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HEADRICK, Daniel R.: El Poder y el Imperio. La tecnología y el Imperialismo, de 1400 a la actualidad. Barcelona, Editorial Crítica, 2011, 456 págs.

 

        Traducción de la obra Power Over Peoples, con una variación acusada del título que literalmente era El poder sobre los Pueblos y que se ha cambiado por éste quizás más atractivo de El Poder y el Imperio. Una obra verdaderamente monumental, amena, bien escrita y muy documentada en la que Daniel R. Headrick, profesor emérito de la Roosevelt University of Chicago, analiza el papel de la tecnología en el imperialismo occidental, desde el siglo XV a nuestros días. El fenómeno arranca de la antigüedad con imperios como el acadio, el asirio, el romano o el chino de Gengis Khan. Como destaca el autor, este imperialismo no se limitaba a Occidente sino que se extendía por Oriente, con potencias como China que, a principios del siglo XV, poseía la armada de guerra y la marina mercante más poderosa del mundo. Problemas internos, y sobre todo el miedo a las invasiones nómadas del norte, les llevó a centrarse en la defensa interior de su territorio, con la construcción de la famosa Gran Muralla, y a abandonar su posible expansión naval. En cualquier caso, el autor analiza tan sólo el imperialismo moderno y contemporáneo, cuyo momento culminante se alcanzó poco antes del estallido de la I Guerra Mundial, cuando las potencias occidentales controlaban nada más y nada menos que el 84,4 por ciento de todo el orbe.

        A su juicio, el móvil fundamental fue el control económico y material de los pueblos conquistados o sometidos. Sin embargo, no le falta razón cuando afirma que hay algo que casi todos los investigadores han obviado y es que para llevar a cabo dichas aventuras coloniales o imperialista hacía falta una tecnología y unas condiciones medioambientales determinadas. Nada ha sido tan importante en la historia como los avances tecnológicos –las armas de fuego, el barco de vapor, la ametralladora, la aviación, etc.-, que han sido los responsables de las relaciones internacionales de dominio. Cada vez que un reino o un estado estimaba que poseía un potencial tecnológico suficiente para someter a otros lo hacía. Desgraciadamente, la ambición ha sido siempre un rasgo esencial del ser humano, que alcanza su máxima expresión en el sometimiento de unos pueblos a otros, pero que sólo se puede llevar a cabo cuando la tecnología lo permite.

        Inicialmente, la expansión europea estuvo influida por la necesidad de salir del confinamiento al que, desde el este y el sur, le sometían el Islam y la Reforma, pretendiendo ganar allende los mares lo que perdía en su propio continente. El descubrimiento del océano fue iniciado por los portugueses, seguidos de los españoles que no tardaron en incorporar la experiencia náutica lusa y sumarla a la suya propia. En la conquista de América se produjo una guerra asimétrica debido a la caballería y a las armas de fuego, pues los indígenas no poseían tecnología y tácticas capaces de frenarlos. Pero disiento del autor en varios aspectos: uno, maximiza la superioridad tecnológica de los hispanos, restando importancia a su superioridad psicológica y a la fuerza de las motivaciones que fueron elementos determinantes de aquella superioridad. Y otra, tampoco creo que los hispanos fracasaran en la conquista de Norteamérica, del sur de Chile o del Amazonas. Aunque las sociedades tribales eran más difíciles de ocupar porque había que ir sometiendo pueblo a pueblo o cacique a cacique, el motivo fundamental por el que no fueron conquistados fue que no hallaron metales preciosos. Si Francisco de Orellana hubiese encontrado en el Amazonas el Dorado o el país de la Canela es obvio que el pulmón del mundo hubiese desaparecido hace tiempo. Y lo mismo puede decirse de Chile, o Argentina. Tampoco parece cierto que la principal desigualdad entre el Tahuantinsuyu y los imperios occidentales como el romano, fuese la carencia de escritura. Ésta la suplían a nivel fiscal con el quipu y la historia y la literatura eran de transmisión oral. La principal diferencia no era esa sino el desconocimiento del hierro.

        A partir del capítulo cuarto se aborda el imperialismo contemporáneo, liderado por Gran Bretaña y Francia, que extendieron sus dominios por África y Asia. Las revoluciones industriales, despertaron un apetito insaciable por buscar nuevos mercados que solucionaran el problema de la superproducción que aquejaba a Europa, al tiempo que les permitía importar materias primas, fuentes de energía y productos exóticos. También aportaron las innovaciones tecnológicas necesarias para llevar a cabo esa expansión. El barco de vapor, las mejoras en las armas de fuego –más eficaces y, por tanto, más mortíferas- y la tecnología médica –como la profilaxis con quinina o la vacuna de la viruela- permitieron esta expansión sin precedentes. Bien es cierto que estos avances médicos no estaban destinados a mejorar la salud de los nativos sino la de los colonos europeos. Los vapores fueron el medio y el incentivo de la expansión imperialista de principios de la Edad Contemporánea. Los navíos ingleses surcaron los océanos del mundo, consolidando una línea entre Inglaterra y la India. Los ingleses establecieron su libre comercio a los asiáticos recalcitrantes, después de imponerse en la guerra del Opio, aunque fracasaron en la primera guerra anglo-afgana de 1839-1842. Ésta fue la primera de una larga serie de fracasos que las potencias mundiales han sufrido en Afganistán hasta nuestros días. África fue ocupada en poco más de cuatro décadas, debido fundamentalmente a la diferencia abismal entre las armas europeas y las de los nativos. También los Estados Unidos ocuparon el oeste americano, acabando con cientos de pueblos aborígenes a quienes se les asesinó o se les expulsó de sus tierras. La resistencia fue feroz, pues estos se habían convertido en veloces jinetes y además disponían de armas de fuego. Pero el hombre blanco acabó con su medio de vida, los bisontes, de los que se alimentaban y vestían. De esta forma los redujeron a la pobreza, sin alimentos, sin cobijo y sin ropa, facilitando su derrota, incluidos los cheyenes, comanches y lakotas que tuvieron el orgullo de vender cara su derrota.

Poco antes de la I Guerra Mundial, la expansión imperialista se había frenado drásticamente porque las antiguas colonias fueron incorporando la mayor parte de la tecnología bélica y médica de las metrópolis y acabó con ese expansionismo barato fácil y rentable. Los etíopes habían derrotado a los italianos en la batalla de Adua (1896), demostrando que era posible la victoria sobre las metrópolis. También los españoles fueron dolorosamente derrotados en Annual (1921), entre Ceuta y Melilla. La respuesta tardó en llegar cuatro años, cuando un desembarco hispano-francés, precedido de bombardeos masivos en los que además se usaron armas químicas –gas mostaza-, derrotó a los insurgentes. Pese al descalabro de los rifeños y a la captura de su líder Abd-el-Krim, el daño ya estaba hecho. Ahora, las guerras eran costosas en vidas humanas y en dinero, que no se compensaba ya con los posibles beneficios. Cuando los costes de una expansión superaran a los posibles beneficios, ésta se estanca.

Sin embargo, después de la Gran Guerra entró en juego una nueva arma, la aviación, que permitió relanzar aventuras imperiales no solo a los Estados Unidos, la URSS, Gran Bretaña o Francia, sino también a potencias de segundo orden como Italia o España. En el capítulo octavo, el autor indaga en el control aéreo entre 1911 y 1936. Sin embargo, después de la II Guerra Mundial, pese a las tecnologías aéreas, muchas de estas potencias tenían problemas para controlar aquellos países con condiciones naturales adversas –selvas, ciénagas, montañas, etc. Algunos estados modestos consiguieron derrotar o frenar el avance de auténticas superpotencias. Así le ocurrió a los Estados Unidos en Corea, Vietnam e Irak y a la URSS en Afganistán. Ya las victorias de los ejércitos convencionales no garantizan ni tan siquiera el control efectivo del territorio. Es más, como dice el autor, cuanto más cruentos son los bombardeos mayores simpatías y adhesiones despiertan los insurgentes y más facilidad tienen para captar nuevos adeptos. Por cada insurgente asesinado surgen diez nuevos rebeldes. Este declive del control del aire lo analiza el autor en el capítulo noveno, cuyo umbral cronológico prolonga hasta el año 2007. Esto demuestra, a juicio del profesor Headrick, que la tecnología por muy avanzada que sea no necesariamente otorga el poder sobre los pueblos con tecnologías más arcaicas. El creciente poder tecnológico de las grandes potencias coincide paradójicamente con la disminución del poder sobre los pueblos. Y esto en la actualidad es mucho más visible por la globalización que permite tener comunicados permanentemente a todos los insurgentes, rebeldes, opositores y hasta terroristas del mundo, ante la impotencia de los grandes poderes mundiales. Aún así los países más desarrollados siguen en su afán incansable por desarrollar nuevas y más sofisticadas tecnologías que les permitan controlar el mundo. Esa es la sinrazón humana, una ambición desmedida que no ha cesado de provocar desgracias, catástrofes, muertes e injusticias.

        Como es normal en una obra de esta envergadura, es posible encontrar aspectos más que discutibles e incluso mejorables, a saber: se aprecia que el autor maneja mucho mejor el imperialismo contemporáneo, que es donde encontramos los mejores aportes de la obra, que el moderno o el medieval, como el descubrimiento de los océanos y la conquista de América. Asimismo, se percibe un amplio conocimiento de las fuentes, aunque se limita casi exclusivamente a la bibliografía anglosajona, con muy pocas excepciones y casi siempre alusiva a algún cronista. Bien es cierto que la bibliografía de habla inglesa tiene una gran importancia, pero no se debe obviar la historiografía francesa, italiana, española y portuguesa, al menos en lo referente a sus respectivos territorios coloniales. Y finalmente quería incluir un comentario meramente anecdótico: que los hispanos usasen las especias como conservante o para encubrir el mal sabor de la carne putrefacta no deja de ser un comentario tan chusco como infundado. En Europa se conocían medios de conservación bastante eficaces, como la salazón, el ahumado o la inmersión de las carnes en recipientes con aceite de oliva, y las especias no dejaron de ser nunca un producto de lujo de los paladares más exquisitos. Ahora bien, estas pequeñas observaciones no empañan el extraordinario valor de una obra que está llamada a convertirse en todo un clásico de la historiografía sobre el imperialismo moderno y contemporáneo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS