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GHIGLIERI, Michael P.: El lado oscuro del hombre. Los orígenes de la violencia masculina. Barcelona, Tusquets Editores, 2005, 375 págs.
    
         Estamos ante una excelente obra que analiza el instinto humano, tratando de buscar respuestas a nuestro comportamiento agresivo. Reconozco que pocos libros me han impactado tanto como éste, por los paralelismos que establece entre el comportamiento  humano y el de los prosimios. Esencialmente Michael Ghiglieri trata de demostrar que nuestro  comportamiento depredador está mediatizado a partes iguales por la genética y por las condiciones sociales y ambientales. Muchos de nuestros instintos proceden de nuestro pasado prehistórico, que por cierto duró millones de años. Según explica de manera convincente el autor, compartimos con los chimpancés el 98,4 % de nuestro ADN nuclear. Unos mamíferos a los que el autor ha investigado durante décadas, llegando a la conclusión que muchos de nuestros comportamientos tienen en buena parte un origen genético, procedente de nuestro amplio pasado primate. Así, por ejemplo, la gula que exhiben muchas personas estaría condicionada genéticamente, pues los primates, al igual que los simios actuales, comían cuanto podían en las épocas de abundancia para sobrevivir en los largos períodos de carestía. Las conductas violentas también tendrían relación con el comportamiento vehemente, sexista y xenófobo de los simios. A su juicio, ahí se encuentran las raíces de nuestro comportamiento.
        Ello explicaría la omnipresencia de la violencia en el pasado y en el presente de la historia humana. De hecho, se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Y es que parece obvio que la guerra ha estado plenamente ligada a la historia de la humanidad y, sobre todo, de la civilización. Y por si fuera poco, el siglo pasado ha sido el más bárbaro de la Historia, la centuria de las guerras como la denominó acertadamente Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que algunos han llamado la guerra total industrial que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías para causar el mayor daño posible al oponente. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e, incluso, alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían, según ellos, ser exterminados. Y lo peor de todo es que no se trataba de la idea de un demente, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales.
        Pero desgraciadamente el genocidio Nazi, con ser el más conocido, no ha sido ni mucho menos el único. A la par que ellos cometían su particular genocidio en Europa, su alma gemela, que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. Pretendían alcanzar, de manera similar a los nazis, el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito. En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.
         En definitiva, Ghiglieri trata de hacer comprensible el comportamiento humano desde nuestro pasado biológico y desde el contexto ambiental. Estos dos factores explicarían buena parte de nuestras actitudes violentas, tanto de carácter criminal como sexual. Los planteamientos del autor son muy convincentes y, en parte, consiguen que entendamos algunas de las actitudes violentas del ser humano. No obstante, Ghiglieri habla de un cierto determinismo genético y ambiental, reduciendo excesivamente nuestro margen de autonomía. Yo creo que no debemos hablar de determinantes sino sólo de condicionantes porque afortunadamente el ser humano siempre ha tenido y tiene un margen más o menos amplio de libertad. Ese espacio es el que utilizan la mayor parte de las personas para neutralizar sus posibles instintos animales y comportarse como seres humanos, es decir, humanitariamente. Por tanto, es posible que estemos condicionados por nuestro pasado animal, pero no determinados, y así lo demuestra la propia Historia, salpicada tanto de hechos violentos como de destellos de humanidad.

ESTEBAN MIRA CABALLOS