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Libros de Historia

UN GRITO EN EL DESIERTO DE LO REAL

UN GRITO EN EL DESIERTO DE LO REAL

VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Un grito en el desierto de lo real. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2013, 198 págs.

 

        Último libro del filósofo extremeño en el que vuelve a abordar, con un lenguaje sencillo y directo, los grandes problemas de nuestro tiempo. Preguntas y respuestas se entrecruzan en su libro, casi siempre sin un orden aparente, siguiendo los impulsos espontáneos de su autor. Sin embargo, su elocuencia y sus característicos cambios de tercio, le dan una gran viveza al texto, al tiempo, que permiten una lectura libre, multidireccional, lo mismo por partes, que de principio a fin, que de fin a principio.

Su filosofía es utilitarista, pretende ser una herramienta para ayudar a entender nuestro mundo y servir al bien común. Y aunque difiero del autor en algunos de sus argumentos, coincido en lo fundamental, en su compromiso social. Para mí la filosofía –como la historia- no tiene ningún sentido si no contribuye a la construcción de un mundo mejor para todos. Y en este sentido, afirma el autor que, dado que la filosofía es pensar, no puede haber democracia sin filosofía, ni filosofía sin democracia. El valor de su obra reside en su juicio independiente, sin más compromiso que su conciencia y su lucha por la justicia social. Su crítica abarca a todas las instituciones de poder: Estado, Iglesia, Universidad, Academias, partidos políticos, etc. También analiza críticamente las ideologías, de todo tipo, no solo el capitalismo neoliberal. Y ello, supone un acto de valentía que puede conllevar algunas satisfacciones pero también grandes sacrificios personales. Como él mismo indica, lo fácil es estar con las mayorías y lo difícil vivir y hablar como un disidente. Eso le lleva al aislamiento, a la falta de apoyos institucionales y, hasta cierto punto, a la soledad académica. El poder recela siempre de estos pensadores, dedicados a destapar las grandes mentiras de nuestro tiempo. Y la forma con la que se le combate no es mediante el debate intelectual, sino con el silencio estremecedor del vacío; salvo a un grupo de fieles comprometidos con el cambio, en general se le ignora, lo que paradójicamente retroalimenta el deseo del autor de continuar en su lucha desde la que él llama su trinchera.

        Se abordan decenas de cuestiones, inquietudes que pasan por la cabeza de su autor, lo mismo referentes a estructuras de poder, que al origen del cosmos o al sentido de la vida y de la muerte. Como sería imposible reseñar todos los aspectos analizados, me limitaré a destacar algunas de las cuestiones que a mí personalmente más me han interesado.

El gran tema de su obra es la crítica al neoliberalismo y al pensamiento posmoderno, al tiempo que propone una alternativa: el ecosocialismo. El neoliberalismo nos está haciendo esclavos de los mercados, que son los que mandan en el mundo y los que están acabando con el estado del bienestar, abocándonos a una nueva Edad Media. Y ello, con la ayuda del pensamiento posmoderno cuyo relativismo favorece el nihilismo y narcotiza a las masas que aceptan sin rechistar la dramática situación. Y ello favorecido por la tendencia innata del hombre a la servidumbre voluntaria, como denunciara hace tiempo La Boètie. Lo cierto es que neoliberalismo y posmodernismo forman un cóctel verdaderamente letal. Por ello, el profesor Viñuela se atreve incluso a acusar al propio pueblo de permitir la tiranía. Y no le falta razón, pues de alguna forma toda la sociedad es responsable de lo que está ocurriendo, por su pasividad, por su renuncia al conocimiento, a la libertad y a la disidencia. Y ello porque no existe en nuestros días una conciencia de clase de los trabajadores frente a la oligarquía. Pronto nos obligarán a hacer las manifestaciones en el campo o en alguna especie de manistódromo, para no molestar, y nos quedaremos todos tan tranquilos, sin caer en la cuenta que una manifestación busca precisamente eso, incomodar cuanto más mejor y presionar al poder. En este mundo trivializado es donde aparecen algunas voces individuales, como la del profesor Viñuela, que no son otra cosa que gritos en el desierto ético, social y político de lo real. Un desierto que, como bien dice el autor, no es fruto de la casualidad sino que está auspiciado, controlado y dirigido por el poder que evita así la crítica de la razón, al tiempo que oculta sus despropósitos. Por eso, uno tiene la impresión de que ya no existen ideologías, ni soñadores que piensen que otro mundo mejor es posible, solo personas egoístas, nihilistas y hedonistas. Según el profesor Viñuela, no hemos sustituido la ética religiosa por la ética laica sino directamente por la indiferencia. El relativismo impuesto por el posmodernismo ha acabado con todo. Hasta aquí totalmente de acuerdo. Sin embargo, propone como alternativa retomar el programa inacabado de la Ilustración, que a su vez había sido continuación del proyecto ético de la Atenas de Pericles. Pretende la consecución, de una vez por todas, de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero, con todos mis respetos, tengo la impresión que tiene idealizada a la Ilustración y a los ilustrados, pues todos sabemos qué clase de libertad y de igualdad defendían. La Ilustración esgrimía las luces de la razón frente a la superchería, la libertad y la igualdad natural -la fraternidad ni siquiera se lo plantearon con seriedad-. Sin embargo, sí que justificaban la desigualdad por méritos, consagrando la sociedad de clases y, por supuesto, creían erróneamente que el progreso constante de la humanidad llevaría al ser humano a la felicidad. La ideología de progreso, el liberalismo clásico –idéntico al actual neoliberalismo- y el nacionalismo surgieron a la sombra del movimiento ilustrado. No lo olvidemos.

En cambio, en otro lugar de la obra, el autor se suma muy acertadamente al proyecto ecosocialista, como única alternativa posible al neoliberalismo actual. Esta ideología aunaría la justicia social del socialismo con la necesidad de un equilibrio con la naturaleza que propone el ecologismo, a través de un decrecimiento progresivo, como defiende Carlos Taibo. Se trataría de ligar la impronta ética del marxismo con una idea que el propio Karl Marx no pudo prever, es decir, con la necesaria conservación de la naturaleza, sustituyendo el antropocentrismo por el biocentrismo. El capitalismo está llevando a nuestro planeta al límite, pues plantea un consumo ilimitado, cuando los recursos son limitados. Como aclara el autor del libro, no se trata de volver a las cavernas, sino de racionalizar el consumo, de reducir drásticamente nuestras necesidades, de aprovechar todo, como viene haciendo desde hace milenios la propia naturaleza. Se trataría de vivir con menos, de reducir la producción y el consumo de bienes superfluos, de revalorizar valores de antaño como la conversación, la lectura o la meditación. En definitiva, de ralentizar el tiempo. Y no lo olvidemos, este decrecimiento llegará antes o después, por las buenas, planificado por el estado, o por las malas, impuesto por el agotamiento de los recursos. Con el actual crecimiento demográfico y el nivel de consumo de las potencias desarrolladas y emergentes, la lucha por el control de los recursos energéticos, alimentarios y de agua potable van a ser, a medio o largo plazo, dramáticos. Si no cambia radicalmente la situación, y no parece que vaya a ocurrir, se avecinan tiempos muy difíciles para varios miles de millones de seres humanos. Según el autor, para implantar este nuevo ecosocialismo es esencial que los ciudadanos fuercen el cambio.

La institución eclesiástica también es objeto de la crítica porque la iglesia dejó por el camino la idea de justicia social de Jesús de Nazaret y de los propios evangelios. Los cristianos fueron inicialmente perseguidos pero, desde el siglo IV d. C, en que el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio Romano, pasaron de perseguidos a perseguidores. Su estrecha y secular vinculación con el Estado, a lo largo de los siglos, pervirtieron la institución, convirtiéndola en un excepcional instrumento de opresión de las masas. Pero eso no significa que, en la Iglesia de base, no hayan existido religiosos modélicos que han seguido realmente a Jesucristo y han practicado la caridad. Desde fray Bartolomé de Las Casas a los defensores en nuestro tiempo de la teología de la liberación. Precisamente el profesor Viñuela cita una frase del jesuita Jon Sobrino, militante de este último movimiento, que dice que fuera de los pobres no hay salvación. Y está claro que si existiera un Dios justiciero, la mayor parte de la jerarquía eclesiástica estaría condenada al infierno.

En cuanto al sistema educativo, el autor sitúa el origen de todos los males en la LOGSE, aprobada en 1990. Una norma que, a su juicio, primaba la mediocridad frente a la excelencia, al centrarse en la atención a la diversidad y en las TICs. Estoy con el autor cuando dice que la ley contiene errores, pues es necesario ofrecer alternativas formativas a aquellos que no quieren estudiar y terminan creando disrupción. También debería existir la posibilidad legal de adaptar el currículo, no sólo por abajo sino también por arriba, para aquellos alumnos mejor preparados. Sin embargo, a mi juicio, el avance social que supuso la LOGSE es irrenunciable. Los que tenemos ya una edad y conocimos la antigua educación, sabemos la cantidad de compañeros que se quedaron por el camino, casi todos pertenecientes a familias de baja extracción social. La ley de 1990 implicó un progreso sin precedentes, sobre todo al ampliar la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 años. Y está demostrado que cuanto más tardía es la decisión de dejar los estudios menos correlación hay entre abandono y origen social. Mucho más de acuerdo estoy en su crítica a las leyes posteriores y en particular a la LOMCE, que en vez de arreglar los errores de la ley original, han sembrado de incertidumbre y de provisionalidad al sistema educativo.

También reflexiona Viñuela sobre la muerte de la que dice que es inminente –puede ocurrir en cualquier momento- y necesaria. Y yo añadiría, además, que es el más importante agente de justicia social, pues termina por igualarnos a todos. A fin de cuentas, la vida no es más que una larga lucha por la supervivencia cuya batalla final tenemos todos perdida.

Por las limitaciones de espacio que una reseña impone dejo aquí mi glosa, no sin antes aclarar al posible lector que en el libro encontrará, de manera mucho más amplia, sabías y profundas reflexiones sobre estos y otros temas. El texto invita a la reflexión, y por tanto, a la disidencia porque, como bien explica el autor, la razón es revolucionaria mientras que el poder es siempre reaccionario. Una obra útil, inteligente e interesante que intenta dar respuesta a los grandes problemas de nuestro tiempo. Animo a todas las personas comprometidas con el mundo en el que viven a disfrutar pausadamente de su lectura.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

IMPERIALISMO Y PODER

IMPERIALISMO Y PODER



ESTEBAN MIRA CABALLOS.: Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. /El Ejido/, Editorial Círculo Rojo, /2013/. 215 p., índice, 21 cm. D. L. AL. 618-2013. ISBN 978-84-9050-230-3

 

        El Dr. Mira Caballos, Profesor del I.E.S.O. “Mariano Barbacid” de Solana de los Barros que, en 2011 nos regaló una excelente, bien documentada, sugerente y novedosa biografía del metellinense Hernán Cortés, de la que nos hicimos eco en su momento en esa misma sección de La CAPITAL, nos ofrece su nuevo libro que, a tenor de su título, se ajusta a los conceptos y criterios historiográficos que maneja y de los que hace gala el autor ya desde las primeras palabras de la Introducción de la obra: Presento en este volumen un conjunto de reflexiones en las que analizo, desde una óptica que podríamos llamar alternativa, las formas de poder del pasado y del presente así como sus consecuencias (p. 9). A tenor de este planteamiento, Esteban Mira es consciente de que su Imperialismo y poder podrá ser considerado e, incluso, catalogado como acientífico por cuanto la historiografía clásica no ve con buenos ojos analizar, desde prismas diferentes, los acontecimientos porque permite alcanzar nuevas conclusiones en relación a las viejas cuestiones que deben revisarse con un punto de vista profundamente crítico y, de manera especial, con el poder.

        Sin embargo, al margen de este novedoso planteamiento crítico, interesa constatar que subyace en este libro y, en general, en toda la obra de Mira Caballos, un loable deseo de divulgar, alta vulgarización la denomina el propio autor, los hechos históricos, sus causas y sus consecuencias porque la historia no puede circunscribirse únicamente al ámbito de los historiadores o investigadores como un arcano manejado o manoseado al albur de unos intereses más o menos bastardos. Es absolutamente necesario, en ello estamos de acuerdo con el Dr. Mira Caballos, dar a conocer la historia, explicarla con intención de que sea comprensible para una sociedad ávida de entender su pasado, discernir el presente y, en lo posible, predecir el futuro. Entiende Mira Caballos que la historia, por desgracia, está llegando “al gran público (a través) de la cinematografía así como de algunas novelas, historias, narrativas y best sellers,escritos por periodistas, tertulianos, políticos y oportunistas que estando con frecuencia poco o mal documentados, tiene un gran impacto social” (p. 10). Es necesario, en consecuencia, escribir buenos libros de historia para que los acontecimientos sean conocidos, comprendidos y valorados en su justa medida para que el estudio de la historia y su divulgación cumplan la función social que deben tener.

        La obra de Esteban Mira está estructurada en quince capítulos-reflexiones de temática variada con el hilo conductor de plantear cuestiones polémicas sobre las que cabe la posibilidad de debatir desde perspectivas distintas. Es cierto que, entre las cuestiones alas que nos referimos,tienen un mayor peso específico las de temática americanista y, de manera señalada, las que abordan el siglo XVI, dada la especialización del Dr. Mira. Sin embargo, lo más significativo no es tanto la temática como el punto de vista desde el que se aborda.

        Esta perspectiva, según Esteban Mira, debe basarse en el compromiso social de historiadores como Vilar o Fontana y tiene tres columnas vertebrales. En primer lugar, los historiadores deben plantearse nuevas preguntas para dar respuesta a las necesidades de la sociedad de nuestro tiempo (p. 17), lo que no significa en absoluto que tengan que hacer investigación desde determinadas posiciones ideológicas o políticas. En segundo lugar, es necesario ir olvidando la idea de que el historiador no debe enjuiciar sino solo narrar y, por supuesto, siempre de aspectos pasados no presentes, lo que implicar llegar a las mismas viejas conclusiones (p. 18). Y en tercer lugar, hay que dar protagonismo a esa masa anónima porque ha llegado la hora de construir la verdadera historia, donde el sujeto no sean las élites, ni tan siquiera la humanidad entera sino la clase subalterna (p. 19). Con esta filosofía Mira Caballos se enfrenta a los hechos históricos y trata de reflexionar sobre sus causas, su desarrollo y sus consecuencias para entender el futuro porque parece evidente que los esquemas de la sociedad actual, que se fundamentan en el capitalismo, se está desplomando de forma estrepitosa.

        No es de extrañar, en consecuencia, que cada una de las breves reflexiones de Esteban Mira aborde cuestiones que, en ningún caso, dejan indiferente al lector que ve como los hechos históricos se plantean desde prismas que permiten su extrapolación y relación con un rabioso presente con la intención de hacer ver al lector que los acontecimientos no suceden porque sí, que tienen objetivos concretos que se traducen, casi siempre, en la supremacía de determinadas clases sociales, culturales, instituciones, ideologías, élites intelectuales, poderes económicos, religiosos, económicos o militares y siempre al servicio de intereses que pueden ser discutibles y/o discutidos.

        Desfilan así, por las páginas de Imperialismo y poder, cuestiones variadas como el imperialismo y su justificación ética, la discriminación y la violencia en la España moderna, el problema de los moriscos españoles, el genocidio en la conquista de América, el final del capitalismo, el terrorismo como estrategia ejercido por los conquistadores de América, la situación de los expósitos durante el Antiguo Régimen y la limpieza de sangre y su repercusión en la España moderna.

         El libro de Esteban Mira tiene para el lector el atractivo de que se puede leer de manera intermitente, no es absolutamente necesario engancharse como con una novela. Sin embargo, sí es capaz de captar la atención porque está planteando, desde los hechos históricos más o menos recientes, cuestiones de debate a fondo lo que implica tomar conciencia y postura a nivel personal lo que supone una actitud ética ante la realidad actual. Se puede o no estar de acuerdo con los puntos de vista del Dr. Mira Caballos, pero lo que sí es evidente es que el libro no deja indiferente a nadie y exige una lectura reflexiva que, además, va más allá de un simple planteamiento intelectual.

        Felicitamos a Esteban Mira Caballos por su libro. Un libro que está pensado para analizar hechos históricos con un sentido profundamente divulgativo, cualidad de la que tan necesitada está la historiografía actual que, quizá, está haciendo dejación de esta función que es tan importante o más que la propia investigación.

 

JOSÉ ÁNGEL CALERO CARRETERO

(Reseña publicada en La Capital de Tierra de Barros, octubre de 2013, p. 26)

EL PODER DEL DINERO. VENTAS DE CARGOS Y HONORES EN EL ANTIGUO RÉGIMEN

EL PODER DEL DINERO. VENTAS DE CARGOS Y HONORES EN EL ANTIGUO RÉGIMEN

Francisco Andújar Castillo y María del Mar Felices de la Fuente (eds.): El poder del dinero. Ventas de cargos y honores en el Antiguo Régimen. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, 2011. 357 páginas.

 

Teníamos noticias de la venalidad en España, desde los clásicos trabajos de Antonio Domínguez Ortiz y Francisco Tomás y Valiente, sin embargo, hasta fechas relativamente recientes no hemos conocido su verdadera magnitud. La venta de oficios públicos por parte de la Corona fue una constante en el Antiguo Régimen a lo largo y ancho del Imperio. Ello se enmarcaba en un proceso más amplio de enajenación de todo el patrimonio regio, por necesidades monetarias, que abarcó a todo lo vendible, desde títulos de ciudad a nobiliarios, pasando por Grandezas de España y todo tipo de cargos de la administración civil y militar, tanto nacional como local.

En el presente libro se recogen un total de diecisiete contribuciones sobre la materia que analizan un amplio espectro cronológico –los tres siglos de la Edad Moderna-, espacial –El mundo ibérico y sus colonias- y temático –oficios municipales, judiciales, militares, honores, etc.-. El objetivo último, según reconocen los propios editores, era plantear una reflexión sobre lo realizado hasta ahora, aclarando términos, planteando nuevas estrategias metodológicas y marcando las pautas del trabajo a desarrollar en los próximos años. En definitiva, la pretensión era la de presentar un estado de la cuestión, que permitiera a los investigadores las orientaciones necesarias para seguir avanzando en la materia.

La obra se estructura en cinco bloques que abarcan los principales aspectos de la venalidad ibérica. En el primero, encontramos cuatro contribuciones que tratan de resolver problemas conceptuales como merced, beneficio, venta, corrupción, transmisión de oficios y disimulación. Inauguran el volumen, los estudios de Jean-Pierre Dedieu, en solitario, y otro firmado junto a Andoni Artola, sobre los sistemas de transmisión de cargos. Ambos sostienen la necesidad de superar el cliché negativo de la venalidad, pues ésta no afectó a la eficiencia administrativa ya que existieron mecanismos para garantizar que el comprador cumplía los requisitos necesarios para desempeñarlos. E incluso –afirman- que si aun así se producía el nombramiento, la propia administración se podía negar a aceptarlo si se demostraba su ineptitud o si no pertenecía a la élite política. En una línea similar, Michel Bertrand, plantea la necesidad de matizar la equivalencia entre venalidad y corrupción porque, a su juicio, no necesariamente implicaba un debilitamiento de la autoridad de la monarquía. Por su parte, Francisco Andújar clarifica la diferencia entre beneficio y venta pues, mientras el primer término implicaba el disfrute de un cargo por un tiempo determinado –con frecuencia de 3 a 8 años-, la venta suponía la enajenación del oficio a perpetuidad.

En el segundo, se agrupan tres trabajos en los que se ahonda en la venalidad municipal, tanto en el ámbito de realengo como en el señorial. Los trabajos de Alberto Marcos y de María López se centran en la Península, el primero en el siglo XVI y la segunda en las otras dos centurias de la Edad Moderna. Esta última autora apunta su menor incidencia en los núcleos señoriales. Por su parte, Pilar Ponce Leiva analiza la venalidad municipal en un espacio muy distinto, la ciudad de Quito en el siglo XVII, destacando las consecuencias sociales y políticas de la enajenación en esa localidad colonial. La renunciación de oficios en el ámbito indiano quedó regulada por una orden del 14 de diciembre de 1606, sin que exista nada parecido para la España peninsular.

En el tercer bloque encontramos un buen grupo de contribuciones, referidas específicamente a los cargos militares y judiciales así como al acceso a honores y cargos a través del reclutamiento. Interesante es el aporte de Antonio Jiménez Estrella quien demuestra que la venalidad en el reclutamiento de tropas, bien documentada en el siglo XVIII, debe retrotraerse al menos hasta la primera mitad de la centuria anterior. Thomas Glesener analiza dichas prácticas en un espacio diferente, los Países Bajos, mientras que Inés Gómez se centra en los oficios de la Chancillería de Granada y Ana Victoria López-Cordón en los cargos obtenidos en el entorno cortesano. Por cierto que en la Corte era el único lugar en el que se podían obtener cargos por cauces diferentes al del vil metal.

En el siguiente apartado, los estudios se centran en la venta de títulos nobiliarios y hábitos de órdenes militares que se podían obtener con dinero o a través del reclutamiento de tropas. Apunta María del Mar Felices que las exigencias para acceder a la nobleza titulada eran frecuentemente menores que las requeridas para acceder al escalón más bajo del estamento nobiliario, es decir, a la hidalguía. La entrada de savia nueva dio al primer estamento un cierto dinamismo que lo aleja del tópico de inmovilismo tradicionalmente sostenido. Como destaca Antonio José Rodríguez, había muchas formas de acceder a un título, vinculación a la Corte, méritos civiles o militares, recluta de soldados o simplemente el dinero. Por su parte, Marcos Giménez Carrillo amplía la venalidad nobiliaria a los hábitos de órdenes militares, mientras que José Manuel Díaz Blanco destaca las ventas de habilitaciones a extranjeros para comerciar con América en tiempos de Felipe IV.

Y en el último apartado encontramos dos contribuciones, una firmada por Roberta Giannubilo y otra por Fernanda Olival, en las que se examina la venalidad en el vecino reino de Portugal y en su colonia brasileña. La primera elabora un estado de la cuestión mientras que la segunda indaga en la renunciación de cargos, destacando que era una forma encubierta de venta, muy similar a lo que ocurría en Castilla. En general, todo parece indicar que la enajenación de cargos, oficios y títulos también estuvo presente en el imperio luso, aunque con una menor intensidad que en el Habsburgo.

Esta obra constituye un punto de referencia para todo aquel que desee introducirse o continuar con la investigación de la venalidad en la España moderna. Se aprecian algunas contradicciones entre unos autores y otros a la hora de valorar éticamente la venta de cargos y títulos, lo cual no deja de ser normal teniendo en cuenta que se trata de una obra colectiva. Sin embargo, huelga decir que la obra consigue su objetivo de especificar lo realizado hasta ahora, clarificando la terminología y señalando aspectos todavía inexplorados que esperan la mano de algún investigador que los saque a la luz.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Reseña publicada en Iberoamericana Nº 50. Berlín, 2013, págs. 253-254)

LA IDEA DE LA HISTORIA EN ARTURO CAMPIÓN

LA IDEA DE LA HISTORIA EN ARTURO CAMPIÓN

Emilio Majuelo: La idea de la historia en Arturo Campión. Donostia: Eusko Ikaskuntza, 2011. 295 páginas.

 

Entre el tercer tercio del siglo XIX y principios de la centuria siguiente se desarrolló en Euskal Herria una intensa actividad intelectual, coincidiendo con la emergencia del nacionalismo vasco. En ese movimiento brillaron un nutrido grupo de intelectuales, de muy diversas ramas humanísticas, como Juan Carlos Guerra, Serapio Múgica, Telesforo de Aranzadi, Domingo de Aguirre, Julio Urquijo, Carmelo Echegaray o Julio Campión, entre otros. Todos ellos merecen el reconocimiento de su obra, y muy especialmente este último, pues, como afirma Emilio Majuelo, fue uno de los autores más influyentes de Euskal Herria en las primeras décadas del siglo pasado. Además de su fecundidad intelectual, desempeñó cargos políticos y administrativos pues fue, por un lado, senador por la provincia de Vizcaya del partido Comunión Nacionalista Vasca y, por el otro, presidente de la Sociedad de Estudios Vascos y miembro de varias academias, entre ellas, de la R.A.H. El estallido de la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista relegaron su obra al olvido, del que no salió hasta el advenimiento de la democracia.

Su personalidad y su obra estuvieron marcadas por la guerra civil carlista -iniciada en 1872- y la eliminación de los privilegios forales, así como por la emergencia del nacionalismo político, liderado por Sabino Arana y Goiri. Fue un humanista a la antigua usanza, es decir, poseía unos vastos conocimientos que abarcaban una amplitud de disciplinas: filología, historia, literatura, música, antropología, genealogía, geografía, etc., aunque circunscritos fundamentalmente a su querida patria. Y mantuvo contactos con decenas de investigadores españoles, alemanes y, sobre todo, franceses. Asimismo, se sumergió en los ricos archivos navarros lo que le otorgó una sólida base sobre la que fundamentar sus hipótesis.

Su pensamiento fue tremendamente complejo y sólo se puede entender en la época y en el entorno en el que vivió. Miembro de una familia acomodada, que residió a caballo entre Pamplona y Donostia, fue anticarlista, aunque sintió y sufrió las consecuencias de la derrota de estos, sobre todo en lo referente a la supresión de fueros en 1876 y a la brutal centralización del gobierno canovista. Fue, asimismo, un católico practicante, hasta el punto que creía que el cristianismo constituía un componente esencial de la espiritualidad vasco-navarra. Asimismo, fue un republicano convencido, nacionalista, antiimperialista, antimilitarista y antimarxista, doctrina esta última a la que atacó en varios de sus escritos. Para él, el nacionalismo constituía la legítima lucha de los pueblos irredentos por su libertad, frente al imperialismo protagonizado por aquellos Estados que pretendían sojuzgar por la fuerza a otros más pequeños. Fue toda su vida un defensor de su patria pero jamás abrazó claramente el independentismo, ni siquiera en la época final de su vida, cuando estaba decepcionado del difícil encaje entre Euskal Herria y España. Pero es más, en toda su obra se trasluce un cierto pesimismo que fue en aumento con el paso de los años, cuando comprendió que las relaciones de igualdad, que su patria había mantenido con otras naciones de su entorno hasta su conquista en 1512, jamás se recuperarían. Añoró a los comuneros castellanos que lucharon por sus libertades, al igual que los vascones lo hicieron entre 1512 y 1521 frente a la conquista castellana. Una anexión, insistía Campión, que no fue fruto de una unión espontánea ni de un proceso legítimo sino de una anexión militar. A su juicio, Euskal Herria había sido maltratada durante siglos por la nacionalidad dominante, es decir, por la española. Pese a todo –insisto- mantuvo toda su vida un posicionamiento federal, soñando con una patria vasco-navarra que mantuviese relaciones de igualdad con la española.

En la etapa final de su vida, sobre todo durante la II República española, recibió numerosos homenajes y su obra fue reconocida, no sólo en Euskal Herria sino también en los círculos intelectuales españoles y europeos. En 1930, la Sociedad de Estudios Vascos le brindó un emotivo homenaje; sin embargo, en 1936 estalló la Guerra Civil y justo un año después, concretamente el 19 de agosto de 1937, fallecía en su casa de Donostia. Bien es cierto -como dice el autor del libro- que se evitó el sufrimiento de la dura postguerra franquista y el arrasamiento de las culturas periféricas que perpetró el régimen dictatorial que gobernó los destinos de España hasta 1975. Su legado fue silenciado durante décadas, pero su obra escrita perduró hasta su rescate en el último cuarto del siglo XX, sobre todo a raíz de la publicación de sus Obras Completas, entre 1983 y 1985. El escritor y político navarro nos dejó un importante legado, el de un enamorado de su patria que con un trabajo metódico y científico trató de ahondar en las raíces históricas del pueblo vasco-navarro. Un verdadero cronista de su tierra, como en el siglo XVII lo fue el padre Moret. Obras como El genio de Navarra o Celtas, Iberos y Euskaros, por citar sólo dos de las más significativas, forman parte esencial del acervo bibliográfico de Euskal Herria.

Encontramos en el libro algunos aspectos mejorables: para empezar, el propio título resulta engañoso pues, en teoría, sólo se debía analizar su idea de la Historia, cuando en realidad se traza una valoración completa de su ideario, de su obra y de su personalidad. Y para ello, el autor no escatimó esfuerzos, recabando información de muy diversos repositorios, en particular del Fondo Campión que se conserva en el Archivo General de Navarra. También apreciamos un excesivo abigarramiento de datos así como una deficiente estructura, lo cual dificulta considerablemente su lectura y su comprensión. Pese a ello, huelga decir que estamos ante un trabajo muy bien documentado y, por tanto, valioso, que muestra el pensamiento equilibrado, maduro, profundo, preñado de razones y de amor a su patria de Arturo Campión. Un humanista que siempre buscó el difícil encaje y la empatía de Euskal Herria con el resto de España. En este respeto mutuo que defendiera Campión, en esta federación de naciones ibéricas, puede estar la clave de la buena convivencia en la España del siglo XXI.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Reseña publicada en Iberoamericana Nº 50. Berlín, 2013, Págs. 257-259)

EL PROBLEMA DE LA INCREDULIDAD EN EL SIGLO XVI

EL PROBLEMA DE LA INCREDULIDAD EN EL SIGLO XVI

FEBVRE, Lucien: El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais. Madrid, Akal, 1993, 362 págs.

 

         Estamos ante una obra maestra del historiador francés, uno de los fundadores de la Escuela de los Annales, publicada originariamente en 1947, pero no editada en castellano hasta casi medio siglo después. De acuerdo con su propia metodología, defendida en su célebre libro Combates por la Historia, el autor parte del planteamiento de un problema al que pretende dar respuesta. Su gran objetivo no fue otro que el estudio de la psicología colectiva, a través de la problemática de la incredulidad. Y se introduce en ella analizando un caso muy concreto, el del afamado humanista galo, François Rabelais. Este último nació en la última década del siglo XV, siendo inicialmente fraile –primero franciscano y luego benedictino-, y abandonando después la vida monástica para recorrer Francia y doctorarse en medicina. Nos dejó muchas obras importantes, como la vida de Pantagruel o el Gran Gargantua. Rabelais es un librepensador que, a partir de 1532, se planteó aspectos éticos y espirituales que durante siglos nadie se había cuestionado. Un pensamiento muy avanzado para su época que lucha abiertamente contra la superstición de esos pobres idiotas que le rodean, que sigue con apasionada curiosidad los dramas de la Reforma, pero cuya piedad está más cerca de la religión erasmiana, liberalmente interpretada, que de la reformista; sus ideas están más vinculadas a Erasmo de Rotterdam que a protestantes como Juan Calvino o Martín Lutero. Y ello a pesar de que algunos historiadores pasados y presentes le dieron el apelativo de reformado. Él reniega de las supersticiones y de los supersticiosos, especialmente de aquellos que creían en la influencia de los astros en el destino de los hombres. A su juicio, el mundo dependía única y exclusivamente de la voluntad de Dios, de un Dios bondadoso, cuyo único tributo del feligrés debía ser la lectura, la meditación y la praxis del evangelio.

La cuestión clave era saber hasta qué punto Rabelais fue un producto de su tiempo o un adelantado a él. En opinión de Febvre, responder a esta cuestión resultaba clave para entender realmente la mentalidad del quinientos. Obviamente fue lo segundo, es decir, un personaje excepcional, al igual que otros de su tiempo como Leonardo da Vinci o Miguel Servet. Por ello, su mentalidad no se puede ni mucho menos generalizar; fue un verdadero precursor de la libertad, varios siglos antes de que la proclamasen a los cuatro vientos los revolucionarios franceses. No olvidemos que en su época la fe lo iluminaba todo, y cualquier intento de interpretación razonada era cuanto menos tildada de impía o de blasfema. El cristianismo era, como dice el autor, el aire mismo que se respiraba en Europa. Entonces ser cristiano no era una opción sino una obligación. Todas las personas desde su nacimiento hasta su muerte, e incluso después de ésta, estaban condicionas por el credo institucionalizado por San Pedro. Con esa obsesión se inició el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, desde finales del siglo XV. Por eso hay que dice que la conquista de América fue la última cruzada de Occidente.

Me ha llamado la atención un dato marginal, pero muy interesante. A mí me había llamado siempre la atención que grandes personajes del quinientos, como Hernán Cortés, no supiesen su edad con exactitud. De hecho este último manifestó su edad en cinco ocasiones, ofreciendo cinco cifras diferentes. Pero como explica Febvre, lo celestial y lo terrenal estaban tan íntimamente ligados que las personas no sentían la necesidad de conocer su edad con precisión, pues el tiempo tenía una importancia muy relativa. No se celebraba el aniversario sino la onomástica, vinculada siempre al santoral católico. De ahí que muchas personas tan solo tuviesen una idea aproximada de su fecha de nacimiento.

 A medida que avanzamos en la lectura de sus páginas, salen al paso personajes diversos que Lucien Febvre tiene el acierto de revivir. Sus páginas están repletas de descripciones y retratos, y a través de todas esas imágenes sorprendentes aparece el perfil de una época, con su clima moral y su atmósfera. Consigue alcanzar así la realidad de un momento histórico, con toda su riqueza de matices y contradicciones, lo que le permite evitar, en sus propias palabras, el mayor pecado de los pecados, el más imperdonable de todos: el anacronismo. Este libro es una gran lección de método, pero también de prudencia y de modestia, pues el propio autor recuerda que ningún historiador está en posesión de la verdad absoluta. A su juicio jamás tenemos convicciones absolutas cuando se trata de hechos históricos… El historiador no es el que sabe. Es el que investiga.

Estamos ante un clásico de la historiografía, es decir, una obra que no pierde su valor con el paso de los años. Prueba de ello, es que sesenta y seis años después de su primera edición, sigue siendo igual de útil, igual de novedosa e igual de actual que cuando vio la luz justo dos años después del final de la II Guerra Mundial.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL PODER Y EL IMPERIO

EL PODER Y EL IMPERIO

HEADRICK, Daniel R.: El Poder y el Imperio. La tecnología y el Imperialismo, de 1400 a la actualidad. Barcelona, Editorial Crítica, 2011, 456 págs.

 

        Traducción de la obra Power Over Peoples, con una variación acusada del título que literalmente era El poder sobre los Pueblos y que se ha cambiado por éste quizás más atractivo de El Poder y el Imperio. Una obra verdaderamente monumental, amena, bien escrita y muy documentada en la que Daniel R. Headrick, profesor emérito de la Roosevelt University of Chicago, analiza el papel de la tecnología en el imperialismo occidental, desde el siglo XV a nuestros días. El fenómeno arranca de la antigüedad con imperios como el acadio, el asirio, el romano o el chino de Gengis Khan. Como destaca el autor, este imperialismo no se limitaba a Occidente sino que se extendía por Oriente, con potencias como China que, a principios del siglo XV, poseía la armada de guerra y la marina mercante más poderosa del mundo. Problemas internos, y sobre todo el miedo a las invasiones nómadas del norte, les llevó a centrarse en la defensa interior de su territorio, con la construcción de la famosa Gran Muralla, y a abandonar su posible expansión naval. En cualquier caso, el autor analiza tan sólo el imperialismo moderno y contemporáneo, cuyo momento culminante se alcanzó poco antes del estallido de la I Guerra Mundial, cuando las potencias occidentales controlaban nada más y nada menos que el 84,4 por ciento de todo el orbe.

        A su juicio, el móvil fundamental fue el control económico y material de los pueblos conquistados o sometidos. Sin embargo, no le falta razón cuando afirma que hay algo que casi todos los investigadores han obviado y es que para llevar a cabo dichas aventuras coloniales o imperialista hacía falta una tecnología y unas condiciones medioambientales determinadas. Nada ha sido tan importante en la historia como los avances tecnológicos –las armas de fuego, el barco de vapor, la ametralladora, la aviación, etc.-, que han sido los responsables de las relaciones internacionales de dominio. Cada vez que un reino o un estado estimaba que poseía un potencial tecnológico suficiente para someter a otros lo hacía. Desgraciadamente, la ambición ha sido siempre un rasgo esencial del ser humano, que alcanza su máxima expresión en el sometimiento de unos pueblos a otros, pero que sólo se puede llevar a cabo cuando la tecnología lo permite.

        Inicialmente, la expansión europea estuvo influida por la necesidad de salir del confinamiento al que, desde el este y el sur, le sometían el Islam y la Reforma, pretendiendo ganar allende los mares lo que perdía en su propio continente. El descubrimiento del océano fue iniciado por los portugueses, seguidos de los españoles que no tardaron en incorporar la experiencia náutica lusa y sumarla a la suya propia. En la conquista de América se produjo una guerra asimétrica debido a la caballería y a las armas de fuego, pues los indígenas no poseían tecnología y tácticas capaces de frenarlos. Pero disiento del autor en varios aspectos: uno, maximiza la superioridad tecnológica de los hispanos, restando importancia a su superioridad psicológica y a la fuerza de las motivaciones que fueron elementos determinantes de aquella superioridad. Y otra, tampoco creo que los hispanos fracasaran en la conquista de Norteamérica, del sur de Chile o del Amazonas. Aunque las sociedades tribales eran más difíciles de ocupar porque había que ir sometiendo pueblo a pueblo o cacique a cacique, el motivo fundamental por el que no fueron conquistados fue que no hallaron metales preciosos. Si Francisco de Orellana hubiese encontrado en el Amazonas el Dorado o el país de la Canela es obvio que el pulmón del mundo hubiese desaparecido hace tiempo. Y lo mismo puede decirse de Chile, o Argentina. Tampoco parece cierto que la principal desigualdad entre el Tahuantinsuyu y los imperios occidentales como el romano, fuese la carencia de escritura. Ésta la suplían a nivel fiscal con el quipu y la historia y la literatura eran de transmisión oral. La principal diferencia no era esa sino el desconocimiento del hierro.

        A partir del capítulo cuarto se aborda el imperialismo contemporáneo, liderado por Gran Bretaña y Francia, que extendieron sus dominios por África y Asia. Las revoluciones industriales, despertaron un apetito insaciable por buscar nuevos mercados que solucionaran el problema de la superproducción que aquejaba a Europa, al tiempo que les permitía importar materias primas, fuentes de energía y productos exóticos. También aportaron las innovaciones tecnológicas necesarias para llevar a cabo esa expansión. El barco de vapor, las mejoras en las armas de fuego –más eficaces y, por tanto, más mortíferas- y la tecnología médica –como la profilaxis con quinina o la vacuna de la viruela- permitieron esta expansión sin precedentes. Bien es cierto que estos avances médicos no estaban destinados a mejorar la salud de los nativos sino la de los colonos europeos. Los vapores fueron el medio y el incentivo de la expansión imperialista de principios de la Edad Contemporánea. Los navíos ingleses surcaron los océanos del mundo, consolidando una línea entre Inglaterra y la India. Los ingleses establecieron su libre comercio a los asiáticos recalcitrantes, después de imponerse en la guerra del Opio, aunque fracasaron en la primera guerra anglo-afgana de 1839-1842. Ésta fue la primera de una larga serie de fracasos que las potencias mundiales han sufrido en Afganistán hasta nuestros días. África fue ocupada en poco más de cuatro décadas, debido fundamentalmente a la diferencia abismal entre las armas europeas y las de los nativos. También los Estados Unidos ocuparon el oeste americano, acabando con cientos de pueblos aborígenes a quienes se les asesinó o se les expulsó de sus tierras. La resistencia fue feroz, pues estos se habían convertido en veloces jinetes y además disponían de armas de fuego. Pero el hombre blanco acabó con su medio de vida, los bisontes, de los que se alimentaban y vestían. De esta forma los redujeron a la pobreza, sin alimentos, sin cobijo y sin ropa, facilitando su derrota, incluidos los cheyenes, comanches y lakotas que tuvieron el orgullo de vender cara su derrota.

Poco antes de la I Guerra Mundial, la expansión imperialista se había frenado drásticamente porque las antiguas colonias fueron incorporando la mayor parte de la tecnología bélica y médica de las metrópolis y acabó con ese expansionismo barato fácil y rentable. Los etíopes habían derrotado a los italianos en la batalla de Adua (1896), demostrando que era posible la victoria sobre las metrópolis. También los españoles fueron dolorosamente derrotados en Annual (1921), entre Ceuta y Melilla. La respuesta tardó en llegar cuatro años, cuando un desembarco hispano-francés, precedido de bombardeos masivos en los que además se usaron armas químicas –gas mostaza-, derrotó a los insurgentes. Pese al descalabro de los rifeños y a la captura de su líder Abd-el-Krim, el daño ya estaba hecho. Ahora, las guerras eran costosas en vidas humanas y en dinero, que no se compensaba ya con los posibles beneficios. Cuando los costes de una expansión superaran a los posibles beneficios, ésta se estanca.

Sin embargo, después de la Gran Guerra entró en juego una nueva arma, la aviación, que permitió relanzar aventuras imperiales no solo a los Estados Unidos, la URSS, Gran Bretaña o Francia, sino también a potencias de segundo orden como Italia o España. En el capítulo octavo, el autor indaga en el control aéreo entre 1911 y 1936. Sin embargo, después de la II Guerra Mundial, pese a las tecnologías aéreas, muchas de estas potencias tenían problemas para controlar aquellos países con condiciones naturales adversas –selvas, ciénagas, montañas, etc. Algunos estados modestos consiguieron derrotar o frenar el avance de auténticas superpotencias. Así le ocurrió a los Estados Unidos en Corea, Vietnam e Irak y a la URSS en Afganistán. Ya las victorias de los ejércitos convencionales no garantizan ni tan siquiera el control efectivo del territorio. Es más, como dice el autor, cuanto más cruentos son los bombardeos mayores simpatías y adhesiones despiertan los insurgentes y más facilidad tienen para captar nuevos adeptos. Por cada insurgente asesinado surgen diez nuevos rebeldes. Este declive del control del aire lo analiza el autor en el capítulo noveno, cuyo umbral cronológico prolonga hasta el año 2007. Esto demuestra, a juicio del profesor Headrick, que la tecnología por muy avanzada que sea no necesariamente otorga el poder sobre los pueblos con tecnologías más arcaicas. El creciente poder tecnológico de las grandes potencias coincide paradójicamente con la disminución del poder sobre los pueblos. Y esto en la actualidad es mucho más visible por la globalización que permite tener comunicados permanentemente a todos los insurgentes, rebeldes, opositores y hasta terroristas del mundo, ante la impotencia de los grandes poderes mundiales. Aún así los países más desarrollados siguen en su afán incansable por desarrollar nuevas y más sofisticadas tecnologías que les permitan controlar el mundo. Esa es la sinrazón humana, una ambición desmedida que no ha cesado de provocar desgracias, catástrofes, muertes e injusticias.

        Como es normal en una obra de esta envergadura, es posible encontrar aspectos más que discutibles e incluso mejorables, a saber: se aprecia que el autor maneja mucho mejor el imperialismo contemporáneo, que es donde encontramos los mejores aportes de la obra, que el moderno o el medieval, como el descubrimiento de los océanos y la conquista de América. Asimismo, se percibe un amplio conocimiento de las fuentes, aunque se limita casi exclusivamente a la bibliografía anglosajona, con muy pocas excepciones y casi siempre alusiva a algún cronista. Bien es cierto que la bibliografía de habla inglesa tiene una gran importancia, pero no se debe obviar la historiografía francesa, italiana, española y portuguesa, al menos en lo referente a sus respectivos territorios coloniales. Y finalmente quería incluir un comentario meramente anecdótico: que los hispanos usasen las especias como conservante o para encubrir el mal sabor de la carne putrefacta no deja de ser un comentario tan chusco como infundado. En Europa se conocían medios de conservación bastante eficaces, como la salazón, el ahumado o la inmersión de las carnes en recipientes con aceite de oliva, y las especias no dejaron de ser nunca un producto de lujo de los paladares más exquisitos. Ahora bien, estas pequeñas observaciones no empañan el extraordinario valor de una obra que está llamada a convertirse en todo un clásico de la historiografía sobre el imperialismo moderno y contemporáneo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA POBREZA DE CLÍO

LA POBREZA DE CLÍO

BOLDIZZONI, Francesco: La pobreza de Clío. Crisis y renovación en el estudio de la historia. Barcelona, Crítica, 2013, 350 págs.

 

        En apariencia el libro se debería referir a la crisis de la ciencia histórica y las propuestas para superarla. Así se especifica incluso en la sinopsis de la contraportada, mientras que en el prefacio su autor confiesa que su objetivo ha sido el de un historiador preocupado por evangelizar a los economistas. Sin embargo, más bien parece que su objetivo real ha sido el inverso, es decir, el de un economista preocupado por evangelizar a los historiadores. Básicamente, el libro vuelve a incidir en el viejo enfrentamiento en el seno de la historia económica entre los partidarios de llevar la cuantificación hasta sus últimas consecuencias y los que no. Entre los primeros están la corriente cuantitativa que, a mediados del siglo pasado, lideró S. Kuznets, y la New Economic History –también llamada actualmente cliometría- que poco después encabezaron economistas como Conrad y Meyer, Fislow y R. W. Fogel. La escuela cliométrica, aunque cuenta con pocos adeptos, tiene una gran influencia en la historiografía anglosajona y amenaza también con ganar terreno en la europea.

        El autor atribuye la crisis actual de la historia a los historiadores historicistas que formularon una historia narrativa acorde con la ideología neoliberal y que, por tanto, no daban respuestas a los problemas de hoy. Y no le falta razón, sólo que hay más responsables, entre otros los economistas historiadores de la escuela cuantitativa que redujeron la historia a flujos económicos, haciendo extrapolaciones poco fiables. Tampoco contribuyeron al buen nombre de la historia los miembros de la escuela cliométrica cuando plantearon una historia contrafactual, utilizando hipótesis alternativas que no llevaban a ningún sitio. No tiene ningún sentido plantearse hipótesis contrafactuales: ¿cómo hubiese sido el curso de la historia Antigua si Aníbal hubiese conquistado Roma? ¿qué hubiese pasado si Hitler hubiese ganado la II Guerra Mundial?, etc. Evidentemente la historia hubiese sido otra, pero no podemos saber cómo, sencillamente porque no disponemos de herramientas para ello. Por tanto, la historia que plantea la cliometría es, de acuerdo con E. P. Thompson, totalmente inútil e improductiva. Además, en el fondo, cometen el error de tratar de compatibilizar el pasado con la economía neoliberal. Lo cierto es que la situación crítica en la que se encuentra la historia actualmente no se debe sólo a la insolvencia del método historicista sino también al fracaso de las escuelas cuantitativas y cliométrica. .

Dado que hay historiadores insatisfechos y economistas discrepantes, está claro que urge una solución alternativa que dé nuevas herramientas de análisis del pasado. Para evitar contaminaciones ideológicas el autor afirma que se ha esforzado en buscar una cierta neutralidad. Pero como suele ocurrir, el resultado final es un trabajo raro, mal definido ideológicamente, donde con mucha tibieza se critican los excesos del neoliberalismo y de las escuelas económicas cuantitativas. No obstante, y pese a su precaución por no implicarse ideológicamente, el autor está más próximo a una lectura neoliberal que supuestamente critica que a una interpretación progresista de la historia. La solución que plantea no es otra que el uso de los últimos avances en la historia económica. Enfoques muldimensionales del desarrollo de la economía que contribuyan a renovarla. Sin embargo, este planteamiento solo puede ser una solución para la historia económica no para la ciencia histórica en su globalidad. Y es que la historia es mucho más que eso, pues está condicionada y protagonizada por individuos y sociedades en las que la cultura, la ideología y las mentalidades condicionan la actividad humana. A mi juicio, hay corrientes historiográficas que han supuesto un aporte impagable a la historiografía, como la Escuela Anales que en su día supuso una verdadera revolución, o la escuela marxista, entre otras. El aporte a la historia económica de Karl Marx y sus discípulos ha sido notabilísimo, pese al silenciamiento que se hace de él en esta obra, pues su autor considera que eso pertenece ya al pasado. Asimismo, el profesor Boldizzoni insiste en que es necesario superar el relativismo que supone que estemos continuamente reescribiendo la historia para adecuarnos a los problemas del presente. Y en apoyo de ello, dice algo tan reaccionario como que el buen conocimiento de la historiografía tiene la acción beneficiosa de disminuir en gran medida las pretensiones de innovación de los profesionales actuales. Como si la innovación no fuese en realidad una necesidad perentoria. Yo creo precisamente lo contrario, es decir, que el buen conocimiento de la historiografía nos puede ayudar a innovar el método y el conocimiento del pasado desde nuestro presente. De hecho, la historia solo tiene valor si trata de proporcionarnos respuestas a los problemas de nuestro tiempo, es decir, si es historia del pasado-presente. No podemos olvidar que la historia, como quería Antonio Gramsci, es una disciplina que se refiere a todos los hombres del mundo en cuanto se unen entre sí en sociedades y trabajan, luchan y se mejoran a sí mismos. Los individuos responden a un entorno social, pero son en menor o mayor grado responsables de sus actos, no son una mera unión de moléculas egoístas que determinan sus acciones. Por eso, es impensable que la historia económica por sí sola pueda constituir una metodología global para la complejidad de la ciencia histórica.

  El análisis del profesor Boldizzoni puede ser brillante, no lo dudo, pero simple y llanamente no se ajusta al contenido del título, lo que no deja de ser una decepción para el lector que espera otra cosa entre sus páginas. Acierta de pleno en sus críticas a la corriente cliométrica, al tiempo que introduce sugerencias metodológicas atractivas sobre la historia económica. De hecho, su libro acaba con una especie de manifiesto en el que establece cinco recomendaciones para la renovación de la historia económica: fidelidad a las fuentes primarias, contextualización histórica, relación con otras disciplinas, uso adecuado de las técnicas cuantitativas y la puesta en práctica de una metodología inductiva. Sin embargo, apenas dedica unas páginas a las innovaciones metodológicas que en el último medio siglo han aportado la historia social, la antropología y la sociología. Acaso, la unión de esfuerzos de todas estas disciplinas así como los crecientes aportes de la historiografía de los países emergentes mejoren la creatividad y la credibilidad de nuestra querida ciencia histórica.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

LOSURDO, Domenico: Contrahistoria del Liberalismo. Barcelona, El Viejo Topo, 2007, 374 págs.

 

        Domenico Losurdo, profesor de Filosofía de la Historia en la Universidad de Urbina, reflexiona en este libro sobre las contradicciones y mitos del liberalismo. La ideología liberal fue la responsable del fin del Antiguo Régimen, esgrimiendo las libertades individuales, frente al poder absoluto. Sin embargo, dicha ideología no puede identificarse con la libertad sin más. No podemos obviar –recalca Losurdo- que pese a su utilidad en el tránsito del Viejo al Nuevo Régimen, se trataba de un credo de clase, de la clase burguesa. Y por ello, siempre ha tendido a la defensa de los intereses del grupo dominante y no del pueblo. Como ya dijo en el siglo pasado René Rémond, el liberalismo tiende a mantener la desigualdad social. Por eso no sólo tolera la esclavitud sino que la auspicia y la justifica.

El aporte del autor de este libro consiste en haber demostrado de manera incontestable que la esclavitud y el imperialismo –de cualquier tipo- no es que permanezca residualmente en los inicios del liberalismo sino que es consustancial a él y que, incluso, alcanza su máximo desarrollo tras el triunfo liberal. Naciones tradicionalmente liberales como Inglaterra u Holanda estuvieron más implicadas que nadie en la trata negrera. Pero es más, padres del liberalismo, como Locke, Calhoun o John Stuart Mill defendieron la institución de la esclavitud en mayor o en menor grado, aunque otros como Montesquieu o el propio libertador Simón Bolívar, la censurasen con claridad. Locke lo mismo criticaba el servilismo autocrático de la monarquía absoluta que justificaba la esclavitud en las colonias. Es sin duda el último de los grandes filósofos que argumenta a favor de la esclavitud absoluta y perpetua, pues no en vano el mismo poseía inversiones en el lucrativo negocio de la trata. La situación en el siglo XVIII llegó a tal extremo que era más difícil que un esclavo de una colonia británica alcanzase la manumisión que otro que hubiese vivido en el antiguo Imperio Romano.

Si ya de por sí muchos liberales justificaban la esclavitud, con muchas más razones, lo hacían del servilismo. Incluso los abolicionistas tienen intereses velados, pues rechazan la esclavitud pero sostienen el trabajo servil. Las reclutas forzadas de marineros y de soldados eran prácticas habituales en el mundo anglosajón en los siglos XVIII y XIX. Dada la dureza de estos oficios y la alta tasa de mortalidad, las autoridades metropolitanas se veían obligadas a recurrir a métodos drásticos para mantener en servicio las más de 700 naves de guerra que surcaban y mantenían su imperio. Una forma de servidumbre que no guardaba apenas diferencias con la esclavitud.

Llegados a ese punto, el profesor Losurdo se plantea una interesante pregunta: ¿se puede ser liberal y esclavista al mismo tiempo? La respuesta no admite dudas, rotundamente sí. Dicha ideología, al ser clasista, defiende los derechos y libertades de la clase dominante, negando todas estas prerrogativas a pobres, marginados, huérfanos, vagabundos y minorías étnicas. La idea ciceroniana de que algunos pueblos eran indignos de la libertad se mantenía con énfasis en el ideario liberal. Para John Stuart Mill los anglosajones estaban en la cúspide civilizatoria, pues habían contribuido al progreso general de la humanidad. Por eso, el sometimiento de otros pueblos, teóricamente bárbaros, no sólo era posible sino deseable. Pero en esa defensa clasista los ideólogos liberales van mucho más allá: en caso de que dentro del propio país civilizado se produjese una barbarie interna –revueltas, manifestaciones, huelgas- que amenazase la estabilidad, es posible suprimir temporalmente las libertades y establecer un gobierno dictatorial. Esta idea la defendió en su día Montesquieu y la esgrime y usa reiteradamente el neoliberalismo en pleno siglo XXI.

        Asimismo, insiste el autor que el estado del bienestar, que durante varias décadas hemos conocido en Europa, no ha sido fruto del liberalismo como piensa la mayoría. En realidad, estos avances sociales no han sido una concesión graciosa de la élite dirigente –la burguesía- sino fruto de la larga lucha de clases que se inicia fundamentalmente a parte de la revolución rusa de 1917. Desde la caída del muro de Berlín, y tras el desprestigio de la praxis marxista, esta última ideología ha perdido fuerza lo que ha aprovechado la ideología liberal para acabar con el estado del bienestar. Si nada ni nadie lo remedia vamos a asistir en los próximos lustros al fin del estado social y a la vuelta de las grandes desigualdades sociales. La clase media se reducirá drásticamente, al tiempo que aparece una extensa prole de trabajadores pobres que ni aun trabajando conseguirán satisfacer sus necesidades más perentorias.

Lo que Losurdo deja claro en esta brillante obra es que la ideología y la praxis liberal no solo no han impedido la esclavitud, la servidumbre o el expansionismo imperialista sino que han sido consustanciales a su propio sistema. El panorama se presenta sombrío por el triunfo de la ideología neoliberal. La única esperanza que nos queda es que precisamente la reaparición de la clase obrera en su más extenso sentido, dé lugar a un retorno del movimiento obrero y a un renacer del pensamiento marxiano. También sería positivo que potencias regionales como Rusia o emergentes como China, consiguiesen el potencial suficiente para frenar o al menos limitar el expansionismo estadounidense por el mundo y su ideología neoliberal.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS