa de la conquista y de la colonización fue la evangelización de los indios y encomia la labor evangelizadora de la Iglesia, sobre todo de los dominicos y algunos franciscanos. Aunque también señala que el clero contemporizó frecuentemente con la situación de explotación imperante y protagonizó la eliminación de las religiones anteriores, en un claro proceso de alienación cultural.

Hace un minucioso examen de la praxis conquistadora en la que pone de manifiesto la superioridad tecnológica y psicológica de los españoles sobre los indios, la política de terror aplicada por los primeros para consolidar su poder en un enorme mundo indio en donde los conquistadores fueron una exigua minoría, y después expone el triste destino de unos y otros en muchos casos.

Igualmente evalúa con detalle el proceso de colonización posterior. Resalta el genocidio que trajo la misma para numerosos grupos amerindios, pone de manifiesto las vejaciones y la esclavitud colectivas que sufrieron los indios a manos de los encomenderos y explica cómo la eliminación de las élites precolombinas fue un método de control de la población.

En las conclusiones finales el profesor Esteban Mira afirma que la conquista supuso un coste muy elevado para los indios, pues sufrieron una durísima merma demográfica, perdieron su mundo y además no mejoraron su calidad de vida. También cuestiona el beneficio real que España obtuvo de esta conquista y colonización que supuso una sangría migratoria para ella y favoreció el hundimiento de su economía.

Añade que la explotación de los indios es una estructura de larga duración que ha llegado a nuestros días pasando por encima incluso de la independencia de las naciones iberoamericas a principios del siglo XIX. Por último propone debatir sobre si fue posible otro tipo de comportamiento y de relación más civilizada y humana con los indios por parte de España. El autor de este libro opina que sí.

 

 

 

Miguel Ángel Naranjo Sanguino

-Reseña publicada en la Revista de Estudios Extremeños, 2010.

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EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

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Esteban Mira Caballos, El indio antillano: repartimiento, encomienda

y esclavitud (1492-1542), Sevilla, Muñoz Moya editor, 1997, 450 pp. 1

 

El trabajo que expone en este libro el historiador Esteban Mira Caballos fue

la tesis doctoral que presentó a la Universidad de Sevilla, con la cual obtuvo

la máxima distinción que concede ese centro docente: Apto Cum Laude. Los

temas que aborda, así como los propósitos que persigue y las estrategias

usadas para lograrlos, permiten decir que si bien adopta un tema tradicional

de estudio, hace aportes relevantes en relación, especialmente, con los

orígenes y evolución de instituciones como el repartimiento y la encomienda.

El texto se inicia con una discusión acerca del comportamiento demográfico

de la población de las Antillas. Tal discusión se relaciona directamente, al

menos para la población indígena y blanca, con el estudio de los

repartimientos y las encomiendas. Estas son analizadas tanto en sus formas

originales como en las adoptadas luego de consecutivas reformas. Dichas

instituciones, y sus características inherentes, expresan el contenido de las

relaciones sociales que se dieron en el contexto de la conquista y traza una

gama de posibilidades que va desde un paternalismo proteccionista hasta la

esclavitud. Finalmente, el autor aborda la situación laboral de los indios antillanos

hacia 1542 y el contexto en el cual se aplicaron las Leyes Nuevas.

Estos temas son estudiados en el periodo de 1492 a 1542. La primera fecha,

es señalada por el autor como la iniciación de las prestaciones laborales de

los indios a los españoles. La segunda es importante porque significa el

final del trabajo compulsivo para los aborígenes antillanos debido a la acelerada

extinción y también a la aplicación de las Leyes Nuevas. Aparte de

estos puntos, dicho periodo resulta especialmente crítico debido a que durante

los primeros cincuenta años de la presencia de España en América se

delinearon y trazaron los rasgos principales y los matices extremos de la

relación hispano-india, cuyos sucesivos desarrollos y replanteamientos dejaron

efectos duraderos para los habitantes de las Antillas y para las demás

culturas que, entre el siglo XVI y el XVIII, entablaron relaciones con los

españoles a lo largo y ancho del continente.

El marco geográfico que abarca este texto comprende las Antillas Mayores,

es decir: la Española (cuyo territorio actualmente está dividido entre la República

Dominicana y la República de Haití), Cuba, San Juan (actual Puerto Rico) y

Jamaica. Puntos geográficos antillanos que fueron, como se sabe, los escenarios

preliminares de contacto entre conquistadores e indios y, por ende, los primeros

territorios sujetos a los procesos de colonización hispana. El autor aclara que «el

concepto de Antillanidad como un todo homogéneo», (pág 21) no es válido para

la época prehispánica, ni para la actualidad, pero si lo fue para el siglo XVI, ya

que con la llegada de los Españoles, hubo un proceso de unificación del espacio

de las grandes islas caribeñas. Esta unidad estuvo dada por el papel que jugó

como área intermedia entre España y el continente americano, rol que sería

confirmado con el establecimiento de una Real Audiencia cuya sede fue Santo

Domingo. De este hecho se desprendió una dinámica que permitió, según el autor,

el desarrollo de una estructura social, política, económica y cultural con unas

características propias, que hicieron de las Antillas un espacio distinto de la

metrópoli y de la porción del continente hasta ese momento conocida.

Tales especificidades tuvieron una expresión en aspectos como el demográfico.

Refiriéndose a los indios, el autor argumenta que las consecuencias

de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo se sintieron con rapidez en el

volumen de su población. Según él, la disminución no fue provocada por

enfrentamientos con los españoles durante la conquista, «sino, sobre todo,

por la imposición, sobre una cultura en un bajo estadio de desarrollo, de un

sistema laboral desconocido por ella.» (pág 359) A ello añade otras causas

de posterior ocurrencia como el trabajo excesivo y una dieta pobre en

proteínas. Esta situación los hizo muy vulnerables a las epidemias, las

cuales «fueron, en última instancia, las grandes responsables de la extinción

del aborigen antillano», (pág 359) Su número disminuyó rápidamente

y al cabo de medio siglo estaban casi extintos. Según las cifras del autor, en

1492 existían unos 300.000 en las cuatro islas estudiadas, hacia el año de

1550 apenas si quedaban 500 en la Española, poco más de mil en Cuba, y,

un centenar en San Juan y en Jamaica, respectivamente.

A medida que disminuía la población indígena fue necesario acudir a los

esclavos negros para reemplazarla. Estos fueron llegando lentamente desde

la primera década del siglo XVI, sin embargo, fue sólo a partir de 1518

cuando arribaron en mayor número. Su asignación a cada isla estaba en

correspondencia con los recursos explotables de cada una de ellas. Hasta el

año de 1518, a la Española fueron llevados más de 1800, a Cuba 708, a San

Juan 570 y a Jamaica 302sla. La prosperidad de la industria azucarera

iniciada en la Española requería de un mayor número de ellos. No ocurrió

así con San Juan y Cuba, las cuales tenían una magra economía signada por

la explotación del oro, en tanto que Jamaica se mantenía exclusivamente de

la producción agropecuaria.

La dinámica de la economía de las Antillas estaba en manos de una

población europea que inicialmente ocupó, de manera progresiva, la isla de la

Española. En los inicios del siglo XVI, empezó el poblamiento del resto de

islas de las Antillas Mayores, y no cesó de hacerlo hasta finales de la década

de 1620. Ya por esta época, se habían conformado grupos de intereses entre

los habitantes. La encomienda permitió la conformación de un sector que

tomó el control político a través de los Cabildos, desempeñando cargos de

oficiales reales y regidores. Estos, además, actuaron casi siempre en forma

armónica con la iglesia, en razón de intereses comunes, pues el sistema de

encomienda era el único que garantizaba la conversión de los indios. Sin

embargo, la prosperidad económica empezó su declive y, paralelo a él, se

fueron despoblando las islas. Los habitantes españoles se desplazaron a

otros puntos continentales, entre ellos México, en donde los descubrimientos

y las riquezas atrajeron su atención. De otro lado, la economía del oro había

entrado en declive y, en consecuencia, el alto endeudamiento de los

empresarios antillanos estimuló su fuga para evitar el pago y para probar

fortuna en otras tierras. Su salida de las islas se acentuó conforme se fueron

sucediendo nuevos y atractivos descubrimientos en el continente, el Perú

por ejemplo, y con ello se agudizaron los problemas de escasez de población

blanca para la administración colonial. Aunque hubo varios intentos

de repoblación, todos resultaron fallidos.

Al aspecto singular del comportamiento poblacional en las Antillas,

se añadió el de la especificidad de las instituciones que regularon las relaciones

entre españoles e indios. Por ejemplo, la evolución de la encomienda en

estos primeros años de aplicación demostró que, desde un principio, fue la

institución articuladora de todo el sistema social y económico de las islas.

Tomó fuerza a partir de la necesidad de crear un mecanismo de sujeción de

los aborígenes al español, permitir la explotación económica de su trabajo y

facilitar su evangelización. Estas concesiones, sin embargo, favorecieron

la ocurrencia de toda clase de abusos, por ejemplo, el trabajo excesivo, la

deficiencia en la calidad de la alimentación, y la permisividad de las autoridades

frente a la venta y alquiler de los indios. Si bien desde la segunda década del

siglo XVI hubo esfuerzos para contener o eliminar estas situaciones,

lo cierto es que sólo desaparecieron con la institución, la que a su vez

desapareció junto con los últimos indios. Tales hechos hicieron difícil la distinción

entre los indios encomendados, que supuestamente eran libres y los

indios esclavos. Un matiz de las relaciones de los españoles con los indios,

introducido por el autor, sugiere que el tipo de encomienda implantado a

finales del siglo XV en la Española, y en la primera década del siglo XVI en

San Juan, estuvo caracterizado por un trato muy duro hacia los nativos, en

razón de la falta de control de las autoridades hacia los actos de los

encomenderos. No parece haber ocurrido así con los indios de Cuba y Jamaica,

los cuales estaban protegidos, al menos formalmente, por una legislación

emanada de la experiencia encomendera de las dos primeras islas.

La encomienda en las Antillas se caracterizó, en los primeros años, por ser

eminentemente de servicios. Diferenciándose, en cada isla, el tipo de servicio

exigido a los indios, pues éste estaba en función de las

especializaciones de cada economía insular. En la Española, los indios

estaban dedicados a la minería. Años después, hacia 1520, el agotamiento

del oro y el florecimiento de la industria azucarera, los llevó a trabajar en los

ingenios. Ante la necesidad de una mayor fuerza de trabajo y dada una

especialización más compleja de la industria azucarera se incorporaron

esclavos africanos. Los pocos indios sobrevivientes fueron asignados

entonces al cuidado de los ganados. Similar situación puede dibujarse para

San Juan, aunque la importancia de su industria azucarera fue menor. Allí,

al indio desplazado del ingenio se le llevó a trabajar al campo. En cambio, en

Cuba, la permanencia de la economía del oro obligó a que estuvieran

dedicados a su explotación. En Jamaica, la inexistencia de fuentes auríferas

determinó su ocupación en faenas agrícolas desde la llegada de los

españoles.

Otra especificidad de las Antillas es que, durante el período analizado, no

sólo hubo indios en encomienda, también existió la esclavitud indígena. La

diferencia entre estas dos formas del trabajo compulsivo parecería ser grande,

pero en los aspectos prácticos fueron similares, siendo el único hecho

verdaderamente distinto, Imposibilidad de vender los indios esclavos. Estos

podían tener dos orígenes: los capturados durante los tiempos de la con quista

de las cuatro islas, cuyo número fue insignificante y, la mayoría,

constituida por los capturados en las armadas de rescate, especialmente a

partir de la segunda década del siglo XVI, traídos de las Antillas Menores y

Tierra Firme. No se conoce el número de indígenas esclavos, el autor sos-

tiene que la cantidad debió ser superior a seis mil, y este dato lo calcula a

partir de retroproyectar el número de ellos que aún vivía hacia 1550. La

disminución de la población indígena en las Antillas Mayores creó una

demanda creciente de mano de obra, ocasión que fue aprovechada por la

élite encomendera para organizar, previa autorización, las mencionadas

armadas de rescate. Este negocio fue muy lucrativo, pues los encomenderos

controlaban la oferta y la demanda de indios esclavos.

Los indios capturados en las Antillas Menores, no pertenecían a las mismas

culturas de quienes habitaban en las Antillas Mayores. De acuerdo con el

autor, antes de la llegada de los españoles a éstas últimas, «existían diversos

grupos pertenecientes a culturas diferentes como los ciboneyes, los

macoriex, los tainos y, finalmente, los caribes, indígenas estos últimos que

durante estos años se encontraban en pleno proceso de expansión hacia las

Antillas Mayores.» (pág 21) Los capturados en las Antillas Menores eran

caribes, y su sujeción a la esclavitud causó muchos inconvenientes a los

españoles. Los incidentes fueron creciendo y generaron preocupación en la

metrópoli, al punto de organizar, en 1514, una expedición desde Sevilla para

atacar sus posiciones en la isla de Guadalupe. Los problemas no sólo eran

causados por los indios libres de estas pequeñas islas, sino, también por aquellos

capturados y sometidos al trabajo y la esclavitud en las Antillas Mayores.

Fueron numerosos sus alzamientos, algunos de ellos, liderados por indios

conocedores del sistema hispano. Por otro lado, la despoblación española de

las islas les permitió el dominio de amplias zonas abandonadas en su interior

en las cuales se hicieron fuertes para resistir las numerosas expediciones

organizadas en su contra. Según el autor, la suerte de las insurreciones fue variada,

debido al fuerte descenso de la población indígena. La falta de intereses

comunes entre los grupos y la ausencia de una conciencia colectiva, hicieron

fracasar cualquier intento de mayor envergadura.

Hacia 1542, cuando se promulgaron las Leyes Nuevas, la encomienda había

perdido importancia para las economías insulares, debido a que los indios

se encontraban en una etapa irreversible de extinción. Por esta razón no fue

vigorosa la oposición de los encomenderos a las reformas y a los cambios

que la aplicación de tales leyes implicaba. Las medidas, sin embargo, suscitaron

cierta inquietud, basada fundamentalmente en que dada la fragilidad económica

de los españoles, éstos no pudieron comprar esclavos negros y por lo tanto su

sostenimiento dependía, casi exclusivamente, de la mano de obra de los indios.

Esta situación fue común para la Española, en donde aún había cierto número

de ellos sometidos a la esclavitud, y para Cuba en donde quedaban todavía unos

900 de encomienda y unos 730 en esclavitud, todos ellos ocupados en trabajos

de servicio como la atención a los hatos ganaderos y el trabajo en las estancias.

Se considera necesario resaltar algunos aspectos muy precisos que desarrolla

la obra, especialmente aquellos atinentes al periodo prehispánico de las

Antillas. El primero de ellos habla de que las diversas culturas antillanas a la

llegada de los españoles, estarían en una etapa de desarrollo neolítica,

subsistiendo gracias a la caza, la recolección y la agricultura. Si bien parece

un esfuerzo interesante tratar de insertar en un contexto global la presencia

de los grupos humanos antillanos, dicha labor requiere de una indagación

que rebase los límites de una frase bien hecha. Tal clasificación requeriría

por lo menos de un profundo análisis acerca de los rasgos comunes que

caracterizarían a los grupos en ese período. No se debe olvidar que desde

un principio el autor habló de grupos diversos y que esa condición impide

hacer amplias generalizaciones. Más aún, si, como parece, no se cuenta con

material de análisis que permita distinguir unos de otros. Por otro lado,

sería importante saber si las labores de caza, recolección y agricultura eran

practicadas por todos los grupos o sólo por algunos de ellos, dado que los

estudios arqueológicos han precisado, al menos para América, la importancia

de matizar entre cazadores-recolectores y cazadores, recolectores y agricultores,

en razón de que dicha diferencia implica un paso entre la banda

nómade y aquellas bandas que, circunscritas a un amplio territorio, practicaban

el semi-nomadismo, en el caso de que las labores de cultivo no los

hubiera llevado a sedentarizarse.

Afirmaciones como las ya señaladas están presentes a lo largo del trabajo.

Estas hacen evidente que el autor ha adoptado una perspectiva evolucionista

para explicar a través de ella las diversas culturas antillanas. No es el pro-

pósito de esta reseña discutir la predilección del autor por esta corriente

teórica, sin embargo, es pertinente resaltar algunas afirmaciones que pre tenden

hacer pasar por razones históricas verificadas lo que simplemente es

producto de la adecuación de ciertos hechos a las líneas de desarrollo trazadas

por la teoría propuesta o, el intento de llenar los vacíos del conocimiento con

respecto a los indios con formulaciones teóricas. Por ejemplo, refiriéndose

a la rápida extinción del indio antillano, el autor argumenta que "la causa

fundamental fue el choque cultural que fue mucho más duro en las Antillas

que en el resto del continente, lo cual se debió tanto al retraso evolutivo de

las culturas que allí habitaban, como al confinamiento que impuso la

geografía isleña, sin olvidar, por supuesto, el sistema laboral impuesto por

los españoles donde los malos tratos se convirtieron en algo usual y

cotidiano." (pág 66) Como se ve, la rápida extinción de los indios, según el

autor, habría sido fundamentalmente causada por un "retraso evolutivo de

las culturas".

En primer lugar, no se especifica a cuales culturas se refiere, además

no hay un conocimiento teórico ni documentado de ellas, y en últimas, no se

sabe con respecto a qué referente o a qué patrón de medida se encontraban

retrasadas. En segundo lugar, se habla de un confinamiento indígena impuesto

por la geografía isleña. Al respecto vale la pena recordar que los indios

Caribes, cuya expansión se hallaba en camino hacia las islas de las Antillas

Mayores cuando apareció Colón, originarios del Alto Xingú, en el corazón

amazónico, se habían desplegado hacia el norte del continente suramericano

y conquistado una por una, las incontables islas de las Antillas menores. Por

otro lado, los demás indios antillanos eran avezados circunnavegantes de

su archipiélago, dadas las constantes luchas libradas entre sí. Mal podría,

entonces, argumentarse que su confinamiento geográfico fue una causa

importante para la extinción de unos navegantes tan experimentados. Este

hecho podría explicarse, más bien, en el confinamiento de indios sujetos a

sistemas de trabajo extenuante, como el tipo repartimiento y de encomienda

que caracterizó el periodo, y en el tráfico de indígenas capturados y

sometidos a la esclavitud. Marco bajo el cual la población nativa fue objeto

de una amplia gama de formas de explotación y vejación, entre ellas la

subalimentación, que los llevó a morir por centenares frente al más inofensivo

virus. No fue gratuita, entonces, aunque el autor la tilde de exagerada, la

actitud de Bartolomé de Las Casas y la dinámica generada en torno a la

protección de los indios que desembocaría en las sucesivas reformas

implementadas por la Corona para el uso de la mano de obra india. La extinción

de los indios antillanos no fue causada por un "atraso evolutivo de sus culturas",

sino por un afán incontrolado de lucro económico encadenado a condiciones

de extrema dureza en el trabajo.

 

Luis Enrique Rodríguez B.

 

1Reseña publicada en la revista Fronteras Nº 3, vol. 3, 1998 (pp. 297-304).




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