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SOMOS COMO INCAS

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PÉREZ GALÁN, Beatriz: Somos como Incas. Autoridades tradicionales en los Andes peruanos, Cuzco. Madrid, Iberoamericana, 2004, 270 págs.

 

        Interesante estudio etnográfico realizado por esta profesora de antropología de la Universidad de Granada, sobre las comunidades locales del distrito peruano de Pisac, provincia de Calca (Cuzco). En él se muestra claramente la pervivencia de la hibridación política, social, económica y cultural entre el mundo incaico y el hispánico. Tras varias campañas de investigación realizadas sobre el terreno entre los años 1994 y 1997, la autora analiza la naturaleza mixta de la organización política de los Andes, la cual ha sobrevivido hasta nuestros días.

Como explica la profesora Pérez Galán, la elección del espacio no fue azarosa, pues Pisac se ubica en el llamado Valle Sagrado de los Incas, cuna del Tahuantinsuyu. Aunque esta civilización carecía de escritura es obvio que poseía la capacidad de transmitir sus hechos históricos y sus formas de organización. El mayor mérito de los incas consistió en crear una estructura económica razonablemente próspera, basada en los principios de producción, recaudación y redistribución. Huelga decir que no poseían ningún rasgo ni tan siquiera parecido al capitalismo, pues ni usaban dinero ni las producciones se regían por las reglas del libre mercado (Rostworowski, 2009: 285). Más bien al contrario, el Estado acaparaba una buena parte de la producción que después se encargaba de redistribuir. Según John Murra, había una reciprocidad a dos niveles: entre los propios ayllus que se encontraban relacionados por lazos de parentesco, y entre estos y la administración central. Se trataba, obviamente, de una reciprocidad asimétrica entre las comunidades de base y la administración, pero se mantenía un cierto equilibrio. Es más, este sistema, aunque fuese desigual, es el que le otorgó una razonable viabilidad al sistema económico incaico (Wachtel, 1976: 96-100). La redistribución permitía reducir el impacto de las hambrunas. Había tres tipos de tierras: las del Sol, las del Inca, y las de los ayllus pero, en realidad, todas pertenecían al Estado que se reservaba las más fértiles mientras que el resto las explotaban los campesinos.

Como es bien sabido, la existencia durante la época colonial de una república de indios segregada de la de los españoles implicaba el reconocimiento del fracaso de la asimilación completa de ambas culturas. Para garantizar la supervivencia de las comunidades nativas, se permitió la existencia de tierras comunales y el mantenimiento de sus jerarquías políticas y sociales, al tiempo que se mantuvieron las autoridades locales. La nobleza indígena asumió el papel de intermediaria entre los extranjeros y los nativos, encargándose de la recaudación de tributos y de la recluta de mitayos. Los ayllus como tales desparecieron pero se mantuvo una parte de la propiedad comunal (Castán Esteban, 2001: 170).

Tras un concienzudo trabajo de investigación etnográfica, la autora demuestra o confirma algunas de las certezas que teníamos: primero, la coexistencia de dos estructuras de poder, la estatal y la local, regida mediante un sistema de autoridades tradicionales bajo el principio de la mayordomía o del cargo. Y segundo, que esa nobleza incaica no solo cumplió cometidos relacionados con el cobro de impuestos o con la recluta de mano de obra sino que también se encargaron de transmitir y reactualizar la cosmovisión indígena. En palabras de la autora fueron los transmisores y reactualizadores simbólicos de un conjunto de significados acerca de la naturaleza trascendente del mundo y del papel que el grupo ocupaba en él (p. 46). Todo ese mundo simbólico que ellos se encargaban de transmitir y de escenificar les permitió diferenciarse de los invasores primeros y de los foráneos después.

En la actualidad las autoridades más respetadas de Pisac son los kuraq, es decir, los mayores, pero no referido a la edad sino a las personas de mayor estatus después de haber culminado todos los cargos que componen el wachu de la autoridad. De hecho, no todos los kuraq son ancianos (p. 93). Sus habitantes se esfuerzan en desempeñar los cargos de la comunidad, como un servicio social a su gente. Los oficios en cuestión son los de alférez, regidor, capitán, sargentos, segunda, velada, alcalde y mayordomo mayor. Los dos últimos cargos son los de mayor rango del wachu. El alcalde es el máximo representante de la comunidad, dentro y fuera de ella, mientras que el mayordomo mayor custodia las llaves del templo. Una vez que se han desempeñado todos esos oficios en servicio de la comunidad, se les otorga el status de kuraq, exonerándolos desde entonces de cualquier gravamen u obligación y reservándoles un lugar de privilegio en los actos festivos, lúdicos o políticos, de renovación de los símbolos de autoridad.

La mujer cumplía -y cumple en la actualidad- obligaciones domésticas, lo que no le exonera del trabajo en el campo y en el cuidado del ganado, así como de la venta de los excedentes familiares en el mercado de Pisac. Por eso su jornada laboral diaria supera en varias horas a la del hombre. Pero como esposas y socias complementarias y necesarias de sus maridos, ostentaban también el título de alcaldesas y mayordomas y podían acceder también al status de kuraq, en el mismo momento en que lo obtuvieran sus esposos (p. 118).

El estudio de la profesora Beatriz Pérez Galán, constituye un excepcional trabajo de campo sobre un área muy incaizada, que nos permite constatar una vez más la supervivencia de estructuras de poder andinas a lo largo de casi cinco siglos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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