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Libros de Historia

LOS ÚLTIMOS MORISCOS

LOS ÚLTIMOS MORISCOS

SORIA MESA, Enrique: Los últimos moriscos. Pervivencias de la población de origen islámico en el Reino de Granada (Siglos XVII-XVIII). Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2014, 289 págs.

 

        Este libro supone un avance imprescindible en el estudio de la minoría morisca que permaneció incrustada en la sociedad española, tras la supuesta expulsión de 1609-1610. Ya Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent señalaron que un grupo más o menos reducido de neófitos permanecieron en tierras peninsulares o regresaron. Sin embargo, los trabajos de Trevor J. Dadson sobre Villarrubia de los Ojos pusieron de manifiesto la magnitud del error en el que había incurrido la historiografía, al creer que todos o casi todos los moriscos habían abandonado la Península Ibérica, tras los decretos de expulsión de Felipe III. Desde entonces se ha producido un goteo constante de estudios sobre distintas zonas de España en las que se evidenciaba que el caso de Villarrubia no era un hecho aislado sino que podía extenderse incluso a buena parte del territorio español. Entre esos trabajos hay que citar los de Manuel Fernández Chaves, Rafael M. Pérez García, James B. Tueller, François Martínez, Manuel Lomas Cortés, Rafael Benítez Sánchez-Blanco, Miguel Ángel Moreno Ramírez de Arellano y el que escribe estas líneas, entre algunos otros. La obra que ahora reseñamos supone un salto adelante en esta línea revisionista, pues el autor ha manejado una ingente documentación que le ha permitido constatar la extraordinaria magnitud de la permanencia en el antiguo reino de Granada.

        Efectivamente verifica que cientos de familias eludieron las dos expulsiones, la de 1570 en dirección al interior peninsular y luego la de 1609. Conocíamos casos aislados de colaboracionistas como los Granada Venegas, estudiados por el propio prof. Soria. También sabíamos de la persistencia de esclavos –que además continuaron llegando-, de niños y de personas deposadas con “cristianos viejos”. Lo realmente novedoso de esta obra, como ya henos afirmado, es la magnitud de la permanencia en el caso granadino. Se trata de decenas de familias que se quedaron y que muchas de ellas han perdurado en el solar peninsular hasta nuestros días. Algunas de ellas descendientes de la vieja nobleza nazarí, como la Casa de Granada y los marqueses de Campotéjar, y otras puramente moriscas, algunas de gran solera como los Venegas de Monachil, los Belvís de Almería o los Salido de Guadix. En cualquier caso, como advierte el autor, las familias moriscas identificadas son necesariamente pocas porque el éxito de la permanencia se basó precisamente en la ocultación. Obviamente nadie en su sano juicio reconocería una ascendencia morisca, ni menos aún mostraría signos externos de prácticas islamizantes. Por ello, todos estos datos pacientemente documentados por el Prof. Soria Mesa, pueden ser acaso la punta del iceberg de un fenómeno mucho más generalizado y extendido quizás a buena parte de la geografía nacional.

        Otra cuestión que me ha parecido muy novedosa es que muchos mantuvieron en secreto sus ancestrales prácticas islámicas. Las prácticas endogámicas reforzaron y renovaron continuamente los lazos de solidaridad grupal. En caso de no encontrar un marido de su misma ascendencia étnica-religiosa para una hija, optaban por la soltería definitiva, quedando la fémina al amparo de su familia. En la tardía fecha de 1728 y 1729 hubo dos autos de fe en los que fueron procesadas un total de 250 personas por prácticas islámicas, lo que denota la pervivencia no solo de moriscos, sino de prácticas mahometanas. Pero hay más, en 1729 desembarcó en Turquía una familia granadina completa, los Figueroa Aranda, alegando que eran descendientes de los reyes moros de Granada y que pretendían observar públicamente la religión de Alá. Obviamente, el visir de la Sublime Puerta los acogió con todos los honores. El caso es que no fueron los únicos que se exiliaron pues hay constancia de la llegada a Túnez de otros granadinos, por motivos similares. Y digo que todo esto es sorprendente porque en otras partes de la Península, como Extremadura o Villarrubia de los Ojos, da la impresión que la mayor parte de los conversos que permanecieron, lo hicieron por su integración plena en la sociedad cristiana. Y para ello contaron con el apoyo del resto de los vecinos y de los párrocos que omitieron la condición conversa de muchos de sus feligreses, al entender que eran buenos cristianos y estaban bien integrados. En el momento de la expulsión, muchas familias conversas llevaban varias generaciones conviviendo pacíficamente con los cristianos de sangre limpia, sin que se apreciasen diferencias externas entre ellos.

        También interesante es el estudio de la actividad económica de estos conversos que demuestra la habilidad de muchas de estas familias para sobreponerse a las expulsiones y a las confiscaciones de bienes. En los siglos XVII y XVIII se dedicaron a una gran variedad de oficios, muchos de ellos relacionados con los oficios públicos –médicos, abogados, escribanos, etc.- el comercio, la artesanía -fundamentalmente de la seda- y la administración de patrimonios nobiliarios. Esta actividad económica les permitió adquirir fincas rústicas y urbanas, así como rentas censales, obtenidas a través de la concesión de préstamos. Incluso, muchos de ellos se ennoblecieron sin demasiados problemas, obteniendo la hidalguía y en algunos casos entroncando con la alta nobleza y obteniendo algún hábito de caballería. Y es que, aunque era preferible ser “cristiano viejo”, el grado de discriminación que sufrieron los morisco o amerindios nunca fue equiparable al que padecieron los judeoconversos.

        Para concluir diré que este libro del Dr. Enrique Soria supone un salto cualitativo en los estudios sobre la permanencia morisca en la Península Ibérica. Un estudio extraordinariamente sólido por el amplio repertorio de fuentes documentales e impresas que ha manejado su autor. Su conclusión no deja lugar a la duda: en el reino de Granada, millares de moriscos lograron quedarse a pesar de las estrictas órdenes regias.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ENTRE LA IRA, LA INQUIETUD Y EL PÁNICO. LA RETIRADA DE CATALUÑA, PRINCIPIOS DE 1939

ENTRE LA IRA, LA INQUIETUD Y EL PÁNICO. LA RETIRADA DE CATALUÑA, PRINCIPIOS DE 1939

IZARD, Miquel: Entre la ira, la inquietud y el pánico. La retirada de Cataluña, principios de 1939. Barcelona, Plataforma Editorial, 2013, 226 págs.

 

        Todo el libro transcurre en las dos semanas que mediaron entre la toma de Barcelona por las tropas franquistas, el 26 de enero de 1939, y la ocupación de la frontera con Francia entre el 10 y el 13 de febrero de 1939. Un capítulo casi olvidado, pues los libros de historia suelen concluir con la ocupación de Barcelona por las tropas llamadas nacionales.

        Desconocemos el número de personas que trataron de cruzar los Pirineos, en un desesperado intento por salvar sus vidas. Probablemente medio millón, de las que varios cientos, quizás miles, murieron por el camino, unos víctimas de los bombardeos fascistas y otros por estar heridos o enfermos y no resistir las duras condiciones del viaje. Ahora bien, ¿por qué huían si Cataluña había sido ocupada y la guerra había acabado? Pues está claro, todos conocían lo que ocurría después de que las tropas franquistas ocupaban una villa o ciudad; siempre el mismo patrón, el fusilamiento de todo aquel que hubiese tenido la más mínima vinculación con la República. El profesor Izard rescata del olvido el drama que vivieron estas personas, muchas de las cuales no habían tomado parte en ningún combate militar ni habían cometido más delito que vivir en la zona republicana durante el transcurso de la guerra. Y como reconoce el autor, la reconstrucción no ha sido fácil porque la propaganda fascista se encargó de inventar y difundir mentiras sobre esta columna de exiliados a los que acusaban de ser hordas rojas, que saqueaban lo que encontraban a su paso y que viajaban cargados de dinero para vivir lujosamente en el país galo. Nada parecido a la realidad, pues a través de cientos de testimonios personales el autor ha podido reconstruir el drama de aquellas personas que sufrieron el cadalso o murieron en su intento.

        Entre las páginas de esta obra se palpa, se vive, se sufre, el drama de miles de personas, que se atropellaban unas a otras, buscando simplemente su supervivencia. Una auténtica caravana de la muerte por donde transitaron soldados derrotados, políticos, intelectuales pero también niños, mujeres y ancianos, padeciendo todo tipo de calamidades. Muchas familias iban al completo, acarreando sus ropas y a veces hasta muebles, que abandonaban por el camino a medida que iban desfalleciendo. Es curioso los listados de enseres que portaban, que con frecuencia dependía de su condición social. Por ejemplo, el periodista y poeta Jaume Pla, redujo su equipaje a una maleta cargada con cajas de leche condensada, botes de pintura y la Historia Universal de Espasa Calpe, que debió ir abandonando por el camino. Evidentemente, muchos iban heridos o enfermos y se dejaron la vida por el camino, mientras que otros sufrieron los bombardeos de la aviación italiana. Era verdaderamente infame que ciudades y villas indefensas y derrotadas, así como la columna de huidos fuesen reiteradamente bombardeados, matando inútilmente a decenas de seres humanos.

        Esta columna de exiliados fue considerada por los franquistas como una amenaza que había que exterminar. O sea que lejos de aplicar el viejo refrán de “enemigo que huye puente de plata”, los acometieron, en un acto de barbarie más de los muchos que se cometieron en la guerra y en la postguerra. Por cierto, que el autor se muestra muy prolijo en bibliografía sobre la guerra en Cataluña pero omite referencias a otros episodios de la guerra y la postguerra en España que recuerdan claramente lo ocurrido en el paso pirenaico. Me estoy refiriendo a la “Columna de los Ocho Mil”, formada por mujeres, niños ancianos y milicianos mal armados de Huelva, Badajoz y Sevilla, que fueron huyendo de sus pueblos a medida que los tomaban las tropas franquistas. Esta bolsa, formada por personas famélicas y desesperadas que trataban de salvar su vida cruzando por la zona franquista hasta llegar a la zona republicana de la Serena, fueron atacados deliberadamente con armamento de repetición en el cerro de la Alcornocosa, muriendo muchos de ellos. La prensa franquista se hizo eco de la gran victoria sobre lo que ellos llamaban un “ejército rojo”, cuando en realidad no eran más que personas civiles, la mayoría desarmadas.

        Dedica el autor bastantes páginas a hablar, como siempre sin tapujos, de los excesos y errores que se cometieron en la Cataluña republicana. Hacía tiempo que había toda una lucha de clases entre los grupos dominantes, que solo funcionaban con la coerción, y la clase trabajadora. Esta tensión se había puesto de relieve en la Semana Trágica y en diversas huelgas, en especial la general de 1917. Hubo desmesuras, asesinatos, persecuciones contra la Iglesia, lo mismo de militantes de la F.A.I. que de la C.N.T., pero niega siguiendo a a Manuel Cruells, que se tratase de una campaña sistemática de exterminio del burgués sino de actos incontrolados o de venganzas personales. Se quemaron algunos conventos, que eran vistos como símbolos de la opresión capitalista, y aunque las autoridades republicana los condenaron, quizás no fueron todo lo contundentes que cabría esperar. También, como señala Izard, hubo traiciones y comportamientos poco ético de algunos dirigentes políticos. Muchos de ellos huían camino de Francia al tiempo que arengaban al pueblo a resistir. De hecho, en la propia ruta del exilio, aunque todos sufrían la contrariedad de abandonar su tierra, mientras la mayoría viajaban a pie, famélicos y al borde la inanición, algunos políticos y burócratas republicanos circulaban en coches privados o en autobuses. Asimismo, se produjeron muchas diferencias y enfrentamientos, tanto entre los propios políticos republicanos como entre los altos mandos militares, facilitando el triunfo a sus oponentes.

        Ahora bien, dicho esto y reconociendo que en la zona republicana se cometieron excesos, hay que señalar la forma de actuar mucho más metódica del bando nacional. Así, cuando los franquistas ocuparon Cataluña, hubo fusilamientos sistemáticos de todos aquellos que habían colaborado con la República o simplemente eran sospechosos de no estar con el nuevo régimen. Nuevamente, en esta cuestión hay estudios sobre otras partes de España que llegan a conclusiones similares. Por ejemplo, en Extremadura, los caídos del bando republicano fueron más de 6.900 mientras que en el bando nacional no superaron los tres centenares. Sostiene Francisco Espinosa, que una vez comenzada la contienda existió un plan de exterminio orquestado por el bando nacional que no tuvo parangón con los excesos puntuales que cometieron los republicanos. Y en este sentido afirma que la izquierda tuvo en las cárceles “a lo más granado de la derecha extremeña” –fascistas, grandes propietarios y curas- y la mayor parte de ellos salvaron la vida. Nada que ver con el exterminio llevado a cabo por la derecha, como lo prueba el hecho de que allí donde triunfaba el golpe, le seguía la represión, variando únicamente la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias.

        Hay que concluir diciendo que se trata de un libro muy meritorio, donde el autor ha reconstruido en base a decenas de testimonios este drama olvidado de nuestra historia. El rescate de la memoria es el único medio que tenemos los historiadores para tratar de redimir a estas víctimas de nuestro pasado reciente. Una obra bien escrita y magníficamente editada que se lee como si de una novela histórica se tratase, aunque por desgracia sus datos y sus dramas sean absolutamente ciertos y reales.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LAS INDEPENDENCIAS AMERICANAS Y SIMÓN BOLÍVAR, 1810-2010

LAS INDEPENDENCIAS AMERICANAS Y SIMÓN BOLÍVAR, 1810-2010

­CAVA MESA, Begoña (Coord.): Las Independencias Americanas y Simón Bolívar, 1810-2010. Bilbao, Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, 2010, 96 págs.

 

        En este pequeño libro se recogen las cuatro conferencias impartidas en Bilbao en 2010, por los profesores Roberto Breña Sánchez, Miquel Izard Llorens, Lionel Enrique Muñoz Paz y Carlos Malamud Rikles. El evento se realizó en la capital vizcaína , bajo el patrocinio del Ayuntamiento, la Diputación Foral de Vizcaya, la Consejería de Cultura del Gobierno Vasco y la Universidad de Deusto. El acto se realizó aprovechando la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y bajo el recordatorio de los remotos orígenes familiares vizcaínos del Libertador.

        Roberto Breña Sánchez, profesor del Colegio de México, disertó sobre la Independencia novohispana y su comparativa con la de Sudamérica. México evolucionó desde el autonomismo defendido en 1810 a la lucha por la independencia que se consumó en 1821 de la mano de Agustín de Iturbide. Se estableció una monarquía a diferencia de lo que ocurrió en el resto de Latinoamérica, exceptuando Brasil.

        Por su parte Lionel Muñoz Paz, de la Universidad Central de Venezuela, disertó sobre el proceso independentista en Venezuela, que también evolucionó desde el juntismo de 1808 en apoyo de la soberanía de Fernando VII a una rápida voluntad independentista a partir de 1810. El proceso estuvo muy influido por el ideario de la Ilustración y de la Francia Revolucionaria. El proceso fue relativamente rápido, impulsado por Simón Bolívar y Francisco Miranda, por lo que el 5 de julio de 1811 se proclamó la Independencia. Unos meses después, el 21 de diciembre de ese mismo año, se promulgaría la primera Constitución de Venezuela, claramente insipirada –si no copiada- de la Norteamericana.

        Carlos Malamud, profesor de la U.N.E.D., trazó un recorrido por la Independencia pero desde la óptica de revoluciones políticas. La Independencia fue mucho más que un enfrentamiento exclusivo entre criollos y peninsulares. Concluye Malamud que las independencias latinoamericanas no fueron revoluciones sociales ni económicas, pues las estructuras sociales y los sectores productivos y comerciales no sufrieron apenas variación. En muy poco tiempo todo retornó a la normalidad y las cosas siguieron siendo más o menos igual, aunque el control de los Estados Unidos y de Inglaterra fueron muy superiores al que ejerció la antigua metrópolis. Ahora bien, los sistemas políticos si experimentaron una gran variación desde la monarquía absoluta a un modelo republicano que, exceptuando el caso portugués, triunfó desde muy temprano en casi toda Latinoamérica. Como dice Malamud, el origen revolucionario de las naciones latinoamericanas dio lugar a la restauración del viejo ideal republicano, que se pretendía vincular a una regeneración de las nacientes repúblicas.

        Muy interesante es el trabajo de Miquel Izard, titulado “Libertarios versus libertadores” en el que se muestra muy crítico con las consecuencias de la Independencia para las poblaciones indígenas y cimarronas. Él, que había analizado críticamente la Conquista por las consecuencias humanitarias que acarreó a las culturas y civilizaciones aborígenes, arremete con argumentos sólidos contra lo ocurrido tras la emancipación. Y en este sentido ofrece un dato muy significativo, durante la colonia solo se ocupó realmente el 20 por ciento del territorio, quedando un inmenso espacio de libertad, donde se asentaron sociedades cimarronas, formadas por negros alzados, indios y renegados europeos de todo tipo, gitanos, presidiarios, pícaros, desertores, etc. A lo largo del siglo XIX se produjo la ocupación de todo el territorio americano, en un proceso de expansión “civilizatorio” que acarreó el exterminio de aquellos extensos espacios de libertad. Como dice el profesor Izard hacia 1880 los gobiernos americanos, con el nuevo fusil remington, “agredieron al 80% del Continente que hasta entonces se había ahorrado la civilización, lo que fue acompañado del exterminio de sus moradores, originarios o cimarrones. Y todo ello se hizo bajo la cobertura moral de todo un discurso “germinal y patriótico” que trató de justificar el genocidio en pro de la civilización, de la unidad nacional y de la patria. Fueron negadas y aniquiladas todas las identidades subalternas, homogeneizándolas todas a la fuerza bajo la excusa de la civilización. Como bien afirma Izard, la visión del indígena no fue ni comprendida ni respetada. Eso ocurrió muy claramente en el llamado Desierto argentino que no era tal, pero que fue despoblado a sangre y fuego para repoblarlo después con inmigrantes europeos, fundamentalmente italianos y españoles.

        En definitiva, la revolución de Independencia, fundamentalmente criolla, fue la llave que abrió la puerta a un nuevo genocidio, mayor aún que el colonial, en el que eliminados los enormes espacios de libertad del continente americano. En el fondo los criollos estaban convencidos de que estos representaban un lastre para el desarrollo. Una idea muy generalizada en Latinoamérica a lo largo de toda la Edad Contemporánea. Por ello, estaban decididos a sacarlos del pasado y a incorporarlos a su nueva sociedad. Ya no habría ni República de indios, ni nación india, ni comunidades indígenas, tampoco sociedades cimarronas, esas categorías desaparecerían por las buenas o por las malas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA GRAN ARMADA COLONIZADORA DE NICOLÁS DE OVANDO, 1501-1502

LA GRAN ARMADA COLONIZADORA DE NICOLÁS DE OVANDO, 1501-1502

MIRA CABALLOS, Esteban: La gran armada colonizadora de Nicolás de Ovando, 1501-1502. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2014, 460 págs.

 

         El período de gobierno de Nicolás de Ovando me viene interesando desde mis años de estudiante de la licenciatura de Historia de América. Hace ya más de dos décadas llamó poderosamente mi atención este freire a quien se encargó enderezar el rumbo de la fracasada factoría colombina. Siempre me pareció su gobierno, austero, duro, brutal y sangriento, pero también leal y, sobre todo, eficaz, para asentar una colonización que hasta ese momento estaba siendo cuestionada. Y, en especial, me interesé por la gran escuadra de más de treinta navíos que se aprestó en Sevilla desde finales de 1501. El bullicio que presumiblemente generó debió ser verdaderamente espectacular. Dicha flota tuvo una importancia excepcional por varios motivos: primero, porque fue la mayor empresa colonizadora preparada hasta esos momentos por Castilla. Segundo, porque fue la primera aprestada en Sevilla, ciudad que comenzaba a configurarse como la metrópolis del comercio indiano, en detrimento de los puertos onubenses y gaditanos, como se confirmaría solo un año después con la fundación en aquella ciudad de la Casa de la Contratación. Y tercero, porque su organización fue modélica, hasta el punto que se convirtió en punto de referencia para otras posteriores, como la de Diego Colón de 1509 o la de Pedrarias Dávila de 1513.

         Sin embargo, pese a la importancia del acontecimiento y a falta del libro de armada, nos teníamos que conformar con los datos ofrecidos por los principales cronistas. El tiempo pasó, y en el año 1998 apareció un extraordinario estudio sobre la flota de Pedrarias Dávila a Castilla del Oro (1513-1514), publicado por la doctora María del Carmen Mena García. Desde ese momento siempre quise realizar un trabajo similar de la escuadra ovandina, aprestada más de una década antes y con la que guardaba muchos paralelismos, aunque también notables diferencias. Por ello, me parece justo decir que el modelo que he seguido para la realización de este texto ha sido el libro de la armada de Pedrarias. No obstante, he dispuesto de bastante menos información, de ahí que haya numerosos aspectos que, muy a mi pesar, no he podido reconstruir.

         Mi objetivo ha sido recolectar minuciosamente todos los datos fiables que conocemos sobre la escuadra para, a continuación, realizar un análisis detallado de la misma. Es posible que éste sea el único mérito de esta obra, es decir, el de haber recopilado todos los datos que circulaban, la mayoría impresos, en muy distintos ensayos, trabajos de investigación y colecciones documentales. Huelga decir, que el libro puede tener cierto valor mientras no aparezca el libro de armada porque cuando eso ocurra –si ocurre-, su trascendencia será meramente anecdótica, aunque eso sí, sabremos exactamente cuántas de mis hipótesis eran ciertas.

         La elección del título ha sido meditada; hablamos de colonización frente a descubrimiento y conquista porque, por primera vez, la idea era establecer lo que Juan Pérez de Tudela llamó nuevo poblamiento, de ahí que se premiase con pasaje franco a todos los casados que decidiesen llevar consigo a sus familias. No ignoro que algunas armadas anteriores, especialmente la del segundo viaje colombino, también habían tenido pretensiones colonizadoras, pero nunca hasta ahora se había puesto tanto empeño en asentar la colonización. Y asimismo, utilizamos la palabra flota y no armada, aunque en la documentación ambos términos se emplean de manera sinónima. Sin embargo, pese al mantenimiento del nombre de las Flotas de Nueva España, en adelante se usó más el término armada cuando era una formación de carácter estrictamente militar, y flota cuando se trataba de una comercial. Por este motivo, y aunque la diferencia entre armadas y flotas era muy sutil, he preferido usar este último concepto.

         E incluido al final del texto ocho apéndices en los que aparece la información básica sobre la que hemos cimentado nuestro análisis. El primero tiene, a mi juicio, un valor extraordinario ya que es la primera relación alfabética documentada de los pasajeros. Se trata de un listado con cerca de medio millar de personas cuya presencia en la flota es segura o muy probable. Está confeccionada con todo el material documental e impreso disponible hasta la fecha. Hemos excluido de la lista a todo aquel sobre el que teníamos dudas fundamentadas, incluyéndolos en el apéndice II. Los apéndices III, IV y V no tendrían ningún valor si se conservase el libro de armada, hasta el presente extraviado. Se trata de tres extractos que realizaron otros tantos historiadores, de ahí su interés. El apéndice III es una interesante relación que elaboró, en el siglo XVIII, el célebre erudito y archivero Juan Bautista Muñoz y que nos aporta infinidad de detalles sobre los pasajeros y la cargazón. En el apéndice IV, reproducimos otro extracto, en esta ocasión redactado en 1886 por Fernando Belmonte y Clemente, que se centra fundamentalmente en los navíos y en la tripulación. Y finalmente, en el apéndice V, incluimos otro resumen que publicó fray Ángel Ortega O.F.M. sobre los franciscanos que viajaron en la misma y los enseres que llevaban. Las tres minutas son complementarias y suplen en buena medida la ausencia del tantas veces citado –y añorado- libro de armada. En el apéndice VI, presentamos una extensa relación de todos los trabajadores que viajaban con contrato laboral, especificando sus condiciones. En el apéndice VII, reproducimos el registro de la nao Santa Catalina que zarpó del puerto de Santo Domingo en septiembre de 1505. En dicha relación se incluyen los nombres de algunos recién llegados que enviaban a Castilla diversas partidas de oro, algunas muy cuantiosas. Y finalmente, en el apéndice VIII, elaboramos un listado fiable de aquellas personas que permanecieron en la isla, retornaron a la Península o marcharon a otros lugares. En base a este registro, ofrecemos algunas reflexiones en el texto.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Si alguna persona desea adquirir este libro diríjase a la siguiente dirección de email: Caballoss1@gmail.com)

HISTORIA MILITAR DE SANTO DOMINGO

HISTORIA MILITAR DE SANTO DOMINGO

UTRERA, fray Cipriano de: Historia Militar de Santo Domingo (Documentos y noticias). Santo Domingo, Banreservas-Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2014, (3 vols. de 492, 459 y 445 págs.)

 

        Los estudiosos de la historia de la colonización temprana del Nuevo Mundo hemos recibido con alegría la reedición de esta obra del célebre capuchino fray Cipriano de Utrera (Utrera, Sevilla, 1886-Antequera, Málaga, 1958). El religioso llegó a la República Dominicana en 1910, con el cometido de dirigir la misión franciscana en la isla. En este país caribeño vivió varias décadas, escribiendo numerosos libros sobre la historia y el patrimonio artístico del país. Todos sus textos se caracterizan por sus abigarrados datos y por un aparato crítico insólito para su época, cuyos datos obtenía de sus frecuentes visitas al Archivo General de Indias. El problema era que sus publicaciones eran autoediciones de las que se imprimían unos pocos ejemplares, motivo por el cual su obra es rarísima y apenas conocida por unos pocos investigadores, vinculados a la historia dominicana en el siglo XVI.

La Historia Militar de Santo Domingo la comenzó a publicar hacia 1947 por fascículos en la Revista Militar órgano del Ejército Nacional de la República, editando tres años después una compilación de los mismos en formato de libro. Yo poseía un ejemplar fotocopiado que conseguí en una de mis estancias en la isla, allá por el año de 1994. Pero incluso, los originales se leían muy mal pues empleaba un cuerpo de letra extremadamente reducido tanto en las transcripciones de documentos como en las notas.

        Por ello, esta obra es para unos pocos una reedición pero para la mayoría como una obra totalmente nueva. Los ejemplares se presentan con una cuidada edición y una normalización en el cuerpo de la letra que permite disfrutar de sus páginas e, incluso, ver detalles que en las viejas fotocopias se leían con dificultad o simplemente pasaban desapercibidos. Asimismo, esta reedición incorpora una magnífica presentación a cargo del doctor Genaro Rodríguez Morel que sintetiza muy bien las virtudes y los defectos –que también los tiene- del libro.

Ahora bien, como dice el citado Rodríguez Morel el texto ha sido ampliamente superado, pues la historiografía ha evolucionado muchísimo desde mediados del siglo XX. Fray Cipriano no era más que un acucioso e inagotable transcriptor de documentación. Hay veces que ofrece comentarios que parecen suyos y que hemos podido comprobar que eran en realidad copia de algún documento o afirmaciones de algunos de los cronistas más conocidos de esa centuria. Por tanto, el lector no va a encontrar un análisis sesudo de fray Cipriano pero sí todo un océano de datos extraídos pacientemente a pie de archivo. Incluso yo, que había consultado decenas de veces las viejas fotocopias de la primera edición, he encontrado datos interesantes que se me habían pasado tanto en el original como en el Archivo de Indias.

        Asimismo, huelga decir que, pese al título, el autor apenas trabaja las cuestiones militares de la isla sino que se centra en realidad en la historia política a lo largo del siglo XVI. Están comentadas una a una cada una de las etapas, estructuras en base a los distintos gobernadores y presidentes de audiencia que fueron pasando por la isla. Empieza pues a finales del siglo XV, con el gobierno de don Bartolomé Colón, hermano del Almirante, y termina en la primera década del siglo XVII, coincidiendo con el período de gobierno de Antonio Osorio.

       En resumen, es muy de agradecer el esfuerzo y en empeño de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos y del Banco de Reservas de la República Dominicana por editar esta obra. Unos textos que, como afirma Rodríguez Morel, han permanecido en el anonimato durante más de seis décadas, no solo para los investigadores europeos sino incluso para la mayor parte de los historiadores dominicanos. Estos tres tomos de fray Cipriano de Utrera constituyen una fuente inagotable de información para cualquier investigador interesado en la historia de la isla Española en el primer siglo de la colonización.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

REFLEXIONES DE UN ESCÉPTICO

REFLEXIONES DE UN ESCÉPTICO

VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Reflexiones de un escéptico. Villafranca de los Barros, Rayego, 2014, 196 págs.

 

        Buenas noches: es un placer para mí estar de nuevo en este Instituto Meléndez Valdés, donde hace ya una década impartí docencia en dos cursos académicos. Guardo un recuerdo imborrable; era entonces el director Juan Viera y el secretario Fernando Merino. Dos verdaderos personajes que a su manera siempre sabían resolver cada uno de los conflictos que se presentaban. Por ello, es muy grato para mí regresar a este centro y nada menos que para presentar el último libro de mi admirado amigo Juan Pedro Viñuela.

        Durante estos años, especialmente en los tres o cuatro últimos, hemos mantenido el contacto, intercambiando nuestras publicaciones y manteniendo debates en las redes sociales. Debo reconocer que el pensamiento de Juan Pedro me ha influido en mí forma de hacer historia. Ambos hemos llegado a conclusiones similares desde formaciones académicas muy diferentes. Él se define a sí mismo como un escéptico esperanzado, es más dice en el libro que todo escéptico por definición aúna la duda racional con la esperanza emocional. Yo en cambio, me defino a mí mismo como un ultra pesimista aunque también esperanzado. Ultra pesimista porque conocer la historia en profundidad me ha llevado a ese extremo; Desde la II Guerra Mundial, el pesimismo domina entre la intelectualidad. Miro al pasado igual que ese ángel de la historia divisaba espantado la barbarie de los tiempos. Cualquiera que conozca bien la historia, ese camino sembrado de cadáveres, llega a una convicción ultra pesimista. Y esperanzado porque no queda otra, todo historiador sabe que la esperanza es lo que han tenido millones de desheredados, de infelices, de hambrientos, de vencidos a lo largo de los tiempos. Antes la esperanza era la otra vida en el cielo ahora es mucho más mundana: la tecnociencia. Sin esperanza solo queda el suicidio por eso yo creo –de acuerdo con Juan Pedro- que la esperanza es innata, un mecanismo de supervivencia generado por la especie humana. Me pega a mí que el escéptico esperanzado y el ultra-pesimista esperanzado están muy próximos en sus convicciones.

        El caso de Juan Pedro es muy peculiar porque es un intelectual puro, sin bandera, eso le reporta mucha independencia pero también mucho aislamiento, mucho vacío. Juan Pedro lucha en su obra y en su vida contra la mentira y la hipocresía, proceda de quien proceda. El problema es que lo mismo ataca al neoliberalismo, que a los totalitarismos fascistas y marxistas o a los partidos políticos en general o a los sindicatos, sin distinción. Tampoco se libra el pueblo en general, es decir, la clase media que somos la inmensa mayoría que estamos a su juicio alienados y somos autoculpables –dice él- por nuestra indiferencia, cobardía y pereza. En ese sentido enlaza con La Boétie cuando hablaba de la servidumbre humana voluntaria. Eso confiere a su obra un valor extra, pues está bien claro que no se debe a nadie, sino sólo a sus ideas, algo que no deja de ser una rareza en los tiempos que corren. Para él todo pensamiento se hace como crítica al poder e implica siempre disidencia. Su crítica no se dirige contra un partido político concreto ni contra una tendencia ideológica sino contra el poder, lo ostente quien lo ostente. Ese es el verdadero trabajo intelectual del filósofo como afirma el autor, lo que a veces lleva aparejado un pernicioso aislamiento intelectual. Esa honestidad es un arma de doble filo porque le resta apoyos.

Entrando en el libro, quiero decir dos cosas:

 

Primero, que es un producto genuino de Juan Pedro, sus temas de siempre, de actualidad, comentado con su ingenio y su sentido crítico. También comparecen sus escritores favoritos, tanto clásicos como Platón, Séneca o Marco Aurelio o contemporáneos como Emil Ciorán, La Boétie.

Y segundo, hay una acumulación de reflexiones a veces inconexas, sin un hilo conductor, lo cual tiene su ventaja: se puede leer el libro salteado, de adelante atrás o a la inversa. Está plagado de máximas y de reflexiones, la mayoría referentes a problemas actuales y de una gran profundidad intelectual.

        Los temas tratados son tantos y tan variados que sería imposible ni tan siquiera relacionarlos en estas pocas líneas. Por ello, me centraré en algunos de los que me han llamado más la atención.

        Una de los grandes temas del libro es el del relativismo cultural en el que el autor abunda en varias ocasiones. Existe la idea generalizada que las personas somos libres para decir y hacer lo que queramos. Pero esto no es más que un tremendo error: no todo tiene el mismo valor epistemológico. Hay actuaciones y opiniones no sólo equivocadas sino también peligrosas y, por tanto, como indica el autor, deben ser combatidas. Por otro lado si todo es relativo y todo puede ser verdad se elimina la crítica, acabando a su vez con la dialéctica y ésta a su vez con la democracia. Sin pensamiento, sin crítica y sin disidencia, dice Juan Pedro, no existe la democracia. Para conseguirla es inexcusable que la Iglesia retorne al terreno de lo privado y haga suyo el discurso de la teología de la liberación que defiende que fuera de los pobres no hay salvación.

        El relativismo enlaza con el otro gran tema del libro que es el fracaso de la democracia actual y la existencia de lo que él llama una partidocracia oligárquica. Por ello, a su juicio urge reclamar un proceso constituyente para recuperarla.

De gran interés son sus reiterados comentarios sobre el sistema educativo, la LOGSE y la LOMCE son objetos de su crítica porque, a su juicio, conducen a la pérdida de la virtud y la excelencia, sustituida por el concepto unitario de la mediocridad. Según el autor, educación para todos no significa devaluación de los contenidos como ha ocurrido lo que unido a la falta de autoridad del profesor provoca un verdadero caos educativo. Aunque su argumento es básicamente cierto, sostengo cierta discrepancia, pues, a mi juicio tanto la LOGSE como las leyes educativas posteriores, pese a que en algunos aspectos pueden ser mejoradas, supusieron un salto adelante en la democratización de la enseñanza. Todavía recuerdo el elitismo de los años setenta donde los más desfavorecidos tenían muy escasas posibilidades de acceder al sistema educativo. Actualmente, aunque muchos jóvenes lo desaprovechen, nos queda la tranquilidad de que todos, tengan el origen social que tengan, pueden acceder sin dificultad a una educación de más o menos calidad. Se trata de uno de los grandes sueños de algunos pensadores y políticos del primer tercio del siglo XX que se ha visto, por fin, cumplido.

Pese a tanta lacra, el profesor Viñuela cree que habrá un cambio forzoso por el propio agotamiento del planeta así como la inviabilidad del capitalismo y del liberalismo. Una profunda transformación que finalmente hará triunfar los viejos valores ilustrados, incluyendo el más olvidado de todos, la fraternidad. El autor defiende el cosmopolitismo frente al nacionalismo pues este último siempre lleva implícito la exclusión. Todas las personas somos iguales en dignidad y todos tenemos los mismos derechos sobre el planeta en el que vivimos. A fin de cuentas el hombre no es ningún protagonista destacado del universo sino un ser vivo más. El universo existía antes que nosotros apareciéramos y seguirá existiendo después de nuestra extinción que, antes o después, llegará.

 

En definitiva, estamos ante un libro pequeño en extensión pero grande en compromiso social. Muy de agradecer es la claridad con la que se expresan todas sus ideas que contribuyen a la concienciación de sus lectores y seguidores, entre los cuales me incluyo. El pensamiento neoliberal –la nueva religión dice Juan Pedro- tiene como una de sus principales premisas que no existe vida más allá del capitalismo y que el sistema actual es insustituible. Lo más cómodo es pensar que las alternativas para crear un mundo más justo son utópicas. Pero no es cierto, yo como historiador sé que el mundo ha vivido durante millones de años sin capitalismo y puede sobrevivir al mismo. Sin embargo, que nadie olvide una frase del escritor chileno nacionalizado francés, Alejandro Jodorowsky, con la que quiero acabar mi intervención:

 

"Absolutamente todo lo que hoy nos parece imposible,

algún día será posible".

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Presentación del libro en el salón de actos del I.E.S. Meléndez Valdés de Villafranca de los Barros, 26 de noviembre de 2014).

 

 

 

LAS CUATRO PARTES DEL MUNDO

LAS CUATRO PARTES DEL MUNDO

GRUZINSKI, Serge: Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización. México, Fondo de Cultura Económica, 2010, 480 págs., il.

 

        Acaba de caer en mis manos este ejemplar del historiador Serge Gruzinski, especializado en lo relacionado con el mestizaje moderno en su sentido más extenso. Ahora que tan de moda está el fenómeno de la globalización, este libro tiene un extraordinario interés pues aclara con cientos de pruebas el inicio de este fenómeno, a raíz de la expansión ibérica del siglo XVI. Que la globalización empezaba en la Edad Moderna era algo que ya sabíamos, o más bien sospechábamos, pero Serge Gruzinski aporta tal número de pruebas que queda demostrado definitivamente

El estudio arranca con el análisis del Diario de Domingo Chimalpahin, un indio chalca –señorío situado al sur del valle de México- que narró sucesos como el asesinato del rey Enrique IV de Francia. Este último era el segundo rey galo que moría en un intervalo de menos de dos décadas. Pero no era el único que se interesaba por la historia de Europa. Pintores japoneses también representaron al rey francés junto a otros príncipes del mundo. El propio Chimalpahin en su texto también se hace eco de diversas noticias ocurridas en Japón, como la tortura y muerte de seis franciscanos en aquellas remotas tierras del lejano oriente. A juicio de este indio el mundo de su tiempo se dividía en cuatro partes, a saber: Europa, Asia, África y el Nuevo Mundo con capital en Roma y un soberano universal como era el rey de España. Un mundo global con una única capital y con un único soberano.

        Todo esto lo que demuestra es que el mundo estaba ya globalizado a principios del siglo XVII, pues las noticias, los libros, los objetos artísticos, las ideas y las personas circulaban a escala planetaria. El propio Domingo Chimalpahin, aunque indígena, era por su formación un escritor mestizo. El hecho de que se interese lo mismo por la Francia de Enrique IV que por el Japón de los Tokugawa nos está indicando los vínculos de los cuatro continentes conocidos. Desde el siglo XVI miles de personas emigraron de Europa y África a las Indias Occidentales y Orientales, unos voluntariamente y otros de manera forzada, como mano de obra esclava. Además, varios miles de indígenas americanos llegaron a territorios europeos a lo largo de la Edad Moderna, creando incluso una oligarquía indígena y mestiza en la Península Ibérica. Hay un caso muy representativo como es el del cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo que realizó varias decenas de viajes entre España y América, como si de un turista del siglo XXI se tratase.

        También los libros circulaban por las Indias desde los primeros años de la colonización. Unas décadas después se sintió la necesidad de instalar imprentas en el Nuevo mundo, sobre todo por el deseo de producir in situ catecismos adaptados a las necesidades de la evangelización. En 1561 se instaló en México la primera imprenta del Nuevo Mundo, aunque el Perú, debió esperar aún cuatro décadas para que el piamontés Antonio Ricardo estableciera la suya.

        Las obras de arte circularon también por las cuatro partes del mundo. Las colecciones de los nobles europeos no tardaron en atesorar lo mismo idolillos indígenas que cuernos de rinoceronte, huevos de avestruz, colmillos de elefante o pinturas y joyas de muy diversas civilizaciones. Hubo escultores índígenas, en México y en Puebla de los Ángeles por ejemplo, que realizaron imágenes de crucificados y santos para iglesias, conventos y cofradías españolas en el mismo siglo XVI. Así, por ejemplo, en 1571, el sevillano Pedro Martínez de Quevedo encargó al indio Joaquín n retablo con treinta escenas de los misterios de la Pasión así como de varias figuras de santas. Talleres indígenas que poseían entre su clientela a nobles europeos. Los colegios conventuales y las primeras universidades indianas se encargaron de difundir el latín como lengua culta, occidentalizando todo el orbe. También el pensamiento culto, en su tradición aristotélica formó parte del proceso de mundialización ibérica.

        Algún dato de los que aporta me parece más que dudoso. Por ejemplo, dice que Gonzalo Fernández de Oviedo realizó más de medio centenar de viajes entre España y America -pág. 54-. Sin embargo, eso es impensable pues implicaría casi un viaje anual; solo algunos marinos y tripulaciones con mucha suerte pudieron superar tal número de viajes. Y digo suerte porque es difícil pensar que sobrevivieran a tantas travesías.

        Pese a ésta y otras imprecisiones, podemos concluir que estamos ante una obra excelente y bien escrita que demuestra que la globalización dio comienzo en el siglo XVI, íntima ligada a la formación del primer gran imperio de la Edad Moderna, el hispánico.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

PODER Y SOCIEDAD MORISCA EN EL ALTO VALLE DEL ALHAMA (LA RIOJA)

PODER Y SOCIEDAD MORISCA EN EL ALTO VALLE DEL ALHAMA (LA RIOJA)

MORENO RAMÍREZ DE ARELLANO, Miguel A.: Poder y sociedad morisca en el alto Valle del Alhama (1570-1614). Logroño. Instituto de Estudios Riojanos, 2009, 320 págs.

 

        Magnífico y documentado trabajo sobre el fenómeno morisco en el alto Valle del Alhama (La Rioja), antes durante y después de la expulsión, es decir, entre 1570 y 1614. Le precede un interesante prólogo del profesor Pedro Andrés Porras Arboledas, en el que afirma con argumentos sólidos que el cadalso morisco no fue una expulsión sino una expatriación. Se envió al cadalso a decenas de miles de personas que vivían en la Península Ibérica desde tiempo inmemorial y que en su mayor parte se sentían cristianos y españoles.

En el Valle del Alhama se dieron una serie de particularidades, empezando por la casi perfecta integración y asimilación de los neófitos, que estaban muy mezclados por vía matrimonial. A diferencia de lo que ocurría en otras zonas como Valencia o Granada, en las dos Castillas, la mayor parte de los moriscos estaban radicados allí de antiguo –no llegados tras la rebelión de las Alpujarras-, eran cristianos sinceros y estaban en un estado muy avanzado de aculturación. Habían olvidado la escritura islámica –algarabía-, usaban apellidos y nombres cristianos, y salvo excepciones, vestían y comían como castellanos.

Asimismo, como demuestra el autor, estos cristianos nuevos se alejaban bastante del prototipo de población marginada que se les atribuye en otras zonas de España, donde desempeñaban oficios propios de las capas más bajas de la sociedad, como arrieros, campesinos, braceros, artesanos, etc. En cambio, en esta comarca “su nivel de vida era equiparable al de sus convecinos cristianos viejos, y en la práctica totalidad eran propietarios, algunos de considerables haciendas”. Es decir, en el Valle del Alhama casi todos eran pequeños, medianos o grandes propietarios, lo cual además queda demostrado en el apéndice IV en el que se relaciona un listado interminable de propiedades que dejaron tras su expulsión.

Dada su casi perfecta integración en esta zona riojana, se palpa mejor que en otros sitios el drama humano que sufrieron antes y sobre todo después de la expulsión. El sinsentido de la extirpación quirúrgica de una parte de la población que no había cometido más delito que ser descendientes de antiguos conversos. Concejos, párrocos y vecinos salieron en defensa de sus vecinos y amigos, amenazados por la sinrazón del Estado. Es muy elocuente la escritura de poder que formalizó el concejo de Aguilar el 6 de diciembre de 1609 para tratar de evitar la posible expulsión de los neófitos del pueblo. La carta no tiene desperdicio por lo que me permito reproducirla parcialmente:

 

“La mayor parte de los vecinos de esta villa son descendientes de nuevamente convertidos de los muy antiguos y tan buenos cristianos que como tales siempre y de ordinario han recibido y reciben el Santísimo Sacramento y juntamente con los cristianos viejos han sido en fundar cofradías… Y han sido y son cofrades y alcaldes-mayordomos y priostes de ellas y elegidos y nombrados por alcaldes ordinarios, regidores, procuradores y otros oficios del concejo sin distinción como los cristianos viejos y muchos de estos por vía de matrimonio están mezclados con cristianos viejos y demás de estos han sido y son tan fieles y leales vasallos del rey…”

 

Está claro a juzgar por éste y otros testimonios que eran unos españoles más, que estaban totalmente integrados y que por el simple hecho de tener la sangre manchada se les señaló con el dedo, se les persiguió, se les sancionó y en muchos casos se les expulsó.

¿De quién o de quiénes partió la idea de la expulsión y por qué motivos? Pese a lo que pueda parecer yo creo que es una cuestión que sigue sin estar clara. Con respecto a quién, la Iglesia por lo general los protegió –tanto los párrocos como los altos prelados- al tiempo que Papa Paulo V nunca sancionó ni respaldó moralmente dicha expatriación. Las autoridades locales por lo general los protegieron, mientras que el Consejo mantuvo primero una actitud dubitativa y, finalmente, cambió de opinión para situarse a favor de la exclusión. Sin embargo, hasta el propio Duque de Lerma mantuvo escrúpulos de conciencia por lo que suponía enviar al cadalso a varios cientos de miles de cristianos, aunque fuesen solo neófitos, engordando la población de la civilización islámica a la que consideraban enemiga. Por tanto, creo que la primera respuesta es contundente, se trató de una decisión de una minoría intransigente, radical e irracional, situada en el entorno de Felipe III. Con respecto a los motivos tampoco está claro; tradicionalmente se afirmó que fue la consecuencia del fracaso de la asimilación y el miedo a que se convirtieran en la quinta columna islámica que colaborase desde dentro a una reconquista de berberiscos y turcos. Es posible que a la Corona también le movieran objetivos económicos cortoplacistas, pues le debió parecer una buena oportunidad de conseguir dinero fácil y rápido a través de la confiscación de los bienes dejados por los neófitos. Sin embargo, no hay que olvidar que tras la consumación del genocidio, decenas de arbitristas se dedicaron a construir una explicación que justificase tan dramática decisión. Todo gobierno, todo estado, ha tratado siempre de justificar éticamente sus actuaciones. Consumada la expulsión muy pocos se atrevieron a criticar ya el decreto. Al tiempo que la maquinaria oficial elaboró una coartada oficial. A mi juicio fue una decisión absurda, basada en conjeturas y auspiciada por una minoría cristiana intransigente.

Con respecto a la cuestión de la permanencia el autor ofrece interesantísimos datos. Primero, detecta en la mayor parte de los pueblos del alto Valle del Alhama un aumento considerable de los matrimonios mixtos de moriscas con cristianos viejos, mientras que otros consiguieron licencias para quedarse, lo que en la época llamó el propio conde de Salazar “bulas de buenos cristianos”. Otros muchos permanecieron por encontrarse enfermos o como ocurrió en Aguilar, por no tener descendencia y comprometerse por escrito a legar su patrimonio, tras sus respectivos fallecimientos, a la Real Hacienda. Y segundo, consigue aislar numerosos casos de conversos que regresaron a los tres o cuatro años, reintegrándose en sus pueblos sin demasiados problemas. Algunos incluso, reclamaron y consiguieron la restitución de los bienes que perdieron tras la expulsión. Ahora bien, pese a los numerosos casos que documenta el autor concluye que la permanencia fue solo residual. Pero yo creo que esa conclusión está condicionada por el peso excesivo de la historiografía tradicional que sostuvo siempre tal circunstancia. No da la impresión, por los numerosos casos que aísla perfectamente el autor, que fuera solo residual. Muchos eludieron la expulsión, en algunos casos por estar incrustados en la sociedad cristiana por vía matrimonial, otros consiguieron licencias y un pequeño grupo regresó, en ocasiones sin problemas para reintegrarse. A mi juicio, la permanencia en el alto Valle del Alhama, obviamente no fue ni pudo ser masiva pero afecto a un porcentaje razonablemente alto de antiguos moriscos muchos de ellos tan mezclados con los cristianos viejos que pasaron desapercibidos.

Para finalizar diré que al trabajo de Miguel A. Moreno Ramírez de Arellano no se le puede hacer ni una sola crítica. Se trata de un estudio serio, profundo, y sobre todo excelentemente documentado con fuentes primarias de muy diversos archivos locales, provinciales y nacionales y con una bibliografía actualizada y muy completa. Un paso más en el largo proceso de reconstrucción de la historia de los moriscos españoles en el que muchos estamos embarcados desde hace años.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS