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UN GRITO EN EL DESIERTO DE LO REAL

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VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Un grito en el desierto de lo real. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2013, 198 págs.

 

        Último libro del filósofo extremeño en el que vuelve a abordar, con un lenguaje sencillo y directo, los grandes problemas de nuestro tiempo. Preguntas y respuestas se entrecruzan en su libro, casi siempre sin un orden aparente, siguiendo los impulsos espontáneos de su autor. Sin embargo, su elocuencia y sus característicos cambios de tercio, le dan una gran viveza al texto, al tiempo, que permiten una lectura libre, multidireccional, lo mismo por partes, que de principio a fin, que de fin a principio.

Su filosofía es utilitarista, pretende ser una herramienta para ayudar a entender nuestro mundo y servir al bien común. Y aunque difiero del autor en algunos de sus argumentos, coincido en lo fundamental, en su compromiso social. Para mí la filosofía –como la historia- no tiene ningún sentido si no contribuye a la construcción de un mundo mejor para todos. Y en este sentido, afirma el autor que, dado que la filosofía es pensar, no puede haber democracia sin filosofía, ni filosofía sin democracia. El valor de su obra reside en su juicio independiente, sin más compromiso que su conciencia y su lucha por la justicia social. Su crítica abarca a todas las instituciones de poder: Estado, Iglesia, Universidad, Academias, partidos políticos, etc. También analiza críticamente las ideologías, de todo tipo, no solo el capitalismo neoliberal. Y ello, supone un acto de valentía que puede conllevar algunas satisfacciones pero también grandes sacrificios personales. Como él mismo indica, lo fácil es estar con las mayorías y lo difícil vivir y hablar como un disidente. Eso le lleva al aislamiento, a la falta de apoyos institucionales y, hasta cierto punto, a la soledad académica. El poder recela siempre de estos pensadores, dedicados a destapar las grandes mentiras de nuestro tiempo. Y la forma con la que se le combate no es mediante el debate intelectual, sino con el silencio estremecedor del vacío; salvo a un grupo de fieles comprometidos con el cambio, en general se le ignora, lo que paradójicamente retroalimenta el deseo del autor de continuar en su lucha desde la que él llama su trinchera.

        Se abordan decenas de cuestiones, inquietudes que pasan por la cabeza de su autor, lo mismo referentes a estructuras de poder, que al origen del cosmos o al sentido de la vida y de la muerte. Como sería imposible reseñar todos los aspectos analizados, me limitaré a destacar algunas de las cuestiones que a mí personalmente más me han interesado.

El gran tema de su obra es la crítica al neoliberalismo y al pensamiento posmoderno, al tiempo que propone una alternativa: el ecosocialismo. El neoliberalismo nos está haciendo esclavos de los mercados, que son los que mandan en el mundo y los que están acabando con el estado del bienestar, abocándonos a una nueva Edad Media. Y ello, con la ayuda del pensamiento posmoderno cuyo relativismo favorece el nihilismo y narcotiza a las masas que aceptan sin rechistar la dramática situación. Y ello favorecido por la tendencia innata del hombre a la servidumbre voluntaria, como denunciara hace tiempo La Boètie. Lo cierto es que neoliberalismo y posmodernismo forman un cóctel verdaderamente letal. Por ello, el profesor Viñuela se atreve incluso a acusar al propio pueblo de permitir la tiranía. Y no le falta razón, pues de alguna forma toda la sociedad es responsable de lo que está ocurriendo, por su pasividad, por su renuncia al conocimiento, a la libertad y a la disidencia. Y ello porque no existe en nuestros días una conciencia de clase de los trabajadores frente a la oligarquía. Pronto nos obligarán a hacer las manifestaciones en el campo o en alguna especie de manistódromo, para no molestar, y nos quedaremos todos tan tranquilos, sin caer en la cuenta que una manifestación busca precisamente eso, incomodar cuanto más mejor y presionar al poder. En este mundo trivializado es donde aparecen algunas voces individuales, como la del profesor Viñuela, que no son otra cosa que gritos en el desierto ético, social y político de lo real. Un desierto que, como bien dice el autor, no es fruto de la casualidad sino que está auspiciado, controlado y dirigido por el poder que evita así la crítica de la razón, al tiempo que oculta sus despropósitos. Por eso, uno tiene la impresión de que ya no existen ideologías, ni soñadores que piensen que otro mundo mejor es posible, solo personas egoístas, nihilistas y hedonistas. Según el profesor Viñuela, no hemos sustituido la ética religiosa por la ética laica sino directamente por la indiferencia. El relativismo impuesto por el posmodernismo ha acabado con todo. Hasta aquí totalmente de acuerdo. Sin embargo, propone como alternativa retomar el programa inacabado de la Ilustración, que a su vez había sido continuación del proyecto ético de la Atenas de Pericles. Pretende la consecución, de una vez por todas, de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero, con todos mis respetos, tengo la impresión que tiene idealizada a la Ilustración y a los ilustrados, pues todos sabemos qué clase de libertad y de igualdad defendían. La Ilustración esgrimía las luces de la razón frente a la superchería, la libertad y la igualdad natural -la fraternidad ni siquiera se lo plantearon con seriedad-. Sin embargo, sí que justificaban la desigualdad por méritos, consagrando la sociedad de clases y, por supuesto, creían erróneamente que el progreso constante de la humanidad llevaría al ser humano a la felicidad. La ideología de progreso, el liberalismo clásico –idéntico al actual neoliberalismo- y el nacionalismo surgieron a la sombra del movimiento ilustrado. No lo olvidemos.

En cambio, en otro lugar de la obra, el autor se suma muy acertadamente al proyecto ecosocialista, como única alternativa posible al neoliberalismo actual. Esta ideología aunaría la justicia social del socialismo con la necesidad de un equilibrio con la naturaleza que propone el ecologismo, a través de un decrecimiento progresivo, como defiende Carlos Taibo. Se trataría de ligar la impronta ética del marxismo con una idea que el propio Karl Marx no pudo prever, es decir, con la necesaria conservación de la naturaleza, sustituyendo el antropocentrismo por el biocentrismo. El capitalismo está llevando a nuestro planeta al límite, pues plantea un consumo ilimitado, cuando los recursos son limitados. Como aclara el autor del libro, no se trata de volver a las cavernas, sino de racionalizar el consumo, de reducir drásticamente nuestras necesidades, de aprovechar todo, como viene haciendo desde hace milenios la propia naturaleza. Se trataría de vivir con menos, de reducir la producción y el consumo de bienes superfluos, de revalorizar valores de antaño como la conversación, la lectura o la meditación. En definitiva, de ralentizar el tiempo. Y no lo olvidemos, este decrecimiento llegará antes o después, por las buenas, planificado por el estado, o por las malas, impuesto por el agotamiento de los recursos. Con el actual crecimiento demográfico y el nivel de consumo de las potencias desarrolladas y emergentes, la lucha por el control de los recursos energéticos, alimentarios y de agua potable van a ser, a medio o largo plazo, dramáticos. Si no cambia radicalmente la situación, y no parece que vaya a ocurrir, se avecinan tiempos muy difíciles para varios miles de millones de seres humanos. Según el autor, para implantar este nuevo ecosocialismo es esencial que los ciudadanos fuercen el cambio.

La institución eclesiástica también es objeto de la crítica porque la iglesia dejó por el camino la idea de justicia social de Jesús de Nazaret y de los propios evangelios. Los cristianos fueron inicialmente perseguidos pero, desde el siglo IV d. C, en que el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio Romano, pasaron de perseguidos a perseguidores. Su estrecha y secular vinculación con el Estado, a lo largo de los siglos, pervirtieron la institución, convirtiéndola en un excepcional instrumento de opresión de las masas. Pero eso no significa que, en la Iglesia de base, no hayan existido religiosos modélicos que han seguido realmente a Jesucristo y han practicado la caridad. Desde fray Bartolomé de Las Casas a los defensores en nuestro tiempo de la teología de la liberación. Precisamente el profesor Viñuela cita una frase del jesuita Jon Sobrino, militante de este último movimiento, que dice que fuera de los pobres no hay salvación. Y está claro que si existiera un Dios justiciero, la mayor parte de la jerarquía eclesiástica estaría condenada al infierno.

En cuanto al sistema educativo, el autor sitúa el origen de todos los males en la LOGSE, aprobada en 1990. Una norma que, a su juicio, primaba la mediocridad frente a la excelencia, al centrarse en la atención a la diversidad y en las TICs. Estoy con el autor cuando dice que la ley contiene errores, pues es necesario ofrecer alternativas formativas a aquellos que no quieren estudiar y terminan creando disrupción. También debería existir la posibilidad legal de adaptar el currículo, no sólo por abajo sino también por arriba, para aquellos alumnos mejor preparados. Sin embargo, a mi juicio, el avance social que supuso la LOGSE es irrenunciable. Los que tenemos ya una edad y conocimos la antigua educación, sabemos la cantidad de compañeros que se quedaron por el camino, casi todos pertenecientes a familias de baja extracción social. La ley de 1990 implicó un progreso sin precedentes, sobre todo al ampliar la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 años. Y está demostrado que cuanto más tardía es la decisión de dejar los estudios menos correlación hay entre abandono y origen social. Mucho más de acuerdo estoy en su crítica a las leyes posteriores y en particular a la LOMCE, que en vez de arreglar los errores de la ley original, han sembrado de incertidumbre y de provisionalidad al sistema educativo.

También reflexiona Viñuela sobre la muerte de la que dice que es inminente –puede ocurrir en cualquier momento- y necesaria. Y yo añadiría, además, que es el más importante agente de justicia social, pues termina por igualarnos a todos. A fin de cuentas, la vida no es más que una larga lucha por la supervivencia cuya batalla final tenemos todos perdida.

Por las limitaciones de espacio que una reseña impone dejo aquí mi glosa, no sin antes aclarar al posible lector que en el libro encontrará, de manera mucho más amplia, sabías y profundas reflexiones sobre estos y otros temas. El texto invita a la reflexión, y por tanto, a la disidencia porque, como bien explica el autor, la razón es revolucionaria mientras que el poder es siempre reaccionario. Una obra útil, inteligente e interesante que intenta dar respuesta a los grandes problemas de nuestro tiempo. Animo a todas las personas comprometidas con el mundo en el que viven a disfrutar pausadamente de su lectura.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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