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ESPINOSA MAESTRE, Francisco y GARCÍA MÁRQUEZ, José María: Por la religión y la patria. La Iglesia y el golpe militar de julio de 1936. Barcelona, Crítica, 2014, 214 págs.

 

        Último libro del historiador Francisco Espinosa, en esta ocasión realizado en colaboración con el investigador José María García, ambos con una larga trayectoria en la temática de la guerra y de la postguerra. La obra en cuestión expone sintéticamente y con una redacción fluida, los argumentos que ligan a la Iglesia con la sublevación militar de 1936 y también como colaborador necesario y consustancial en el proceso depurador posterior. Era algo que ya sabíamos, aunque sus autores consiguen aislar decenas de ejemplos que demuestran de manera incontestable sus tesis. Y digo que ya lo sabíamos porque la II República pretendía conseguir una sociedad plenamente democrática para lo cual estimaba que era necesario el laicismo. Y éste a su vez implicaba necesariamente la aconfesionalidad del Estado y la relegación de lo religioso al ámbito de lo privado. La República entendía que la influencia de la Iglesia, sobre todo en el ámbito de la educación, era un obstáculo insalvable para el progreso social. En coherencia con tal pensamiento dictó leyes anticlericales, sacando a la institución de las escuelas y creando cientos de centros educativos públicos. Asimismo, aprobó la ley del divorcio, los matrimonios civiles y el sufragio universal femenino. Es obvio, que a los católicos radicales y a los monárquicos estas ideas les parecieron del todo inaceptables, vinculándose desde el primer momento a los opositores al régimen. Y ello porque no estaban dispuestos a perder de un plumazo los privilegios consolidados durante siglos.

Es importante señalar que las primeras iniciativas reaccionarias se produjeron en el mismo año de 1931, catalizándose al año siguiente en el fracasado golpe del general Sanjurjo. Y aquí los autores insertan una reflexión que no por obvia deja de ser relevante: frente a lo que se ha repetido hasta la saciedad, la oposición frontal y hasta militar a la república es anterior a la quema de conventos, a la revolución de 1934, en la que ardieron medio centenar de conventos y fueron asesinados algo más de treinta religiosos y, obviamente, al asesinato de Calvo Sotelo. Lo cierto es que como bien escriben los autores, la Iglesia tardó muy poco tiempo en pasar de sentirse víctima de la República a verdugo de los republicanos.

        El clero proporcionó la necesaria cobertura ética al golpe, calificándolo de cruzada cristiana. La guerra no enfrentaba a golpistas y a republicanos sino a buenos y a malos, los primeros encarnación de la providencia divina y los segundos marxistas, inspirados por el mismísimo diablo. La Virgen, el Sagrado Corazón de Jesús y el resto de la corte celestial, cómo no, eran monárquicos y, por tanto, estaban con los nacionales. Lo mismo el alzamiento que la guerra y la represión posterior estuvieron bendecidos por el altar y por Dios. Por ello, la mayoría no veía contradicción entre sus convicciones cristianas y la matanza de miles de personas, cuyo único delito había sido ser republicanos y/o de izquierdas. Nada tiene de extraño que muchos prelados hablasen de asesinados para referirse a los derechistas represaliados y de fusilados cuando aludían a los caídos de izquierda. Y esto no solo ocurrió al más alto nivel de prelaturas sino en cada parroquia, en cada púlpito, en los que se predisponía a los católicos a la beligerancia con la democracia republicana. Es ocioso repetir aquí los testimonios de autoridades religiosas que hablan en este sentido, pues se cuentan por centenares. Citaremos solo algunos muy representativos, como las palabras del obispo de Vitoria, Monseñor Mateo Múgica, quien afirmó que la peor de las monarquías era siempre preferible a la mejor de las repúblicas. No menos flagrante fue la actitud del prelado de Teruel, Anselmo Polanco, que al ver desde su balcón el desfile del Tercio Sanjurjo, con orejas, narices y otros miembros pinchados en las bayonetas de los soldados se limitó a comentar que se trataba de los excesos naturales de toda guerra. Un comentario del todo inapropiado para una persona que en teoría era un siervo de Dios. Asimismo, el párroco de la iglesia de San Martín de Salamanca, desde el púlpito, dijo a sus feligreses: ¿Sabéis quien mató a Jesucristo…, quién lo crucificó? Los rojos de entonces. Como ya hemos dicho, esta era la idea: los republicanos eran los malos, los judíos, mientras que los nacionales eran los elegidos por Dios para llevar adelante la cruzada cristiana.

En general, cientos de párrocos participaron activa o pasivamente en la guerra, junto al bando Nacional, como el cura de Zafra Juan Galán, el jesuita Bernabé Copado, Eugenio López, párroco de Encinasola, José Martín Domínguez, cura en Barcarrota, etcétera. Y después de la contienda, no les tembló el pulso a la hora de testificar en contra de miles de personas a lo largo y ancho de la geografía española. Y para facilitar la depuración no dudaron en inventar testimonios falsos cuando lo creyeron oportuno. Eso también lo sabíamos, lo novedoso de este libro es que demuestra con innumerables ejemplos, que esa perversa actitud no fue excepcional sino la norma. Eso sí, la mayoría de ellos se preocupaba de que a los condenados se les administrase la Extremaunción e, incluso, si no estaban desposados por la iglesia, los exhortaban a casarse instantes antes de su asesinato. Sus cuerpos se perdían pero salvaban sus almas, esta era la obsesión de estos infames, que incluso permitieron la ejecución de embarazadas.

        Es bien conocido el asesinato de unos seis mil curas a manos de los republicanos, y lo sabemos porque la Iglesia se ha encargado de investigar en sus propios archivos y de pregonar sus pérdidas. Sin embargo, al tiempo que usan libremente sus archivos en su beneficio impiden el acceso de otros investigadores a ellos que puedan esclarecer muchas de las verdades que esconden. Entre ellas, a los curas que fueron represaliados por los nacionales por no comulgar con sus ideas o simplemente por proteger a sus feligreses. Es conocido el asesinato de dieciséis curas vascos por su ideología nacionalista, pero existen algunos casos más hasta ahora no reconocidos, como el del cura de Caseda (Navarra) Eladio Celaya, o del párroco de Pereña de la Ribera (Salamanca), Leopoldo Vicente Urraza. Los autores consiguen identificar y aislar numerosos ejemplos aunque hay que decir que nunca fue un fenómeno generalizado porque, como ya hemos dicho, la mayor parte del clero se posicionó con los golpistas. Los que fueron asesinados a manos de los propios fascistas, la Iglesia no los consideran mártires porque, según dicen todavía en la actualidad, no murieron defendiendo su fe sino sus ideas nacionalistas o republicanas.

Los autores dedican un capítulo entero a la depuración de maestros lo cual era vital para la construcción del nuevo orden. Todos aquellos que habían mostrado su simpatía por la República o simplemente no habían apoyado el golpe, fueron apartados de sus puestos en el mejor de los casos o asesinados en el peor. Solo en la provincia de Sevilla ejecutaron a unos sesenta de ellos. Uno de los casos más flagrantes fue el de la joven maestra de Villafranca de los Barros, Catalina Rivera Recio. La pasividad del párroco de la villa, Tomás Carretero, contribuyó a ello con sus informes tibios. Consumada la ejecución, el citado clérigo se limitó a decir miserablemente: ha sido fusilada por marxista.

        Y para finalizar los autores aluden al tema recurrente del cura bueno, es decir, de aquellos religiosos que según la tradición oral se opusieron con todas sus fuerzas a las ejecuciones del bando Nacional. Es cierto que hubo religiosos que se mantuvieron al margen del golpe, e incluso algunos lucharon en las filas del bando republicano. Sin embargo, en algunos casos los relatos de estos curas buenos, están a medio camino entre la realidad y la ficción. Y para sostener esta afirmación se basan en el ejemplo del cura de Mérida, César Lozano, que en el último momento impidió la ejecución de diez trabajadores del ferrocarril. Pues bien, la literatura posterior exageró sus actos, hablando de su continua oposición a las matanzas, sin embargo, los autores solo han conseguido documentar esta actitud en una ocasión. Nada parecido a lo que Oscar Schindler hizo en el III Reich, salvando a miles de judíos. De Ahí que maticen cuando dicen que en realidad fue un cura bueno pero por un solo día. Más admiración merece fray Gurmesindo de Estrella que estuvo asistiendo a los presos que iban a ser fusilados en la cárcel de Torrero entre 1936 y 1942. Su detallado diario muestra el terror impuesto por los vencedores y el horror y la impotencia que sentía el pobre capuchino. Su diario constituye, como indican los autores, un testimonio del infierno fascista, realizado desde el interior de la máquina de matar franquista.

        A mi juicio este libro constituye un paso más en el conocimiento de la verdad sobre la guerra y la postguerra, un trabajo con el que están comprometidos los autores desde hace bastantes lustros. Para ser totalmente sincero, su lectura me ha resultado descorazonadora; la miseria del ser humano no tiene límites, como demuestran las actitudes de estos prelados ansiosos de vengar a sangre y fuego agravios pasados. Me hubiese gustado que la historia fuese otra, pero fue la que fue. Y en este compromiso con la historia y con la verdad me siento identificado con los autores.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS