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EL BOTÍN DEL NUEVO MUNDO

PELEGRÍ PEDROSA, Luis Vicente: El botín del Nuevo Mundo. Capitales indianos en Extremadura. Sevilla, Muñoz Moya Editores Extremeños, 2004, 322 págs. I.S.B.N.: 84-8010-128-8.

 

          Este libro ha supuesto, desde el mismo momento de su aparición, un antes y un después en la historiografía que analiza las relaciones económicas entre España y América en la época colonial. Es cierto que la temática cuenta con una larga tradición bibliográfica que arranca desde los clásicos estudios de Earl Hamilton y que se ha visto ampliada en los últimos años con decenas de trabajos monográficos. Sin embargo, en este libro, tras un minucioso y arduo trabajo en los archivos locales, se presentan dos casos muy singulares, el de Cáceres y el de Castuera, en la Alta y en la Baja Extremadura respectivamente. Una obra que por su metodología, por su extensísima base documental, por la singular zona de estudio de la que trata y por las conclusiones resulta ya fundamental para conocer el impacto del Nuevo en el Viejo Mundo

          La obra, que es una versión íntegra de su tesis doctoral, está magníficamente estructurada, contando con un prólogo, una introducción, cuatro partes subdivididas en nueve capítulos, una conclusión y nada menos que veintinueve apéndices. En la introducción el autor establece algunas acotaciones terminológicas, distinguiendo entre los inversores emigrantes –los que se quedaron en las Indias- y los inversores retornados, es decir, una minoría que consiguió regresar a su lugar de origen. Unos y otros son calificados de “triunfadores” porque fue esta minoría –aproximadamente un diez por ciento de toda la emigración- la que obtuvo el suficiente montante económico como para remitir una parte de sus caudales a su localidad natal.

De hecho, de los novecientos ochenta emigrantes cacereños registrados en los siglos XVI y XVII tan solo ochenta y cinco hicieron algún tipo de inversión en su ciudad natal, mientras que, en Castuera, de un total de ciento doce emigrantes solo lo hicieron veintisiete. Muchísimos menos retornaron con su dinero a sus localidades de origen, cinco en Castuera y doce en Cáceres. Estos últimos eran conocidos como los peruleros y debieron ser un incentivo irresistible para centenares de desheredados que en la España Moderna estaban dispuestos a jugarse la vida buscando una existencia más digna para ellos y los suyos. Según se afirma en el libro casi todos los inversionistas eran hombres, en su mayoría miembros del clero o funcionarios, y su destino mayoritario fue el Virreinato del Perú seguido, a mucha distancia, por el de Nueva España. Nada tiene de particular esta última circunstancia dado que se trataba de los puntos neurálgicos del Imperio Español.

          Ya hemos dicho que la obra cuenta con un extenso respaldo documental. Concretamente, se han consultado los protocolos notariales de las localidades de Castuera y Cáceres, buscando hasta la más mínima referencia al mundo indiano. Y en este sentido, hay un dato verdaderamente demoledor: el autor extrajo información de ochenta y nueve legajos del Archivo de Protocolos de Cáceres para lo que debió registrar, ¡página a página!, nada menos que cuatrocientos cuatro legajos. También consultó materiales manuscritos en archivos generales españoles –como el de Indias y el de Simancas-, en archivos extranjeros –como el General de la nación de Perú- y en archivos familiares –como el del Conde de Canilleros en Cáceres-. Es, pues, esta abrumadora base documental lo que proporciona solidez a los argumentos planteados en este libro.

          En el segundo capítulo, se examina el marco histórico de Extremadura en los siglos XVI y XVII, tratando de buscar las causas de la abundante emigración que desangró la región. Su carácter periférico, la pobreza y aridez de la tierra, la concentración parcelaria en pocas manos y una economía agrícola absolutamente rudimentaria parecen ser algunas de las causas decisivas. Y todo ello, aumentado por la facilidad que suponía la relativa cercanía a Sevilla, considerada ya entonces la “puerta y puerto de Indias”. Frente a lo que se ha afirmado tradicionalmente, la existencia de numerosas tierras de señorío no fue una causa determinante en el proceso migratorio, pues, el autor no detectó diferencias significativas con respecto al número de emigrantes registrados en las tierras de realengo.

          En la segunda parte, capítulos III, IV y V, se analiza el origen de los capitales invertidos en Extremadura y el largo camino que recorrían desde las Indias hasta su lugar natal. Tradicionalmente se había pensado que el dinero indiano, bien, salió al extranjero para pagar las guerras españolas en Europa, o bien, se invirtió en objetos suntuarios y en fundaciones de memorias, sin una trascendencia significativa en la economía del común de la ciudadanía. Ya en 1978 el profesor Vázquez de Prada, advirtió la posibilidad de que una parte de los caudales indianos, los de los pequeños comerciantes y propietarios, hubiesen entrado “en el circuito de una economía productiva” (1978: III, 709). Pues, bien, para mi el gran aporte de este libro consiste en haber demostrado definitivamente la importancia que los caudales indianos tuvieron en la precaria economía de la Extremadura rural. De hecho, se estima que, entre 1541 y 1689, llegaron a Cáceres y a Castuera más de dos millones y medio de reales. Eso supone una media de más de diecisiete mil reales anuales para ambas localidades. Pero no olvidemos que, a finales del siglo XVI, Cáceres no llegaba a los siete mil habitantes, mientras que Castuera estaba en torno a los mil quinientos. Se trata, pues, de unas cantidades de dinero que a lo largo de casi siglo y medio supusieron una inyección considerable de numerario.

          También se analiza, en esta parte del libro, el tiempo que transcurría desde la disposición del inversor –casi siempre testamentaria- y su cobro en tierras castellanas, así como la merma que el capital experimentaba. Una espera media que el autor sitúa en cinco años y ocho meses pero que en ocasiones podía ser mucho más. De hecho, en un estudio reciente sobre las inversiones indianas en otra villa extremeña, Montijo, se citaba el caso del perulero Pedro Sánchez, cuyos caudales llegaron a Sevilla en 1581 y, por unos motivos u otros, sus herederos no cobraron hasta febrero de 1600 (Mira Caballos 2001: 219-248).

Una vez fallecido, salvo que algún heredero quisiese marchar a América, los bienes del finado debían ser subastados, no alcanzando nunca su valor real. Una vez que el patrimonio se convertía en caudal líquido se debían abonar los costes del funeral así como las misas y limosnas a las instituciones locales que el finado hubiese dispuesto en su testamento. A partir de aquí había que pagar el transporte, así como el obligatorio impuesto de la avería. Pero no acababan aquí los gastos, pues, una vez que el capital llegaba a la Casa de la Contratación, se le aplicaban importantes tasas para pagar desde al simple arriero que llevaba el dinero del buque a la Casa de la Contratación, hasta los tenedores de los bienes de difuntos y al abogado que defendió los bienes. Cuando el heredero era menor de edad la fortuna sufría un menoscabo aún mayor ya que había que financiar al llamado curador de menores. Los gastos medios derivados de la gestión de la Casa de la Contratación estuvieron, según el autor, ligeramente por encima del quince por ciento del montante total.

          En la tercera parte del libro se consideran las distintas formas de inversión de esos capitales. Fundamentalmente se invirtieron, por este orden, en propiedades rústicas, en propiedades urbanas y en censos. El autor insiste especialmente en esta última forma de inversión, que él califica de “auténtico sistema de crédito hipotecario”, cuyo interés se fijaba entre el cinco y el siete por ciento. Tradicionalmente se había criticado el censo como una de las cargas que gravó la economía castellana, especialmente la propiedad rústica. Sin embargo, en este estudio se resalta la importancia del censo como un instrumento capitalizador fundamental en el medio rural. Una verdadera “correa transmisora” -utilizando palabras del autor- del excedente de dinero indiano a las precarias explotaciones agrarias extremeñas. También tuvieron cierta importancia los legados dejados a familiares y allegados que debieron suponer un cierto desahogo económico para sus sufridas economías.

          Y finalmente, en la cuarta y última parte, se trata la administración y la evolución de esos capitales en Extremadura. Y llama la atención su pervivencia en el tiempo a través de fundaciones y obras pías, hasta bien avanzado el siglo XIX. De hecho, un caso extremo de esta pervivencia es la existencia actualmente en Trujillo de la Fundación Obra Pía de los Pizarro que al parecer se mantiene prácticamente sin solución de continuidad desde su erección, allá por la centuria decimosexta. Según el autor, esta pervivencia demostraría, primero, la buena administración de estos capitales, y segundo, su gran potencial económico.

          El libro de Luis Vicente Pelegrí nos parece, en definitiva, una de las obras más fundamentadas que se han escrito hasta la fecha sobre los caudales indianos invertidos en la España Moderna. Ello no impide que detectemos algunos pequeños errores, algunos tipográficos, otros meros descuidos de su autor. En la bibliografía se omiten aleatoriamente algunos de los autores citados a lo largo del libro como Rubio y Muñoz Bocanegra, Veitia Linaje, Sánchez Marroyo, Aragón Mateos o Bartolomé Clavero Arévalo. También hubiera sido oportuno, a nuestro juicio, que el autor hubiese colocado un subtítulo, especificando los nombres de las dos localidades estudiadas -Castuera y Cáceres- así como la cronología, es decir, los siglos XVI y XVII. En cualquier caso, se trata de pequeñeces que en absoluto empañan la solidez de una obra que está llamada a convertirse en un clásico en los estudios sobre los flujos económicos entre España y América en la Edad Moderna.

 

Esteban Mira Caballos

18/10/2010 09:57 Esteban Mira Caballos Enlace permanente. sin tema

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