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Libros de Historia

ESPAÑOLAS DEL NUEVO MUNDO

ESPAÑOLAS DEL NUEVO MUNDO

GÓMEZ-LUCENA, Eloísa: Españolas del Nuevo Mundo. Ensayos biográficos, siglos XVI-XVII. Madrid, Cátedras, 2013, 462 págs.

 

        Se compendian en este libro 38 biografías -18 extensas y 20 breves- de otras tantas mujeres que hicieron las Américas en los dos primeros siglos de la colonización. Entre ellas hay un poco de todo, desde conquistadoras a gobernadoras, pasando por simples doncellas, costureras y hasta una prostituta, María de Ledesma. Maneja la autora una amplia bibliografía por lo que algunas de sus protagonistas están excelentemente documentadas. Se trata de un ensayo que sintetiza magníficamente lo que sabemos pero huelga decir que no es una obra de investigación por lo que no hay aportes significativos sobre esas biografiadas. De hecho, hay personajes como Ana de Ayala o doña Juana de Arellano y Zúñiga, esposas de Francisco de Orellana y Hernán Cortés respectivamente, de las que sabemos muy poco y que todavía esperan la mano de algún investigador que complete sus respectivas biografías.

        Tiene razón la autora cuando afirma que los cronistas de Indias narraron fundamentalmente las hazañas de los varones, omitiendo el de aquellas féminas que también estuvieron allí, en muchas ocasiones luchando codo a codo con ellos. En este sentido, reprocha a Bernal Díaz del Castillo que relacione uno a uno los équidos que llevaba Cortés y omitiera el nombre de las mujeres que iban en la hueste. Sin embargo, se trata de un comportamiento discriminatorio que estaba generalizado en la época y, ello sin contar que era más importante para la conquista un caballo que cualquier miembro de la hueste, hombre o mujer.

        La selección de biografías siempre es discutible sobre todo porque con las descartadas se podría escribir un segundo y hasta un tercer volumen. Sin embargo, sorprende que incluya algunas mujeres irrelevantes, no por su oficio sino porque murieron en la travesía sin pisar tierras americanas, como Francisca de la Cueva, y en cambio excluya a personas de tronío como las dos Isabel de Bobadilla, madre e hija. La madre era la esposa de Pedrarias Dávila, una mujer temperamental que quiso acompañar a su marido a Castilla del Oro mientras que la hija fue la mujer de Hernando de Soto, quien quedó como gobernadora interina en Cuba, cuando éste marchó a la Florida. También se nota la ausencia de doña Guiomar de Guzmán, recia encomendera con ansias de poder, que tuvo una gran significación en la Cuba de los primeros años, desposándose con el contador Pedro de Paz, y en segundas nupcias con el gobernador de la isla Gonzalo de Guzmán. Tampoco comparece la trujillana Inés Muñoz, la valiente esposa de Francisco Martín de Alcántara que tuvo agallas para enfrentarse a los almagristas, acusándolos de asesinos, al tiempo que salvaba la vida de los hijos del marqués, escondiéndolos en el convento de la Merced. Y por citar un último ejemplo, doña Isabel Rodríguez de Romera y Tamariz fue otra mujer singular, esposa del sevillano Rodrigo de Bastidas, y cuyos restos reposan en la catedral de Santo Domingo, bajo una losa con la siguiente inscripción: “Aquí yace la virtuosa cristiana y religiosa señora doña Isabel Rodríguez de Romera, natural de la insigne villa de Carmona, mujer que fue del Adelantado don Rodrigo de Bastidas y madre del Reverendo obispo de San Juan, don Rodrigo de Bastidas. Falleció año de 1553 a 15 de septiembre. Requiescat in Pace”.

         Dado que sería imposible reseñar una a una las 38 biografías que incluye la autora, nos limitaremos a glosar algunas de ellas para que el lector se pueda hacer una idea del contenido y del alcance de esta excelente obra. Sin duda una de las mujeres con más linaje que pisaron el continente americano fue la virreina de las Indias María Álvarez de Toledo, esposa de Diego Colón y por tanto nuera del Primer Almirante. Por cierto, llama la atención que reconstruya la vida de su esposo en base a un “Diccionario de Historia de España” en vez de usar la clásica obra de Luis Arranz Márquez –Don Diego Colón, T. I. Madrid, 1982-. Ella acompañó a su marido en la flota de 1509, llegando a Santo Domingo con un cortejo de damas que causaron verdadera sensación en la isla, instalándose desde 1514 en el bello alcázar gótico mudéjar que ellos mismos se mandaron construir. En 1526, tras la muerte de su esposo, se encargó de luchar por los derechos de sus hijos en los conocidos “Pleitos Colombinos”. En 1544 se reembarcó rumbo a la Española con un equipaje muy singular, los restos mortales de su marido y de su suegro que los llevaba a sepultar en la catedral de Santo Domingo, donde unos años después también se inhumó ella.

No menos apasionante es la vida de Ana de Ayala, esposa de Francisco de Orellana, el descubridor del Amazonas. Viajó junto a su esposo en la segunda expedición descubridora, zarpando de Sevilla en febrero de 1545 con la intención de remontar el Amazonas y poblar río arriba. A primeros de noviembre de 1546 falleció Francisco de Orellana víctima de una enfermedad, en medio de la selva ecuatorial, cuando sólo tenía 35 años. Entre los pocos supervivientes se contó su esposa Ana de Ayala que consiguió llegar, junto a un puñado de hombres, a la isla Margarita. Apenas hay datos para reconstruir su vida desde 1545, pese a que sobrevivió a su esposo más de un cuarto de siglo.

Muy interesante es también la biografía de la metellinense doña Mencía Calderón, Adelantada del Río de la Plata. Su marido había obtenido en 1547 licencia para descubrir y poblar el Río de la Plata. Pero, por desgracia falleció inesperadamente en Sevilla a primeros de marzo de 1549, justo antes de zarpar la expedición. En ese momento entró en acción su esposa, realizando unas eficaces y rápidas gestiones para lograr que su hijo Diego de Sanabria figurase como nuevo titular de la capitulación firmada por su marido. Ella zarpó, con sus hijas, hacia el Río de la Plata en 1550 al frente de tres barcos capitaneados por Hernando de Trejo, mientras su hijo se quedaba solucionando algunos asuntos en el Consejo de Indias. La travesía resultó ser muy accidentada; primero los vientos desplazaron la flota hasta las costa de África, donde fueron asaltados y robados por corsarios berberiscos, luego consiguieron arribar al puerto de Santa Catalina en Brasil. Desde allí pidieron socorros pero, como no llegaron, decidieron ir a pie a la ciudad de Asunción. Doña Mencía Calderón consiguió finalmente su objetivo, llegando al Río de la Plata y convirtiéndose en muy poco tiempo en una de las personas más influyentes del lugar.

         El relato de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, era de obligada inclusión en esta obra y así lo hizo su autora que le dedica veintidós jugosas páginas. Como afirma Gómez-Lucena se trataba de un varón aprisionado en el cuerpo de una mujer por lo que se travistió de hombre, paseándose por toda América y viviendo infinidad de aventuras y peripecias. Son llamativas tanto su facilidad para hacerse pasar por un hombre como la comprensión por parte de algunas autoridades, en aquellas ocasiones en que fue descubierto su secreto. Y digo esto porque la sociedad de la época no se caracterizaba precisamente por la tolerancia, sobre todo en temas relacionados con la sexualidad.

         Comparecen varias de las mujeres que estuvieron presentes en la hueste cortesiana. Sin duda, la más destacada fue la soldado María de Estrada que tomó parte en los principales lances de la conquista de la confederación mexica. Por cierto, como mera anécdota, la autora niega que los mexicas practicasen el canibalismo ritual con sus prisioneros y, siguiendo a Motolinía, afirma que solo se comían el corazón los sacerdotes. Sin embargo, existen innumerables pruebas que demuestran lo contrario, pues a falta de grandes animales mamíferos, sus santuarios parecían mugrientas carnicerías donde los prisioneros eran descuartizados para el consumo. Los textos del antropólogo estadounidense Marvin Harris son muy explícitos en este sentido. Beatriz González, la propia María de Estrada, Isabel Rodríguez y Beatriz Bermúdez de Velasco hicieron de improvisadas enfermeras de los heridos, ante la falta de personal sanitario especializado.

         Muy completas y acertadas son las biografías de las damas Catalina Juárez –o Suárez- y Juana de Arellano y Zúñiga, las dos esposas que tuvo Hernán Cortés. La primera falleció en 1522 en extrañas circunstancias, sin haber llegado a tener descendencia, desposándose en segundas nupcias siete años después con doña Juana de Arellano y Zúñiga. Esta última era hija de Carlos Ramírez de Arellano, segundo Conde de Aguilar de Inestrillas y de doña Juana de Zúñiga. Era una muchacha joven, capaz de darle los hijos que el metellinense quería, de alta alcurnia y virtuosa. Regresó a España en los años sesenta y mantuvo un largo pleito con su hijo primogénito. Apenas tenemos referencias sobre su vida en Sevilla hasta su fallecimiento en 1578.

        Entre las biografías menores, destaca la de María de Escobar, mujer que fue de Martín Estete primero y después del trujillano Francisco de Chaves. Según Garcilaso de la Vega fue la primera persona que cultivó trigo en Perú, aunque bien es cierto que el padre Cobo atribuye tal logro a Inés Muñoz, la cuñada del gobernador.

        Por lo demás, se detectan algunos errores conceptuales, como confundir los Libros de Armada con los Registros de Pasajeros de la Casa de la Contratación –pág. 65- que son dos fuentes diferentes como sabe toda persona habituada a investigar en el Archivo de Indias. Asimismo, unifica las dos fases de las guerras civiles peruanas lo que le lleva a decir erróneamente que Diego de Almagro pertenecía al bando realista leal al rey mientras que Francisco Pizarro y su hermano Gonzalo, deseaban crear su propio reino independiente de la corona de los Habsburgo –págs. 46 y 47-. Tampoco usa correctamente algunos términos como navegación en “conserva” o la encomienda indiana.

        A modo de conclusión, hemos de decir que pese a estas puntualizaciones, estamos ante una obra valiosa, inteligente y bien documentada. Un libro recomendable lo mismo para cualquier lector no especializado que para el investigador que encontrará un estado de la cuestión a partir del cual seguir construyendo la historia de estas mujeres.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

QUETZATCOÁTL. LA ESPIGA DE FUEGO

QUETZATCOÁTL. LA ESPIGA DE FUEGO

 

        Último libro de la trilogía que el periodista y escritor Luis Amado ha dedicado a la conquista de América. En su línea divulgativa habitual, analiza distintos aspectos del hundimiento de la confederación mexica y de la incaica. Como bien dice el autor, se trataba de estados legítimos, tan civilizados o incivilizados como los propios países europeos.

La figura de Quetzalcóatl, ocupa un lugar principal en la trama argumental, el dios civilizador azteca, la serpiente emplumada que, según la leyenda, retornaría al valle de México para establecer una nueva era. Esas profecías atenazaron a Moctezuma II que interpretó que Hernán Cortés era la encarnación del dios que retornaba a su reino. Esta errónea interpretación fue una de las causas del rápido hundimiento de la confederación mexica. También se trata extensamente la figura de doña Marina, la Malinche, una mujer objeto de duras críticas por la traición al pueblo indígena. Su apoyo fue decisivo en la consumación de la Conquista, no sólo por ser su traductora personal sino porque era siempre la primera en enterarse de las conspiraciones. Precisamente por ello algunos historiadores, indianistas e indigenistas, la acusan de traicionar a su pueblo, opinión muy extendida en el México actual. Para muchos, es una mujer maldita, una de las principales responsables de la caída de la confederación. Me atrevo a decir que se ha encontrado un chivo expiatorio que, como en tantos casos, suele ser la persona más débil. Igual que se acusa a los propios indios de haber matado a Moctezuma, hecho no del todo probado, se señala a una nativa de ser una de las causantes del desastre de la Conquista. Pero huelga decir que no se le puede culpar de haber traicionado al pueblo mexicano porque éste no existía como tal, pero ni tan siquiera al pueblo indio porque nunca tuvieron conciencia de unidad –y esa fue precisamente su perdición-. Tampoco le debía nada a la confederación mexica, pues su misma madre la había vendido en Tabasco –Yucatán-. El único error que cometió fue enamorarse de un hombre que no le correspondió en la misma medida en que recibió. De hecho, posteriormente la regaló a su amigo y paisano Hernández de Portocarrero. Pero, tras enviarlo a España, la volvió a tomar, procreando con ella. Un mero espejismo porque no tardó en despreciarla de nuevo, entregándola a su amigo, el barcarroteño Juan Jaramillo.

Finaliza el libro con una sugerente crítica a la Conquista, en la que el autor insiste en la necesidad de restitución del inenarrable daño causado durante el proceso. Y es que, tradicionalmente la historiografía hispanista ha defendido ardorosamente los grandes aportes de España a Iberoamérica: una lengua común, una cultura, una religión superior, el fin de prácticas indígenas como el canibalismo, la poligamia o los sacrificios rituales. Todo eso está muy bien, pero ¿a qué precio se impuso todo eso?, ¿realmente mejoró a corto o medio plazo la vida de esos indios? Claro está que no. Como bien refleja el autor en este libro, al margen de los cientos de miles de amerindios que murieron por enfermedades, hambres y malos tratos, los que sobrevivieron tuvieron que afrontar unas condiciones laborales penosas. Los hispanos usaron palabras eufemísticas para designar a la esclavitud –encomienda- o a las razias –armadas de rescate-, tratando de disimular los atropellos cometidos.

Muy curiosa es la inclusión en un capítulo –el 21- titulado Juicio de Residencia y digo que es curioso, porque el juez es el propio autor que, sin pesquisa secreta, presenta los principales cargos contra conquistadores como Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, y los hermanos Pizarro. El fallo no deja de ser ocurrente: condeno a todos y cada uno de los aquí imputados a la condenación en los infiernos, por ésta mi sentencia que de suso va incorporada…

Esto y mucho más puede encontrar el lector entre las páginas de este libro, entretenido, curioso, documentado y bien razonado desde el punto de vista ideológico. Cinco siglos después de la Conquista ya es hora de redimir y hacer justicia con la América Prehispánica, desaparecida entre el olor a pólvora de las humeantes bombardas. Ese es el empeño que anima los textos de Luis Amado.

En cuanto a las críticas, son pocas pero no quiero dejar de reseñarlas: por un lado, las láminas son de una calidad ínfima y no aportan nada al relato por lo que debió haberlas omitido. Y por el otro, como de costumbre en los textos de Luis Amado, se aprecia un cierto desorden en la secuencia de los hechos, yo creo que muy acorde con la personalidad de su autor, que escribe en base a impulsos más que a una planificación serena. Bien es cierto, que esta anarquía en la línea argumental, le proporciona a su obra un notable dinamismo que impiden que el aburrimiento del lector.

Enhorabuena, pues, a su autor por esta nueva entrega y por culminar el proyecto que empezara hace algún tiempo con la publicación del primer tomo de la trilogía. Y dicho sea de paso, está en fase avanzada la grabación de un documental, La estrategia del ajedrez, cuyo guión se basa en los textos de esta trilogía.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

POR LA RELIGIÓN Y LA PATRIA

POR LA RELIGIÓN Y LA PATRIA

ESPINOSA MAESTRE, Francisco y GARCÍA MÁRQUEZ, José María: Por la religión y la patria. La Iglesia y el golpe militar de julio de 1936. Barcelona, Crítica, 2014, 214 págs.

 

        Último libro del historiador Francisco Espinosa, en esta ocasión realizado en colaboración con el investigador José María García, ambos con una larga trayectoria en la temática de la guerra y de la postguerra. La obra en cuestión expone sintéticamente y con una redacción fluida, los argumentos que ligan a la Iglesia con la sublevación militar de 1936 y también como colaborador necesario y consustancial en el proceso depurador posterior. Era algo que ya sabíamos, aunque sus autores consiguen aislar decenas de ejemplos que demuestran de manera incontestable sus tesis. Y digo que ya lo sabíamos porque la II República pretendía conseguir una sociedad plenamente democrática para lo cual estimaba que era necesario el laicismo. Y éste a su vez implicaba necesariamente la aconfesionalidad del Estado y la relegación de lo religioso al ámbito de lo privado. La República entendía que la influencia de la Iglesia, sobre todo en el ámbito de la educación, era un obstáculo insalvable para el progreso social. En coherencia con tal pensamiento dictó leyes anticlericales, sacando a la institución de las escuelas y creando cientos de centros educativos públicos. Asimismo, aprobó la ley del divorcio, los matrimonios civiles y el sufragio universal femenino. Es obvio, que a los católicos radicales y a los monárquicos estas ideas les parecieron del todo inaceptables, vinculándose desde el primer momento a los opositores al régimen. Y ello porque no estaban dispuestos a perder de un plumazo los privilegios consolidados durante siglos.

Es importante señalar que las primeras iniciativas reaccionarias se produjeron en el mismo año de 1931, catalizándose al año siguiente en el fracasado golpe del general Sanjurjo. Y aquí los autores insertan una reflexión que no por obvia deja de ser relevante: frente a lo que se ha repetido hasta la saciedad, la oposición frontal y hasta militar a la república es anterior a la quema de conventos, a la revolución de 1934, en la que ardieron medio centenar de conventos y fueron asesinados algo más de treinta religiosos y, obviamente, al asesinato de Calvo Sotelo. Lo cierto es que como bien escriben los autores, la Iglesia tardó muy poco tiempo en pasar de sentirse víctima de la República a verdugo de los republicanos.

        El clero proporcionó la necesaria cobertura ética al golpe, calificándolo de cruzada cristiana. La guerra no enfrentaba a golpistas y a republicanos sino a buenos y a malos, los primeros encarnación de la providencia divina y los segundos marxistas, inspirados por el mismísimo diablo. La Virgen, el Sagrado Corazón de Jesús y el resto de la corte celestial, cómo no, eran monárquicos y, por tanto, estaban con los nacionales. Lo mismo el alzamiento que la guerra y la represión posterior estuvieron bendecidos por el altar y por Dios. Por ello, la mayoría no veía contradicción entre sus convicciones cristianas y la matanza de miles de personas, cuyo único delito había sido ser republicanos y/o de izquierdas. Nada tiene de extraño que muchos prelados hablasen de asesinados para referirse a los derechistas represaliados y de fusilados cuando aludían a los caídos de izquierda. Y esto no solo ocurrió al más alto nivel de prelaturas sino en cada parroquia, en cada púlpito, en los que se predisponía a los católicos a la beligerancia con la democracia republicana. Es ocioso repetir aquí los testimonios de autoridades religiosas que hablan en este sentido, pues se cuentan por centenares. Citaremos solo algunos muy representativos, como las palabras del obispo de Vitoria, Monseñor Mateo Múgica, quien afirmó que la peor de las monarquías era siempre preferible a la mejor de las repúblicas. No menos flagrante fue la actitud del prelado de Teruel, Anselmo Polanco, que al ver desde su balcón el desfile del Tercio Sanjurjo, con orejas, narices y otros miembros pinchados en las bayonetas de los soldados se limitó a comentar que se trataba de los excesos naturales de toda guerra. Un comentario del todo inapropiado para una persona que en teoría era un siervo de Dios. Asimismo, el párroco de la iglesia de San Martín de Salamanca, desde el púlpito, dijo a sus feligreses: ¿Sabéis quien mató a Jesucristo…, quién lo crucificó? Los rojos de entonces. Como ya hemos dicho, esta era la idea: los republicanos eran los malos, los judíos, mientras que los nacionales eran los elegidos por Dios para llevar adelante la cruzada cristiana.

En general, cientos de párrocos participaron activa o pasivamente en la guerra, junto al bando Nacional, como el cura de Zafra Juan Galán, el jesuita Bernabé Copado, Eugenio López, párroco de Encinasola, José Martín Domínguez, cura en Barcarrota, etcétera. Y después de la contienda, no les tembló el pulso a la hora de testificar en contra de miles de personas a lo largo y ancho de la geografía española. Y para facilitar la depuración no dudaron en inventar testimonios falsos cuando lo creyeron oportuno. Eso también lo sabíamos, lo novedoso de este libro es que demuestra con innumerables ejemplos, que esa perversa actitud no fue excepcional sino la norma. Eso sí, la mayoría de ellos se preocupaba de que a los condenados se les administrase la Extremaunción e, incluso, si no estaban desposados por la iglesia, los exhortaban a casarse instantes antes de su asesinato. Sus cuerpos se perdían pero salvaban sus almas, esta era la obsesión de estos infames, que incluso permitieron la ejecución de embarazadas.

        Es bien conocido el asesinato de unos seis mil curas a manos de los republicanos, y lo sabemos porque la Iglesia se ha encargado de investigar en sus propios archivos y de pregonar sus pérdidas. Sin embargo, al tiempo que usan libremente sus archivos en su beneficio impiden el acceso de otros investigadores a ellos que puedan esclarecer muchas de las verdades que esconden. Entre ellas, a los curas que fueron represaliados por los nacionales por no comulgar con sus ideas o simplemente por proteger a sus feligreses. Es conocido el asesinato de dieciséis curas vascos por su ideología nacionalista, pero existen algunos casos más hasta ahora no reconocidos, como el del cura de Caseda (Navarra) Eladio Celaya, o del párroco de Pereña de la Ribera (Salamanca), Leopoldo Vicente Urraza. Los autores consiguen identificar y aislar numerosos ejemplos aunque hay que decir que nunca fue un fenómeno generalizado porque, como ya hemos dicho, la mayor parte del clero se posicionó con los golpistas. Los que fueron asesinados a manos de los propios fascistas, la Iglesia no los consideran mártires porque, según dicen todavía en la actualidad, no murieron defendiendo su fe sino sus ideas nacionalistas o republicanas.

Los autores dedican un capítulo entero a la depuración de maestros lo cual era vital para la construcción del nuevo orden. Todos aquellos que habían mostrado su simpatía por la República o simplemente no habían apoyado el golpe, fueron apartados de sus puestos en el mejor de los casos o asesinados en el peor. Solo en la provincia de Sevilla ejecutaron a unos sesenta de ellos. Uno de los casos más flagrantes fue el de la joven maestra de Villafranca de los Barros, Catalina Rivera Recio. La pasividad del párroco de la villa, Tomás Carretero, contribuyó a ello con sus informes tibios. Consumada la ejecución, el citado clérigo se limitó a decir miserablemente: ha sido fusilada por marxista.

        Y para finalizar los autores aluden al tema recurrente del cura bueno, es decir, de aquellos religiosos que según la tradición oral se opusieron con todas sus fuerzas a las ejecuciones del bando Nacional. Es cierto que hubo religiosos que se mantuvieron al margen del golpe, e incluso algunos lucharon en las filas del bando republicano. Sin embargo, en algunos casos los relatos de estos curas buenos, están a medio camino entre la realidad y la ficción. Y para sostener esta afirmación se basan en el ejemplo del cura de Mérida, César Lozano, que en el último momento impidió la ejecución de diez trabajadores del ferrocarril. Pues bien, la literatura posterior exageró sus actos, hablando de su continua oposición a las matanzas, sin embargo, los autores solo han conseguido documentar esta actitud en una ocasión. Nada parecido a lo que Oscar Schindler hizo en el III Reich, salvando a miles de judíos. De Ahí que maticen cuando dicen que en realidad fue un cura bueno pero por un solo día. Más admiración merece fray Gurmesindo de Estrella que estuvo asistiendo a los presos que iban a ser fusilados en la cárcel de Torrero entre 1936 y 1942. Su detallado diario muestra el terror impuesto por los vencedores y el horror y la impotencia que sentía el pobre capuchino. Su diario constituye, como indican los autores, un testimonio del infierno fascista, realizado desde el interior de la máquina de matar franquista.

        A mi juicio este libro constituye un paso más en el conocimiento de la verdad sobre la guerra y la postguerra, un trabajo con el que están comprometidos los autores desde hace bastantes lustros. Para ser totalmente sincero, su lectura me ha resultado descorazonadora; la miseria del ser humano no tiene límites, como demuestran las actitudes de estos prelados ansiosos de vengar a sangre y fuego agravios pasados. Me hubiese gustado que la historia fuese otra, pero fue la que fue. Y en este compromiso con la historia y con la verdad me siento identificado con los autores.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

BIBLIOGRAFÍA DE LA HISTORIA DOMINICANA

BIBLIOGRAFÍA DE LA HISTORIA DOMINICANA

MOYA PONS, Frank: Bibliografía de la Historia Dominicana, 1730-2010. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013, 3 vols. (I: 893 págs.; II: 850 págs.; III: 833 págs.).

 

        Se trata de un exhaustivo repertorio de la bibliografía dominicana desde 1730 al 2010, es decir, un recorrido por prácticamente toda la historiografía del país. Como indica el autor en la introducción, se trata de un trabajo de toda una vida, pues comenzó a recopilar las primeras fichas en 1962, coincidiendo con el inicio de sus estudios universitarios, junto al maestro de maestros Vetilio Alfau Durán. Seis años después publicó un avance de sus estudios sobre la temática en la prestigiosa revista Latin American Research Review. Con el paso de los años, al tiempo que visitaba bibliotecas europeas, latinoamericanas y estadounidenses, fue ampliando el número de entradas. El acceso a las tecnologías de la información, desde las dos últimas décadas del siglo XX, le ha permitido completar un catálogo que aspira a ser exhaustivo. El repertorio publicado por la Academia Dominicana, siendo precisamente su presidente el propio Frank Moya, cuenta con poco más de 12.000 obras, entre artículos, ponencias y libros. Solo se han excluido de la relación los artículos de periódico y las reseñas de obras, pues a juicio del autor, este listado ya estaba cubierto por los regestos periódicos que el Dr. Emilio Cordero publica en la revista Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia.

El trabajo se presenta en tres extensos volúmenes: en el primero, secuencia la serie de manera periódica y temática, en el segundo, adopta un orden cronológico, y, finalmente, en el tercero, se ordenan alfabéticamente, encabezando por el primer apellido de cada autor o, en su defecto, por la institución patrocinadora.

        Estamos, ante una obra fundamental para aquellos investigadores que, como yo, nos interesamos en la historia dominicana.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LOS CARNICEROS DE LA GLORIA

LOS CARNICEROS DE LA GLORIA

AMADO, Luis: Los carniceros de la gloria. Sevilla, Editorial Punto Rojo, 2013, 254 págs.

 

        Segunda entrega de la trilogía que el periodista, escritor y pintor está dedicando a la conquista de América, correspondiente en este caso a los hermanos Pizarro y a la conquista del Perú.

        Nuevamente hemos de hablar de una obra divulgativa, donde se traza el hilo conductor de la conquista desde una perspectiva crítica. Palabras como invasión, destrucción, desolación, carnicería, genocidio, barbarie, crimen planificado, torturas, sangre o ambición están presentes a lo largo y ancho de todo el relato. En ese sentido, el autor se aleja bastante de esas historietas rosas de héroes que han arruinado el interés por la literatura sobre la conquista. No se trata de una historia al uso de las que desgraciadamente estamos acostumbrados a leer.

        Tras analizar pausadamente sus páginas, uno termina interiorizando el drama de la conquista, que el autor, en un tono agrio pero certero, califica de verdadera pocilga vestida con ríos de sangre. Esa es la esencia crítica que nos une a Luis Amado y a mí, aunque nuestros lectores sean muy diferentes. Yo trato de documentar aquel drama sangriento que vivieron millones de naturales, y él trata de divulgarlo. Tratándose de un ensayo histórico-literario el autor no tiene la necesidad de documentar necesariamente cada una de las ideas o de los datos que expone. Ello le da un juego formidable que le permite, llegado el caso, reflejar diálogos que acaso nunca ocurrieron. Por ejemplo, habla de un encuentro en el monasterio de La Rábida entre Hernán Cortés y su tío Francisco Pizarro, reflejando un diálogo entre ellos en el que el primero le desveló al segundo la clave para conquistar su imperio: coger al que manda. Por cierto, que esta misma idea es la base del documental, basado precisamente en el guión de Luis Amado y titulado La estrategia del ajedrez que se estrenará próximamente. Es posible que ambos se encontrasen, aunque yo creo que no en La Rábida sino en Sevilla, en enero de 1530, cuando ambos trataban de reembarcarse para Nueva España y Nueva Castilla respectivamente. Asimismo, considero que es probable que mantuviesen una conversación y también que hablasen de la forma en la que el primero había conquistado a los aztecas. Es decir, el encuentro y el diálogo es un recurso imaginativo del autor porque no está documentado pero que entra dentro de lo posible; no sabemos que sucediera pero pudo suceder. Pero, insisto, esa es la libertad y quizás la ventaja que tiene el escritor sobre el historiador.

        Por lo demás, el autor se sitúa dentro de la corriente crítica que encabezó en su día el dominico fray Bartolomé de Las Casas. Tanto admira al afamado protector de los indios que reproduce en Apéndice documental ¡íntegramente! La Brevísima Historia de la Destrucción de las Indias. Una obra esencial en la literatura de la conquista, a la que el lector que lo desee puede acceder sin necesidad de cambiar de libro. La lectura de los textos de Luis Amado y Bartolomé de Las Casas, el crítico del siglo XXI y el del XVI frente a frente, permiten hacernos una idea de lo que significó la conquista del Perú. Una sensación ciertamente agria, pues así fue la historia que se relata y que el autor sintetiza magníficamente en las últimas tres líneas de la contraportada:

 

        Cuando caminé por los senderos de la historia, mis sentimientos tocaron arrebato. Cuánta maldad, y cuánta carencia de sentimientos humanos, en eso se resume la invasión del Nuevo Mundo.

 

        En definitiva, estamos ante un ensayo interesante, crítico, a veces caótico, pero que no dejará indiferente a nadie. Encontramos algunas erratas, pero no dejan de ser una anécdota en la trama general del libro. Una lectura, pues, muy recomendable.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HISTORIA DE LA VILLA DE SOLANA DE LOS BARROS

HISTORIA DE LA VILLA DE SOLANA DE LOS BARROS

Mira Caballos, Esteban: Historia de la villa de Solana de los Barros. (Sus ordenanzas de 1554). Badajoz, Diputación Provincial, 2014. 190 págs.

 

Mi interés y mi vinculación a la historia de Solana nace del hecho de que llevo una década impartiendo Historia en el I.E.S.O. Mariano Barbacid de Solana. Dado que siempre trato de motivar a mis alumnos poniendo ejemplos cercanos a los lejanos, me comencé a interesar por la historia local. Si me refería a los señores feudales hablaba del castillo de Villalba, si me refería a campesinos y siervos aludía a los de Solana, si trataba el arte barroco aludía a los retablos de la parroquia de Santa María Magdalena, o si me refería al valle de los Caídos, citaba la obra de Juan de Ávalos para la parroquia,

Pero como en las aulas el aprendizaje suele ser mutuo, fue por uno de mis alumnos que supe de la existen en el archivo municipal de un libro manuscrito de la época de Carlos V. Un buen día me acerqué al ayuntamiento y ¡sorpresa! Se trataba de unas ordenanzas municipales originales aprobadas en 1554. Inicialmente realicé una transcripción de las mismas y un estudio introductorio que presenté a las V Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros, dedicadas a la vida municipal, y celebradas en el mes de noviembre de 2013.

Con posterioridad, mi amiga Isabel Antúnez, diputada en la institución pacense se ofreció a realizar las gestiones para sondear la posibilidad de publicación por la citada institución. Sus eficaces gestiones y la buena disposición de don Francisco Muñoz dieron luz verde al proyecto. Una vez aprobada su publicación decidí ampliar los objetivos, redactando una primera historia global de la villa desde sus orígenes y, en particular, desde la carta puebla de 1481 hasta el final del Antiguo Régimen.

He manejado numerosos documentos inéditos, localizados fundamentalmente en el archivo Municipal de Solana, en el parroquial y en el Municipal de Zafra. Ahora bien, quiero insistir que solo es un primer paso, y tiene dos limitaciones: Primero, no incluye la Edad Contemporánea, y segundo, ha sido imposible llevar a cabo un estudio sistemático del archivo ducal de Medinaceli porque actualmente no está disponible ni en el del obispado de Badajoz, que está en fase de catalogación y no se pueden consultar los documentos.

El poblamiento de Solana fue extremadamente precario hasta el otorgamiento de la Carta Puebla del 1 de octubre de 1481. Se favoreció el asentamiento en las aldeas de Los Caballeros y del Charco de la Peña, pero los pobladores decidieron hacerlo en un lugar equidistante entre ambos puntos, la aldea de Solana. ¿A qué se debió esta elección? No pudo ser casualidad, a los nuevos pobladores les debió parecer el sitió más idóneo para establecerse. Estaba en alto, en la cara soleada del cerro, junto al río Guadajira y señoreaba tierras de una gran fertilidad. Es decir, reunía las condiciones idóneas para el poblamiento, y prueba de su acierto es el hecho de que subsista su poblamiento cinco siglos después.

        Para finalizar quisiera decir que la lectura de estas páginas puede introducir al lector en un mundo muy diferente, rural y precapitalista. Estaba formada por sacrificados campesinos y jornaleros que, pese a las guerras, las servidumbres señoriales y las epidemias consiguieron salir adelante. En este libro, a falta de grandes personajes, la colectividad se erige en protagonista, narrándose su forma de vida, sus creencias, sus fiestas, su organización política y su estructura social. Por tanto, la historia que tengo el gusto de presentar se aleja bastante del clásico panegírico de historia local, convirtiéndose, en cambio, en un registro de la memoria histórica de un pueblo de la Baja Extremadura. El texto introduce al lector en todo un mundo rural, muy diferente al actual, que encierra dramas vitales pero también vivencias colectivas que hoy añoramos y hasta extrañamos. Lo que más me ha llamado la atención a un americanista como yo acostumbrado a estudiar las grandes compañías comerciales americanas, la llegada de metal precioso de las Indias, y el naciente capitalismo, es encontrar una sociedad tan precapitalista. Solana de los Barros era un mundo casi autárquico con muy escasos intercambios comerciales con el exterior. La gente vivía de lo que el medio le ofrecía, eran muy pobres, vivían la mayor parte de las veces con carestías, pero también tenían virtudes hoy añoradas: tenían pocas necesidades consumistas, eran muy solidarios entre ellos y, por supuesto, enormemente respetuosos con la madre tierra de la que vivían.

Espero que los lectores, especialmente los solaneros, gocen con la lectura de estas páginas donde se palpa la forma de vida en sus ascendientes. Sí es así el trabajo habrá merecido la pena.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EN LOS MÁRGENES DE LA CIUDAD DE DIOS. MORISCOS EN SEVILLA

EN LOS MÁRGENES DE LA CIUDAD DE DIOS. MORISCOS EN SEVILLA

FERNÁNDEZ CHAVES, Manuel F. y Rafael M. PÉREZ GARCÍA: En los márgenes de la ciudad de Dios. Moriscos en Sevilla. Valencia, Universidad, 2009, 532 págs.

 

        Con cierto retraso ha caído en mis manos esta obra sobre los moriscos sevillanos. Su lectura me ha sorprendido gratamente por el profuso y documentado trabajo realizado por sus autores que cubre un verdadero vacío historiográfico. Han escudriñado todos los archivos que disponían de documentación sobre la temática, tanto civiles como eclesiásticos y de todo el ámbito nacional, lo mismo locales, que autonómicos y nacionales. El esfuerzo ha sido titánico a lo largo de casi un lustro, como reconocen los propios autores.

        Aunque pueda parecer una historia local, limitada a una sola urbe, no es tal, primero porque en Sevilla vivía la mayor comunidad conversa de la Península Ibérica, y segundo, porque en realidad se trabaja todo el fenómeno morisco a través de este caso concreto. Salen a relucir moriscos de muchos otros lugares de España, como por ejemplo hornachegos, merced a las relaciones comerciales que mantenían con la capital hispalense.

        Se trata de un estudio metódico que abarca todos los aspectos relacionados con la Sevilla morisca. Empiezan en las primeras páginas haciendo un balance historiográfico, y continúan con el estudio de esta minoría en Sevilla antes y después de la rebelión de 1569, su vida hasta su expulsión y los pormenores de su cadalso hasta el Magreb. La llegada de esclavos granadinos, tras la rebelión de 1569, supuso un antes y un después para la ciudad. Entre 1569 y 1570 localizan los autores un total de 1.511 esclavos de los que 584 son moriscos, es decir, un 38,6%. Algunos habían sido obtenidos en buena guerra pero otros eran personas ajenas a la rebelión que soldados y personas sin escrúpulos capturaron de manera ilegítima. Lo cierto que el contingente de piezas vendidas en Sevilla era muy superior al que se comercializaban en los años anteriores y posteriores. También se concentraron un gran número de rebeldes en Carmona y Écija, localidades que funcionaron, a juicio de los autores, como focos de concentración para una posterior redistribución de los mismos por la geografía peninsular. Y así se hizo pese a la oposición de las élites locales a su salida, siempre necesitada de mano de obra barata. Lo cierto es que el grupo morisco revolucionó el mercado esclavista sevillano. Y es que Sevilla era por aquellas fechas el mayor mercado de esclavos de toda Europa Occidental. El contingente de moriscos en 1580 ascendía a 6.247 de los que una sexta parte aproximadamente estaban sometidos a servidumbre, mientras que en 1589 su número había aumentado hasta un total de 6.406, de los que 408 eran esclavos.

        Su salida, a raíz del bando de expulsión del 12 de enero de 1610, supuso un quebranto económico para la economía local, pues la mayoría de ellos se empleaba en el sector primario, como hortelanos o labradores, y no faltaban artesanos que lo mismo trabajaban en el sector textil que en la construcción o en la forja. Las causas del fatídico decreto fueron variadas: religiosas, políticas, económicas, militares y psicológicas. Según los autores, la Tregua de los Doce Años constituyó un síntoma externo de debilidad para la monarquía de los Habsburgo cuyo chivo expiatorio fueron los moriscos, usados para dar sensación de autoridad o para desviar la atención de otros problemas más graves. Asimismo, la Corona pasaba por serios apuros financieros y necesitaba liquidez inmediata para pagar a sus acreedores por lo que los bienes dejados por los moriscos se convirtieron en un efímero balón de oxígeno.

        Este exhaustivo trabajo contribuye a sacar del olvido a esta minoría injustamente extirpada y expulsada de la sociedad española. Una parte de ellos consiguió integrarse plenamente en la sociedad casticista, poniendo, incluso de moda lo morisco: alfombras, paños alfanjes y camisas moriscas se observan en muchos inventarios incluso de miembros de la aristocracia y hasta de la realeza castellana.

        Y para finalizar, quiero decir que este libro con ser una excelente contribución no agota la temática sino que más bien abre nuevas líneas de investigación y nuevas interrogantes que están todavía por resolver: ¿cuántos se quedaron integrados en la sociedad? ¿Cuántos regresaron tras la expulsión? ¿Cómo fue la integración y disolución de la minoría conversa en la sociedad casticista? No parece que hubiese en Sevilla muchos matrimonios mixtos, pero sí es seguro que un grupo indeterminado de ellos eludieron el exilio. Además, de niños, mujeres, esclavos y enfermos, hubo familias bien integradas que eludieron el control, mientras el marqués de San Germán, encargado de su expulsión, hacía la vista gorda. Pero, como reconocen los propios autores, son problemáticas que deberán estudiarse y despejarse en el futuro.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL SIGLO DE LA GRAN PRUEBA

EL SIGLO DE LA GRAN PRUEBA

RIECHMANN, Jorge: El siglo de la gran prueba. Tenerife, Ediciones de Baile del Sol- Colección Textos del Desorden, 2013, 162 págs.

 

        Curioso e interesante trabajo de Jorge Riechmann, profesor titular de filosofía moral en la Universidad Autónoma de Madrid, además de poeta, ensayista y traductor. Se trata de una recopilación de textos más o menos cortos, editados por el autor en forma de conferencias y artículos a lo largo de 2011 y 2012. No hay un inicio ni un final, sino reflexiones de temas diversos que permiten una lectura bidireccional. Presididas en buena parte por el tono irónico hay sentencias muy fáciles de entender y otras que requieren de dos o tres relecturas seguidas para entender el mensaje subliminar que el autor nos quiere hacer llegar.

        El tema fundamental que subyace en toda la obra es la crítica al capitalismo neoliberal y al relativismo imperante en nuestra época, al tiempo que plantea la necesidad de un cambio. No tiene nada de particular que la primera página del libro arranque con el Manifiesto ecosocialista, redactado en enero de 1992 por un grupo multidisciplinar de intelectuales de distintos países de Europa. Afirma con rotundidad, que el siglo XX fue trágico pero que el XXI lo va a ser multiplicadamente, si no cambiamos la actual e insostenible economía industrial y sociedad consumista. Lo cual no deja de ser trágico, máxime cuando vivimos en una época donde existen mejores condiciones tecnológicas y productivas que nunca para que todos los habitantes de este planeta llevasen una vida razonablemente buena. Pero lo cierto es que no ha sido así y, a su juicio, se trata de una de las grandes promesas incumplidas de la Ilustración y de la modernidad. Pero, la era del crecimiento ilimitado, que trajeron las revoluciones industriales contemporáneas se ha acabado y de no dar un giro radical pronto llegará una nueva Edad Media, idea que no solo predice Riechmann sino otros intelectuales como José David Sacristán, Slavoj Zizek y Juan Pedro Viñuela por citar solo a algunos. Es necesario, pues, cambiar radicalmente ya, pues como bien afirma el autor, el daño a la biosfera es ahora y el momento de la verdad –escribe- es ahora. Las multinacionales y los grandes poderes mundiales, en un acto de estupidez e irracionalidad, están acabando con el lugar en el que operan, es decir, con el propio planeta. Y mientras eso ocurre, algunas autoridades, dice el autor, transmiten la idea de que solo hay dos modelos productivos: el capitalismo existente o el fracasado modelo soviético. Es decir, capitalismo o capitalismo. Y lo peor de todo, es que estos discursos terminan calando en una parte de la población que piensa erróneamente que no hay alternativa. Pero, sí la hay, pero hay que actuar ¡ya! o será demasiado tarde. Si empezamos el cambio podemos paliar en cierta medida el colapso civilizatorio que se avecina y si nos quedamos de brazos cruzados nos sobrevendrá un drama aún mayor que el actual para varios miles de millones de personas. Lo cierto es que, aunque los medios de comunicación occidentales con frecuencia ridiculizan los regímenes antiliberales de Venezuela, Ecuador o Bolivia, a nadie le puede caber la menor duda que, antes o después, en el siglo XXII o en XXIII, en la tierra habrá algún tipo de socialismo, se llame así o no.

        Y para este cambio resulta fundamental modificar la actitud del ser humano. Actualmente, todo gira en torno al consumo como forma principal de satisfacción. Es necesario sustituir esta actitud ante la vida y mirar a la creación como forma de realizarnos: el arte, la poesía, la filosofía… son materias que nos permiten realizarnos personalmente, sin dañar el medio ambiente. Como dice el autor, los centenares de millones de personas que hoy buscan en el consumo un sentido a su vida podrían encontrarlo en el terreno de la creación y de las relaciones con los demás.

        Denuncia, asimismo, la cultura del soborno, de aquella que él llama de suplemento cultural y que está comprada por el poder. Eso provoca que junto a una cultura comprometida e independiente del poder, como la que practica Noam Chomsky o Ignacio Ramonet, haya otra que utilice la cultura como una cortina de humo, como una mera distracción intrascendente que narcotiza al pueblo, mientras la devastación del ecosistema y las desigualdades sociales prosiguen su dramática e imparable carrera. Las mismas multinacionales que asolan el mundo, luego financian lo mismo la conservación de un parque natural que una exposición de algún evento artístico. Una idea que hace años que denunció también Slavoj Zizek, cuando dijo que las personas más ricas del mundo, como los dueños de Zara, Amancio Ortega, o de Microsoft, Bill Gates, lavaban su imagen haciendo donaciones caritativas o a eventos culturales con el mismo dinero manchado del abuso capitalista. Como afirma el autor, la sociedad no se mueve exactamente en el nihilismo o en la carencia de valores, sino en los disvalores o antivalores, en unos valores acomodaticios que se ajustan perfectamente a los intereses del poder. Por eso, Riechmann, en una actitud algo provocativa, incita al lector a elegir: tienes que decidir con quién estás, con la cultura del compromiso o con la cultura prostituida. Más adelante, pide al lector una nueva decisión, el socialismo que pide la satisfacción de las necesidades básicas de todos los ciudadanos y el cultivo de la espiritualidad humana, o el capitalismo, que solo busca la acumulación de capital. Y añade un contundente: Tú decides.

El autor, que más que filósofo y poeta es las dos cosas juntas, filósofo-poeta, destaca las conexiones y similitudes entre estas dos formas de creación que aunque aparentemente diferentes tienen mucho en común. Dice escribir para ayudarse a sí mismo, lo cual, a veces, conlleva ayudar a los demás. Y no le falta razón, pues, todos los que escribimos lo hacemos ante todo por una necesidad vital, en mayor o menor medida egoísta, que, efectivamente, a veces puede servir a otros.

El cambio tiene que empezar ya, y para ello es importante abandonar el pensamiento revolucionario escatológico. Dejar de pensar en el advenimiento casi mítico de un futuro paraíso armonioso que la propiedad colectiva de los medios de producción traería. Para Riechmann es importante cambiar la imagen tradicional de la revolución y de los revolucionarios. Un marxismo sin mitos, sin tentaciones escatológicas y sin milenarismos. Un nuevo socialismo, basado en la búsqueda de los valores interiores de cada uno, de la empatía con el prójimo y de la certeza de pertenecer todos a una misma especie habitante de este maltrecho planeta llamado Tierra. Ahora bien, advierte el autor que no conviene crearse muchas expectativas y así los logros serán un regalo, minimizando el impacto de las decepciones. Una gran verdad, pues, somos muchos los que nos hemos esperanzado con cambios que después no han llegado y hemos caído en un patológico pesimismo que no contribuye a salir del túnel.

Para finalizar, creo que estamos ante un libro bien escrito, de contenido por momentos apasionante y en otras tedioso, pero que contiene algunas perlas que merece la pena, leer, saborear y disfrutar.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS