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CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

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LOSURDO, Domenico: Contrahistoria del Liberalismo. Barcelona, El Viejo Topo, 2007, 374 págs.

 

        Domenico Losurdo, profesor de Filosofía de la Historia en la Universidad de Urbina, reflexiona en este libro sobre las contradicciones y mitos del liberalismo. La ideología liberal fue la responsable del fin del Antiguo Régimen, esgrimiendo las libertades individuales, frente al poder absoluto. Sin embargo, dicha ideología no puede identificarse con la libertad sin más. No podemos obviar –recalca Losurdo- que pese a su utilidad en el tránsito del Viejo al Nuevo Régimen, se trataba de un credo de clase, de la clase burguesa. Y por ello, siempre ha tendido a la defensa de los intereses del grupo dominante y no del pueblo. Como ya dijo en el siglo pasado René Rémond, el liberalismo tiende a mantener la desigualdad social. Por eso no sólo tolera la esclavitud sino que la auspicia y la justifica.

El aporte del autor de este libro consiste en haber demostrado de manera incontestable que la esclavitud y el imperialismo –de cualquier tipo- no es que permanezca residualmente en los inicios del liberalismo sino que es consustancial a él y que, incluso, alcanza su máximo desarrollo tras el triunfo liberal. Naciones tradicionalmente liberales como Inglaterra u Holanda estuvieron más implicadas que nadie en la trata negrera. Pero es más, padres del liberalismo, como Locke, Calhoun o John Stuart Mill defendieron la institución de la esclavitud en mayor o en menor grado, aunque otros como Montesquieu o el propio libertador Simón Bolívar, la censurasen con claridad. Locke lo mismo criticaba el servilismo autocrático de la monarquía absoluta que justificaba la esclavitud en las colonias. Es sin duda el último de los grandes filósofos que argumenta a favor de la esclavitud absoluta y perpetua, pues no en vano el mismo poseía inversiones en el lucrativo negocio de la trata. La situación en el siglo XVIII llegó a tal extremo que era más difícil que un esclavo de una colonia británica alcanzase la manumisión que otro que hubiese vivido en el antiguo Imperio Romano.

Si ya de por sí muchos liberales justificaban la esclavitud, con muchas más razones, lo hacían del servilismo. Incluso los abolicionistas tienen intereses velados, pues rechazan la esclavitud pero sostienen el trabajo servil. Las reclutas forzadas de marineros y de soldados eran prácticas habituales en el mundo anglosajón en los siglos XVIII y XIX. Dada la dureza de estos oficios y la alta tasa de mortalidad, las autoridades metropolitanas se veían obligadas a recurrir a métodos drásticos para mantener en servicio las más de 700 naves de guerra que surcaban y mantenían su imperio. Una forma de servidumbre que no guardaba apenas diferencias con la esclavitud.

Llegados a ese punto, el profesor Losurdo se plantea una interesante pregunta: ¿se puede ser liberal y esclavista al mismo tiempo? La respuesta no admite dudas, rotundamente sí. Dicha ideología, al ser clasista, defiende los derechos y libertades de la clase dominante, negando todas estas prerrogativas a pobres, marginados, huérfanos, vagabundos y minorías étnicas. La idea ciceroniana de que algunos pueblos eran indignos de la libertad se mantenía con énfasis en el ideario liberal. Para John Stuart Mill los anglosajones estaban en la cúspide civilizatoria, pues habían contribuido al progreso general de la humanidad. Por eso, el sometimiento de otros pueblos, teóricamente bárbaros, no sólo era posible sino deseable. Pero en esa defensa clasista los ideólogos liberales van mucho más allá: en caso de que dentro del propio país civilizado se produjese una barbarie interna –revueltas, manifestaciones, huelgas- que amenazase la estabilidad, es posible suprimir temporalmente las libertades y establecer un gobierno dictatorial. Esta idea la defendió en su día Montesquieu y la esgrime y usa reiteradamente el neoliberalismo en pleno siglo XXI.

        Asimismo, insiste el autor que el estado del bienestar, que durante varias décadas hemos conocido en Europa, no ha sido fruto del liberalismo como piensa la mayoría. En realidad, estos avances sociales no han sido una concesión graciosa de la élite dirigente –la burguesía- sino fruto de la larga lucha de clases que se inicia fundamentalmente a parte de la revolución rusa de 1917. Desde la caída del muro de Berlín, y tras el desprestigio de la praxis marxista, esta última ideología ha perdido fuerza lo que ha aprovechado la ideología liberal para acabar con el estado del bienestar. Si nada ni nadie lo remedia vamos a asistir en los próximos lustros al fin del estado social y a la vuelta de las grandes desigualdades sociales. La clase media se reducirá drásticamente, al tiempo que aparece una extensa prole de trabajadores pobres que ni aun trabajando conseguirán satisfacer sus necesidades más perentorias.

Lo que Losurdo deja claro en esta brillante obra es que la ideología y la praxis liberal no solo no han impedido la esclavitud, la servidumbre o el expansionismo imperialista sino que han sido consustanciales a su propio sistema. El panorama se presenta sombrío por el triunfo de la ideología neoliberal. La única esperanza que nos queda es que precisamente la reaparición de la clase obrera en su más extenso sentido, dé lugar a un retorno del movimiento obrero y a un renacer del pensamiento marxiano. También sería positivo que potencias regionales como Rusia o emergentes como China, consiguiesen el potencial suficiente para frenar o al menos limitar el expansionismo estadounidense por el mundo y su ideología neoliberal.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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