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TOLERANCE AND COEXISTENCE IN EARLY MODERN SPAIN

TOLERANCE AND COEXISTENCE IN EARLY MODERN SPAIN

DADSON, Trevor J.: Tolerance and coexistence in Early Modern Spain. Old christians and moriscos in the Campo de Calatrava. New York, Tamesis, 2014, 279 págs.

 

         Nueva entrega del hispanista Trevor J. Dadson, profesor de Queen Mary University of London, que viene a ampliar su ya larga trayectoria investigadora sobre los moriscos españoles. En teoría, el libro se presenta como una ampliación a los pueblos del Campo de Calatrava de su trabajo sobre esta minoría en Villarrubia de los Ojos (Madrid: Iberoamericana, 2007). Una comarca ubicada en la actual provincia de Ciudad Real y que incluiría, además de a la citada Villarrubia, a las localidades de Almagro, Daimiel, Aldea del Rey y Bolaños. Todas ellas comparten el hecho de haber albergado un contingente notable de conversos que, en el caso de Bolaños, suponía el 70 por ciento de su población. Sin embargo, huelga decir que el trabajo supera con creces este marco. El profesor Dadson, en un encomiable acto de modestia, destaca esa zona en particular porque fue objeto de una exhaustiva investigación personal sobre documentación de archivo, especialmente el de Simancas y el ducal de Híjar, depositado en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza. Pero en su libro encontramos alusiones a los moriscos de toda la geografía peninsular, constituyendo un verdadero estado de la cuestión, pues incluye un amplio repertorio bibliográfico que el autor ha sabido asimilar y sistematizar para llegar a conclusiones propias.

        El trabajo cuenta con una introducción, once capítulos, un glosario, una amplia bibliografía y un utilísimo índice de personas y lugares. Empieza analizando la situación de los moriscos antes de la expulsión, haciendo un especial hincapié en la actuación de la Inquisición y en la movilidad social y económica de esta minoría. Asimismo, frente a lo tradicionalmente sostenido, afirma que una parte de esta minoría era alfabeta y que, a medida que avanzaba el siglo XVI, su porcentaje aumentó, llegando a ser similar al que había entre los cristianos viejos. Pero es más, demuestra, con datos en la mano, el surgimiento de una élite morisca en Villarrubia bien instruida que quizás podría extrapolarse a otras villas morunas de la geografía española.

Le sigue un pormenorizado estudio de la expulsión y de la retorica del poder a favor de la misma, así como la oposición de amplios sectores de la población. Los fatídicos decretos fueron respaldados por la literatura oficial, que defendían su connivencia con los corsarios berberiscos o su mayor fecundidad, lo que significaba un potencial peligro para los cristianos. Pero no era cierto, pues ni había pactos con los berberiscos ni las parejas moriscas eran más fecundas que las formadas por cristianos viejos. Uno de los aspectos más novedosos de este trabajo es el estudio sistemático de todos los testimonios en defensa de la minoría conversa que se situó frente a la expulsión (Cap. 6). Hubo un sinfín de autoridades que se opusieron a la misma, desde religiosos –cardenales, obispos, abades o simples párrocos- a grandes señores –el duque del Infantado, por ejemplo- o simples regidores locales.

        El estudio de los que eludieron la orden de expulsión (Cap. 7) y los que regresaron (Cap. 8) es otro de los puntales de esta obra. No disponemos aún de datos exactos sobre el número de moriscos que permaneció en su tierra natal pero, a juicio del autor, bien pudo suponer el 40 por ciento de todos ellos, ¡en torno a 200.000 personas! Esclavos, niños menores de siete años, mujeres, ancianos y enfermos pero también familias integradas en la cristiandad. Como afirmó Domínguez Ortiz, había mucha diferencia entre unos moriscos irreductibles, como los valencianos, y otros más integrados en la sociedad cristiana mayoritaria. Muchas de estas familias ni siquiera fueron señaladas por sus conciudadanos, mientras que otras consiguieron demostrar su cristianismo sincero. Había habido no pocos matrimonios mixtos y sus descendientes lo eran tanto de cristianos viejos como de conversos. Algunos, incluso, ostentaban cargos de responsabilidad en los concejos y en algunas cofradías, en los momentos previos a la expulsión, lo que evidencia la confianza que depositaban en ellos sus conciudadanos. Además, habría que sumar los retornados, unos 30.000, o acaso más del doble si hemos de creer al historiador norteamericano Earl Hamilton. Una vez repatriados, algunos de ellos, residentes en el valle de Ricote y en el Campo de Calatrava, incluso otorgaron escrituras notariales para recuperar sus bienes, sin que nadie los denunciase por un retorno teóricamente ilegal. Un caso llamativo es el de Alonso Herrador, perteneciente a una conocida familia del Campo de Calatrava, que fue expulsado a Francia en agosto de 1611 y que ¡al mes siguiente! estaba de regreso en su villa natal, junto a otros de los compañeros de cadalso.

        Y finaliza el profesor Dadson disertando sobre la necesidad de reescribir la historia de esta minoría (Cap. 9), desde un enfoque diferente al tradicional y destacando la integración de una buena parte ellos (Cap. 11). Hay que corregir la tesis que defiende, siguiendo la literatura oficial, que la expulsión fue tan necesaria como inevitable. Los testimonios oficiales de la época moderna tienden a justificar lo injustificable, es decir, la expulsión, mientras que las fuentes inquisitoriales acentúan la diferencia. Pero no olvidemos que eran parte interesada, pues se financiaban en buena medida a través de las multas impuestas a esta minoría. Insiste el autor que no todo fue intolerancia dentro de la España casticista. Y no solo se integró a una parte de los moriscos sino también a los judeoconversos, al menos en el caso de Villarrubia de los Ojos, donde desaparecen de la documentación después de los procesos desarrollados entre 1511 y 1516. Fue precisamente esa coexistencia pacífica, a lo largo de más de un siglo, la que permitió que muchos evitasen el cadalso, tras los decretos de 1609 a 1614. Como dice acertadamente el autor, ni todos los moriscos eran falsos cristianos ni todos los cristianos viejos fanáticos intransigentes. La propia Inquisición, en ocasiones, se mostraba más tolerante de lo que cabría esperar, por lo que parece obvio que los fanáticos de un lado y de otro no dejaban de ser una parte más o menos pequeña. Frente a ellos hubo conversos dispuestos a integrarse plenamente y muchos cristianos viejos que los ayudaron en ese sentido, unos criticando la expulsión o consiguiendo permisos de permanencia para ellos, y otros, simplemente, no delatando el origen de sus conciudadanos. Hubo párrocos que omitieron la condición de moriscos de algunos de sus feligreses, que eran buenos cristianos y estaban bien integrados. En el momento de la expulsión, muchas familias conversas llevaban varias generaciones conviviendo pacíficamente con los cristianos de sangre limpia, sin que se apreciasen diferencias externas entre ellos.

        A mi juicio, este libro contribuye a desmontar la Leyenda Negra contra España, imperante desde la Edad Moderna en buena parte de Europa. Es cierto que hubo una España casticistas e intransigente que buscaba la limpieza religiosa, sin embargo, no lo es menos que había otra más tolerante, tradicionalmente silenciada por la historiografía. Se confirma pues, la tesis que hace años planteó Domínguez Ortiz y retomó recientemente Stuart Schwartz (Madrid, 2010) según la cual la tolerancia hacia otros credos estuvo más generalizada en el mundo ibérico de lo que se había creído. El hecho de que esta nueva obra se publique en inglés y fuera de España, puede facilitar la difusión en el mundo anglosajón de esta visión más equilibrada y coherente de nuestro pasado, al tiempo que revigoriza nuestro irrenunciable pasado moruno.

Pocas pegas se le pueden poner a un libro tan novedoso y sistemático como éste. No obstante, no me resisto a señalar algunas ausencias de obras importantes como los estudios de Nicolás Cabrillana sobre la Almería morisca (Granada, 1982), de Fermín Mayorga sobre los moriscos y la Inquisición de Llerena o el reciente y exhaustivo trabajo de Bartolomé Miranda y Francisco de Córdoba sobre el caso de la villa morisca de Magacela (Badajoz, 2010). Es cierto que, en teoría, como ya hemos dicho, el libro se centra en el Campo de Calatrava, pero dada la extensísima bibliografía que manejó el autor, bien pudo haber incluido a estos autores.

        Para concluir, huelga decir que esta obra constituye un nuevo hito en el estudio sobre la temática, similar al que en su día supuso la edición de Geógrafie de l’Espagne morisque (París, 1959) de Henry Lapeyre o la Historia de los moriscos (Madrid, 1993) de Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent. Un texto, pues, que es desde el mismo momento de su aparición de referencia obligada para todos los estudiosos de las minorías étnicas en la España Moderna.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

UNA METRÓPOLI ESCLAVISTA. EL CÁDIZ DE LA MODERNIDAD

UNA METRÓPOLI ESCLAVISTA. EL CÁDIZ DE LA MODERNIDAD

MORGADO GARCÍA, Arturo: Una metrópoli esclavista. El Cádiz de la modernidad. Granada, Universidad, 2013, 360 págs.

 

Esta nueva obra del profesor Arturo Morgado, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Cádiz, supone un nuevo peldaño en el conocimiento de esa gran lacra social que fue a lo largo de la Edad Moderna la esclavitud. Como es bien sabido, la sociedad de la Edad Moderna se basaba en la desigualdad. La esclavitud fue una institución comúnmente admitida desde la antigüedad pues, siguiendo la tradición aristotélica y el posterior Derecho Romano, había personas que nacían para mandar y otras para servir. Desde entonces y hasta el siglo XIX se admitió como normal, incluso por la Iglesia, pese a la existencia de algunas voces –muy pocas- disidentes en su seno. Entres estos gloriosas disidentes habría que citar a los dominicos fray Tomás de Mercado y fray Bartolomé de Las Casas, así como a fray Bartolomé Frías de Albornoz.

Los estudios sobre la institución se han multiplicado en los últimos años. Atrás quedaron los pioneros trabajos de de Antonio Domínguez Ortiz (1952), Vicenta Cortés Alonso (1964), Alfonso Franco Silva (1979) y Manuel Lobo Cabrera (1982), para dar lugar a un conocimiento más exhaustivo, enfocando la institución desde distintas perspectivas y a muy diferentes escalas geográficas. Enumerar aquí ni tan siquiera las obras esenciales sobre la esclavitud sería algo imposible por lo que remito al estado de la cuestión editado hace dos décadas por Manuel Lobo Cabrera (1990: 1091-1104). Bien es cierto que se hace necesaria la elaboración de un nuevo regesto que integre las decenas de aportes de los últimos años. También el tráfico esclavista en el Imperio Habsburgo así como la esclavitud en las Colonias han experimentado un enorme auge, especialmente notable en aquellas áreas donde el fenómeno esclavista fue más complejo; nos referimos a economías como las de Brasil, Cuba, etc., posiblemente por ser sociedades donde la esclavitud se desarrolló con más intensidad. Son imprescindibles los estudios de Curtin (1969), Knight (1970), Schwartz (1985) y Klein (1986).

        El trabajo del profesor Morgado supone a mi juicio un nuevo hito en la historiografía sobre la esclavitud en España, como lo fue hace pocos años el de Alessandro Stella para la esclavitud en la Península Ibérica (2000), el de la Dra. Martín Casares para el caso granadino (2000) y mucho más recientemente el de Rocío Periáñez para Extremadura (2010). Y digo que es un nuevo hito porque no es un estudio más sobre la esclavitud. El manejo de fuentes es notabilísimo, trabajando archivos parroquiales, diocesano, municipales, notariales, etc. lo que supone un esfuerzo extraordinario que solo las personas habituadas a trabajar en estos repositorios saben ponderar. La bibliografía también es muy amplia y exhaustiva, con muy pocas ausencias de significación. En muchos aspectos esta obra confirma lo que ya sospechábamos, mientras que en otras nos ha sorprendido por la novedad de sus planteamientos.

Sorprende que mientras en gran parte de la Península, el máximo esplendor de la institución correspondió a la segunda mitad del siglo XVI y al primer tercio del XVII, en Cádiz se concentró un siglo después es decir, en la segunda mitad del XVII -7.143 esclavos bautizados- y en menor medida en la primera mitad de la siguiente centuria -1.639 cristianados-. Y ello porque en aquellos años fue cuando Cádiz se convirtió en la gran metrópoli del sur, cabecera del comercio colonial. Llama la atención, asimismo, que aunque la trata de esclavos se prohibió en 1814 se mantuvo la esclavitud hasta muy avanzado en siglo XIX. Sabíamos que en Puerto Rico y Cuba, España mantuvo la institución hasta 1873 y 1886 respectivamente, pero desconocíamos que en la propia Cádiz hubo esclavos hasta mediados del siglo XIX. Transcribe el autor varios documentos sorprendentes, por ejemplo, un listado de anuncios de venta de esclavos publicados en el Diario Mercantil de Cádiz entre 1803 y 1805 (pp. 318-319). ¡Increible! Pocos años antes del Cádiz casi mítico de las Cortes, de la libertad, aparecen anuncios vendiendo personas como si fuesen animales con la más absoluta normalidad. Asimismo, menciona un interesante padrón municipal de Cádiz de 1830 en el que todavía se incluyen 22 aherrojados, algunos de ellos libertos ya, mientras que ¡en 1840! todavía se registraban un total de cinco. Y digo que me sorprende porque yo tras un meticuloso estudio de la esclavitud en Tierra de Barros la última alusión que encontré a la esclavitud fue una carta de ahorría, fechada el 21 de septiembre de 1805, a favor de una esclava llamada Josefa Antonia, residente en Ribera del Fresno (Badajoz). Lo cierto es que en Cádiz, la servidumbre se mantuvo con la connivencia de toda la sociedad que seguía viendo por lo general la esclavitud como algo normal. La propia Iglesia como institución condenó la trata esclavista pero no la esclavitud hasta bien avanzada la centuria decimonónica.

        Según el profesor Morgado, el esclavo era un producto caro y conllevaba además unos gastos de manutención lo que provocaba que fuese más rentable contratar trabajadores libres a jornal. Pero en la historia no siempre ha primado la racionalidad económica. Por eso su uso en Cádiz, como en otros lugares de la geografía española, respondía en unos casos a un objeto suntuario, como signo de distinción social y, en otros, sí que contribuían a la estructura productiva. Ambos usos son compatibles, primando uno u otro dependiendo de las circunstancias y de sus propietarios. Está claro, por ejemplo, que en las minas de Guadalcanal o Almadén o en las plantaciones coloniales su uso era exclusivamente productivo, desarrollando los trabajos más duros.

Esta obra confirma varias cosas que ya sabíamos como que se vendieron más mujeres que hombres y que éstas alcanzaron mayor. Las féminas se solían cotizar a más precio por su uso como concubinas por los dueños, por ser reproductoras de nuevos esclavos y por su mayor docilidad (p. 165). En este aspecto, no difiere de lo que ocurría en el resto de la Península Ibérica. Todos los aherrojados tuvieron el status de cosa por lo que no nos debe extrañar que la compra-venta se realizase con una pasmosa naturalidad. Nos sorprende a nosotros pero no a sus protagonistas en la España Moderna que muy al contrario lo interpretaban como algo no solamente legal sino también legítimo. Sin embargo, destaca el autor que en la práctica muchos dueños dieron un trato aceptable a sus esclavos, en algunos casos quizás por caridad cristiana y en otros por una cuestión de racionalidad económica, es decir, por el deseo de conservar la inversión realizada. En cualquier caso, se trataba, como dice el profesor Morgado, de una cuestión de buena o mala suerte (p. 211). Ahora bien, no ocurría exactamente así en su traslado a la Península, pues a los traficantes les salía más rentable dejar morir a una sexta o a una séptima parte del pasaje que alimentarlos adecuadamente durante la travesía.

Se posiciona el autor junto a los que piensan que era una sociedad esclavista. Se trata de un tema polémico y discutible; es obvio, que se trataba de una sociedad con esclavos, pero muchos autores estiman que no era una sociedad esclavista, porque el porcentaje de población esclava era muy reducido. De hecho, Neil Davidson en un recientísimo trabajo ha defendido que, aunque en casi todas las sociedades ha habido esclavos, el modelo esclavista de producción solo se dio en las polis griegas y en el Estado Romano (2013: 288).

        Y para finalizar quisiera decir que a un estudio tan brillante y documentado como éste se le pueden señalar pocas objeciones. No obstante, la decisión del autor de excluir de su estudio el siglo XVI y la segunda mitad del XVIII, en el primer caso por la escasez de fuentes documentales y en el segundo por el descenso de la actividad esclavista, no me parece acertada. Debió incluir toda la Edad Moderna para evitar que su trabajo se quedase en un estudio de la esclavitud gaditana en una parte de la Edad Moderna. Aunque las fuentes locales son escasas para la Cádiz del siglo XVI, todos los americanistas nos hemos encontrado con numerosas referencias sobre entrada o salidas de esclavos al puerto de Cádiz en esa centuria. Asimismo, llama la atención que cite las obras de Tzvetan Todorov en sus ediciones francesas (p. 12), cuando todas ellas tienen traducción al castellano. Y finalmente, aunque no estaba obligado a citar toda la bibliografía sobre la esclavitud, dado que su listado es bastante completo, se echan en falta referencias a distintas obras sobre la esclavitud en Barcarrota, Salvaleón, Mérida y Tierra de Barros, en Extremadura o de Almería, en Andalucía. Pese a estas pequeñas observaciones, no creo equivocarme si digo que esta obra supone un salto cualitativo en los estudios sobre la esclavitud en España. Una obra que es ya de referencia obligada para todos los que trabajamos el dramático fenómeno de la esclavitud y de las minorías étnicas en el mundo Moderno.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNANDO DE SOTO. EL CONQUISTADOR DE LAS TRES AMÉRICAS

HERNANDO DE SOTO. EL CONQUISTADOR DE LAS TRES AMÉRICAS

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernando de Soto. El conquistador de las tres Américas. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2012 (2ª ed.) 127 págs.

 

        El Dr. Mira Caballos, un sevillano de Carmona, está incardinado en nuestra tierra y no tan solo por razones familiares, su tarea investigadora se ha centrado en una cuestión profundamente relacionada con Extremadura que está presente en algunos de sus libros de forma expresa mientras, en otros, aparece a través de sus protagonistas. Nos estamos refiriendo a las relaciones que a partir del siglo XVI, en el que Mira Caballos es uno de los más importantes especialistas a nivel nacional, se establecen entre España y América Latina. Así se desprende, a título de ejemplo, de la lectura de su Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos (El Ejido, 2013), donde reflexiona desde nuevas premisas sobre la realidad de la conquista y colonización americana y sus consecuencias hasta la actualidad y de la apasionante biografía de Hernán Cortés. El fin de una leyenda (Badajoz, 2010). A estos dos recientes libros, debemos sumar sus colaboraciones para el Diccionario Biográfico Español, que ha editado la Real Academia de la Historia, con más de cien biografías de personajes relacionados con América, y el volumen II de la Historia Militar de España del Instituto de Historia Militar y su investigación, en la actualidad, para la próxima publicación de la biografía de Francisco Pizarro, además de una quincena de libros y un buen número de artículos en revistas especializadas de Europa y América.

        En la bibliografía del profesor Mira Caballos se analizan los personajes, los sucesos y los avatares históricos a partir del estudio riguroso de la documentación, de las fuentes y de una exhaustiva revisión de la bibliografía para mostrar todos y cada uno de los perfiles del personaje o del hecho planteado. Pero, además, haciendo gala de una minuciosidad encomiable, su visión de la historia trata de contextualizar los hechos para que, en ningún caso, se puedan percibir de forma errónea o se juzguen con una mentalidad actual lo que puede deformar y desvirtuar los propios hechos que se examinan.

        El libro que reseñamos se enmarca en esta visión de la historia con la propuesta de Hernando de Soto puesto que, como dice el autor: A mi juicio, y en esta ocasión de acuerdo con los historiadores marxistas, los hilos de la historia los mueven efectivamente los medios de producción de cada época y no las personas; éstas actúan de la manera que su época les impone. Por ello, nada tiene de particular que los conquistadores se comportasen de modo más o menos similar, ante situaciones parecidas. Eran guerreros de su tiempo, cuya escala de valores no coincidía exactamente con la actual (p. 9). Precisamente por ello, Esteban Mira, nos presenta un Hernando de Soto, al que llama individuo carismático, que junto a Pizarro y Cortés constituye el modelo de conquistador del siglo XVI.

        La publicación de esta segunda edición de la biografía de Hernando de Soto por parte del Dr. Mira Caballos se enmarca en el loable objetivo de ir completando, como ya ha hecho con Hernán Cortés y frey Nicolás de Ovando y hará con Francisco Pizarro, las semblanzas de los conquistadores que, por desgracia, presentan importantes lagunas, lugares comunes en muchos casos insuficientemente contrastados con las fuentes o repetidos sin una crítica severa a partir de la bibliografía decimonónica. Por esta razón, el Prof. Mira Caballos, haciendo honor a su profesión, explicita con todo lujo de detalles la metodología empleada en la confección del libro y describe las numerosas fuentes utilizadas sin dejar prácticamente ninguna sin consultar.

        El libro que estamos presentando es, en estricto sentido, una biografía al uso en la que se repasa la vida de un barcarroteño que vive de manera intensa en poco más de cuatro décadas y fue el único conquistador que participó en la ocupación de las tres grandes áreas geográficas vinculadas a la colonización española: Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica.

        La estructura del libro es muy sencilla. El primer capítulo está dedicado, como hemos señalado, a la metodología y a las fuentes. En el segundo, plantea el origen del conquistador y la discusión sobre su nacimiento en Barcarrota pese a que otras localidades, como Badajoz y Jerez de los Caballeros, se postulan con razones de peso, también, como lugar de su natalicio, describiendo a continuación la villa de Barcarrota en la que nació. En el tercer capítulo estudia cómo se fue fraguando su personalidad, su espíritu guerrero desde muy joven cuando con catorce años decidió embarcar a las Indias y, especialmente, su decisivo papel en la conquista de Panamá y Nicaragua. En el cuarto capítulo se describe su participación junto a Pizarro en la conquista del imperio Inca. En el quinto explica su vuelta a España con una gran fortuna que le permitió comprar voluntades para, en 1537, firmar la Capitulación que le otorgaba el título de Adelantado, Capitán General y Gobernador de las provincias del Río de las Palmas hasta la Florida y Cuba. En el sexto, Esteban Mira examina las circunstancias y la organización de la armada que en 1538 tenía como destino la exploración de la Florida. El capítulo séptimo aborda los detalles de la empresa de la Florida y sus vicisitudes que acaban con la vida de Hernando de Soto a fines de mayo de 1534, cerca del río Mississippi que él mismo había descubierto un año antes y el regreso de la expedición en 1543. En las conclusiones, Mira Caballos afirma refiriéndose a Hernando de Soto: El barcarroteño fue, pues, un hombre de su tiempo que se comportó de la manera que todos esperaban que se comportase. Fue leal a las personas que confiaron en él y por ello, en el contexto de su época debemos valorarlo (p. 101). El libro se completa con una excelente y completa bibliografía y un clarificador y escogido apéndice documental que ayudan a comprender la biografía de un Hernando de Soto que, en definitiva, fue un hombre de su tiempo.

        Al margen de los acontecimientos descritos, que constituyen la biografía de otro extremeño universal que contribuyó, con las lógicas luces y sombras, a la conquista y colonización de América, el libro se convierte de la mano del Dr. Mira Caballos en una nueva reflexión sobre el significado de las relaciones entre España y el Nuevo Mundo. Una reflexión que, gracias a una cuidada redacción, se lee con placer y tiene la virtud de enganchar al lector que va descubriendo al personaje y su obra en el contexto de una ingente tarea en la que Extremadura y sus hombres y mujeres tienen un papel determinante.

        Finalmente, felicitamos a Esteban Mira por su nuevo libro y le animamos a que, más pronto que tarde, dé a la imprenta la biografía de Francisco Pizarro para ayudarnos a valorar y contextualizar debidamente el papel de España y, por ende, de Extremadura en la conquista y colonización del Nuevo Mundo y entender su dimensión en la actualidad.

 

JOSÉ ÁNGEL CALERO CARRETERO

Profesor de Secundaria y Bachillerato y del Centro Asociado de la U.N.E.D. de Mérida

 

(Reseña publicada en La Capital de Tierra de Barros, abril de 2014, p. 28)

SOMOS COMO INCAS

SOMOS COMO INCAS

PÉREZ GALÁN, Beatriz: Somos como Incas. Autoridades tradicionales en los Andes peruanos, Cuzco. Madrid, Iberoamericana, 2004, 270 págs.

 

        Interesante estudio etnográfico realizado por esta profesora de antropología de la Universidad de Granada, sobre las comunidades locales del distrito peruano de Pisac, provincia de Calca (Cuzco). En él se muestra claramente la pervivencia de la hibridación política, social, económica y cultural entre el mundo incaico y el hispánico. Tras varias campañas de investigación realizadas sobre el terreno entre los años 1994 y 1997, la autora analiza la naturaleza mixta de la organización política de los Andes, la cual ha sobrevivido hasta nuestros días.

Como explica la profesora Pérez Galán, la elección del espacio no fue azarosa, pues Pisac se ubica en el llamado Valle Sagrado de los Incas, cuna del Tahuantinsuyu. Aunque esta civilización carecía de escritura es obvio que poseía la capacidad de transmitir sus hechos históricos y sus formas de organización. El mayor mérito de los incas consistió en crear una estructura económica razonablemente próspera, basada en los principios de producción, recaudación y redistribución. Huelga decir que no poseían ningún rasgo ni tan siquiera parecido al capitalismo, pues ni usaban dinero ni las producciones se regían por las reglas del libre mercado (Rostworowski, 2009: 285). Más bien al contrario, el Estado acaparaba una buena parte de la producción que después se encargaba de redistribuir. Según John Murra, había una reciprocidad a dos niveles: entre los propios ayllus que se encontraban relacionados por lazos de parentesco, y entre estos y la administración central. Se trataba, obviamente, de una reciprocidad asimétrica entre las comunidades de base y la administración, pero se mantenía un cierto equilibrio. Es más, este sistema, aunque fuese desigual, es el que le otorgó una razonable viabilidad al sistema económico incaico (Wachtel, 1976: 96-100). La redistribución permitía reducir el impacto de las hambrunas. Había tres tipos de tierras: las del Sol, las del Inca, y las de los ayllus pero, en realidad, todas pertenecían al Estado que se reservaba las más fértiles mientras que el resto las explotaban los campesinos.

Como es bien sabido, la existencia durante la época colonial de una república de indios segregada de la de los españoles implicaba el reconocimiento del fracaso de la asimilación completa de ambas culturas. Para garantizar la supervivencia de las comunidades nativas, se permitió la existencia de tierras comunales y el mantenimiento de sus jerarquías políticas y sociales, al tiempo que se mantuvieron las autoridades locales. La nobleza indígena asumió el papel de intermediaria entre los extranjeros y los nativos, encargándose de la recaudación de tributos y de la recluta de mitayos. Los ayllus como tales desparecieron pero se mantuvo una parte de la propiedad comunal (Castán Esteban, 2001: 170).

Tras un concienzudo trabajo de investigación etnográfica, la autora demuestra o confirma algunas de las certezas que teníamos: primero, la coexistencia de dos estructuras de poder, la estatal y la local, regida mediante un sistema de autoridades tradicionales bajo el principio de la mayordomía o del cargo. Y segundo, que esa nobleza incaica no solo cumplió cometidos relacionados con el cobro de impuestos o con la recluta de mano de obra sino que también se encargaron de transmitir y reactualizar la cosmovisión indígena. En palabras de la autora fueron los transmisores y reactualizadores simbólicos de un conjunto de significados acerca de la naturaleza trascendente del mundo y del papel que el grupo ocupaba en él (p. 46). Todo ese mundo simbólico que ellos se encargaban de transmitir y de escenificar les permitió diferenciarse de los invasores primeros y de los foráneos después.

En la actualidad las autoridades más respetadas de Pisac son los kuraq, es decir, los mayores, pero no referido a la edad sino a las personas de mayor estatus después de haber culminado todos los cargos que componen el wachu de la autoridad. De hecho, no todos los kuraq son ancianos (p. 93). Sus habitantes se esfuerzan en desempeñar los cargos de la comunidad, como un servicio social a su gente. Los oficios en cuestión son los de alférez, regidor, capitán, sargentos, segunda, velada, alcalde y mayordomo mayor. Los dos últimos cargos son los de mayor rango del wachu. El alcalde es el máximo representante de la comunidad, dentro y fuera de ella, mientras que el mayordomo mayor custodia las llaves del templo. Una vez que se han desempeñado todos esos oficios en servicio de la comunidad, se les otorga el status de kuraq, exonerándolos desde entonces de cualquier gravamen u obligación y reservándoles un lugar de privilegio en los actos festivos, lúdicos o políticos, de renovación de los símbolos de autoridad.

La mujer cumplía -y cumple en la actualidad- obligaciones domésticas, lo que no le exonera del trabajo en el campo y en el cuidado del ganado, así como de la venta de los excedentes familiares en el mercado de Pisac. Por eso su jornada laboral diaria supera en varias horas a la del hombre. Pero como esposas y socias complementarias y necesarias de sus maridos, ostentaban también el título de alcaldesas y mayordomas y podían acceder también al status de kuraq, en el mismo momento en que lo obtuvieran sus esposos (p. 118).

El estudio de la profesora Beatriz Pérez Galán, constituye un excepcional trabajo de campo sobre un área muy incaizada, que nos permite constatar una vez más la supervivencia de estructuras de poder andinas a lo largo de casi cinco siglos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ALONSO BORREGÁN Y SU CONQUISTA DEL PERÚ

ALONSO BORREGÁN Y SU CONQUISTA DEL PERÚ

BORREGÁN, Alonso: La Conquista del Perú (Eva Stoll y María de las Nieves Vázquez Núñez, eds.). Madrid, Iberoamericana, 2011, 211 págs., il.

    Este relato de un personaje que llegó poco después de la primera conquista del Perú, en torno a 1535, permaneció inédito hasta que Rafael Loredo lo publicó completo por primera vez en Sevilla, en 1948. Esta primera edición completa circuló poco, pero sí la reimpresión de 1968, que hemos manejado habitualmente todos los estudiosos de la conquista del Perú. Sabíamos que no estaba bien escrita por la escasa formación de su autor –las editoras lo tildan de semiculto- y que contenía incorrecciones sintácticas, interpolaciones azarosas y ausencia de signos de puntuación. Todo ello, hace de la obra de Borregán un texto de difícil lectura y comprensión. No tiene nada de extraño que Francisco Esteve Barba indicara en su obra Historiografía Indiana la necesidad de reeditarla, modernizando, puntuando y acentuando correctamente el texto para así facilitar su uso por los historiadores.
    Esta nueva edición de Eva Stoll y María de las Nieves Vázquez, constituye el mejor análisis realizado hasta ahora de esta obra, con una transcripción paleográfica perfecta, respetando el texto tal cual fue escrito. Las autoras mencionan la sugerencia de Esteve Barba, pero decidieron no seguirla, según dicen, porque ello hubiese significado reescribirla, dados los continuos errores sintácticos y expresivos, no siempre fáciles de actualizar. Sin embargo, hay una segunda causa no especificada pero implícita, y es la formación académica de las editoras, ambas filólogas y no historiadoras. Yo como historiador, reconozco que el texto editado sigue siendo difícil de leer y también de comprender. Leyendo sus páginas uno tiene la sensación de estar trabajando sobre el manuscrito original, transcribiendo cada una de sus palabras y de sus expresiones. Por tanto, dado que su mayor valor es el de constituir una fuente histórica de primera magnitud, mientras que su valor literario es absolutamente irrelevante, quizás hubiera sido oportuno intentar una edición modernizada.
    Al margen de ese comentario, quizás personal e interesado, estamos ante una excelente edición, primorosamente cuidada que permite dar una mayor accesibilidad a un texto fundamental para reconstruir la etapa de las guerras civiles del Perú, que su autor vivió en primera persona. Se trata de un soldado subalterno; salvando las distancias, algo así como un Bernal Díaz del Castillo peruano. Con la diferencia de que mientras Bernal admirada a su líder, Borregán estaba con los opositores. Está claro que simpatizó con el bando almagrista y, por tanto, muchos de sus comentarios son tendenciosos y tienden a culpar de todo a los Pizarro exonerando a los Almagro. No tiene nada de particular que al tiempo que dice que los Pizarro planificaron minuciosamente la ejecución de Almagro, exime al hijo de éste de cualquier responsabilidad en la muerte del gobernador Francisco Pizarro. De hecho, afirma que ésta fue responsabilidad exclusiva de Francisco de Herrada y sus once correligionarios. Pero ello no le resta valor a la obra, ya que ninguna crónica de la conquista es neutra. Todos los estudiosos que estamos habituados a trabajar esta apasionante etapa de la historia sabemos que hay que analizar todas las fuentes distinguiendo entre los almagristas, los pizarristas y los oficialistas. Alonso Borregán fue un testigo presencial de muchos de los actos que cuenta y, por tanto, su testimonio, analizándolo adecuadamente, tiene un alto valor histórico. Además, algunos comentarios secundarios, sin contenido político, nos aclara detalles y nos cita personajes de los que desconocíamos su participación exacta.
    En definitiva, felicidades a las editoras y a las instituciones que han hecho posible la edición de este texto fundamental para los estudiosos de la Conquista.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA DE NUEVA ESPAÑA

HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA DE NUEVA ESPAÑA

DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal: Historia verdadera de la conquista de Nueva España (ed. de Guillermo Seres). Madrid, R.A.E., 2011, 1530 págs.

 

        Nunca pensé que las ediciones de la Historia verdadera de Bernal Díaz del Castillo, publicadas por Carmelo Sáenz de Santa María (1966), y Miguel León-Portilla (1984), pudiesen algún día ser superadas. Sin embargo, lo han sido. La edición que ahora reseñamos ha superado con creces a todas sus predecesoras, no solo por su cuidadísima edición, sino también por los centenares de notas a pie de página que aclaran certeramente infinidad de aspectos narrados y por el estudio detallado de la vida y de la obra de Bernal Díaz. Ya no hace falta acudir a las diversas ediciones de esta obra, mexicanas y europeas, para reconstruir la semblanza del medinense sino que basta con acercarse a las páginas de este libro para tener toda la información.

        Curiosamente, se ha optado por colocar primero el texto bernaldiano y al final, en una extensa segunda parte, los estudios históricos y literarios así como los anexos. Y digo que me resulta curioso porque lo habitual en todas las ediciones de textos clásicos que conozco es empezar por el estudio introductorio, seguido de la obra. El estudio científico resulta impresionante, abarcando desde la hoja 1.117 a la 1.357, es decir, un total de 340 páginas de letra prieta en las que se analizan la vida y la obra del escritor de Medina del Campo. Se trata, sin duda, del más extenso, detallado, valioso y serio estudio de Bernal Díaz del Castillo y de su obra. Por tanto, al excepcional valor histórico de la Historia verdadera hemos de añadir el más completo análisis de la personalidad del medinense y de su crónica. Y al final de la misma, se incorporan un grupo de anexos, entre los que destacan una enumeración cronológica de las principales ediciones de la obra, las traducciones, una cronología extensa de la vida de Bernal Díaz, y un excelente y utilísimo índice de nombres y lugares. Nada tiene que ver el estudio científico de Guillermo Seres, Catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, con otros trabajos recientemente aparecidos -con gran repercusión mediática por cierto- del hispanista francés Christian Duverger.

Dado que sería inabarcable y estéril tratar de resumir o extractar los aportes de un libro de más de mil páginas de letra abigarrada, me limitaré a destacar algunas ideas que su lectura me ha sugerido. Por él texto se pasean cientos de pobladores de los primeros años de la conquista, centenares de anécdotas, con la anotación erudita y siempre acertada de Guillermo Seres. Bernal no era latino, como él mismo dijo, pero sí tuvo una capacidad excepcional para captar y reflejar con un lenguaje sencillo todos los lances ocurridos, antes, durante y después de la conquista de México. De hecho, la obra se divide en tres partes bien diferenciadas: una, en la que relata con detalle su participación en los viajes previos a la península del Yucatán. Dos, la conquista de la confederación mexica propiamente dicha, desde la llegada a Veracruz hasta el asedio y caída de la casi mítica ciudad lacustre de Tenochtitlán en 1521. Y tres, el viaje a Honduras, la situación de los encomenderos y la colonización hasta 1568.

Todo el relato esta tamizado por su condición de soldado de a pie. De hecho, como se ha dicho tradicionalmente y confirma el profesor Seres, su objetivo no fue otro que rescatar del olvido las hazañas de la hueste. Porque, a su juicio, las historias de López de Gómara, Illescas o el mismísimo Cortés, habían ensalzado al capitán y minimizado a su hueste. Por ello, considera que su historia ha de ser verdadera y alternativa, porque la conquista no fue tarea de un héroe sino de muchos. Una estrategia que no pretendía otra cosa que reivindicarse a sí mismo, al ponderar su papel y el del resto de la hueste como verdaderos conquistadores. En el fondo subyace la idea de que, pese al heroísmo de la tropa, ésta ha recibido poca recompensa y lo personaliza en sí mismo cuando escribe: y dígolo con tristeza de mi corazón porque me veo pobre y muy viejo… y no puedo ir a Castila ante Su Majestad para representarle cosas cumplideras a su real servicio y también para que me haga mercedes, pues se me deben…

Desde el punto de vista literario su relato, en primera persona, constituye una memoria vital, no una historia. Ello confiere una extraordinaria viveza al texto, pues Bernal se inmiscuye directamente en la acción directa, haciendo partícipe al lector. El uso de la primera persona asegura, asimismo, una gran veracidad al relato, al narrar experiencias vividas. Todo ello hace de la Historia verdadera una obra especial, única, pues consigue introducir al lector en las escenas que narra, en la atmósfera de aquellos lances de guerra. Sorprende, asimismo, la capacidad del medinense para recordar detalles de las personas que desfilan por su obra, construyendo una verdadera galería de retratos, caracterizados, como afirma el editor, con breves pero certeros trazos.

Finalmente hay que decir que, al valor histórico de la obra de Bernal y al excelente estudio científico de Guillermo Seres, hay que sumar la magnífica edición, en un formato manejable y con unos índices que facilitan el acceso a la preciosa información de esta obra cumbre de la cronística de la conquista. No me excedo ni un ápice si digo que se trata de la edición más cuidada hasta la fecha del texto bernaldiano, el mejor análisis literario de la obra y la más completa biografía de su autor. Un trabajo de referencia obligada para todos los historiadores interesados en el drama de la conquista de México y en la vida y la obra de sus protagonistas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA CONQUISTA DE AMÉRICA. UNA REVISIÓN CRÍTICA

LA CONQUISTA DE AMÉRICA. UNA REVISIÓN CRÍTICA

ESPINO LÓPEZ, Antonio: La conquista de América. Una revisión crítica. Barcelona, R.B.A., 2013, 407 págs.

 

        El libro se ajusta perfectamente al título y constituye una síntesis crítica y actual de la conquista de América. Una visión de la Conquista acorde con el siglo XXI en el que vivimos. El autor no maneja documentación inédita pero sí que hace una buena síntesis de los principales cronistas y de lo esencial de la bibliografía sobre esa etapa histórica.

        En líneas generales, comparto las tesis del autor y además me parece una síntesis útil. Se sitúa en una línea revisionista de la que fueron pioneros a finales del siglo XX, Miquel Izard y John F. Guilmartin, y que han continuado Bartolomé Clavero, James Anaya, José María Rojas, Tzvetan Todorov y yo mismo. El autor analiza sintéticamente las tácticas de combate de los hispanos, en especial el uso del escuadrón que él bien conoce porque es especialista en historia de la guerra. Y todo eso lo contrapone a las armas indígenas, muy rudimentarias, aunque algunos grupos caribeños disponían de flechas envenenadas muy temidas por los hispanos.

        Insiste, asimismo, en el uso de la violencia y de prácticas aterrorizantes calculadas para someter a la población indígena. Lo mismo aperreaban a los naturales, que los quemaban en la hoguera o les amputaban alguna extremidad, para causar pavor entre los demás. Como dijo John Hemming, ese tipo de práctica era el último recurso psicológico de los españoles. Las traiciones de los naturales o el asesinato de algún español, eran duramente castigados para evitar que estos incrementasen su animosidad. Cada asesinato era vengado con alguna salvajada, quemando en la hoguera, amputando miembros o torturando a un número muy superior. Ya expliqué yo por extenso en mi libro Conquista y destrucción de las Indias (Sevilla, 2009) que era una consigna tácita entre las huestes: cada gota de sangre hispana derramada les costaría a los indios un torrente.

        Sin embargo, discrepo de dos de las tesis fundamentales y originales que defiende el autor a lo largo de todo su libro: primero, afirma que la guerra de conquista fue muy difícil de ganar, oponiéndose a la tesis general, que arranca del propio padre Las Casas, de que la diferencia técnica, táctica y psicológica fue de tal magnitud que se trató de un verdadero paseo triunfal para los hispanos. Y llama la atención que lo diga precisamente el autor de este libro que es especialista en la guerra moderna, sabiendo lo difícil que eran las guerras de Italia y Francia, y las de turco en el Mediterráneo. Yo sigo pensando que el enfrentamiento fue totalmente desigual. ¿Cómo explicar si no la conquista de las Antillas Mayores en unos pocos años por varios cientos de españoles y la práctica extinción de los taínos en menos de treinta años? ¿Fue difícil la conquista de Cuba por Diego Velázquez y su reducida hueste? ¿Y la conquista de la confederación Mexica por Hernán Cortés en dos años? ¿Y la caída del gran imperio de los Incas en menos de tres años, por un puñado de barbudos? ¿Eso parece indicar que fue una guerra muy difícil de ganar? Pues no, en absoluto, varios miles de hispanos conquistaron varios miles de kilómetros cuadrados en poco más de tres décadas. ¿En qué otra conquista de la historia ha habido un proceso tan rápido y por unos tropas tan reducidas? En ninguna, el caso de la conquista de América es en ese sentido único en la historia, no tiene precedentes anteriores ni posteriores. A mi juicio, la conquista fue dramática para el mundo indígena porque fue tan rápida que no tuvieron tiempo suficiente de reacción, aunque intentaron modificar sus tácticas de combate, aprendiendo de los enemigos sobre el terreno. Precisamente, por eso cuando en 1541, Hernán Cortés tomó parte en la desastrosa campaña de Argel los demás militares de graduación se negaron a aceptarlo en el consejo de guerra, mofándose de él: este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil. Eso no significa que, en algunos momentos, los españoles sintiesen pavor cuando observaban enfrente a decenas de miles de soldados indígenas. Y en ese sentido, cita el autor a Pedro Pizarro quien confesó que, en Cajamarca, muchos compañeros cuando vieron acercarse a Atahualpa acercarse con un séquito de varias decenas de miles de soldados se orinaron de puro temor.

       Y segundo, resta importancia a la superioridad armamentística hispana, pues a su juicio, dispusieron de muy escasas armas de fuego y de pocos caballos y perros. Y frente a ello, afirma con rotundidad que en realidad, el más importante y decisivo instrumento de la conquista fueron los propios aborígenes. Tampoco comparto semejante afirmación, al menos en los términos en que está expresada. Con pocas armas de fuego o con muchas, la superioridad técnica, táctica y psicológica de los hispanos fue infinitamente superior a la de los amerindios, lo mismo los seminómadas del Amazonas que los que vivían en jefaturas o estados. En varias ocasiones he puesto por escrito que fue algo así como si en la actualidad un ejército con armas nucleares se enfrentara a otro que solo dispusiese de armas convencionales. Por otro lado, le resta cierta importancia al caballo como elemento decisivo, aludiendo a que en algunos momentos dispusieron de muy pocos équidos y que, en otros, el terreno era agreste y fueron de poca utilidad. Yo opino, que no hay que decidir salomónicamente entre uno u otro. Los équidos fueron decisivos en las Antillas y en áreas de Norteamérica donde no fue fácil conseguir indios aliados o guatiaos. En Mesoamérica y sobre todo en el área andina, los indios aliados sí que fueron más decisivos para el éxito, sin menospreciar, por supuesto, la importancia de la caballería. Como afirma el autor, muchas etnias indígenas se equivocaron de aliado, pues, cuando se dieron cuenta que los hispanos eran peores que sus antiguos señores incas o mexicas, era demasiado tarde. Pese a todo, sigo pensando, que desgraciadamente para los amerindios, la conquista fue un dramático, sangriento y rápido paseo triunfal de las huestes.

        En resumidas cuentas, el libro plantea a mi juicio algunas ideas muy discutibles. Sin embargo, en general, se encuentra dentro de la nueva línea revisionista de la Conquista, mucho más ecuánime que la clásica visión apologética a la que estamos acostumbrados. Así que bienvenido este nuevo manual que nos ayuda mucho a los que, como yo, hace años que estamos empeñados en desentrañar el drama de aquella guerra.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LO CONVERSO: ORDEN IMAGINARIO Y REALIDAD EN LA CULTURA ESPAÑOLA

LO CONVERSO: ORDEN IMAGINARIO Y REALIDAD EN LA CULTURA ESPAÑOLA

FINE, Ruth, GUILLEMONT, Michèle y VILA, Juan Diego (eds.): Lo converso: orden imaginario y realidad en la cultura española (siglos XIV-XVII). Madrid, Iberoamericana, 2013, 535 págs.

 

        El libro recoge una veintena de aportaciones presentadas en el Coloquio Internacional, La literatura de conversos después de 1492, celebrado en la Universidad Hebrea de Jerusalén, en enero de 2010. Se trata de un verdadero estado de la cuestión, donde se integran innovaciones metodológicas, precisiones terminológicas y novedosos puntos de vista. Los especialistas allí reunidos proceden tanto del terreno de la literatura como de la historia. Como dicen los propios editores en el prólogo el objetivo de la reunión no fue otro que intercambiar perspectivas, renovar agendas críticas, recuperar cauces exegéticos o impugnar asertos tradicionalmente sostenidos sobre la cuestión conversa.

        En vez de hacer un análisis de cada una de las aportaciones, glosaré algunas ideas transversales tratadas por la mayoría de los ponentes. En primer lugar, se analizan los métodos de identificación de la literatura conversa, al tiempo que se reivindica el estudio de aquellos sefarditas exiliados en Ámsterdam, Venecia, Ruán o Constantinopla. A veces, son matices, ciertas expresiones o ciertos resentimientos los que pueden ofrecer pistas sobre un posible origen converso de un autor. No olvidemos que, en teoría, el converso era un cristiano nuevo y, por lo general, trataba de ocultar su pasado judaico. Esta literatura tiene su problemática, sobre todo por la falta de acuerdo sobre si basta algún aspecto biográfico, la actitud crítica, o el simple uso de un género determinado –como la novela picaresca- para incluirse entre los conversos.

Está claro que el género de la novela picaresca, incluye un posicionamiento crítico que sirve de desahogo al sufrimiento de los escritores judeoconversos, como bien afirma Augustín Redondo. A Mateo Alemán se le considera el verdadero creador del género, continuado por el autor del Lazarillo de Tormes y del Guzmán de Alfarache. No tiene nada de particular que el cirujano judeoconverso Francisco de Peñaranda, emparedada un ejemplar del Lazarillo de 1554 en su casa de Barcarrota (Badajoz), antes de abandonarla. Trataba de ocultar lo más posible las huellas de su pasado judío.

A lo largo de esta obra, los distintos autores ponen el acento en la literatura conversa y en los rasgos que la distinguen, desde Fernando de Rojas a Miguel de Cervantes, pasando por los escritores sefarditas exiliados. Por las páginas de esta obra se pasean personajes tan relevantes como Mateo Alemán, Hernando de Talavera, Juan Ramírez de Lucena, Alfonso de Santa Cruz, Juan de Mal Lara, Jorge de Montemayor, Juan Méndez Nieto, Miguel de Cervantes y Juan Lluis Vives, entre otros. Y todo ello sin perder de vista que, en una sociedad tan casticista como la hispánica, muchos optaron por el silencio, por lo que no siempre es fácil identificar a los autores y a la literatura conversa. Interesante es el trabajo de Juan Ignacio Pulido que argumenta sobre la supuesta ascendencia conversa de Cervantes, ratificando lo aseverado hace décadas por Américo Castro. Hay ciertas expresiones de Don Quijote que pueden ser indicativos, como cuando afirma que los sábados comía duelos y quebrantos, aludiendo a los huevos y al tocino respectivamente. Ello implica que el caballero de la Mancha, como muchos conversos, aborrecía un alimento que se veía obligado a consumir, precisamente en la fiesta del Sabbat. También, como afirma Ruth Fine, el tratamiento que reciben en sus obras los marginados pueden ser otros indicios de esa filiación cristiano-nueva.

No podían faltar algunas ponencias relativas a los judeoconversos en las colonias americanas. Muy interesante es el texto de Aliza Moreno-Goldschmide sobre el médico Juan Méndez Nieto, que marchó a América, afincándose en Cartagena de Indias. Allí encontró su espacio de libertad, pues, como él mismo escribió en sus memorias, en las colonias uno podía prosperar con dinero y esfuerzo y no por su ascendencia familiar. Muy singular me ha resultado el trabajo de Jan Szeminski sobre el drama de la muerte de Ataw Walpa, una obra teatral quechua, escrita a mediados del siglo XVI en la que se niega la ascendencia judía de los indios, al tiempo que se le atribuye nada más y nada menos que a Francisco Pizarro. Y ello con la intención literaria de contraponer por un lado lo bueno -indios cristianos- frente a lo malo -el conquistador marrano-. Y ello con la intención de demostrar que Pizarro fue lo peor entre ambos mundos, el Perú cristiano y España.

En general, como bien se explica en estas páginas, los conversos pudieron haberse integrado en la sociedad castellana; lo intentaron. Eran descendientes de judíos, pero cristianos al fin y al cabo, siendo los irreductibles, como afirma Rica Amrán, una minoría. Sin embargo, fue el radicalismo inquisitorial y la actitud casticista de la mayoría de los cristianos viejos los que hicieron inviable el proceso. A fin de cuentas, como dice Rachel Ibáñez-Sperber, eran conversos simple y llanamente porque los demás –los otros- los tenían como tales. Fueron, pues, endógamos a la fuerza ya que nunca fue tanto una opción propia como producto del rechazo de los cristianos viejos. Incluso, se vieron obligados a crear sus propias cofradías de conversos, como la de San Cristóbal de Gandía, fundada en julio de 1403. Por ese mismo rechazo, a finales de ese siglo comenzaron a aparecer en Castilla las cofradías de negros, y en el siglo siguiente las de moriscos. Fueron obligados a vivir en barrios separados, al tiempo que se les limitó el acceso a determinados oficios y a los altos cargos de la administración. Así, por ejemplo, el gremio de plateros de Valencia exigía un expediente de pureza de sangre. Un destino tan trágico como el de los moriscos y el de otros híbridos, sobre los que siempre pesó la sospecha.

Ésta era la España excluyente, intransigente y casticista de ayer que las páginas de este libro ayudan a desentrañar. Éste es nuestro irrenunciable pasado, trágico, pero nuestro. Y tenemos la obligación de desentrañarlo y conocer toda la verdad por dura que ésta sea.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS